sábado, 15 de febrero de 2020

ILOÍLO

 Iloílo es una ciudad formada por la unión de varios pueblos independientes. Esto hace que cada parte tenga su propia personalidad, formando un conjunto urbano muy extenso. En condiciones normales, eso me hubiera supuesto caminatas de enjundia. Pero la herida de mi pie seguía dando la lata, así que hice uso del incómodo pero pintoresco "jeepney" para mis desplazamientos por la ciudad.
 Comencé visitando el Museo de Iloílo. Aparte de las inevitables y prescindibles (para mí) ánforas, contaba con interesantes vestigios del pasado español de la Muy Leal Noble Ciudad de Iloílo, lema que, tal cual, aparece en su escudo.
  A continuación acudí a la oficina de turismo, situada en la misma plaza que el museo. La tradicional hospitalidad filipina se sumó al hecho de que la ciudad, a pesar de sus indudables encantos, no atrae mucho turismo. Así pues, el empleado fue todo amabilidad, y dejó muy alto el listón. No tardaría, sin embargo, en ser superado.
 Me acerqué al centro con la idea de visitar el ayuntamiento. No porque el edificio en sí tuviera mucho interés, ya que se trataba de un inmueble bastante moderno. 
 Me habían comentado en la oficina de turismo que desde la azotea, había unas vistas imponentes sobre la ciudad.
 Entre los funcionarios y los ciudadanos resolviendo trámites burocráticos, me sentía un poco desubicado mientras exploraba su interior. No tardé en encontrar un museo de la ciudad donde dos simpáticas empleadas se desvivieron por atenderme. 
 Aparte de invitarme a ponerme un traje tradicional, me explicaron todos los dioramas y maquetas,  me llevaron a la azotea y me hicieron fotos. Ciertamente la vista sobre la ciudad y la cercana isla de Guimaras valía la pena. Pero para mí fue más remarcable la simpatía y disposición de mis guías.
Quizá ya sea hora de jubilar mi traje de mosquetero para Carnaval

 Seguidamente me desplacé al distrito de Jaro, donde visité la catedral, edificada durante el mandato español. Abundaban por el distrito mansiones señoriales, algunas no muy bien conservadas. No era el caso de Casa Mariquit, un espléndido ejemplo de arquitectura hispano-filipina.
 Previo pago de una escueta cantidad, un joven muy atento me la mostró explicándome detalles de la historia que alberga. Destaca que fue vivienda de un vicepresidente de la República Filipina (Fernando López).
No está mal la "choza"

 Menos señorial, pero no exento de interés fue mi paso por la "Panadería ni Pa-a", que data nada menos que del año 1896 y sigue en funcionamiento (totalmente reformada, eso sí).
 La dueña, al ver que llevaba una mochila "Quechua", me dijo que tenía una igual y preguntó si la había comprado en Hong-Kong. Luego caí en la cuenta de que en Filipinas no existen tiendas "Decathlon" y la buena mujer debía pensar que la franquicia francesa era particular de esa ciudad asiática.
 Seguí con mis probatinas gastronómicas visitando un hipermercado cercano. Me llamó la atención un puesto de comida al paso que ofrecía una especie de empanadas. Le pregunté a la empleada de qué se trataba, y me dijo que llevaba rana. No la entendí muy bien y, encantadora ella, hizo un gracioso intento de croar. Después de haber probado el cocodrilo unos días atrás no iba a ser menos con la rana.  Como se trataba de una masa grasienta y rebozada, no pude apreciar el delicado sabor del popular anfibio.
 Hice la digestión de tan peculiar ágape montado en un "jeepney" que tomé para dirigirme a la zona de Arévalo. Como referencia familiar, le dije al conductor que me parara junto a la "Panadería de Iloilo"(con el nombre en español) donde se podía comprar "Pan de España" y "Pandesal". Y mientras, nosotros aquí, vamos al "Panishop" para comprar "baguettes" o pan de Viena. Curioso.
 A unos 50 metros de la panadería, se erige la casa Avanceña-Camiña, que como su nombre sugiere, se trata de una mansión decimonónica de raigambre hispana.  La visita guiada incluía una degustación de chocolate con picatostes en el salón de la casa. En un gesto que no sé si tomar como racista o una deferencia, la guía me colocó solo en una mesa, y al resto del grupo (eran asiáticos e iban juntos) en otra, aunque había sitio de sobra para todos.
 Como corresponde a un lugar de tanta alcurnia, había unas normas de protocolo. Se podía repetir chocolate tantas veces como se quisiera. Para ello había que hacer sonar una campana y venía una "sirvienta" a rellenar la taza. Me sentí como un auténtico "señorito" al hacerlo, pero el chocolate estaba buenísimo (quizá el mejor que he probado en mi vida), así que repetí, pero sólo una vez.
 Para redondear esa sensación de clasismo, y basándome en un letrero informativo, tomé el chocolate "a la manera ilustrada". Para ello tenía que levantar el dedo meñique cada vez que llevaba la taza a mis labios.
 Salí de la mansión pensando en parar una calesa para que me llevara al hotel. Pero enseguida volví a la realidad para darme cuenta de que tendría que montar en un" jeepney" atestado para volver a un no menos apretado albergue.
 No quise abandonar la zona sin visitar una estatua erigida en honor de la reina Isabel II. Mientras observaba la egregia y oronda figura de nuestra anterior monarca, no pude evitar pensar en que, probablemente, la mayoría de la gente que caminaba por sus inmediaciones no debía tener ni idea que aquel pomposo personaje había reinado sobre los ciudadanos de esas tierras hace menos de dos siglos.
 Redondeé la jornada con un paseo por la zona de Jaro, cercana al albergue, que cuenta con una destacable iglesia neogótica del siglo XIX y me retiré a descansar.
Iglesias que no falten

 En un país que no destaca por la armonía de sus centros urbanos, brilla con luz propia la ciudad de Iloílo. La destacable arquitectura religiosa, la gran cantidad de mansiones de la época española, el ambiente particular de cada distrito y la excelente acogida al turista, hacen de Iloílo, un lugar más que recomendado. 
 Mi viaje estaba tocando a su fin. Pero aún tenía que volver a Manila. Y en una ciudad tan populosa no faltarían mis habituales aventuras y desventuras.

lunes, 20 de enero de 2020

DE NEGROS A ILOÍLO

 Tocaba abandonar la isla de Negros, pero lo iba a hacer a lo grande, recorriéndola de cabo a rabo en autobús, desde Dumaguete hasta Bacolod.
 Los vehículos que hacían la ruta podían contar, o no, con aire acondicionado, según a la hora que partían. Como buen friolero, a la par que niunclavelista, me presenté en la estación para conseguir plaza en el autobús que iba a "pelo". Gran acierto, que no solo se notó en mi bolsillo y en mi garganta. El poder circular con las ventanas abiertas, me permitió observar de una forma más cercana la atmósfera de las localidades que atravesamos.
Estampa negrense

 Tras un primer tramo paralelo a la costa, nos internamos en el corazón de la isla, montañoso y selvático. El espectacular paisaje hizo que el largo viaje se hiciera muy llevadero. También ayudó a ello que durante un trecho del recorrido se sentara junto a mí una simpática negrense con ganas de hablar.
 Como curiosidad, pude atravesar las ciudades de Pontevedra y Valladolid, que en poco o nada recordaban a sus homólogas peninsulares.
 Poco antes de entrar en Bacolod, el autobús se detuvo y bajó bastante gente. Pregunté y me indicaron que esa era la parada más cercana al puerto. Pero el mar no se divisaba por ninguna parte. Para solventar esa incidencia, no faltaban taxistas y conductores de triciclos al acecho. Gracias a que en uno de estos últimos aún quedaba un hueco me sumé a la comitiva de unos jóvenes neerlandeses con los que compartí trayecto. Llevar a 4 personas con sus correspondientes maletas no es fácil en un vehículo tan pequeño. Pero en las Filipinas no hay nada imposible.
 Aproveché la espera en el puerto para comer algo y embarqué rumbo a Iloílo, ciudad situada en la isla de Panay, a la que llegué a la hora del ocaso.
 Mi trayecto desde el puerto hasta mi albergue prometía ser complicado, ya que, evitando el costosísimo y menos emocionante taxi, tenía que tomar 2 "jeepneys". Estos vehículos arrancan cuando están llenos y hacen una ruta fija, parando de vez en cuando para que suba y baje la gente. No es fácil orientarse cuando se circula en uno de ellos.    Afortunadamente, el conductor me avisó y pude bajarme en el momento exacto. Para tomar el segundo jeepney también tuve que preguntar a algunos viandantes, pero no hubo mayor problema y pude alcanzar mi destino por un pírrico importe.
El albergue cubicaba

 El albergue elegido fue un auténtico acierto. Se trataba de un amplio edificio con patios ajardinados de estilo español, muy apacible. Además contaba con habitaciones reformadas amplias, cómodas y completas.
 Me tocó en suerte un filipino de compañero de habitación con ganas de pototeo. No hacia a mí, sino conmigo. Me propuso una inspección por una zona de baretos que, según sus palabras estaba a una "distancia caminable". Yo aún arrastraba molestias en la planta del pie de mi arriesgada visita a las cataratas Casaroro, por lo que no me convenía andar mucho. Pero confié en que los estándares pateadores de mi improvisado compañero fueran menos exigentes que los míos. Y no lo fueron, ya que casi empleamos media hora en llegar a "Smallville", una zona de ocio un poco desangelada a esas horas aún tempranas. Entre la poca actividad y que el estado de mi pie no era el mejor, volvimos enseguida al albergue, donde reservé energías para mi inspección diurna del día siguiente.
 Intenté recabar información sobre la ciudad preguntando a la recepcionista. Se sorprendió y me dijo que la gente que se alojaba allí solía estar de paso, normalmente rumbo a Boracay, y que no le preguntaban nunca sobre sitios que visitar en Iloílo. Me pidió media hora para buscar información, tras la que me presentó un "dossier" que me iba a ser bastante útil para mi exploración del día siguiente.
Ruta del día

 

domingo, 24 de noviembre de 2019

SIQUIJOR: LA ISLA DEL FUEGO

 A una hora en la que cuesta mucho menos trasnochar que levantarse, me presenté en el muelle de Dumaguete. No tuve que esperar mucho a la pareja filipina con la que había planeado la excursión.
 El imponente espectáculo del amanecer a bordo del barco compensó, aunque fuera en parte, la indudable agresión que para el ser humano suponer madrugar.
 En apenas media hora pusimos pie en Siquijor. En el muelle nos esperaba el conductor de un triciclo que iba a descubrirnos los rincones más emblemáticos de la isla.

 Siquijor fue llamada por los españoles "Isla del Fuego", nombre que, personalmente, me parece mucho más bonito. Los lugareños sabrán lo que hacen. Según leí en mi súper guía es un lugar con no muy buena fama, ya que en sus montañas se dice que habitan brujas. Yo, después de las dos que tuve que padecer en mi periplo por la Isla de Skye, estoy más que vacunado. Así que no albergué ningún temor en mi visita a la ínsula.
 Al poco de iniciar nuestro recorrido, el conductor se internó por un camino que acabó desembocando en una playa. Había escuchando que hay algunas muy buenas en Siquijor. No era el caso. La "gracia" del lugar es que había una palmera muy tendida a la que te podías subir para hacerte una foto haciendo el "mono".
 Esta primera parada me recordó los motivos por los que me gusta viajar solo y evito los viajes organizados. Pero decidí que por un día no me vendría mal dejarme llevar y disfrutar al máximo de una experiencia, que hubiera sido más complicado y costoso vivir en solitario.
 Nuestro segundo hito me pareció más interesante. Junto a una tienda de recuerdos donde no faltaban alusiones al carácter mágico del lugar, como unos llaveros con muñecos vudú muy simpáticos, había un pequeño estanque. En él nadaba una buena cantidad de ejemplares de peces "Garra Rufa".
 No sé si el nombre dirá mucho a mis amados lectores. Pero si explico que son unas carpas que comen piel muerta y que se han puesto de moda, como tratamiento dermatológico, quizá a alguien le resulte familiar.
 Al pricipio asusta un poco cuando ves tu pierna rodeada de peces pegándote bocados, pero tras el temor inicial, no pasa de ser una sensación cercana a las cosquillas. No estuve mucho tiempo, ya que los muy cabritos mostraban especial interés en acudir a la herida que me había hecho un par de días antes en la planta del pie.
 Después fuimos a comer a un humilde restaurante que, siguiendo los cánones filipinos ofrecía comida poco sofisticada a precios muy competitivos. En cumplida venganza por el ensañamiento que los "Garra Rufa" habían mostrado con mi laceración, me zampé un congénere suyo, aunque de otra especie, que resultó muy sabroso.
 El plato fuerte de la jornada no fue, sin embargo, el pescado, aunque también tenía relación con el mundo acuático.
 Las cascadas Cabungahay, cuentan con unas pozas de agua cristalina en un entorno selvático incomparable. Si antes había hecho el mono subiéndome a una palmera, ascendí un poco en la escala evolutiva y me sentí Tarzán por unos momentos, gracias a unas lianas que permitían columpiarse y caer espectacularmente al agua. Muy divertido.
¡Hombre al agua!

 Proseguimos nuestra ruta y al poco tiempo nos detuvimos en un bar de carretera situado sobre una colina. El establecimiento contaba con una azotea con unas bonitas vistas, y una escoba. La gracia del asunto (para el que se la vea) es hacerse una foto subido a ella dando un salto, dando la impresión de que se vuela.
 Yo sólo me acerco a una escoba en caso de extrema necesidad, así que me abstuve de inmortalizarme como bruja.
 Aún quedaban emociones fuertes en nuestro siguiente destino. Se trataba de un acantilado desde el que se podía pegar un brinco de, calculo, más de 10 metros al mar. Ya he comentado lo de mi herida en el pie, ¿no? Si no, claro que me hubiera tirado..ejem...

 Nos recuperamos de la impresión que nos dio ver saltar a otros en una cala cercana, de buen aspecto, pero demasiados pedrolos.
También hubo tiempo para el descanso

 Para terminar nuestro periplo siquijorino visitamos una mansión en la que un individuo había montado un pequeño museo con objetos traídos de los Estados Unidos, dándole un toque muy "western". Aunque era algo curioso, a mí nunca se me hubiera pasado por la cabeza ir a ver un museo de estilo usense en una remota isla filipina.
Mi mala fama había llegado ya a la isla

 Al poco rato volvimos al lugar de partida tras dar la vuelta a la isla recorriendo una carretera circular. Dejamos para mejor ocasión internarnos en las montañas y conocer a las brujas locales. 
 Pagamos de buena gana los servicios de nuestro guía y tomamos el barco de vuelta a Dumaguete, que tenía el sugerente nombre de "Reina de Luna" (en español).
 Aproveché que mis dos compañeros de viaje por un día estaban alojados en un albergue cercano al mío, para acompañarlos y preguntar en recepción sobre la disponibilidad de alojamiento para esa noche. Necesitaba descansar y la labor se complicaba compartiendo pieza con un roncador de enjundia.
 Hubo suerte y disponían de una habitación individual que además costaba menos que la compartida en mi anterior morada. Tuve que volver a ella a hacerme con la maleta y dar algún tipo de explicación.
 Fui totalmente honesto y comenté a la simpática dueña que había estado muy a gusto en el lugar, pero no había podido tener un descanso óptimo por los motivos ya comentados.
 No solo no me puso mala cara por irme a otro sitio sino que me pidió disculpas y se mostró muy empática con mi situación. Evidentemente le dije que no había sido culpa suya. Unos días después me llego un correo suyo ofreciéndome una habitación individual si vuelvo a la "Casa Arrieta", al precio de una compartida para compensar las molestias. Gran detalle por su parte.
 Esa noche eché de menos el ambiente familiar que había disfrutado las dos noches anteriores, pero pude dormir como un bendito, que era lo que más falta me hacía.
 



viernes, 8 de noviembre de 2019

EN BUSCA DE TORTUGAS Y GALLOS

 Madrugón considerable mediante, me presenté poco antes del alba en una agencia cercana al albergue. En ella había reservado una excursión de buceo en la que se nos aseguraba la presencia de tortugas.
 Una furgoneta nos llevó a un humilde muelle situado a unos 25 km. de Dumaguete, desde donde nos embarcamos en un bajel rumbo a la pequeña isla de Apo.
 En sus inmediaciones atracó nuestro barco, junto a otros muchos que habían tenido la misma idea que nosotros.
 Nuestra comitiva se podría dividir en tres categorías: los que utilizaban equipos de buceo con botellas de oxígeno, los que nos conformábamos con hacerlo en apnea (ósea "a pelo") y aquéllos que ni siquiera sabían nadar y además de llevar un chaleco salvavidas, contaban con la ayuda de guías.
 Mi primera toma de contacto con las templadas aguas no fue especialmente productivo. A pesar de haberme topado con algunos pececillos de vivos colores y algunos fondos destacables, no aparecieron los esperados quelonios.
 Me intenté acoplar a algún grupo de los "chalecos naranjas", pero pronto el guía me mandó a "escaparrar".  Mis siguientes inmersiones en solitario fueron igual de infructuosas, por lo que volví al barco para tomarme un descanso. A bordo, todo eran sonrisas y todo el pasaje parecía haber visto tortugas, para mi total desolación.
 Nuestra embarcación se puso en marcha pero sólo para buscar otro punto de anclaje. En esta segunda oportunidad, aprendí de mis errores y procuré estar cerca de los grupos, aunque lo sufientemente distante para evitar el rechazo de los celosos guías.
 Al rato, escuché los gritos de alegría de uno de mis compañeros. Sin dudarlo, me dirigí a la zona donde estaba y me zambullí. En buena hora, ya que justo debajo de mí, a unos pocos palmos, una enorme tortuga nadaba confiada sin saber que me acababa de dar la alegría del día.
 Una vez "abierta la lata" ya no tuve muchos problemas en encontrarme unos cuantos de estos simpáticos reptiles que se movían con una inusitada agilidad en el agua, a pesar de su fama y tamaño.

 Habiendo ya saciado mis inquietudes zoológicas, en la tercera intentona me entró la vena exploradora y puse todo mi empeño en poner pie en la isla de Apo, para sumarla a las 8 que ya había hollado entre las más de 7000 que constituyen el archipiélago filipino.
 No fue fácil la empresa, debido a que las proximidades del islote estaban repletas de rocas, pero mal que bien pude poner pie (sólo uno) en Apo.
Objetivo Tortuga completado

 Con tanto barco atracado en las proximidades y tantas dioptrías en mis ojos me costó bastante encontrar el mío. Pasé unos minutos un tanto angustiosos intentando encontrar algo familiar en las aparentemente idénticas embarcaciones. Tras algunos intentos pude, por fin, reconocer al capitán de nuestra fragata, que estaba a punto de levar anclas, y volver a pisar tierra firme (es un decir).
 Ya de vuelta hice buenas migas con una pareja de tortolitos filipinos que me comentaron que al día siguiente pensaban hacer una excursión a la misteriosa y cercana isla de Siquijor. Viendo que mis dientes crecían por momentos, me ofrecieron unirme a la expedición , ya que en el triciclo del guía que habían contratado aún cabía otra persona.
 Con el día siguiente ya planificado, me pude relajar y salir a explorar Dumaguete. Dentro de los no muy exigentes estándares filipinos, la capital de Negros Oriental se trata de una ciudad agradable por la que se puede pasear sin problemas. El centro se ve rápido, así que prolongué mi marcha hasta llegar a un centro comercial a las afueras. Allí me encontré con un viejo conocido: el jugo de caña de azúcar o guarapo, que ya había tenido el placer de catar en Cuba.
 Aunque lo intentó, el guarapo filipino no me hizo olvidar al cubano.
 Ya de vuelta, me encontré con uno de los objetivos que tenía "in mente" antes de comenzar mi viaje.
 En un ruidoso pabellón se estaban celebrando peleas de gallos, una actividad de lo más popular en el país.
 Sin pensármelo mucho, adquirí una entrada y pasé a presenciar el espectáculo. Poco habituado a estos recintos, mientras buscaba mi camino a las gradas, casi me llegué a meter en el "camerino" donde los gallos esperaban antes del combate. Pese a que estaba totalmente fuera de lugar y cantaba a turista por los cuatro costados (o quizá por eso), nadie me dijo nada. Utilizando el talento natural, que tan pronto me mete en líos como me saca de ellos, volví sobre mis pasos y acabé encontrando mi ubicación.
 El ambiente era poco selecto,ruidoso y abrumadoramente masculino. En las gradas había algunos corredores de apuestas que no paraban de trabajar atendiendo a los excitados espectadores.
Se ponían muy "gallitos"

 Y en un lado del ring, con 2 kilos de peso, procedente de una granja de Sibulán y plumaje pardo gris, el gallo Bonifacio III. En la otra esquina, otra ave parecida, y en medio un árbitro. En cuanto soltaban a los excitados animales, se empezaban a dar picotazos hasta que uno de ellos se quedaba inerte. K.O. técnico inapelable. De allí a la cazuela. Cada 5 minutos se repetía la historia. No le acabé de ver la gracia al asunto, así que no duré mucho en el estadio. 
 De vuelta al albergue no pude evitar pararme a cenar en un humilde restaurante que anunciaba comida típica de Zamboanga, ciudad filipina situada en la sureña isla de Mindanao. 
 No es que de repente me entrase antojo de la gastronomía zamboangueña. Lo que quería es encontrar algún hablante de chabacano, lengua criolla que guarda un gran parecido con el español y que es mayoritariamente hablada en dicha ciudad.
 Aproveché una endeble excusa durante la cena para asomarme a la cocina donde estaba la dueña (muy joven y bastante guapa, como buena filipina). Le pregunté si hablaba chabacano. Contestó afirmativamente, pero no soltó mucha más prenda. Ya no sé si por timidez, por considerarme un "pesao" o por ambas cosas al mismo tiempo. 
 Parece que no me va a quedar otra que visitar algún día Zamboanga para "chabacanear" un poco.
 Aproveché que mi compañero-motosierra no había vuelto al albergue para intentar dormirme pronto, sacando provecho de la placidez momentánea de mi cuarto.
 Al día siguiente me esperaba una incursión por la isla de Siquijor, famosa por sus brujas y su magia. Pero para mí todas las islas filipinas son mágicas...

viernes, 25 de octubre de 2019

NEGROS: NO EMPEZÓ LA COSA CON BUEN PIE

 Tras dos días muy bien aprovechados, me tocaba despedirme de Panglao y Bohol. Para ir al puerto de Tagbilaran disponía de un económico servicio de autobús. Pero su frecuencia irregular y el rodeo que daba hicieron que me viera obligado a recurrir a otros medios de desplazamientos más informales para llegar a tiempo.
 Un motorista se ofreció a llevarme por 250 pesos. Demasiado, si además se tiene en cuenta que no habría sido nada operativo llevar conmigo el maletón.  Por 50 pesos más lo pude hacer con la relativa, aunque mucho mayor, comodidad que me ofrecía un triciclo.


 En el barco me senté junto a un señor occidental de mediana-avanzada edad, que pronto me vio como uno de los suyos y empezó a hablar del pototeo que nos esperaba en nuestro siguiente destino.  Poco se podía imaginar el pintoresco personaje que mi mayor motivación para viajar por las Filipinas proviene de mi gran interés por la historia y cultura del archipiélago.
 Tras poco más de una hora, nuestro buque arribó al puerto de Dumaguete, ciudad situada al sur de la isla de Negros.
Llegando a Dumaguete

  Afortunadamente ya estaba advertido y no contraté un triciclo en el puerto. La abusiva tarifa de 100 pesos, descendía dramáticamente a 10 fuera de las dependencias portuarias (a menos de 100 metros). Y todavía resultaba más económico no cogerlo. Así que aproveché el paseo hasta mi alojamiento para ir tomándole el pulso a la ciudad, que daba la impresión de ser algo menos caótica y bulliciosa que las urbes filipinas que ya había visitado.

 Dentro de mis humildes estándares, me había estirado un poco para reservar un albergue un poco lustroso. El Casa Arrieta contaba con unas críticas superlativas, tanto por sus instalaciones como por la amabilidad de su personal. La encantadora mujer que me atendió y las modernas e impolutas dependencias del establecimiento confirmaron los buenos augurios.
 A pesar de lo acogedor del lugar, no perdí mucho tiempo y enseguida partí a explorar los alrededores. 
 Todavía quedaban bastantes horas de luz, así que le pedí a la anfitriona que me explicara cómo llegar a unas cataratas cercanas. Me desaconsejó la excursión, ya que se preveía lluvia. Pero yo no había ido al otro lado del globo para asustarme por 4 gotas.
 Para llegar a mi destino tuve que acercarme al centro de Dumaguete y tomar un jeepney  al municipio de Valencia, situado a unos 10 km. Como suele pasar por aquellos lares, el espacio del vehículo estaba aprovechado al milímetro, por lo que no se puede decir que tuviese un trayecto muy cómodo.
Parece que el futuro de la cantera del Valencia Basket está asegurado

 Tras una breve visita por la ciudad (que en nada recordaba a su homónima española) intenté buscar la forma de llegar a las cataratas. La oficina de turismo estaba cerrada, por lo que pregunté a un individuo que encontré por la calle. Los tratos informales son moneda de cambio habitual en el país. Así que a los dos minutos estaba montado en su moto rumbo a la aventura. 
 Menos mal que no tuve mucho tiempo de pensar en las consecuencias de una caída en tal circunstancia, teniendo en cuenta que no llevaba casco. Por no hablar de que iba por una carretera desconocida en la moto de un tío al que acababa de conocer.
 En poco más de 5 minutos llegamos a un aparcamiento situado junto al acceso a las cataratas Casaroro. Mi chófer (que se llamaba Fernando, por si ustedes deciden visitar la zona) me dijo que me esperaba allí para cuando volviera.
 Había que pagar entrada para visitar el lugar. Además ofrecían la posibilidad de alquilar un guía. El niunclavelismo se unió a la soberbia y empecé a descender en solitario los cientos de escalones que bajaban al cauce de un río encajonado en un agreste cañón. Todo ello adornado con una frondosa vegetación selvática, que lo hacía ciertamente espectacular.
 Los augurios de mi anfitriona se cumplieron y empezó a llover ligeramente. Lo suficiente para que las rocas por las que debía caminar empezaran a resbalar peligrosamente. Si a eso le sumamos que llegué a un punto donde se acababa la senda y no sabía por donde tirar, el resultado es que me tuve que tragar mi orgullo y volver sobre mis pasos en busca de un guía.
 El conductor seguía cerca de la entrada. Al explicarle mi situación se ofreció para acompañarme hasta la catarata.
 La verdad es que la ruta se las traía, y con la lluvía había que tener mucho cuidado. Ya casi al final me tuve que descalzar para vadear un río con tan mala fortuna que me hice una herida en la planta del pie. 
 Por lo menos, la imponente estampa de las cataratas Casaroro compensó lo accidentado del trayecto que me había conducido hasta ellas.
Llegué salvo y casi sano

 La herida en sí no había sido muy profunda, pero su estratégica situación iba a causarme algunos problemas en el futuro, habida cuenta de mi condición de pateador impenitente.
 La vuelta a Valencia no tuvo, afortunadamente, más incidentes dignos de mención. Me hubiera apetecido darme otro voltio por la ciudad, pero Fernando me advirtió de que el jeepney que estaba a punto de salir era el último del día. Me despedí agradecido de mi improvisado cicerone, al que le pagué lo acordado por el paseo en moto, más un extra por sus servicios de guía, y volví "a casa".
 El sábado por la noche prometía en una ciudad universitaria como Dumaguete. Pero no tenía el pie para muchos bailes y además había reservado una excursión para el día siguiente a una hora temprana.
 Así que me lo tomé con calma e intenté aprovechar la tesitura para descansar. Al fin y al cabo estaba en un lugar cómodo, tranquilo y acogedor. ¿Qué podía fallar?
  Que mi compañero de cuarto se pusiera en plan motosierra, como así fue.
 Mi gozo en un pozo. Aunque al final las emociones y acontecimientos vividos en el día acabaron pesando y terminé visitando la habitación del sueño.



sábado, 27 de julio de 2019

BOHOLEANDO

  Aproveché mi involuntario madrugón para ir a darme un baño en la playa cercana, que era tan vistosa y espectacular como poco práctica. Su arena blanquecina, sus bonitas aguas y las lustrosas palmeras no compensaban que la zona de baño estuviera muy acotada y su escaso calado no permitiera más que mojarme hasta la cintura. Para eso me quedo en Salou...
Más interesante iba a ser la visita a la isla de Bohol, que en una superficie relativamente reducida, ofrece atractivos de lo más variopinto.
 Fui el primer huésped al que recogió la furgoneta, que fue haciendo un recorrido por distintos alojamientos sumando componentes hasta que completó todas sus plazas. Mi espíritu niunclavelista se enervó cuando algunos de estos turistas abonaban 50 pesos menos que yo al conductor, que en mi caso fueron gustosamente recaudados por los dueños de mi albergue, a modo de comisión.
 Mi comprensible enfado pronto se mitigó al enterarme que nuestro primer destino era una antigua iglesia española. Estaba cerrada pero pude paliar mi sed histórico-cultural con la visita a un museo contiguo.
Iglesia de Baclayon

 A continuación nos internamos en los bosques tropicales insulares para acceder a una reserva donde poder contemplar a los monos Tarsier. Se trata de una de las especies de primates más pequeña del mundo, y a diferencia de sus primos más talluditos, se trata de unos seres asustadizos y entrañables.
¡Qué mono!

 Más inquietantes iban a ser los "bichos" que nos esperaban en un pequeño zoo, donde destacaban unas enormes serpientes amarillas que, afortunadamente, estaban bastante calmadas. También había algunos monos (algo más creciditos que los Tarsies) y un buen surtido de mariposas de vivos colores.
¡Qué mona!

 Se acercaba la hora de comer, así que, astuciosamente, la furgoneta nos llevó a las orillas del río Loboc, donde se apostaban unos barcos que hacían una ruta fluvial, mientras se podía comer a bordo.
 Un grupo de 3 jóvenes europeos que conformaban la expedición desoyó los cantos (no precisamente baratos) de sirena y permanecieron en tierra. Yo, en cambio, decidí tirar la casa por la ventana y embarcarme. 
Fue una acertada decisión.  Y eso a pesar de que la comida, aún siendo buffet libre, tampoco era muy allá.  Pero el navegar entre orillas selváticas fue una gran experiencia, que se complementó con la confraternización con mis compañeros de excursión que, en su gran mayoría, venían de la capital.
Hacia el corazón de las tinieblas

 El plato fuerte de la jornada no fue el que se nos sirvió en el barco, sino las "Colinas de Chocolate", cuyo nombre no deriva de que se cultive cacao en sus laderas, sino del color que cientos de ellas adquieren en el estío. Aunque nos las encontramos más bien verdosas, no dejaba de ser curioso presenciar este fenómeno geológico que, según comentaban, es uno de los lugares más visitados de las Filipinas. Y así pareció corroborarlo el gran número de turistas que se agolpaban en el mirador en pos de la foto o "selfie" correspondiente.
Colinas de Chocolate

 Siguió una breve parada en el "Man made Forest", que no era otra cosa que un vistoso bosque de grandes árboles plantados por el hombre (debió acabar baldado el pobre).
 Más entrañable para mí fue nuestro siguiente destino, ya que nos detuvimos en Sevilla, para caminar por un curioso puente de bambú sobre un río (ya no sé si era el Guadalquivir).
Sevilla y olé

 Nuestro último hito de la jornada fue aún más conmovedor. Se trataba de una estatua que celebraba el pacto de sangre que Miguel López de Legazpi selló con el jefe local Sikatuna, y que es todo un símbolo de cómo el mítico explorador vasco se desempeñó en lo que algunos indocumentados se empeñan en considerar "despiadada conquista" o "brutal colonización". Para eso habría que esperar más de 3 siglos, cuando los usenses acudieron a "civilizar" las ya más que civilizadas Filipinas.
Al centro y pa´dentro

 Por si no hubiera tenido bastantes emociones la jornada, aproveché el paso de mi furgoneta por la capital Tagbilaran para apearme, ya que había concertado una cita allí.
Pero antes me despedí cordialmente de mis compañeros de travesía. A pesar de mi condición de europeo, no fue con el grupillo de este continente con el que congenié en la excursión, sino con los filipinos, a los que yo sentí mucho más cerca cultural y emocionalmente.
 Dejando aparte lo que pudo suceder o no con mi cita de Tagbilaran, detalle que sin duda no interesará a los sesudos y selectos lectores de este blog, me ocurrió una anécdota bastante reveladora.
 En un momento de la tarde-noche, me di cuenta de que mi inseparable mochila ya no estaba junto a mí. Hice memoria y volví a un bar donde había estado media hora antes. Allí estaba esperándome intacta, en la silla donde la había abandonado inconscientemente. ¿Hubiera pasado lo mismo en...digamos... Barcelona? Probablemente no, y no hablo por hablar.
 Para volver a mi albergue en la isla de Panglao, ya no circulaba transporte público. Por ello que tuve que agenciarme un triciclo cuyo conductor no tuvo pudor en detenerse a medio camino en el arcén. No a repostar, sino a todo lo contrario, ustedes ya me entienden.
 Ello no impidió que, educación y buenas maneras obligan, aceptara incólume, aunque algo desconcertado, su apretón de manos a modo de despedida cuando acabó la carrera.
 Como guinda a tan denso día, aún tenía otra cita. Aunque visto desde fuera pareciera que soy un frívolo, no es tan fácil planificar todos estos acontecimientos sociales para que cuadre todo y no se hieran sentimientos.
 En este caso se trataba de una mujer casada que apenas había salido de la isla y que no parecía estar pasando los mejores momentos en su matrimonio. En este río revuelto, no vi muy ético meter la caña, así que nos limitamos a tener una más que cordial conversación en el salón del albergue. A pesar de tan cándido encuentro, mi cita se mostró muy agradecida por la experiencia, ya que suponía un respiro en su, últimamente, un tanto gris existencia.
 La verdad es que le había sacado mucho jugo al día. Bohol se reveló como un destino más que interesante, pero al día siguiente tocaba abandonar la isla en pos de un destino un tanto oscuro...

domingo, 9 de junio de 2019

ALONA BEACH: MÁS DURA PUDO HABER SIDO LA CAÍDA

 Después de haber pasado dos días en una gran urbe, el cuerpo me pedía algo de relax (dentro de lo que yo entiendo por tal). La cercana isla de Bohol parecía el lugar indicado.
 Me despedí de las populosas calles de Cebú con un paseo de unos 25 minutos hasta el puerto. 
 Mientras estaba en la sala de espera,  me vino una mujer ofreciendo un masaje. Aunque el producto era el mismo (más o menos) que se me había ofrecido en mi primera noche en Cebú, el enfoque era completamente distinto. Se trataba de unas mujeres de mediana edad con atuendo de enfermeras, y sus masajes se limitaban al cuello y los hombros, careciendo del "final feliz" que se le presuponía a las anteriores.
 El trayecto en barco no pasó de las dos horas, y sentado en la cubierta fue de lo más agradable.
Surcando el estrecho de Cebú

 Arribamos a Tagbilaran, capital de la isla de Bohol.  Había estudiado la posibilidad de haberme quedado a pernoctar allí. Pero, a pesar de ser una ciudad costera, no tiene mucho encanto. Así que en su lugar, reservé alojamiento en Alona Beach, que como su nombre promete, es un destino playero. No está situado exactamente en Bohol, sino en una isla más pequeña pegada a aquélla y unida por un puente, que obedece al nombre de Panglao.
  Para llegar a Alona Beach tomé un triciclo que empleó una media hora.
Humilde pero espacioso y colorido

 En busca de un poco más de espacio vital, esta vez había reservado un habitáculo igualmente humilde, pero algo menos opresivo. Se trataba de un albergue de estilo hawaiano, muy apropiado para el entorno que lo rodeaba.
 No tardé en salir a explorar ese entorno tan sugerente.
 Así que tomé rumbo a lo que, según mi guía turística, se trataba de una playa apartada y paradísiaca.
El segundo apelativo era un poco exagerado, pero el primero estaba bastante bien traído. Ya que tras la pateada reglamentaria, me encontraba alejado de todo rastro de civilización, en una playa bastante salvaje. Yo seguía caminando en espera de encontrarme con la madre de todas las playas, pero tras un buen rato, ya casi a punto de salirme del mapa, me encontré con un manglar que detuvo mi camino. Mi espítitu robinsoniano había ya cumplido su cuota y decidí regresar.
Playa Danao

 Las altas temperaturas estaban empezando a pasarme factura, por lo que decidí comprar un helado en un humilde colmado. No pude evitar la experimentación adquiriendo un polo con sabor a queso que, como era de esperar con ese gusto, no resultó nada refrescante.
  Para esa noche había reservado una excursión para ver luciérnagas en un río. Astuciosamente no lo hice en el albergue, sino en una agencia del pueblo, ahorrándome 200 pesos. En sí la idea de ver luciérnagas no me decía mucho. Lo que más me atraía era hacer una ruta por el río de noche.
 Una furgoneta nos llevó a un embarcadero situado a unos 30 km, en la isla grande (Bohol).  En la furgoneta íbamos sólo 4 personas, pero en el destino nos juntamos con otros tours y nos montamos en una barca.
 Dando fe de la laxa política en materia laboral del país, unos adolescentes  hacían de guías gobernando  la nave y dando algunas explicaciones. 
  Poco después de comenzar la travesía acercaron el barco a una orilla arbolada y lo detuvieron.
 El tinajero jefe nos señaló uno de los árboles en el que se podían apreciar cientos de puntos luminosos en movimiento, conformando una destacable estampa.
  Seguimos la ruta parando en 4 ó 5 puntos. Era curioso ver cómo las luciérnagas se concentraban en unos cuántos árboles aislados, ignorando al resto. En una de las paradas nos acercamos un poco más y algunas de las luciérnagas se pusieron a nuestro alcance. Uno de los guías atrapó una y nos la fue pasando. Eso sí, aclaro que la interfecta sobrevivió al envite, por lo que puedo afirmar y afirmo que ningún animal fue dañado en la realización de esta entrada.
  Mientras la furgoneta nos llevaba de vuelta al albergue, reflexionaba sobre qué iba a hacer al día siguiente. La idea era clara: visitar la isla de Bohol. Pero podía dejarme llevar por un tour turístico o alquilar una motocicleta y hacerlo por mi cuenta. El espíritu aventurero venció al prudente y me decanté por la segunda.
  Nada más llega al albergue hablé con la encargada y me consiguió el deseado vehículo.  Ya sólo faltaba por pulir un pequeño detalle: no sé conducir motos. La confiada mujer le restó importancia y me puso en contacto con una alberguista que, generosamente, me dio un curso acelerado de arranque y conducción.
 No parecía muy complicado. Pero aun así, solicité hacer una prueba por las inmediaciones.
 Los primeros 10 segundos fueron como la seda. Ángel Nieto ya tenía sucesor. Pero cuando intenté detener el vehículo, pareció tomar vida propia y dejó de responder a mis deseos. Tuve que apearme mientras la moto siguió unos metros en solitario antes de caer estrepitosamente al suelo.
 Si eso me había sucedido en una carretera solitaria, no quería ni imaginarme el tamaño del estropicio que podía causar en un poblado con tráfico denso o en una bajada pronunciada.
 Así que, escarmentando en cabeza propia, le devolví la moto a la señora del albergue, que ya no veía con tan buenos ojos su arrendamiento.
 Ahora sí que estaba claro. Tour guiado en furgoneta, que si se estrella el vehículo, por lo menos no será por mi culpa.
 Aún podía haber rascado 50 pesos reservando la excursión en la agencia de las luciérnagas, pero después del susto que le dí a la señora con la moto, decidí contratarlo en el albergue.
 Ya con el pulso restablecido, me retiré a mis aposentos a descansar. Aunque antes de caer en brazos de Morfeo hice un trabajo de campo en la aplicación de pototeo que daría sus frutos al día siguiente.