martes, 25 de agosto de 2026

EPÍLOGO SICILIANO

 Habiendo extraído todo el jugo que se puede sacar a una ciudad en un día, abandonamos Catania para volver a Palermo, que fue donde comenzó nuestra epopeya siciliana. La ruta más sencilla y aburrida para hacer este trayecto es tomar una autovía que va por el centro de la isla y ver cómo pasan los kilómetros sin más. Como para vida sencilla y aburrida ya tenemos la del funcionario, nos decantamos por la segunda opción, que bordeaba la isla por la costa y permitía visitar lugares muy interesantes.

 Siendo Taormina uno de los lugares más visitados de Sicilia, no hubo mucha discusión a la hora de hacer una parada para visitarla. Además de esa poderosa razón, la localidad contaba con el aliciente de haber sido salida del Giro de Italia 89, en una etapa que, en ruta contraria a la nuestra, salió de Taormina para acabar en Catania.

Isola Bella e bello ragazzo

 Una carretera estrecha, congestionada y muy sinusa nos dio acceso a la ciudad. Con ese recibimiento, no es de extrañar que, en cuanto vimos un aparcamiento, dejásemos el coche para nuestro alivio (especialmente el mío). Taormina ha sido un centro turístico de alto nivel desde el siglo XIX. Razones no le faltan. Aparte de unas calles sobradas de encanto, su enclave privilegiado le hace tener unas vistas de enjundia sobre el mar Jónico. Por si eso fuera poco, también cuenta con un muy bien conservado teatro griego y la "Isola Bella", un pequeño islote muy cera de la costa, que se convierte en península con la marea baja. Con tantos alicientes, se preguntarán ustedes por qué no elegimos esta maravilla para pernoctar y pasar más tiempo en ella. Poderoso caballero es Don Dinero, pues mucho hace falta para alojarse en la villa. La clavada que nos perpetraron por el parking es solo una muestra de ello. Por suerte, y hasta nueva orden, pasear por Taormina no está gravado. Y a eso nos limitamos, para solaz de nuestros sentidos y alivio de nuestros bolsillos.

Carissima Taormina

 El resto de nuestra ruta no estuvo exento de puntos de interés. Como, por ejemplo, el paso cerca de Messina, que nos permitió ver el estrecho homónimo, y vislumbrar en el horizonte la Italia continental, en lo que gráficamente se conoce como "la punta de la bota".

 También pasamos junto a la ciudad de Barcellona, lugar que, de haber ido en solitario, habría parado a visitar sin ninguna garantía de que hubiese valido la pena el tiempo empleado en el desvío.

Catedral de Cefalú

 Menos dudas ofrecía Cefalú, donde hicimos nuestra segunda visita del día. Se trata de una pequeña localidad costera en la zona norte de la isla. Es un lugar algo menos aristocrático y más popular que Taormina, aunque en ambos casos, las turistadas están muy presentes. Destaca una catedral de estilo normando y un barrio de pescadores, aunque me temo que ya no queden muchos de esos por estos lares. Como curiosidad, es de reseñar que en la ciudad se rodaron escenas de esa auténtica maravilla cinematográfica llamada "Cinema Paradiso".

Estampas cefalucenses

 Ahora sí que ya estaba todo el pescado vendido, y tocaba poner rumbo directo a Palermo. Como si la isla se sumara a nuestra tristeza por nuestra próxima partida, a modo de lágrimas empezaron a caer gotas sobre nuestro automóvil. Lo que empezó como un ligero chubasco, se tornó en una pertinaz lluvia que nos recibió a nuestra llegada a Palermo. No hay mal que por bien no venga. Estos torrentes de agua estaban dejando nuestro Cinquecento como un pincel, lo cual nos evitaba algún problema a la hora de devolverlo en la oficina. Lo que no evitamos, muy a mi pesar, fue la clavada que nos perpetraron al parar a llenar el depósito de combustible. Por lo visto, hay ciertas gasolineras que te cobran si el repostaje lo lleva a cabo un empleado. Y no se trata de una "propinilla". Nada menos que 40 céntimos por litro. En cuanto me di cuenta del robo, le dije al caradura de turno que parara, pero se hizo el sueco (en este caso italiano) y acabó de perpetrar su fechoría.

 Más plácido fue el trámite de devolver el vehículo en la oficina. Lo depositamos limpio como una patena y lleno de gasolina premium. Con esos detalles, no es de extrañar que no nos pusieran ninguna pega. En cuestión de minutos ya estábamos en la calle, dispuestos a usar nuestras piernas como único medio de transporte. A pesar del estrés al que me había sometido su conducción, me quedó una excelente impresión del coche. Si algún día me actualizo en materia automovilística, el Fiat 500 será un buen candidato.

 ¡Buen trabajo!
 A diferencia de lo que había hecho en jornadas anteriores, esta vez me había desentendido de buscar alojamiento, y les dejé esta tarea a mis compañeros. Ese era mi último día de conducción, por lo que, en caso de no tener un buen descanso nocturno, no ponía en riesgo ni mi vida ni la de mis acompañantes. Bastante desgaste mental produce conducir por Sicilia como para añadirle más tareas.

 No creo que sea pecar de soberbia afirmar que, si en algo tengo experiencia, es en reservar alojamientos de viaje. Otras virtudes adornan a mis compañeros, más no esta. Y la primera consecuencia de ello, fue que al llegar a nuestra acomodación palermitana y llamar al timbre, recibimos el silencio como única respuesta. Por lo visto, había habido un malentendido y el dueño nos esperaba un par de horas más tarde. Fuimos a tomar un helado por las proximidades y volvimos a la hora convenida. Como ya había sucedido en la mayoría de ocasiones, la habitación triple consistía en una cama doble y una individual. Yo ya estaba cansado de luchar, y ni falta que me hacía. No puse ninguna pega y acepté compartir la doble con un compañero. 

Juntos, pero no revueltos

 Con un lugar donde dormir asegurado, y liberados de la carga del coche, salimos a dar la vuelta de despedida por Palermo. Quise que esa despedida fuera a lo grande, por lo que reservé un "Too good to go" en un establecimiento del centro. Se trataba de una pizzería un con opciones un tanto alternativas que cumplieron con creces nuestras expectativas. Como postre nos tomamos una granita en la calle principal y volvimos a nuestro alojamiento a pernoctar. Quise posponer al máximo el trance de compartir lecho con un congénere y decidí darme un voltio extra por la ciudad en solitario. Tras una semana en la isla, y más teniendo en cuenta los lazos históricos que unen España y Sicilia, ya me sentía como en casa. A pesar de ser un día entre semana, había mucha gente por la calle, y no faltaban los grupos de jóvenes en actitud festiva. Palermo es una ciudad rebosante de vida en cualquier momento del día o de la semana.

 El viaje tocaba a su fin. Así como los diversos acontecimientos históricos han dejado su huella en Palermo para formar una lasagna, este viaje ha hecho lo propio conmigo. Y dentro de todas las capas que conforman mi experiencia vital, la siciliana está entre las más sabrosas.

lunes, 17 de agosto de 2026

CATANIA

 En mis viajes no hay lugar a encariñarse con los lugares. La segunda iba a ser la última noche en nuestro coqueto y enjundioso alojamiento de Siracusa. Esa noche dormí bastante mejor. Parece que mi sistema nervioso se estaba adaptando bien a la conducción siciliana.

 Por la mañana, cuando abandonamos el apartamento, ya estaban dos señoritas esperando en la puerta para limpiarlo. No me fijé mucho en ellas. Pero cuando ya estábamos en el coche, se me encendió la bombilla. Una de las limpiadoras tenía un cierto parecido con la dueña del piso. Claro que lucía mucho menos sin filtros, y en traje de faena. Incluso en las fotos parecía más alta. Como no quise quedarme con la duda, volví al piso y comprobé que, efectivamente, era la dueña. Sí, no era tan llamativa como en las fotos, pero su calidez y simpatía hicieron que el recuerdo que me llevé de ella fuese aún más bonito que el que me había formado en mi cabeza.

 Apenas una hora nos separaba de nuestro siguiente destino, que no era otro que Catania, segunda ciudad en población de la isla, vigilada por la imponente presencia del Etna. Después del sofoco del día anterior intentando sacar el coche de la zona de aparcamiento, debiera haber agradecido un trayecto tan corto y tan plácido, que se además se hacía por autovía. Pero no pude evitar la tentación que suponía una carretera secundaria que discurría paralela al mar. Así que, cuando ya habíamos cubierto más de la mitad del camino, tomé la decisión (no particularmente aplaudida por mis compañeros) de tomar alguna ruta secundaria más cercana al Mediterráneo. Mi noble intento acabó encontrándose con una valla que daba a una propiedad privada. Así que tuvimos que dejar la idílica ruta marítima para mejor ocasión. Y no solo perdimos algo de tiempo en el intento. Al salir a estirar las piernas y decidir si insistíamos en el error, saqué una guía de viajes para consultar la ruta y la apoyé en el capó del coche. No me acordé de devolverla a su sitio, por lo que al arrancar el coche, se separó definitivamente de nuestras vidas. 

 Como era de esperar, lo más complicado fue callejear por Catania. Afortunadamente, las buenas indicaciones de mi copiloto sirvieron para llegar a la zona del hotel sin incidentes reseñables. Por si eso no fuera una noticia suficientemente buena, encontramos un sitio para aparcar casi en la puerta. Parecía demasiado fácil, hasta que vimos que había unas señales en el suelo. Le preguntamos a un carabinieri que nos dijo que nos esperaba una multa si lo dejábamos allí. Así que dimos unas cuantas vueltas y lo dejamos a una cierta distancia, que recorrimos a gusto teniendo en cuenta que no solo nos librábamos de una multa, sino también de dejarlo en zona azul (muy abundante por ese barrio).

 Nuestro hotel, sin llegar a la excelencia del de Siracusa, estaba muy bien. Se trataba de un edificio con cierta solera, pero reformado con muy buen gusto. Pero como casi siempre, hay un pero. Al igual que nos pasó el primer día, se nos ofrecían una cama grande y otra pequeña para los tres. Por un suplemento conseguimos que se nos añadiera otro lecho supletorio para que corriera el aire esa noche. Como decía Luis Ciges en "Amanece que no es poco", "un hombre en la cama, siempre es un hombre en la cama".

Que corra el aire...
 Una vez tomado posesión de nuestro alojamiento, fuimos a comer a un restaurante de la zona. Era un establecimiento humilde, de barrio, aunque no exento de calidad. Como curiosidad, vendían los platos al peso. El salmón que me zampé estaba muy logrado. Como postre, compré en una frutería de la zona "manzanas del Etna". Afortunadamente, no estaban llenas de ceniza. Eran de tamaño muy pequeño, y sabor intenso.

 Era necesario hacer acopio de fuerzas, ya que nuestra primera visita turística del día era el Museo del Desembarco en Sicilia de 1943. Un año antes del Día-D, los Aliados pusieron pie en la isla con el objetivo de derrocar a Mussolini y abrir un nuevo frente en el sur del Tercer Reich. La operación fue un éxito, aunque a costa de numerosas bajas. Nada más entrar, el museo nos situaba en la plaza de un pueblo que iba a ser bombardeado, lo que nos obligó a protegernos en un refugio antiaéreo. El resto del museo no era tan interactivo, pero contaba con muchos elementos bélicos, reproducciones, dioramas y un sinfín de referencias al evento. Una visita que, sin duda, mereció la pena.


 
Churchill vs.Mussolini. ¿Quién ganará? Visiten el museo y lo sabrán

 Antes del viaje, había tenido la feliz idea de leerme un libro sobre la Mafia, en el que la ciudad de Catania aparecía ampliamente representada. Si a eso le sumamos algunos comentarios de turistas agoreros que había leído, el resultado es que anduviera con cierta cautela en mis primeros pasos por la ciudad. Nada más lejos de la realidad. La única amenaza que se cernía sobre nosotros era el cansancio de mis acompañantes, que tenían más ganas de sentarse a tomar una cerveza o volverse al hotel a descansar que de ver la ciudad. Haciendo gala del respeto a la libertad individual, uno de mis compañeros se quedó tomando algo en el centro, otro fue a echarse una siesta a nuestra habitación, y yo reservé un tour guiado por la ciudad. Se veían muchos elementos arquitectónicos interesantes por las calles, pero yo necesitaba ponerlos en contexto. Y eso es lo que hizo nuestro guía, en un español más que bueno. 

 Piazza del Duomo: centro neurálgico de Catania

 De todas las historias y curiosidades que nos contó, me llamaron la atención dos. Estábamos situados bajo unos arcos debajo de una vía del tren, junto al mercado y nos explicó que hasta el siglo XIX, esa era la línea costera. Ésta se había desplazado unos cientos de metros hacia el exterior, drenándose el terreno para hacer un puerto nuevo. Y también nos enseñó un bar que tenía acceso a una gruta volcánica. Intentamos acceder más tarde, pero ya estaba cerrada.

 La verdad es que a esta bendita ciudad le ha pasado de todo. El gran terremoto de 1693, erupciones volcánicas del Etna con ríos de lava que han llegado hasta sus murallas, el azote de la Mafia, particularmente activa en Catania y, por si todo esto fuera poco, nuestra reciente visita. Y a pesar de todos estos desastres, la urbe no solo ha sobrevivido, sino que es un lugar que tiene mucho que ofrecer al visitante si se le da una oportunidad. Sus numerosas iglesias barrocas y palacios, además de numerosos restos arqueológicos romanos, se acompañan de una gastronomía muy destacable y la personalidad propia de los cataneses, más simpática y relajada que la media en un país simpático y relajado de por sí. No en vano, nuestro guía provenía del norte de Italia, pero no pudo resistir el embrujo de la ciudad para acabar siendo un gran embajador de la misma.

Anfiteatro Romano de Catania
 Habiendo ya paladeado los encantos históricos y arquitectónicos, tocaba hacer lo propio con los gastronómicos. Una vez que me reuní con mis amigos, fuimos a una pastelería que nos habían recomendado en el tour. A pesar de tener una apariencia muy lujosa y ser céntrica, los precios eran bastante razonables. Así se amortizan los tours. Nos zampamos una bola de pastel frito rellena de chocolate llamada "Iris" por 3 euros, que era ya casi una cena. Para el otro casi, fuimos a una pizzería con precios aún más competitivos. No eran muy grandes, pero una Margarita costaba 4 €. Y en el precio incluía el espectáculo de ver cómo el pizzaiolo preparaba las masas con gran maestría.

 Menos mal que había cenado bien, porque al volver al hotel se me antojó ir a echar un vistazo al coche, no fuera que se lo hubiese llevado la grúa u otras cosas peores. No recordaba muy bien el lugar, así que pasé mis buenos 20 minutos buscando, con algún microinfarto al ver que no estaba donde pensaba,  hasta que di con él.  Era un coche muy molón, pero tenía unas ganas enormes de desentenderme de él. Aún nos tenía que llevar de vuelta a Palermo. Y ya puestos, con alguna parada interesante en el camino.

miércoles, 22 de julio de 2026

RESURGIENDO CON ARTE TRAS EL TERREMOTO

 Ha llovido bastante desde que me comuniqué con ustedes a través de este medio. Diversos acontecimientos, mayormente positivos, que sucedieron en este intervalo, han hecho que me haya dedicado a otros menesteres. Con la intención de no dejar sin acabar lo empezado, voy a seguir, si me lo permiten, relatando mis desventuras por la bellísima isla de Sicilia.

 La última noche había dormido poco y mal, a pesar de tener un alojamiento de enjundia. Conducir por Sicilia tiene esos efectos secundarios. Mis nervios, habitualmente de acero, iban a tener que pasar otra prueba de fuego esa mañana en relación con la conducción. Y en este caso no iba a tener nada que ver con la fogosidad de los conductores sicilianos. 

 Nuestro flamante y coqueto Fiat 500 estaba aparcado muy cerca del apartamento. Como la felicidad no suele ser nunca completa, se situaba en una zona donde la calzada se inclinaba en ligero descenso hacia la acera. En condiciones normales, eso no debería ser mucho problema para un conductor veterano como un servidor. Pero había varios factores que convirtieron una tarea rutinaria en un colosal desafío. 

-No tenía mucho espacio ni delante ni detrás.

-El coche tenía mucho reprís, y reaccionaba con cierta brusquedad a mis movimientos.

-Acababa de leer esa mañana el contrato de alquiler del coche, y las sanciones por desperfectos que no cubría el seguro, eran de enjundia.

-Como he comentado, no había descansado muy bien esa noche.

Por tanto, la maniobra de salida estuvo más cerca de la cirugía que de la conducción, con unos cuantos sustos cuando la "macchina" se encabritaba y estaba a punto de golpear a los autos colindantes. Ya no sé si más cerca del infarto o del colapso, y tras unos agónicos minutos, conseguí salir a la calzada sin que el coche ni sus ocupantes hubieran sufrido daños aparentes. Solo faltó para rematar que se nos acercara un vagabundo racializado, en el primer ceda el paso a pedirnos dinero, con una respuesta un tanto brusca por mi parte. Lo siento por él, pero a veces en la vida hay que tener el don de la oportunidad, y este no fue el caso.

 No exagero si digo que este fue para mí el peor momento del viaje con diferencia. Una vez en ruta, la vida fue fácil otra vez. Íbamos a visitar dos localidades cercanas en las que el barroco luce en todo su esplendor. Esta zona sufrió un terrible terremoto en 1693. Tras ello, las ciudades fueron reconstruidas utilizando la arquitectura imperante, que esa época estaba dominada por la corriente barroca.

  Nuestra primera parada fue la ciudad de Noto. Curándome en salud, y para evitar sofocos como el de esa mañana, en cuanto vi un sitio amplio y llano para aparcar, planté el coche y nos dimos un paseito hasta el centro.  De esta localidad se dice que tiene la calle más bonita de toda Italia. Como no las he visto todas, no me considero competente para hacer tal afirmación. Pero sí puedo decir que el Corso Vittorio Emmanuele, con sus iglesias y palacios es digno de aparecer en cualquier película en la que se quieran destacar el lujo y la belleza. Para darle un mayor toque de glamur a la ciudad, en ese momento se estaba celebrando una carrera de coches antiguos por sus calles rebosantes de arte barroco. 

Noto

 No se quedaba corta en barroquismo nuestra siguiente visita. Se trataba de la localidad de Ragusa. Tras el terremoto, una parte de sus habitantes decidieron que era mejor empezar de cero y construyeron la ciudad en otra ubicación, creando Ragusa Superiore. En cambio, otros decidieron reconstruir lo que había quedado en pie para dar lugar a Ragusa Ibla, que fue la que visitamos nosotros.  Ambas partes están situadas en dos colinas, lo que hace que haya que estar en buena forma para recorrer sus empinadas calles. Si Noto se podía resumir en un majestuosa calle principal, Ragusa era un auténtico laberinto en el que la genialidad aparecía de improvisto tras doblar una esquina o atravesar un arco. Distintos estilos, distintas formas de renacer tras un terremoto, pero ambas hechas como dirían en Andalucía, con "musho arte", barroco en este caso.

Ragusa

 Mi curiosidad cultural e histórica aún no se había saciado del todo. Por ello, ya de vuelta en Siracusa, mientras mis compañeros descansaban yo fui a visitar el Parque Arqueológico de Neápolis, auténtica maravilla con restos griegos y romanos. El problema es que la taquilla cerraba a las 17 h, y quedaban escasos minutos para llegar a esa hora. Mientras hay vida, hay esperanza. Por mí no iba a quedar. Desplegué mi poderosa zancada por las calles de Siracusa para comprobar, con desconsuelo, que las taquillas acababan de echar el cierre. Pero un parque arqueológico no es algo que se pueda ocultar con una lona. Desde mi posición se podían adivinar los teatros, necrópolis y otros tantos vestigios de nuestro brillante pasado. Con la inteligencia que me caracteriza dentro y fuera de la cancha, y viendo que había una colina cercana por la que se podía rodear el recinto, no dudé en acercarme a ella para ver desde arriba el yacimiento y además sin pagar entrada. Jugada perfecta. Si fuera tan sencillo, nadie pagaría los 14 euracos de la entrada. De ello me di cuenta cuando observé que en todos los puntos con buen ángulo de visión, aparecía una inoportuna valla opaca o un tupido bosque que impedía cualquier vista adecuada del emplazamiento.

Neápolis: lo que pude ver gratis

 Afortunadamente, Sicilia es una tierra tan bendecida por la belleza, que pronto encontré consuelo contemplando un maravilloso ocaso por la zona de Ortigia. Y por si eso fuera poco, redondeé la jornada haciendo uso de la fascinante aplicación "Too Good to Go", que permite obtener comida que los establecimientos no han vendido en la jornada, a precios reducidos. En este caso, por apenas 3 €, conseguí dos arancini (ya mencionados en mi anterior entrada) y una lasaña vegetal individual. Nada mal.

Los "tugós" siempre cubican

 Y así como las ciudades sicilianas renacieron tras la tragedia, para acabar siendo referentes artísticos, mi terremoto emocional había dado paso a una jornada en la que las bellezas arquitectónicas, paisajísticas y culinarias me dejaron un recuerdo indeleble.