miércoles, 21 de febrero de 2018

SALÓNICA

   Mi habitual estrategia de buscar alojamientos cerca de la estación de llegada a una ciudad, se vio impedida por la gran distancia de la terminal de Salónica respecto al centro. Ello me obligó a tomar un autobús urbano al que se le sumó casi media hora de sofocante paseo bajo el tórrido sol heleno.
 No era fácil encontrar el albergue, situado en una zona antigua de la ciudad. De ello da fe que mientras buscaba mi destino, una angelical tinajera cargada con un maletón que la podría contener, me preguntó cómo llegar al "Studios Arabas" que casualmente era el alojamiento al que yo me dirigía.
 En su caso su estancia iba a ser más prolongada que la mía, ya que la joven suiza iba a trabajar en el albergue.
 Mientras la dejé tomando el pulso a su nuevo trabajo, yo hice lo propio con la ciudad. Y la primera impresión no pudo ser más desafortunada. Mi camino de inspección por la zona de la estación discurrió por calles desangeladas, llenas de grafittis y suciedad. Ya estaba empezando a echar de menos Kavala cuando llegué a un paseo marítimo y la cosa empezó a mejorar dramáticamente.
 Aparte de la enjundia que da el mar a toda ciudad que baña, Salónica presenta numerosos vestigios de su denso y turbulento pasado, con restos de la Antigua Grecia y Roma, iglesias ortodoxas, sinagogas, construcciones otomanas...
 Especialmente interesante y relajante fue el paseo por el casco antiguo, auténtico laberinto de callejuelas tan estrechas como sugerentes. En sus inmediaciones me encontré con la casa natal de Ataturk que, curiosamente, fue el impulsor de la modernización de Turquía y su primer presidente. Evidentemente, las fronteras de la región han cambiado bastante en el último siglo.
Vistas sobre la bahía

 En la habitación del albergue, amén de otros 5 huéspedes, me esperaba un amenazador ventilador que, cual espada de Damocles pendía colgando del techo sobre mi cama. Afortunadamente pude manipularlo para encontrar el equilibrio entre eficiencia frigorífica y ruido soportable, por lo que "sólo" habría de preocuparme de los potenciales ronquidos de mis compañeros. Entre ellos me llamó la atención uno que además de ser compatriota (era catalán) destacaba por su aspecto perroflautístico. Esa tan discutible estética, que todavía canta más pasados los 40, como era el caso, no me impidió descubrir que se trataba de un personaje simpático e interesante. Tomé nota de su recomendación. Según él, la zona de Exarchía era la más recomendable en Atenas. Curiosamente, Christina, mi anterior anfitriona, me dijo que la evitara a toda costa. ¿Quién tendría razón? La respuesta llegará en las siguientes entradas.
 A la mañana siguiente tenía previsto empezar mi ruta con un tour gratuito. Sobreestimé mi sentido de la orientación y, a pesar de desplegar mi poderosa zancada una vez que me aclaré con la ruta a seguir, llegué tarde al lugar de encuentro.
 Nada mejor para superar el disgusto que aprovechar un pase turístico que me había regalado un compañero del albergue para visitar gratuitamente la Torre Blanca. Se trata de una estructura otomana  que ofrece en su azotea una privilegiada vista sobre el paseo marítimo.
Torre Blanca

  Desde allí no pude evitar dirigirme al Museo Olímpico que, para mi decepción, tenía cerrado el acceso a sus salas debido a un problema con el aire acondicionado. No coló que le expusiera a la recepcionista mi alta resistencia a las altas temperaturas, así que me tuve que conformar con una exposición temporal situada a la entrada con objetos de deportistas griegos de las olimpiadas de Río 2016. Teniendo en cuenta que esta visita también me salió gratis, tampoco puedo decir que me saliera del todo mal la jugada.
 Ya tuve que estirarme un poco (5 €, que tampoco me sacaron de rico) para entrar al Museo Judío de Salónica. Mas allá de las simpatías que el sionismo pueda despertar en mí, la visita encerraba una razón sentimental. No en vano, durante varios siglos la ciudad albergó una importantísima colonia de judíos sefardíes. Éstos mantuvieron su lengua y sus costumbres a pesar de hallarse a tantos kilómetros de Sefarad, que es como llamaban a su antigua patria española, de la que fueron expulsados en 1492. Para que nos hagamos una idea de su importancia, a principios del siglo XX, más de la mitad de la población de Salónica era sefardí. 
 Si esa colonia es hoy algo testimonial es, sobre todo, debido a los estragos que la invasión alemana produjo en la comunidad judía local en la Segunda Guerra Mundial.
Museo Judío de Salónica

 Mientras esperaba a que abrieran el museo, entablé conversación con un par de israelitas que se extrañaron de que un gentil lo visitara. Cuando les comenté mi origen, me comentaron, totalmente en serio, que España empezó su declinar como imperio a causa de la expulsión de los judíos. Teniendo en cuenta que eso sucedió el mismo año en que Colón arribó a América, se puede decir que, como mínimo, es una teoría discutible.
 Igualmente emotivo, aunque por razones muy distintas fue mi incursión en el Pabellón Nikos Gallis, al que me costó bastante encontrar, tanto por su nula señalización como por el hecho de que estuviera semioculto entre una densa arboleda. Vi una puerta abierta y me metí como Nikos por su casa. Me encontré con un guardia de seguridad que no puso ningún problema para que accediera a la pista.  A pesar de que el recinto estaba vacío, no me costó imaginarme las gradas abarrotadas de fogosos hinchas animando fervorosamente (e insultando aún más fervorosamente a sus rivales) a los Gallis, Yannakis y compañía.
Lástima no haber llevado encima un balón

 Aproveché una visita a un supermercado cercano a mi albergue para seguir profundizando en mi conocimiento de la gastronomía local. Me llamó la atención una tarrina que contenía una vistosa pasta de bonito color rosado llamada Taramosalata. Craso error, ya que me enteré a posteriori de que estaba hecha a base de huevas de pescado y tenía un sabor muy fuerte y desagradable para mi selecto paladar. Menos mal que una excelente sidra griega me ayudó a pasar el trance .
Arco de Galerio

 Esta vez calculé mejor y me pude sumar al turno de tarde del tour gratuito. La verdad es que con tanto y tan variado legado monumental, al simpático guía no le faltaron argumentos para vendernos Salónica como la gran ciudad histórica que es. Y eso a pesar de algunos desmanes como el de rodear completamente de rascacielos un yacimiento romano, y no contentos con ello, apurar al máximo apoyando las columnas de uno de los edificios en tan valioso resto histórico. Por lo que nos comentó el guía, en Grecia, la conservación de su vastísimo patrimonio no siempre ha sido la mejor, y esto era buena prueba de ello.
Las clásicas columnas griegas

 Una vez que acabó el recorrido, me hice el encontradizo con una albanesa que había formado parte de la comitiva. No tardamos en adoptar a otras dos ex-compañeras que aún no se habían desperdigado para formar un improvisado cuarteto en busca de un lugar donde cenar en buena y novedosa compañía.  Acabamos en una agradable taberna del casco viejo donde servían deliciosa comida tradicional. La albanesa dio una de cal y otra de arena. Primero pidió 4 platos (quería probar un poco de todo) que, evidentemente no se pudo terminar y a los que el resto de comensales pudimos gustosamente finiquitar. La conversación derivó a la política y acabó surgiendo el monotema, del que no me pude librar ni en Grecia. Ella había pasado 10 días en Cataluña y su punto de vista no admitía dudas. Los catalanes (así en general) se querían independizar y Madrid no les dejaba. Mientras expuse mi punto de vista, que matizaba bastante sus tesis, entendí que si una albanesa ya talludita era proindependentista tras pasar poco más de una semana en Mollerusa, cuánta mayor influencia recibirá un niño sometido a la inmersión. Algo que suena tan asfixiante no puede ser, en mi opinión, ni mucho menos pedagógico, amén de otros efectos secundarios adversos.
 Casualmente, dos de mis improvisadas compañeras pernoctaban en mi albergue, así que nos despedimos de la albano-catalana y nos retiramos a nuestros cuarteles de verano. Aún tuve allí algo de conversación con mis compañeros de cuarto antes de dormir. Al día siguiente tocaba proseguir viaje. La mítica ciudad de Salónica no me había defraudado en absoluto. Pero Grecia aún tenía mucho más que ofrecerme.
 




domingo, 7 de enero de 2018

PERIPECIAS KAVALÍSTICAS

 En la primera mañana en Kavala, mi anfitriona Christina me llevó a dar un paseo por su ciudad.
 Empezamos por la casa de Mohammed Alí. En este caso no se trataba del célebre boxeador, sino de un antiguo gobernador de Egipto, que había nacido en esta ciudad griega cuando estaba en manos del Imperio Otomano. Aparte de la importancia de su antiguo morador (se le considera el padre del Egipto moderno), la casa está muy bien conservada, y es un buen ejemplo de la arquitectura de la época.
Interior de la casa de Mohammed Alí

 La ciudad de Kavala tiene una posición privilegiada. Su casco histórico, situado en una colina, es una atalaya perfecta con vistas al Mar Egeo, donde emerge cercana la mítica isla de Tasos.
 Pero más allá de las intrincadas callejuelas y el privilegiado entorno, la ciudad de Kavala tampoco ofrece mucho más desde el punto de vista turístico. Pero eso no es problema si contamos con nuestro amigo Theodoros, que con gran amabilidad prosiguió su labor de conductor y guía turístico de la zona.
 Nuestro primer destino fueron las cuevas de Alistrati. En su interior, los sedimentos calizos acumulados a lo largo del tiempo han formado unas curiosas estructuras que impresionan, constituyendo una auténtica maravilla geológica. Y lo bueno es que se pueden visitar cómodamente dando un paseo por una galería bastante amplia.
Alistrati. La foto no es mía. Se nota, ¿no?

 En ruta hasta nuestro siguiente hito, amplié mi ya extensa lista de Turismo Nominal al paso por la localidad de Drama. En este caso hizo honor a su apelativo. ¿Puede haber algo más dramático que una ciudad con tan sugerente nombre sea un conjunto de edificios sin ningún interés? Pues sí que lo hay, y pude comprobarlo unos días después sin salir de tierras helenas.
 Más interés despertaron las ruinas arqueológicas de la ciudad de Filipos, que era nuestra intención visitar, pero llegamos demasiado tarde para ello. Pero no nos fuimos de vacío del emplazamiento, ya que en el anfiteatro se iba a celebrar un concierto de música griega. Yo estaba un poco escamado tras la mejorable experiencia del día anterior. Aunque de momento, las gradas ofrecían mucha más comodidad que el terraplén que mi trasero aún recordaba con poco agrado.
Todo preparado para el concierto

 Esta vez se trataba de una popular cantante llamada Alkistis Protopsalti que interpretaba temas del compositor Stavros Xarchakos, que estaba presente dirigiendo la orquesta. A pesar de que hago todo lo que puedo por ser un cultureta, no me sonaba ninguno de ambos, pero por lo que me comentaron mis compañeros, son unas auténticas instituciones en el país.
 Pronto me empecé a dar cuenta del por qué. Aunque nunca había escuchado ningún tema, pronto empezaron a atraparme. 
 Esta vez sí sonaba como música genuinamente griega, siendo además de máxima calidad. El ambiente creado en tan magnífico concierto en una ubicación tan sugerente fue absolútamente mágico. Tanto que incluso acabé tarareando algunas canciones a pesar de mi todavía escaso nivel de griego.
  Con el público volcado y disfrutando al máximo, me preguntaba si la tan cacareada crisis en Grecia no era una exageración sensacionalista. No tardaría en darme cuenta de mi pequeño pero craso error.
Una maravilla

 Al día siguiente seguimos merodeando por la zona. Esta vez nos dirigimos a un museo de cera. No parece ser algo muy extraordinario, pero éste tenía algunas peculiaridades. Todas las figuras estaban realizadas por la misma persona, que decidió ubicar el museo en su pueblo natal, una diminuta villa en mitad de la nada.
 El local estaba dividido entre celebridades locales (Onassis, Maria Callas, Paraskevi Patolidou...) e internacionales (Michael Jackson, Lady Di o Elvis Presley). Las efigies estaban realmente bien realizadas, y tuvimos ocasión de manifestárselo al autor, ya que era la persona que vendía los billetes en la entrada.
Sección internacional del museo de cera

 A mediodía, en Kavala, conocí al hermano de mi anfitriona. Un tipo muy agradable, pero que me dio una visión del estado económico y social del país mucho menos amable de la que me había quedado tras el memorable concierto de la noche anterior. A pesar de trabajar de ingeniero, el irrisorio sueldo que cobraba, ya muy avanzado el mes, no le llegaba y se había visto obligado a cultivar hortalizas para venderlas. Y sin salir de la familia, Christina se fue a vivir a Chipre poco después de recibir mi inestimable visita.
 Por la tarde volvimos a las ruinas de Filipos, llegando a tiempo para desquitarme del intento del día anterior. Nada menos que griegos, romanos, cristianos y bizantinos habitaron y dejaron su particular huella en la ciudad. Pero parece que desde entonces no se ha cuidado mucho el lugar, ya que el yacimiento estaba bastante "escojonado". Y para más INRI, contaba con un museo al que parecía que habían llevado lo poco que se encontraba medianamente en buen estado.
Filipos: Con lo que tú has sido...

 El vacío que me había dejado la visita a Filipos, lo cubrió con creces nuestra visita a un popular restaurante de Kavala donde nos pusimos las botas de deliciosa comida local a precios muy competitivos. Que unos míticos vestigios de las cunas de nuestra civilización ,que además son patrimonio de la Unesco, me impresionaran menos que una salsa Tzaziki o un queso feta, me da que pensar.
 En la misma línea de superficialidad y hedonismo, pasamos la mañana siguiente en una playa cercana a Kavala. A diferencia de lo que me había encontrado en la ciudad albanesa de Durres, esta playa era bastante competente, con arena color arena (no color ceniza) y agua color agua de mar (no Colacao).  Pero tan privilegiado enclave natural no había escapado a la codicia humana. El recinto estaba acotado y la arena estaba copada por tumbonas y sombrillas que dependían de chiringuitos playeros. No cobraban entrada, pero había que consumir a precios muy poco competitivos (Cerveza a 4,5 €). Y como hilo musical, nos tocó padecer las estridentes radio fórmulas que los baretos hacían sonar a todo trapo. Quien busque relax y tranquilidad que mire en otra parte.
 Se acercaba el momento de abandonar la ciudad. Pero no sin antes volver al restaurante de la noche anterior a darnos un último homenaje. Me convenía cargar bien mis adipocitos, habida cuenta de la austeridad nutricional que acostumbro a seguir en mis viajes.
¡Esto sí que es arte!

 Christina y Theodoros habían sido unos grandes anfitriones. Gracias a ellos pude conocer muchos rincones que habrían pasado desapercibidos para mí, además de darme mucha información sobre la vida cotidiana de los griegos. Me despedí con pena de ellos y de la ciudad. Habían sido tres días en los que sólo tuve que dejarme llevar. Por un tiempo, eso está muy bien. Pero el gusanillo de la aventura y el talento natural seguían dentro de mí, y no iban a tardar en salir de su letargo en mis siguientes destinos.


domingo, 10 de diciembre de 2017

KAVALA: SI NO PUEDES CON EL ENEMIGO, IMÍTALO



Este es el viajecito que me esperaba.
  Me despedí de los anfitriones del albergue como quien se despide de la familia y me dirigí al centro para tomar un autobús. La más de media hora de retraso con la que se presentó el vehículo fue un aviso de que ese día me tenía que tomar las cosas con filosofía (nada más adecuado para mi próximo destino).

 Pronto llegamos a la frontera entre Albania y Grecia. Dado que el primer estado no pertenece a la UE, las cosas no iban a ser tan fáciles como cuando se entra a Francia por el Portalet.
 Nos detuvimos y tuvimos que esperar un buen rato hasta que las autoridades albanesas comprobaron nuestros pasaportes y nos expidieron unos billetes en los que yo figuraba como "Alonso". 
 Tras este trámite, el autobús avanzó unos 50 metros para ocupar su puesto en una fila no muy larga, pero que apenas avanzaba. 
 Una vez que llegó nuestro turno tuvimos que bajarnos y presentar nuestro pasaporte a las autoridades helenas. No contentas con ello, nos obligaron a sacar nuestras maletas de la bodega y depositarlas en unas mesas para su inspección.        
 Dado que no había espacio suficiente, esperé a que los policías revisaran la primera tanda para poner mi maleta. Para mi sorpresa, y casi decepción, no hicieron ni ademán de registrarla. Seguro que el día que lleve cocaína no me sucede esto.
 Habíamos pasado más de dos horas de tensa a la par que aburrida espera en la frontera. Todo estaba en orden por lo que pudimos internarnos, al fin, en la mítica Grecia, país que a pesar de sus encantos de todo tipo, aún no había visitado.
 Los familiares paisajes mediterráneos que nos recibieron no me parecían tan monótonos cuando me imaginaba que en ellos habían coexistido héroes, dioses y otros personajes mitológicos. Así que en cuanto me quise dar cuenta ya estaba llegando a la estación de autobuses de Salónica. Pero eso hubiera sido demasiado fácil, así que allí saqué otro billete para la ciudad de Kavala, también costera, pero situada más hacia el este.
 Mi breve intercambio comercial con la empleada que me vendió el título de transporte, me sirvió para comprobar que mi inglés con acento de Huesca, que tan poco me había servido en Albania, volvía a ser un elemento útil en tierras griegas.
 Tras otro par de horas de propina arribé a Kavala. Allí me esperaba una amiga (Christina) que me iba a dar cobijo. Aunque las cosas no empezaron muy bien. Debido a un malentendido yo tomé un taxi hasta su casa que se debió cruzar con el que ella cogió para esperarme en la estación. Para regocijo de los taxistas locales, lo que debía haber supuesto una carrera (o mejor ninguna) acabaron siendo tres (la mía y dos de la anfitriona).
Kavala

 Acostumbrado a compartir habitación con más gente, el hecho de tener una sólo para mí parecía que iba a ser un auténtico lujo. Pero además de mi amiga, había otros "huéspedes" en la casa. Nada menos que 6 gatos. No tuve mucho tiempo de socializar con mis nuevos compañeros, ya que un gran evento nos estaba esperando. 
 Se trataba de un concierto de la cantante griega Eleonora Zouganeli, que tenía lugar en un castillo abandonado a unos kilómetros de Kavala. Para llegar allí contamos con la inestimable colaboración de Theodoros, un amigo de mi anfitriona que hizo de cicerone llevándonos en coche a todas partes. 
 La verdad es que el entorno en el que se enmarcaba el concierto era inmejorable. La situación elevada del castillo otorgaba una impresionante vista sobre la bahía, tenuemente iluminada por el crepúsculo
 Pero lo que le sobraba en belleza le faltaba en comodidad, ya que los sufridos espectadores nos tuvimos que acomodar como pudimos sobre el suelo en una empinada colina, en la que la pendiente impedía colocar sillas.
 A pesar de la forzada postura, el comienzo del concierto fue prometedor. Aparte del privilegiado emplazamiento, la cantante tenía muy buena voz, derrochaba energía y además estaba de muy buen ver. 
 Pero al rato, la propuesta me empezó a cansar. No conocía ninguna canción de la artista, que eran mayoritariamente baladas pop en griego. Interesante para un rato, pero demasiado para las dos horas y media que, sentado sobre el duro e inclinado suelo, se estaban convirtiendo en una pequeña tortura.  Mis dos compañeros tampoco estaban pasándolo mucho mejor. Así que, rompiendo mi regla no escrita de amortizar al máximo toda inversión, abandonamos el concierto antes de su conclusión.
 No veía la hora de acostarme y descansar. Me las prometía muy felices teniendo un sofá-cama y un salón solo para mí, sin ningún ruidoso aire acondicionado en lontananza. Pero poco tardé en darme cuenta de que los numerosos felinos que deambulaban por la casa querían también su parte del pastel, y en cuanto me descuidaba, se empeñaban en invadir mi espacio de seguridad.  
 En mi caso, los únicos animales con los que puedo compartir tálamo, son los ácaros, y sólo si se están quietecitos.
 Después de muchos intentos de deshacerme de los gatos, y ante su insistencia, me rendí a la evidencia. En ese sofá me iba a ser imposible pegar ojo. 
 Tras un análisis de la situación, decidí que, en vez de luchar contra los félidos, sería más pragmático aprender de ellos. 
 Así, caminando con un sigilo exquisito, penetré en el cuarto  de mi anfitriona y me acerqué a la cama, donde Christina dormía profundamente.
  Respiré hondo y, rompiendo las más elementales normas del recato, me tumbé cuidadosamente en el lecho, aprovechando el escaso medio metro que había quedado disponible.   


lunes, 27 de noviembre de 2017

HOSPITALIDAD ALBANESA: IGLESIAS CERRADAS Y CORAZÓN ABIERTO

  Mientras estábamos desayunando en el albergue, y ante la expectación del resto de los huéspedes, apareció nuestro compañero británico. No presentaba muy buena cara, pero  era mucho mejor de la que se espera de alguien que se haya pegado un trompazo sólo unas horas antes. Nos comentó que la noche anterior se había juntado con unos locales, había perdido la cuenta de las cervezas que bebió y que no se acordaba de nada más. Cuando le explicamos lo que le había sucedido, aparte de no saber dónde meter la cabeza, dijo que ahora se explicaba por qué tenía las rodillas enrojecidas. Limitadas consecuencias para tan aparatoso incidente.
Ya empezaba a familiarizarme con el idioma. Hasta entendía los letreros.

 Korcë ya estaba más que explorado, por lo que se imponía hacer alguna excursión. 
 La tarde anterior había preguntado en la oficina de turismo, donde ofrecían excursiones guiadas a precios astronómicos. Por ello se me abrió el cielo cuando mi compañera alemana comentó que tenía intención de visitar el cercano pueblo de Voskopojë. Se trata de una pequeña villa que en su día fue un gran centro cultural y religioso, albergando una buena cantidad de iglesias ortodoxas. Aunque yo sea más bien "heterodoso" me apetecía hacer algo en compañía, y más si era tan buena, ya que la teutona no tenía desperdicio. Como si no tuviera suficiente con ser alemana, además se trataba de una turista alternativa (preguntó si se podían visitar fábricas abandonadas), bloguera, políglota y buena conversadora.
 Para llegar al pueblo había que tomar una furgoneta en la zona oeste de Korcë. Como no teníamos muy claro dónde, preguntamos a una entrañable ancianita que, aunque no hablaba inglés, puso todo de su parte para hacerse entender e incluso nos acompañó andando un buen trecho hasta el lugar. Así da gusto.
 Si Voskopojé tuvo un periodo de esplendor, poco queda del mismo. Se trata de un pueblo muy pequeño, aunque con un número relativamente elevado de iglesias. Eso sí, estaban todas cerradas.
 Mi compañera tenía mucho interés en visitar alguna por dentro, así que no paró de preguntar hasta que nos encontramos a un venerable sacerdote que parecía sacado de otro tiempo. Su estética ascética, en la que destacaba una poblada barba cana, le otorgaba un elevado aire de respetabilidad. Además de ese porte, llevaba consigo la llave de una iglesia, que accedió a mostrarnos a nosotros y a un grupo de franceses. 
Interior de una iglesia ortodoxa

 Aunque el interior del templo estaba muy degradado, se podían encontrar un gran número de pinturas y frescos ortodoxos bastante destacables.
 Seguimos rastreando por el pueblo hasta que encontramos otra persona que nos abrió otra iglesia que, al igual que la anterior, había vivido mejores días. Por lo visto, en la época comunista la mayoría de templos habían sido destinado a usos menos sacros y más agresivos para su conservación.
 Más interesante fue un paseo que hicimos a un monasterio situado a unos 3 km del pueblo, más por el interés paisajístico de la zona de montaña que por el edificio en sí.
 A mediodía Voskopojë había dado de sí todo lo que tenía que dar. A falta de un horario regular de transporte, estuvimos pendientes en la plaza central para ver si aparecía alguna furgoneta de vuelta.
 Al poco rato, se paró un coche delante de nosotros y se ofreció a llevarnos. Nos subimos confiados y nos dejó en el centro de Korcë sin querer cobrarnos.
 No sería el único detalle de la hospitalidad que bendice estas tierras. Por la tarde se nos citó a los huéspedes del albergue a la mesa para celebrar la llegada de un contingente de jóvenes franceses y una pareja de albaneses.
 Mientras el cabeza de la familia anfitriona se esforzaba con su limitado inglés en conversar con los huéspedes foráneos, su hija no dejaba de sacar platos de deliciosa comida local, cortesía de la casa.
 Con el estómago lleno y y la moral alta tocaba darse un voltio por el festival de la cerveza. Esta vez fui acompañado del grupo de galos y de Adam, que como buen británico, seguía dispuesto a seguir bebiendo a pesar del escarmiento del día anterior. Eso sí, me encargó que lo vigilara y lo detuviese al llegar a la quinta consumición.
Korcë: ciudad cervecera

 No pudimos encontrar ninguna mesa libre, así que pululamos por los puestos bebiendo cervezas a gran ritmo.
 Ya llevaba mi compañero inglés 4 cervezas cuando le avisé de que estaba a una de pasar el Rubicón. Se dio por enterado y se pidió dos cervezas en su última auto-ronda. Así pudo beber más de las 5 estipuladas retorciendo al máximo nuestro contrato verbal. Eso sí, ya me comentó que al día siguiente, como era el último, no se iba a poner límites. Genio y figura.
 Aprovechando que aún estábamos razonablemente serenos nos volvimos al albergue. Al día siguiente me tocaba abandonar Albania. Aunque a primera vista no me había atraido demasiado, poco a poco, la hospitalidad de sus gentes y su atmósfera peculiar, hicieron que la idea de despedirme de estas tierras se me hiciese cuesta arriba.


 




 



lunes, 13 de noviembre de 2017

KORÇË: AL FINAL, CAYÓ EL GORDO

 Unos 20 minutos antes de la hora acordada, me presenté junto al solar del Qmal Stafa para tomar el transporte a mi siguiente destino. Se trataba de Korçë, una pequeña ciudad en el sureste de Albania.
 A pesar de mi adelanto, ya tenían todo preparado, y al verme llegar en lontananza me metieron prisa para que ocupara mi sitio en la furgoneta. Dado que el maletero estaba a tope, pusieron mi maleta en otro furgón. Al percibir mi rostro de inquietud, me tranquilizaron diciendo que íbamos todos juntos y que la recuperaría al final.
 Viendo lo poco que nos costó salir de la caótica capital, me di cuenta de que, a falta de unas circunvalaciones competentes, tiene sentido que haya en Tirana diferentes "estaciones" de "autobús" dependiendo del destino al que se dirijan.
 Yo era el único forastero de la expedición, por lo que no pude intervenir en las conversaciones y me mantuve serio ante las bromas del, parece que bastante gracioso, conductor.
 Una vez que me había alejado de la costa y había abandonado la capital, me daba la impresión de que nos estábamos internando en la Albania más profunda y genuina. Y eso se empezó a apreciar en detalles como el que al paso de un pueblo, el conductor de la furgoneta se detuviera para entregar un paquete en una tienda. O que nos parásemos junto a una sala de fiestas donde se bajaron unos ocupantes de la furgoneta, no sin antes descargar del maletero una gran cantidad de ornamentos que iban a decorar el local para albergar una boda. Sin olvidar el recoger a una pareja de ancianos al borde de la carretera para dejarlos en la villa más cercana.
 Así que el viaje fue de lo más entretenido, por lo que las 5 horas se me pasaron en un suspiro. El mismo que di cuando siendo ya el último pasajero de la ruta vi como, por arte de magia, el conductor sacaba de la parte trasera de la furgoneta mi maleta, que había partido de Tirana en otro vehículo. El único momento en el que se pudo producir el trasvase fue en una parada que hicimos en un área de servicio. Pero yo estuve casi todo el rato cerca de mi furgoneta y no vi nada. En este tipo de situaciones me daba cuenta de cuán indefenso estaba y de qué poco se aprovechaban de mi situación los honrados albaneses.
Catedral ortodoxa de Korçë
 Mi albergue no estaba situado muy lejos del centro (a unos 20 minutos andando), pero su entorno distaba de ser idílico. Se trataba de una zona industrial bastante inhóspita.
 Como un oasis en medio del árido desierto, el albergue era un lugar realmente acogedor. No sólo por su estilo, más parecido a una casa corriente, sino también por la amabilidad y calidez de la familia que lo regenta.
 No respondí de la forma más conveniente al generoso recibimiento de la hija, que me ofreció un licor local llamado raki, de que apenas probé un sorbo. Nunca he tolerado bien las bebidas de alta graduación y en este caso preferí pasar por descortés antes que tentar a la cirrosis. En todo caso, me llamó la atención esta bienvenida en un país mayoritariamente musulmán. 
 Pero lo del raki era pecata minuta, teniendo en cuenta que en esos días se estaba celebrando en la ciudad una especie de "Oktoberfest" a la albanesa. Afortunadamente, la "sharia" ni está ni se la espera.
Cualquier nicho de mercado es bueno

 Korçë es una ciudad de un tamaño similar al de Huesca. Como no es ésta una medida universal de superficie, aclararé que cuenta con unos 50.000 habitantes. 
 Aunque presenta algunos edificios religiosos destacables y alberga un museo en la primera escuela del país en la que se enseñó en albanés (antes se hacía en griego), no se puede decir que sea un lugar monumental. A pesar de ello, no deja de ser agradable pasear por sus tranquillas calles y bulevares.
Calentando motores

 Volví al albergue con la esperanza de reclutar compañía para desfasar un poco en la feria de la cerveza. Pero no hubo suerte. Mis dos compañeros de habitación eran una alemana que no ejercía como tal, poco amante de la cerveza, y un británico que honraba con creces su procedencia, pero había quedado ya con otra gente.
 El "Festa e Birrës" es uno de los mayores eventos del país. Durante 5 días se habían habilitado dos escenarios distintos con música en vivo y numerosos puestos de cerveza y comida. Junto a ellos se habían colocado un gran número de bancos y mesas corridas, ideales para fraternizar. 
Poco pude fraternizar yo, aparte de conmigo mismo. Así que me limité a darme un voltio por los dos escenarios y probar alguna de las cervezas, que aunaban una más que aceptable calidad y un precio imbatible.
 A pesar de que la música en vivo no me parecía muy interesante (Pop en albanés; hubiera preferido algo más tradicional) la fiesta presentaba un gran ambiente.
Se les apoderan las cervezas

 Entre tanta gente, mi soledad se hacía algo incómoda, así que no tardé en volverme a descansar. Esa era mi intención, que pude llevar a cabo hasta que nuestro compañero londinense empezó a hablar en sueños. Su estado onírico no debía estar siendo muy plácido, ya que pronto se empezó a mover en la cama. La tenue luz de la pieza me permitió vislumbrar cómo se iba acercando peligrosamente al borde de la litera superior.  Sin poder hacer nada por evitarlo, presencié cómo esos más de 100 kg de inglés ebrio caían a plomo sobre el suelo de la habitación, provocando un gran estruendo.
 Con el lógico impacto, mi primer pensamiento fue dudar entre si se había matado o sólo malherido. Algo parecido debió pensar la compañera alemana que dormía debajo de él y que, asustada, le preguntó si estaba bien.
 Tras unos segundos que parecieron horas, Adam balbuceó algo parecido a una respuesta. Por lo menos estaba vivo. Y tanto. Al poco rato se levantó del suelo e hizo una visita al retrete, tras lo cual, volvió a subir a la litera como si nada hubiera sucedido.
 Si impactante fue la escena nocturna, casi traumática fue la primera imagen del accidentado con la que me encontré nada más despertarme. Estaba profundamente dormido y como única prenda llevaba una camiseta. Por desgracia, ésta no se había estirado lo suficiente para ocultar ciertas partes de su anatomía que el decoro me impide nombrar.





jueves, 2 de noviembre de 2017

DE BÚNKER A BÚNKER Y TIRAN PORQUE LES TOCA

 Mi apretada jornada comenzaba con el clásico “free tour” por  Tirana. En pocas ciudades se pueden ver elementos tan variados como los que nos ofrecía el recorrido. A saber:  una mezquita, una iglesia católica donde se estaba oficiando una boda, el edificio del parlamento, una iglesia ortodoxa, una pirámide de arquitectura brutalista, una calle dedicada a George Bush padre, la antigua residencia del dictador Enver Hoxha, un trozo del Muro de Berlín y hasta un búnker. 
Pirámide de Tirana. Por razones obvias no es tan conocida como la de Keops

 Esto último que parece tan inusual, no es tan extraño, ya que en la época comunista, ante el temor a una invasión de un estado enemigo (podía ser casi cualquiera, que Hoxha era muy particular), el estado construyó cientos de miles de ellos. Se pueden ver en los lugares más insospechados, en el campo, en una playa, en una calle cualquiera en medio de la ciudad... La buena noticia es que nunca se tuvieron que utilizar. La mala es que costaron un ojo de la cara a un país que no andaba sobrado de dinero.
Búnker casi de juguete, comparado con el que visitaría esa tarde
 Una vez completado el recorrido, que me dio una imagen general de la ciudad, tan ecléctica como sorprendente, visité la Galeria Nacional de Arte.  Lo más interesante para mí fue la sección dedicada a la pintura de estilo socialista: grandes murales cuyo discutible mérito artístico se ve compensado por su gran fuerza expresiva. Parece mentira que alguien tan poco sospechoso de ser de izquierdas como yo, se vea atraído de tal manera por la estética, el arte y la arquitectura comunista.
 Cuando ya estaba a punto de empuñar la hoz para liderar una revolución campesina, me acordé de que tenía pendiente inspeccionar el lugar donde al día siguiente tenía que tomar el transporte para abandonar Tirana.  Se trataba de una explanada que se suponía situada junto al estadio de fútbol Qmal Stafa. El hecho de que lo hubieran demolido para construir uno nuevo, me despistó un poco, pero al fin pude llegar al sitio tras callejear por las inmediaciones. A falta de una estación de autobuses competente,  me encontré con un descampado sin asfaltar con algunas furgonetas aparcadas. Tuve la “genial” idea de preguntarle a un taxista si allí se tomaba el  transporte para Korçe. Rápidamente me ofreció solícito su vehículo a un precio astronómico.  Más conveniente fue la oferta que me hizo el conductor de una furgoneta que, ayudado por un adolescente que hizo de intérprete, me ofreció llevarme al día siguiente a mi destino por una tarifa más que razonable. Eso sí, el hecho de estar negociando con gente a la que no entendía ni papa y en un lugar llamado Qmal Stafa me hacía estar algo intranquilo.  
 No fue, ni mucho menos una "Stafa" mi siguiente adquisición. Por sólo 50 lek (unas 65 pesetas) pude saborear un helado de melocotón que es quizá el mejor que he probado en mi vida. Y hecho con auténtico "Prunus Persica" de los Balcanes, nada de imitaciones ni aromas artificiales.
 Hay quien dice que los grandes lujos sólo están al alcance de los potentados.  No es así. A los humildes se nos permite acceder a esta joya de la gastronomía a un precio irrisorio. Y a quién me diga que, aunque el helado sea barato, llegar a Tirana es caro, le puedo presentar mi billete de autobús que me dio acceso a la capital albanesa por 130 lek (menos de un euro). 
 Tomen nota amables lectores: Heladería Mango (con perdón), calle George W Bush  10 (disculpen los antiimperialistas), de Tirana (ídem para l@s feministas).
 Si antes he mencionado los búnkeres, ahora me tocaba visitar el mayor de ellos. Un refugio de 5 plantas y más de 100 habitaciones excavado en una colina a las afueras de la ciudad.
Entrada al Bunk´Art 1

 Si el Museo de Historia me había faltado algo de "Guerra Fría", en el Bunk´Art 1, me sumergí de lleno en ella. Un angosto pasillo conduce al visitante a unos cuartos en los que se explican diferentes aspectos de la construcción y uso del búnker, así como de la época comunista en general.  Se puede visitar la habitación destinada para refugio de Enver Hoxa, con el mobiliario original, e incluso un gran salón de actos para acoger reuniones del gobierno en pleno en caso de emergencia.
Interior del búnker

 Después de haber estado en un hermético y opresivo búnker, necesitaba algo de aire puro. Para ello, nada mejor que tomar un teléferico que, tras un largo y espectacular recorrido me dejó en la cima del Monte Dajti. Está situado en un parque nacional y cuenta con unas magníficas vistas sobre la ciudad.   
 No pude evitar hacer algo de senderismo en tan idílico entorno, que me sirvió para recuperar la paz interior tras unos días bastante movidos. Pero como la cabra siempre acaba tirando al monte, y en mis viajes me suelo complicar bastante la vida, me perdí por el bosque.  
 Acabé entrando en una zona militar, que para mayor canguelo, presentaba algunos búnkeres bastante degradados, pero siempre amenazantes.
Teleférico Dajti

 Pude salir de una pieza de tan inquietante lugar y tomar el teleférico de vuelta a Tirana sin novedad, aunque el día aún presentaría alguna sorpresa más.
 La primera, de corte agradable, fue que en el jardín del albergue se había montado tertulia. Además de los huéspedes, la reunión contaba con dos jóvenes albanesas que  los empleados habían conocido en una de sus habituales incursiones nocturnas. Una de ellas me sorprendió con un más que correcto español que, según me comentó, no había aprendido en clase, sino viendo series españolas en televisión. 
 Entré un momento al interior del albergue y escuché a la dueña gritando indignada. Pensaba que algún compañero había hecho alguna trastada. Pero lo que había sucedido es que un vecino, probablemente molesto por el ruido que generábamos, nos había lanzado un bote de champú vacío y un trozo de patata.
  A pesar de lo poco amenazador de semejantes "proyectiles", la propietaria llamó a la policía, que no tardó en venir. Al ver entrar a la pareja uniformada me vino a la cabeza la Sigurimi (temible policía política de la era comunista). Pero ni estos policias eran tan fieros, ni el "delito" era tan grave. Así que tomaron nota y se fueron pronto a solucionar asuntos de mayor calado.
 Por lo que me comentó un empleado, no era la primera vez que el albergue sufría estos ataques aéreos. Lástima que a Hoxha no se le hubiera ocurrido construir uno de sus miles de búnkeres en el jardín. A diferencia del resto, se le hubiera dado algo de uso.
 
 
 
 

martes, 24 de octubre de 2017

TIRANA: ENCUENTROS CON EL "HOMO HOSTELIS" Y LA EMPRESARIA HOXHISTA

 Al bajar al vestíbulo del albergue de Durres se percibía cierto revuelo. Los empleados estaban nerviosos. Se había producido un corte de agua que impedía a los huéspedes realizar sus abluciones matinales. 
 Para solventar el problema, aplicando una solución de emergencia, el albergue hizo acopio de botellas de agua mineral que se dejaron en los baños.
 Intentando rebajar la tensión, bromeé con los recepcionistas diciéndoles que éste era el albergue más lujoso en el que había estado, ya que en ninguno me habían pemitido lavarme con agua mineral.
Ya estaba a punto de abandonar el hostel cuando me encontré con una “vieja” conocida. Se trataba de una pívot tasmana con la que había coincidido en el albergue de Nápoles unos días atrás. Y pensar que había cambiado Salou por Albania para no encontrarme conocidos en vacaciones...
 En la explanada a modo de estación de autobuses, a falta de dársenas numeradas, los conductores gritaban su destino a viva voz. 
  Un breve trayecto de poco más de 40 minutos me dejó en un apeadero de la capital albanesa. Tanto o más me costó llegar a mi albergue, paseo que me sirvió para ir haciéndome una idea de lo que me esperaba en la ciudad. Las esperadas amplias avenidas y enormes edificios socialistas convivían con numerosos cafés de estilo más actual, con nombres tan familiares y sorprendentes como "Serrano" o "Cataluña".
¿Chamberí? No, Tirana.

Cataluña alcanzando proyección internacional

 Un descamisado jovencito al que tuve que sacar de la cama,  a pesar de que ya era mediodía, me recibió cordialmente en el albergue. 
 El establecimiento era, como corresponde a mi condición, bastante humilde. Aunque contaba con un extra de gran importancia: aire acondicionado. Y esto no sólo era importante para sobrellevar las tórridas temperaturas estivales, sino también para evitar el infernal ruido de los temidos ventiladores. Además contaba con un patio ajardinado e incluía desayuno. No se puede pedir más por 8 euros.
 Lo primero que visité en la ciudad fue la plaza Skanderber, la clásica explanada interminable que no puede faltar en una ciudad ex-comunista que se precie. En ella me llamó la atención un inmenso mural de estilo socialista que adornaba la entrada al Museo Histórico Nacional y que no pude evitar visitar.  En él se hace un repaso exhaustivo de la historia de Albania desde la Prehistoria hasta la Segunda Guerra Mundial. 
 Precisamente me escamotearon el periodo de la Guerra Fría, que es mi favorito. Si a eso le sumamos que muchos de los letreros explicativos estaban sólo en lengua albanesa (apenas llevaba 3 días en el país y aún no me había hecho al idioma), el resultado es que el museo no acabó de satisfacer mis expectativas, totalmente infladas por el mosaico de la entrada. Afortunadamente, el estilo retro del inmueble y unos sillones comodísimos donde pude echarme una pequeña siesta le hicieron ganar puntos.
Plaza Skanderber y mosaico socialista llamándome a gritos
 De vuelta al albergue vi que se estaba tramando algo. Uno de los empleados me comentó que les habían invitado a una fiesta en otro hostel, invitación extendida a los huéspedes. Dado que mi agenda en Tirana estaba todavía bastante vacía, acepté.
  La primera parada de nuestra comitiva se produjo en un restaurante cercano. A pesar de que yo había almorzado con contundencia un rato antes, no pude evitar sumarme al festín de comida típicamente albanesa, tan sabrosa como económica, regada con unas "Tiranas"(cerveza local).
 No faltó otra "parada técnica" para repostar más cerveza en una terraza a medio camino. Es la consecuencia de ser guiados por unas auténticas esponjas.
  Sin más novedad, nos presentamos en el lugar de la fiesta, que estaba celebrándose en el jardín de una mansión. Lo que allí nos esperaba, aparte de una cerveza artesanal muy lograda, era un gran número de ejemplares de la subespecie "Homo Hostelis". Sus características son:
-Edad entre 20 y 25 años.
-Grandes bebedores de alcohol y en muchos casos, consumidores de drogas blandas.
-Mayoritariamente de países anglosajones. Se aceptan de otros países, siempre que hablen inglés a un nivel alto.
-Gente simpática y abierta al diálogo con desconocidos y otras subespecies, aunque no se profundice mucho en la relación.
 -Siempre hay algún miembro del grupo con algún aditamento en la cabeza (sombrero o gorra).
 Así, si hubiera aparecido en ese jardín de la nada, me hubiera sido imposible saber en qué parte del mundo estaba, ya que el ambiente generado por la subespecie es el mismo, independientemente del entorno.
 Aunque la mayoría de asistentes a la fiesta se adaptaba a la descripción antes detallada, me encontré con dos ejemplares un tanto exóticos:
 El primero, y para mi sorpresa, fue un compañero de habitación del albergue de Durres,con el que apenas había hablado allí (solamente para recuperar mi pasaporte cuando cayó entre su cama y la pared). Se trataba de un holandés cuyo plan de vacaciones para el mes de agosto consistía en pasar una semana en cada uno de estos destinos: Lituania, Albania, Moldavia y Túnez. Dudo que haya habido otra persona en la historia que haya seguido tan peculiar ruta.
 El otro se trataba de un vitoriano, que fue el primer español (no habría muchos más) que me encontré en Albania.
 En general, a pesar de que se habían formado grupos de conversación, no era difícil interaccionar con unos y otros. Eso no pareció satisfacer a un alemán que venía con nosotros. Me comentó que la cordialidad que se respira en estos ambientes es un tanto impostada. En ese momento se me ocurrió una frase que resumía la situación y que al germano le pareció bastante atinada: "Amigos para siempre, pero sólo por hoy".
 Tras un par de horas me cansé de divertirme tanto y volví al albergue.
 Lo que me esperaba allí fue mucho más interesante. La dueña del hostel estaba hablando con un amigo local. Me sacaron un cervezón de la bien surtida nevera y me invitaron a que me sumara a ellos, teniendo el, más que necesario para mí, detalle de cambiar el idioma albanés por el inglés.
 En poco tiempo, la plática derivó a un debate apasionante (estoy hablando en serio) sobre Enver Hoxha, el dictador que manejó el país con mano de hierro durante 41 años. Curiosamente, la dueña del albergue, que en la era comunista no hubiera podido ni soñar con montar un negocio como éste, defendía a Hoxha, mientras que su amigo estaba frontalmente en contra.
 Yo ni quité ni puse rey, ni ayudé a mi señor, sino que escuché atentamente e intervine sólo para preguntar detalles y animar la cordial disputa, que acabó mas o menos en tablas cuando el antihoxhista se fue a su casa.
 La conversación adquirió entonces terrenos más cotidianos y personales al quedarnos a solas la anfitriona y yo.
 Mientras observaba sus ojos chisposos y escuchaba el verbo desatado por las cervezas que se había bebido, me preguntaba si iba a tener alguna oportunidad más clara en mi azarosa existencia de pototear con una empresaria albanesa.
 Pero al diablillo que me empujaba a la acción se le oponía el angelito, que aplicando criterios pragmáticos, más que morales, me advertía de que si el ataque acababa en "cobra", corría el riesgo de acabar durmiendo en la calle.
 Al final se impuso lo evidente, y no comprometí la oportunidad de dormir plácidamente arrullado por la ligera y sutil brisa del aire acondicionado por la quién sabe cuan remota posibilidad de pasar unas horas (minuto más, minuto menos) de pasión hispano-albanesa.
 Además, conociéndome como me conozco, sé que una hoxhista y yo no habríamos acabado bien.