jueves, 26 de mayo de 2022

XLIV MEDIA MARATÓN DE SABIÑÁNIGO: LA MADUREZ DEL CORREDOR DE FONDO

  Como todos los acontecimientos multitudinarios, las carreras populares han sido unos de los tantos eventos damnificados por las limitaciones que ha supuesto la pandemia. Durante estos dos años he seguido corriendo a mi aire, pero empezaba a echar de menos la liturgia que rodea a estas pruebas.

 Por tanto, cuando vi que una de las carreras en las que más veces he participado volvía por sus fueros, no dudé en apuntarme. Ayudó sin duda a ello que su precio siga inmune a la inflación y al aumento del coste de la vida, manteniéndose en unos humildes 5 €.  Otra de las cosas que se mantienen y se agradecen tanto o más, es la posibilidad de recoger el dorsal apurando casi hasta la hora de la salida. En ella nos presentamos mi hermano, yo...y cuatro gatos. Si hace 20 años se llegaba holgadamente a las 300 personas, en esta ocasión sólo había 36 atletas para correr la Media Maratón. Por suerte, la prueba coincidía con otra de 10 kilómetros, que aportaba una cuarentena más de atletas. La tendencia ya era descendente estos últimos años, y parece ser que el Covid ha puesto la puntilla.

 De lo que no le puedo echar la culpa al maldito virus chino es de mi estado de forma. Llevo ya bastante tiempo corriendo una vez por semana. Con ese entrenamiento tan limitado, es inevitable que con el tiempo las prestaciones vayan menguando. Conscientes de eso, mi hermano y yo acudimos a la prueba sin mayor pretensión que correr a nuestra marcha y acabar de forma decorosa.

                                         Listos para el combate

 Es complicado mantener la sangre fría en la salida. Las fuerzas están intactas y es fácil dejarse llevar por el ímpetu de la mayoría. Cuando hago trotes muy largos, mi ritmo tiende a acercarse a los 6 minutos por kilómetro. Por ello, cuando comprobé que habíamos completado el primer kilómetro en menos de 5, le dije a mi hermano que había que echar el freno, aunque en ese momento íbamos tan frescos. Bajamos poco a poco el ritmo y seguimos recorriendo las anodinas calles del polígono industrial. Si algo caracteriza a la prueba serrablesa es lo poco atractivo de su circuito, en el que más allá del paso por la avenida principal de Sabiñánigo, alterna polígono industrial con ida y vuelta por carretera nacional.

 Completamos el primero de los dos giros al circuito sin mucha novedad, pero los kilómetros iban pesando y la temperatura iba subiendo. Hacía un día soleado, con unas temperaturas que invitaban más a ir al río o a la playa que a correr. Esta segunda vuelta no iba a contar con los corredores que competían en la 10 km, por lo que hubo muchas partes del recorrido en las que nos encontrábamos en absoluta soledad. Correr en estas condiciones se hace bastante cuesta arriba, especialmente si no se está en muy buena forma. Afortunadamente, el público que nos encontrábamos por las calles nos animaba bastante, por lo que el trago no fue tan amargo.

 Los últimos kilómetros íbamos bastante justitos, pero nuestra experiencia basada en muchos años de trote hizo que los pudiéramos completar con solvencia. Incluso nos permitimos el lujo de pegar un arreón en el último medio kilómetro, que además era cuesta arriba. En este tramo nos encontramos con una de las pocas atletas presentes, surgiendo lo que en inglés se conoce como una "no-win situation", es decir, una situación en la que hagas lo que hagas, tendrás un perjuicio. Sobrepasar a la atleta podría ser considerado como un ejemplo del machismo competitivo que no acepta ser superado por una mujer. Por contra, aminorar la marcha para no hacerlo, sería sin duda una muestra de condescendencia que únicamente busque humillar al sexo contrario. Como en cualquier caso íbamos a quedar mal ante quienes solo miran con malos ojos, seguimos nuestro ritmo que fue suficiente para adelantar a la atleta y llegar a la meta con un discretísimo tiempo de 1h 54 minutos. Esta marca supone mi segundo peor tiempo en una media maratón, solamente superado en un minuto por una que corrí en Barbastro, en la que sufrí una pájara de enjundia debida a mi bisoñez.

 En lugar de desmoralizarnos, acabamos contentos la prueba. Lejos han quedado los días en los que aspirábamos, y muchas veces conseguíamos, mejorar nuestras plusmarcas o nos decepcionábamos si el tiempo no era el esperado. Los años no pasan en balde, y mi poderosa zancada, antaño más explosiva, se lo toma ahora con más calma. Claro que podría entrenar más para mejorar mis prestaciones. Pero, ¿para qué? Correr es para mí un placer y no una obligación. Y se disfruta igual o más corriendo a trote cochinero que a ritmos africanos.

 En definitiva, pese a no haber obtenido un resultado notable, la experiencia de haber vuelto a correr la Media Maratón de Sabiñánigo fue muy positiva. Si hay algo que no me gusta de mi condición de opositor es la competitividad a la que obliga, ya que para conseguir tu objetivo tienes que superar a tus competidores. Nada más lejos de la filosofía con la que me tomé esta prueba, en la que el resto de participantes no eran rivales sino compañeros y en el que la victoria consistía en simplemente correr.

 Es esta para mí una prueba entrañable, lejos de los excesos y fuegos de artificio de otras con más pretensiones. El mero hecho de que se celebre, a pesar del bajo número de inscritos, ya es una signo de respeto a los participantes. Quizá no tenga el entorno más bello, ni el recorrido más cómodo, ni la participación o el renombre de otras pruebas. Pero mientras el cuerpo aguante, será un placer para mí seguir corriendo por las calles, carreteras y polígonos de Sabiñánigo.




viernes, 20 de mayo de 2022

COMO DECÍAMOS AYER...

 Dice la leyenda que el poeta Fray Luis de León pronunció la frase que da título a esta entrada al retomar su trayectoria docente en la universidad, tras haber pasado varios años en la cárcel. No ha sido este mi caso, aunque en ocasiones las cuatro paredes de mi cuarto hayan hecho las veces de celda, en la que he pasado largas jornadas estudiando.

 En mi última entrada acababa de ser nombrado funcionario interino, no habiendo dado señales de vida desde entonces. Entre la ausencia de viajes, mi poco tiempo libre y mi monótona vida de estudiante, he perdido la sana costumbre de relatar mis aventuras y desventuras. Pero como decía Paul Newman en "El color del dinero":"¡he vuelto!"

 Si antes de que me hubieran llamado para trabajar era un auténtico ni-ni, pasé al otro extremo al empezar a cursar un máster por las tardes mientras trabajaba por las mañanas. La interinidad me duró 6 meses sin posibilidad de prórroga, con lo que me vi de patitas en la calle, volviendo a ser ni-ni cuando un par de semanas después terminé mi máster. Pero mi "ninismo" duró poco, ya que empecé a estudiar por mi cuenta las leyes de futuras oposiciones, y a los pocos días me ofrecieron otra interinidad como ordenanza en un archivo de la Diputación Provincial de Huesca. Aunque se me hace raro llamar interinidad a un contrato de 3 años, que es una duración mucho mayor que la mayoría de mis anteriores contratos indefinidos.

 Mi nueva andadura en la administración pública confirmó mis sospechas: se vive mucho mejor que trabajando para el sector privado. Por ello, a pesar de tener tres años por delante, no perdí tiempo y dediqué mis tardes a estudiar para futuras convocatorias. Éstas se fueron sucediendo y me fui presentando a numerosas de ellas, aunque puse el foco en la de Auxiliar Administrativo del Estado. Todavía sentía la espina clavada de haberme quedado a las puertas en la última ocasión que me presenté. Además de ello, ayudaba el tener ya estudiado el temario y darme cuenta de que el tipo de examen se adaptaba mejor a mis características e idiosincrasia que los de los otros cuerpos.

 Siguieron los meses de una vida rutinaria y espartana que me fueron desgastando paulatinamente. En la vida del opositor hay poco tiempo libre, y cuando se tiene, está enfocado a recuperar energías para seguir estudiando. Como dato, baste decir que, lejos de realizar mis habituales viajes, empleé mis días de vacaciones en estudiar. El examen del Estado se aplazó dos meses respecto a la fecha prevista, que prolongaron un poco la agonía, pero me sirvieron para llegar más rodado al día D. 

 La prueba tenía lugar en Zaragoza, un sábado a las 9 de la mañana, por lo que consideré prudente pernoctar en la capital. Nada más salir de la estación de tren, me encontré con unos enormes pebeteros que daban calor a los clientes de la terraza de un bar. A mi cabeza vinieron las palabras del Gran Capitán que, en la batalla de Ceriñola, exclamó tras la explosión de unos carros de pólvora españoles: "¡Estas son las luminarias de la victoria!" Gran presagio antes de un gran evento como el que me aguardaba.

 Habiendo dormido en casa de un amigo y teniendo en cuenta que mi hermano también se presentó al examen, contaba con un gran apoyo moral. Si a eso le sumamos que el aula de examen era la misma que me sirvió para pasar el primer corte la anterior convocatoria, se puede decir que jugaba en casa.

 El temido examen práctico de ofimática que hice en su día en Madrid y que supuso mi tumba,  se había suprimido esta vez, añadiendo más preguntas teóricas de informática al test. Me lo iba a jugar todo a una carta. Parecía que todo se ponía de cara, pero había que tener en cuenta que el número de plazas que otorgaba la convocatoria era menos de la mitad que en la anterior, por lo que la nota de corte iba a subir e iba a necesitar una puntuación más alta.

 Me noté muy suelto cuando empecé a hacer el examen. Los cientos de horas machacando el temario estaban dando su fruto, y contesté con solvencia la parte de legislación. Mantuve el ritmo en las preguntas psicotécnicas más sencillas, dejándome para el final del examen las que exigían cálculos más complejos. La parte de informática contaba con 50 preguntas que iban de lo más elemental a lo más rebuscado, siendo en general, más exigente que la de otros años. La dificultad de esta parte del examen es doble: no se ciñe a un temario establecido y obliga a estudiarse una gran cantidad de menús y atajos que a nadie en su sano juicio se le ocurriría aprenderse de memoria. Conseguí salvar decorosamente este trance y volví a la parte psicotécnica que me había dejado. El cansancio acumulado por tantos días sin asueto me empezó a pasar factura, y me costó más de la cuenta hacer los cálculos que, en otras circunstancias no hubieran supuesto mucho desafío. Apenas tuve tiempo de repasar el examen cuando los 90 minutos llegaron a su fin. La idea general es que había mejorado mi rendimiento respecto a la anterior convocatoria, a pesar de haber cometido algún pequeño y craso error, como pasar mal una pregunta del examen a la plantilla. Pero no iba a comerme la cabeza por eso. Tocaba esperar unos cuantos meses hasta conocer el resultado y la vida seguía.

                                           Misión cumplida

 Aprovechando mi estado de forma, me presenté a otras pruebas entre las que destaca un meritorio aprobado en un examen de peritos agrícolas. Los distintos cuerpos iban sacando convocatorias a las que me negaba a renunciar, aunque cada día me costaba más seguir exprimiendo mis agotadas neuronas.

 Cuando ya casi me había olvidado, y a los tres meses de haber hecho el examen del Estado, me llegó un mensaje de un ex-compañero de fatigas. La nota ya estaba colgada. Con la frialdad que me caracteriza, dentro y fuera de las canchas, consulté primero si había habido alguna pregunta anulada. Así fue, y ello me hizo ganar unos valiosos 1,33 puntos gracias a haber contestado bien la primera pregunta de reserva. Comprobé luego la nota de corte y la cosa se empezó a poner bien. Según la corrección que había hecho con mi plantilla, la había superado. Pero como decía el grupo "The Spotnicks", nunca confíes en un robot, que en este caso era la máquina que había corregido el test. Así que entré, por fin, en la lista de aprobados. Mientras se cargaba la página, vino a mi mente la amarga experiencia de hace un par de años, en la que la desolación se apoderó de mí cuando mi nombre no apareció en el maldito listado, por más que lo busqué. La tragedia de entonces se tornó en euforia cuando, esta vez sí, en tan selecto grupo aparecía quien les escribe. Había superado el examen y había obtenido plaza de funcionario de carrera. Casi nada.

 Los primeros días me miraba la lista varias veces para ver si seguía allí, pero ahora me lo empiezo a creer. Aún tardaré unos meses en conocer mi destino, que me llevará a quién sabe qué rincón de España. Empezará una nueva vida que, sin duda, ofrecerá momentos dignos de ser contados en este, su blog.

 Y hasta que ello llegue seguiré, dentro de mi habitual templanza, celebrando el éxito conseguido. Un logro que se empezó a fraguar cuando conseguí levantarme tras mi anterior batacazo y, parafraseando a Rudyar Kipling, "confié en mí cuando otros dudaban".

domingo, 10 de enero de 2021

EL ESTADO SOY YO

 Se dice que el rey francés Luis XIV pronunció la frase que titula esta entrada, en un reflejo tanto de su carácter de monarca absolutista como de su soberbia.

 Hace unos cuantos meses, publiqué un relato con un final dramático a cuenta de mi intento por superar una convocatoria de oposición al Cuerpo Auxiliar Administrativo del Estado. Estuve muy cerca de pasar el corte, pero me quedé a 16 centésimas.

 En un contexto tan complicado como el actual, no es fácil encontrar un trabajo, y mucho menos uno que merezca la pena. Así que decidí aprender de lo que nos enseña la madre naturaleza. Inspirándome en lo que hacen algunas bacterias, tomé forma de espora y me quedé en estado de latencia, dándole una vuelta de tuerca más a mi reputada condición de niunclavelista. A ello ayudó que las tentaciones en forma de ocio o viajes estuvieran bastante restringidas. No obstante, aproveché este parón en mi trayectoria vital para ampliar mi formación.

 El haber sacado una nota muy cercana a la de corte era un arma de doble filo. Por una parte, es más cruel cuando se sufre una derrota por tan escaso margen. Pero por otro lado, eso significaba que iba a quedarme bastante arriba en la lista de interinos.

 Hace poco más de un mes me llamaron de la Subdelegación de Gobierno para ofrecerme un puesto como Auxiliar de Oficina en la Inspección Provincial de Trabajo. Me faltó tiempo para aceptar la propuesta que, de golpe y porrazo hizo que pasase de ser un paria sin oficio ni beneficio a un envidiado funcionario. 

 Aún tuve que pasar una semana más de plácida espera hasta que me llamaron para incorporarme a mi puesto y cumplir el sueño de todo españolito medio: trabajar para la Administración.

 Luis XIV de Francia. Creo que no nos parecemos mucho

 Sin negar que el ritmo y el ambiente de trabajo son más llevaderos que en la empresa privada, no se puede decir que estemos de brazos cruzados. El aluvión de ERTES e incidencias laborales que se han sucedido últimamente, han dado bastante trabajo al organismo del que formo parte, así que faena no nos falta.

 Si hay algo que me gusta del trabajo en la Administración, además de lo comentado anteriomente, es la objetividad. Si yo ocupo este puesto es porque obtuve unas centésimas más que otra persona en la prueba selectiva. El tiempo máximo que puedo ocupar el puesto de interino está tasado, así como mi salario. No hay necesidad de negociar, vender humo o hacer la pelota a nadie, como desgraciadamente sucede en el sector privado.

 Como funcionario interino que no tiene plaza en propiedad, tengo que tener presente que, a medio plazo, tendré que dejar este puesto (hay gente que no piensa igual, pero ese es otro tema). Por ello no descuido mi formación y voy echándole un ojo a las leyes para futuras convocatorias.

 Mientras tanto, así como hacía el "Rey Sol", puedo afirmar que "el Estado soy yo". Pero a diferencia del monarca galo, lo soy para servir a los ciudadanos que forman parte de él, no para servirme de ellos.

lunes, 21 de septiembre de 2020

LA VUELTA AL MUNDO DE WILLY FOG

  Los habituales lectores de este blog quizá hayan pensado, ante mi incomparecencia, que yo era otra víctima más de esta maldita pandemia. No andarán mal encaminados. A pesar de que mi salud sigue siendo férrica, esta situación me ha hecho perder un poco el norte, y la inspiración para escribir ha brillado por su ausencia.

 Hasta que el mismísimo Willy Fog ha venido al rescate. 

 Los lectores más jóvenes quizá no recuerden esta serie de dibujos animados que a muchos niños en los 80 nos inoculó el vicio de viajar. Quien me siga habitualmente podrá dar fe de que en mi caso, este virus (mucho más simpático que el Covid), encontró en mí un ecosistema ideal.


 La serie en cuestión está basada en la novela "La Vuelta al Mundo en 80 días" del francés Julio Verne. Aprovechando el tirón y que tenía el libro por casa, lo he leído para poder compararlo con la serie que, como dirían los cursis, he revisitado últimamente. Se trata de una novela magnífica, de muy fácil lectura. Recomendable para gente de todas las edades.

 El argumento es de sobra conocido. Un caballero inglés apuesta con sus compañeros de club una gran suma de dinero a que podrá dar la vuelta al mundo en 80 días. Ahora no parece tan difícil. Pero en el siglo XIX, sin Ryanair o Booking, la cosa era más complicada. Como era de esperar en un viaje tan poco programado, le suceden las mil y una putadas, que irá superando gracias a su talento natural y unas buenas morteradas de dinero.

 Más enfocada al público infantil (y algún servidor más crecidito), los personajes de la serie son animales mamíferos antropomorfos muy graciosos y no elegidos al azar. Así, el protagonista es un león con la elegancia que se espera de un lord inglés. O su criado Rigodón, antiguo acróbata de circo, es un ágil gato. En cambio, los caractéres más ladinos son encarnados por animales menos queridos.

 Se añaden algunos personajes que no se incluyen en la novela. Como el "malvado Transfer", un lobo que no para de hacerles la pascua a los protagonistas, o Tico, un simpático ratón de campo que da el toque hispano (más concretamente andaluz) a la serie. 

Una serie brillante

 La serie se adapta bastante fielmente al libro, a pesar de tomarse algunas licencias imaginativas y estirar bastante el argumento, para completar los 26 capítulos. Podría decir que es un producto de gran calidad y atemporal, además de no estar reñido con el buen gusto. Para redondear el pastel, la banda sonora es excelente, y está interpretada por el grupo Mocedades, lo cual da idea del cuidado que han puesto en muchos detalles. 

 Comparando esta serie de dibujos animados y las que se solían hacer en esa época, entre las que destacaría "Érase una vez el Hombre" y "Don Quijote de la Mancha" (dos joyas absolutas) y lo que se hace ahora, me alegro de no ser niño. Si aun habiendo crecido viendo estas maravillas, mi generación cuenta con una cantidad no pequeña de ignorantes, no quiero pensar cómo serán las venideras, influenciadas por engendros como "Bob Esponja" o los "youtubers" de turno.

 Así que mientras los españoles sigamos siendo "bultos sospechosos" en el resto del mundo, no será mal consuelo seguir las aventuras de nuestro amigo Willy Fog o leer la excelente novela de Verne.

 

 

 


miércoles, 24 de junio de 2020

16 CENTÉSIMAS DE LA GLORIA AL LLANTO

 El Tour de Francia de 1989 fue uno de los más disputados de la historia y, sin duda, el más emocionante. 
 Pedro Delgado, el gran favorito y vencedor de la edición anterior, sufrió un despiste en la salida de Luxemburgo que le hizo ir a remolque durante toda la carrera. Gracias a una gran remontada consiguió acabar en el podio, pero tuvo que hincar la rodilla ante el francés Laurent Fignon y el estadounidense Greg Lemond. Este último, gracias a su inteligencia en carrera y sin dar una pedalada de más, consiguió llegar vivo a la última etapa contrarreloj. 
 Ayudado por su condición de gran contrarrelojista y el innovador manillar de triatleta, consiguó vencer a Fignon por unos exiguos 8 segundos, que ha sido la menor diferencia de toda la historia en la "Grande Bucle".
 Aunque en su momento me alegré de la victoria del corredor americano, bastante más simpático que el parisino, Laurent Fignon se mostró mucho más valiente e hizo más méritos para llevarse el triunfo. Pero el día decisivo fue superado y eso le costó la victoria.
 En la portada de la revista "Ciclismo a Fondo" de la época aparecía un radiante Greg Lemond ocupando toda la página, mientras que en una esquina, un abatido Laurent Fignon digería el amargo trago de la cruel derrota.

 Había superado la gran criba de mi proceso selectivo, pero aún quedaba un paso más. Se trataba de un examen práctico de ofimática. Consistía en transcribir un texto, corrigiendo las faltas de ortografía, completar una tabla Excel con 20 operaciones y realizar una maquetación en Word. Para todo ello se contaba con una escuálida media hora.
  Pero en este caso no se trataba de completarlo todo en ese tiempo (tarea cuasi-imposible), sino en hacer lo máximo posible para quedar entre los 1350 elegidos. Es decir, en esta segunda parte pasábamos 2 de cada 3 candidatos. Al lado del tajo que había supuesto la primera selección (pasamos 1 de cada 25 inscritos) esto parecía un paseo. Pero nada más lejos de la realidad. Si en el primer examen muchos no se presentaban, habiendo bastante gente que iba a "pasar el día" y no se lo había preparado en condiciones, en el segundo no sobraba nadie. Es como si te sirven un pescado y le quitas la cabeza, la espina, la piel y te queda sólo el lomo. Pues a ese lomo, todo él perfectamente comestible y delicioso, todavía hay que quitarle un buen tajo.
 Habida cuenta de que no las tenía todas conmigo para pasar el primer examen y que estuve "entretenido" prepararando otras convocatorias, dejé pasar dos meses de preparación hasta que se confirmó mi éxito. Aún quedaban casi dos meses más. ¿Serían suficientes?
 El primer ensayo que hice en la academia no pudo ser más descorazonador. Las más de dos horas que me llevó completar la prueba hicieron ver que habría que trabajar duro para tener alguna posibilidad.
 Así lo hice, dedicándome en cuerpo y alma a aporrear el teclado intentando ganar velocidad. No podía perdonar ni un día, así que mientras mis rivales se entretenían cantando villancicos o celebrando cotillones yo le empezaba a coger cariño al BUSCARV, las coordenadas relativas, las tabulaciones y las tablas de datos.
 El trabajo acabó dando fruto y de la torpeza inicial, pasé a una velocidad no supersónica, pero en teoría suficiente para poder afrontar el desafío en condiciones honrosas.
 El examen tenía lugar en Madrid, concretamente en la Universidad Autónoma. 
 Técnicamente hubiera sido posible ir y volver en el día, pero preferí ahorrarme el madrugón y reservar noche en una pensión. Para aprovechar más el viaje, reservé otra noche más para visitar la capital tras el examen. 
 Astuciosamente cambié la más cara (dentro de mi humildad) pensión del primer día por un albergue para el segundo. Era clave descansar bien la noche antes del examen, quimera más que improbable en caso de dormir rodeado de motosierras alberguistas.
 Como buen visitante de provincias que soy, la pensión que escogí estaba ubicada junto a la Puerta del Sol. Allí me encontré con un compañero de la academia que también había pasado el primer examen.
 En consonancia con mi espartana condición, el alojamiento  era muy modesto. Destacaba su decoración recargada y absolutamente pasada de moda. En estos casos se suele decir que necesita una reforma, pero yo, en cambio, valoré su solera y genuinidad. También me llamó la atención el dueño, un entrañable y provecto personaje, ávido de compartir con nosotros anécdotas y chascarrillos históricos.
Regreso al Pasado

 Salimos a cenar por los alredores en una velada en la que se conjugaban la ilusión y las expectativas puestas en un futuro mejor, con la tensión de los momentos previos a las citas importantes.
  Tocaba descansar. Mi silenciosa habitación individual parecía el lugar indicado. Pero la noche fue menos plácida de lo esperado.
 Debido a un problema con la calefacción, empecé a sentir un frío ante el que poco podía hacer la escuálida y decadente manta que cubría mi cama. Acudí a recepción pero no había nadie.
 Seguí inspeccionando y vi luz a través de una puerta entreabierta. Me asomé y vi, que entre una gran cantidad de cachivaches había un individuo viendo la televisión. Se trataba de un extranjero ya talludito, que vivía en la pensión. Me dijo que el dueño estaba durmiendo y me indicó la puerta. Llamé con cierta precaución (era ya de madrugada), y apareció soñoliento el encargado, que me facilitó un par de frazadas más competentes para sobrellevar el frío nocturno.
 Eso no quiere decir que durmiera bien. Me costó bastante conciliar el sueño, que además fue de escasa calidad.
 Tampoco sacaba muy buena cara mi compañero de fatigas esa mañana, pero con esos bueyes nos iba a tocar arar.
 La Universidad Autónoma está situada muy a las afueras de Madrid. Tanto que el tren de cercanías que nos condujo al campus atravesaba campos de cultivo y zonas rurales.
No se puede decir que los edificios universitarios fueran un prodigio estético. Arquitectura del desarrollismo totalmente desfasada, muy en la línea de lo que me había encontrado en la pensión.
 Mis objeciones artísticas pasaron a un segundo plano cuando entramos en el edificio del examen y empezamos a respirar la agobiante atmósfera que dominaba su interior.
 Como si cientos de aspirantes atacados de los nervios no crearan suficiente tensión, los estrechos pasillos del inmueble estaban atestados de padres, abuelos y hasta niños de corta edad. Eso parecía más una romería o una comunión que un examen.
 Es muy difícil abstraerse de ese ambiente, por más que yo sea una persona fría y calculadora, y haya hecho unos cuantos retiros espirituales. Y aunque no intentara pensar mucho en ello, sabía que me jugaba mucho en la siguiente media hora.
 Se nos distribuyó a los 2025 aspirantes en 6 turnos y en cada uno de ellos, se nos ubicaba en laboratorios pequeños, tocando a 25 personas por aula.
 En la media hora que se nos daba, se podía seguir el orden que se prefiriera, e incluso dejarse alguno de los 3 bloques en blanco. 
 Empecé por la transcripción de texto. En los meses previos había conseguido aprender mecanografía, pero no había desarrollado aún mucha velocidad. Las pruebas previas me mostraban que tecleaba más rápido a dos dedos y mirando el teclado. 
 Nada más sonar el pistoletazo de salida empecé a escuchar un frenético sonido de tecleado que contrastaba con la velocidad de niño pequeño al que me condenaban mis agarrotadas extremidades superiores. Procuré concentrarme en mi faena y sin llegar, ni mucho menos, a la velocidad que alcanzaba en los ensayos, pude completar el ejercicio y repasarlo. Había invertido más tiempo del previsto en esta parte, pero necesitaba los dos puntos que otorgaba como el agua.
 Pasé al ejercicio de Excel, y vi que la tónica continuaba. La cabeza me funcionaba, pero los dedos no respondían con la celeridad y la precisión que la ocasión requería. En ese momento me invadió una sensación de pánico. Para superar el examen necesitaba que 675 personas hiciesen un examen más flojo que el mío, y al ritmo que iba, lo daba por algo totalmente imposible. Por lo menos no me vine abajo y pude mantener la calma.
Viendo que me costaba un mundo escribir las funciones más complejas, decidí saltármelas y hacer sólamente las más simples. No sabía si puntuaban igual, pero no podía atascarme en el Excel, que sólo otorgaba 3 puntos.
 El plato fuerte era el maquetado de Word, con sus jugosos 5 puntos. No iba a poder degustar mucho del mismo. Seguía sin poder teclear a buen ritmo. Y cuando lo incrementaba, cometía errores. Parecía un coche sobre una carretera helada, que en cuanto acelera un poco, se sale de la pista. Así que seguí a una velocidad prudencial hasta que se acabó el tiempo.
 Habían sucedido muchas cosas en esa media hora, pero se me había pasado volando. Salí muy decepcionado del examen. En los ensayos que había hecho en casa, conseguía llegar al 7 de forma habitual. En este caso, calculaba que rondaría el 5, y gracias. 
 A la salida me junté con mi compañero, cuya cara era un poema aún más trágico que el que adornaba la mía. Su carácter nervioso le había penalizado sobremanera, a pesar de su habilidad previa con las herramientas ofimáticas. 
 Por muchos simulacros que se hayan hecho en casa o incluso en la academia con más gente, nada tiene que ver con la intensidad y la presión que reinan en ese momento. Es como si entrenas pachangas de baloncesto con tus colegas y te sacan a jugar como visitante en el ateniense Palacio de la Paz y la Amistad, ante 10000 hinchas enfervorizados. A no ser que te apellides Petrovic y te llames Drazen, lo normal es que se te encoja el brazo y baje tu rendimiento. Quedaba esperar si al resto, o por lo menos a una parte significativa de nuestros competidores, les había sucedido lo mismo.
 Mi macilento estado de ánimo mejoró esa tarde. Una visita al Museo del Prado con mi prima y una cena con ella y su novio sirvieron para cargar un poco las pilas después de la tensión sufrida esa mañana.
 Ya de vuelta a casa sólo quedaba esperar. Al igual que tras el primer examen, sabía que iba a estar rozando el poste. Quedaba saber si por dentro o por fuera de la portería.
 Y en eso llegó Fidel... 
 Estaba yo planeándome una escapadita que inspirara mis futuras entradas del blog cuando, nos tocó la china (en este caso el chino). El Coronavirus y la madre que lo parió no sólo causó una gran problema sanitario en todo el mundo, sino una crisis económica que aún no estamos en condiciones de evaluar en su totalidad.
 Si en condiciones normales, la diferencia entre aprobar la oposición o suspenderla era abismal, en las nuevas e inciertas circunstancias era casi cuestión de vida o muerte.
 Como efecto secundario, se retrasó la publicación de los resultados. Casi mejor. En el periodo de más férreo confinamiento hubiera sido más angustioso digerir un fracaso y más complicado celebrar como se merecía una victoria.
 Tras más de tres meses de agónica espera, una mañana recibí un mensaje de mi compañero, pero no lo leí. Intuyendo por donde iban los tiros y queriendo evitar un "spoiler" acudí a la página del INAP para descargarme el listado de aprobados, que tardó un mundo en aparecer ante mis ojos.
 Desgraciadamente, mi nombre no aparecía en la lista. Maldije mi linaje viendo con malsana envidia como 1350 apellidos pasaban a engrosar la lista de empleados públicos, mientras el mío se quedaba a las puertas. La nota del último de ellos, que marcaba el corte, había sido de 5,08 puntos. La mía, 4,92.
Dieciséis míseras centésimas que marcaban la diferencia entre la gloria y el llanto que, figuradamente porque no soy muy expresivo, me invadía en esos duros momentos.
 En nada me consoló (más bien al contrario) que mi compañero tampoco hubiera pasado. Habíamos hecho una preparación bastante exhaustiva, pero nos falló una mayor rapidez mecanográfica y saber lidiar mejor con la tensión del momento.
 Será complicado que a corto plazo aparezca una convocatoria tan jugosa en plazas como ésta. Y más con una economía en recesión, que sumada al gobierno tan rumboso que tenemos, va a dejar las arcas del Estado en los huesos.
 Así que esta vez me ha tocado hacer el papel de Laurent Fignon. Tras muchos días de lucha, pinché el día decisivo y fui superado por un suspiro.
  La derrota por la mínima me ha dejado tocado. Pero al igual que hizo el ciclista parisino, he dado todo lo que tenía. Y seguiré haciéndolo, aunque no tenga la certeza de que algún día llegaré a alcanzar la gloria.
 

viernes, 19 de junio de 2020

OPOSITANDO, QUE ES GERUNDIO

  Siempre había pensado que los opositores eran seres con capacidades extraordinarias que, tras unos cuantos años de no ver la luz del sol, conseguían sacarse (o no) una plaza de funcionario. No me creía ni con la constancia ni con la capacidad para tener éxito en tan áspero empeño.
 Hace un par de años me quedé en paro y por primera vez en mi vida pensé que opositar podría ser una solución a mi irregular periplo laboral.
 En ese momento comenzaba un curso preparatorio para una oposición de Auxiliar Administrativo del Salud y me apunté.  El primer contacto con las leyes es muy delicado. Puede marcar, para bien o para mal el futuro del opositor. En este caso, se sumó una excelente profesora a mi interés por la política, que hicieron que asistiera con gran interés a las clases donde se nos explicaba en profundidad la Constitución Española, base de toda oposición.
 Unos meses después encontré trabajo y abandoné el curso. Al fin y al cabo, tener éxito en mi empeño hubiera significado acabar trabajando en un hospital, lugar que no quiero ver ni en pintura. Pero no descarté opositar a otros cuerpos en el futuro.
 Aprovechando la inercia, me había apuntado a un examen para optar a la Administración General del Estado, en la categoría de Auxiliar Administrativo.
 Me había estado preparando los temas por mi cuenta, pero debido a que había empezado ya a trabajar, en el mes previo al examen no había estudiado nada. Aun así me presenté al examen en Zaragoza para tomarle el pulso a la experiencia.
 Dejando aparte el desánimo que acompaña al ver tanta gente para tan poca plaza, y teniendo en cuenta mi escasa preparación, no me salió un mal examen. Ayudado por mi talento natural en la parte psicotécnica tuve un resultado honroso. Evidentemente lejos de la nota de corte, pero me di cuenta de que si lo preparaba en serio, podría estar a mi alcance.
 Seguí trabajando en la empresa privada, pero intenté seguir estudiando a la vez. Más o menos lo fui llevando cuando mis tareas y responsabilidades laborales se vieron dramáticamente incrementadas debido a la baja de mi inmediato superior, al que cubrí sin dejar de hacer mi trabajo habitual.
  La estresante situación no tenía visos de solucionarse a corto plazo, mientras mi empresa no accedía a mis demandas de ayuda y/o incremento salarial. En ese momento se publicó la convocatoria del mismo examen del Estado al que había acudido el año anterior, pero con más del triple de plazas.
 Como yo me crezco ante las facilidades (aunque la palabra fácil y oposiciones nunca deberían ir asociadas) y en vista de que estaba quemándome más de la cuenta en mi trabajo, tomé una decisión drástica. Me di de baja en la empresa para volcarme en el estudio de la oposición. 
 Se esperaba que el examen tuviera lugar en unos 4 meses. Iba a ir muy justo para prepararlo bien, pero tenía que intentarlo. Seguir trabajando en esas condiciones me estaba dejando exhausto.
 Me di cuenta de ello cuando tras abandonar mi trabajo, me costó unos días coger algo de ritmo de estudio. No había sido consciente del cansancio que arrastraba, hasta que comprobé que apenas podía concentrarme 5 minutos antes de levantarme del asiento. Afortunadamente, unos días de asueto me permitieron empezar a carburar. Entre este descanso y el tiempo de aviso en la empresa habían pasado ya más 3 semanas, con lo que se complicaban mis posibilidades.
 Me volqué al 100% durante el verano, desoyendo los cantos de sirena de las playas y festejos estivales. Poco a poco conseguí adquirir un hábito de estudio y me di cuenta de que, a pesar de que mis años de estudiante estaban ya lejos, mi cerebro seguía en pleno uso de sus facultades.
 No escatimé ni esfuerzos ni dinero buscando todos los medios que me ayudaran en mi empeño.
 En algunos momentos de flaqueza me surgían las dudas y me preguntaba si había hecho bien en dejar un trabajo y saltar al vacío. Pero no tenía mucho tiempo para despistarme de mi objetivo y seguí con paso firme.
 A pesar de ello, me di cuenta de que no iba a ser capaz de estudiarme todo el temario, así que procuré centrarme en los aspectos más preguntables, riesgo que forzosamente tenía que asumir
 El trabajo acabó dando fruto y me presenté al examen razonablemente bien preparado, con la confianza de que si hacía un examen correcto, tenía posibilidades de pasar.
Tensión pre-examen

 El haber estado el año anterior en el mismo lugar, hizo que disminuyera mi "miedo escénico". Eso sí, no es lo mismo ir a probar que acudir con posibilidades. En este caso, la tensión es mucho mayor. Si a eso le sumamos que el examen era un poco más retorcido, hizo que perdiese mi proverbial flema para empezar a contestar como un loco en algunas preguntas en las que dudaba. Hay que tener en cuenta que es un examen tipo test, y cada respuesta incorrecta penaliza.
 Ya más centrado, en la segunda parte del examen, adopté una táctica conservadora, dejando en blanco 10 de las 30 preguntas. Resumiendo, me salió un examen un poco más flojo de lo esperado, pero según mis cálculos, con posibilidades de pasar el corte. Para ello había que superar las dos partes que componían el examen. La nota de corte la marcaba el opositor número 2025, de los más de 50.000 que se habían inscrito (de ellos se presentaron unos 26.000).
 Pasaron dos meses de incertidumbre en el que, cual ciclista que corre critériums post-Tour de Francia, aproveché mi estado de forma para presentarme a dos oposiciones locales. Una de ellas no me fue mal, quedandome en una buena posición en la bolsa. 
 Pero no pude sobrevivir a la escabechina que el Excelentísimo Ayuntamiento de Huesca sometió a los más de 600 candidatos a Auxiliar Administrativo, de los que sólo 8 pudieron superar la nota de 5. Precisamente el día que me tocó sufrir esa tortura china en forma de examen, se publicaron las notas de mi convocatoria.
 Mis cálculos que decían que rozaría la nota de corte no pudieron ser más atinados, ya que en la primera parte se superaba con 41,67 puntos sobre 60, que era exactamente mi puntuación. Más sobrado fui en la segunda parte, que superé con cierta holgura a pesar de, o quizá gracias a haber seguido una estrategia más prudente.
 Mi alegría fue inmensa. Había conseguido superar el corte con un tiempo de preparación bastante limitado. Y sobre todo, supuso que valiese la pena el riesgo que había tomado dejando mi trabajo.
 Pero como decía Harvey Keitel en "Pulp Fiction", no nos podíamos chupar las pollas todavía. Aún quedaba otro examen por superar antes de cantar victoria.

sábado, 25 de abril de 2020

¿MUSLO O PECHUGA?

 Hace unos días se empezó a emitir en TVE una serie llamada "Diarios de la Cuarentena". Generó cierta polémica, ya que había gente a la que no le parecía muy apropiado hacer una comedia a cuenta de un hecho que ha producido un gran número de víctimas. 
 Yo esperé a ver el primer capítulo para poder evaluar hasta qué punto era una idea acertada.
 Pronto las consideraciones éticas pasaron a un segundo plano cuando consideré que fallaba lo principal. Una comedia ha de tener gracia, y yo no se la veía por ninguna parte. Por lo menos no hacía gala de mal gusto, pero creo que a una serie de humor se le debe pedir algo más que una serie de lugares comunes poco elaborados.
 En su descargo se podría decir que las circunstancias actuales no son las mejores para hacer una producción de ese tipo. O que la premura por emitirla antes de que deje de estar de actualidad tampoco juega en su favor.
 Lo malo es que las series y películas cómicas españolas actuales, excepto contadas excepciones, tampoco logran llamar mi atención. Me parece que se centran en aspectos técnicos y formales, pero les falta gancho.
 Esta reflexión, aparte de para rellenar un poco la entrada y que no quede tan magra, la hago después de que estos días haya buscado algo de comedia que me hiciera levantar el ánimo ante la tragedia que nos rodea.
 Al no encontrarla en las emisiones televisivas la busqué en una película del actor francés Louis de Funès. Esta vez tuve más fortuna, ya que "Muslo o pechuga", consiguió sacarme más de una sonrisa e incluso alguna ligera carcajada. Lo cual es meritorio para alguien tan hierático como yo. 
Para quien no conozca a Louis de Funès, baste decir que es uno de los actores más taquilleros de la historia del cine francés. Sus éxitos más destacados se rodaron en las décadas de los 60 y 70, siendo quizá el más conocido "El Gendarme de Saint Tropez", con sus posteriores secuelas.
 Lo que caracteriza a Louis de Funès es su histrionismo. Sus bruscos cambios de humor y su exagerada gesticulación han hecho de él un personaje con un potencial cómico extraordinario. Es de esos actores que, apenas aparecen en la pantalla, antes de hacer nada, hacen que me entre la risa.



  La película "Muslo o pechuga" empieza fuerte con la genial banda sonora de Vladimir Cosma. El tema principal es una mezcla tan extraña como pegadiza de orquesta de viento y coros setenteros. Y es que la película, rodada en 1976 se puede decir que es hija de su tiempo, mostrándonos una época no muy lejana desde el punto de vista cronológico, pero muy distinta de la actual.
 Louis de Funès es Mr. Duchemin, un crítico gastronómico, editor de la guía Duchemin (un claro guiño a la guía Michelín) que atemoriza a los restaurantes con sus visitas. Éstas marcarán con su valoración la reputación de su negocio.
 Como suele pasar en estos casos, Duchemin tiene el ego por las nubes y desprecia todo aquello que no sea alta cocina.
 Frente a él, Mr. Tricalet representa el empresario de restauración industrial que supedita el beneficio económico a la calidad de los platos.
 Las peripecias en las que estos dos personajes se enfrentan dan lugar a una comedia que, sin embargo, tiene toques de película de acción y de "road movie".
 No se puede decir ni que la fotografía sea excelsa ni que los efectos especiales deslumbren. Bueno, hay algunos sí, pero por puro cutre. A cambio, tiene un buen ritmo, algunas escenas memorables y un destacado doblaje. Casí me penó verla en versión original y privarme así de la inconfundible y carismática voz de Rafael de Penagos doblando al protagonista.
 Y por encima de todo, Louis de Funès. Un actor que sostiene por sí mismo la película y que le imprime un sello particular. Poco valorado por la crítica, pero capaz de arrastrar a un público que lo que quiere es reírse y no que le cuenten milongas. Que es lo que hacían, muy bien, dos pedazo de actores no siempre reconocidos como Alfredo Landa y José Luis López Vázquez.
  Ya dicen bien que en el cine es más fácil hacer llorar que hacer reír. Lo primero se puede conseguir a poco que se toque un tema sensible y se acompañe de música apropiada. Lo segundo,  se consigue por un don que se tiene o no se tiene. Y Louis de Funès lo tenía. 
 Así que, gracias a él, "Muslo o pechuga" me hizo remontar el vuelo.