domingo, 13 de mayo de 2018

EPÍLOGO HELENO

 Mi vuelo de vuelta de tierras helenas salía a la 1:50 de la madrugada. Por lo que aún me quedaba prácticamente un día entero antes de tomar el avión. Atenas tiene muchos encantos, pero como buen turista que no puede evitar ver lo típico (además de lo atípico) de cada país que visita, no pude evitar la tentación de visitar una isla griega.
 Estas cosas se suelen hacer con calma, mirándolo todo bien antes, eligiendo la isla idónea para nuestros propósitos y estando unos cuantos días para aprovechar bien la estancia. Nada de eso podía hacerse a estas alturas, así que debía dejar lugar a la improvisación. Pero ésta no vino sola, ya que la noche anterior, un compañero barcelonés del albergue (Agustín), me comentó que junto a un grupo de compatriotas, iban a visitar una isla cercana a Atenas y me invitó amablemente a sumarme, cosa que hice sin dudar.
 Al día siguiente, Agustín se personó en mi habitación a primera hora de la mañana para decirme que habían quedado en un rato en el puerto del Pireo y se tenía que ir ya. Yo tenía que hacer el equipaje, por lo que no pude ir con él, pero quedamos en la estación de tren del Pireo una hora más tarde.
 Tras dejar mi maleta en consigna, tomé el metro hacia el Pireo. En la estación no vi ni rastro del grupo de españoles, así que, una vez desprovisto del guión, tuve que fiarlo todo a mi talento natural. Como no sabía a qué isla pensaban ir mis hipotéticos compañeros, me personé en una taquilla y pedí un billete de ida y vuelta para alguna isla cercana. Me tocó en suerte la isla de Aegina. Como no tenía ninguna referencia, me pareció estupendo.
¡Al abordaje!

 Una vez instalado en el transbordador, escuché a mis compañeras de asiento hablar  con otro grupo en castellano con deje catalán. Quiso la casualidad que se tratara de la comitiva con la que se suponía que iba a encontrarme en la estación. Como no soy rencoroso,  durante el trayecto marítimo, entablé una interesante conversación con mi improvisada interlocutora barcelonesa, en la que nos remontamos nada menos que a la leyenda de Rómulo y Remo.
 El barco paró en una isla que tenía bastante buena pinta. Cuando estaba a punto de apearme, me comentaron los del grupo que el barco seguía hacia otra isla, que es la que iban a visitar.
No estaba muy lejos, y en apenas 5 minutos de travesía, desembarcamos en Agistri. Nada más llegar, me di cuenta de que había cometido un pequeño pero craso error. Mi billete era para Aegina, la primera parada del barco.
 Pensando en que podría tener problemas a la vuelta, acudí a unas taquillas y me hice con un boleto para Aegina unas horas después. Desde allí, sería válido mi billete de vuelta a Atenas.
 La primera impresión que me dio Agistri no fue muy favorable. Las construcciones que poblaban las cercanías de la costa eran modernas, sin un ápice de genuinidad. Si me hubieran tapado los ojos en el trayecto y me hubieran dicho que habíamos llegado a Roquetas de Mar (disculpen los lectores roqueteños, es sólo un ejemplo), me lo hubiera creído.
 Como suele pasar en grupos grandes, pronto empezaron a aparecer distintas facciones. Una abogaba por quedarse en la playa junto al puerto para consagrarse al "dolce far niente". El otro grupo, más intrépido, decidió que sería mejor idea alquilar una bicicleta para recorrer la isla. No tuve muchas dudas para unirme al segundo, aunque eso me supusiera perder la posibilidad de seguir mi más que agradable conversación mitológica con mi ex-compañera de barco.
 Nuestro terceto ciclista, se rompió a las primeras de cambio, ya que el primer companente de la terna no pudo esperar y salió pitando en cuanto tomó posesión de su bicicleta de alquiler, con la intención de vernos al final del camino. Agustín y yo, por contra, decidimos unir nuestras fuerzas. Las carreteras de la isla apenas tenían un kilómetro llano, lo que unido a nuestra precaria forma ciclista, hizo que el trayecto fuera bastante costoso. Afortunadamente, los paisajes de excepción que nos proporcionaba el entorno típicamente mediterráneo, suponían un estímulo más que suficiente para seguir dando pedales. 
 Decidimos ir directos al extremo sur de la isla para ir visitando de vuelta todos los desvíos de la carretera. Al final del trayecto nos encontramos con un pequeño pueblo pesquero no exento de encanto. Junto a él había un embarcadero con unas aguas que estaban diciendo "μπάνιο" ("bañaos" en griego). 
¡Mi reino por una ducha!

 Mi situación era la siguiente:aunque me guardaban la maleta, ya no podía hacer uso de las instalaciones del albergue, por lo que no me podía duchar. La noche la iba a pasar viajando, por lo que hasta el día siguiente no iba a poder hacer una ablución en condiciones. La perspectiva de encarar todo ello con una costra salina sobre mi piel no me atraía en absoluto.
 Así, mantuve mi sangre fría y, como aquel niño que le han prohíbido comer tarta en un cumpleaños, aguanté estoicamente aunque con insana envidia como mi compañero Agustín se zambullía en las más que tentadoras aguas del mar Egeo.
 Seguimos la ruta y tomamos un desvío que nos condujo a un lugar llamado Aponisos, absolutamente paradisíaco.
 Se trataba de una pequeña isla unida a tierra por un estrecho brazo de mar, formando una bahía de aguas cristalinas. Como la felicidad nunca es perfecta, el islote estaba privatizado y había que pagar para acceder a él y hacer uso de las tumbonas.
 Evidentemente no pasamos por el aro, así que nos ubicamos en la playa de libre acceso. Esta vez el grito de las agua llamándome al baño era ensordecedor. Cual marinero de la Odisea que se tapaba los oidos con cera para evitar escuchar el tentador canto de las sirenas, yo no me había llevado bañador a la excursión. Pero ni eso fue suficiente. Improvisé un nuevo modelo y, adelantándome a las modas de baño mediterráneo que harán furor en temporadas venideras, me zambullí en las límpidas aguas luciendo impertérrito un humilde calzoncillo.
 Sin importarme las consecuencias futuras de tan osado comportamiento, disfruté a lo grande del baño.  Por unos minutos, y por primera vez desde que inicié mi viaje estival, tuve la sensación de que estaba "de vacaciones", en el término más clásico de la palabra.
Imposible resistirse

 Más que yo, aún lo estaba disfrutando Agustín, ya que una vez que yo decidí continuar mi travesía, él decidió quedarse un rato más en tan idílico entorno. Mi barco de vuelta partía unas horas antes que el suyo. De ahí que no pudiera dormirme en los laureles.
 Tuve la oportunidad de visitar otra playa, bastante menos espectacular que la anterior, donde me encontré al ciclista "escapado" de nuestra expedición. Le recomendé encarecidamente la visita a Aponisos y volví al puerto. 
 Intenté encontrar al grupo restante, pero las playas cercanas al puerto estaban muy pobladas y no me fue posible.
 Así que devolví la bicicleta en la tienda, y ya en estado bípedo me di una vuelta por el pueblo. Aparte de una iglesia con cierto encanto, no me pareció gran cosa. Mucho más satisfactorios que sus encantos arquitectónicos fueron los gastronómicos, ya que me compré un par de racimos de uvas blancas en un supermercado, que son los mejores que he catado en mi vida.
Estampa agistrina

 Tras un rato de relajada espera junto al embarcadero, tocó el turno de abandonar Agistri para recalar en Aegina. Se trataba ésta de una isla de dimensiones bastante mayores que la primera.
 Tenía una hora hasta mi barco de vuelta a Atenas, que aproveché para visitar la capital de la isla.  Se trataba de un lugar muy agradable y con bastante animación, lleno de tiendas y pequeños restaurantes.
Aegina

 El último trayecto lo hice en un gigantesco ferry que permitía hacer la travesía en cubierta, y no en una cabina cerrada como los anteriores.
 Ya en el puerto del Pireo, me hubiera bastado ir a la estación de metro y, en 4 ó 5 paradas, llegar a las cercanías del albergue. Pero era mi último día en Atenas, tenía tiempo y me apetecía patear un poco. Así que, intentando más o menos seguir la línea de la costa, caminé hacia el este, con la idea de llegar a una estación que ya había explorado el día anterior.
 A falta de un mapa en condiciones, mi discutible sentido de la orientación me hizo dar un rodeo importante. Combiné zonas residenciales más bien anodinas con lugares más destacados, como por ejemplo una marina deportiva de bastante enjundia.
Marina deportiva de Atenas

 La noche me sorprendió en parajes un tanto solitarios, pero afortunadamente pude alcanzar la estación de tranvía sin mayor percance y volver al albergue.
 Allí me devolvieron la maleta y me permitieron hacer uso del baño, en el cual me hice una somera aunque más que necesaria limpieza.
Maletón en ristre ya sólo tuve que dar un paseo hasta la mítica plaza Sintagma donde tomé un autobús al aeropuerto.
 En la zona de facturación tuve el detalle de saludar en griego a la empleada, lo cual dio lugar a que me empezara a hablar en el mismo idioma. Impresionante. Tras apenas una semana en el país, ya podía hacerme pasar por griego. Eso sí, a mi interlocutora no le hizo tanta gracia cuando vio que mi dominio de la lengua helena apenas pasaba del "Yasas" (Hola).
 Y así acabó mi estancia en tierras griegas. Un país que cuenta con unas bellezas naturales y arquitectónicas de primer orden. Pero que no está pasando su mejor momento. Sea por ello, o sea porque los griegos son gente honestamente acogedora, en todo momento me sentí muy bien tratado por sus gentes. Si Grecia necesita al turista, no es menos cierto que el turista necesita a Grecia.






domingo, 11 de marzo de 2018

ATENAS

 Habiendo ya tomado el pulso a Grecia, ya estaba preparado para visitar el corazón de la Cultura Helénica.
 Curiosamente una de las alberguistas (una joven sueca) con la que había coincidido en la cena de la noche anterior, también se dirigía a Atenas en tren, a la misma hora y en el mismo vagón que yo.
 Como aperitivo a lo que me esperaba, en mi trayecto ferroviario, pasé junto a las faldas del mítico monte Olimpo.
 Mis primeros pasos por la capital helena fueron un poco desconcertantes. Lejos de encontrarme con seres mitológicos o filósofos aristotélicos, las primeras calles que recorrí estaban repletas de inmigrantes pakistaníes. Por momentos me daba la sensación de estar en Slough en vez de en Atenas.
 Al rato me interné por barrios un tanto más occidentalizados hasta que pude encontrar, no sin algún rodeo, mi albergue.
 Allí me esperaba una concurrida habitación con nada menos que 14 camas. A pesar de tal cantidad de huéspedes, la jugada salió redonda, ya que se trataba de una estancia muy amplia, y además contaba con un susurrante aire acondicionado.
 Lo primero que hice nada más tomar posesión de mi litera fue intentar frenar los afanes expansionistas de mi compañero asiático de la cama inferior. Cual si fuera el Japón de los años 30, toda el área que rodeaba al lecho estaba invadida por sus ropas. Haciendo uso de la defensa de mi soberanía recién adquirida, retiré una toalla que colgaba de mi cama, pero por motivos obvios, me abstuve de descolgar uno de sus calzoncillos del pomo de una ventana.
La Acrópolis llamándome a gritos (en griego clásico)

 Una vez marcado mi territorio, salí a conocer la ciudad. Convenientemente, el albergue estaba situado en una zona muy céntrica. Así, en apenas 5 minutos de apacible paseo, pude ver cómo en el horizonte se dibujaba la mítica Acrópolis. Tuve que echar mano de mi proverbial sangre fría para resistirme y no correr hacia ella. Para visitarla en condiciones, debería esperar a la mañana siguiente.
 Me dirigí al corazón moderno de la ciudad, que no es otro que la Plaza Sintagma, célebre por las concentraciones en las que los sufridos atenienses protestaron por las durísimas políticas económicas que impuso el gobierno, a instancias de la Unión Europea.
 Esta vez la plaza estaba tranquila, y lo más reseñable era el cambio de guardia delante del Parlamento. Yo preferí otros planes, y en una oficina de turismo pregunté por el Estadio Olímpico. 
 Pero ¿cuál? Porque Atenas ha sido sede de dos juegos Olímpicos modernos (1896 y 2004). En la oficina fueron tajantes: la zona olímpica más reciente estaba muy a las afueras y era una odisea llegar. En cambio, una humilde pateada me permitía visitar el estadio antiguo.
 No tardé mucho en alcanzar los aledaños del Estadio Panatenaico. Apenas le quedaba media hora para cerrar, y además, se podía ver desde fuera. El diablillo niunclavelista me tentó, pero por una vez me desmelené y aflojé los 3 € de la entrada. 
 La verdad es que fue una buena inversión, ya que la vuelta de honor que di al estadio fue legendaria. Por su puesto, me vinieron a la cabeza las imágenes de la llegada en el mismo escenario de los míticos Abel Antón y Martín Fiz, encabezando la Maratón del Campeonato del Mundo de Atletismo de 1997.
Estadio Panatenaico

 En el estadio, que por cierto está impecablemente conservado, me encontré a tres simpáticas gallegas que me comentaron que iban a subir a la colina Licabeto, un promontorio que domina la ciudad. Como no tenía nada planeado, les copié la idea.
  Y si todos los caminos conducen a Roma, también parece que lo hagan a Licabeto. En la cima de la colina no cabía un alfiler. Aun así, la exigente caminata valió la pena. Desde la cumbre se obtenía una impresionante panorámica de 360 º sobre la ciudad, sobre la que ya empezaba a oscurecer.
Lo que esperas encontrarte en Licabeto


Lo que de verdad te encuentras

 Aproveché la bajada para visitar Kolonaki, el barrio más exclusivo de Atenas. A pesar de mi espartaneidad, siempre me he movido bien en estos ambientes. Siempre que no haya que sacar la cartera, claro.
 Y bien que me tocó sacarla a la mañana siguiente, ya que la tarifa mínima para visitar la Acrópolis y sus faldas era de 20 euracos. Pero decenas de miles de turistas (que son los que calculo que había por la zona) no pueden estar equivocados. Con ese magro consuelo esperé pacientemente mi turno en la cola y accedí al mítico conjunto arquitectónico que, marabuntas aparte, es espectacular. Teatros, templos, altares, santuarios, estatuas...
 Tal cantidad de monumentos bien merecerían todo un día de meticulosa inspección, y si es posible, asesorado por alguna eminencia en la materia.  En este caso, me conformé con un recorrido inferior a dos horas guiado tan solo por mi talento natural.
¿Cómo estaba la Acrópolis? ¡¡Abarrotá!!

 Lástima que para acceder a tan magno lugar tuviera que adoptar dos filosofías que detesto: el borreguismo y el clavelismo.
 Más apropiado para mi filosofía vital era mi próximo destino, ya que tenía entre ceja y ceja visitar Maratón.
 Como calentamiento tuve que pegarme una pateada de las buenas para llegar a una estación de autobuses no demasiado céntrica. Aprovechando el paseo y que estábamos a plena luz del día, me desvié un poco de mi ruta para visitar el controvertido barrio de Exarchia.
 Como he comentado en anteriores entradas, había recibido críticas de muy distinto signo signo sobre dicha zona. 
  No niego que es un lugar genuino con cierta personalidad. Se le considera un barrio anarquista, y la ocupación de inmuebles está a la orden del día. Como suele suceder, no se cuida igual lo que se adquiere legalmente que lo que se "okupa".  Las paredes del barrio están llenas de graffitis, o mejor dicho, es un grafitti continuo, generalmente de escaso valor artístico (por lo menos lo que yo entiendo como arte). La impresión general que transmite la zona es de suciedad  y desorden. Y me temo que en otras horas del día a ello se le sume el bullicio. Definitivamente, no es el lugar donde yo me buscaría una casa para vivir con mi hipotética pareja y mis aún más hipotéticos niños pequeños (a menos que fuesen anarquistas).
Exarchia. Una imagen vale más que 1000 pintadas.

 En el apeadero de autobuses tuve algún problema para encontrar el transporte que me llevara a Maratón. Tuve que preguntar algún conductor, cuando tenía delante de mis narices un letrero donde indicaba muy claramente cuál era el autobús que hacía la ruta de Μαραθώνας. Si hubiera estudiado letras puras en el bachillerato no me pasarían  estas cosas.
 El hecho de que en el coche de línea yo fuera el único no griego me hizo sospechar. ¿Cómo es posible que alguien visite Atenas y no redondee la jugada acudiendo a Maratón? Y sobre todo...¿por qué una amable pasajera me avisó cuando llegamos a la playa de Maratón pensando que, evidentemente, tenía que bajarme allí?
 La respuesta llegó cuando me di cuenta de primera mano de que el municipio de Maratón no es más que un conjunto de casas con muy poco encanto, situadas a orillas de la carretera. A poco que hubieran hecho los urbanistas del lugar, hubiera sufrido en mis carnes el síndrome de Stendhal,  al recorrer una ciudad con tan insigne nombre. Pero más bien lo que sufrí fue una pájara emocional.
Calle de Maratón. Y eso que le saqué el lado bueno...

 Pero aún se podía salvar la papeleta. Me enteré de que en el poblado había un museo de la Maratón que fue para mí como un chute de glucosa en plena carrera. El recinto atesora gran cantidad de trofeos, camisetas, un recorrido resumen por todas las maratones olímpicas y fotos con bibliografías de los mitos maratonianos. Sólo la ausencia de los ya mencionados Martín Fiz y Abel Antón le impidió al museo alcanzar la excelencia.
 Ya de vuelta a Atenas, me fijé en que la carretera está balizada y los hitos kilométricos marcaban la distancia de la carrera de Maratón a Atenas. Por lo visto, la ruta que siguió Filípides coincide aproximadamente con la de la actual carretera. Viendo el secarral que atravesábamos, "amenizado" de vez en cuando con alguna nave industrial, le doy mucho más valor a la hazaña que realizó el mítico soldado ateniense y que le costó la vida.
 Seguí con mi ruta turístico-deportiva dándome un garbeo por las inmediaciones del estadio del equipo de fútbol del Panathinaikos. Las numerosas e inquietantes pintadas que cubrían sus fachadas y la fama de que sus aficionados son más que viscerales, me hizo agradecer que no fueran horas de partido.
 Menos tendría que temer, aunque más que lamentar, tras visitar el complejo olímpico, esta vez de los Juegos de 2004. Está situado a las afueras de la ciudad, y es accesible tras un largo trayecto en metro. Es triste decirlo, pero el estadio de 1896 (que ya estaba construido en la Grecia Antigua) presenta un aspecto mucho más saludable. La mayoría de recintos están en desuso y es un poco desolador recorrer la zona. Pero había que hacerlo.
Aspecto poco alentador del complejo olímpico.

 A la vuelta, alargué la ruta de metro y acabé en la zona del Pireo (el puerto de Atenas). Ya era de noche, por lo que me limité a redondear mi jornada deportiva viendo por fuera el estadio de fútbol de Olympiakos (mucho menos amenazante en su aspecto que el de su eterno rival Panathinaikos) y el Pabellón de la Paz y la Amistad. Nombre cachondo donde los haya, ya que en esta mítica cancha de baloncesto se llegan a juntar más de 10.000 aficionados conocidos por recibir al equipo rival poco pacífica y amistosamente.
 Había sido una jornada un tanto extenuante. Para mi última jornada en Grecia necesitaba un destino algo más plácido que la inmortal pero bulliciosa Atenas.
 

miércoles, 21 de febrero de 2018

SALÓNICA

   Mi habitual estrategia de buscar alojamientos cerca de la estación de llegada a una ciudad, se vio impedida por la gran distancia de la terminal de Salónica respecto al centro. Ello me obligó a tomar un autobús urbano al que se le sumó casi media hora de sofocante paseo bajo el tórrido sol heleno.
 No era fácil encontrar el albergue, situado en una zona antigua de la ciudad. De ello da fe que mientras buscaba mi destino, una angelical tinajera cargada con un maletón que la podría contener, me preguntó cómo llegar al "Studios Arabas" que casualmente era el alojamiento al que yo me dirigía.
 En su caso su estancia iba a ser más prolongada que la mía, ya que la joven suiza iba a trabajar en el albergue.
 Mientras la dejé tomando el pulso a su nuevo trabajo, yo hice lo propio con la ciudad. Y la primera impresión no pudo ser más desafortunada. Mi camino de inspección por la zona de la estación discurrió por calles desangeladas, llenas de grafittis y suciedad. Ya estaba empezando a echar de menos Kavala cuando llegué a un paseo marítimo y la cosa empezó a mejorar dramáticamente.
 Aparte de la enjundia que da el mar a toda ciudad que baña, Salónica presenta numerosos vestigios de su denso y turbulento pasado, con restos de la Antigua Grecia y Roma, iglesias ortodoxas, sinagogas, construcciones otomanas...
 Especialmente interesante y relajante fue el paseo por el casco antiguo, auténtico laberinto de callejuelas tan estrechas como sugerentes. En sus inmediaciones me encontré con la casa natal de Ataturk que, curiosamente, fue el impulsor de la modernización de Turquía y su primer presidente. Evidentemente, las fronteras de la región han cambiado bastante en el último siglo.
Vistas sobre la bahía

 En la habitación del albergue, amén de otros 5 huéspedes, me esperaba un amenazador ventilador que, cual espada de Damocles pendía colgando del techo sobre mi cama. Afortunadamente pude manipularlo para encontrar el equilibrio entre eficiencia frigorífica y ruido soportable, por lo que "sólo" habría de preocuparme de los potenciales ronquidos de mis compañeros. Entre ellos me llamó la atención uno que además de ser compatriota (era catalán) destacaba por su aspecto perroflautístico. Esa tan discutible estética, que todavía canta más pasados los 40, como era el caso, no me impidió descubrir que se trataba de un personaje simpático e interesante. Tomé nota de su recomendación. Según él, la zona de Exarchía era la más recomendable en Atenas. Curiosamente, Christina, mi anterior anfitriona, me dijo que la evitara a toda costa. ¿Quién tendría razón? La respuesta llegará en las siguientes entradas.
 A la mañana siguiente tenía previsto empezar mi ruta con un tour gratuito. Sobreestimé mi sentido de la orientación y, a pesar de desplegar mi poderosa zancada una vez que me aclaré con la ruta a seguir, llegué tarde al lugar de encuentro.
 Nada mejor para superar el disgusto que aprovechar un pase turístico que me había regalado un compañero del albergue para visitar gratuitamente la Torre Blanca. Se trata de una estructura otomana  que ofrece en su azotea una privilegiada vista sobre el paseo marítimo.
Torre Blanca

  Desde allí no pude evitar dirigirme al Museo Olímpico que, para mi decepción, tenía cerrado el acceso a sus salas debido a un problema con el aire acondicionado. No coló que le expusiera a la recepcionista mi alta resistencia a las altas temperaturas, así que me tuve que conformar con una exposición temporal situada a la entrada con objetos de deportistas griegos de las olimpiadas de Río 2016. Teniendo en cuenta que esta visita también me salió gratis, tampoco puedo decir que me saliera del todo mal la jugada.
 Ya tuve que estirarme un poco (5 €, que tampoco me sacaron de rico) para entrar al Museo Judío de Salónica. Mas allá de las simpatías que el sionismo pueda despertar en mí, la visita encerraba una razón sentimental. No en vano, durante varios siglos la ciudad albergó una importantísima colonia de judíos sefardíes. Éstos mantuvieron su lengua y sus costumbres a pesar de hallarse a tantos kilómetros de Sefarad, que es como llamaban a su antigua patria española, de la que fueron expulsados en 1492. Para que nos hagamos una idea de su importancia, a principios del siglo XX, más de la mitad de la población de Salónica era sefardí. 
 Si esa colonia es hoy algo testimonial es, sobre todo, debido a los estragos que la invasión alemana produjo en la comunidad judía local en la Segunda Guerra Mundial.
Museo Judío de Salónica

 Mientras esperaba a que abrieran el museo, entablé conversación con un par de israelitas que se extrañaron de que un gentil lo visitara. Cuando les comenté mi origen, me comentaron, totalmente en serio, que España empezó su declinar como imperio a causa de la expulsión de los judíos. Teniendo en cuenta que eso sucedió el mismo año en que Colón arribó a América, se puede decir que, como mínimo, es una teoría discutible.
 Igualmente emotivo, aunque por razones muy distintas fue mi incursión en el Pabellón Nikos Gallis, al que me costó bastante encontrar, tanto por su nula señalización como por el hecho de que estuviera semioculto entre una densa arboleda. Vi una puerta abierta y me metí como Nikos por su casa. Me encontré con un guardia de seguridad que no puso ningún problema para que accediera a la pista.  A pesar de que el recinto estaba vacío, no me costó imaginarme las gradas abarrotadas de fogosos hinchas animando fervorosamente (e insultando aún más fervorosamente a sus rivales) a los Gallis, Yannakis y compañía.
Lástima no haber llevado encima un balón

 Aproveché una visita a un supermercado cercano a mi albergue para seguir profundizando en mi conocimiento de la gastronomía local. Me llamó la atención una tarrina que contenía una vistosa pasta de bonito color rosado llamada Taramosalata. Craso error, ya que me enteré a posteriori de que estaba hecha a base de huevas de pescado y tenía un sabor muy fuerte y desagradable para mi selecto paladar. Menos mal que una excelente sidra griega me ayudó a pasar el trance .
Arco de Galerio

 Esta vez calculé mejor y me pude sumar al turno de tarde del tour gratuito. La verdad es que con tanto y tan variado legado monumental, al simpático guía no le faltaron argumentos para vendernos Salónica como la gran ciudad histórica que es. Y eso a pesar de algunos desmanes como el de rodear completamente de rascacielos un yacimiento romano, y no contentos con ello, apurar al máximo apoyando las columnas de uno de los edificios en tan valioso resto histórico. Por lo que nos comentó el guía, en Grecia, la conservación de su vastísimo patrimonio no siempre ha sido la mejor, y esto era buena prueba de ello.
Las clásicas columnas griegas

 Una vez que acabó el recorrido, me hice el encontradizo con una albanesa que había formado parte de la comitiva. No tardamos en adoptar a otras dos ex-compañeras que aún no se habían desperdigado para formar un improvisado cuarteto en busca de un lugar donde cenar en buena y novedosa compañía.  Acabamos en una agradable taberna del casco viejo donde servían deliciosa comida tradicional. La albanesa dio una de cal y otra de arena. Primero pidió 4 platos (quería probar un poco de todo) que, evidentemente no se pudo terminar y a los que el resto de comensales pudimos gustosamente finiquitar. La conversación derivó a la política y acabó surgiendo el monotema, del que no me pude librar ni en Grecia. Ella había pasado 10 días en Cataluña y su punto de vista no admitía dudas. Los catalanes (así en general) se querían independizar y Madrid no les dejaba. Mientras expuse mi punto de vista, que matizaba bastante sus tesis, entendí que si una albanesa ya talludita era proindependentista tras pasar poco más de una semana en Mollerusa, cuánta mayor influencia recibirá un niño sometido a la inmersión. Algo que suena tan asfixiante no puede ser, en mi opinión, ni mucho menos pedagógico, amén de otros efectos secundarios adversos.
 Casualmente, dos de mis improvisadas compañeras pernoctaban en mi albergue, así que nos despedimos de la albano-catalana y nos retiramos a nuestros cuarteles de verano. Aún tuve allí algo de conversación con mis compañeros de cuarto antes de dormir. Al día siguiente tocaba proseguir viaje. La mítica ciudad de Salónica no me había defraudado en absoluto. Pero Grecia aún tenía mucho más que ofrecerme.
 




domingo, 7 de enero de 2018

PERIPECIAS KAVALÍSTICAS

 En la primera mañana en Kavala, mi anfitriona Christina me llevó a dar un paseo por su ciudad.
 Empezamos por la casa de Mohammed Alí. En este caso no se trataba del célebre boxeador, sino de un antiguo gobernador de Egipto, que había nacido en esta ciudad griega cuando estaba en manos del Imperio Otomano. Aparte de la importancia de su antiguo morador (se le considera el padre del Egipto moderno), la casa está muy bien conservada, y es un buen ejemplo de la arquitectura de la época.
Interior de la casa de Mohammed Alí

 La ciudad de Kavala tiene una posición privilegiada. Su casco histórico, situado en una colina, es una atalaya perfecta con vistas al Mar Egeo, donde emerge cercana la mítica isla de Tasos.
 Pero más allá de las intrincadas callejuelas y el privilegiado entorno, la ciudad de Kavala tampoco ofrece mucho más desde el punto de vista turístico. Pero eso no es problema si contamos con nuestro amigo Theodoros, que con gran amabilidad prosiguió su labor de conductor y guía turístico de la zona.
 Nuestro primer destino fueron las cuevas de Alistrati. En su interior, los sedimentos calizos acumulados a lo largo del tiempo han formado unas curiosas estructuras que impresionan, constituyendo una auténtica maravilla geológica. Y lo bueno es que se pueden visitar cómodamente dando un paseo por una galería bastante amplia.
Alistrati. La foto no es mía. Se nota, ¿no?

 En ruta hasta nuestro siguiente hito, amplié mi ya extensa lista de Turismo Nominal al paso por la localidad de Drama. En este caso hizo honor a su apelativo. ¿Puede haber algo más dramático que una ciudad con tan sugerente nombre sea un conjunto de edificios sin ningún interés? Pues sí que lo hay, y pude comprobarlo unos días después sin salir de tierras helenas.
 Más interés despertaron las ruinas arqueológicas de la ciudad de Filipos, que era nuestra intención visitar, pero llegamos demasiado tarde para ello. Pero no nos fuimos de vacío del emplazamiento, ya que en el anfiteatro se iba a celebrar un concierto de música griega. Yo estaba un poco escamado tras la mejorable experiencia del día anterior. Aunque de momento, las gradas ofrecían mucha más comodidad que el terraplén que mi trasero aún recordaba con poco agrado.
Todo preparado para el concierto

 Esta vez se trataba de una popular cantante llamada Alkistis Protopsalti que interpretaba temas del compositor Stavros Xarchakos, que estaba presente dirigiendo la orquesta. A pesar de que hago todo lo que puedo por ser un cultureta, no me sonaba ninguno de ambos, pero por lo que me comentaron mis compañeros, son unas auténticas instituciones en el país.
 Pronto me empecé a dar cuenta del por qué. Aunque nunca había escuchado ningún tema, pronto empezaron a atraparme. 
 Esta vez sí sonaba como música genuinamente griega, siendo además de máxima calidad. El ambiente creado en tan magnífico concierto en una ubicación tan sugerente fue absolútamente mágico. Tanto que incluso acabé tarareando algunas canciones a pesar de mi todavía escaso nivel de griego.
  Con el público volcado y disfrutando al máximo, me preguntaba si la tan cacareada crisis en Grecia no era una exageración sensacionalista. No tardaría en darme cuenta de mi pequeño pero craso error.
Una maravilla

 Al día siguiente seguimos merodeando por la zona. Esta vez nos dirigimos a un museo de cera. No parece ser algo muy extraordinario, pero éste tenía algunas peculiaridades. Todas las figuras estaban realizadas por la misma persona, que decidió ubicar el museo en su pueblo natal, una diminuta villa en mitad de la nada.
 El local estaba dividido entre celebridades locales (Onassis, Maria Callas, Paraskevi Patolidou...) e internacionales (Michael Jackson, Lady Di o Elvis Presley). Las efigies estaban realmente bien realizadas, y tuvimos ocasión de manifestárselo al autor, ya que era la persona que vendía los billetes en la entrada.
Sección internacional del museo de cera

 A mediodía, en Kavala, conocí al hermano de mi anfitriona. Un tipo muy agradable, pero que me dio una visión del estado económico y social del país mucho menos amable de la que me había quedado tras el memorable concierto de la noche anterior. A pesar de trabajar de ingeniero, el irrisorio sueldo que cobraba, ya muy avanzado el mes, no le llegaba y se había visto obligado a cultivar hortalizas para venderlas. Y sin salir de la familia, Christina se fue a vivir a Chipre poco después de recibir mi inestimable visita.
 Por la tarde volvimos a las ruinas de Filipos, llegando a tiempo para desquitarme del intento del día anterior. Nada menos que griegos, romanos, cristianos y bizantinos habitaron y dejaron su particular huella en la ciudad. Pero parece que desde entonces no se ha cuidado mucho el lugar, ya que el yacimiento estaba bastante "escojonado". Y para más INRI, contaba con un museo al que parecía que habían llevado lo poco que se encontraba medianamente en buen estado.
Filipos: Con lo que tú has sido...

 El vacío que me había dejado la visita a Filipos, lo cubrió con creces nuestra visita a un popular restaurante de Kavala donde nos pusimos las botas de deliciosa comida local a precios muy competitivos. Que unos míticos vestigios de las cunas de nuestra civilización ,que además son patrimonio de la Unesco, me impresionaran menos que una salsa Tzaziki o un queso feta, me da que pensar.
 En la misma línea de superficialidad y hedonismo, pasamos la mañana siguiente en una playa cercana a Kavala. A diferencia de lo que me había encontrado en la ciudad albanesa de Durres, esta playa era bastante competente, con arena color arena (no color ceniza) y agua color agua de mar (no Colacao).  Pero tan privilegiado enclave natural no había escapado a la codicia humana. El recinto estaba acotado y la arena estaba copada por tumbonas y sombrillas que dependían de chiringuitos playeros. No cobraban entrada, pero había que consumir a precios muy poco competitivos (Cerveza a 4,5 €). Y como hilo musical, nos tocó padecer las estridentes radio fórmulas que los baretos hacían sonar a todo trapo. Quien busque relax y tranquilidad que mire en otra parte.
 Se acercaba el momento de abandonar la ciudad. Pero no sin antes volver al restaurante de la noche anterior a darnos un último homenaje. Me convenía cargar bien mis adipocitos, habida cuenta de la austeridad nutricional que acostumbro a seguir en mis viajes.
¡Esto sí que es arte!

 Christina y Theodoros habían sido unos grandes anfitriones. Gracias a ellos pude conocer muchos rincones que habrían pasado desapercibidos para mí, además de darme mucha información sobre la vida cotidiana de los griegos. Me despedí con pena de ellos y de la ciudad. Habían sido tres días en los que sólo tuve que dejarme llevar. Por un tiempo, eso está muy bien. Pero el gusanillo de la aventura y el talento natural seguían dentro de mí, y no iban a tardar en salir de su letargo en mis siguientes destinos.


domingo, 10 de diciembre de 2017

KAVALA: SI NO PUEDES CON EL ENEMIGO, IMÍTALO



Este es el viajecito que me esperaba.
  Me despedí de los anfitriones del albergue como quien se despide de la familia y me dirigí al centro para tomar un autobús. La más de media hora de retraso con la que se presentó el vehículo fue un aviso de que ese día me tenía que tomar las cosas con filosofía (nada más adecuado para mi próximo destino).

 Pronto llegamos a la frontera entre Albania y Grecia. Dado que el primer estado no pertenece a la UE, las cosas no iban a ser tan fáciles como cuando se entra a Francia por el Portalet.
 Nos detuvimos y tuvimos que esperar un buen rato hasta que las autoridades albanesas comprobaron nuestros pasaportes y nos expidieron unos billetes en los que yo figuraba como "Alonso". 
 Tras este trámite, el autobús avanzó unos 50 metros para ocupar su puesto en una fila no muy larga, pero que apenas avanzaba. 
 Una vez que llegó nuestro turno tuvimos que bajarnos y presentar nuestro pasaporte a las autoridades helenas. No contentas con ello, nos obligaron a sacar nuestras maletas de la bodega y depositarlas en unas mesas para su inspección.        
 Dado que no había espacio suficiente, esperé a que los policías revisaran la primera tanda para poner mi maleta. Para mi sorpresa, y casi decepción, no hicieron ni ademán de registrarla. Seguro que el día que lleve cocaína no me sucede esto.
 Habíamos pasado más de dos horas de tensa a la par que aburrida espera en la frontera. Todo estaba en orden por lo que pudimos internarnos, al fin, en la mítica Grecia, país que a pesar de sus encantos de todo tipo, aún no había visitado.
 Los familiares paisajes mediterráneos que nos recibieron no me parecían tan monótonos cuando me imaginaba que en ellos habían coexistido héroes, dioses y otros personajes mitológicos. Así que en cuanto me quise dar cuenta ya estaba llegando a la estación de autobuses de Salónica. Pero eso hubiera sido demasiado fácil, así que allí saqué otro billete para la ciudad de Kavala, también costera, pero situada más hacia el este.
 Mi breve intercambio comercial con la empleada que me vendió el título de transporte, me sirvió para comprobar que mi inglés con acento de Huesca, que tan poco me había servido en Albania, volvía a ser un elemento útil en tierras griegas.
 Tras otro par de horas de propina arribé a Kavala. Allí me esperaba una amiga (Christina) que me iba a dar cobijo. Aunque las cosas no empezaron muy bien. Debido a un malentendido yo tomé un taxi hasta su casa que se debió cruzar con el que ella cogió para esperarme en la estación. Para regocijo de los taxistas locales, lo que debía haber supuesto una carrera (o mejor ninguna) acabaron siendo tres (la mía y dos de la anfitriona).
Kavala

 Acostumbrado a compartir habitación con más gente, el hecho de tener una sólo para mí parecía que iba a ser un auténtico lujo. Pero además de mi amiga, había otros "huéspedes" en la casa. Nada menos que 6 gatos. No tuve mucho tiempo de socializar con mis nuevos compañeros, ya que un gran evento nos estaba esperando. 
 Se trataba de un concierto de la cantante griega Eleonora Zouganeli, que tenía lugar en un castillo abandonado a unos kilómetros de Kavala. Para llegar allí contamos con la inestimable colaboración de Theodoros, un amigo de mi anfitriona que hizo de cicerone llevándonos en coche a todas partes. 
 La verdad es que el entorno en el que se enmarcaba el concierto era inmejorable. La situación elevada del castillo otorgaba una impresionante vista sobre la bahía, tenuemente iluminada por el crepúsculo
 Pero lo que le sobraba en belleza le faltaba en comodidad, ya que los sufridos espectadores nos tuvimos que acomodar como pudimos sobre el suelo en una empinada colina, en la que la pendiente impedía colocar sillas.
 A pesar de la forzada postura, el comienzo del concierto fue prometedor. Aparte del privilegiado emplazamiento, la cantante tenía muy buena voz, derrochaba energía y además estaba de muy buen ver. 
 Pero al rato, la propuesta me empezó a cansar. No conocía ninguna canción de la artista, que eran mayoritariamente baladas pop en griego. Interesante para un rato, pero demasiado para las dos horas y media que, sentado sobre el duro e inclinado suelo, se estaban convirtiendo en una pequeña tortura.  Mis dos compañeros tampoco estaban pasándolo mucho mejor. Así que, rompiendo mi regla no escrita de amortizar al máximo toda inversión, abandonamos el concierto antes de su conclusión.
 No veía la hora de acostarme y descansar. Me las prometía muy felices teniendo un sofá-cama y un salón solo para mí, sin ningún ruidoso aire acondicionado en lontananza. Pero poco tardé en darme cuenta de que los numerosos felinos que deambulaban por la casa querían también su parte del pastel, y en cuanto me descuidaba, se empeñaban en invadir mi espacio de seguridad.  
 En mi caso, los únicos animales con los que puedo compartir tálamo, son los ácaros, y sólo si se están quietecitos.
 Después de muchos intentos de deshacerme de los gatos, y ante su insistencia, me rendí a la evidencia. En ese sofá me iba a ser imposible pegar ojo. 
 Tras un análisis de la situación, decidí que, en vez de luchar contra los félidos, sería más pragmático aprender de ellos. 
 Así, caminando con un sigilo exquisito, penetré en el cuarto  de mi anfitriona y me acerqué a la cama, donde Christina dormía profundamente.
  Respiré hondo y, rompiendo las más elementales normas del recato, me tumbé cuidadosamente en el lecho, aprovechando el escaso medio metro que había quedado disponible.   


lunes, 27 de noviembre de 2017

HOSPITALIDAD ALBANESA: IGLESIAS CERRADAS Y CORAZÓN ABIERTO

  Mientras estábamos desayunando en el albergue, y ante la expectación del resto de los huéspedes, apareció nuestro compañero británico. No presentaba muy buena cara, pero  era mucho mejor de la que se espera de alguien que se haya pegado un trompazo sólo unas horas antes. Nos comentó que la noche anterior se había juntado con unos locales, había perdido la cuenta de las cervezas que bebió y que no se acordaba de nada más. Cuando le explicamos lo que le había sucedido, aparte de no saber dónde meter la cabeza, dijo que ahora se explicaba por qué tenía las rodillas enrojecidas. Limitadas consecuencias para tan aparatoso incidente.
Ya empezaba a familiarizarme con el idioma. Hasta entendía los letreros.

 Korcë ya estaba más que explorado, por lo que se imponía hacer alguna excursión. 
 La tarde anterior había preguntado en la oficina de turismo, donde ofrecían excursiones guiadas a precios astronómicos. Por ello se me abrió el cielo cuando mi compañera alemana comentó que tenía intención de visitar el cercano pueblo de Voskopojë. Se trata de una pequeña villa que en su día fue un gran centro cultural y religioso, albergando una buena cantidad de iglesias ortodoxas. Aunque yo sea más bien "heterodoso" me apetecía hacer algo en compañía, y más si era tan buena, ya que la teutona no tenía desperdicio. Como si no tuviera suficiente con ser alemana, además se trataba de una turista alternativa (preguntó si se podían visitar fábricas abandonadas), bloguera, políglota y buena conversadora.
 Para llegar al pueblo había que tomar una furgoneta en la zona oeste de Korcë. Como no teníamos muy claro dónde, preguntamos a una entrañable ancianita que, aunque no hablaba inglés, puso todo de su parte para hacerse entender e incluso nos acompañó andando un buen trecho hasta el lugar. Así da gusto.
 Si Voskopojé tuvo un periodo de esplendor, poco queda del mismo. Se trata de un pueblo muy pequeño, aunque con un número relativamente elevado de iglesias. Eso sí, estaban todas cerradas.
 Mi compañera tenía mucho interés en visitar alguna por dentro, así que no paró de preguntar hasta que nos encontramos a un venerable sacerdote que parecía sacado de otro tiempo. Su estética ascética, en la que destacaba una poblada barba cana, le otorgaba un elevado aire de respetabilidad. Además de ese porte, llevaba consigo la llave de una iglesia, que accedió a mostrarnos a nosotros y a un grupo de franceses. 
Interior de una iglesia ortodoxa

 Aunque el interior del templo estaba muy degradado, se podían encontrar un gran número de pinturas y frescos ortodoxos bastante destacables.
 Seguimos rastreando por el pueblo hasta que encontramos otra persona que nos abrió otra iglesia que, al igual que la anterior, había vivido mejores días. Por lo visto, en la época comunista la mayoría de templos habían sido destinado a usos menos sacros y más agresivos para su conservación.
 Más interesante fue un paseo que hicimos a un monasterio situado a unos 3 km del pueblo, más por el interés paisajístico de la zona de montaña que por el edificio en sí.
 A mediodía Voskopojë había dado de sí todo lo que tenía que dar. A falta de un horario regular de transporte, estuvimos pendientes en la plaza central para ver si aparecía alguna furgoneta de vuelta.
 Al poco rato, se paró un coche delante de nosotros y se ofreció a llevarnos. Nos subimos confiados y nos dejó en el centro de Korcë sin querer cobrarnos.
 No sería el único detalle de la hospitalidad que bendice estas tierras. Por la tarde se nos citó a los huéspedes del albergue a la mesa para celebrar la llegada de un contingente de jóvenes franceses y una pareja de albaneses.
 Mientras el cabeza de la familia anfitriona se esforzaba con su limitado inglés en conversar con los huéspedes foráneos, su hija no dejaba de sacar platos de deliciosa comida local, cortesía de la casa.
 Con el estómago lleno y y la moral alta tocaba darse un voltio por el festival de la cerveza. Esta vez fui acompañado del grupo de galos y de Adam, que como buen británico, seguía dispuesto a seguir bebiendo a pesar del escarmiento del día anterior. Eso sí, me encargó que lo vigilara y lo detuviese al llegar a la quinta consumición.
Korcë: ciudad cervecera

 No pudimos encontrar ninguna mesa libre, así que pululamos por los puestos bebiendo cervezas a gran ritmo.
 Ya llevaba mi compañero inglés 4 cervezas cuando le avisé de que estaba a una de pasar el Rubicón. Se dio por enterado y se pidió dos cervezas en su última auto-ronda. Así pudo beber más de las 5 estipuladas retorciendo al máximo nuestro contrato verbal. Eso sí, ya me comentó que al día siguiente, como era el último, no se iba a poner límites. Genio y figura.
 Aprovechando que aún estábamos razonablemente serenos nos volvimos al albergue. Al día siguiente me tocaba abandonar Albania. Aunque a primera vista no me había atraido demasiado, poco a poco, la hospitalidad de sus gentes y su atmósfera peculiar, hicieron que la idea de despedirme de estas tierras se me hiciese cuesta arriba.


 




 



lunes, 13 de noviembre de 2017

KORÇË: AL FINAL, CAYÓ EL GORDO

 Unos 20 minutos antes de la hora acordada, me presenté junto al solar del Qmal Stafa para tomar el transporte a mi siguiente destino. Se trataba de Korçë, una pequeña ciudad en el sureste de Albania.
 A pesar de mi adelanto, ya tenían todo preparado, y al verme llegar en lontananza me metieron prisa para que ocupara mi sitio en la furgoneta. Dado que el maletero estaba a tope, pusieron mi maleta en otro furgón. Al percibir mi rostro de inquietud, me tranquilizaron diciendo que íbamos todos juntos y que la recuperaría al final.
 Viendo lo poco que nos costó salir de la caótica capital, me di cuenta de que, a falta de unas circunvalaciones competentes, tiene sentido que haya en Tirana diferentes "estaciones" de "autobús" dependiendo del destino al que se dirijan.
 Yo era el único forastero de la expedición, por lo que no pude intervenir en las conversaciones y me mantuve serio ante las bromas del, parece que bastante gracioso, conductor.
 Una vez que me había alejado de la costa y había abandonado la capital, me daba la impresión de que nos estábamos internando en la Albania más profunda y genuina. Y eso se empezó a apreciar en detalles como el que al paso de un pueblo, el conductor de la furgoneta se detuviera para entregar un paquete en una tienda. O que nos parásemos junto a una sala de fiestas donde se bajaron unos ocupantes de la furgoneta, no sin antes descargar del maletero una gran cantidad de ornamentos que iban a decorar el local para albergar una boda. Sin olvidar el recoger a una pareja de ancianos al borde de la carretera para dejarlos en la villa más cercana.
 Así que el viaje fue de lo más entretenido, por lo que las 5 horas se me pasaron en un suspiro. El mismo que di cuando siendo ya el último pasajero de la ruta vi como, por arte de magia, el conductor sacaba de la parte trasera de la furgoneta mi maleta, que había partido de Tirana en otro vehículo. El único momento en el que se pudo producir el trasvase fue en una parada que hicimos en un área de servicio. Pero yo estuve casi todo el rato cerca de mi furgoneta y no vi nada. En este tipo de situaciones me daba cuenta de cuán indefenso estaba y de qué poco se aprovechaban de mi situación los honrados albaneses.
Catedral ortodoxa de Korçë
 Mi albergue no estaba situado muy lejos del centro (a unos 20 minutos andando), pero su entorno distaba de ser idílico. Se trataba de una zona industrial bastante inhóspita.
 Como un oasis en medio del árido desierto, el albergue era un lugar realmente acogedor. No sólo por su estilo, más parecido a una casa corriente, sino también por la amabilidad y calidez de la familia que lo regenta.
 No respondí de la forma más conveniente al generoso recibimiento de la hija, que me ofreció un licor local llamado raki, de que apenas probé un sorbo. Nunca he tolerado bien las bebidas de alta graduación y en este caso preferí pasar por descortés antes que tentar a la cirrosis. En todo caso, me llamó la atención esta bienvenida en un país mayoritariamente musulmán. 
 Pero lo del raki era pecata minuta, teniendo en cuenta que en esos días se estaba celebrando en la ciudad una especie de "Oktoberfest" a la albanesa. Afortunadamente, la "sharia" ni está ni se la espera.
Cualquier nicho de mercado es bueno

 Korçë es una ciudad de un tamaño similar al de Huesca. Como no es ésta una medida universal de superficie, aclararé que cuenta con unos 50.000 habitantes. 
 Aunque presenta algunos edificios religiosos destacables y alberga un museo en la primera escuela del país en la que se enseñó en albanés (antes se hacía en griego), no se puede decir que sea un lugar monumental. A pesar de ello, no deja de ser agradable pasear por sus tranquillas calles y bulevares.
Calentando motores

 Volví al albergue con la esperanza de reclutar compañía para desfasar un poco en la feria de la cerveza. Pero no hubo suerte. Mis dos compañeros de habitación eran una alemana que no ejercía como tal, poco amante de la cerveza, y un británico que honraba con creces su procedencia, pero había quedado ya con otra gente.
 El "Festa e Birrës" es uno de los mayores eventos del país. Durante 5 días se habían habilitado dos escenarios distintos con música en vivo y numerosos puestos de cerveza y comida. Junto a ellos se habían colocado un gran número de bancos y mesas corridas, ideales para fraternizar. 
Poco pude fraternizar yo, aparte de conmigo mismo. Así que me limité a darme un voltio por los dos escenarios y probar alguna de las cervezas, que aunaban una más que aceptable calidad y un precio imbatible.
 A pesar de que la música en vivo no me parecía muy interesante (Pop en albanés; hubiera preferido algo más tradicional) la fiesta presentaba un gran ambiente.
Se les apoderan las cervezas

 Entre tanta gente, mi soledad se hacía algo incómoda, así que no tardé en volverme a descansar. Esa era mi intención, que pude llevar a cabo hasta que nuestro compañero londinense empezó a hablar en sueños. Su estado onírico no debía estar siendo muy plácido, ya que pronto se empezó a mover en la cama. La tenue luz de la pieza me permitió vislumbrar cómo se iba acercando peligrosamente al borde de la litera superior.  Sin poder hacer nada por evitarlo, presencié cómo esos más de 100 kg de inglés ebrio caían a plomo sobre el suelo de la habitación, provocando un gran estruendo.
 Con el lógico impacto, mi primer pensamiento fue dudar entre si se había matado o sólo malherido. Algo parecido debió pensar la compañera alemana que dormía debajo de él y que, asustada, le preguntó si estaba bien.
 Tras unos segundos que parecieron horas, Adam balbuceó algo parecido a una respuesta. Por lo menos estaba vivo. Y tanto. Al poco rato se levantó del suelo e hizo una visita al retrete, tras lo cual, volvió a subir a la litera como si nada hubiera sucedido.
 Si impactante fue la escena nocturna, casi traumática fue la primera imagen del accidentado con la que me encontré nada más despertarme. Estaba profundamente dormido y como única prenda llevaba una camiseta. Por desgracia, ésta no se había estirado lo suficiente para ocultar ciertas partes de su anatomía que el decoro me impide nombrar.