Tocaba abandonar la capital para internarnos en el interior de la isla. Yo estaba ansioso por hacerlo. Pero mis compañeros necesitaban pasar antes por el, para mí, innecesario ritual del desayuno. Antes de ello echamos un vistazo al local de alquiler de coches, que nos llamaba a gritos con su ausencia de clientes. Mi sugerencia de comer en ruta fue desestimada, y fuimos a un bar cercano. Al volver a la oficina, el panorama no podía ser más desolador. Estaba llena de gente, y hasta tuvimos que coger turno como si estuviéramos en la pescadería. Tras unos 40 minutos largos de espera, llegó nuestro turno. No faltaron los cantos de sirena para que eleváramos nuestro ya oneroso seguro a otro que cubriera además techo, ruedas y lunas. No pensábamos darle un uso deportivo al automóvil, así que lo rechazamos. En la reserva se nos había prometido un Fiat Panda diesel o equivalente. Debe ser este un concepto muy relativo, porque al poco tiempo salió un empleado y nos dio las llaves de un Fiat 500 híbrido de gasolina. Ya habíamos perdido demasiado tiempo para empezar a discutir ahora por detalles técnicos, así que lo dimos por bueno. A mí me gustó mucho su diseño. Era pequeño, pero conseguimos acoplarnos los tres con nuestras mochilas sin muchos apuros.
La gestión de la recogida había sido un juego de niños ante el desafío que me esperaba. Conducir con un coche nuevo para mí, por las calles de la capital de una isla conocida por la fogosidad y la laxitud al seguir las normas de sus conductores. La primera media hora hasta que conseguimos abandonar el casco urbano, fue de tensión máxima. Mientras trataba de adaptarme a los mandos, y seguir la ruta que me dictaba mi compañero, tenía que preocuparme de dejar una holgada distancia de seguridad y estar atento a los coches que salían de los cruces sorpresivamente. Afortunadamente, San Cristóbal intercedió por nosotros y pudimos salir a carretera abierta sin percances dignos de mención.
El agobio de las bulliciosas calles palermitanas dio paso la tranquilidad de unas carreteras poco transitadas, recorriendo unos paisajes típicamente mediterráneos. Pronto le empecé a coger el gusto a nuestro utilitario. Nunca había manejado un coche híbrido. A diferencia de lo que pasa con uno convencional, que en cuanto se usa el freno se pierde dinero, en este caso, al pisar el pedal, se cargaba su batería. Gracias a ello, el depósito de combustible apenas bajaba mientras recorríamos kilómetros.
Nuestra primera escala fue la localidad de Corleone. Lo que en la película "El Padrino" era un pequeño pueblecito, en la realidad actual se trataba de una ciudad de unos 10000 habitantes. Ciertamente no vimos nada destacable en sus calles. Y es que, como pudimos conocer posteriormente, las escenas que aparecen en la película fueron rodadas en otra localidad. Así que no perdimos mucho tiempo y proseguimos la ruta.
Íbamos a visitar uno de los lugares más turísticos de la isla: el Valle de los Templos. Se trata de un conjunto arqueológico, a las afueras de Agrigento, en el que se encuentran varios templos griegos en diferentes estados de conservación. Están un poco alejados unos de otros, por lo que para ver varios de ellos hace falta darse una buena caminata. A pesar de estar ya en pleno mes de octubre, las temperaturas permitían ir de manga corta. No quiero pensar lo que puede ser eso en julio o agosto.
En estos casos, lo habitual es mostrar admiración por las maravillas visitadas, teniendo la precaución de no mostrar la ignorancia en materia de arte que atesoramos. Pero aprovechando que estamos entre amigos y hay confianza, les diré que el paseo entre los templos no nos acabó de cautivar. A ello contribuyó el no tener más información que la que nos mostraban nuestros ojos al observar los templos. Quizá con un poco más de contexto hubiéramos podido valorar más lo que otros ensalzan tanto.
Ídolo griego
Proseguimos la ruta en dirección a Siracusa, donde llegamos al atardecer. Esta vez habíamos reservado un alojamiento en teoría más lustroso que el de Palermo. Si me habían llamado la atención las fotos de la habitación, más lo habían hecho las de la dueña del piso. Pobres griegos. Matándose por hacer templos que les sobreviviesen varios milenios y yo más pendiente de conocer a una mujer contemporánea. Dado que se podía sacar la llave de un candado en la puerta con una clave y no era necesaria su presencia, le propuse, astuciosamente, quedar en persona para pagarle una tasa turística en metálico, que no estaba incluida en la reserva. Hábilmente se zafó de mi maniobra permitiéndonos dejarle los 6 euros en el piso cuando lo abandonáramos.
Si el alojamiento de Palermo (mucho mejor y más nuevo, según palabras del propietario) fue decepcionante, el de Siracusa superó con creces las altas expectativas que sus fotos sugerían. Se trataba de una casa entera para nosotros con todas las comodidades, y una habitación con un estilo que deja por los suelos cualquiera de mis reservas anteriores.
La realidad superó a la ficción
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Plaza del Duomo (Ortigia)
Aunque el día había acabado de forma plácida, y nuestro alojamiento se prestaba al mayor de los descansos, la tensión que había acumulado a lo largo del día se manifestó en forma de escenas de incidentes automovilísticos que aparecían en cuanto cerraba los ojos. Tuve que recurrir a las drogas duras (una gominola de melatonina) para conseguir conciliar el sueño. El día siguiente tenía que seguir conduciendo, y sobre todo, para una vez que tenía un alojamiento de enjundia, había que amortizarlo. 

