lunes 23 de noviembre de 2009

II Torneo de Touch Rugby "Cassoulet"



Hace unos meses publiqué una entrada en la que hablaba de la creacción en Huesca de un club de una modalidad de rugby llamada "touch". Poco a poco hemos ido creciendo hasta el punto de ser invitados a un torneo internacional celebrado en Toulouse. Yo había estado unos meses desconectado, y ando un poco perdido, pero me apetecía vivir esta experiencia.
El viernes por la mañana, con un "ligero retraso" hicimos de avanzadilla para preparar el terreno en Toulouse. El largo viaje fue amenizado por las anécdotas que el capitán del equipo fue desgranando con su particular sentido del humor y su gracejo extremeño. A pesar de no llevar GPS pudimos llegar al hotel, no sin haber tenido algunos titubeos. A pesar de eso, yo prefiero ir con el plano. La sensación de aventura es mayor, aunque se pase algún momento de apuro. Nuestro hotel era un "Etap". De la misma familia que los "Formule 1", aunque con un punto más de confort. No me gustan mucho estos hoteles, todos tan igualitos y funcionales, sin alma. Aunque hay que reconocer que son muy prácticos y económicos. Lo más destacado de los alrdedores del hotel era la "Ciudad del Espacio", un espacio temático en el que destacaba la imponente presencia del cohete francés Arianne. Nos vino muy bien como referencia para guiarnos hacia el hotel en muchos casos. Una vez unificada la expedición fuimos a cenar a una pizzería cercana. La comida era correcta, con raciones generosas. Un poco cara la comida, pero la verdadera clavada nos la metieron en la bebida. Medio litro de cerveza, 7 euros. Parece ser que en Francia ser un borracho sale caro, y no sólo por la cirrosis.
La situación periférica del hotel y la necesidad de guardar fuerzas para el día siguiente hicieron que nos retiráramos pronto a dormir.
El sábado era el día del torneo. Como empezaba a las 12 aprovechamos la mañana para dar un voltio por Toulouse. Se veía una ciudad bastante animada. No pudimos ver gran cosa, pero tenía buena pinta. La visita más esperada por muchos miembros de la expedición fue la tienda del "Stade Toulousain", equipo local de rugby, uno de los mejores de Europa.Los precios, nada populares, echaron a más de uno hacia atrás, aunque alguno se llevó algún balón conmemorativo. Después nos dirigimos, por fin al estadio. Allí nos recibió la organización y se hizo una demostración para que quedaran claras las reglas a todos los equipos. En los prolegómenos mi presencia se hizo necesaria como intérprete, ya que era el único jugador de nuestro equipo que hablaba francés. Me gustó poder practicar esa lengua, un poco oxidada tras mi paso por Escocia. Nuestro debut fue contra el equipo de Nantes. En un partido poco vistoso, pero muy emocionante logramos imponernos por 1 a 0. Nuestro principal objetivo, que era ganar algún partido se consiguio a las primeras de cambio. Y además ante, nada menos que el equipo de Nantes. La alegría y la euforia se apoderaron del grupo. El siguiente partido se encargó de devolvernos a la realidad. El Saint Marcellin tenía menos nombre que el Nantes. Además sus comonentes eran bastante veteranos. Pero se notaba que sabían jugar. Y así lo hicieron, ganándonos por 5 a 2. El siguiente partido fue contra Pau. Se trataba de un equipo con mucho oficio, con el culo pelado de jugar durante muchos años. Hicieron uso de numerosas triquiñuelas y marrullerías para llevarse el gato al agua. Lejos de amilanarnos,esto hizo que el equipo sacara lo mejor de sí mismo, luchando hasta la extenuación. Llegamos a adelantarnos por 2 a 1, aunque nos remontaron para vencer por 3 a 2. En los dos siguientes partidos pagamos el esfuerzo perdiendo contra Toulouse y La Rochelle. A continuación jugamos el cruce contra los sextos del otro grupo, un equipo de Barcelona, con el que conseguimos empatar a 3 y quedar tan amigos. A la salida, mientras tomábamos unas cervezas junto al estadio, se nos acercó un argelino empleado del estadio para hablar. No sé dónde se habrá informado, porque nos dijo que España iba a ser en 10 ó 15 años la cabeza de Europa. También pudimos recordar el mundial España '82, en el que tan buen papel hizo su selección. Volvimos al hotel, nos adecentamos y nos encaminamos a la fiesta que preparó la organización. No estaba muy lejos el Etap, así que fuimos andando por las desoladas calles que caracterizan los suburbios franceses. En un local perteneciente al equipo de rugby se celebrabra una cena amenizada con música y regada con buen vino de mesa francés. Unos patés de aperitivo dieron paso a la estrella gastronómica de la zona: el cassoulet. Se trata de un plato a base de alubias, salchichas y pato. Lo trajeron en unas enormes cazuelas horneadas. No sé si porque estábamos muertos de hambre después de haber jugado 6 partidos o porque el plato era delicioso, pero no dejamos ni rastro. En la fiesta coincidimos con varios equipos a los que nos habíamos enfrentado. El ambiente, como suele ser habitual en los "terceros tiempos" fue de lo más cordial. También sirvió para unir lazos dentro de nuestro propio equipo. A eso de la una se dio por finiquitada la fiesta. Unos cuantos se fueron directamente al hotel. A otros nos motivó la idea de continuar la noche en una discoteca, y un tercer grupo se ofreció a guiarnos hasta la puerta. Con ayuda de un GPS llegamos a la calle donde se suponía que estaba la "boite". Eso sí, el artilugio nos hizo dar una vuelta impresionante por calles desiertas, colmenas, y zonas tugurientas y solitarias. La discoteca no se divisaba, y como ya veíamos el Arianne en lontananza decidimos volver al hotel.
La mañana siguiente la consagramos a conocer un poco más la ciudad. A pesar de ser domingo, estaba llena de gente. Había un gran número de mercados, unos callejeros y otros cerrados, donde se podían adquirir un gran número de exquisiteces culinarias como quesos, marisco, vinos. Otros eran más humildes y ofrecían frutas, verduras o ropas. Pero todos ellos daban un aire especial a la ciudad, más humano y entrañable que el que nos brindan los modernos centros comerciales. Aún nos quedaron algunos rincones de Toulouse por visitar. Espero que podamos recorrerlos en año que viene en el próximo torneo Cassoulet. A todos nos gustó la experiencia, y sería buena señal que volviéramos el año que viene. Esto ya no hay quien lo pare.

viernes 6 de noviembre de 2009

Derry / Londonderry



Había dejado mi crónica del viaje de regreso un poco olvidada. Espero que las musas me acompañen hasta que la concluya. Me había quedado en Belfast,tras una noche de grandes expectativas y escasos resultados. La mañana siguiente di un paseo de despedida visitando un jardín botánico cercano. Como era domingo, los invernaderos estaban cerrados. No me parece una medida muy lógica, pero si algo ha brillado por su ausencia estos 5 meses, es precisamente la lógica. Cogí un autobús que me conduciría a mi siguiente destino: Derry. O Londonderry, como les gusta llamarlo a los unionistas. A mí tanto me da, pero desde ahora diré Derry, más que nada por ahorrar un poco.
Tras poco más de una hora y media de trayecto por verdes y ondulados paisajes llegué a Derry. Tras la clásica visita la oficina de turismo me encaminé al hostel de turno. Cuando llegué me encontré con la puerta cerrada. Llamé al timbre, pero nadie acudió. En la puerta, había un cartel con un teléfono para llamar en caso de que no hubiera nadie. Así lo hice, pero pude comprobar que ese teléfono era el que estaba dentro del hostel. Como se suele decir por aquí:"Hacer un pan con unas tortas". Si no hay nadie en el hostel para abrirte tampoco habrá nadie para coger el teléfono. En fin... Así que cargando con el maletón, me fui a comer para hacer hora. Recordaba haber puesto en casilla de hora aproximada de llegada, las 15. Claro que la reserva estaba hecha 3 semanas antes y uno no es tan cuadriculado como para conocer estos detalles de antemano con tanta precisión. Me fui a comer para hacer hora. Una enorme hamburguesa vegetal regada con cerveza hicieron más agradable la espera. Volví al hostel a eso de las 3 y, entonces sí, me abrieron las dueñas del hostel. Mi hogar por un día estaba impregnado de aire revolucionario y pro irlandés. Aunque realmente yo lo elegí porque salía barato.Mi habitación tenía 4 camas, aunque sólo estaba ocupada una, aparte de la mía. Mi compañero era Kevin, un estadounidense muy majete, profesor universitario pese a su juventud. Dejé los bultos y salí a conocer la ciudad. Mi referencia era, al igual que en Belfast, el problema político-religioso, muy bien reflejado en la película "Bloody Sunday", ya comentada en este blog.
La situación llegó a estar tan tensa que, incluso los católicos se encerraron en un barrio, al que no tenía acceso la policía, y que denominaron "Free Derry". Antes de recorrer estos escenarios pude comprobar que el centro de la ciudad tenía bastante encanto, y una historia de varios siglos, aunque siempre marcada por el conflicto entre las dos comunidades. Pero era hora de "bajar al barro". Lo primero que atrajo mi atención era la pared en la que se había conservado el mensaje "you are now entering Free Derry", situado a la entrada de lo que fue durante un tiempo una auténtica "ciudad sin ley". O por lo menos sin la ley británica. No faltaban los murales, lo que me hacía sentir en una especie de Belfast en pequeño. Me costó bastante encontrar el barrio unionista, que era, además muy pequeño. Luego me enteré de que la mayoría de protestantes se habían mudado al otro lado del río. Por tanto, los que quedaban aquí debían ser los más bravos. Aunque muy interesante, la visita por estos barrios me cargó bastante. Nada mejor que un paseo a orillas del río para relajarme.
Volví al hostel y allí me encontré con varios personajes curiosos. Una francés, ya en sus cuarenta y muchos años que vino con una guitarra. Era músico y venía a empaparse de los ritmos celtas. A pesar de mi insistencia y mi intento de soborno (le ofrecí una hamburguesa de pavo) no conseguí que nos hiciera una demostración musical. Andaban por allí una pareja de vascos. Parece ser que muchos vienen atraídos por el ambiente nacionalista que se respira. También conocí a una chica neozelandesa mientras me hacía la cena. Le ofrecí la otra hamburguesa de pavo que me sobraba y charlamos un rato. Alguna vez he comprobado que muchas mujeres, normalmente sin venir a cuento, mentan a su novio a los pocos minutos de conversación como para evitar ser objeto de ataques. En este caso, mi nueva amiga no mencionó al novio sino a la novia. La tenía durmiendo en el mismo hostel. La propuse ir a echar una cerveza y aceptó. Fuimos a un pub lleno de banderas irlandesas, celtas, vascas, bretonas,etc. No quedaba duda de qué bando estaban. La conversación con la neozelandesa fue de lo más interesante. El hecho de que fuera sáfica y además con pareja alivió la presión que todo hombre tiene cuando está a solas con una mujer para conseguir conquistarla. Eso hizo que pudieramos hablar con más libertad, tocando temas muy profundos, poco habituales incluso con gente que conozco hace años. Cuando estaban cerrando el segundo pub que visitamos, nos encontramos con mi compañero de cuarto acompañado de una chica israelí, que también pernoctaba en el hostel. Volvimos los 4 al mismo, donde aún nos quedamos hablando un rato antes de acudir a nuestros aposentos.
La mañana siguiente habíamos planeado una excursión al otro lado del río con Kevin y la israelí. No dio para mucho, ya que carecía totalmente de atractivo. Y eso que yo soy capaz de dar un paseo por Nou Barris y tener el síndrome de Stendhal. Me despedí de ellos y fui a la estación a coger el autobús con el que abandonaría el Reino Unido tras 5 meses viviendo en sus verdes campos. Derry resultó ser una ciudad muy interesante. En su pequeño tamaño se concentraba una densa historia que le otorga un carácter especial. Y si a todo eso le añadimos la gente que pude conocer allí, el resultado es una experiencia inolvidable.

domingo 25 de octubre de 2009

I Media Maratón Ciudad de Huesca

Tras muchos años obligado a hacer largos desplazamientos para correr medias maratones en localidades como Vitoria, Barcelona o Portree, por fin he podido correr una en Huesca. Era un clamor popular en la ciudad, que se ha visto reflejado en el alto número de inscritos (más de 400). La siempre polémica medida de cambiar la hora ha jugado hoy en nuestro favor, permitiéndonos una hora más de sueño. El recorrido constaba de tres vueltas a un circuito bastante céntrico. No soy partidario de dar varias vueltas. Se hace mucho más ameno dar una sola, pero Huesca tampoco da para muchas filigranas, y es preferible hacer ésto que mandar la prueba a insulsos y aburridos polígonos industriales.
En la salida se produjo la esperada estampida. Se notaba a la gente muy motivada por correr en casa. Yo ya soy perro viejo y procuré no dejarme llevar. La primera vuelta no forcé mucho, aunque tampoco me quise dormir, con un ritmo aproximado de 4'35''/km. El circuito no era totalmente llano, aunque las subidas y bajadas eran bastante suaves. El momento cumbre era el paso por las Cuatro Esquinas, donde se concentraba un entusiasta y numeroso público. En la segunda vuelta pasé una pequeña crisis. Las piernas empezaron a flojear ligeramente, y me veía "pidiendo la hora". Bajé ligeramente el ritmo, lo que me permitió recuperame. En la tercera y última vuelta volví por mis fueros, e incluso pude lanzarme a tumba abierta en los dos últimos kilómetros para acabar como me gusta acabar las medias maratones:a tope y "recogiendo cadáveres". Al final, un crono de 1h 37'05''. Está bastante bien para mi nivel, aunque no puede batir plusmarca personal. No creo que ayudara mucho jugar un partido de baloncesto completo la tarde anterior (sólo estábamos 5) y salir de marcha hasta las 4 y pico de la mañana. Pero como el atletismo no me da de comer (todavía), no pienso renunciar a ese tipo de actividades, bastante incompatibles con el gran fondo. Tras el pequeño fiasco de la bolsa del corredor de los Oroses, estaba expectante ante el comportamiento de la organización en este sentido. y la verdad es que se ha portado muy bien. Una bolsa para llevar zapatillas que albergaba en su interior una botella de vino, un DVD, unas gafas de sol, una bebida isotónica y unas grageas de chocolate. Una camiseta hubiera sido el broche de oro a semejante derroche. Pero mi armario repleto de zamarras técnicas no echará de menos una más.
En general, la experiencia ha sido muy positiva. Hasta el tiempo ha acompañado, con una temperatura bastante agradable. El alto número de participantes, la más que correcta organización y el amplio seguimiento popular auguran un gran futuro a esta media maratón.

lunes 19 de octubre de 2009

VI Vuelta a los Oroses


Una vez más se solaparon varias pruebas atléticas el mismo día. Entre el Memorial Chistavín de Berbegal y la Vuelta a los Oroses, en Biescas, me decidí por esta última, ya que nunca la había corrido. Luego me enteré de que también hubo un cross en Villanúa esa misma mañana.
Se empieza a notar el frío otoñal, y más por el Pirineo. Afortunadamente el día fue soleado, y eso siempre anima a correr. Lo que ya no motiva tanto es la escuálida bolsa del corredor con la que tuvo a bien obsequiarnos la organización. Una braga para el cuello, un mosquetón y un folleto publicitario son recompensa demasiado humilde, y más si tenemos en cuenta que la inscripción costaba 10 €. Afortunadamente, la belleza del recorrido compensó con creces esta primera desfavorable impresión. La prueba bajaba por un estrecha carretera hasta Orós Bajo y volvía a Biescas pasando por Orós Alto. El planteamiento en una prueba de 10 km es distinto al que se plantea en una media maratón. Se puede marcar un ritmo más alto desde el principio, teniendo en cuenta que el riesgo de pájara es menor. Pero tampoco hay que pasarse. Nada más sonar el pistoletazo de salida, se produjo una estampida que más de uno pagaría después. Yo procuré no dejarme arrastrar mucho por la emoción. Aún así, hice el primer kilómetro en 4 minutos. Bajé ligeramente el ritmo, pero no mucho, ya que sabía que tenía fondo de sobra para hacer toda la prueba exprimiéndome un poco. Empecé poco a poco a alcanzar gente que había visto volar al principio. Poco antes de llegar al ecuador de la prueba, una cuesta bastante larga, aunque no muy pronunciada, nos condujo a Orós Bajo. Al ritmo que iba, esa subida se nota bastante, así que llegué al pueblo con la lengua fuera. Un leve respiro me permitió aprovechar mi poderosa zancada para lanzarme cuesta abajo. Los últimos 4 kilómetros eran casi llanos, con una ligera pendiente hacia arriba. Allí empecé a pagar mi fuerte ritmo de la primera mitad. Se me hicieron bastante largos, pero pude mantener la compostura. Eso sí, no me quedaba gasolina para hacer mi clásico final demoledor. Con la motivación de alcanzar los pequeños grupillos que iban aún más justitos que yo, pude llegar a Biescas sin bajar el pistón, donde paré el crono en 42 min 18 segundos. Es decir, 4'14'' por kilómetro. Un buen test cara a la Media Maratón Ciudad de Huesca, que se celebrará este domingo. Tras la prueba, la temperatura había subido un poco, por lo que resultó una auténtica delicia estar en la plaza comentando la carrera con los amigos, mientras se disputaban las pruebas infantiles. Hubo un sorteo de regalos, pero preferimos volvernos a Huesca. No hay mejor presente que correr una prueba tan bonita y con un día tan espléndido.

miércoles 14 de octubre de 2009

Belfast (y II)



Amanecí mi segundo día en Belfast con la sana intención de visitar la Calzada de los Gigantes. En la estación de autobuses vi que había una ruta regular, pero volvía un poco tarde a la capital. En la oficina de turismo, además de la ruta larga que había reservado y desreservado el día anterior, había otra que iba directa. No creo que me hubieran mirado con muy buena cara en la oficina de turismo si hubiera vuelto a comprar el mismo viaje. Así que fui al lugar donde salía el autobús (la puerta de un hostel). Allí todavía no me conocían, así que pude reservar sin problemas. No se andaba con tonterías el viaje. Ida y vuelta por la ruta más directa, sin ningún tipo de comentario por parte del conductor. Por 5 libras más hubiera tenido ruta por la costa con varias visitas. Pero en este caso valoré más el disponer de la tarde libre, decisión de la que no me arrepentiría. Tras una hora y media de viaje, el autobús nos dejó junto a un centro de visitantes. Allí se podía coger otro autobús que bajaba hasta la costa o ir andando un kilómetro. A una persona como yo, casi le parece un insulto la primera opción. Como teníamos 2 horas, emplée una y media en recorrer una ruta que discurría por unos acantilados. Estar 5 meses en una isla no me habían vacunado para asombrarme con las maravillas que pueden formar las rocas y el mar. Impresionantes paisajes aún más hermosos en un día soleado, de los que tanto eché a faltar en Skye. Podía haber seguido allí horas y horas, pero me faltaba el plato fuerte. ASí que bajé a la costa por un angosto sendero hasta llegar a una auténtica maravilla: La Calzada de los Gigantes. Se trata de unas 40.000 columnas hexagonales de basalto que forman un conjunto sorprendente. De hecho cuesta creer que sea algo natural. Sin mucho tiempo para disfrutar del espectáculo, volví al autobús. En el viaje de vuelta a Belfast pude observar cómo algunas casas de campo lucían orgullosamente la "Union Jack", en un aperitivo de lo que me esperaba esa misma tarde. Apenas llegué a Belfast, desembuché mi plano y partí rumbo a los barrios más "animados" de la ciudad, y no precisamente por el pototeo. Tras un rato de caminata empezaron a aparecer los primeros murales que me indicaron que estaba en territorio protestante. Por si no lo tenía muy claro, muchas casas lucían banderas británicas y del Ulster. La zona alternaba zonas muy cuidadas con otras bastante escojonadas. Y me sorprendió ver muchos niños sueltos jugando por las calles. Solían vestir camisetas de equipos de fútbol de la Premier League (liga inglesa). Tras una pateada de casi dos horas, empapándome del espíritu unionista, decidí pasar al otro barrio (en sentido literal). Y lo que en el plano eran dos calles, en las 3 dimensiones de la realidad se conviertieron en un rodeo de más de una hora y media. ¿La razón? Un muro que ríete tú del de Berlín. Bueno, no tenía fosos ni guardias, pero calculo que levantaba más de 4 metros del suelo. Mis intentos por encontrar una calle que lo atravesaran fueron infructuosos. Así que tuve que llegar casi al centro y rodearlo. Si a mí me resultó una experiencia bastante claustrofóbica, no hace falta imaginar lo que puede suponer a un residente tener semejante "monumento" en su ciudad. Un mural me dio la bienvenida a la zona católica. La presencia de una catedral me lo confirmó. Decidí internarme en el corazón del barrio. También abundaban los grupos de niños. Esta vez ataviados mayoritariamente con los colores verdes y blancos del Celtic de Glasgow. Había algunas calles realmente degradadas. Incluso había algunas hordas de tiernos infantes haciendo hogueras por las calles. Eso parecía la ciudad sin ley. No me quise quedar con esa imagen y me interné más en el barrio. Pude ver zonas más agradables y más murales, entre ellos uno que aprovechaba la tesitura para, mezclando churras con merinas, defender la autodeterminación del País Vasco. Mi paseo por estos dos barrios me resultó fascinante. No obstante acabé muy cargado. Se respira un ambiente tenso, y eso se termina notando. Al observar los grupos de niños de ambas zonas, tan rubitos y aprentemente inocentes, poca diferencia vi entre ellos, aparte de las camisetas. Ciertamente los nacionalismos y las religiones han generado muchos más problemas de los que, supuestamente, han solucionado. Un muro de más de 4 metros de alto y una mala leche en el ambiente que casi se pueden cortar son prueba de ello.
Decidí hacer una visita más lúdica y opté por el castillo de Belfast. No es que aún tuviera ganas de batalla, sino porque las vistas desde la colina en la que se asienta son de enjundia. Cogí un autobús urbano que dejaba cerca del castillo. El vehículo estaba lleno de tinajeros que volvían de comprar en el centro. Yo iba de pie y mi visibilidad era limitada. Como no sabía exactamente dónde tenía que bajarme iba mirando como podía a ver si divisaba la fortaleza. El autobús se alejaba y se alejaba del centro mientras la noche caía sobre Belfast. Pasamos un desvío al zoo que me hizo sospechar. Miré mi plano y se confirmaron mis sospechas. Me había pasado bastante. Bajé echando virutas. Descarté la opción de visitar el castillo y volví al centro en otro autobús. Se me estaba haciendo tarde y me estaba jugando el pototeo del sábado. Fui al hostel a adecentarme un poco y salí, como en el día anterior en plan "me llamaban Trinidad". Todavía estaban los garitos con mucho cemento, así que volví al hostel. Tenía la esperanza de encontrar algún "alma perdida" como yo para compartir andanzas. Se había formado un grupillo en la entrada. Parecían todos muy amiguetes. Pero cuando los vi marcharse vi que entre ellos estaba la dueña del hostel. Así que deduje que ésta había formado una especie de quedada informal entre los huéspedes. Les seguí un rato y me hice el encontradizo con dos chicas que se habían descolgado. Como había previsto, recibieron de buen grado mi incorporación. Se trataba de dos irlandesas, que junto a 2 canadienses, 2 yanquis, un belga y algún que otro elemento sin bandera conocida, amén de los dos dueños del hostel formaban un grupo más que interesante. Pero ya se sabe que cuando hay grupos grandes se suele buscar el mínimo común múltiplo, es decir, contentar a todos. Así que fuimos al típico pub para turistas. Allí pude entablar conversaciones varias con las canadienses, las estadounidenses y el belga. Eso cuando no lo impedía el ensordecedor ruido que generaba un grupillo que no paraba de berrear versiones pop. Hartos de tamaño despliegue de decibelios salimos del local. El dueño del hostel, aprovechó el manejar la manada para conducirnos a un taxi que nos conduciría al garito más chic de la ciudad. Aunque hubo gente que picó, algunos nos sentimos un poco como ovejas en un rebaño y declinamos la quizá sí o quizá no, interesada oferta. Las canadienses se había dispersado. Lástima porque una de ellas era una pívot de categoría. Así que volvimos al hostel las yanquis y el belga. Estuve hablando con una de ellas todo el camino. Iba a pasarse el año en una universidad galesa estudiando teatro y quería hacer antes algo de turismo. Resultó un placer hablar con una persona que mostró tener dos dedos de frente. Es decir, hablaba lo suficientemente despacio para que la entendiera. Algo tan sencillo fue más bien escaso en Skye. Al llegar al hostel, los cánones cinematográficos lo dejan bien claro. Dos americanas y dos europeos=bacanal. La vida real es otra cosa. Se fueron a dormir y yo le propuse al valón volver a los baretos. Rechazó mi oferta, por lo que tuve que volver sólo. No dio para mucho más la noche. Los bares cerraban de nuevo a la una y media. Asistí a mi última salida de los toros en Belfast y me retiré definitivamente a mis aposentos. El grupillo que se había formado al principio de la noche prometía bastante. Lástima que las circunstancias hicieron que no pudiese dar mucho juego.

martes 6 de octubre de 2009

Belfast (I)



Tras el paréntesis atlético, voy a continuar con mi crónica del viaje de vuelta. Quede claro pues, que no vine a España a correr la media maratón de Castiello y luego me volví a Escocia. La inspiración literaria viene cuando viene.
En mi última entrada estaba pernoctando en un lujoso (para mí) hotel en Perth. El desayuno que me ofreció fue casi legendario: 5 tipos de cereales, yogurt, frutos secos, miel, bacon, salchichas, huevos revueltos y fritos, triángulos de patata de dos estilos, frutas en almíbar, “baked beans”, tostadas y un largo etcétera. Me puse como el quico haciendo acopio de la energía que me iba a hacer falta para el largo viaje al que me iba a enfrentar.
Cogí un tren que me dejó en Glasgow. Vuelta a los orígenes, ya que en esa ciudad empezó mi viaje allá por el mes de abril. Sin tiempo para nostalgias me dirigí a la estación de autobuses.
Allí cogí un autobús que me llevó a Stranraer, localidad costera en la que debía coger el ferry para Belfast. Suaves y verdes colinas, junto con un tramo costero espectacular significaron mi despedida de Escocia. El perder de vista semejantes paisajes se hace menos cuesta arriba si el siguiente destino es Irlanda. Tras una espera de algo más de una hora en el puerto, me embarqué en el ferry. Si el transbordador que me condujo a Lewis y Harris me pareció espectacular, éste me dejó boquiabierto. El parking parecía un garaje de un centro comercial. Contaba con varios restaurantes, tienda, sala de juegos… No pude parar quieto un momento del viaje, dando vueltas y descubriendo nuevos servicios y rincones. Hasta que, unas dos horas y media después, los astilleros de Belfast aparecieron en el horizonte. En el puerto esperaba un autobús que nos condujo a la estación central de autobuses. Por sólo 25 libras había hecho dos viajes en autobús y uno en ferry para ir de Glasgow a Belfast. En general, el Reino Unido es más caro que España. Pero hay auténticos chollos si se busca un poco.
Nada más llegar a la estación, y siguiendo con la tradición, me dirigí a la oficina de turismo. Tras averiguar dónde estaba mi hostel, pregunté sobre la posibilidad de ir a la Calzada de los Gigantes, maravilla geológica en la costa norte de Irlanda. Allí me propusieron un viaje que bordeaba la costa visitando varios puntos de interés. Lo reservé sin pensar mucho. Aunque mi coco siguió dándole vueltas. Ya en la calle me percaté de que había cometido un pequeño aunque craso error. La excursión duraba unas 10 horas, con lo que prácticamente se me comía todo el sábado. Aparte de que en esos viajes organizados suele haber paradas estratégicas con poco que ver y mucho para gastar. A un viajero amante de la libertad como yo, eso no le cubica nada. Así que pensé que sería mejor coger un coche de linea público y dejarme de circuitos. Volví a la oficina de turismo para anular la reserva (ya pagada). La señorita me dijo que no se podía anular. Pero ante la cara de buenecito que lucía (se me da muy bien, supongo que será porque algo de eso tengo) me preguntó cuándo lo había reservado. Como sólo hacía 15 minutos, decidió devolverme el dinero. Me dirigí al hostel aprovechando para hacer mis primeras observaciones sobre la capital norirlandesa. Es curiosa la mezcla que se da en Irlanda del Norte. Por un lado, se respira ambiente irlandés. Pero gran parte de la arquitectura y mobiliario urbano (aparte de la moneda), nos recuerdan que estamos en el Reino Unido. También destaca la amabilidad de la gente. Las dos veces en las que desplegué mi plano para situarme, dos personas se ofrecieron gentilmente a ayudarme.
Mi hostel estaba cerca de la universidad, en una zona repleta de pubs y restaurantes. La recepción en el albergue fue de lo más cálido. Nada más llegar, la propietaria hizo de guía turística explicándome con todo lujo de detalles todo lo que había que ver y lo que no en la ciudad. Tanta amabilidad, sumada a mi debilidad por las “Irish”, y más si son pelirrojas como ésta, me cautivaron. Menos mal que ese efecto no duró mucho y no cai en la trampa de reservar las dos excursiones que me propuso. La Calzada de los Gigantes (versión 11 horas) y visita a los murales de los barrios católicos y protestantes en taxi con guía. Tampoco me gustó mucho lo de “tienes que ver esto, y no vayas a ver esto”. Pero en todo caso se agradece llegar solo a un sitio nuevo y recibir tanta atención. Dejé el maletón en la habitación y fui a dar un voltio. Cené humildemente en un “Kentucky fried chicken” y me acerqué al centro. Era viernes y tenía la idea de palpar el pototeo de la capital. Me apetecía escuchar un poco de música irlandesa, así que entré en un pub donde había un grupo tocando. Lo escuché un rato bebiendo la clásica pinta de Guinness , pero me fui rápido. La clientela frisaba la cincuentena, y ya había tenido bastante de eso en mi hotel escocés. Hice un escaneo por todos los baretos hasta que me decidí por uno que me había recomendado la dueña del hostel. Se tratada de una discoteca pequeña con música disco. Justo lo que necesitaba. Sólo cobraban 2 libras por entrar, y por tan módico precio se podía también beber botellines de sidra de pera. Lo malo es que cuando llegué, el bar estaba un poco vacío. Le pregunté al guardia si me podía poner sello y volver más tarde, pero me dijo que sólo se podía salir para fumar. Así que me quedé y, poco a poco se fue llenando. Se hace un poco incómodo estar sólo en un sitio semivacío. Pero poco a poco me sumergí en la magia del local. No difería mucho de las discos escocesas. Los modelitos seguían los cánones anglosajones: taconazos, minifaldas y escotes generosos. Eso sí, no observé vestigios de frotamiento. A eso de la una me cansé y salí de la discoteca. Aún eché un ojo a los pubs de la zona. Era el momento de la “salida de los toros”. Allí cierra todo a la una y media. Evidentemente a esas horas tan tempranas la gente no tiene muchas ganas de volver a casa. Así que se producen grandes concentraciones de gente apurando sus posibilidades de pototeo. Cuando vi que se empezaban a disolver los grupillos di por finiquitada la noche y volví al hostel a dormir.

lunes 28 de septiembre de 2009

XXI Media Maratón de Castiello de Jaca

En una provincia con escasez de medias maratones, este fin de semana se concentraban nada menos que 3 (Barbastro, Castiello de Jaca y Puyada Oturia) Descartada esta última por sus más de 1000 metros de desnivel, me enfrentaba a una difícil disyuntiva. La media de Barbastro está muy bien. Y este año contaba con el aliciente de la presencia de uno de mis ídolos, el gran Martín Fiz. En el otro lado de la balanza, la media de Castiello sólo la había corrido una vez, un año en que una riada obligó a afeitar el recorrido y dejarlo en apenas 15 km. Por aquello de probar algo nuevo, y teniendo en cuenta que iba a ir acompañado, me decanté por la segunda. Eso sí, fui a la conferencia que dio Martín Fiz en Barbastro el viernes. Una de las razones por las que ahora soy corredor de fondo fue el ver cómo 3 españoles, con Fiz a la cabeza copaban el podio en la maratón de los europeos de atletismo Helsinki '94. Mítico e inolvidable momento. Éste y otros hitos, acompañados de consejos y anécdotas fueron comentados por el maratoniano vitoriano en una amena disertación con un gran ambiente. La verdad es que en esos momentos me arrepentí de no haberme apuntado a la Media del Somontano. Pero hubiera sido una locura correr el sábado por la tarde y el domingo por la mañana, por lo menos en mi actual estado de forma. Así pues, el domingo por la mañana me presenté en Castiello de Jaca sin saber cómo iba a afectar mi periplo escocés a mi rendimiento atlético.
Sorprende que un pueblo tan pequeño cuente con una media maratón y una capital de provincia como Huesca, no. Aunque parece ser que este año están preparando una. A ver si es verdad.
A las 10.30 se dio el pistoletazo de salida. El circuito consistía en subir y bajar por la carretera de la Garcipollera unos 5 km, para, a continuación coger un camino hacia Jaca, y volver por el mismo tras un tramo por las calles jacetanas.
Empecé suave, no dejándome llevar por la fogosidad con la que suele empezar la gente y luego acaba pagando. Por lo visto, los kilómetros venían marcados en la calzada o en piedras grandes. Yo no me di cuenta, por lo que en ningún momento tuve referencia del ritmo que llevaba. Tras el primer tramo de asfalto la carrera transitaba por parte del Camino de Santiago. Más bonito que la parte de asfalto, mejor para las piernas, pero un poco más peligroso para los tobillos. Había que estar muy atento, sobre todo en las bajadas. Y es que este tramo era un auténtico rompepiernas. Especiamente dura me resultó la última subida antes de llegar a Jaca. Allí me sorprendió el frío recibimiento. Escasísimo público y casi nulo apoyo a los atletas. Daba la impresión de que los jacetanos tengan una carrera de estas cada semana, y no les llame mucho la atención. Tras el callejeo, tomamos el mismo camino de vuelta. Ya empezaba a ir justo de fuerzas. No he entrenado mucho fondo últimamemnte y eso se nota. Como no sabía por qué kilometro circulaba, no pude hacer mi tradicional arreón en el último tramo, así que me limité a mantener un ritmo correcto hasta que entramos en el pueblo y apuré mis últimas fuerzas en el sprint final. Paré el crono en 1 h 44' 32'', tiempo bastante correcto teniendo en cuenta mi estado de forma y la irregularidad del recorrido. Primera sorpresa de la mañana al recibir la bolsa del corredor. Aparte de la clásica camiseta técnica, la organización nos obsequió con media docena de huevos. Tras la entrega de premios, nada mejor que una comida gentileza de los organizadores, consistente en fideuá, costillas con patatas y helado, regados con vino "Don Mendo". ¿Se puede pedir más por 12 € que costaba la inscripción? Sí. Sorteo de regalos. Y muy bueno tanto en calidad como en cantidad. Baste el dato que a mi hermano, su amigo Dani y a mí nos tocó premio. En mi caso fui galardonado con unos bastones de marcha nórdica y un tubo para beber agua mientras se hace deporte. Gran colofón a una excelente jornada atlética. Me ha gustado esta prueba. No es tan multitudinaria como otras medias maratones, pero el ambiente y la organización rayan a gran altura. Espero que el año que viene pueda hacer la machada de correr Barbastro y Castiello. No me gustaría perderme ninguna de las dos.