jueves, 20 de marzo de 2025

CHIANG RAI: TEMPLOS DE COLORES, TRIÁNGULO Y ALBERGUE DE ORO

 El trayecto en taxi hasta mi albergue, aparte de ser un tanto accidentado, me sirvió para hacerme a la idea de que la ciudad de Chiang Rai no parecía que pudiera dar mucho juego. Por ello, nada más llegar a mi alojamiento reservé una ruta turística en furgoneta por la región para el día siguiente.

 Habiendo pagado mi albergue en efectivo y previendo que debía hacer lo propio en la excursión, salí en busca de un cajero para tener algo de dinero contante y sonante en mi bolsillo. Para viajar a Tailandia es mejor llevar euros y cambiar a baths, que sacar dinero en los cajeros, ya que cobran una comisión bastante alta. A esas horas las casas de cambio estaban cerradas, por lo que solo me quedaba la opción del  cajero. Entre que algunos de ellos no funcionaban y que otros no me admitían una de mis tarjetas y tuve que volver a por otra al albergue, estuve más de una hora pululando por las casi desiertas calles de Chiang Rai. Nada que ver con la bulliciosa Bangkok, que a todas horas presenta una incesante actividad. 

 Mis viajes son un no parar. Lo normal tras la paliza del día anterior hubiera sido tomarme un día de descanso para recuperarme. Pero para eso ya tengo mi trabajo de funcionario. Así que a las 7:30 de la mañana ya estaba tomando un modesto pero nutritivo desayuno que me preparó la madre de la dueña del hostel. Poco antes de las 8 pasó a recogerme una furgoneta que, tras un periplo por distintos alojamientos de la ciudad salió de la misma en dirección sur. Tras un breve trayecto, llegamos a nuestra primera parada del día, el Templo Blanco o Wat Rong Khun. Es un recinto que se empezó a construir en 1997 y que aún no está terminado. Se trata de una propuesta personal de un artista que dio rienda suelta a su creatividad para hacer una obra muy singular y un tanto inquietante.

Templo Blanco: parece que no me acaba de convencer

 Nada más llegar vi que había una casa de cambio a precios razonables. De haberlo sabido me hubiera ahorrado la comisión y el peregrinaje en busca de cajeros del día anterior.

 Nuestro siguiente hito fue la visita al Templo Azul o Wat Rong Suea Ten. También se trata de un templo moderno, pero de corte más clásico. Como se suele decir, y en este caso con bastante propiedad, para gustos, los colores. El templo Azul me gustó mucho más que el Blanco y sobre todo me transmitió mucha más sensación de paz, que es lo que se supone que tiene que aportar un recinto sagrado.

Templo Azul 🙏

 Si al artista que había diseñado el Templo Blanco daba la impresión de que se le había ido un poco la pinza, al que diseñó nuestra siguiente visita (Templo Negro o Museo Bandaam) se le había ido totalmente. Se trataba de un conjunto de 40 edificaciones de color negro tan turbadoras como inclasificables. Además, en uno de los edificios había cuadros del mismo artista en los que, usando un código QR, se podían ver en movimiento. Paranoia total, aunque no se puede negar la originalidad y el impacto de la propuesta. 

Autor del Templo Negro: ¿Se está riendo de nosotros?

 El precio de la excursión incluía la comida, que hicimos en un modesto restaurante cercano al museo. Se trataba de un buffet libre de comida local que, como acostumbro a hacer, fue convenientemente amortizado.

 El momento más embarazoso del día fue la visita al poblado de las "Mujeres Jirafa". Como su nombre sugiere, se trata de unas señoras que se ponen aros metálicos en el cuello que con el tiempo se estira de forma sorprendente. El precio de entrada al poblado (nada barato) y el hecho de que lo único que se pudiera hacer en ese poblado era comprar recuerdos, dio al traste con toda ilusión de contemplar algo auténtico. Cada uno se gana la vida como puede. Y esas mujeres, que por lo visto tuvieron que salir por patas de la vecina Camboya, tienen su "modus vivendi" en vender objetos a los muchos turistas que pasan por el lugar. Muy respetable, pero este tipo de cosas son por las que huyo siempre que puedo de los viajes organizados.

Poblado trampa
   El siguiente hito de la jornada también contenía su particular "encerrona", aunque bastante más liviana. Se trataba de una plantación de té. En la demostración se nos permitió probar tres tipos de té que junto a un gran número de productos derivados de la planta, se vendían en la tienda. Las colinas en las que se habían formado unas terrazas para plantar la popular infusión formaban un paisaje de singular belleza, pero apenas se nos dio tiempo para contemplarlas.
¿Té gusta?

 Hasta ahora podía decir que la excursión me estaba dejando un sabor agridulce, añadido al amargo del té. Menos mal que nos esperaba el que, para mí, fue el plato fuerte de la excursión. Tras un buen rato de trayecto en la furgoneta, encontramos un caudaloso río a nuestra derecha. Se trataba del Mekong, y al otro lado se podía ver una ciudad con grandes rascacielos. Nos estábamos acercando al Triángulo de Oro, y la ciudad que adivinábamos en la otra orilla estaba situada en Laos. Más adelante, paramos en una localidad bastante animada (Sop Ruak) y subimos a una colina. Desde la cima, además de ver Laos, a un lado, al otro podíamos ver Myanmar. Estábamos situados en una triple frontera. Esta peculiar situación hizo que, en su día, esta zona fuese un lugar de contrabando, especialmente de sustancias estupefacientes. 

 Fue precisamente en un lugar tan exótico donde una pareja de turistas me preguntaron si era de Huesca al ver mi camiseta. Eran colombianos y vivían en España. Me comentaron que solían ir a Bierge de vez en cuando. El globo terráqueo se nos queda pequeño.

Primer plano: Tailandia; izquierda, Birmania; derecha: Laos
 Más allá de la belleza de las vistas, el lugar me pareció muy sugerente, tanto por su localización como por su nombre y también por las historias que se contaban sobre el mismo. Para meternos más en ambiente, visitamos un museo dedicado al tráfico de opio. Como contrapunto a tanto vicio, en mi visita al  pueblo pude contemplar un Buda gigante que vino a poner un poco de orden en este sindiós.
Un Buda es lo que hacía falta aquí

 La incursión en el Triángulo de Oro fue la última etapa de nuestro periplo por la zona. Dejando aparte alguna que otra trampa, tan comunes en este tipo de actividades, fue una buena experiencia. Pude ver muchos lugares a los que, yendo por mi cuenta, hubiera sido complicado acceder.

 A la vuelta en Chiang Rai me esperó una sorpresa que iba a redondear la jornada. Esa noche se organizaba una cena en el albergue. Habían comprado comida y en ese momento había gente preparándola. Todo a cuenta de la casa. Además de cenar gratis, el evento me sirvió para socializar y disfrutar de un ambiente inmejorable con personas de muy distintas procedencias. Esto no hay hotel de lujo que lo consiga.

Cena de enjundia


viernes, 7 de marzo de 2025

TOCANDO EL CIELO EN BANGKOK

 Como había decidido estar un día más en Bangkok, necesitaba reservar una noche más. Lo intenté en mi albergue, pero estaba completo. Así que hice de la necesidad una virtud y busqué alojamiento cerca de la estación de autobuses, situada unos kilómetros al norte. Antes de hacer el cambio, aproveché para visitar el templo cercano de Wat Pho, que destaca por la presencia de un Buda gigantesco tumbado de 46 metros de largo bañado en oro. Ciertamente, la escultura es impresionante, aunque el resto del templo, quizá porque ya había visto unos cuantos, no me llamó mucho la atención.

¡Peazo Buda!

 Un acto en teoría tan complejo como una mudanza, se facilita enormemente cuando todo el equipaje se limita a una mochila. Mi morada por tres días había cumplido su cometido con creces, aunque no fue un lugar que facilitara mucho la socialización. 

 Un viaje de algo más de media hora en metro me dejó en la estación de Kamphaeng Phet, en la zona de Chatuchak, conocida por albergar el mercado más grande del país y uno de los más grandes del mundo. Contuve mis ganas por visitarlo y caminé unos 15 minutos hasta mi albergue. El entorno donde se encontraba, difícilmente podría ser más inhóspito, junto a una autovía y una carretera elevada. Pero como se suele decir de las personas (sobre todo cuando son poco agraciadas físicamente), lo importante es el interior. Y en este caso, puedo decir que las instalaciones del alojamiento, muy modernas a la par que acogedoras, estaban muy por encima de su ubicación. Apenas iba a tener tiempo de aposentarme. Enseguida me dirigí al mercado Chatuchak, que solo abre los fines de semana. Afortunadamente, ese día era domingo y el mercado lucía en todo su esplendor. Más de 10.000 puestos, 27 secciones, 140.000 metros cuadrados... El Rastro de Madrid es una broma comparado con esto. 

El mercadillo de los domingos

 Tanto por comprar y tan barato...y yo limitado por una mochila que ya estaba casi al tope de su capacidad. Por ello no me detuve mucho en los puestos. Me limité a dar un paseo para palpar el ambiente, muy animado como era de esperar, y llené el único habitáculo que aún disponía de sitio: mi estómago. Y tampoco me sobraba el tiempo, así que me conformé la degustación de un par de platos mientras caminaba y observaba las marabuntas humanas entregadas al consumismo más desaforado. 

  A las 5 había quedado con mi cita del día anterior en la zona de Silom. Se trata de un área de oficinas repleta de rascacielos. La idea era subir a uno de ellos para observar las vistas desde la terraza de la cafetería de un hotel. Las primeras vistas que me llamaron la atención fueron las de mi amiga con su modelito rojo para la ocasión. No desmerecían tampoco las que ofrecía Bangkok visto desde las alturas, y más cuando la luz del atardecer dio paso a la ciudad iluminada. 

Mi amiga Biw: mucha lady y poco boy

 Así que allí estaba yo, lamentando no ser estrábico por momentos, teniendo que dividir mi atención entre la belleza natural de mi cita y la artificial que ofrecía Bangkok en el anochecer. Dejando aparte consideraciones estéticas, la conversación fue muy agradable y las horas que estuvimos en el local se me pasaron volando. 

Uno no sabe a donde mirar
  Sé que ustedes, mis queridos lectores, están esperando que les desvele detalles de nuestra interacción íntima, caso de haberla habido. Siento decepcionarles. La velada acabó en una despedida a pie de calle y cada mochuelo a su olivo. Pero no pierdan la esperanza, ya que yo tenía que volver a Bangkok y por ambas partes se veía con buenos ojos continuar donde lo habíamos dejado.

 Como se suele decir, el pototeo, aunque no sea consumado como fue el caso, da hambre. Así que aproveché la presencia de un supermercado 7 Eleven cerca de mi albergue para improvisar una cena de enjundia con platos preparados a precios de risa. La cadena es omnipresente en todos los rincones del país. Todos los establecimientos cuentan con un microondas que permiten calentar los productos que se adquieren allí, lo cual es perfecto para un niunclavelista como el que escribe. Un agujero más en el cinturón en un país que ya de por sí lo permite apretar bastante.

 A la mañana siguiente me tocaba abandonar Bangkok. Gracias a mi astuciosa idea a la hora de elegir la ubicación del hostel, pude ir andando a la estación de autobuses. Eso sí, fue un paseo un poco largo y no muy agradable, teniendo que atravesar autovías muy cargadas de tráfico.

 Me esperaba un largo viaje de más de 12 horas al norte del país, así que más me valía que el autobús fuese cómodo. Afortunadamente, los asientos eran amplios y no se había montado mucha gente. Además, al poco tiempo de arrancar, una azafata nos obsequió con una caja que contenía un bollo y una chocolatina a modo de desayuno, además de una botella de agua. 

Que tomen nota los de la Oscense

 Me hice una idea del abrumador tamaño de Bangkok comprobando que el vehículo empleó sus buenos 40 minutos en abandonar el paisaje urbano y para internarse en las interminables llanuras tailandesas. A medio camino paramos en un área de servicio para comer. El almuerzo estaba incluido en el billete. Tailandia me seguía dando sorpresas, y casi siempre positivas.

 Así, entre convites, paradas en algunas localidades para recoger y dejar viajeros y observando los paisajes tailandeses se me pasaron las 12 horas de trayecto. Todo había ido como la seda, aunque aún me faltaba un escollo que superar. El autobús nos dejó en la estación Nº 2 de Chiang Rai, muy distante del centro de la localidad, incluso para pateadores de enjundia como yo. A esas horas de la noche la estación estaba desierta y no había transporte público, por lo que me vi obligado a reservar un taxi utilizando Grab. Esta aplicación funciona bastante bien, aunque tiene el problema de que te no  recoje en el punto desde el que se reserva, sino que manda a un punto de recogida cercano. Y eso en un lugar desconocido y con letreros en un alfabeto distinto puede causar confusión.

 A los 5 minutos apareció un vehículo y me monté. El taxista no hablaba ni papa de inglés, así que mi intentos de confirmar mi destino fueron vanos. Al poco vi que llegaba un mensaje a mi móvil. El conductor de Grab reclamaba mi presencia en la estación. Con mucho esfuerzo y gracias al traductor del móvil descubrimos que ambos habíamos cometido un pequeño y craso error. Yo debía haber cogido otro taxi y él debía haber recogido otro pasajero. Se empezó a poner tenso el hombre y me dijo que me tenía que dejar allí mismo, en un centro comercial. Mientras, yo estaba intentándole explicar la situación al conductor original. Le pregunté que si me podía recoger allí. Pero no estaba para muchas historias y me dijo que anulara el pedido. 

 Así que me tocó reservar otro taxi. Esta vez me aseguré de elegir un punto de recogida reconocible y comprobé la matrícula, el modelo y hasta la marca de colonia que usaba el conductor. Esta vez las segundas partes fueron buenas y pude llegar sin más contratiempos a mi albergue. Un cálido recibimiento por parte de la anfitriona y su madre me hizo sentir enseguida como en casa. El ajetreo de Bangkok, el viaje de 12 horas y el sofocón a cuenta del taxi eran ya un recuerdo del pasado.


jueves, 27 de febrero de 2025

OTEANDO LA OTRA ACERA

 Como dice el famoso refrán, "allá donde fueres, pototea lo que pudieres". Siempre es bueno dejarse guiar por la sabiduría popular. Así que previamente a viajar a Tailandia me apunté a una página llamada "Thaifriendly", con la que, según me prometían, iba a encontrar el amor. Lamentablemente, esta promesa solo se estaba cumpliendo a medias, porque lo que abundaba en los contactos que estaba consiguiendo era el amor mercenario. Eso en el mejor de los casos. Porque por otro lado, también estaban otras dizque mujeres que usaban la aplicación como cebo para engancharme en operaciones con criptomonedas. No tengo nada en contra del llamado "oficio más antiguo del mundo", ni del universo de la inversión, pero como me dijo un profesor en su día, "cada cosa a su tiempo y en su lugar". Cuando ya estaba a punto de rendirme, contacté con un perfil que trabajaba en un sector no relacionado con el lenocinio y no me hablaba de las bondades de abrirme una cuenta en Binance. Además parecía simpática y aunque digan que eso no importa, a ustedes no puedo mentirles, importa mucho, sus fotos mostraban a una persona muy atractiva. ¿Demasiado buena para ser verdad? No, era un perfil auténtico. Entonces, ¿dónde está el truco? No hay truco. Bueno, hay un detalle con cierta relevancia... Se trataba de una mujer transexual. Entonces, ante la disyuntiva de tener sexo de pago, invertir en criptomonedas bajo la tutela de una desconocida o quedar con una mujer transgénero, elegí esta última. También podía no haber hecho nada, pero yo no viajo a miles de kilómetros de mi casa para seguir con mi rutina habitual. Además, hay que tener en cuenta que la presencia habitual de "ladyboys" es algo que caracteriza al país asiático, por lo que la cita iba a tener un componente cultural costumbrista. Vamos, que si me pongo estupendo, hasta podría pedir una subvención al Ministerio de Cultura, al de Igualdad, o a ambos dos.

Un buen pototeador tiene que estar bien alimentado

 Para una cita, y más siendo poco habitual como la que tenía, hay que ir bien alimentado. Por ello, acudí a un restaurante vegetariano situado cerca de mi albergue. Que fuera vegetariano, no quiere decir que fuera inofensivo. Los platos que me pedí, guiado solamente por su aspecto visual, picaban como demonios, por lo que ni siquiera pude terminarlos. Encendido por el ardor estomacal, me dirigí a mi cita, que iba a ser en la zona de Siam. Se trata de una zona comercial situada a aproximadamente una hora de donde me encontraba. Aprovechando que tenía tiempo de sobra, decidí ir caminando hacia mi destino. Como creo que he dejado claro en mis anteriores entradas, Bangkok no es el lugar ideal para darse un paseo. Pero en este caso, dejando aparte algunos tramos de tráfico denso, pude transitar por calles más o menos soportables y observar algo del día a día de los sufridos vecinos de la capital tailandesa. En el camino me preguntaba si acudir a una cita de esas características era de ser muy hombre o muy poco hombre. Pero a estas alturas de mi vida, tampoco es que sea algo que me preocupe demasiado.

El futuro ya está aquí

 
La zona de Siam me sorprendió por su ambientación futurista. Trenes elevados, pasarelas peatonales, anuncios luminosos, rascacielos... Enseguida volví al presente en cuanto apareció mi cita. Contrariamente a lo que suele suceder, el filtro de la realidad, le sentaba mejor que el de sus fotos. Además de ser alta y tener un tipo estupendo. Con esas características, uno pensaría que se trataría de una "cara estaca" o una persona soberbia. Nada más lejos de la realidad. Se mostró muy simpática y accesible. De hecho, ese día estaba trabajando, y dejó sus faenas (no debía tener un día muy ocupado) para estar hablando conmigo durante bastante rato. Lo único malo de la cita fue la clavada que nos metieron en el local (Starbucks). Para que se hagan una idea, con lo que me costaron las dos consumiciones, me podría haber dado un masaje tailandés de una hora. Pero esa clavada se da por bien empleada por el rato tan agradable que pasé.

 Y si en el Starbucks me habían tomado el pelo de forma figurada, en otro humilde local que encontré en mi camino de vuelta, lo iban a hacer de forma literal. Un trámite como un simple corte de pelo, puede ser una nueva experiencia si se hace como parte de un viaje al extranjero. Cuando hay interés y ganas, las barreras de comunicación se salvan fácilmente. Aunque el peluquero no hablaba inglés (ni yo tailandés) nos pudimos apañar. Me enseñó unas fotos de modelos capilares y elegí un corte degradado que iba a causar furor durante mi viaje. Además, para rematar la faena, me puso una toalla caliente por el cuello y me hizo un masaje. Todo por 140 baths (4 €), que completé con una merecida propina.

Como niño con peinado nuevo

 El crepúsculo se estaba apoderando de Bangkok. La zona de Chula estaba plagada de restaurantes y puestos de comida. La desbordante vitalidad de la ciudad, que al principio me abrumaba, estaba empezando a conquistarme. A tal punto de que, aprovechando la flexibilidad con la que había programado mi viaje, decidí quedarme otro día en la capital. También influyó en mi decisión la buena disposición de mi cita para volver a vernos al día siguiente. ¿Cruzaría la última frontera?

Chula: por fin algo de turismo nominal


jueves, 13 de febrero de 2025

SEGUNDO DÍA EN BANGKOK: PENITENCIA PARA EL ALMA Y PARA EL CUERPO

 Tras la noche pecaminosa, el nuevo día me permitía expiar mis pecados relacionados con la lascivia visitando algunos de los numerosos templos con los que cuenta la ciudad.

 Mi primer destino fue el denominado Gran Palacio de Bangkok, situado a una distancia fácilmente caminable de mi albergue. Se trata de un complejo de edificios que incluye el antiguo palacio real y algunos templos. La cosa prometía, y más cuando comprobé las oleadas de turistas que se encaminaban al lugar. Miles de personas no pueden estar equivocadas. 

 El acceso al complejo es bastante raro. Se tiene que bajar por unas escaleras mecánicas a un gigantesco subterráneo desde donde se pueden tomar distintas salidas. Una de ellas lleva a la puerta del Palacio. 500 baths me costó la broma. Menos mal que se podía pagar con tarjeta. El efectivo es un valor preciado en Tailandia. En muchos sitios es la única forma de pago admitida. El caso es que no puedo decir que esos 15 € al cambio fueran una buena inversión. El conjunto monumental tenía su aquél, pero a mí no me dijo mucho. A ello contribuyó la gran cantidad de gente que abarrotaba el complejo. Casi antes de abandonarlo vi que había un museo de trajes incluido en la entrada, entre los que se podían ver modelitos de la reina de Tailandia. Fue lo único que me llamó la atención de la visita.

El Palacio no me acaba de convencer 

 A la salida del recinto me agencié un sombrero Trilby para sobrellevar el sol tropical y me dispuse a pasar el Rubicón. En este caso el Chao Prayha, que es el río que atraviesa Bangkok. En el muelle se podían coger barcos que hacen una ruta entre paradas (como una línea de metro pero por el río), unos barcos turísticos que te enseñan la ciudad  o uno que simplemente pasa de lado a lado sin complicarse la vida. Ese es el que me convenía, sobre todo por su bajo precio (4,5 baths). En un santiamén estaba en la otra margen, donde me encontré un bullicioso mercado frecuentado en su mayoría por gente local. Es curioso como a los turistas nos gusta encontrar lugares para no turistas, como si renegáramos de nuestra naturaleza. El caso es que yo estuve tan a gusto chafardeando por los puestos, con precios realmente económicos pero con la pena que supone la limitación de viajar sin una maleta digna de tal nombre a la hora de adquirir mercancías.

Atascos hasta en el río

 Di un paseo por la margen derecha del Chao Prayha hasta que me encontré con un templo (Wat Arun). En este solo cobraban 200 baths, y además daban una botella de agua con la entrada, así que decidí visitarlo. Esta vez acerté de pleno. La decoración del edificio, a base de conchas marinas, le da un toque peculiar. Además, me metí en uno de los templos, me puse en la postura del loto mirando a Buda y, por primera vez desde que había puesto el pie en el aeropuerto de Madrid, encontré la calma.

Este sí que me gustó

 Con algo más de claridad mental, volví a la margen izquierda del río tomando otro barquito desde un muelle situado junto al templo y seguí pateando la ciudad. Un turista cutre como quien les escribe no podía dejar de visitar Khao San Road, la denominada "zona de los mochileros". Se trata de un conjunto de calles repletas de bares, puestos de venta y alojamientos enfocados a los visitantes extranjeros que acuden a la capital tailandesa. Resumiendo, es un concentrado de los tópicos que uno espera cuando visita el país asiático. Contrariamente a la tónica poco amable para el peatón que caracteriza Bangkok, las calles de Khao San Road son tranquilas y apacibles para el paseo, aunque en algunos tramos la densidad de viandantes sea un poco elevada. Aproveché mi visita para hacerme con una guía de viajes de segunda mano, muy actualizada y sobre todo, a un precio más que competitivo. Ya podía visitar el país convenientemente informado.

Khao San Road

 Entre los numerosos cantos de sirena que sonaban por Khao San Road a un viajero ávido de experiencias locales como yo, destacaba el de los masajes tailandeses. La cantidad de locales que ofrecen ese servicio en el país es enorme. Como también es habitual que el personal de los mismos (mayoritariamente femenino) esté en la puerta intentando captar clientela. Si me dieran un euro por cada vez que escuché la palabra "massage" al pasar delante de uno de estos locales en mi viaje, ahora sería cieneurista. 

 En este caso, hice gala de mi sangre fría, asociada a mi ya mítico niunclavelismo, para postergar la experiencia y acudir a un salón más económico, que había visto en una calle menos comercial. En el imaginario colectivo (o por lo menos el mío), la idea de un masaje tailandés implica la presencia de una señorita de muy buen ver haciendo unos pases sensuales y delicados. Ese constructo mental se empezó a resquebrajar cuando comprobé que mi masaje iba a ser realizado por un congénere. Y se derrumbó totalmente cuando el buen señor empezó a apretarme los gemelos con tanta fuerza que pensaba que me los iba a arrancar. Es que un masaje tailandés bien hecho (y este lo era) no consiste en suaves caricias. Implica presiones profundas y el uso de la fuerza. No se puede decir que pasara un rato plácido y agradable, pero la sensación que dejó en mi cuerpo fue intensa y reparadora. Y el precio, de escándalo. 250 baths (poco más de 7 euros) por una hora.

 Los masajes tailandeses, aparte de dejarte molido y provocarte agujetas por todo el cuerpo, dan mucha hambre. Nada mejor para solucionar esta circunstancia que un paseo por Chinatown. Su calle principal era un hervidero de puestos callejeros de comida, bares y restaurantes. Aproveché la gran oferta y lo competitivo de los precios para hacer probatinas de todo tipo a cuenta de mi estómago, que resistió bien el envite. Así, manjares desconocidos por mis lares españoles como bolas de taro fritas o el helado de durián engrosaron mi lista de experiencias culinarias. Con este epílogo gastronómico di por concluida mi jornada y me retiré a mi albergue, que estaba a una distancia razonable y paseable. Mis problemas para conciliar el sueño a una hora decente continuaban, pero cuando estoy de viaje siento una energía casi inagotable, por lo que no me preocupó demasiado.

Foto desenfocada de Chinatown: si no les gusta, no entienden de arte

 Bangkok seguía siendo una ciudad áspera y abrumadora, pero estaba empezando a apreciar lo mucho que puede ofrecer a quien esté dispuesto a darle una oportunidad de conocerla.

viernes, 31 de enero de 2025

GOLFEANDO POR BANGKOK

 Astuciosamente, había reservado mi albergue junto a una parada de metro (Sam Yoit). Este detalle, importante en cualquier ciudad, es capital en una megalópolis como Bangkok, un lugar muy poco amable para el peatón. Así que, una vez que me situé espacialmente al salir de la estación, un breve paseo de apenas 3 minutos me dejó en mi destino.

 La idea que llevaba in mente de encontrarme con un lugar cutre y lleno de insectos se desmoronó cuando descubrí que había reservado un albergue moderno, limpio y con instalaciones dignas de un buen hotel. La cama era grande y contaba con una cortina que conseguía crear una cierta sensación de intimidad, a pesar de compartir cuarto con varias personas.

Calles bulliciosas 
                    

 Dicen que los malos tragos es mejor pasarlos cuanto antes. Así que no perdí mucho tiempo tomando posesión de mi nueva morada y salí a explorar los barrios rojos de Bangkok. Estaban bastante alejados de mi ubicación, por lo que tomé de nuevo el metro hasta la estación de Sukhumvit. A la salida, más me costó orientarme que llegar a mi destino, que no era otro que la calle Soi Cowboy. Era más bien corta, pero se me hizo muy larga (ojo al doble sentido). Se trata de una travesía rica en deslumbrantes luces de neón y alta en decibelios que provienen de numerosos bares de gogós. Pueblan la calle un gran número de señoritas muy ligeras de ropa que intentan seducir a los potenciales clientes para que entren a sus locales.  Ciertamente, creo que el cuerpo femenino es digno de admirar, pero tantos de golpe y con tanto  estímulo auditivo y lumínico  me saturaron rápido. Así que, con paso firme y evitando mirar directamente a las empleadas, conseguí llegar de una pieza al final de la calle.  No ha quedado en mi memoria de este evento ninguna de las estridentes melodías que salían de las puertas de los baretos. Muy a juego con el nombre de la calle, esta visita me ha hecho recordar la melodía de una de las series de dibujos animados que veía en mi infancia (Lucky Luke). En su sintonía de cierre decía: "Soy un cowboy solitario, siempre lejos de su hogar...cabalgando sin cesar...".

 Mi siguiente hito era una zona un poco más amplia llamada Nana Plaza. No estaba muy lejos, por lo que me di un paseo siguiendo una muy concurrida avenida. Sin llegar a la densidad de Soi Cowboy, no faltaban en esta travesía mujeres de muy bien ver interesadas en hacer negocios carnales. Hice un alto en el camino y me senté a comer un tentempié cuando una jovencita muy discreta me miró sonriente. Viendo que su aspecto distaba mucho de la señoritas de la zona, y revelando mi ingenuidad, le di un poco de conversación hasta que me ofreció "pum-pum". Cortésmente decliné su oferta y seguí mi camino.

 Enseguida llegué a Nana Plaza. Se trata de una galería comercial de 3 pisos que dan a una pequeña plaza. En ella se concentran decenas de bares con las mismas características que los referidos en la calle Soi Cowbow. Se le conoce como "el patio de recreo para adultos más grande del mundo". Aun sabiendo que no era un lugar de mi agrado, no pude evitar recorrerme las tres plantas. Eso sí, manteniendo mi estrategia de paso firme y mirada al frente, que fue suficiente para pasar sin pena ni gloria por el lugar.

Mi noche loca por los tugurios bangkokenses ya no podía dar más de sí. Con un grado más de golfería quizá hasta me hubiese divertido, pero no es el caso. Ya no había metro a esas horas, por lo que podía coger un taxi (lo más lógico) o volver andando (lo más barato). Como era de esperar dada mi trayectoria, se impuso la segunda opción. Nada mejor que una caminata de un par de horas para tomarle el pulso a una ciudad. La impresión que me quedó en esta primera toma de contacto es que Bangkok no es una ciudad armónica desde el punto de vista arquitectónico (hablando en plata, es fea de cojones), que a cualquier hora del día y de la noche hay movimiento humano y que los pasos de cebra están de adorno. También, y por fortuna, se trata de un lugar seguro. Ya fuera por calles atestadas de gente como por zonas solitarias, en ningún momento vi amenazada mi integridad. Sí lo fue, sin embargo, puesta en entredicho mi libertad sexual. Andaba cerca de mi hostel, cuando una mujer ya talludita y poco agraciada me abordó abruptamente y me agarró del brazo intentando arrastrarme a los pecados de la carne. Con esas formas, ni aun siendo Miss Tailandia (nada más lejos), me hubiera puesto en situación.

 La caminata y los acontecimientos vividos me habían abierto el apetito. Aún no me fiaba de los puestos callejeros, por lo que elegí un Burger King para mi primera cena en el país. Intenté buscar el toque local eligiendo un plato de arroz con pollo rebozado que me reveló la tendencia que iba a marcar mis experiencias culinarias tailandesas: precios más que competitivos y abuso del picante.

 Alta cocina tailandesa
                                           

 Sin más incidentes que reseñar, llegué al albergue. La cama era cómoda y estaba cansado del vuelo, las pateadas y las emociones vividas. Además, mi habitación estaba huérfana de motosierras.  En esas condiciones Morfeo no debería haberse hecho esperar mucho. Pero el jet lag (6 horas de diferencia tienen la culpa) hizo que hasta pasadas las 3 de la madrugada no consiguiera pegar ojo. 

 La primera impresión que me había brindado Bangkok no había sido muy positiva. Una ciudad bulliciosa, caótica, con un tráfico infernal, aceras estrechas (en el caso de que las hubiere), ruidosa e impregnada de olores muy fuertes y poco agradables. Mientras daba vueltas en la cama me preguntaba si las tres jornadas que había programado pasar en la capital iban a ser demasiadas.

martes, 28 de enero de 2025

RUMBO A SIAM

 La vida del funcionario es cómoda pero, en general, poco emocionante. Esa es una de las razones de mi largo periodo sin publicar en el blog. Espero que me disculpen mis estimados lectores, a los que les prometo un buen ramillete de entradas con bastante miga en las próximas semanas.

 Durante 2024 apenas me tomé días libres. Eso ha hecho que, para evitar perder días de vacaciones, me viera obligado a tomarme libre casi todo el mes de enero. Haciendo de la necesidad una virtud, aproveché ese periodo tan poco asociado en nuestras latitudes con las vacaciones para viajar a tierras con climas más cálidos que los que nos ofrece nuestro invierno.

 Tras estudiar las diversas opciones y comparar precios, decidí que mi destino iba a ser Tailandia. Lo malo es que apenas tenía referencias de los lugares a visitar. Le pregunté a mi jefe, que había estado el año anterior y me dio un esquema básico: Bangkok, la zona de Chiang Mai, al norte (montaña) y las islas al sur. Suficiente para ir tirando.

 Los días previos consulté todo tipo de guías y foros para ir haciéndome una ruta, pero tanta información me abrumaba. Así que me limité a reservar mis 3 primeras noches en Bangkok y ya iría montando el viaje sobre la marcha.

 Había que apurar las fechas para maximizar mi estancia, evitando los días más críticos. Así que contraté un vuelo que salía el día 1 de enero desde Madrid. Eso hacía que no pudiera pasar la nochevieja con la familia en Huesca. Tampoco me apetecía ir a un cotillón ni tenía plan para ello, por lo que me iba a tocar afrontarla en solitario. Pero como dijo el popular marinero Chanquete, uno nunca está solo del todo. Así que esa tarde me junté con mis compañeros de carreras por el Retiro y aparte de despedir el año trotando, que está muy bien, hicimos un humilde e improvisado brindis de fin de año comprando bebidas en un bazar oriental. Para mí esto fue mucho mejor que pasar la noche en un garito bebiendo y gastando sin freno. 

Brindis con mis panas de Retiro Running

 Por poco dinero me monté una cena de campanillas y disfruté de un maratón de documentales de Queen que echaban por televisión. Me acosté pronto para reservar fuerzas ante el largo vuelo que me esperaba.

 A fe que me iban a hacer falta esas fuerzas. Al hacer la facturación del vuelo me indicaron que iba con retraso. Y no pequeño. Nada menos que 7 horas. Dado que mi casa está bastante cerca del aeropuerto, barajé la idea de ir a echarme una siesta y volver más tarde. Pero me advirtieron de que existía la posibilidad de que se buscase una solución alternativa y ese retraso se redujese. Por ello me recomendaron que me quedara en el aeropuerto. Además me ofrecían una comida durante el tiempo de espera. Pensando que las posibilidades de que perdiera el vuelo si me volvía a casa eran pocas, pero el resultado hubiera sido catastrófico, me quedé esperando. La comida, consistente en un pollo (o algo parecido) rebozado con patatas ya frías y una ensalada de batalla, en poco o casi nada contribuyó a paliar las molestias de la espera.

Casi mejor pasar hambre

 Las 7 horas se acabaron convirtiendo en 8. Y más que la tediosa espera en el aeropuerto, me preocupaba si íbamos a llegar a tiempo de tomar el enlace a mi segundo vuelo en Amán.

 En todo caso, una vez montado en el avión, poco podía hacer. Esta primera parte de mi periplo transcurrió en un avión un tanto cutre. Los asientos no tenían pantalla de entretenimiento y mi bandeja no estaba bien sujeta por lo que se caía continuamente. Yo me esperaba algo más lujoso de una compañía llamada Royal Jordanian, además de un poco más de puntualidad.

 Mis peripecias en el aeropuerto de Amán, tampoco ayudaron a mejorar mi impresión del país mediooriental. Nada más llegar, vi que el vuelo a Bangkok aún no había salido, por lo que, cual si fuera un aeroplano de Royal Jordanian, volé sobre los pasillos del aeropuerto para llegar a tiempo. Pero no iba a ser tan fácil. Al doblar una esquina me esperaba un control de equipajes. ¿Para qué? Si ya llegaba de un vuelo...  No contentos con detener mi avance, me revisaron la mochila, con la espera correspondiente. Luego le pregunté a un empleado por dónde tenía que seguir para coger el vuelo y al enseñarle el billete, vio la hora de embarque y me dijo que ya había salido. Estaba en Babia el hombre, así que seguí a otro pasajero más despierto y conseguí llegar a la puerta de embarque, donde acababa de comenzar la entrada al avión. A falta de explicaciones oficiales, no sé realmente qué pasó. Si el vuelo esperó a los enlaces o también se retrasó por razones endógenas. En todo caso, iba a poder llegar a Bangkok, lo haría a una hora razonable y además me evitaba la escala de 3 horas en el aeropuerto. No salí tan mal parado.

 Esta segunda parte del vuelo era más larga, pero el avión era más competente. No se me caía la bandeja y en la pantalla de entretenimiento pude ver algún telefilme. La comida estaba bastante bien, así que, aunque el viaje fue un tanto accidentado, no se puede decir que se me hiciera muy pesado.

 Se acercaba la hora de llegada y mi inquietud aumentaba. ¿Sería capaz de llegar en metro a mi alojamiento? ¿Conseguiría agenciarme con éxito una tarjeta SIM local con datos? Similares inquietudes rondaban a mis compañeros de asiento, una pareja menorquina con la que no tardé en hacer buenas migas. Decidimos afrontar en equipo nuestros primeros pasos tras el aterrizaje. Cuando uno llega a un país extranjero (y Tailandia es muy extranjero respecto a España) siente una sensación de orfandad. En este caso fue sustituida por otra de hermandad. No tardamos en encontrar un puesto donde una eficaz a la par que encantadora empleada nos instaló en un santiamén las tarjetas de teléfono tailandesas a pesar de que sus largas uñas de fantasía no eran las más indicadas para un trabajo tan minucioso. Tampoco supuso mucho problema comprar los vales de metro en las máquinas y dirigirnos a nuestro destino. Compartimos un tramo en el tren y nos despedimos. Me enfrenté a partir de allí en solitario a una travesía por el antiguo Reino de Siam que no me iba a dejar indiferente, y espero que a ustedes, mis queridos lectores, tampoco.

viernes, 8 de marzo de 2024

BOGOTÁ: UN POSTRE UN TANTO INDIGESTO

  De buena mañana abandoné Armenia en autobús, rumbo a Bogotá. Como parece haber quedado claro tras mi últimas entradas, la capital del Quindío no es la ciudad más recomendable del mundo. Aun así, hubo gente de Armenia que me previno, mostrándome un panorama mucho peor respecto a la ciudad de Bogotá. Mi avión salía de allí y ya tenía la reserva del albergue hecha, así que seguí mi plan previsto sin alteraciones.

 Los bonitos paisajes y las pocas ganas que tenía por llegar a mi destino, hicieron que el largo trayecto en autocar no se me hiciera muy pesado. No perdí mi oportunidad para seguir haciendo probatinas gastronómicas en una humilde área de servicio. Probé el tamal (una masa de carne envuelta en hoja de plátano) y una bebida llamada masato, de sabor ligeramente ácido. ¿Cuál es el peor trato que puede darle el personal a un cliente en un bar? Escupirle en la bebida. Eso pensaba que me habían hecho cuando me informé de que al elaborar la receta tradicional del masato, la persona que lo prepara utiliza su propia saliva para ayudar en la fermentación. 

 Los efectos que semejante mejunje estaban obrando en mi organismo me preocupaban bastante poco comparado con el temor que me inspiraba la megaurbe que conforma la capital de Colombia. Conforme nos internábamos por sus atestadas y amenazadoras (al menos para mí) avenidas, aumentaba mi inquietud.

 Una vez en la estación, me empecé a relajar un poco comprobando que nadie me venía a asaltar y la gente andaba tan confiada por los pasillos. En previsión de posibles incidentes, o aún peor, una clavada de enjundia, reservé un taxi a través de una popular aplicación. Al rato, el conductor me llamó y me comentó que para entrar en la estación tenía que dar un rodeo muy largo. Me pidió que saliera a una avenida a encontrarme con él. No es el recibimiento más plácido para un turista atemorizado, pero por fortuna pude localizar el vehículo sin muchos problemas. 

La Candelaria: calles con encanto añejo

 Mi albergue estaba situado en la zona de la Candelaria, que fue el núcleo a partir del que se originó la ciudad. Abundan en ella los monumentos, iglesias, y elementos arquitectónicos destacados. Su particular estilo recuerda mucho al de las zonas antiguas que puede haber en algunas localidades de Castilla La Vieja o Extremadura, aunque con más colorido.

 En consonancia con su entorno, mi alojamiento tenía un encanto especial. Estaba situado en una casa solariega reformada y contaba incluso con chimenea. Se trataba de un remanso de paz en la ciudad más bulliciosa de un país no precisamente tranquilo como Colombia.

Un oasis de paz, en un desierto de agitación

 Era viernes por la noche, y la Candelaria, si en algo destaca, es por su animación nocturna. Así que me confundí entre la juventud, como si fuese uno de ellos y salí a dar un voltio por la zona. Mi inspección me sirvió tanto para valorar el encanto arquitectónico de la zona como para comprobar que, sin llegar al nivel de Armenia, Bogotá cuenta con un número significativo de vagabundos pedigüeños. Menos mal que ya tenía el callo hecho y pude retirarme a descansar sin incidentes que merezca la pena nombrar.

 Al día siguiente tenía planeada una excursión a Monserrate,  un  imponente cerro que constituye un más que necesario pulmón verde para la harto congestionada ciudad de Bogotá. Se puede acceder a la cumbre utilizando un teleférico o caminando por una senda. Huelga decir cual fue la opción que elegí, aunque por razones de fuerza mayor, tuve que decantarme por la primera. 

A correr se ha dicho

 Cuando llegué a las faldas de la montaña, observé un gentío y un bullicio inesperados. Se trataba de una carrera de montaña que partía de allí y concluía en la cima. Como consecuencia de ello, los accesos a pie al cerro estaban vetados durante toda la mañana para visitantes. Sin posibilidad de apuntarme a la carrera ni tomar el camino de subida, me vi obligado a utilizar el teleférico. 

 El día había salido bastante nublado, por lo que las vistas desde la cima de Monserrate, uno de los mayores atractivos de la visita, se veían comprometidos. Mientras el funicular iba ganando altura, las nubes se iban cerrando más. Así que cuando llegué a la cima, la densa niebla que la rodeaba impedía cualquier atisbo de vista panorámica. Sin mucho que hacer en el lugar, esperé a que llegaran los primeros atletas de la carrera y descendí de vuelta a la ciudad. 

No lo vi nada claro

 Esperando tener más suerte que en mi visita a Monserrate, me dirigí a una céntrica plaza donde comenzaba el "Free Tour", que nunca puede faltar en mis viajes. El paseo por las zonas más emblemáticas del centro de la capital fue más que interesante. Aunque se pasó de puntillas por el periodo virreinal, que era el que más curiosidad me despertaba. Al llegar a una plaza nos encontramos una peana huérfana de estatua que sustentar. Se nos explicó que recientemente se había vandalizado la figura de Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de la ciudad. Más allá de la discusión sobre lo que nuestros antepasados hicieron en tierras americanas, es evidente que fundar una ciudad, y más una tan importante como Bogotá, es un hecho destacable y positivo. Aunque los que en su día deshonraron su figura hablaron de él como "más grande masacrador, torturador ladrón y violador". Estos personajes cuyo único mérito es la difamación y el vandalismo urbano y que para mayor INRI ni siquiera son bogotanos, no le llegan ni a la suela de los zapatos a don Gonzalo. Y a las obras me remito.

 En un intento de restablecer la figura del fundador de la ciudad, y por extensión de los conquistadores españoles, había conseguido agenciar dos citas para esa tarde-noche. Debería haber aprendido de mi no del todo exitosa experiencia en Cartagena. Pero a veces, el sentido del honor exige sacrificios que hay que asumir.

 Por si no me estuviera complicando suficientemente la existencia, se me antojó visitar la Zona Rosada, una de las áreas más acomodadas de la ciudad, que cuenta con gran número de bares, clubes y restaurantes. Para ello tenía que tomar el Transmilenio. Se trata de un intento, no del todo exitoso, de descongestionar el pesado tráfico que soporta la capital. Las líneas de autobús que la componen cuentan con carriles exclusivos, lo cual limita bastante el tiempo de unos trayectos que, en condiciones normales serían mucho más lentos. Ciertamente es un alivio, y funciona razonablemente bien. Pero lo que pide a gritos una ciudad como Bogotá es un metro en condiciones. 

 El trayecto era amenizado por todo tipo de personajes (en su mayoría venezolanos) que tanto podían cantar un rap, venderte cualquier cosa o contarte su lacrimógena historia para ganarse unos pesos. No había descanso. En cuanto uno de ellos se bajaba del autobús, otro entraba presto a ocupar su lugar y en ocasiones hasta se solapaban.

 Con más pena que gloria pasó mi visita por la Zona Rosada. A esas horas de la tarde apenas había actividad, y no vi nada que me llamara la atención especialmente. Por lo visto, lo más destacable del lugar es su vida nocturna. Yo iba a tener bastante movida esa tarde-noche, pero no en ese lugar.

 El día se me empezó a complicar cuando mi primera cita me propuso quedar en un centro comercial al que, según ella, era muy fácil acceder a utilizando el Transmilenio. Aunque a la sazón yo estaba viviendo en Madrid, mi pasado oscense se dejó notar cuando en un momento me di cuenta de estaba montado en un autobús que no sabía a donde iba y no tenía ni idea de dónde estaba. Dando más lástima que otra cosa, conseguí que mi cita accediera a acercarse a la Candelaria, que era donde tenía mi alojamiento y me podía orientar mínimamente. Ahora el problema era volver allí. El autobús seguía su trayecto impertérrito mientras yo empezaba a desesperarme. Una amable pasajera detectó mi agobio y se ofreció a ayudarme.  Me explicó donde debía bajarme y qué línea debía tomar para llegar a mi destino. Menos mal, porque a saber dónde podía haber acabado. Aun así, a pesar de las indicaciones, tampoco tenía muy clara la estación donde debía apearme tras cambiar de línea. Se me apoderó la impaciencia y me bajé antes de tiempo. Por suerte contaba con una ayuda. La calles bogotanas se sitúan en forma de damero de norte a sur, en una disposición paralela a la sierra. Gracias a ello pude orientarme y, por lo menos, saber la dirección en la que me tenía que mover para acabar llegando al centro. El problema es que me encontraba en una zona un tanto áspera, en una avenida de cuatro carriles que acababa pasando debajo de un viaducto. No parecía la zona más segura de Bogotá, así que empecé a caminar con paso firme intentando no mostrar mis inseguridades. No fue un paseo plácido pero, afortunadamente, al rato encontré una calle que me conducía a la plaza Bolívar, donde había estado esa misma mañana en el tour. Allí nos había advertido la guía de dos lugares que era mejor evitar. El primero era el barrio de Egipto, situado en la falda de la montaña. El segundo era la zona que estaba recorriendo en ese momento. 

Plaza Bolívar:¡Salvado!

 Con la tensión en el cuerpo aún presente, me encontré con mi cita. Afortunadamente, su carácter cálido y amistoso hizo que mi presión arterial volviera pronto a sus valores habituales. Me contó que era la primera vez que hablaba con un español en persona, y parecía que le hacía ilusión. Es curioso comprobar como lo que para unas personas es rutina, para otras es exotismo. La cita fue muy agradable, pero mi compañera se tenía que retirar a una hora decente. Yo, que no lo soy tanto, aproveché para cuadrar la segunda cita. Otra compatriota suya, con más ánimo festivo ocupó su lugar. Era sábado noche y la zona estaba muy animada. Nos tomamos un par de chichas (bebida alcohólica típica de la ciudad) que parecieron espolear a mi amiga, a la que se le apoderaba el baile. No era mi caso. Al día siguiente me esperaba un madrugón de enjundia y se me estaba acabando el efectivo. Viendo que mi compañera me había otorgado la prerrogativa de abonar las consumiciones en exclusiva, que me tocaba sacar dinero en un cajero (con el consiguiente riesgo y la comisión asociada) y que en el rato que llevábamos mi corazón no había caído aún rendido a sus encantos, decidí que lo mejor sería concluir la cita. No se lo tomó muy bien. Pero no siempre se puede agradar a todo el mundo. Esa noche lo había conseguido con una de dos. Tampoco es mal porcentaje.

 Gracias a mi espantada, pude dormir un poco esa noche. Pero todavía de madrugada tomé un taxi rumbo al aeropuerto. Mis sudores y ajetreos del día anterior en el Transmilenio iba a ser pecata minuta con lo que me esperaba allí. 

 No me funcionaba el "checking-online" por lo que tuve que hacer cola para sacar mi tarjeta de embarque. Por suerte iba con tiempo de sobra. Pero sólo había dos mostradores abiertos, por lo que la cola avanzaba más lentamente de lo deseado y me demoré bastante. Solo me faltaba pasar a la zona de embarque y esperar tranquilamente mi vuelo. Pero me encontré con una cola kilométrica. Y no contenta con ser kilométrica, tampoco avanzaba. Mientras mi margen de maniobra menguaba inexorablemente, me preguntaba cómo iba a salir de esa, y sobre todo, cuánto dinero me iba a costar. Parece ser que el aeropuerto cuenta con un déficit de empleados de inmigración y ese día se estaban dejando notar sus efectos con toda su crudeza. Viendo cómo estaba el panorama, a alguien se le debió encender una bombilla y la cola empezó a moverse. No sé si metieron más personal o éste se relajó en su celo, pero el milagro se produjo. No se puede decir que llegara muy sobrado, pero conseguí entrar en mi avión a tiempo. Las 10 horas de vuelo fueron un agradable pasatiempo comparado con los percances que me habían ocurrido en las últimas horas.

 Y así concluyó mi viaje por tierras colombianas.  Lo que me llevó a ellas fue un retiro de calma e introspección. Aunque lo que mayormente me encontré fue una sucesión de acontecimientos en un entorno bullicioso y agitado. Todos los momentos de apuro que pasé en mi periplo, se dan por bien empleados por haber podido visitar una tierra con unos paisajes cuya belleza solo es comparable a la del corazón de sus gentes.