domingo, 15 de octubre de 2017

DURRES

 Debían ser poco más de las 5 de la mañana cuando una potente letanía en árabe me sobresaltó. El albergue estaba situado muy cerca de una mezquita, que a esa hora tan intempestiva llamaba a sus fieles para la primera oración del día.
¿Pero por qué no te callas?

 Tiene mérito que una religión que, entre otros preceptos obliga a levantarse a horas tan tempranas y prohíbe el alcohol tenga tantos adeptos y siga creciendo. No sería mala idea reciclar los imanes y derivarlos al sector comercial.
 En mi caso, ignoré la perorata del almuédano y seguí durmiendo un poco más, aunque ello me suponga renunciar a las 72 vírgenes celestiales que esperan a cada fiel musulmán a su muerte.  Aunque pensándolo bien, ese es otro motivo para no profesar la fe de Mahoma. Si una sola mujer ya me plantea problemas que me parecen irresolubles, no quiero imaginarlos multiplicados por 72, y encima si me pillan ya lo mayor que espero estar en la hora de mi deceso.
 Otro problema más terrenal ocupaba mis pensamientos esa mañana. La noche anterior se me había caído el pasaporte y había ido a parar al hueco entre la cama de mi compañero de la litera inferior y la pared. Lo necesitaba para ir a cambiar dinero, así que hasta que el alberguista no se despertó (y tardó bastante)  y pude mover la cama, me mantuve como un apátrida indocumentado sin recursos financieros.
Anfiteatro romano de Durres

  Una vez que pude conseguir la moneda local (Lek) me lancé a explorar la ciudad. 
 Todo aquel que busque un casco histórico en condiciones que se vaya olvidando de visitar Durres. Lo único destacable es un anfiteatro romano relativamente bien conservado. El resto carece de gancho turístico. 
 Pero yo no había ido a Albania a admirar estatuas y visitar catedrales. El hecho de que Durres fuera mi primer contacto con el universo albanés hacía que lo recorriera con los ojos abiertos como platos. Y lo primero que llamó mi atención fue comprobar que el país se está modernizando a pasos agigantados. Junto a humildes construcciones de más que dudoso gusto estético se erigen edificios de lo más moderno. Los humildes y un tanto cutres bares de sabor añejo conviven con "lounges" de lo más pijo.
Estética socialista

 Mis primeros pasos por las animadas calles durresinas no estaban exentos de temor. Al fijarme en la característica fisonomía de los varones locales, no me costaba imaginármelos con un chaleco, un gorro de lana y un AK-47.    
 Pero pronto me di cuenta de que no sólo no eran tan amenazadores como mi imaginación contaminada por el sensacionalismo bélico sugería, sino que se trataba de gente muy amable y acogedora con el visitante.
 Viendo que el centro de Durres no daba mucho juego, me dirigí a la costa en busca de la playa. Lo primero que me encontré no era digno de tal nombre, ya que se trataba más bien de un conjunto de pedruscos poco armónicos sobre los que batía débilmente un líquido de color  más tirando a marrón que a azul. 
"Playa" de Durres

 Conforme me alejaba del centro, la cosa iba mejorando ligeramente. Esta vez, los peñascos habían dejado paso a una arena gris que parecía sacada de una obra, salpicada de excrementos equinos que no amedrentaban a algunos valientes, que se solazaban en sus inmediaciones.
 Si moral tenían los primeros bañistas que me encontré, no se quedaban cortos los que decidieron que en tan agreste paraje era buena idea construir un moderno muelle recreativo con baretos y restaurantes de enjundia.
 A la tercera fue la vencida, y un rato después ya me encontré algo que puede entrar en la categoría de playa.
Así sí

 Mis exploraciones costeras me habían abierto el apetito. que pude saciar con contundencia en un humilde restaurante.
 Beneficiado por el ventajoso tipo de cambio €/Lek, me puse hasta arriba. 
 Tanto o más que la comida me gustó el trato familiar de la señora del local. A pesar de las barreras idiomáticas, culturales y generacionales, se interesó varias veces por si la comida era de mi gusto e incluso mostró una cierta decepción cuando vio que no pude terminarme las pantagruélicas raciones.
 El recepcionista del albergue me había comentado que al sur de la ciudad estaba poco menos que la madre de todas las playas. Así que aproveché que esa tarde iba a visitarla con otra compañera (laboral y sentimental) letona para acompañarles en plan carabina.
 Esta vez nos tocó una buena caminata por inhóspitos lugares como una estación de tren semiabandonada, teniendo incluso  que atravesar una autovía. 
  La recompensa que obtuvimos a tal esfuerzo fue más bien magra. Si la playa que había visitado por la mañana era mala, la vespertina era aún peor. No ayudaba mucho que estuviera junto al puerto y sobre todo que estuviera copada por sombrillas y tumbonas de pago.
 Como buenos pobretones nos tuvimos que conformar con una zona libre en la que nos pudimos sentar en un duro suelo de hormigón que hacía las veces de orilla. Detrás de nosotros, un gran edificio abandonado a medio construir completaba el poco idílico panorama.
 Por lo menos el agua (que no era color turquesa ni mucho menos) estaba a buena temperatura, así que pudimos darnos un chapuzón en condiciones.
 Por la noche, ya en solitario (aunque el mítico Chanquete decía que uno nunca está solo del todo) me di una vuelta por el paseo marítimo. Estaba lleno de atracciones y puestos de venta callejeros. Numerosas familias aprovechaban la agradable temperatura para pasear por la zona. Me parecía estar en Cambrils una noche cualquiera de agosto. Y tampoco es de extrañar. Por mucho que los políticos se empeñen en dividirnos, las personas no somos tan diferentes unas de otras, independientemente del lugar donde nos ha tocado vivir.


 



jueves, 5 de octubre de 2017

SURCANDO EL ADRIÁTICO

  No quería abandonar Italia sin comerme un buen plato de pasta (original que es uno). Así que tras un exhaustivo escaneo por la ciudad, pude encontrar un restaurante con la cocina abierta a las 11 de la mañana, que además ofrecía precios ajustados.
  La carta contaba con nada menos que 12 tipos de espaguetis. Siguiendo mi arrriesgada política de innovación culinaria, aposté por unos desconocidos "Spaghetti alla Poveraccia". No es infrecuente en mis viajes que, al pedir un plato a ciegas, me encuentre con algunas sorpresas desagradables, destacando una sopa de tripas a la que me enfrenté en Rumanía. Esto se evitaría fácilmente preguntando al camarero qué lleva cada plato.
  Pero nada sustituye a la emoción de deleitarse con una maravilla gastronómica inesperada. En este caso no llegó a tanto, aunque la pasta acompañada de tomates a pedazos y alcaparras, servida con pan de focaccia pasó el corte con creces.
 Aunque el "desayuno" había sido bastante contundente, debía aprovisionarme para mi larga travesía marítima. Así que entré en un supermercado, que como era de esperar al estar abierto en domingo, estaba regentado por asiáticos (indios en este caso). Habiéndome conformado con cualquier cosa que me hubiese matado el gusanillo a bordo del barco, me encontré e hice acopio de un viejo conocido de mi etapa británica: el London Mix, aperitivo hindú tan sabroso como calórico, con lo que a Dios (en este caso Shiva) puse por testigo de que no volvería a pasar hambre en mi viaje.
 Absolutamente confiado, me presenté en el embarcadero una hora antes de la partida. Al mostrar el billete en la zona de embarque, el empleado me dijo que antes debía hacer el "check in" en la zona de registro, que estaba al otro lado del puerto, cerca de la entrada que había inspeccionado el día anterior, y a la que no pude acceder. Pero para eso estaba un autobús gratuito que hacía la ruta y que se cogía en una parada junto al embarcadero. Bueno, se supone, porque estuve un buen rato esperando y allí no aparecía nada ni remotamente parecido a un autobús, ni la marquesina mostraba ningún horario.
Arrivederci, Bari
  En mi misma situación estaba una pareja, con la que no tardé en contactar. Viendo que los minutos pasaban y no había ni rastro del autobús portuario, nos empezamos a poner tensos. El billete anunciaba que la facturación finalizaba una hora antes de la salida del barco, y ya habíamos cruzado el Rubicón.
 Viendome condenado a tener que quedarme más tiempo del esperado en el sur de Italia (vale, hay condenas peores...) paré un taxi  y les ofrecí a mis improvisados compañeros compartirlo. El taxista, parece que adivinando nuestra complicada situación se descolgó pidiéndonos 20 € por un trayecto de unos 3 km. El individuo de la pareja se negó en redondo, pero su compañera y yo le hicimos ver que perder el ferri sería mucho peor, así que se avino a negociar. "Logramos" que el taimado conductor nos hiciera el trayecto de ida, nos esperara y nos trajera por 15 €. Seguía siendo un atraco, pero al final, por 5 € nos asegurábamos no perder el barco.
 El "check in" no era otra cosa que llevar el billete impreso, entregarlo en la taquilla y recibir otro un poco más currado que permitía el acceso a bordo, para lo cual había que volver a la zona de embarque.  El por qué hace falta pasar ese trámite y recorrerte el puerto de arriba a abajo, en vez de hacerlo todo en el mismo sitio, lo desconozco. Aunque quizá sea para que individuos con pocos escrúpulos como nuestro taxista hagan negocio. No contento con lo que nos sacó a nosotros, a la vuelta cogió al vuelo a un par de pasajeros más que se unieron a nuestra carrera, sableándoles convenientemente, sin reducir nuestra gravosa tarifa.
 Mis improvisados compañeros estaban que trinaban. Venían del norte de Italia y les parecía fatal la informalidad que reina en el sur. A mí, a pesar de la inesperada "derrama", me hizo mucha gracia la situación.
 Ya no me hizo tanta que una vez a bordo del gigantesco ferri, se nos avisara de que iba a zarpar con 3 horas de retraso. La anterior ocasión que hice un trayecto marítimo de larga distancia salió puntual como un reloj. Claro, que esa vez fui de Alemania a Suecia...
Mobiliario espartano
 Siempre me han llamado la atención los grandes barcos. En este caso, la estampa desde el puerto del buque "Francesca"era imponente. No lo era tanto su interior, bastante austero, aunque muy amplio.
 Y a la fuerza tenía que serlo, porque allí no paraba de subir gente hasta que nos pusimos en marcha. Para ese momento, todos los bancos (duros e incómodos con ganas) estaban repletos y no eran pocos los pasajeros que viajaban tumbados en los pasillos.
 Las casi 8 horas de travesía a través del Adriático no se me hicieron muy pesadas, gracias a los paseos por el interior y la cubierta, además de las interesantes conversaciones con mis compañeros transalpinos.
Ocaso en el mar Adriático
 Ya era de noche cuando en lontananza se empezaron a vislumbrar las primeras luces de la ciudad albanesa de Durres. ¿Qué me esperaba en este misterioso país que ha estado tan aislado durante muchos años y del que tan poco se conoce? 
 Si al pensar en un albano kosovar me viene a la cabeza un temible guerrillero, ¿es entonces un albanés a secas medio guerrillero?
 ¿Lograría hacerme entender teniendo en cuenta que los albaneses no son muy políglotas y su lengua es absolutamente desconocida para mí? 
 Todas estas cavilaciones desaparecieron de un plumazo cuando al llegar al albergue, me atendió un simpático recepcionista en perfecto español (era uruguayo). Pronto me di cuenta de que lo más temible que me iba a encontrar en Albania iba a ser el ruidoso ventilador que, como si fuera una maldición que me perseguía, traqueteaba ruidosamente en mi habitación.
 

martes, 26 de septiembre de 2017

BARI Y CERCANÍAS

 Para llegar a mi próximo destino, tuve que realizar un viaje en autobús que me hizo recorrer Italia de oeste a este. Dada la particular forma del país transalpino, el trámite no pasó de las 3 horas atravesando monótonos paisajes clásicamente mediterráneos.
 No tenía muchas referencias de Bari, así que sólo le concedí un día para su visita, que además iba a tener que compartir con un par de destinos en sus cercanías.
 A la hora de buscar alojamiento sólo había encontrado un albergue, y además bastante caro. Así que alquilé una habitación individual en Airbnb con la intención de poder recuperar algo del déficit de sueño, que calculaba que iba a tener tras mi periplo napolitano.
 La casa contaba con dos habitaciones. La mía era básica pero más que suficiente, y la otra estaba ocupada por un amigo del anfitrión. Éste sólo estuvo presente para recibirme.
 Apenas tomé posesión de mi cuarto, me dirigí a la estación de tren para explorar los alrededores. 
 Sin pensarlo mucho,me metí en el primer tren que se dirigía al sureste. No las tenía todas conmigo y le pregunté a una pasajera si iba bien encaminado. Me explicó que ese tren era un Intercity y con mi billete sólo podía viajar en trenes regionales.  Pude apearme del convoy justo a tiempo, lo cual evitó una más que posible multa.
  Ya recolocado en el más humilde pero entrañable ferrocarril regional me encontré con mi compañero de piso por una noche,  que iba a pegarse un chapuzón a una playa cercana. Aproveché la ocasión para conversar con él y recabar valiosa información turística sobre mis visitas de esa tarde.
 Mi primera parada fue la pequeña localidad costera de Monopoli. No pude resistirme a un nombre tan curioso, que además iba a suponer otro hito más en mi permanente búsqueda por visitar ciudades con nombres de cosas.
 Aunque la polémica estaba servida. ¿Podía entrar en esa categoría teniendo en cuenta que no se escribe igual que el popular juego de tablero? Tras una ardua deliberación, el comité que vela por la pureza de la institución, decidió considerar mi visita a Monopoli como Turismo Nominal, gracias a mi voto de calidad, como presidente y único miembro del consejo consultivo.
 Cuestiones semánticas y legales aparte, la visita a Monopoli fue de lo más recomendable. Empezando por la amabilidad de la empleada de la oficina de turismo y siguiendo por la belleza del lugar.
Monopoli: Turismo Nominal por los pelos

 Se trata de una ciudad con un bonito centro histórico amurallado formado por estrechas callejuelas de casas encaladas.  No faltan bonitas iglesias e incluso un pequeño castillo mandado construir por el rey Carlos I de España. También cuenta con una playa que, como suele pasar en Italia, es más bonita que práctica.
 Me hubiera quedado más tiempo, pero el deber me llamaba, y tomé el tren, que tras un brevísimo trayecto, me dejó en Polignano a Mare.
  La silueta de sus casas blancas levantadas sobre un acantilado, que presenta en su base unas espectaculares grutas naturales, forma una estampa inolvidable. Al igual que en Monopoli cuenta con una cala tan bonita para la vista como áspera para el baño.
 Mi apretada jornada turística no me dejaba mucho tiempo para sentarme a comer tranquilamente. Así que visité una panadería donde se vendían focaccias al peso. Había de varios tipos y tenían un aspecto increíble que se confirmó al degustar una de ellas. Todo parecido con el producto que se vende en el Mercadona con el mismo nombre, es pura coincidencia.
Polignano a Mare

 Como curiosidad, destacar que en Polignano a Mare vino al mundo el popular cantante melódico Domenico Modugno, que cuenta con una estatua en un lugar preferente de la villa.
 De vuelta a Bari, me pasé por la oficina de turismo donde me atendió el pasotismo hecho empleada. Ante mi interés por conocer los lugares emblemáticos de la ciudad, me ofreció un mapa sin perder su cara de estaca y me dijo que allí venía todo explicado. Creo no equivocarme si aventuro que esta señorita no estudió en la misma escuela de turismo que su compañera de gremio monopolitana.
 Aunque el entusiasmo de la empleada fuera mejorable , el mapa estaba muy bien, así que pude recorrer las calles baresinas con un mínimo criterio.  Además de algunos teatros y edificios monumentales destaca la Bari Vecchia , con su bonito trazado urbano medieval. Ya llevaba tres cascos históricos visitados esa tarde, así que no me impactó tanto su arquitectura sino la particular atmósfera. A la caída de la noche, los vecinos sacaban las sillas a la calle y las estrechas callejuelas se convertían en improvisados salones de conversación. 
 No faltaba tampoco animación en el paseo marítimo, y en las principales plazas, repletas de gente de todas las edades. La capital de la Apulia me pareció una ciudad con mucha vida.
Estampa baresina
 Pero yo no había ido a Bari a divertirme. Al día siguiente tenía que coger un barco y quería asegurarme del lugar exacto. En el mapa de la ciudad, el puerto aparecía con dos entradas, y no sabía a cual de las dos debía dirigirme, por lo que fui a revisar ambas. La primera estaba cerca del centro y era la que me habían indicado en la oficina de turismo. Pero por razones evidentes, no me fiaba, así que me dirigí a la segunda.
 Tras un paseo que fue excesivo hasta para mis estándares, por zonas sin ningún interés, llegué a una garita por donde no dejaban de entrar coches y camiones. Una gran señal advertía de que la entrada de peatones estaba prohibida. Ya sabía por dónde no tenía que ir.
 Teniendo ya todo controlado, volví al centro y me saqué una cerveza en una máquina expendedora de la calle para celebrarlo. Cometí un pequeño pero craso error, ya que se trataba de un botellín con su correspondiente chapa, y la máquina no contaba con abrebotellas. Descartando la idea de usar mis premolares para acceder al deseado interior, tuve que volver al piso botella en ristre y dar por concluida mi exploración.
 Hay puertas que requieren para su apertura algún pequeño "truco", pero la de la casa exigía hechizos de nivel 10 como poco.  Ni el "Manitas de Uranio" en sus más lúcidas viñetas hubiera podido con ella. Tras más de 5 minutos forcejeando estérilmente y probando todos los giros de llave de los que mi muñeca es capaz, mi compañero, al que había sacado de la cama, dio unos pases mágicos de cerrojo y me permitió cruzar el umbral.
 Afortunadamente el piso contaba con un abridor, por lo que, al fin, pude saborear mi ya tibia pero largamente deseada "Birra Peroni", tras lo cual me retiré a mis aposentos a descansar. Y a fe que lo hice, aprovechando la ausencia de ventiladores ruidosos y motosierras humanas.
 

lunes, 18 de septiembre de 2017

TRAS LOS PASOS DE CARLOS III

 Me había levantado con ganas de ver ruinas romanas y tenía tres posibilidades a mi alcance: visitar el museo arqueológico, Pompeya o Herculano.
  Para alguien al que no le gusta tomar decisiones, se presentaba un dilema complicado. Primero descarté el museo. Puestos a ver restos, mejor hacerlo en su entorno original. Entre las dos ciudades, Pompeya contaba con una ligera ventaja, por su influencia en la literatura y el cine. Pero Herculano es más pequeña e iba a poder visitarla en menos tiempo, pudiendo aprovechar más el día. El desempate llegó con el mensaje de un amigo que me recomendó visitar la segunda, ya que, según él, estaba mucho mejor conservada. Luego me enteré de que mi amigo sólo había estado en Pompeya, con lo que su opinión no debería haber sido tomada muy en cuenta. Pero da igual. Me sirvió para tomar la decisión sin calentarme mucho el tarro.
 De nuevo volví a tomar el Circunvesubiano, que en poco más de media hora me dejó en la estación de la nueva ciudad de Herculano. Un paseo de unos 15 minutos me condujo al yacimiento.
 Al igual que sucedió con Pompeya, Herculano fue sepultada por la erupción del Monte Vesubio. La ciudad se mantuvo preservada bajo tierra hasta que el aragonés Roque Joaquín de Alcubierre, patrocinado por el rey de Carlos VII de Nápoles (más tarde Carlos III de España), dirigió las excavaciones que la volverían a sacar a la luz.
Herculano
 La verdad es que mi paisano hizo un buen trabajo. Herculano está muy bien preservada y había momentos en que paseando por sus calles me imaginaba siendo un tal Alfonsus Maximus recitando frases del tipo "cicerone consule".
 Sin ánimo de ser exhaustivo, recorrí los restos en poco más de una hora. Suficiente para hacerme una idea de cómo era una antigua ciudad romana y seguir en busca de nuevos destinos.
 Volví a la Estación Central de Nápoles donde tomé otro tren rumbo a Caserta.
 Hace muchos años, viendo por televisión una etapa del Giro de Italia, el helicóptero enfocó un inmenso palacio que me impresionó por su  descomunal tamaño. Más tarde descubrí que se trataba del Palacio Real de Caserta (Reggia di Caserta), y no pensaba desaprovechar la oportunidad para echarle un vistazo.
 En la oficina de turismo, situada en la misma estación, se sorprendieron un poco al preguntarles por el pabellón de baloncesto. No tenían muy claro dónde quedaba , y además me dijeron que no se podía visitar al no haber empezado la temporada. Así que me quedé sin ver el lugar donde el mítico baloncestista brasileño Oscar Smith actuaba como local.  Más fácil fue orientarme hacia el Palacio Real, ya que se veía desde la puerta de la estación.
 Antes de entrar en harina, me di un paseo por la ciudad de Caserta. Aparte de un imponente arco del triunfo de estilo fascista, no vi gran cosa de interés. Curiosamente, en esta ciudad, el casco histórico (Caserta Vecchia) está  a varios kilómetros del centro, ya que al construir el Palacio, se edificó la nueva Caserta junto al mismo. No tuve tiempo de visitar la vieja, y me dirigí al principal motivo de mi viaje.
 El Reggia di Caserta fue mandado construir por nuestro amigo y ya mencionado Carlos III cuando reinaba en Nápoles. Dentro de los Borbones fue una rara avis, ya que no sólo fue un buen y apreciado rey, sino que además se caracterizó por su recato en asuntos de alcoba. Eso sí, el gusto por el derroche no le faltó. Porque el palacio, de estilo barroco, es una barbaridad, no teniendo nada que envidiar al de Versalles, con el que guarda cierto parecido. Si por fuera impresiona, su interior no le va a la zaga, con estancias lujosamente decoradas.
Jardines y Palacio Real de Caserta
  Y puestos a hacer las cosas a lo grande, ¿por qué no hacer unos jardines con un paseo de más de 3 kilómetros?  Para recorrer tamaña distancia se podía alquilar una bicicleta, coger un microbús o incluso montar en un coche de caballos.  
 Para pateadores austeros nos quedaba la opción de hacerlo por nuestros medios bajo el tórrido sol vespertino y con la compañía de la monótona sinfonía de las cigarras.
 Ya de vuelta en Nápoles, me dirigí al puerto, no sin antes detenerme a cenar en un restaurante. Escarmentado por la discutible experiencia de la pizza frita, me decanté por una convencional, y no escatimé en gastos, eligiendo una variedad con mozzarella de búfala y un tomate especial.
 La pizza resultó ser un manjar exquisito. No me pareció tan bien que en la cuenta aparecieran dos polémicos conceptos añadidos como "servicio" y "cubierto" (me tendría que haber llevado el tenedor). Y no contento con eso, aún les dejé 10 céntimos de propina.
 Cuesta mucho sacrificio ganarse la fama de niunclavelista. Pero si uno no está atento, todo ese esfuerzo puede tirarse por la borda en un momento de descuido.
 Un agradable recorrido por el paseo marítimo me llevó al Castillo del Ovo (huevo), situado en un islote al que se puede acceder gracias a un puente. En dicha ínsula, también había numerosos restaurantes de alto copete, cuyos precios iban en consonancia con lo exclusivo del lugar y el nombre del castillo.
Castillo del Ovo
  Volviendo ya al albergue por las abigarradas calles del centro, junto a unos vendedores ambulantes me encontré a una cantante callejera de ópera. Mientras escuchaba como entonaba arias magistralmente, me pareció que esa situación era el fiel reflejo de lo que me había transmitido la ciudad de Nápoles. La mezcla perfecta y equilibrada entre lo cutre y lo solemne.
 Mientras subía las escaleras de los 5 pisos que me separaban de la puerta del hostel, reflexionaba sobre el pequeño y craso error que había cometido al elegirlo. Casi por el mismo precio podía haberme alojado en un una habitación individual de esos pisos que tan poco gustan a la alcaldesa de Barcelona. En este caso había sufrido las molestias propias de los albergues (especialmente el infernal ruido del ventilador) sin sus ventajas, ya que apenas había interaccionado con los huéspedes.
 Mis sombrías reflexiones fueron interrumpidas cuando me encontré con un grupo de personas en la entrada.  Estaban a punto de salir a echar un trago y no dudaron en invitarme a unirme a la expedición.
 Nuestra heterogénea comitiva estaba formada por individuos de diversos países, edades y extractos sociales. Las calles napolitanas estaban animadas y pasamos un buen rato.        
 Aunque en estos grupos improvisados los compañeros suelen ser muy cordiales y se dan conversaciones interesantes, me da la impresión de que hay algo de pose y es difícil que surgan sólidos lazos de amistad. Al fin y al cabo, es gente a la que ya no se va a volver a ver más...¿O sí?

 



viernes, 8 de septiembre de 2017

ESTAMPAS NAPOLITANAS Y AMALFITANAS

 Empleé mi primera mañana en Nápoles en reponer los útiles de viaje que había olvidado. A falta de un "todo a 100" o un hipermercado competente, me dediqué a visitar pequeños comercios que abundan en el centro de la ciudad. Allí me empecé a dar cuenta que, en Italia, fuera de los lugares más turísticos, mi inglés no me iba a servir de mucho. Y dado que mi conocimiento de la lengua de Dante es más que deficiente, mis interacciones con los dependientes eran toda una comedia, y no precisamente divina. Pero con buena voluntad y algo de mímica todo se consigue, así que pude reponer mi inventario y centrarme en la visita de la ciudad.
 Esperaba mucho de Nápoles y no me decepcionó en absoluto. Calles llenas de vida, con abundantes monumentos y edificios barrocos. A ello se sumaban no pocos ejemplos de arquitectura monumental fascista y un cierto toque decadente y de desorden que, lejos de resultarme negativo, hacía que la ciudad ganara interés. Por si estos ingredientes no fueran suficientes, la dilatada historia (presencia española incluida) que se reflejaba en sus calles, la compleja orografía con empinadas colinas, y las sugerentes vistas sobre el Golfo de Nápoles y el Vesubio hacen de Nápoles una  ciudad imprescindible para todo turista que se precie.
Plaza del Plebiscito
 De entre todas las maravillas que guarda la ciudad, destacaría el impacto que me produjo la inmensa Plaza del Plebiscito y el peculiar Barrio Español que, aparte de su bonito nombre, tiene un ambiente muy genuino. En sus estrechas calles, sus vecinos viven la típica vida "de barrio", con casas ocupando los bajos de los edificios y sacando las sillas a la calle para conversar. No faltan, además numerosos comercios, restaurantes y mercadillos que hacen que sea una zona llena de vida. Algunos foros de viaje no lo recomiendan por su supuesta peligrosidad, pero afortunadamente de eso me he enterado después. Así que pude pasear relajadamente por sus pintorescas calles, tanto de día como de noche.
Barrio Español
 Como si Nápoles no contara con suficientes encantos, y siguiendo mi discutida política de ver el máximo número de hitos en el menor tiempo posible, dediqué la tarde a visitar la costa amalfitana.
 Para ello fui a la estación central donde tomé el Circumvesubiano, un tren de nombre tan sugerente como los paisajes que atravesaba, paralelos a la costa y dominados por la imponente efigie del Monte Vesubio. 
 La línea llegaba hasta Sorrento, localidad costera que pensaba explorar convenientemente a la vuelta, ya que nada más bajar de la estación me esperaba un autobús que hacía la ruta amalfitana. Con el billete podía hacer un uso indiscriminado del servicio durante 24 horas.
 Tras unos primeros minutos de tanteo, el autobús se fue acercando a la costa para tomar una carretera que nos deparó un espectáculo inigualable formado por escarpados acantilados y calas de una belleza inenarrable (yo hago lo que puedo).
 Cómodamente sentado, mientras observaba tan sublimes paisajes, casi deseaba que el autobús redujera su velocidad para deleitarme con la vista. Como si el universo conspirara para cumplir mis designios, pronto el conductor empezó a ralentizar su marcha. La estrecha carretera que serpenteaba paralela a la costa estaba muy transitada. Cada vez que el autobús se acercaba a una curva cerrada o un túnel tenía que esperar a que no viniera ningún vehículo en sentido contrario. Lo mismo sucedía cuando algún "listo" había dejado el coche mal aparcado, invadiendo parte de la calzada.
 Mi ambicioso plan de visitar dos localidades distintas se evaporaba mientras nos acercábamos a velocidad de tortuga al pintoresco pueblo de Positano. Sus coloridas casas que se asientan sobre una colina, formando un imponente mirador al golfo de Salerno, me llamaban casi a gritos. Pero también quería vistar Amalfi, así que, improvisando una astuciosa jugada "visité" Positano desde el autobús y seguí hasta el final de la ruta.
Amalfi
 Amalfi demostró ser una alternativa ciertamente competente. Además de la bonita estampa de las casas sobre una colina a orillas del mar, su casco histórico, aunque pequeño, era bastante reseñable.
  Como era de esperar, estaba repleto de turistas que, a ratos, hacían que fuera algo agobiante pasear por sus calles.
 Aunque eso no fue nada con lo que me tocó en el autobús de vuelta. Ante la gran demanda, los asientos del vehículo fueron insuficientes y a muchos nos tocó ir de pie.  Cuando ya estaba a punto de ciscarme en la costa Amalfitana y la madre que la parió, se bajó una persona y presto ocupé su sitio.
Aún cabe uno más en la baca
 Seguía yendo en un autobús atestado a 10 km. por hora, pero ahora lo hacía sentado. Ahora sí que pude reflexionar sobre lo que había visto. 
 Había presenciado unos paisajes maravillosos, llenos de dramatismo y encanto. Pueblos preciosos y calas de ensueño.   
 Pero dejando aparte la estética, se trata de lugares inhabitables tanto por la complicada orografía del terreno como por la saturación turística. Las playas, que quedan muy bien en una postal, son de piedras y muchas de ellas tienen un acceso realmente complicado. 
 Al fin pude entender por qué las costas españolas se llenan de italianos en verano. Nuestras playas son más mundanas, pero mucho más prácticas y aprovechables.
 Llegué ya anocheciendo a Sorrento, por lo que dejé su reconocimiento para mejor ocasión y volví en el Circumvesubiano a Nápoles.
Pizza frita: tan grande que no cabe en la foto
 El día había sido intenso, pero el plato fuerte estaba por llegar. 
 Me senté en una humilde taberna del Barrio Español y no pude evitar la tentación de probar la pizza frita, especialidad de la que nunca había tenido noticia y que se trata de una especie de "calzone" pasado por la freidora en vez de por el horno.
 Como era de esperar con dicha preparación culinaria, el plato era más que contundente, y de un sabor nada refinado.
 De su tamaño da testimonio la foto adjunta, el hecho de que no me la pudiera terminar y el que tuviera que dar un paseo de casi dos horas para estar en condiciones de acostarme e intentar dormir.
 Hábilmente, le quité una marcha al temido ventilador del albergue, que se quedó en modo ruidoso, en lugar del ensordecedor de la noche anterior. Con tamaña mejora, no tuve mayor problema para caer en brazos de Morfeo.



lunes, 4 de septiembre de 2017

RUMBO A NÁPOLES

 Tras mi periplo americano del año pasado, y como si fuera el comité elector de unos mundiales de fútbol o unos juegos olímpicos, este año tocaba volver a Europa para mi viaje estival.
  El Viejo Continente lo tengo bastante baqueteado, pero aún tenía algunas cuentas pendientes. No había visitado Grecia, Nápoles me lleva llamando mucho tiempo y tenía mucha curiosidad por recorrer Albania, país tan misterioso como recomendado por aquéllos que habían estado.
 Teniendo estos elementos ya sólo faltaba elaborar una ruta para unirlos, intentando evitar el avión (excepto para el viaje de ida y vuelta) y a un precio razonable. Esto que parece tan fácil, y probablemente lo sea, me llevó horas y horas de investigación y toma de decisiones.
 Todos los trayectos, alojamientos y contingencias estaban previstos en una impecable obra de orfebrería cuidadosamente elaborada. 
 Pero pronto le empecé a ver las costuras a mi, en teoría, perfecto planteamiento. 
 Ya en el autobús rumbo a Barcelona (¿Para cuando vuelos internacionales en el aeropuerto de Huesca?) me di cuenta de que no había buscado apenas información turística sobre los lugares que iba a visitar. Me tranquilicé a mí mismo confiando en mi talento natural y el buen hacer de las oficinas de turismo locales. También había obviado la clásica lista de cosas a llevar en la maleta. En un repaso mental, me di cuenta de que me había dejado unas cuantas. Algunas de fácil reposición y otras, como mis lentillas adaptadas a mi vista de lince miope o los cascos de mi obsoleto móvil Samsung que hace las veces de reproductor mp3, más complicadas de encontrar.
 Ya en el avión me tocó estar rodeado de unos jóvenes con pinta de italianos que volvían de unas vacaciones en Lloret de Mar. Hablaban en una lengua que recordaba al idioma transalpino, pero que no acababa de identificar.
 Mi compañera de asiento me sacó de mi duda. Se trataba del napolitano, lengua muy hablada en el sur de Italia. Aproveché la ocasión que me brindaba mi primer contacto con una local, para preguntarle qué ver en Nápoles y cercanías. Mi disco duro se quedó con dos nombres: Costa Amalfitana y Pompeya.
 Ya en el aeropuerto napolitano, me ocurrió algo que me iba a dar pistas sobre el carácter caótico de la capital de la Campania. En el camino hacia la salida, unos cuantos nos desviamos de la ruta y nos metimos por una puerta equivocada. No nos costó mucho volver al camino correcto, pero era la primera vez que me pasaba algo así en un aeropuerto.
 Mejor indicado estaba el camino hacia el autobús que me condujo a la ciudad. A pesar de ser bastante tarde y no haber mucho tráfico, me empecé a hacer una ligera idea de cómo se las gastan los napolitanos para conducir, especialmente los motoristas, que se colaban por todos los lados.


Castel Nuovo
 Puse pie a tierra junto al mítico Castel Nuovo y tras un breve paseo, con algunos problemas de orientación solventados por mi humilde pero eficaz teléfono móvil, conseguí llegar al albergue.
 No pasé mucho tiempo en él, ya que, aquejado de un hambre canina, recorrí las animadas calles napolitanas en busca de pitanza. Como no podía ser de otra forma en el lugar donde tuvieron su origen, me hice con una excelente pizza Margarita que por el módico precio de 3 euros, satisfizo a la vez mi hambre física y mi curiosidad culinaria, sin destrozos en el bolsillo.
 Lo que sí estuvo a punto de destrozar mis nervios fue el ruidoso ventilador que traqueteaba en la habitación del albergue, en un vano intento de refrescar el tórrido ambiente.  Parafraseando a Winston Churchill, se nos dio a elegir el calor o el ruido. Elegimos el ruido y tuvimos el calor.
 Aprovechando un momento de calma en mitad de la noche, me levanté sigiloso para desactivar tamaño generador de decibelios, que para más INRI, no apuntaba a mi cama. La operación no fue exitosa, ya que al momento, un huésped se levantó como un resorte a encender el ventilador. Le expliqué la situación al compañero  que, inmisericorde, volvió al catre mientras un ruido ensordecedor se volvía a apoderar de la sala. Al rato, el mismo individuo, quién sabe si harto del ruido o en consideración hacia mi persona, apagó el artefacto y por fin, pude dormir.





jueves, 22 de junio de 2017

TIÊ: SUTIL MAGIA BRASILEÑA

 Si algo se puede destacar de la actividad cultural de Huesca, aparte de su amplitud, es que da cabida a artistas internacionales de gran calidad, aunque no sean muy conocidos por nuestras latitudes. Y no hay duda que de ello tiene gran parte (sino toda) de responsabilidad el mítico periodista musical Luis Lles,  cuyo espíritu inquieto consigue que tengamos actividades tan memorables como la del pasado domingo por la tarde.
  En este  caso se trataba de una actuación de la cantante Tié en el C.C. Matadero. A pesar de nunca haber escuchado nada de ella, me animé a ir.  A ello ayudó que en la foto del anuncio pareciera bastante atractiva, que fuera brasileña y todavía más importante, que la entrada estuviera tirada de precio. A falta de criterios musicales, no es mala idea fijarse en este tipo de cosas.
  A pesar de que los argumentos para acudir al evento eran incuestionables y estaba anunciado en “La Nueva España”, el salón de butacas no registraba una gran entrada.  No pocas veces he escuchado a gente quejarse de que en Huesca “los domingos por la tarde no hay nada" y es un aburrimiento. A ninguna de esas personas  vi sentada en las butacas del Matadero. Ellos se lo perdieron.
Tiê y André Whoong
 Mientras esperaba a que empezara la actuación me preguntaba si la música brasileña que iba a escuchar iba a ser del tipo carnaval frenético o más tirando a lo plácida bossa nova.  El comienzo con la sugerente voz de Tiê mientras tocaba la guitarra española, acompañada de las suaves melodías del virtuoso guitarrista eléctrico André Whoong, dejaron claro que el concierto iba a decantarse por la segunda opción.
  Se fueron desgranando canciones de amor, de desamor, de la vida cotidiana, a las que la bonita lengua portuguesa dotaba de un toque melancólico que se veía compensado por la vitalidad del dúo.
 Se trataba de una música ideal para escuchar en casa y crear una atmósfera íntima y plácida. Aunque todavía era mejor sentirla en vivo y en directo.
 A pesar de la barrera del idioma, la cantante se dirigió al público en numerosas ocasiones, presentando casi todas sus canciones.  Por si eso no bastara para mostrar cercanía con la audiencia, en algunos temas, Tiê se sentaba en el borde del escenario. Habida cuenta que yo estaba sentado en primera fila y centrado, por momentos tenía la impresión de que estaba cantando para mí solo. Como si no quisiera que el resto de los asistentes se sintieran celosos, la artista bajó a la platea y cantó una canción paseándose entre las butacas para sorpresa y regocijo del entusiasta público.
Pecker y Tiê
 No sería la única sorpresa de la tarde-noche, ya que uno de los temas contó con la inestimable colaboración de Pécker, uno de los máximos exponentes de la escena musical oscense (con permiso de Palacho).
 Con todos estos ingredientes, no es de extrañar que Tiê y su acompañante se ganaran con creces al público que probablemente en su mayoría, desconocían a la artista. 
 Por ello, los dos bises estaban más que cantados. Lo que ya no me esperaba, es que al acabarlos, Tiê bajara al escenario y solicitase un abrazo del público. Nunca había presenciado algo así tras un concierto, y enseguida correspondimos a la petición,  expresando el agradecimiento por su entrega y el buen rato que nos había hecho pasar.
Mágica atmósfera

 Y es que un concierto es para mí algo más que interpretar unas canciones en vivo. Es expresar sentimientos, emociones, contactar con el público, ver cómo responde y actuar de acuerdo a ello, además de crear una atmósfera especial. Todo eso hicieron Tiê y André y por eso dieron lugar a una actuación inolvidable.