miércoles, 22 de julio de 2026

RESURGIENDO CON ARTE TRAS EL TERREMOTO

 Ha llovido bastante desde que me comuniqué con ustedes a través de este medio. Diversos acontecimientos, mayormente positivos, que sucedieron en este intervalo, han hecho que me haya dedicado a otros menesteres. Con la intención de no dejar sin acabar lo empezado, voy a seguir, si me lo permiten, relatando mis desventuras por la bellísima isla de Sicilia.

 La última noche había dormido poco y mal, a pesar de tener un alojamiento de enjundia. Conducir por Sicilia tiene esos efectos secundarios. Mis nervios, habitualmente de acero, iban a tener que pasar otra prueba de fuego esa mañana en relación con la conducción. Y en este caso no iba a tener nada que ver con la fogosidad de los conductores sicilianos. 

 Nuestro flamante y coqueto Fiat 500 estaba aparcado muy cerca del apartamento. Como la felicidad no suele ser nunca completa, se situaba en una zona donde la calzada se inclinaba en ligero descenso hacia la acera. En condiciones normales, eso no debería ser mucho problema para un conductor veterano como un servidor. Pero había varios factores que convirtieron una tarea rutinaria en un colosal desafío. 

-No tenía mucho espacio ni delante ni detrás.

-El coche tenía mucho reprís, y reaccionaba con cierta brusquedad a mis movimientos.

-Acababa de leer esa mañana el contrato de alquiler del coche, y las sanciones por desperfectos que no cubría el seguro, eran de enjundia.

-Como he comentado, no había descansado muy bien esa noche.

Por tanto, la maniobra de salida estuvo más cerca de la cirugía que de la conducción, con unos cuantos sustos cuando la "macchina" se encabritaba y estaba a punto de golpear a los autos colindantes. Ya no sé si más cerca del infarto o del colapso, y tras unos agónicos minutos, conseguí salir a la calzada sin que el coche ni sus ocupantes hubieran sufrido daños aparentes. Solo faltó para rematar que se nos acercara un vagabundo racializado, en el primer ceda el paso a pedirnos dinero, con una respuesta un tanto brusca por mi parte. Lo siento por él, pero a veces en la vida hay que tener el don de la oportunidad, y este no fue el caso.

 No exagero si digo que este fue para mí el peor momento del viaje con diferencia. Una vez en ruta, la vida fue fácil otra vez. Íbamos a visitar dos localidades cercanas en las que el barroco luce en todo su esplendor. Esta zona sufrió un terrible terremoto en 1693. Tras ello, las ciudades fueron reconstruidas utilizando la arquitectura imperante, que esa época estaba dominada por la corriente barroca.

  Nuestra primera parada fue la ciudad de Noto. Curándome en salud, y para evitar sofocos como el de esa mañana, en cuanto vi un sitio amplio y llano para aparcar, planté el coche y nos dimos un paseito hasta el centro.  De esta localidad se dice que tiene la calle más bonita de toda Italia. Como no las he visto todas, no me considero competente para hacer tal afirmación. Pero sí puedo decir que el Corso Vittorio Emmanuele, con sus iglesias y palacios es digno de aparecer en cualquier película en la que se quieran destacar el lujo y la belleza. Para darle un mayor toque de glamur a la ciudad, en ese momento se estaba celebrando una carrera de coches antiguos por sus calles rebosantes de arte barroco. 

Noto

 No se quedaba corta en barroquismo nuestra siguiente visita. Se trataba de la localidad de Ragusa. Tras el terremoto, una parte de sus habitantes decidieron que era menor empezar de cero y construyeron la ciudad en otra ubicación, creando Ragusa Superiore. En cambio, otros decidieron reconstruir lo que había quedado en pie para dar lugar a Ragusa Ibla, que fue la que visitamos nosotros.  Ambas partes están situadas en dos colinas, lo que hace que haya que estar en buena forma para recorrer sus empinadas calles. Si Noto se podía resumir en un majestuosa calle principal, Ragusa era un auténtico laberinto en el que la genialidad aparecía de improvisto tras doblar una esquina o atravesar un arco. Distintos estilos, distintas formas de renacer tras un terremoto, pero ambas hechas como dirían en Andalucía, con "musho arte", barroco en este caso.

Ragusa

 Mi curiosidad cultural e histórica aún no se había saciado del todo. Por ello, ya de vuelta en Siracusa, mientras mis compañeros descansaban yo fui a visitar el Parque Arqueológico de Neápolis, auténtica maravilla con restos griegos y romanos. El problema es que la taquilla cerraba a las 17 h, y quedaban escasos minutos para llegar a esa hora. Mientras hay vida, hay esperanza. Por mí no iba a quedar. Desplegué mi poderosa zancada por las calles de Siracusa para comprobar, con desconsuelo, que las taquillas acababan de echar el cierre. Pero un parque arqueológico no es algo que se pueda ocultar con una lona. Desde mi posición se podían adivinar los teatros, necrópolis y otros tantos vestigios de nuestro brillante pasado. Con la inteligencia que me caracteriza dentro y fuera de la cancha, y viendo que había una colina cercana por la que se podía rodear el recinto, no dudé en acercarme a ella para ver desde arriba el yacimiento y además sin pagar entrada. Jugada perfecta. Si fuera tan sencillo, nadie pagaría los 14 euracos de la entrada. De ello me di cuenta cuando observé que en todos los puntos con buen ángulo de visión, aparecía una inoportuna valla opaca o un tupido bosque que impedía cualquier vista adecuada del emplazamiento.

Neápolis: lo que pude ver gratis

 Afortunadamente, Sicilia es una tierra tan bendecida por la belleza, que pronto encontré consuelo contemplando un maravilloso ocaso por la zona de Ortigia. Y por si eso fuera poco, redondeé la jornada haciendo uso de la fascinante aplicación "Too Good to Go", que permite obtener comida que los establecimientos no han vendido en la jornada, a precios reducidos. En este caso, por apenas 3 €, conseguí dos arancini (ya mencionados en mi anterior entrada) y una lasaña vegetal individual. Nada mal.

Los "tugós" siempre cubican

 Y así como las ciudades sicilianas renacieron tras la tragedia, para acabar siendo referentes artísticos, mi terremoto emocional había dado paso a una jornada en la que las bellezas arquitectónicas, paisajísticas y culinarias me dejaron un recuerdo indeleble.

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