lunes, 18 de septiembre de 2017

TRAS LOS PASOS DE CARLOS III

 Me había levantado con ganas de ver ruinas romanas y tenía tres posibilidades a mi alcance: visitar el museo arqueológico, Pompeya o Herculano.
  Para alguien al que no le gusta tomar decisiones, se presentaba un dilema complicado. Primero descarté el museo. Puestos a ver restos, mejor hacerlo en su entorno original. Entre las dos ciudades, Pompeya contaba con una ligera ventaja, por su influencia en la literatura y el cine. Pero Herculano es más pequeña e iba a poder visitarla en menos tiempo, pudiendo aprovechar más el día. El desempate llegó con el mensaje de un amigo que me recomendó visitar la segunda, ya que, según él, estaba mucho mejor conservada. Luego me enteré de que mi amigo sólo había estado en Pompeya, con lo que su opinión no debería haber sido tomada muy en cuenta. Pero da igual. Me sirvió para tomar la decisión sin calentarme mucho el tarro.
 De nuevo volví a tomar el Circunvesubiano, que en poco más de media hora me dejó en la estación de la nueva ciudad de Herculano. Un paseo de unos 15 minutos me condujo al yacimiento.
 Al igual que sucedió con Pompeya, Herculano fue sepultada por la erupción del Monte Vesubio. La ciudad se mantuvo preservada bajo tierra hasta que el aragonés Roque Joaquín de Alcubierre, patrocinado por el rey de Carlos VII de Nápoles (más tarde Carlos III de España), dirigió las excavaciones que la volverían a sacar a la luz.
Herculano
 La verdad es que mi paisano hizo un buen trabajo. Herculano está muy bien preservada y había momentos en que paseando por sus calles me imaginaba siendo un tal Alfonsus Maximus recitando frases del tipo "cicerone consule".
 Sin ánimo de ser exhaustivo, recorrí los restos en poco más de una hora. Suficiente para hacerme una idea de cómo era una antigua ciudad romana y seguir en busca de nuevos destinos.
 Volví a la Estación Central de Nápoles donde tomé otro tren rumbo a Caserta.
 Hace muchos años, viendo por televisión una etapa del Giro de Italia, el helicóptero enfocó un inmenso palacio que me impresionó por su  descomunal tamaño. Más tarde descubrí que se trataba del Palacio Real de Caserta (Reggia di Caserta), y no pensaba desaprovechar la oportunidad para echarle un vistazo.
 En la oficina de turismo, situada en la misma estación, se sorprendieron un poco al preguntarles por el pabellón de baloncesto. No tenían muy claro dónde quedaba , y además me dijeron que no se podía visitar al no haber empezado la temporada. Así que me quedé sin ver el lugar donde el mítico baloncestista brasileño Oscar Smith actuaba como local.  Más fácil fue orientarme hacia el Palacio Real, ya que se veía desde la puerta de la estación.
 Antes de entrar en harina, me di un paseo por la ciudad de Caserta. Aparte de un imponente arco del triunfo de estilo fascista, no vi gran cosa de interés. Curiosamente, en esta ciudad, el casco histórico (Caserta Vecchia) está  a varios kilómetros del centro, ya que al construir el Palacio, se edificó la nueva Caserta junto al mismo. No tuve tiempo de visitar la vieja, y me dirigí al principal motivo de mi viaje.
 El Reggia di Caserta fue mandado construir por nuestro amigo y ya mencionado Carlos III cuando reinaba en Nápoles. Dentro de los Borbones fue una rara avis, ya que no sólo fue un buen y apreciado rey, sino que además se caracterizó por su recato en asuntos de alcoba. Eso sí, el gusto por el derroche no le faltó. Porque el palacio, de estilo barroco, es una barbaridad, no teniendo nada que envidiar al de Versalles, con el que guarda cierto parecido. Si por fuera impresiona, su interior no le va a la zaga, con estancias lujosamente decoradas.
Jardines y Palacio Real de Caserta
  Y puestos a hacer las cosas a lo grande, ¿por qué no hacer unos jardines con un paseo de más de 3 kilómetros?  Para recorrer tamaña distancia se podía alquilar una bicicleta, coger un microbús o incluso montar en un coche de caballos.  
 Para pateadores austeros nos quedaba la opción de hacerlo por nuestros medios bajo el tórrido sol vespertino y con la compañía de la monótona sinfonía de las cigarras.
 Ya de vuelta en Nápoles, me dirigí al puerto, no sin antes detenerme a cenar en un restaurante. Escarmentado por la discutible experiencia de la pizza frita, me decanté por una convencional, y no escatimé en gastos, eligiendo una variedad con mozzarella de búfala y un tomate especial.
 La pizza resultó ser un manjar exquisito. No me pareció tan bien que en la cuenta aparecieran dos polémicos conceptos añadidos como "servicio" y "cubierto" (me tendría que haber llevado el tenedor). Y no contento con eso, aún les dejé 10 céntimos de propina.
 Cuesta mucho sacrificio ganarse la fama de niunclavelista. Pero si uno no está atento, todo ese esfuerzo puede tirarse por la borda en un momento de descuido.
 Un agradable recorrido por el paseo marítimo me llevó al Castillo del Ovo (huevo), situado en un islote al que se puede acceder gracias a un puente. En dicha ínsula, también había numerosos restaurantes de alto copete, cuyos precios iban en consonancia con lo exclusivo del lugar y el nombre del castillo.
Castillo del Ovo
  Volviendo ya al albergue por las abigarradas calles del centro, junto a unos vendedores ambulantes me encontré a una cantante callejera de ópera. Mientras escuchaba como entonaba arias magistralmente, me pareció que esa situación era el fiel reflejo de lo que me había transmitido la ciudad de Nápoles. La mezcla perfecta y equilibrada entre lo cutre y lo solemne.
 Mientras subía las escaleras de los 5 pisos que me separaban de la puerta del hostel, reflexionaba sobre el pequeño y craso error que había cometido al elegirlo. Casi por el mismo precio podía haberme alojado en un una habitación individual de esos pisos que tan poco gustan a la alcaldesa de Barcelona. En este caso había sufrido las molestias propias de los albergues (especialmente el infernal ruido del ventilador) sin sus ventajas, ya que apenas había interaccionado con los huéspedes.
 Mis sombrías reflexiones fueron interrumpidas cuando me encontré con un grupo de personas en la entrada.  Estaban a punto de salir a echar un trago y no dudaron en invitarme a unirme a la expedición.
 Nuestra heterogénea comitiva estaba formada por individuos de diversos países, edades y extractos sociales. Las calles napolitanas estaban animadas y pasamos un buen rato.        
 Aunque en estos grupos improvisados los compañeros suelen ser muy cordiales y se dan conversaciones interesantes, me da la impresión de que hay algo de pose y es difícil que surgan sólidos lazos de amistad. Al fin y al cabo, es gente a la que ya no se va a volver a ver más...¿O sí?

 



viernes, 8 de septiembre de 2017

ESTAMPAS NAPOLITANAS Y AMALFITANAS

 Empleé mi primera mañana en Nápoles en reponer los útiles de viaje que había olvidado. A falta de un "todo a 100" o un hipermercado competente, me dediqué a visitar pequeños comercios que abundan en el centro de la ciudad. Allí me empecé a dar cuenta que, en Italia, fuera de los lugares más turísticos, mi inglés no me iba a servir de mucho. Y dado que mi conocimiento de la lengua de Dante es más que deficiente, mis interacciones con los dependientes eran toda una comedia, y no precisamente divina. Pero con buena voluntad y algo de mímica todo se consigue, así que pude reponer mi inventario y centrarme en la visita de la ciudad.
 Esperaba mucho de Nápoles y no me decepcionó en absoluto. Calles llenas de vida, con abundantes monumentos y edificios barrocos. A ello se sumaban no pocos ejemplos de arquitectura monumental fascista y un cierto toque decadente y de desorden que, lejos de resultarme negativo, hacía que la ciudad ganara interés. Por si estos ingredientes no fueran suficientes, la dilatada historia (presencia española incluida) que se reflejaba en sus calles, la compleja orografía con empinadas colinas, y las sugerentes vistas sobre el Golfo de Nápoles y el Vesubio hacen de Nápoles una  ciudad imprescindible para todo turista que se precie.
Plaza del Plebiscito
 De entre todas las maravillas que guarda la ciudad, destacaría el impacto que me produjo la inmensa Plaza del Plebiscito y el peculiar Barrio Español que, aparte de su bonito nombre, tiene un ambiente muy genuino. En sus estrechas calles, sus vecinos viven la típica vida "de barrio", con casas ocupando los bajos de los edificios y sacando las sillas a la calle para conversar. No faltan, además numerosos comercios, restaurantes y mercadillos que hacen que sea una zona llena de vida. Algunos foros de viaje no lo recomiendan por su supuesta peligrosidad, pero afortunadamente de eso me he enterado después. Así que pude pasear relajadamente por sus pintorescas calles, tanto de día como de noche.
Barrio Español
 Como si Nápoles no contara con suficientes encantos, y siguiendo mi discutida política de ver el máximo número de hitos en el menor tiempo posible, dediqué la tarde a visitar la costa amalfitana.
 Para ello fui a la estación central donde tomé el Circumvesubiano, un tren de nombre tan sugerente como los paisajes que atravesaba, paralelos a la costa y dominados por la imponente efigie del Monte Vesubio. 
 La línea llegaba hasta Sorrento, localidad costera que pensaba explorar convenientemente a la vuelta, ya que nada más bajar de la estación me esperaba un autobús que hacía la ruta amalfitana. Con el billete podía hacer un uso indiscriminado del servicio durante 24 horas.
 Tras unos primeros minutos de tanteo, el autobús se fue acercando a la costa para tomar una carretera que nos deparó un espectáculo inigualable formado por escarpados acantilados y calas de una belleza inenarrable (yo hago lo que puedo).
 Cómodamente sentado, mientras observaba tan sublimes paisajes, casi deseaba que el autobús redujera su velocidad para deleitarme con la vista. Como si el universo conspirara para cumplir mis designios, pronto el conductor empezó a ralentizar su marcha. La estrecha carretera que serpenteaba paralela a la costa estaba muy transitada. Cada vez que el autobús se acercaba a una curva cerrada o un túnel tenía que esperar a que no viniera ningún vehículo en sentido contrario. Lo mismo sucedía cuando algún "listo" había dejado el coche mal aparcado, invadiendo parte de la calzada.
 Mi ambicioso plan de visitar dos localidades distintas se evaporaba mientras nos acercábamos a velocidad de tortuga al pintoresco pueblo de Positano. Sus coloridas casas que se asientan sobre una colina, formando un imponente mirador al golfo de Salerno, me llamaban casi a gritos. Pero también quería vistar Amalfi, así que, improvisando una astuciosa jugada "visité" Positano desde el autobús y seguí hasta el final de la ruta.
Amalfi
 Amalfi demostró ser una alternativa ciertamente competente. Además de la bonita estampa de las casas sobre una colina a orillas del mar, su casco histórico, aunque pequeño, era bastante reseñable.
  Como era de esperar, estaba repleto de turistas que, a ratos, hacían que fuera algo agobiante pasear por sus calles.
 Aunque eso no fue nada con lo que me tocó en el autobús de vuelta. Ante la gran demanda, los asientos del vehículo fueron insuficientes y a muchos nos tocó ir de pie.  Cuando ya estaba a punto de ciscarme en la costa Amalfitana y la madre que la parió, se bajó una persona y presto ocupé su sitio.
Aún cabe uno más en la baca
 Seguía yendo en un autobús atestado a 10 km. por hora, pero ahora lo hacía sentado. Ahora sí que pude reflexionar sobre lo que había visto. 
 Había presenciado unos paisajes maravillosos, llenos de dramatismo y encanto. Pueblos preciosos y calas de ensueño.   
 Pero dejando aparte la estética, se trata de lugares inhabitables tanto por la complicada orografía del terreno como por la saturación turística. Las playas, que quedan muy bien en una postal, son de piedras y muchas de ellas tienen un acceso realmente complicado. 
 Al fin pude entender por qué las costas españolas se llenan de italianos en verano. Nuestras playas son más mundanas, pero mucho más prácticas y aprovechables.
 Llegué ya anocheciendo a Sorrento, por lo que dejé su reconocimiento para mejor ocasión y volví en el Circumvesubiano a Nápoles.
Pizza frita: tan grande que no cabe en la foto
 El día había sido intenso, pero el plato fuerte estaba por llegar. 
 Me senté en una humilde taberna del Barrio Español y no pude evitar la tentación de probar la pizza frita, especialidad de la que nunca había tenido noticia y que se trata de una especie de "calzone" pasado por la freidora en vez de por el horno.
 Como era de esperar con dicha preparación culinaria, el plato era más que contundente, y de un sabor nada refinado.
 De su tamaño dan testimonio la foto adjunta, el hecho de que no me la pudiera terminar y el que tuviera que dar un paseo de casi dos horas para estar en condiciones de acostarme e intentar dormir.
 Hábilmente, le quité una marcha al temido ventilador del albergue, que se quedó en modo ruidoso, en lugar del ensordecedor de la noche anterior. Con tamaña mejora, no tuve mayor problema para caer en brazos de Morfeo.



lunes, 4 de septiembre de 2017

RUMBO A NÁPOLES

 Tras mi periplo americano del año pasado, y como si fuera el comité elector de unos mundiales de fútbol o unos juegos olímpicos, este año tocaba volver a Europa para mi viaje estival.
  El Viejo Continente lo tengo bastante baqueteado, pero aún tenía algunas cuentas pendientes. No había visitado Grecia, Nápoles me lleva llamando mucho tiempo y tenía mucha curiosidad por recorrer Albania, país tan misterioso como recomendado por aquéllos que habían estado.
 Teniendo estos elementos ya sólo faltaba elaborar una ruta para unirlos, intentando evitar el avión (excepto para el viaje de ida y vuelta) y a un precio razonable. Esto que parece tan fácil, y probablemente lo sea, me llevó horas y horas de investigación y toma de decisiones.
 Todos los trayectos, alojamientos y contingencias estaban previstos en una impecable obra de orfebrería cuidadosamente elaborada. 
 Pero pronto le empecé a ver las costuras a mi, en teoría, perfecto planteamiento. 
 Ya en el autobús rumbo a Barcelona (¿Para cuando vuelos internacionales en el aeropuerto de Huesca?) me di cuenta de que no había buscado apenas información turística sobre los lugares que iba a visitar. Me tranquilicé a mí mismo confiando en mi talento natural y el buen hacer de las oficinas de turismo locales. También había obviado la clásica lista de cosas a llevar en la maleta. En un repaso mental, me di cuenta de que me había dejado unas cuantas. Algunas de fácil reposición y otras, como mis lentillas adaptadas a mi vista de lince miope o los cascos de mi obsoleto móvil Samsung que hace las veces de reproductor mp3, más complicadas de encontrar.
 Ya en el avión me tocó estar rodeado de unos jóvenes con pinta de italianos que volvían de unas vacaciones en Lloret de Mar. Hablaban en una lengua que recordaba al idioma transalpino, pero que no acababa de identificar.
 Mi compañera de asiento me sacó de mi duda. Se trataba del napolitano, lengua muy hablada en el sur de Italia. Aproveché la ocasión que me brindaba mi primer contacto con una local, para preguntarle qué ver en Nápoles y cercanías. Mi disco duro se quedó con dos nombres: Costa Amalfitana y Pompeya.
 Ya en el aeropuerto napolitano, me ocurrió algo que me iba a dar pistas sobre el carácter caótico de la capital de la Campania. En el camino hacia la salida, unos cuantos nos desviamos de la ruta y nos metimos por una puerta equivocada. No nos costó mucho volver al camino correcto, pero era la primera vez que me pasaba algo así en un aeropuerto.
 Mejor indicado estaba el camino hacia el autobús que me condujo a la ciudad. A pesar de ser bastante tarde y no haber mucho tráfico, me empecé a hacer una ligera idea de cómo se las gastan los napolitanos para conducir, especialmente los motoristas, que se colaban por todos los lados.


Castel Nuovo
 Puse pie a tierra junto al mítico Castel Nuovo y tras un breve paseo, con algunos problemas de orientación solventados por mi humilde pero eficaz teléfono móvil, conseguí llegar al albergue.
 No pasé mucho tiempo en él, ya que, aquejado de un hambre canina, recorrí las animadas calles napolitanas en busca de pitanza. Como no podía ser de otra forma en el lugar donde tuvieron su origen, me hice con una excelente pizza Margarita que por el módico precio de 3 euros, satisfizo a la vez mi hambre física y mi curiosidad culinaria, sin destrozos en el bolsillo.
 Lo que sí estuvo a punto de destrozar mis nervios fue el ruidoso ventilador que traqueteaba en la habitación del albergue, en un vano intento de refrescar el tórrido ambiente.  Parafraseando a Winston Churchill, se nos dio a elegir el calor o el ruido. Elegimos el ruido y tuvimos el calor.
 Aprovechando un momento de calma en mitad de la noche, me levanté sigiloso para desactivar tamaño generador de decibelios, que para más INRI, no apuntaba a mi cama. La operación no fue exitosa, ya que al momento, un huésped se levantó como un resorte a encender el ventilador. Le expliqué la situación al compañero  que, inmisericorde, volvió al catre mientras un ruido ensordecedor se volvía a apoderar de la sala. Al rato, el mismo individuo, quién sabe si harto del ruido o en consideración hacia mi persona, apagó el artefacto y por fin, pude dormir.





jueves, 22 de junio de 2017

TIÊ: SUTIL MAGIA BRASILEÑA

 Si algo se puede destacar de la actividad cultural de Huesca, aparte de su amplitud, es que da cabida a artistas internacionales de gran calidad, aunque no sean muy conocidos por nuestras latitudes. Y no hay duda que de ello tiene gran parte (sino toda) de responsabilidad el mítico periodista musical Luis Lles,  cuyo espíritu inquieto consigue que tengamos actividades tan memorables como la del pasado domingo por la tarde.
  En este  caso se trataba de una actuación de la cantante Tié en el C.C. Matadero. A pesar de nunca haber escuchado nada de ella, me animé a ir.  A ello ayudó que en la foto del anuncio pareciera bastante atractiva, que fuera brasileña y todavía más importante, que la entrada estuviera tirada de precio. A falta de criterios musicales, no es mala idea fijarse en este tipo de cosas.
  A pesar de que los argumentos para acudir al evento eran incuestionables y estaba anunciado en “La Nueva España”, el salón de butacas no registraba una gran entrada.  No pocas veces he escuchado a gente quejarse de que en Huesca “los domingos por la tarde no hay nada" y es un aburrimiento. A ninguna de esas personas  vi sentada en las butacas del Matadero. Ellos se lo perdieron.
Tiê y André Whoong
 Mientras esperaba a que empezara la actuación me preguntaba si la música brasileña que iba a escuchar iba a ser del tipo carnaval frenético o más tirando a lo plácida bossa nova.  El comienzo con la sugerente voz de Tiê mientras tocaba la guitarra española, acompañada de las suaves melodías del virtuoso guitarrista eléctrico André Whoong, dejaron claro que el concierto iba a decantarse por la segunda opción.
  Se fueron desgranando canciones de amor, de desamor, de la vida cotidiana, a las que la bonita lengua portuguesa dotaba de un toque melancólico que se veía compensado por la vitalidad del dúo.
 Se trataba de una música ideal para escuchar en casa y crear una atmósfera íntima y plácida. Aunque todavía era mejor sentirla en vivo y en directo.
 A pesar de la barrera del idioma, la cantante se dirigió al público en numerosas ocasiones, presentando casi todas sus canciones.  Por si eso no bastara para mostrar cercanía con la audiencia, en algunos temas, Tiê se sentaba en el borde del escenario. Habida cuenta que yo estaba sentado en primera fila y centrado, por momentos tenía la impresión de que estaba cantando para mí solo. Como si no quisiera que el resto de los asistentes se sintieran celosos, la artista bajó a la platea y cantó una canción paseándose entre las butacas para sorpresa y regocijo del entusiasta público.
Pecker y Tiê
 No sería la única sorpresa de la tarde-noche, ya que uno de los temas contó con la inestimable colaboración de Pécker, uno de los máximos exponentes de la escena musical oscense (con permiso de Palacho).
 Con todos estos ingredientes, no es de extrañar que Tiê y su acompañante se ganaran con creces al público que probablemente en su mayoría, desconocían a la artista. 
 Por ello, los dos bises estaban más que cantados. Lo que ya no me esperaba, es que al acabarlos, Tiê bajara al escenario y solicitase un abrazo del público. Nunca había presenciado algo así tras un concierto, y enseguida correspondimos a la petición,  expresando el agradecimiento por su entrega y el buen rato que nos había hecho pasar.
Mágica atmósfera

 Y es que un concierto es para mí algo más que interpretar unas canciones en vivo. Es expresar sentimientos, emociones, contactar con el público, ver cómo responde y actuar de acuerdo a ello, además de crear una atmósfera especial. Todo eso hicieron Tiê y André y por eso dieron lugar a una actuación inolvidable.

sábado, 8 de abril de 2017

LA MARCHA VERDE NO SIEMPRE PIERDE

 Allá por el año 1994, el C.B. Peñas, esa temporada conocido como Argal Huesca, sobrevivía a duras penas en la ACB. Atrás habían quedado las notables temporadas del equipo capitaneado por el legendario terceto compuesto por el eficaz Granger Hall, el letal Brian Jackson y el rocoso Joan Pagés, en las que la escuadra oscense había vivido con cierta holgura en la categoría.
 La irregularidad mostrada esa campaña, hizo que el equipo tuviera que jugarse el descenso de la máxima competición en una eliminatoria a cara de perro con el Valvi Girona.
 La ventaja de cancha que tenía el equipo oscense se volatilizó al perder uno de los dos primeros partidos en el legendario aunque algo vetusto pabellón Víctor Fragoso del Toro. Eso hizo que el Peñas se viera obligado a, por lo menos, ganar uno de los dos siguientes partidos a disputar en Gerona, para seguir vivo en  el "play-off". 
 Con el objeto de sentir el apoyo de la afición peñista, el club organizó lo que se ha conocido popularmente como “Marcha Verde” que, a diferencia de la marroquí, discurre por tintes absolutamente pacíficos y deportivos. 

 Hasta ese momento, las expediciones de apoyo al equipo habían sido bastante exitosas, por lo que se hizo habitual el cántico que rezaba “la Marcha Verde nunca pierde”.  Aunque en este caso, a pesar de mi entusiasta apoyo en los dos encuentros, el Peñas perdió ambos y con ellos la categoría que, a posteriori, pudo recuperar en los despachos.
 Desde entonces, y ya ha llovido, me había abstenido de participar en ninguna aventura similar, aunque sólo fuera para evitar que mi desfavorable estadística de 0 de 2 empeorase aún más.

 Pero todos tenemos nuestros puntos débiles, y la oferta que ha hecho el Magia Huesca para apoyar al equipo en  Logroño era imposible de rechazar para mí. Nada menos que el viaje de ida y vuelta, la entrada al partido, un bocadillo y una entrada para el siguiente encuentro en Huesca por la pírrica cantidad de 5 euros.
 Después de una temporada muy brillante, en la que el Peñas llegó a disputar la eliminatoria final para ascender a ACB, este año las cosas no han rodado tan bien. La  fallida apuesta por un técnico sin experiencia en la categoría, sumado a los numerosos cambios en la plantilla y la irregularidad de algunos jugadores, han hecho que el equipo esté en el fondo de la tabla, luchando por no descender a LEB Plata.
 A pesar de lo atractivo del plan y su bajo precio, no conseguí que nadie me acompañara. Pero como decía el mítico Chanquete, uno nunca está solo del todo, y antes de entrar en uno de los 3 autobuses que componían la expedición, me encontré con dos ex-compañeros de mi equipo de baloncesto con los que compartí la jornada. 

Aguerrida defensa
 Al llegar a Logroño fuimos directamente al pabellón. Mientras esperábamos a que abrieran las puertas, los organizadores sacaron una gran caja de cartón de las bodegas del autobús y repartieron los prometidos bocadillos, que nos dieron las fuerzas que tanto íbamos a necesitar para animar a nuestro equipo del alma. 
 Contrariamente a lo que pasa en algunos desplazamientos, en los que a la afición visitante se le coloca en el "gallinero", ocupamos un graderío en la zona media, detrás del banquillo peñista y con buena visibilidad.
 La afición local llegaba con cuentagotas y a pesar de que se había promocionado convenientemente el partido, con entradas a 3 euros, el pabellón dejaba ver mucho cemento.
 Desde el comienzo se vio que el Peñas había estudiado muy bien a su rival, maniatándolo con una asfixiante defensa. Eso le hizo llevar la iniciativa en el marcador, aunque no consiguió despegarse al no estar muy fino en ataque, llegando al descanso 4 puntos arriba.  Además de la importancia de ganar el partido, el Peñas tenía el objetivo de superar los 9 puntos por los que ganó el  C. B. Clavijo en Huesca en la ida, para así superar al conjunto riojano en caso de empate a victorias. Así que todo estaba en el aire.
  En la segunda parte el Peñas siguió defendiendo a muerte, destacando en este faceta la garra del capitán Lafuente, frenando a la estrella rival Ruiz de Galarreta y el coraje del pívot peñista Portález. Con sus dos metros escasos, consiguió desquiciar al gigante lituano Kupsas, que con sus 2,17 m, veía impotente como el equipo oscense se escapaba en el marcador. 

Apoteosis final
 Ya a mediados del último cuarto, el Peñas tenía la victoria en el bolsillo, al llevar una ventaja de 15 puntos. Pero había que asegurar el "basket average", por lo que no se relajó en ningún momento. Fruto de esa concentración fue el resultado final (53-73) que supone un auténtico balón de oxígeno para el equipo peñista después de un año realmente complicado.
 Si algo ha caracterizado al Magia Huesca este año, ha sido la irregularidad de algunos jugadores, que alternaban grandes actuaciones con desapariciones de la cancha. En Logroño, todos jugaron a un buen nivel, de ahí la gran actuación del equipo. Además de los jugadores, es justo destacar la labor del entrenador. Guillermo Arenas llegó sin hacer mucho ruido a un equipo en una situación desesperada. Se trata de un técnico poco conocido, pero ha demostrado en unos meses su capacidad para enderezar el rumbo de un equipo LEB Plata y desarrollar todo su potencial.
 Una vez acabado el partido, y antes de dirigirnos al centro de Logroño, esperamos en las inmediaciones del palacio de deportes la salida de los jugadores peñistas. Allí la afición aprovechó para felicitarlos y hacerse fotos con ellos, que mostraron una gran cercanía y disposición, además de agradecimiento a nuestro apoyo. A continuación, la Marcha Verde ocupó el centro de Logroño, dándole una nota de color a la ciudad.  

Mirza Bullic con un joven seguidor
 Tras la visita casi obligada al templo gastronómico que es la Calle Laurel, el grupo con el que iba se dividió entre "taperos" y "menuseros", decantándome por el segundo, debido a su más ajustado precio y evitando la abundante ingesta alcohólica que se le supone a los primeros. Haciendo un velado homenaje al pívot zaragozano del Peñas, acudimos a la "Taberna de Portales", donde se nos sirvió un menú de una correcta calidad-precio, amenizada por la camarera que nos atendió y sus chistes, de una categoría acorde a la humildad del establecimiento. Aun así valoramos la intención de la mesonera y nos echamos unas risas.
 Todavía nos dio tiempo para pasear por Logroño antes de emprender el camino de vuelta. La verdad es que la capital riojana es una ciudad muy acogedora y agradable, y cualquier excusa es buena para visitarla. En este caso, no podía ser mejor, ya que la Marcha Verde fue un éxito a todos los niveles.
 Quedan 4 partidos para que acabe la convulsa temporada. El Peñas tiene la salvación en su mano, pero no puede relajarse. De momento mañana por la mañana emprenderé mi particular Marcha Verde al pabellón oscense para el partido contra el temible Retabet de San Sebastián . ¿Alguien se apunta?

lunes, 27 de febrero de 2017

PASADO DE MODA

 Hace poco acudí a una óptica de mi localidad para ver si podían arreglar la montura de mis gafas, que habían sufrido un percance recientemente. El amable empleado me explicó que no podía repararse. 
 Al ser una fractura limpia, me comentó que podía probar a pegarla yo. Dada mi condición de manazas, descarté esa opción. El optometrista vio la posibilidad de intentar aprovechar los cristales (intactos) para incluirlos en una nueva montura, aunque aventuró que sería complicado. Y tanto. 
 A los dos días me llamó y me comentó que ahora "se llevan" las gafas con cristales más grandes, por lo que en ninguna de las monturas que tenían en la tienda se podían acomodar mis ya desfasadas lentes.
 Mucho se habla hoy en día sobre el manejo que los medios y el poder (¿acaso se pueden separar?) hacen sobre nosotros, impidiendo más o menos sutilmente nuestra libertad. Pero poco se comenta sobre la moda como forma de control de las masas.
  ¿Qué sentido tiene que alguien a quien no tengo el gusto de conocer y no sabe nada sobre mí como individuo particular y genuino decida qué tipo de gafas tengo que llevar, independientemente de mis gustos o necesidades? ¿Quién piensa que es mejor idea acarrear un mamotreto que apenas cabe en el bolsillo y al que hay que cargar dos veces al día en lugar de los sólidos y manejables teléfonos móviles de hace unos años? ¿Por qué el año pasado nos invadieron unas cazadoras tipo paracaidista de dudoso gusto estético y este año apenas se han dejado ver? ¿Cómo se puede aceptar que al comprar un ordenador de sobremesa de última generación, un auténtico pepino, no se incluya un lector de DVD y haya que comprar uno externo? 
 Con los coches pasa algo parecido. En cuanto jubile el mío (espero que dentro de muchos años), seguro que me las veo y me las deseo para encontrar un modelo sin elevalunas eléctricos, cierre centralizado y demás pijadas que no me facilitan mucho la vida y se estropean con mucha más frecuencia que sus homólogos analógicos.
 Independientemente de que mis gustos sean más o menos tradicionales me pregunto si como consumidores, no deberíamos rebelarnos contra el hecho de que haya alguien que decida qué productos son los que necesitamos. ¿No debería la demanda del consumidor tirar de la oferta?
 Si ya me cuesta entender que aceptemos resignadamente seguir estas absurdas directrices, lo que ya escapa a mi comprensión es que haya gente que se empeñe en hacerlas suyas, e incluso adelantarse a ellas. 
 No faltan en muchas revistas artículos que nos anticipan "lo que se va a llevar" para que estemos preparados, nos deshagamos de los objetos ya obsoletos (aunque estén en perfecto estado de uso) y nos lancemos a adquirir los que nos van a hacer estar a la moda.  
 Quizá en todo esto haya una necesidad de aceptación por el resto de la sociedad. En mi caso, aun existiendo (aunque sea inconscientemente) esa necesidad, mi niunclavelismo sirve de excelente vacuna contra ella.  Así que, en la medida de lo posible, procuro ser lo más pragmatico posible a la hora de comprar. 
 Por cierto, en la óptica me pegaron la montura y ha quedado como nueva (por lo menos desde el punto de vista técnico y ergonómico). Son las gafas más robustas y cómodas que he tenido nunca. 
 Curiosamente, en el momento en el que me las compré (hace unos 12 años)  era un gafapasta retro, para años después convertirme en un hipster. Ahora supongo que perteneceré a otra estirpe o subespecie urbana. Todo ello sin hacer nada. 
 Espero que estas humildes gafas me duren otros 12 años, aunque eso me suponga peregrinar por diversas corrientes sociales y se me acuse de hacerme el antiguo, o algo mucho más sonrojante: estar pasado de moda. 

jueves, 9 de febrero de 2017

REFLEXIONES FINALES SOBRE MI PERIPLO AMERICANO

 No quería dejar atrás mi viaje veraniego sin hacer una síntesis del mismo, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido y la reciente narración de todos sus pasos. Ello además me permitirá ganar tiempo hasta que las musas me vuelvan a inspirar, pues el día a día cotidiano no aporta tanto material literario como un viaje de enjundia como el que me ha ocupado.
 Hacía años que tenía pendiente visitar Cuba por su singularidad. Un régimen comunista en el Caribe con pasado español.¿Puede haber mayor rareza? Y la verdad es que no me defraudó en absoluto. Lo cual no quiere decir que fuera todo de color rosa.
Bloques de casas estilo socialista en Camagüey

 Uno de mis caseros me explicó que, a la hora de hacer obras en su casa se las veía y se las deseaba para obtener materiales que, aparte de ser bastante caros, se hacían esperar más de la cuenta y no eran de la mejor calidad. Comentaba (con la boca pequeña, por si acaso) que el problema es que la economía estaba condicionada por la política, y no por la oferta y la demanda. ¿Que el bloqueo estadounidense no ayuda precisamente a mejorar el tema? Cierto. Pero hasta ahora el modelo económico comunista no ha funcionado bien (élites aparte) en ningún lado, y ya no creo que sea casualidad.
Criterios políticos aplicados a la pequeña empresa

 Mención aparte merecen los jineteros, auténticos pesados profesionales prestos a ofrecerte cualquier cosa que no necesites por una cantidad asumible para un turista europeo, pero astronómica para los estándares nacionales. Y allí radica para mí uno de los mayores problemas del país. Y no me refiero a tener que librarse de tan insistentes personajes, que al fin y al cabo son simpáticos y no dejan de tener su gracia, sino al mensaje tan nocivo que lanzan a la sociedad. ¿Para qué estar varios años estudiando una carrera si va a ganar más un espabilado que no sabe hacer la "O" con un canuto tangando a los turistas que un ingeniero informático  o un médico? Espero equivocarme, pero me temo que la cultura del esfuerzo y el tesón que tanto ha caracterizado a los cubanos en su dilatada historia, corre serio peligro.
 También me llamó la atención el orden y la organización, totalmente laxos en relación a los estándares europeos. Pero así como los planes organizados se arruinaban a la mínima, siempre acababa surgiendo una solución basada en el talento natural y la improvisación de los ingeniosos cubanos.
 Y no puedo dejarme en el tintero el que para el dueño de mi albergue en La Habana, fue el mejor invento de los españoles: las mulatas, a las que solo pude juzgar, y con muy buena nota, desde el punto de vista estético. El no haber conseguido añadir más elementos de juicio a mi evaluación habla tan bien de mi rectitud moral como mal de mi capacidad de seducción. Aun así, no soy yo quien para juzgar las razones de unos (que vaya usted a saber cuánto cariño han recibido en sus grises vidas por parte de sus compatriotas del sexo contrario) y otras (que apenas tienen recursos para comer poco y mal). En mi caso no me surgió la oportunidad, pero tampoco la busqué.
 Durante mi estancia en la mayor de las Antillas, tuve sensaciones encontradas. Cuba me seducía y me acababa atrapando irremediablemente. Y cuando menos me lo esperaba me soltaba para darme de bruces con su cruda realidad. Nunca había estado en un lugar en el que, según el momento, me hubiera gustado quedarme para siempre, o irme inmediatamente.  Cuba es un universo en sí mismo y todo intento de describirlo palidece ante la intensidad de vivirlo desde dentro.
 También me impactaron, aunque de otra forma, Perú y Bolivia. Y hablo de ellos en su conjunto porque nunca dos países me han parecido tan semejantes. Supongo que con un mayor conocimiento del entorno, las diferencias se harán patentes.  Pero mi experiencia con la gente, la comida, la gran actividad comercial, la vitalidad de sus calles, los transportes, y la atmósfera en general hacían que a ratos se me olvidara que había una frontera entre ambos. No fueron pocas las veces que me creía estar en el Perú cuando ya andaba por tierras bolivianas.
No parece que la Democracia pase sus mejores momentos en Bolivia


  El altiplano es un entorno hostil. El paisaje es árido, el sol pega fuerte y la elevada altitud hace que los esfuerzos físicos se acusen mucho más. No es de extrañar pues, que dichas circunstancias hayan marcado el carácter de unas gentes más bien taciturnas, con trato algo distante, pero dotadas de gran amabilidad y una educación exquisita. En cierto modo me recordaban a los británicos, aunque según lo que pude observar, con algo más de humildad y algo menos de hipocresía.
 Nada que ver con los cubanos que, aunque también me encontré gente apocada e introvertida, han sido modelados por el cálido e indómito clima caribeño, exhibiendo una gran familiaridad y desparpajo en el trato. Yo era incapaz de enfadarme con ellos, por pesados e insistentes que fueran.
 En resumen, mi periplo de más de 3 semanas en distintas partes de América fue una experiencia de lo más enriquecedora. Para completarlo, tuve que tomar nada menos que 2 trenes, 8 autobuses, 3 barcos, 8 aviones, 7 taxis, un teleférico y una furgoneta compartida. Estuve en entornos tan diferentes como las playas del Caribe, el altiplano andino, el inmenso lago Titicaca o los accesos semiselváticos al Machu Picchu. Visité ruinas incas, barrios humildes, elegantes calles de arquitectura colonial, islas lacustres y bulliciosos y coloridos mercados. Pasé del pegajoso calor tropical a las frías noches del altiplano e incluso sobreviví a un terremoto. Asistí a oficios religiosos, conciertos de música clásica, sesiones de cine local, bodas tradicionales, humildes zoológicos, partidos de béisbol, monólogos de un cuentacuentos y conferencias magistrales sobre economía.
Mosaico de pueblos

 Me encontré con gente de diferente raza y condición, todos ellos con el nexo en común de expresarse en Español. 
 La lengua que al poner pie en América consiguió, no solo su proyección universal, sino alcanzar otra dimensión al ampliarse y enriquecerse con las palabras y acentos locales. 
 Y es que, a pesar de haber estado en ambientes y paisajes tan distintos a los de mi origen, el hecho de compartir idioma ha hecho que en todo momento sintiera que, de algún modo, formo parte de ese fascinante universo que es la América Hispana.