A pesar de que mis viajes distan mucho de ser las clásicas vacaciones de quedarse en un sitio y descansar, normalmente aún me cansa más prepararlos. Este año no iba a ser una excepción, ya que, además mi plan era bastante ambicioso y complejo.
Tras conocer la mayor parte de Europa, y haber visitado los Estados Unidos y Puerto Rico, le tocaba el turno a la aún desconocida para mí Sudamérica. Entre tanto donde elegir, aproveché que un amigo está viviendo en La Paz para incluir la ciudad boliviana en mi ruta.
Inspirado por mis amigos del blog de viajes "Nos vamos de rutica", que en su actual vuelta al mundo hicieron una ruta por el sur del Perú antes de pasar a Bolivia, incluí al país andino en mi plan.
El otro ingrediente en la coctelera era la mítica isla de Cuba, que hace años espera mi visita, no sólo por motivos sociales, culturales e históricos, sino también por inspirar uno de mis videojuegos favoritos: Trópico.
Después de documentarme exhaustivamente, darle alguna vuelta de más al coco y ayudado por el siempre eficaz Skyscanner, perfilé una ruta con los siguientes etapas:
-Iba a empezar por visitar Cuba. Para optimizar los días de viaje, compré un billete de avión a Holguín, en el indómito Oriente de la isla, para acabar 9 días después en La Habana.
-De la capital cubana reservé un vuelo a Lima, con escala en San Salvador. Habiendo leído que la capital peruana es una ciudad caótica, estridente y ajetreada, decidí saltármela y programar un vuelo a Cuzco, tras unas horas de escala en el aeropuerto limeño.
-Desde Cuzco iría viajando por tierra hacia el sur para acabar internándome en tierras bolivianas,llegando a La Paz.
-El vuelo de vuelta a España iba a ser desde Sucre, lo cual me permitiría visitar algo del sur de Bolivia.
El vuelo de Madrid a Holguín me tenía algo inquieto. Lo había comprado a través de una web de reservas y al consultar la página de la compañía (Flexflight) no aparecía. Por lo visto se trataba de un vuelo chárter. Por si acaso, cada cierto tiempo consultaba en checkmytrip (voy a tener que acabar por cobrar la publicidad) hasta que 5 días antes de la salida la página me alertó de que el vuelo dejaba de estar confirmado y me conminaba a ponerme en contacto con mi agencia de viajes.
No tardé en llamar a la web, que me dejó a la espera con una machacona música de fondo mientras "sus líneas estaban ocupadas". La situación se empezó a poner complicada. Sólo unos días antes del comienzo de mi viaje, tenía el vuelo de ida (del que dependían los demás) en entredicho y no había forma de ponerme en contacto con la agencia.
Volví a llamar unas horas después y esta vez pude, por fin, hablar con una persona. Le expliqué la situación y, tras hacer una consulta, me dijo que el vuelo había sido cancelado y que no encontraban uno equivalente en fechas próximas, por lo que me podían reembolsar el dinero si lo solicitaba. Así lo hice y me dijeron que el reintegro se demoraría entre 2 y 6 semanas. No era eso lo que me preocupaba, aunque caradura tienen un rato, sino encontrar un vuelo a Cuba a precios decentes a esas alturas de la jugada.
Mis primeras búsquedas fueron desoladoras. Vuelos de más de 30 horas con escala en Rusia a casi 1000 euros, se situaban entre los más asequibles. Menos mal que se me apareció la Virgen (en este caso la del Puño) y encontré un vuelo directo a La Habana por un precio mucho menor, 3 días después de mi fecha original. Eso me limitaba la ruta a seguir por Cuba, ya que, amén de disponer de menos días, el lugar de entrada y salida del país era el mismo. Pero por lo menos no me iba a dejar un riñón en el intento.
Ya reservados todos los vuelos, dejé cerrados los alojamientos en Cuba y en algunos puntos claves del resto de la ruta.
Como he dicho al principio, preparar los viajes me cansa casi tanto como hacerlos. Así que tras tanto ajetreo mental, hubiera necesitado un descanso. Pero mi viaje comenzaba. Ya habría tiempo de reponerse por el camino...o no.
martes, 30 de agosto de 2016
viernes, 3 de junio de 2016
Carrera Lee Valley Velopark. Como Perico en Luxemburgo.
Una de las cosas que
más me gustaban de mi periodo en Inglaterra era la gran cantidad de carreras
que se organizaban en Londres y alrededores. Así, era posible correr un par
cada fin de semana, siempre que las piernas, el trabajo y el bolsillo lo
permitiesen.
Aprovechando mi última
visita a Londres, sólo tuve que plantearme qué día quería correr y me apunté a
la prueba que tocaba. En este caso se trataba de una modalidad que no me acaba
de hacer mucha gracia, y no es otra que aprovechar la coyuntura para juntar
varias distancias y que cada cual elija la que más le convenga. Ésto no sólo
genera cierta confusión, sino que también hace que los ánimos del público
lleguen a todos por igual, independientemente de la distancia recorrida.
La prueba de marras
era un popurrí que iba desde la milla a la media maratón, pasando por los 5 km,
5 millas, 10 km y 10 millas, que había que recorrer dando vuentas a un circuito
de asfalto que rodea el velódromo olímpico en Stratford.
Por aquello que no me
apetecía madrugar mucho el sábado (¿a quién le gusta?), elegí la distancia de
10 km., que era la que más tarde empezaba.
La entrega de dorsales
finalizaba a las 9:45 h. Teniendo en cuenta que tenía pensado pasarme por el
banco a arreglar unos asuntos financieros (Montoro no lee este blog,¿no?) a las 9 y que Stratford no es una zona precisamente céntrica, iba a
llegar un poco apurado.
Mis trámites bancarios
fueron bien, pero me llevaron más tiempo del que esperaba. Estuve a punto de
dejar correr la carrera (valga la redundancia) pero no podía rendirme sin
intentarlo.
Ya eran las 9:50
cuando llegué a la estación de metro de Stratford. Pero el velódromo estaba a
una distancia apreciable, que hice corriendo, aprovechando para calentar y
pasar la fase de estrés.
Al llegar a la zona de
salida vi que había mucha gente corriendo. Pero no cundió el pánico ya que se
trataba de participantes de otras pruebas.
A pesar de estar
teóricamente fuera de plazo, conseguí que me dieran el dorsal y esperé
pacientemente a que dieran la salida. Debido a mi apretado calendario matinal, no me había dado tiempo a desayunar. Aproveché que había plátanos a disposición de los participantes que acababan sus pruebas para comerme uno. No es buena idea hacerlo justo antes de empezar a correr, pero era eso o hacerme 10 km en ayunas.
El tiempo pasaba y no
veía que en la línea de salida se colocase ningún atleta, así que pregunté a un
simpático miembro de la organización. Para mi sorpresa, éste me dijo que la
carrera ya había salido, y que no comenzaba en el arco de meta, sino a unos 200
metros de ésta. Me indicó la dirección y me dijo que le preguntara a un chico
con un chaleco reflectante. Así lo hice, y el voluntario me recordó que ya
habían salido hace un rato, pero me tranquilizó afirmando que al llevar chip,
se reflejaría mi tiempo real. La “zona de salida” estaba marcada por dos
humildes conos, que para más INRI estaban fuera del alcance de la vista de la zona de meta y no tenían ningún tipo de indicación.
Como queriendo recuperar el tiempo perdido, empecé
bastante fuerte, pero al medio minuto se me desató el cordón de una zapatilla,
lo que, aparte de cortarme el ritmo, hizo que los pocos atletas que había
adelantado, me rebasaran de nuevo.
Solucionados estos
pequeños incidentes, pude por fin marcarme un ritmo de crucero y empezar a dar vueltas. El
circuito tenía una milla. Al tener que cubrir 10 km., debía dar 6 vueltas y
pico. Ese pico es el que motivó que la línea de salida estuviera retrasada
respecto al arco de meta.
Por momentos me sentí
como el mítico Pedro Delgado cuando llegó casi tres minutos tarde a la salida
del prólogo del Tour de Francia de 1989, perdiendo un tiempo precioso que ya no
podría recuperar en el resto de la prueba.
El perfil era
ondulado, con algunas subidas y bajadas de no mucha pendiente, pero que iban
cargando las piernas poco a poco. El día era soleado y la temperatura fresca,
ideal para correr.
Si ya es complicado
tener referencias cuando se corre en millas, no digamos si, como era el caso,
me había olvidado llevar cronómetro, salgo unos minutos tarde y en el mismo
circuito convivimos participantes de varias distancias diferentes. No me quedó
otra que correr por el placer de correr y disfrutar del ambiente. Y la verdad
es que fue una buena experiencia.
A diferencia de lo que
suele suceder en España, donde la mayoría sale en las carreras “con el cuchillo
en los dientes” y si no está finos no hacen acto de presencia, en Inglaterra es
grande la presencia de gente que va a su propio (y bajo) ritmo, con el único
propósito de terminar. También destaca, como he reseñado en más de una entrada,
el elevado número de mujeres, que hace que la ratio por sexos esté
prácticamente igualada.
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| Tiempo más que discreto |
A falta de otros
objetivos, me tomé la carrera como un entrenamiento intentando mantener un buen
ritmo. Mi tiempo final fue superior a los 55 minutos. Luego pude calcular que mi retraso en la salida rondó los 10 minutos. Aun así quedé en mitad de la clasificación, lo que confirma mi teoría anterior sobre los relajados ritmos de carrera británicos (aunque los primeros sí que fueron " a saco").
En la llegada no podía
faltar la clásica aunque poco práctica medalla (esta vez hay que reconocer que,
por lo menos era bonita) . Había una bolsa de la que algunos participantes
cogían una camiseta. A pesar de que no era gran cosa, pregunté si me podía coger una, pero me comentaron que sólo era para los que habían corrido la media maratón. Los organizadores de carreras británicos son aún más niunclavelistas que el que suscribe. Eso sí, son todo amabilidad, pues no faltó quien me felicitó por haber cubierto los 10 km.
miércoles, 18 de mayo de 2016
Adiós, Borinquen querida
Hace un tiempo,
descubrí que en Puerto Rico hay un grupo partidario de la reunificación con
España (MRE). Acostumbrado a los movimientos secesionistas, me llamó la
atención uno de signo inverso, y me interesé por sus principios y actividades.
Poco antes de
emprender mi viaje a Puerto Rico, vi en su página de Facebook que iban a
realizar una asamblea en San Juan coincidiendo
con mi último día en el país.
Teniendo esa posibilidad en el horizonte, disfruté de mi
estancia en las cálidas tierras boricuas hasta que llegó el último día. Me
había quedado con ganas de alquilar un coche y visitar algunos lugares como
Ponce y la parte oeste de la isla. Teniendo que coger un vuelo esa misma tarde,
lo vi un poco precipitado. Sobre todo
considerando que una avería hubiera significado perder un vuelo transoceánico, así
que lo dejé correr.
La asamblea estaba
situada en un barrio de las afueras. Y San Juan no es Huesca, así que no era
sencillo llegar.
| ¡Qué ilusión me hizo volver a usar la peseta! |
El primer paso fue
coger un autobús urbano que, en una media hora, me dejó en una estación de
metro. De allí el tren urbano me dejó en
Río Piedras, desde donde tenía una buena caminata hasta el lugar del encuentro.
Para orientarme contaba con un boceto de una ruta que sobre el papel parecía
chupada, pero puestos en harina, me costó bastante seguir.
Parecía que iba más o menos encaminado cuando
una persona en silla de ruedas me pidió que le ayudara a llegar a una iglesia
que estaba “allí al lado”. Aún no había hecho mi buena obra del día, así que me
puse a empujar con ganas. La iglesia no
estaba tan cerca como me había hecho creer, y lo peor es que tuve que hacer
varios giros que me despistaron por completo.
Así que en cuanto lo dejé, estaba totalmente desorientado.
Pregunté a un amable
viandante que me enfocó el sentido a seguir en una inmensa avenida, que parecía
que no se acababa nunca. Tras un buen rato pregunté a un policía que me
confirmó que iba bien encaminado hasta que me encontré con una farola que
sujetaba un humilde cartel señalando el evento.
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| Costó llegar, pero mereció la pena |
Aún tuve que
preguntar una vez más por el vecindario hasta que, por fin, llegué a mi
destino. De todas formas los boricuas
son gente, en general, muy amable y abierta. Así que preguntarles era todo un
placer. No iban a ser menos los asistentes a la asamblea. Antes de empezar el
evento pude hablar con algunos de ellos y me sentí muy bien recibido.
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| Comienzo del acto |
En la asamblea se expusieron las ventajas que tendría para
Puerto Rico la reincorporación a España. Hay que recordar que la isla fue parte
de España hasta que ésta fue vencida en la guerra de 1898 por Estados Unidos y
fue cedida en el Tratado de París. El movimiento alega que esta cesión se hizo
ilegalmente sin el consentimiento de los puertorriqueños, que fueron tratados
como botín de guerra. También se comentó
que gracias al artificio de considerar Puerto Rico como estado libre asociado,
se pudieron burlar los mandatos de descolonización de la ONU. Curiosamente, en
el momento de la guerra, Puerto Rico contaba con una constitución que le
otorgaba más autonomía y una mayor representación en las Cortes Españolas de
las que cuenta con Estados Unidos en el estatus actual.
El fundador de este
movimiento, José Nieves, hizo una encendida defensa de la reincorporación a
España, haciendo hincapié en las ventajas económicas y sociales que tendría
para los boricuas, y resaltando los lazos culturales y afectivos entre ambos
países.
¿Mi opinión al
respecto? (A quien no le interese, se
puede saltar algunos párrafos y seguir con el relato propiamente dicho). Por lo que
he podido comprobar en mis breves visitas tanto a Puerto Rico como a los
Estados Unidos, éstos han conseguido cambiar la fachada del país caribeño,
dándole su toque característico. Pero el alma sigue siendo hispana, tanto en el
idioma como en la forma de ser.
No obstante, la
iniciativa de la reunificación cuenta con no pocos obstáculos entre los que se
cuentan la educación que la nueva metrópoli ha instaurado (intentó acabar con
el idioma español, pero no pudo), la existencia de una importante cantidad de
ciudadanos subsidiados por el gobierno usense, el escaso peso diplomático de
España, la emigración de millones de boricuas a los Estados Unidos con los
lazos que ello genera, y por supuesto la lejanía de ambos territorios.
En cualquier caso, el propio pueblo
puertorriqueño está bastante dividido. Algunos abogan por ser el estado nº 51,
otros por obtener la independencia y no faltan quienes desean mantener el
estatus actual. La opción de la reincorporación es bastante minoritaria, aunque
está ganando presencia y visibilidad gracias al buen trabajo del MRE.
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| Asistentes a la asamblea |
Sin ningún ánimo de injerencia ni atisbo de neocolonianismo,
este movimiento cuenta con mi apoyo , aunque de momento sólo sea por estrechar
lazos con nuestros hermanos de la bella Borinquen.
¿Y por qué no decirlo? Porque me gustaría que
en mi próxima visita no me pida el pasaporte un empleado del U.S Customs & Border, que cuando en
el telediario den la hora digan una hora menos en Canarias y 6 menos en
Puerto Rico y que pudiéramos contar con diputados en el Congreso que hablasen con el cálido acento boricua,
siguiendo la estela que dejó Ramón Power y Giralt (llegó a ser vicepresidente
de las Cortes).
Al final del acto,
seguí conversando con unos cuantos asistentes, entre los que vi un nivel
cultural y de conocimiento histórico impresionante. Incluso uno de ellos me
preguntó si conocía la fabla al explicarle que venía de Aragón.
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| Los lazos culturales son evidentes |
Afortunadamente, no
tuve que repetir la misma epopeya para volver al centro de San Juan. Un par de
asistentes se ofrecieron, no sólo a acercarme al albergue a recoger la mochila,
sino que además me llevaron al aeropuerto.
Como para no querer tenerlos como compatriotas…
Con este broche de oro, di por finalizadas mis vacaciones en
Puerto Rico. No estuve mucho tiempo, pero fue suficiente para comprobar que el
apelativo de la “Isla del Encanto” es
completamente atinado, y no sólo por sus bellos paisajes.
sábado, 16 de abril de 2016
Vuelta a San Juan
Nada más levantarme acudí a
preguntarle al personal del albergue si había hecho acto de
presencia el encargado de mantenimiento. Nadie sabía nada mientras mi
cartera y mi pasaporte se situaban fuera de mi alcance, a un candado
sin llave de distancia.
Para que me cundiera un poco el día,
necesitaba coger un transbordador matinal, por lo que no paré de dar
por saco a la recepcionista que, viendo que el “manitas” del
albergue no aparecía, me remitió a un compañero suyo para que se
ocupara del asunto. Se trataba de un imponente joven de mi misma
altura, el doble de musculatura y el pelo aún más corto. Cuando vi
a semejante “matután” armado con un cortafríos, sabía que, con
mayor o menor nivel de destrozo, la taquilla no se le iba a resistir.
En unos segundos mi candado pasó a la historia y pude acceder a mi
preciada cartera.
| Playas de Vieques: Más caballos que personas |
Ya nada me retenía allí, así que
llamé al mismo taxista que nos llevó el día de la tormenta y no
tardó en aparecer por el albergue. Supongo que poniendo el piloto
automático para turistas, el taxista me hablaba en inglés. Pero yo
no había viajado a un país con 4 siglos de presencia española para
eso. Así que ante mi insistencia, acabó pasándose al castellano.
En mi anterior trayecto con él, nos comentó que de joven había vivido en el
barrio neoyorquino del Bronx. Por supuesto le pregunté
sobre ese periodo de su vida, del que me contó unas cuantas
anécdotas.
Una vez que compré el billete de ferri
en Isabel II, aún tenía más de media hora, que aproveché para
visitar una fortaleza española del siglo XIX (Fuerte Conde de
Mirasol). Me recordaba ligeramente a la imponente San Felipe del
Morro, aunque a una escala mucho menor.
| Vista desde el fuerte |
El trayecto en barco hasta Fajardo,
transcurrió sin novedad, pero no iba a tardar mucho en complicarme
la vida llevado por mi niunclavelismo. Al llegar al muelle, no me
dejé arrastrar por los cantos de sirena de los taxistas que me
tentaban para llevarme a San Juan. Esperando repetir la astuciosa
jugada que había hecho a la ida, sabía que si cogía el transporte
desde el centro de Fajardo, me saldría mucho más barato que si lo
hacía desde el puerto.
Mientras caminaba, viendo cómo me
superaban los taxis-furgoneta se me ocurrió que si recogían a los
pasajeros en el muelle, quizá no hubiera mucha gente en el centro de
Fajardo solicitando transporte.
Aproveché la caminata para visitar el
centro de la localidad, que cuenta con algunos coloridos edificios de
arquitectura colonial.
| Centro de Fajardo |
Mis peores presagios se cumplieron al
arribar a una estación totalmente vacía, no sólo de vehículos,
sino también de personas. Me había pasado de listo, y ahora no
sabía cuánto tiempo tendría que esperar para coger un transporte a
San Juan. Viendo la poca demanda del momento, me temía que bastante.
Pero en ese mismo momento, como salida
de la nada, apareció una furgoneta de la que
bajaron dos compañeras indias con las que había estado en el
albergue. Éstas también se habían “pasado de listas”
pidiéndole al taxista que les llevara del muelle al centro de
Fajardo por un módico precio, para coger luego otro transporte a San
Juan ahorrándose el arbitrario suplemento por hacer el trayecto
entero.
El taxista, viendo que estábamos los
tres totalmente colgados se ofreció llevarnos al Viejo San Juan
por un precio muy poco competitivo. Normalmente no hubiera aceptado,
o hubiera intentado negociar. Pero en esa estación desierta, no
tenía muchos ases en la manga para hacer faroles. También pensé en que
me ahorraría mucho tiempo si me dejaba en el Viejo San Juan, en
lugar de la reglamentaria estación a las afueras, así que acepté.
Solucionado el problema del transporte,
me quedaba hacerlo con el del alojamiento. Las compañeras me
comentaron que habían reservado plaza en un albergue del Viejo San
Juan que salía bien de precio. Amablemente me dejaron su móvil
estadounidense para llamar y la recepcionista me dijo que tenía una habitación
individual libre a precio razonable, pero sólo podía reservarla a
través de internet. Cometiendo un pequeño, pero craso error, me
lancé alegremente a navegar a través de mi móvil español hasta
que al minuto se me cortó la conexión y me llegó un mensaje
advirtiendo de que me había excedido del límite de datos en
roaming. Bien se me valió, porque aun así, la factura que me llegó
luego, me dejó temblando. Hasta el mejor escribiente niunclavelista
tiene un borrón.
El taxista nos dejó junto al albergue
y me dirigí a la recepción confiando en que la habitación siguiera
libre. Así era, aunque me quisieron tentar con otra más cara, pero
más grande y con mejores vistas. En realidad, con vistas, ya que mi
cuarto no tenía ni ventana. Pero para pasar una noche era más que
suficiente.
El nombre del albergue era Posada San
Francisco. Hacía honor a tan cristiano nombre con una tarjeta a modo de llave decorada con una estampa de la Virgen María con el niño, y un
crucifijo colgado en mi cuarto. Mal lugar éste para un laicista
acérrimo.
| Terraza de enjundia (se nota que me gusta esa palabra) |
Quiso la casualidad (o quién sabe si
la causalidad) que uno de mis compañeros de albergue en Vieques, el
mexicano Javier, estaba trabajando en un bar cercano a mi posada. Así
que le fui a hacer una visita. Se trataba de un hotel de enjundia con
una terraza que tenía unas vistas de tanta enjundia o más que el
hotel. Javier me invitó a un mojito de categoría (espero que su
jefe no lea este blog) mientras vi cómo se codeaba con clientela de
alcurnia. Lo dejé preparando cócteles y fui a darme una vuelta por
la zona. Habíamos quedado en que le iría a recoger a la salida del
trabajo para “janguear” (salir de fiesta)
un rato.
Me dirigí a la imponente fortaleza de
San Felipe del Morro, que ya había visitado unos días atrás. Como
estaba cerrada, esta vez la rodeé siguiendo un bonito paseo
marítimo.
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| Paseo marítimo junto a la fortaleza |
Seguí paseando descubriendo los muchos
encantos del viejo San Juan hasta que se me hizo la hora de volver al
hotel de Javier, no sin antes cenar en mi albergue. Mientras mi amigo acababa de cuadrar cuentas y recoger, me
entretuve charlando con una compañera suya muy simpática y agradable al
principio. Hasta que le salió su vena indigenista y me sacó las
uñas. ¡Cuánto daño ha hecho y sigue haciendo la Leyenda Negra!
Poniendo un poco de voluntad por ambas
partes se pudo calmar la situación y Javier y yo fuimos a cenar a un
bareto cercano. En mi caso era recenar, pero a un amigo mexicano no se le puede hacer
un feo y le acepté la amable invitación, que espero poder
devolverle cuando visite España.
Luego fuimos a un garito a echar unos
bailes y saborear la agitada vida nocturna del Viejo San Juan.
Javier tenía que trabajar al día
siguiente, y yo había tenido una jornada bastante movida, así que
nos retiramos pronto. Me despedí de Javier, esperando volver a
coincidir con él en el futuro, ya que se trata de una
persona muy amable y entrañable.
Era mi última noche en Puerto Rico. Al
día siguiente tomaba el avión de vuelta a España por la tarde.
Pero aún quedaban cosas por hacer en San Juan...
lunes, 4 de abril de 2016
Última noche en Vieques
La tormenta tropical había pasado y
había dejado el mar muy bravo. Ello no arredró a los huéspedes
mexicanos del albergue, con los que fui a una playa cercana. Nos
dimos unos revolcones en el agua (por separado, se entiende) y cuando
estábamos volviendo, me di cuenta de que la llave de mi
cuarto había desaparecido. Se me había olvidado sacármela del
bolsillo del bañador al meterme en el mar, y en una de las
embestidas del poderoso oleaje se había ido a tomar por saco. Volví
a la playa para ver si había sido arrastrada a la orilla, pero allí
no estaba.
| El Caribe enfurecido |
Extraviar la llave de mi cuarto era un
problema relativo. En el albergue tenían copia, aunque perdía la
fianza de 10 dólares. Lo peor es que en el llavero también estaba
la llave del candado de la taquilla donde tenía, entre otras cosas,
la cartera con el dinero y el pasaporte.
Le planteé mi problema a una
recepcionista y me dijo que el encargado de mantenimiento se había
ido, pero que al día siguiente a primera hora volvería y podría
encargarse del asunto.
Mis problemas de liquidez que
arrastraba al no haber podido cambiar euros en San Juan, se hacían
críticos.
Una lata de fríjoles era toda la
comida que me quedaba. Di buena cuenta de ella confiando en mi
talento natural o en la providencia para nutrirme el resto del día.
Mientras yo estaba preocupado por
necesidades más básicas, mis compañeros mexicanos se habían
enterado de que en Vieques existía un licor local que tenían mucho interés en probar. Me sumé a la búsqueda, que empezó en el colmado
del pueblo. Allí nos explicaron que el licor de marras sólo se
bebía en fiestas y que lo preparaban en casas particulares. No se
rindieron mis cuates tan fácilmente y preguntaron a un grupo de
paisanos que estaban a las afueras del colmado, quienes nos
remitieron a una panadería cercana. Allí, el dueño hizo una
llamada y al rato apareció un individuo con pinta de cantante reggae
montado en una ranchera. Nos dijo que nos podía llevar a casa de
unos conocidos donde nos podían vender el codiciado líquido.
Un compañero se montó en la cabina
del automóvil mientras que a otro y a mí, nos tocó ir en la parte
trasera, sentados al aire libre, acomodándonos entre herramientas y
materiales de construcción. No se puede decir que nuestro viaje
fuera muy seguro, pero fue de lo más divertido.
Nos llevó a un poblado en el centro
de la isla. Entró en una casa y salió con dos botellas de plástico
de medio litro que contenían un mejunje de vivos colores en el que
maceraban unos frutos de pequeño tamaño. Nos cobraron 10 pesos (dólares) por
botella, a los que no pude contribuir debido mi precario estado
financiero.
Ya en el albergue, pudimos probar el
licor, que ofrecimos a los demás huéspedes. Los tonos alcohólicos
se veían atenuados por los aromas afrutados tropicales y los toques florales para dar un
conjunto armónico . Coñas aparte, el licor no estaba mal. Pero teniendo en cuenta que las botellas eran pequeñas, casi la mitad eran frutos macerados,
y todos quisieron probarlo, no tocamos a mucho, por lo que no hubo que lamentar, afortunadamente,
ningún coma etílico.
En esos momentos hizo irrupción una
nueva huésped en el albergue. Su acento hispánico hablando inglés
con la recepcionista la delataba. Efectivamente era de Vilaseca,
provincia de Tarragona. No esperaba encontrarme a alguien de cerca de
Salou en una isla perdida del Caribe, pero el mundo es un pañuelo.
Habiendo ya consumido al mediodía mis últimas existencias de comida, tuve que confiar en la sección "sírvase usted mismo" que hay en toda cocina de albergue que se precie. En ella, los huéspedes acostumbran a dejar alimentos no perecederos que les han sobrado. En este caso me pude apañar con un poco de arroz que debía llevar allí bastante tiempo a juzgar por los diminutos "visitantes" que compartían la bolsa con los granos. Nada como un buen hervido para neutralizar tan incómoda compañía. Consolándome pensando en el aporte proteico que me iban a aportar y enmascarando el discutible sabor con una no menos discutible salsa de soja, pude por lo menos reponer las energías que un día tan movido habían consumido. Nadie dijo que la vida del viajero humilde fuese plácida.
Para celebrar la llegada de mi
compatriota, y aprovechando que era sábado, salimos unos cuantos del
albergue a ver qué ambientillo se respiraba en el pueblo. Acudimos a un
chiringuito junto a la costa en el que ponían música latina. Pude
cumplir uno de mis sueños bailando salsa a orillas del Caribe.
Hubiera sido mejor hacerlo sabiendo algún paso y con alguna local
(lo hice con una hindú del albergue), pero en materia de sueños no
hay por qué ser tan quisquilloso.
| Bailes caribeños |
Con este broche de oro (de pocos
kilates, pero oro al fin y al cabo) acabó mi última noche en
Vieques. El tráfico marítimo se había restablecido y a la mañana
siguiente me tocaba despedirme de la isla. Lo que en principio iban
a ser un par de días sin mucha historia, se convirtieron en cuatro intensas jornadas que no me hubiera importado ampliar.
sábado, 20 de febrero de 2016
¡Que viene Erika!
Unos días antes de viajar a Puerto
Rico, me enteré de que un huracán llamado Danny, amenazaba con
llegar a la isla. Pero se lo pensó mejor y antes de tocar tierra
boricua, se fue a dar por saco a otro lado.
Se dice que detrás de un gran hombre
suele haber una gran mujer. Y así fue en este caso, ya que apenas
Danny se había desviado al norte, vino tras él amenazante otro
huracán llamado Erika. De éste no me iba a librar. Aunque había
perdido fuerza y se había convertido en una tormenta tropical. Aun
así, se preveía que iba a causar problemas. Por ello, y entre otras
cosas, se suspendía el servicio de ferris con Fajardo hasta nueva
orden. Como lo de nadar grandes distancias no es lo mío (ver entrada anterior) me veía obligado a permanecer en Vieques sine die, lo
cual alteraba mis planes que incluían una visita a la zona oeste de
Puerto Rico.
Afortunadamente, en el albergue había
sitio de sobra. No sólo eso, sino que al prolongar mi estancia una
noche más, me regalaban otra. Por lo menos la tormenta no me cogería
a la intemperie.
De momento el día se presentaba con un
sol radiante y apenas se veían nubes en el horizonte, así que había
que intentar aprovecharlo. Javier, mi compañero mexicano me propuso
ir a Isabel II, la capital de la isla, que apenas había podido ver
al llegar.
Para llegar a ella, necesitábamos un
taxi. Y no iba a ser fácil de conseguir. Los primeros a los que
llamamos, nos dijeron que no trabajaban debido a la tormenta, pero al
final logramos que uno nos llevase.
Isabel II, a pesar de ser la capital de
la isla, no pasa de ser un poblado de poco más de 1000 habitantes,
aunque tiene bastante actividad comercial y cuenta con algunos puntos
de interés, especialmente una fortaleza española del siglo XIX.
Dimos un paseo por el pueblo y en la
puerta de una frutería nos encontramos con Vicente, el simpático
joven que me había llevado el día anterior en su ranchera. En
Vieques nos conocemos todos.
Llamaba la atención que un gran número de
tiendas y restaurantes estuvieran cerradas debido a la tormenta, mientras el sol
lucía esplendorosamente.
| Ayuntamiento de Isabel II |
Llegamos a una playa y, a pesar de mis
reticencias, lógicas al tener una tormenta tropical amenazando, nos
dimos un baño.
Al rato empezaron a caer gotas y el
cielo se encapotó. Poco después tuvimos que salir precipitadamente
del agua bajo una lluvia torrencial.
La situación no era muy
halagüeña: Estábamos a unos 10 km del albergue,
con ropa de verano bajo una tromba de agua que suponíamos que se
trataba de la temida tormenta tropical y sin saber si íbamos a
encontrar taxi para volver.
Intentamos llamar al taxista que nos
había traído pero no contestaba. Entretanto nos refugiamos en un
colmado, aprovechando para aprovisionarnos de víveres.
Afortunadamente el taxista acabó
cogiendo el teléfono y accedió a llevarnos de vuelta a Esperanza, a
pesar del aguacero.
Ya en el albergue, comenzó a escampar.
Por lo visto, esto sólo había sido el aperitivo, y la llegada de la
temida Erika iba a tener lugar esa noche.
En el albergue había mucha gente
ociosa y a alguien se le ocurrió dar un paseo hasta la Playa Negra, donde ya había estado el día anterior. Se sumaron casi todos los
huéspedes y algunos empleados. Al poco rato del iniciar el paseo,
los menos pacientes se impacientaban, así que preguntaron en una casa
a cuánto estaba la playa. Les dijeron que un poco lejos, pero se
ofrecieron a llevarnos en dos coches. Gran detalle que habla de la
hospitalidad isleña.
| Playa Negra |
Algunos nos animamos a bañarnos en las
agitadas aguas de la Playa Negra pero allí no había mucho que hacer, por lo que al poco rato decidimos volver.
Nuevamente conseguimos que nos llevaran en coche al albergue. Así da
gusto.
Aún dio tiempo a ir a un bar a echar
un bocado, antes de que cerrase todo. Tocaba encerrarse en el
albergue y esperar la llegada de Erika.
Poco a poco empezó a levantarse un
viento cada vez más fuerte acompañado de una intensa lluvia. En un
momento, incluso se llegó a perder el suministro de corriente en el
albergue, ante la inquietud de algunos huéspedes. Sin restarle la
importancia que merecía, yo me sentía seguro en el albergue y lo
viví como una experiencia. De hecho me fui pronto a la cama y dormí
como un bendito. Tanto que incluso me había dejado la luz encendida
y no me había dado cuenta.
Por la mañana aún seguía la
tormenta, pero poco a poco se fue diluyendo. Había salido incólume del paso de Erika aunque, de momento, no iba a poder salir
de la isla. El servicio de trasbordadores seguía cancelado.
domingo, 14 de febrero de 2016
Pateando Vieques
La idea para mi, teóricamente, único día completo en Vieques, era visitar todas las playas que estuvieran a una distancia asumible a pie.
De buena mañana, salí del albergue con espíritu explorador y me dirigí al oeste. A
falta de un sendero tuve que caminar por la carretera que, además no tenía apenas vistas al mar. Por suerte, el
tráfico era prácticamente nulo. La isla de Vieques es un lugar
apacible, y más en temporada baja.
| 3 poderosos canes |
Tras más de media hora, me encontré con un letrero que
señalaba una senda que bajaba a la “playa Negra”. Estuve a punto
de quedarme sin verla cuando 3 poderosos canes se interpusieron en mi
camino y comenzaron a ladrarme. Pero cuando vi que no avanzaban hacia
mí, me di cuenta de que estaban de farol, proseguí mi camino y los
perros se apartaron ante mi osadía.
Más amable fue el recibimiento de unos
cangrejos que tenían sus madrigueras en los márgenes del camino y
se ocultaban a mi paso. Me llamó la atención verlos en mitad del bosque.
Como era de esperar, la “playa Negra” no era otra cosa
que una cala con arena silícea de color negro. Bastante pequeña y
con un fuerte oleaje que no hacía muy apetecible el baño.
| Playa Negra |
Volví a la carretera y seguí un rato
más hacía el oeste, visitando un par de calas absolutamente
desiertas.
Ya me había alejado bastante de
Esperanza (el poblado donde estaba el albergue), así que volví, no sin pararme en una tienda para tomar
algo refrescante que mitigara el efecto del caluroso sol tropical. Me
decidí por un producto de la tierra, una lata de agua de coco. Lo
malo es que al leer la letra pequeña, comprobé que no era de la tierra viequense sino tailandesa. La globalización no hay quien la pare.
Aproveché mi estancia en el albergue para comer y descansar un poco antes de mi expedición vespertina.
Me hubiera gustado visitar las playas
en compañía, pero no me acababa de encontrar cómodo con los pocos
clientes del albergue. Así que seguí en solitario mi excursión,
esta vez en dirección este.
Le eché el ojo a un par de calas más
allá de la bahía bioluminiscente, que no parecían muy lejanas en
el mapa. Lo malo es que había que andar por una carretera que no
seguía la costa, y que la escala del plano (el típico de propaganda) distaba mucho de ser
atinada. De esto me empecé a dar cuenta cuando llevaba casi una hora
caminando. En ese momento dejé la carretera y cogí un camino que
parecía dirigirse a la costa, pero que en realidad no llevaba a
ninguna parte.
Desanimado, decidí volver al punto de partida, no sin
antes clavarme una espina de enjundia en el pie. Pero en los peores
momentos aparecen los grandes personajes, y apenas hube enfilado la
carretera para volver, una ranchera se paró y su conductor me invitó
amablemente a subir. Se trataba de un joven muy simpático que se
alegró cuando le comenté que era español, ya que me contó que
tenía ascendencia cántabra.
Casi llegando a Esperanza me dijo que
había quedado con un amigo para echarse un baño en el muelle y me
invitó a acompañarlos. Aparte de los chapuzones en el muelle también
hablamos un poco de la vida en la isla de Vieques y en Puerto Rico en
general. Fue lo que necesitaba en un momento en el que mi moral empezaba a flaquear.
Cuando mis dos improvisados compañeros
volvieron a sus quehaceres recorrí las playas cercanas, algunas de
ellas sin más compañía que unos cuantos caballos que, extrañamente
poblaban sus alrededores. La experiencia de vivir el ocaso en tan paradisiaco entorno hizo que olvidara los avatares menos afortunados de la jornada. Entre ellos, el olvido de mi cámara de fotos en una cala.
| Playas poco concurridas |
Ya de vuelta al albergue, me encontré
un nuevo compañero de cuarto. Se trataba de Javier, un mexicano que
estaba viviendo en San Juan. Me comentó que había venido también
otra pareja de compatriotas suyos, pero que ya se habían acostado. A
diferencia de lo que me había sucedido con el resto de huéspedes,
enseguida me encontré cómodo con Javier, ya fuera por hablar el
mismo idioma, por la afinidad cultural, por su carácter abierto, o
por las tres cosas a la vez.
Al día siguiente tenía pensado
abandonar la isla de Vieques, pero una razón de fuerza mayor me iba a
hacer cambiar de planes.
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