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jueves, 9 de febrero de 2017

REFLEXIONES FINALES SOBRE MI PERIPLO AMERICANO

 No quería dejar atrás mi viaje veraniego sin hacer una síntesis del mismo, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido y la reciente narración de todos sus pasos. Ello además me permitirá ganar tiempo hasta que las musas me vuelvan a inspirar, pues el día a día cotidiano no aporta tanto material literario como un viaje de enjundia como el que me ha ocupado.
 Hacía años que tenía pendiente visitar Cuba por su singularidad. Un régimen comunista en el Caribe con pasado español.¿Puede haber mayor rareza? Y la verdad es que no me defraudó en absoluto. Lo cual no quiere decir que fuera todo de color rosa.
Bloques de casas estilo socialista en Camagüey

 Uno de mis caseros me explicó que, a la hora de hacer obras en su casa se las veía y se las deseaba para obtener materiales que, aparte de ser bastante caros, se hacían esperar más de la cuenta y no eran de la mejor calidad. Comentaba (con la boca pequeña, por si acaso) que el problema es que la economía estaba condicionada por la política, y no por la oferta y la demanda. ¿Que el bloqueo estadounidense no ayuda precisamente a mejorar el tema? Cierto. Pero hasta ahora el modelo económico comunista no ha funcionado bien (élites aparte) en ningún lado, y ya no creo que sea casualidad.
Criterios políticos aplicados a la pequeña empresa

 Mención aparte merecen los jineteros, auténticos pesados profesionales prestos a ofrecerte cualquier cosa que no necesites por una cantidad asumible para un turista europeo, pero astronómica para los estándares nacionales. Y allí radica para mí uno de los mayores problemas del país. Y no me refiero a tener que librarse de tan insistentes personajes, que al fin y al cabo son simpáticos y no dejan de tener su gracia, sino al mensaje tan nocivo que lanzan a la sociedad. ¿Para qué estar varios años estudiando una carrera si va a ganar más un espabilado que no sabe hacer la "O" con un canuto tangando a los turistas que un ingeniero informático  o un médico? Espero equivocarme, pero me temo que la cultura del esfuerzo y el tesón que tanto ha caracterizado a los cubanos en su dilatada historia, corre serio peligro.
 También me llamó la atención el orden y la organización, totalmente laxos en relación a los estándares europeos. Pero así como los planes organizados se arruinaban a la mínima, siempre acababa surgiendo una solución basada en el talento natural y la improvisación de los ingeniosos cubanos.
 Y no puedo dejarme en el tintero el que para el dueño de mi albergue en La Habana, fue el mejor invento de los españoles: las mulatas, a las que solo pude juzgar, y con muy buena nota, desde el punto de vista estético. El no haber conseguido añadir más elementos de juicio a mi evaluación habla tan bien de mi rectitud moral como mal de mi capacidad de seducción. Aun así, no soy yo quien para juzgar las razones de unos (que vaya usted a saber cuánto cariño han recibido en sus grises vidas por parte de sus compatriotas del sexo contrario) y otras (que apenas tienen recursos para comer poco y mal). En mi caso no me surgió la oportunidad, pero tampoco la busqué.
 Durante mi estancia en la mayor de las Antillas, tuve sensaciones encontradas. Cuba me seducía y me acababa atrapando irremediablemente. Y cuando menos me lo esperaba me soltaba para darme de bruces con su cruda realidad. Nunca había estado en un lugar en el que, según el momento, me hubiera gustado quedarme para siempre, o irme inmediatamente.  Cuba es un universo en sí mismo y todo intento de describirlo palidece ante la intensidad de vivirlo desde dentro.
 También me impactaron, aunque de otra forma, Perú y Bolivia. Y hablo de ellos en su conjunto porque nunca dos países me han parecido tan semejantes. Supongo que con un mayor conocimiento del entorno, las diferencias se harán patentes.  Pero mi experiencia con la gente, la comida, la gran actividad comercial, la vitalidad de sus calles, los transportes, y la atmósfera en general hacían que a ratos se me olvidara que había una frontera entre ambos. No fueron pocas las veces que me creía estar en el Perú cuando ya andaba por tierras bolivianas.
No parece que la Democracia pase sus mejores momentos en Bolivia


  El altiplano es un entorno hostil. El paisaje es árido, el sol pega fuerte y la elevada altitud hace que los esfuerzos físicos se acusen mucho más. No es de extrañar pues, que dichas circunstancias hayan marcado el carácter de unas gentes más bien taciturnas, con trato algo distante, pero dotadas de gran amabilidad y una educación exquisita. En cierto modo me recordaban a los británicos, aunque según lo que pude observar, con algo más de humildad y algo menos de hipocresía.
 Nada que ver con los cubanos que, aunque también me encontré gente apocada e introvertida, han sido modelados por el cálido e indómito clima caribeño, exhibiendo una gran familiaridad y desparpajo en el trato. Yo era incapaz de enfadarme con ellos, por pesados e insistentes que fueran.
 En resumen, mi periplo de más de 3 semanas en distintas partes de América fue una experiencia de lo más enriquecedora. Para completarlo, tuve que tomar nada menos que 2 trenes, 8 autobuses, 3 barcos, 8 aviones, 7 taxis, un teleférico y una furgoneta compartida. Estuve en entornos tan diferentes como las playas del Caribe, el altiplano andino, el inmenso lago Titicaca o los accesos semiselváticos al Machu Picchu. Visité ruinas incas, barrios humildes, elegantes calles de arquitectura colonial, islas lacustres y bulliciosos y coloridos mercados. Pasé del pegajoso calor tropical a las frías noches del altiplano e incluso sobreviví a un terremoto. Asistí a oficios religiosos, conciertos de música clásica, sesiones de cine local, bodas tradicionales, humildes zoológicos, partidos de béisbol, monólogos de un cuentacuentos y conferencias magistrales sobre economía.
Mosaico de pueblos

 Me encontré con gente de diferente raza y condición, todos ellos con el nexo en común de expresarse en Español. 
 La lengua que al poner pie en América consiguió, no solo su proyección universal, sino alcanzar otra dimensión al ampliarse y enriquecerse con las palabras y acentos locales. 
 Y es que, a pesar de haber estado en ambientes y paisajes tan distintos a los de mi origen, el hecho de compartir idioma ha hecho que en todo momento sintiera que, de algún modo, formo parte de ese fascinante universo que es la América Hispana.

jueves, 13 de octubre de 2016

CUZCO: UNA CIUDAD A LA ALTURA

 La ciudad de Cuzco está situada a unos 3400 metros sobre el nivel del mar. Si, como era el caso, se llega a ella desde alturas mucho menores, aparecen ciertas molestias denominadas “mal de altura” o “soroche”. A eso le sumamos que había llegado sin apenas dormir, lo que hizo que no me enfrentara a mi primera disputa en las mejores condiciones. 
  A diferencia de lo que sucede en otras ciudades, el aeropuerto de Cuzco está situado en el casco urbano. Pero en este caso, mi alojamiento se situaba a más de media hora andando, por lo que creí conveniente coger un taxi. Para tener una referencia, le pregunté a mi vecino del último vuelo cuánto me costaría la carrera, y me dijo que 7 “lucas” como mucho.
 A pesar de emplearme a fondo con las pocas fuerzas que atesoraba en ese momento, no conseguí bajar de 20 soles (algo más de 5 euros) en mi brega con los taxistas que me aguardaban en el aparcamiento del aeropuerto. Por si no hubiera tenido bastante con semejante tajada, durante el trayecto,el taxista me ofreció alojamiento y excursiones. Todavía no sabía que si algo es fácil de conseguir en Cuzco, es una excursión, por lo que anoté su teléfono y le dije que le llamaría en caso de decidirme por su oferta de ocio, no así la de alojamiento que ya estaba reservada. 
  Habiendo calculado de antemano que no estaría para mucha juerga, había reservado una habitación individual, en un lugar tranquilo, algo alejado del bullicioso centro.
Espectaculares vistas desde mi cuarto
 La habitación contaba con dos camas aunque, en principio, iba a ser el único ocupante de la misma. También ofrecía unas espectaculares vistas a las montañas cercanas.
 La recepcionista me trató con gran amabilidad, respondiendo a mis cuestiones sobre la ciudad, y ofreciéndome todo tipo de visitas y excursiones. Allí me di cuenta de que la ciudad y sus alrededores iban a dar muchísimo juego.
 Por motivos de espacio, y teniendo en cuenta que en mi primera semana de viaje transitando por Cuba no la iba a necesitar, prescindí de llevar conmigo ropa de abrigo. Pero las noches en el altiplano andino son frías, así que lo primero que hice una vez instalado en el albergue fue buscar ropa de abrigo. Bien aconsejado por la recepcionista, me dirigí a un mercadillo callejero tan bullicioso como variado. El sistema capitalista se expresaba en todo su esplendor, constrastando con la limitada oferta comercial que había encontrado en Cuba.
 No tardé en encontrar un puesto con cazadoras de diversos tipos. Aunando austeridad con practicidad, adquirí una de segunda mano por 30 soles (unos 8 euros), que no me iba a otorgar ningún trofeo a la elegancia, pero que cumplió con creces su misión de protegerme del frío andino durante el resto de mi periplo.
 Siguiendo con mi tónica de humildad acudí a otro mercado, en este caso de comida. En él pude mitigar la nostalgia por mi país y por el último que había visitado de una tacada, pidiéndome un contundente plato de arroz a la cubana. El popular plato difería del español en la presencia de plátano frito junto al resto de los habituales arroz, huevo frito y tomate. Este nuevo ingrediente, aparte de darle un toque muy americano, le sentaba bastante bien.
 Era curiosa la disposición del mercado, ya que los puestos se reunían por gremios muy especializados. En el  puesto donde comí yo y en los que le rodeaban sólo cocinaban arroz. También existía la zona de los escabeches y otra a la que me dirigí después para culminar mi ágape: la de los jugos de frutas. En este caso, elegí el de papaya y maracuyá. No se andaban con tonterías en el puesto y me hicieron un jugo tan descomunal que, de haber tenido unos ingredientes más habituales en mi dieta, lo hubiera dejado a medias.
 Las dos dependientas que me atendieron en el mercado tenían ganas de conversar y les llamaba la atención que fuera español. Me extrañó, porque por la ciudad se veían unos cuantos, pero luego pensé que no serían muchos los que frecuentasen ese mercado.
Plaza de Armas
 Mal dormido, pero bien comido, me dirigí por fin al centro de Cuzco, en el que destaca la imponente Plaza de Armas. En Hispanoamérica es común llamar así a la Plaza Mayor de cada localidad. En este caso, la gran cantidad de iglesias y edificios coloniales que la circundaban, el buen estado de los mismos, y su disposición rodeada de colinas, hacían que la plaza me causara una gran impresión. Y por lo visto,no sólo a mí, ya que estaba repleta de turistas. 
 Y donde hay turistas, hay quien intenta sacar beneficio. No se llegaba al nivel de La Habana, pero pasear bajo los soportales de la plaza y sus alrededores había de hacerse sorteando innumerables comerciantes ofreciendo excursiones, prendas de abrigo, comida y hasta masajes.
  La doble condición de capital del imperio incaico y cabecera de la administración virreinal en la época de dominio español, han dejado en el Cuzco un legado arquitectónico impresionante, que hace una delicia pasear por su centro histórico.
 Pero como no sólo de arte vive el hombre, una vez recuperado de un "mini síndrome de Sthendal" me centré en la búsqueda de un lugar donde cenar. Uno de los platos más típicos del Perú es el cuy, un gigantesco roedor que, en principio no me apetecía mucho degustar.  Esta ligera aversión, tornó en rechazo absoluto cuando ese día vi algunos ejemplares despellejados a la venta en un puesto callejero. Ya por extensión, se me quitaron las ganas de comer carne por un tiempo. Por eso me causó una gran alegría encontrarme con un comedor vegetariano.
 El lugar era humilde, pero la comida era abundante, muy rica y por sólo 5,5 soles (1,5 €) ofrecía dos platos, pan e infusión.
Cuzco de noche
 Aún me di una vuelta por la ciudad de noche que, a la belleza de sus edificios históricos iluminados sumaba el impresionante panorama de las luces de las viviendas de las colinas que la rodean.
 Con la certeza de que aún me quedaba mucho que hacer por Cuzco y su región, me dirigí al albergue donde pude tomarme un merecido y necesario descanso.