lunes, 19 de noviembre de 2018

AMBERES Y GANTE: JOYAS FLAMENCAS

  ¡Nuestra es Amberes!, se dice que gritó eufórico el habitualmente discreto Felipe II, cuando se enteró de que sus tropas habían lograron reconquistar la importante ciudad flamenca, en un destacado episodio de la Guerra de los 80 años.
 Mientras mi autobús se internaba por tierras belgas, tras haber hecho una breve escala en la ciudad neerlandesa de Eindovhen, me preguntaba si la euforia del monarca español estaba justificada o no.
  Lo primero que vi de Amberes ya me impresionó. El autobús nos dejó junto a la imponente fachada de la estación de tren, una de las más impresionantes que haya visto nunca.
 Tras un paseo de una media hora por las agradables calles de la llamada "capital mundial de los diamantes" llegué a mi albergue donde fui recibido por un simpático uruguayo. No era el primer recepcionista de esa nacionalidad que me encontraba, ya que en Durres (Albania), fui atendido por un compatriota suyo.
 Dentro de la humildad que caracteriza a estos establecimientos, en este caso me había estirado un poco y el albergue era bastante competente, con unas instalaciones modernas y acogedoras.
 Nada que ver con el antro en el que había dormido la noche anterior en Düsseldorf.
Plaza Mayor de Amberes

 Los buenos augurios que se habían presentado al contemplar la estación se confirmaron cuando realicé mi primera inspección por el centro de Amberes. Las anodinas y funcionales calles que me había encontrado en Alemania dieron paso a un gran número de edificios históricos e iglesias. Por momentos me sentía trasladado al siglo XVI y no me hubiera asustado si me hubiera cruzado con una compañía de Tercios por sus calles (ventajas de no ser protestante).
 A la mañana siguiente, cumpliendo con la tradición, me uní al tour "gratuito" por la ciudad donde un simpático y espigado holandés nos explicó con pelos y señales los principales atractivos de la ciudad. Aparte de la gran cantidad de vestigios de la Edad Moderna, y la inevitable referencia al pintor local Rubens, me llamó la atención el "Boerentoren" un edificio  de estilo art déco  que fue el primer rascacielos construido en Europa.
Primer rascacielos europeo

 Aconsejado por nuestro guía, cuando acabó el recorrido turístico visité el museo Plantin-Moretus, de material tipográfico que cuenta con la prensa más antigua del mundo.
 Llevado por mi, en ocasiones insana, curiosidad, no dudé en atravesar una puerta con un cartel en flamenco. Al hacerlo fui severamente reprendido por un empleado que me preguntó si no lo había leído el cartel.  Sí, pero a mí lo de "niet voorbijgaan" no había dicho gran cosa.
 A continuación me dirigí a la estación para hacer una excursión vespertina. Aprovechando que era la hora de comer, pude degustar el plato nacional belga, que no  fue otra cosa que un cucurucho de patatas fritas. Esto habla tan bien del popular tubérculo, como mal de la gastronomía belga.
 Satisfecha mi hambre física, tocaba cubrir la cultural e histórica. Nada mejor para ello que tomar un tren para la cercana ciudad de Gante.
Imponente entrada de la estación de tren

 Como suele pasarme, no sólo no había buscado nada de información sobre la ciudad, sino que tampoco sabía en cual de las dos estaciones que tiene Gante me convenía apearme. A la hora de preguntar a mi compañera de asiento más próxima se me planteaba la duda de hacerlo en francés o en inglés, habida cuenta de que el neerlandés aún no lo dominaba a esas alturas del viaje como había quedado claro en el museo.  Le dejé elegir y se decantó rotundamente por el inglés, por lo que deduje que era una flamenca acérrima. 
 Cuando vi que cojeaba un poco en historia local deduje que no era de la zona, extremo confirmado al confesarme su origen ruso. Contrariamente a lo que un asiduo lector de este blog me ha contado sobre las mujeres de ese gran país, en este caso, la eslava fue un dechado de amabilidad y simpatía.
 Sólo por conocerla y haber hablado un rato con ella ya había amortizado el viaje. La inversión se antojó aún más rentable cuando empecé a encontrarme auténticas joyas en forma de edificios históricos de gran valor. Es una delicia pasear a orillas del río Lys flanqueado por innumerables vestigios de la densa historia de la ciudad, lugar de nacimiento del rey Carlos I de España, emperador de Alemania, y uno de los hombres más poderosos de la historia.
Una ciudad ele-Gante

 Ya de vuelta en la estación, al pedir un billete para Amberes, el empleado me insistió varias veces en que era sólo de ida. No entendí muy bien esa puntualización hasta que  me di cuenta de que había cometido un pequeño, pero craso error. La ida costaba 10,80 € por trayecto, y el billete de ida y vuelta, 11 €. Así que sólo los desorientados como yo, compran billetes exclusivamentede ida.
 No tardaría mucho en recuperarme de este penoso incidente. En el albergue se había formado una animada tertulia a la que no dudé en unirme. Una cosa llevó a la otra y acabamos saliendo a dar un voltio el recepcionista uruguayo, dos simpáticas (en este caso no se trata de ningún eufemismo) holandesas y un servidor.
 Las calles de Gante, aparte de lucir esplendorosas por la noche, contaban con una gran animación. No le faltan encantos para tratarse de un destino turístico muy popular. Además de pasear por el centro, nos acercamos a la zona portuaria. Curiosamente, a pesar de tratarse de un puerto fluvial, es uno de los más grandes de Europa, gracias al gran calado y anchura del río Escalda.
Zona portuaria

 Ya de vuelta al albergue, observamos una gran animación en una calle cercana. Me comentaron que se trataba del "Barrio Rojo" amberino que, a semejanza de su hermano de Ámsterdam, sirve de escaparate publico y notorio a las meretrices locales, aunque a mucha menor escala. Me sorprendió, ya que pensaba que dicho formato sólo existía en la capital holandesa.  Ya dicen bien que viajar abre mucho la mente.
 Mi visita por tierras flamencas me había causado una gratísima impresión. El listón había quedado muy alto, pero confiaba en que los Países Bajos no hicieran honor a su nombre y lo pudieran superar.

sábado, 22 de septiembre de 2018

DÜSSELDORF

 Mi siguiente jalón en la ruta hacia Holanda, tenía tres candidatos. Düsseldorf, Bonn y Colonia. Ésta última fue descartada porque no encontré albergues disponibles. Las otras dos estaban más o menos empatadas, pero tuve la "feliz" idea de visitar una página de viajeros donde una lectora mostró su amor incondicional a Düsseldorf. Viendo cómo hablaba de ella, parecía que sería algo así como la Florencia del Rin. Además, el alojamiento me salía algo más barato que el de Bonn. Al elegir la primera opción, pensaba que había hecho una jugada maestra.
 Esta sensación se acrecentó cuando nuestro autobús atravesó en su ruta la ciudad de Colonia y pude ver de pasada su imponente catedral que, por lo que decía la misma página web anteriormente citada, era casi lo único que valía la pena de dicha localidad. Había conseguido hacer un "2 x 1" clarísimo.
 Sentada junto a mí, viajaba una joven alemana con cierto aire de cansancio. No era para menos, ya que me explicó que había partido de Budapest y llevaba tropecientas horas de travesía. A pesar de mis esfuerzos por ser un niunclavelista de categoría, siempre hay quien llega más allá.
"Huele" a los 70 que echa para atrás

 La primera impresión que me dieron las calles de Düsseldorf fue más bien anodina. Algo más impactante, aunque no muy positivamente, fue el descubrir el chamizo que había elegido para hacer noche. Se trataba de un edificio de varias plantas sin ningún letrero o advertencia que le hiciera parecer un alojamiento.
 A la llamada al portero automático, acudió un joven de rasgos asiáticos que me hizo esperar en una sala con una decoración bastante peculiar. Para que los cinéfilos lectores del blog se hagan una idea, el mobiliario me recordaba bastante al "Korova Milk Bar", que aparece al comienzo de la película "La Naranja Mecánica", aunque todavía con peor gusto.
  Estaba a punto de pedirme una leche-plus, cuando el empleado me hizo subir al piso superior.
¿Dónde me he metido?
Allí me encontré el alojamiento más inclasificable que haya videado en toda mi vida.
 Nada más entrar, había una habitación con dos literas y un balcón a la calle. Esta pieza contaba con una puerta que daba acceso a otro cuarto con 1 litera. Entre las camas que la formaban, apenas había medio metro de holgura. Aquí contábamos con una puerta que daba acceso a un minúsculo cuarto de baño. Éste contaba con retrete y ducha, pero no lavabo. El cuarto de baño tenía otra puerta que daba acceso a otra habitación en la que había una cama de matrimonio, una cocina totalmente desfasada (calculo que lo último que se cocinó en ella fue pagado en marcos) y una terraza muy grande con muy buenas vistas.
 Esta distribución tan poco convencional tenía las siguientes consecuencias:
 -Para acceder a dos de las habitaciones, había que pasar por otras distintas, con las molestias consiguientes.
 -Había que cerrar las dos puertas del baño para evitar ser "sorprendido". Pero si al salir te dejabas una cerrada, bloqueabas el flujo de huéspedes del otro lado de la misma.
 -Para hacer uso de la terraza grande había que atravesar la habitación de la cama de matrimonio.
 En resumen: una distribución desastrosa, carente de toda lógica y funcionalidad.
 Al ver la cama de matrimonio desocupada, tomé posesión de ella. No tardó en venir una huésped no muy bien encarada a desalojarme. Así que me conformé con la habitación con dos literas, eligiendo la superior. No lo suelo hacer, pero en este caso, la inferior resultaba algo claustrofóbica.
 Zonas comunes, conexión wifi, taquillas...no estaban, ni se las esperaban.
 Cerca del "albergue"(he leído comentarios que afirman que era un lupanar reacondicionado y me lo creo) había una oficina de turismo (buena señal) donde me hice con un mapa. A pesar de este buen indicio, mis primeros pasos por la ciudad fueron bastante decepcionantes. Baste el dato de que tardé más de una hora de paseo en sacar a que le diera el aire a mi máquina de fotos.
 En las proximidades del Rin, se empezó a animar la cosa y pude, por fin, encontrarme con algunas calles con cierto interés turístico e histórico. Pero al igual que le pasó a Fráncfort, no quedó mucho en pie tras la Segunda Guerra Mundial.
Esto ya parece Alemania

 Como detalle curioso, me encontré con lo que se denomina "la barra de bar más larga del mundo", que no es otra cosa que un conjunto de bares que copan los dos lados de una calle. Todos ellos cuentan con mesas en la acera donde la gente se toma, de pie, una cerveza oscura, muy típica de la zona. No pude evitar la tentación y la probé. Es una cerveza bastante fuerte, lo que sumado a la cantidad de "esponjas" que pueblan las tierras germanas, hace pensar que en este lugar se pillen unas cogorzas de aúpa.
Les gusta, les gusta beber

 Dado que la parte antigua me había dejado un poco frío, probé con otra más moderna. Se trata de un conjunto de edificios vanguardistas cerca del puerto. Algunos son bastante curiosos y originales.
¡Qué majetes los moñacos!

 La aparentemente civilizada y tranquila ciudad diurna, dio paso a otra un poco más agitada por la noche. Por los alrededores de la estación de tren merodeaban pedigüeños borrachines. En un intento de confundirme con el paisaje, y a la vez catar productos locales, accedí a un kiosko que vendía cervezas. Allí  me hice con una botella de medio litro por la irrisoria cantidad de 60 céntimos. ¡Así da gusto embriagarse!
 Viendo que la cantidad de potenciales pendencieros aumentaba, me volví a mi extraña, pero en ese momento deseada morada, donde dormí bastante bien, a pesar de lo poco que prometía.
 A la mañana siguiente, le di otra vuelta a la ciudad, ya sin vagabundos a la vista. Se trata de un lugar agradable, pero de escaso interés turístico. Definitivamente la persona que publicó en la página de internet debía de tener acciones en la oficina de turismo dusseldorfina.
Como última curiosidad, en un mercado local me compré dos manzanas que tenían un aspecto estupendo y un sabor aún mejor. Eso sí, cada una me costó un euro.
  Un país donde una manzana cuesta casi el doble que una cerveza de medio litro, se lo tendría que hacer mirar.
 En el apeadero de autobuses se repitieron las escenas de improvisación y desconcierto que se habían dado en Fráncfort. Pero a estas alturas del viaje, y a punto de abandonar Alemania, me di cuenta de que en un país de más de 80 millones de personas, tiene que haber sitio para todos (desde ingenieros eficientes a caóticos buscavidas) y para todo (ya sean pulcros edificios o establecimientos de dudosa reputación). 
 Así pues, no importa el tópico que se aplique a los alemanes, sean positivos o negativos. Todos serán ciertos en alguna medida.
¿Quién dijo que los alemanes era fríos y secos?


jueves, 6 de septiembre de 2018

FRÁNCFORT DEL MENO

  Habida cuenta de que apenas me quedaba una semana de vacaciones, no podía irme muy lejos en mi siguiente destino. Tras una exhaustiva criba, en el último cedazo aparecían dos posibles destinos: Holanda y Marruecos. Éste último lo acabé descartando por motivos energéticos. A esas alturas del mes, llevaba bastante tute viajero. 
 Un país como Marruecos, donde manda el regateo y numerosos personajes locales están dispuestos a "ayudarte" aunque no quieras, exige unas fuerzas de las que yo carecía en esos momentos.
 Por ello me decanté por la más previsible y ordenada Holanda, dejando al misterioso reino alauita para mejor ocasión.
 Una vez tomada tan trascendental decisión, me centré en reservar el viaje, y vi cómo los vuelos a Ámsterdam costaban un ojo de la cara, no mejorando mucho si buscaba otros destinos en los Países Bajos.  Pero no me iba a rendir fácilmente.
  ¿Volar a Holanda es caro? Pues probemos con Bélgica, que está al lado. El clavelismo seguía presente. 
 Sólo hizo falta alejarse un poco más para encontrar un vuelo a la ciudad alemana de Fráncfort (Frankfurt) a precio de amigo. Y para redondear la jugada, me saqué la vuelta desde Eindhoven casi regalada. Esto empezaba a tomar color, y no precisamente el del dinero.
 La sensación de orfandad que me invade al llegar a un aeropuerto de noche se acrecentó al poner pie en el de Fráncfort, que es inmenso. Pero lo que tiene de grande lo tiene de ordenado y eficaz, así que no me fue muy difícil encontrar el tren que me llevaría hacia el centro. 
 Esta vez me había buscado un albergue muy céntrico y a buen precio. ¿Tendría truco?
 Apenas salí de la estación y me acerqué a mi destino, mi ego empezó a dispararse por momentos. Las que yo tenía por inalcanzables alemanas me miraban con gran interés y alguna de ellas incluso se dirigió a mí en lo que yo interpreté como un requiebro. Por fin, tras muchos años escondido, mi irresistible  magnetismo era apreciado en toda su extensión. 
 Pero al fijarme en los letreros luminosos de los locales que atravesaba y en una no pequeña cantidad de "maromos" que pululaban por la zona con igual o mayor éxito que yo, me di cuenta que las simpáticas damiselas que me cortejaban no lo hacían movidas por motivos platónicos. No en vano, mi albergue estaba situado en el corazón del Barrio Rojo de Fráncfort. En ese momento, recordé que me había llegado un correo electrónico del establecimiento advirtiéndomelo, pero estaba escrito en un tono tan informal que no lo me lo acabé de creer. O quizá preferí pensar que esos rubiones habían sucumbido a mis encantos.
 Una vez que llegué al hostel me centré en otros temas más inmediatos, como orientarme en una habitación a oscuras y ocupar mi litera. En tan complejo trance, mis torpes movimientos despertaron a una compañera kazaja, que fue todo amabilidad, ayudándome incluso a hacerme la cama. En línea con el resto de entrada, y pidiendo disculpas más por lo malo del chiste que por ofender al feminismo, hubiera preferido que me la hubiera ayudado a deshacer. Y es que, aparte de su simpatía, en la ex-soviética, se conjugaban con maestría el exotismo oriental con la estadísticamente superior antropometría occidental.
  Miedo me daba volver a la calle. Y lo debía hacer, si quería cenar algo tras muchas horas de ayuno. Pude burlar el bloqueo que las colipoterras sometían a las calles cercanas, para visitar un local turco donde pude agenciarme una pizza. Por lo menos la maridé con una cerveza para que la cena tuviera siquiera un toque alemán.
  Mi paseo nocturno, que me llevó hasta el río Meno, no me hizo pensar que Fráncfort fuera a dar mucho juego desde el punto de vista monumental.
Ya se vé quién manda por aquí

 Mis sospechas se confirmaron al día siguiente. Como a la mayoría de las ciudades alemanas, los bombardeos aliados de la II Guerra Mundial, dejaron al casco histórico de la ciudad reducido a la mínima expresión, restauración incluida.  Así, en una ciudad de tanta importancia apenas un par de plazas y algunas calles adyacentes tienen un sabor añejo y característico. El resto es bastante más aséptico y funcional.
Algo se pudo salvar

 A falta de referencias históricas, el centro de Fráncfort cuenta con una línea de rascacielos o "skyline" muy carácterística con modernos edificios comerciales. La guinda del pastel es la sede del Banco Central Europeo, que cuenta en sus inmediaciones con un monumento homenaje al Euro.
 No me falló mi previsión, que sólo había concedido una mañana para visitar la ciudad. Creo que es tiempo suficiente para visitarla y hacerse una idea de ella, a menos que se tengan negocios pendientes (económicos o carnales).
También hay sitio para la cultura:Ópera Antigua de Fráncfort

 Si la llegada a una ciudad que yo suponía seria y ordenada me descolocó al toparme de bruces con el Barrio Rojo, no fue menor mi sorpresa al comprobar cómo la "estación de autobuses" donde debía tomar mi transporte para seguir ruta, era una explanada situada en un solar donde reinaba el caos.
 En ningún sitio se podía consultar el destino de los autobuses situados en las dársenas y a falta de empleados que informaran, la gente preguntaba a los desbordados conductores. El nuestro llegó con un considerable retraso. 
 A pesar de ello, y  por razones que se me escapaban, aparcó el vehículo y permaneció  sentado con la puerta cerrada, mientras los sufridos clientes soportaban estoicamente el sol estival.
  Por fin, tras un buen rato de espera, el conductor decidió abrirnos la puerta del autobús y pudimos partir en busca de nuevas aventuras por tierras centroeuropeas.

miércoles, 29 de agosto de 2018

3x3 RIBAGORZA: MAQUINETAS CON CORAZÓN

 Este verano tuvo a bien visitarnos mi amigo Jorge, que vive en los Estados Unidos. Antes de venir lanzó a los 4 vientos un llamamiento para que nos apuntásemos a un torneo de baloncesto 3x3 a celebrar en Graus.
 A pesar de su entusiasmo, el impacto de su convocatoria fue bastante limitado. Sólo un servidor se abstuvo de acuñar las socorridas frases de "estoy muy liao", "no estoy en forma" o "para que nos apalicen y hacer el ridículo, no voy".
 Así, el día del evento nos dirigimos a Graus con la esperanza de que la organización nos "prestase" algún jugador para completar el terceto. 
 Nos habíamos inscrito con el nombre de "Los Maquinetas". Yo iba con dudas sobre si esa máquina iba a estar gripada o iba a funcionar con eficacia.
 Al llegar a la pista nos encontramos con un magnífico ambiente. Nada menos que 16 equipos se daban cita en el torneo. En un primer vistazo, me dio la impresión de que Jorge y yo subíamos bastante la media de edad, pero lo que se pierde en vitalidad, se gana en experiencia y saber estar dentro y fuera de las canchas.
 El organizador nos presentó a nuestro "fichaje", un binefarense bastante curtido que nos prestó un gran servicio.
 Nuestro primer rival no nos iba a poner las cosas fáciles. Se trataba de un conjunto formado por 3 hispanoamericanos y un mauritano de raza negra y poderoso físico. De él se encargó Jorge con solvencia, frenando sus explosivas penetraciones. El resto abusó del tiro exterior sin mucho éxito. Nuestro juego coral acabó imponiéndose. En mi caso, y sin que desgraciadamente, sirva de precedente, aproveché mi superioridad física sobre mi defensor para hacer daño en la pintura.
Los Maquinetas iban a dar guerra

 La organización tuvo el detalle de darnos acceso libre a la piscina municipal (situada junto al pabellón) a todos los participantes, lo que aprovechamos para relajarnos y descansar entre entre partido y partido. Además de este extra tan apreciado, se nos ofrecía agua y fruta a voluntad.
 En el segundo partido nos tocó un hueso duro de roer. Un equipo joven dotado de buena técnica y gran tiro exterior. Mantuvimos el marcador igualado hasta el ecuador del partido, pero su mayor calidad y mejor estado físico se impusieron. No conviene olvidar que muchos de los equipos contaban con jugadores de refresco que podían entrar en cualquier momento. Nosotros, en cambio, bastante tuvimos con llegar al mínimo de 3, sin posibilidad de hacer cambios.
 La primera fase constaba de tres partidos. Si ganábamos el tercero, pasábamos a cuartos de final. Si perdíamos, se producía un triple empate de incierto resultado. Sin intención de especular lo dimos todo ante un equipo bisoño, pero no exento de calidad. Nuestra veteranía se acabó imponiendo, por lo que seguíamos vivos en la competición.
 Teníamos un par de horas hasta la sesión vespertina que aprovechamos para darnos nuestro enésimo baño en la piscina y visitar la villa de Graus, que cuenta con un casco histórico destacable, en el que sobresale la pintoresca Plaza Mayor.
 Uno de las virtudes que comparto con mi amigo Jorge es el niunclavelismo. Por eso no es de extrañar que, en vez de comer un restaurante de plato y mantel, lo hiciéramos en un banco junto al río, previo avituallamiento en un supermercado local. Nos supo mejor que cualquier manjar desgustado en un local de alto copete. Y por supuesto, infinítamente más económico.
 Nuestro improvisado co-equipier no pudo acompañarnos en la segunda fase, pero se preocupó de buscarnos un recambio de garantías. Se trataba de un base muy rápido y técnico, que era justo lo que más necesitábamos.
 En la ronda de cuartos de final nos esperaba un rocoso rival que, como nosotros, también venía de Huesca. A pesar de ello no nos iban a permitir ninguna concesión.
  Estaba compuesto por un explosivo y habilidoso base, un alero fuerte no carente de técnica y un "angelito" de más de 100 kg al que había visto machacar sin tomar carrerilla en un partido anterior.
 Nuestro nuevo fichaje pudo sujetar bastante bien al base rival, mientras que el buen hacer de Jorge puso coto a las acometidas del pívot adversario. Yo, en cambio, sufrí más de la cuenta ante mi par. Éste era más alto, más fuerte, más joven, más técnico y si me apuran, hasta más guapo que yo. 
 Pero el baloncesto no es un deporte individual. Así que viendo que no iba a anotar mucho en este partido, me dediqué a buscar a mis compañeros y hacerles bloqueos, que ellos aprovecharon muy bien, sobre todo para meter triples. En este torneo contaban el doble que las canastas de 2 puntos. Gracias a este bonus, conseguimos tomar la delantera en el marcador.  Viéndose superados, nuestros rivales subieron su dureza defensiva intentando amedrentarnos. No lo consiguieron y tampoco aceptaron de buen grado su derrota.  Creo que eran mejor equipo que el nuestro, pero nosotros supimos aprovechar mejor nuestras bazas.
 Ya estábamos en semifinales. La verdad es que mi único objetivo en este torneo era competir decorosamente y no hacer la risa. Pero dando lo mejor de nosotros habíamos llegado muy lejos.
 Eso sí, pasar a la final hubiera sido un milagro. Nos tocaba enfrentarnos al equipo"Oso Yogui". Detrás de tan poco amenazador nombre, se encontraba un terceto de auténtica enjundia, formado por jugadores y ex-jugadores del Peñas, equipo de Leb Oro. 
 Algún "espabilao" podrá decir que dos de ellos apenas jugaban, pero a nadie le regalan el puesto en la segunda liga del baloncesto español. Uno de sus miembros era un escolta de 1,92 m rápido y técnico, otro era un ala pívot que había hecho sus pinitos en la liga inglesa. Sus 2 m  y su gran  corpulencia iban acompañados con una muy buena mano desde el triple. 
 Por si fuera poco el tercer integrante era nada menos que Mikel Motos, un explosivo escolta de 1,93 m, con pasado ACB en el Guipuzcoa Basket. Se trata de un gran especialista defensivo y  ha sido pieza clave en el Peñas estos dos últimos años.
 Evidentemente la diferencia entre nuestro equipo y el suyo era palpable. Pero no nos rendimos sin luchar. En mi caso me tocó emparejarme con Motos, al que intenté ponerle las cosas lo más complicadas posibles. Pero nada pudimos hacer ante la mayor técnica, presencia física, experiencia, compenetración y juventud del equipo rival, que no tuvo que emplearse a fondo para vencernos. 
 Pero para mí fue una gran experiencia enfrentarme a un ex-ACB ante el que, a modo de anécdota, pude por lo menos anotar una canasta.
 Y aquí acabó nuestra andadura en el torneo, al que acudimos con la única idea de pasar un buen rato jugando a baloncesto y conociendo gente del mundillo. Ambas expectativas se superaron con creces.
  Quiero aprovechar la oportunidad que me brinda este blog para destacar el buen hacer del organizador. Una sola persona, a la que le tocó hacer de todo, fue capaz de montar todo el tinglado y conseguir que el torneo funcionara perfectamente.
 Un último baño en la piscina, ya totalmente relajados sin más partidos en el horizonte fue el colofón perfecto de una jornada para el recuerdo. 
 Jorge y yo pensamos volver. ¿Alguien se anima para el año que viene?


 


domingo, 26 de agosto de 2018

MURCIA...¡QUÉ HERMOSA ERES!

 En Grecia se está muy bien. Allí me había quedado virtualmente hasta que me he dado cuenta de que así a lo tonto, llevo unos meses sin escribir entradas. Y no será por falta de ideas. Tengo un atasco de viajes al que voy a intentar dar salida poco a poco.
 El vuelo de vuelta a España no iba a ser el final de mi periplo veraniego, sino un paréntesis. Había decidido visitar Murcia, no sólo por sus encantos que dieron lugar al aclamado espectáculo televisivo que da título a mi entrada, sino para visitar a una amiga que había conocido en un campo de trabajo y no veía desde hace más de 15 años.
 Para llegar a mi destino tuve que tomar un vuelo nocturno de Atenas a Barcelona y tras un par de horas en el aeropuerto en estado de duermevela, enlacé con otro vuelo a Alicante.
Desde el aeropuerto, que por cierto, era a la sazón un nido de chollos de aerolíneas de bajo coste, tomé un autobús al centro de Alicante.
 Las numerosas paradas que realizaba el vehículo, hacían menguar mi escaso margen de maniobra para enlazar con el tren que debía tomar. De hecho, al entrar en la estación, el convoy estaba a punto de partir. Sin tiempo para pasar por taquilla, le pregunté a un empleado si se podía pagar a bordo. Me negó esa posibilidad al tiempo que me señalaba una máquina de venta. En mi apresurada búsqueda no aparecía Murcia, sino "Murcia del Carmen". Pensando que era el nombre de un pueblo, seguí intentando con Murcia, pero no colaba. Al final, el empleado me aclaró que "Murcia del Carmen" era Murcia. Esos jueguecitos a alguien con más tiempo.
 Al trote y casi en marcha, logré introducirme en el último vagón y pude llegar a "Murcia del Carmen" donde me esperaba mi amiga, bien acompañada de su retoño de apenas unos meses. Como se pueden imaginar mis queridos lectores, dada la situación,  no parecía que en esta visita fuera a haber mucha fiesta. Pero con el festival de la cerveza de Korçe, ya había cumplido el cupo.
 Tras una más que necesaria siesta, hice una inspección en solitario por las calles de la capital pimentonera, que me dejó una grata y barroca impresión, a la espera de un análisis más exhaustivo que pensaba hacer a posteriori.
Centro de Murcia
 Pero no iba a producirse. Al volver al piso de mi amiga, y ante mi sorpresa, me comentó que me había reservado un alojamiento en San Pedro del Pinatar. No era una "escapada sorpresa" a la playa. Su hijo estaba un poco enfermo, y quería estar más cerca de sus padres, que se encontraban por la zona. Ella se iba a quedar con sus progenitores, y yo estaría solo en el albergue.
 Y nunca mejor dicho. A pesar de las fechas estivales y la cercanía de la costa, yo iba a ser el único huésped. Enseguida me di cuenta de que el albergue era de titularidad pública observando dos detalles de la recepcionista: su escasa preocupación por la falta de clientela y el poco entusiasmo con el que me explicó las reglas del establecimiento. Es un decir, porque se limitó a darme una hoja con las mismas para que la leyera y firmara. Y alguna de ellas no era baladí.
 Mi idea era pasar dos o tres días de descanso en Murcia, antes de seguir en danza por el mundo. Pero parece que el "modo viaje" seguía activado.
 Y con ese espíritu me lancé a recorrer el entorno. Tenía una playa cerca, bañada por el Mediterráneo. Pero tenía más interés en ver el Mar Menor, cuya famosa Manga empezaba un par de kilómetros al sur. Es un fenómeno curioso este mar que más parece un lago, constituyendo un hábitat natural muy singular.
Plácidas aguas del Mar Menor
 Una vez visitado su litoral, quise volver por el centro del pueblo que, a diferencia de la zona costera y bajo mi humilde punto de vista, ofrecía escasos argumentos para un turista.
 Volví al albergue, pero no a descansar, ya que me dediqué a planear mi siguiente viaje, aprovechando que aún me quedarían unos cuantos días libres hasta volver al trabajo.
 Tras una exhaustiva búsqueda que conformó el esqueleto de mis posteriores andanzas, me retiré a mi aposento. La tarjeta que hacía las veces de llave no funcionaba, así que tuve que sacar al recepcionista de su plácido sueño para que me abriera. Ya es mala pata tener un único huésped y que te dé por saco.
 Al día siguiente me tocó afrontar la necesaria pero poco apasionante tarea de lavar mi  ropa. Pregunté en el albergue si disponían de lavadora. Así era, pero me cobraban 6 € por utilizarla.¡¡Más de 1000 pesetas!! Ante tamaña clavada, que estimo que superaba el valor residual de los ropajes a lavar, decidí hacerlo en una lavandería externa.
 Posteriormente pude estar un rato con mi amiga y darnos un baño en la playa. Enseguida las obligaciones maternas reclamaron a mi anfitriona, por lo que iba a afrontar la tarde sin otra compañía que la mía (que no es poca). Una excursión sería el plan perfecto. Pero casi se me frustra.
 Llegué al albergue a las 13:55 con la idea de ducharme y descansar un poco antes de partir. Pero la azorada recepcionista me advirtió de que el establecimiento cerraba de 14 a 17 h, no pudiendo ni entrar ni salir del mismo en dicho intervalo. Nunca había visto un toque de queda vespertino como aquél en mi dilatada historia viajera. Le comenté que tan peculiar circunstancia me tendría que haber sido advertida, a lo que me replicó que aparecía en el listado que me hizo firmar el día anterior. Y así era. Entre las tropecientas normas aparecía ésa, pero no hubiera estado de más que me lo hubiera recalcado, y más teniendo en cuenta que era el único huésped.
 Roñándole un poco, aún conseguí que me permitiera ducharme a la velocidad de la luz y coger el macuto para dirigirme a la estación de autobuses.
Anfiteatro romano de Cartagena
 Mi destino no fue otro que la mítica ciudad de Cartagena, cuya dilatada historia ha dejado una genuina y destacable impronta en sus calles. Por su privilegiada situación estratégica, ha sido codiciada por cartagineses, romanos o bizantinos y ha sido una destacada base naval en muchos periodos de la historia de España. E incluso durante la efímera Primera República desafió al Gobierno Central, formando el famoso Cantón de Cartagena. Además de toda esta historia, me sorprendió la gran cantidad de edificios modernistas que se pueden encontrar en la ciudad. Sin duda, una visita que vale la pena.
Puerto de Cartagena

 Por la noche, aprovechando un respiro que tuvo mi amiga, pudimos cenar juntos en un restaurante. Triste y conmovedora historia la de mi amiga Fuensanta, que tuvo que sufrir la pérdida de su pareja por enfermedad, pero antes de irse dejó su legado en forma de hijo. Si ya es bastante complejo criar un hijo en pareja, hacerlo en solitario debe ser una verdadera heroicidad.
 A la mañana siguiente me despedí de Fuensanta y tomé un autobús para la cercana localidad de Balsicas-Mar Menor, donde cogí un tren con destino a Madrid. En su aeropuerto iba a comenzar mi siguiente etapa viajera. No había tenido el tiempo que me hubiera gustado para organizarla, pero confiaba en mi talento natural.
 Mi pretendido reposo en Murcia, se había convertido en otra experiencia inesperada. Pero para bien o para mal, esa es la esencia del viaje.





 



domingo, 13 de mayo de 2018

EPÍLOGO HELENO

 Mi vuelo de vuelta de tierras helenas salía a la 1:50 de la madrugada. Por lo que aún me quedaba prácticamente un día entero antes de tomar el avión. Atenas tiene muchos encantos, pero como buen turista que no puede evitar ver lo típico (además de lo atípico) de cada país que visita, no pude evitar la tentación de visitar una isla griega.
 Estas cosas se suelen hacer con calma, mirándolo todo bien antes, eligiendo la isla idónea para nuestros propósitos y estando unos cuantos días para aprovechar bien la estancia. Nada de eso podía hacerse a estas alturas, así que debía dejar lugar a la improvisación. Pero ésta no vino sola, ya que la noche anterior, un compañero barcelonés del albergue (Agustín), me comentó que junto a un grupo de compatriotas, iban a visitar una isla cercana a Atenas y me invitó amablemente a sumarme, cosa que hice sin dudar.
 Al día siguiente, Agustín se personó en mi habitación a primera hora de la mañana para decirme que habían quedado en un rato en el puerto del Pireo y se tenía que ir ya. Yo tenía que hacer el equipaje, por lo que no pude ir con él, pero quedamos en la estación de tren del Pireo una hora más tarde.
 Tras dejar mi maleta en consigna, tomé el metro hacia el Pireo. En la estación no vi ni rastro del grupo de españoles, así que, una vez desprovisto del guión, tuve que fiarlo todo a mi talento natural. Como no sabía a qué isla pensaban ir mis hipotéticos compañeros, me personé en una taquilla y pedí un billete de ida y vuelta para alguna isla cercana. Me tocó en suerte la isla de Aegina. Como no tenía ninguna referencia, me pareció estupendo.
¡Al abordaje!

 Una vez instalado en el transbordador, escuché a mis compañeras de asiento hablar  con otro grupo en castellano con deje catalán. Quiso la casualidad que se tratara de la comitiva con la que se suponía que iba a encontrarme en la estación. Como no soy rencoroso,  durante el trayecto marítimo, entablé una interesante conversación con mi improvisada interlocutora barcelonesa, en la que nos remontamos nada menos que a la leyenda de Rómulo y Remo.
 El barco paró en una isla que tenía bastante buena pinta. Cuando estaba a punto de apearme, me comentaron los del grupo que el barco seguía hacia otra isla, que es la que iban a visitar.
No estaba muy lejos, y en apenas 5 minutos de travesía, desembarcamos en Agistri. Nada más llegar, me di cuenta de que había cometido un pequeño pero craso error. Mi billete era para Aegina, la primera parada del barco.
 Pensando en que podría tener problemas a la vuelta, acudí a unas taquillas y me hice con un boleto para Aegina unas horas después. Desde allí, sería válido mi billete de vuelta a Atenas.
 La primera impresión que me dio Agistri no fue muy favorable. Las construcciones que poblaban las cercanías de la costa eran modernas, sin un ápice de genuinidad. Si me hubieran tapado los ojos en el trayecto y me hubieran dicho que habíamos llegado a Roquetas de Mar (disculpen los lectores roqueteños, es sólo un ejemplo), me lo hubiera creído.
 Como suele pasar en grupos grandes, pronto empezaron a aparecer distintas facciones. Una abogaba por quedarse en la playa junto al puerto para consagrarse al "dolce far niente". El otro grupo, más intrépido, decidió que sería mejor idea alquilar una bicicleta para recorrer la isla. No tuve muchas dudas para unirme al segundo, aunque eso me supusiera perder la posibilidad de seguir mi más que agradable conversación mitológica con mi ex-compañera de barco.
 Nuestro terceto ciclista, se rompió a las primeras de cambio, ya que el primer companente de la terna no pudo esperar y salió pitando en cuanto tomó posesión de su bicicleta de alquiler, con la intención de vernos al final del camino. Agustín y yo, por contra, decidimos unir nuestras fuerzas. Las carreteras de la isla apenas tenían un kilómetro llano, lo que unido a nuestra precaria forma ciclista, hizo que el trayecto fuera bastante costoso. Afortunadamente, los paisajes de excepción que nos proporcionaba el entorno típicamente mediterráneo, suponían un estímulo más que suficiente para seguir dando pedales. 
 Decidimos ir directos al extremo sur de la isla para ir visitando de vuelta todos los desvíos de la carretera. Al final del trayecto nos encontramos con un pequeño pueblo pesquero no exento de encanto. Junto a él había un embarcadero con unas aguas que estaban diciendo "μπάνιο" ("bañaos" en griego). 
¡Mi reino por una ducha!

 Mi situación era la siguiente:aunque me guardaban la maleta, ya no podía hacer uso de las instalaciones del albergue, por lo que no me podía duchar. La noche la iba a pasar viajando, por lo que hasta el día siguiente no iba a poder hacer una ablución en condiciones. La perspectiva de encarar todo ello con una costra salina sobre mi piel no me atraía en absoluto.
 Así, mantuve mi sangre fría y, como aquel niño que le han prohíbido comer tarta en un cumpleaños, aguanté estoicamente aunque con insana envidia como mi compañero Agustín se zambullía en las más que tentadoras aguas del mar Egeo.
 Seguimos la ruta y tomamos un desvío que nos condujo a un lugar llamado Aponisos, absolutamente paradisíaco.
 Se trataba de una pequeña isla unida a tierra por un estrecho brazo de mar, formando una bahía de aguas cristalinas. Como la felicidad nunca es perfecta, el islote estaba privatizado y había que pagar para acceder a él y hacer uso de las tumbonas.
 Evidentemente no pasamos por el aro, así que nos ubicamos en la playa de libre acceso. Esta vez el grito de las agua llamándome al baño era ensordecedor. Cual marinero de la Odisea que se tapaba los oidos con cera para evitar escuchar el tentador canto de las sirenas, yo no me había llevado bañador a la excursión. Pero ni eso fue suficiente. Improvisé un nuevo modelo y, adelantándome a las modas de baño mediterráneo que harán furor en temporadas venideras, me zambullí en las límpidas aguas luciendo impertérrito un humilde calzoncillo.
 Sin importarme las consecuencias futuras de tan osado comportamiento, disfruté a lo grande del baño.  Por unos minutos, y por primera vez desde que inicié mi viaje estival, tuve la sensación de que estaba "de vacaciones", en el término más clásico de la palabra.
Imposible resistirse

 Más que yo, aún lo estaba disfrutando Agustín, ya que una vez que yo decidí continuar mi travesía, él decidió quedarse un rato más en tan idílico entorno. Mi barco de vuelta partía unas horas antes que el suyo. De ahí que no pudiera dormirme en los laureles.
 Tuve la oportunidad de visitar otra playa, bastante menos espectacular que la anterior, donde me encontré al ciclista "escapado" de nuestra expedición. Le recomendé encarecidamente la visita a Aponisos y volví al puerto. 
 Intenté encontrar al grupo restante, pero las playas cercanas al puerto estaban muy pobladas y no me fue posible.
 Así que devolví la bicicleta en la tienda, y ya en estado bípedo me di una vuelta por el pueblo. Aparte de una iglesia con cierto encanto, no me pareció gran cosa. Mucho más satisfactorios que sus encantos arquitectónicos fueron los gastronómicos, ya que me compré un par de racimos de uvas blancas en un supermercado, que son los mejores que he catado en mi vida.
Estampa agistrina

 Tras un rato de relajada espera junto al embarcadero, tocó el turno de abandonar Agistri para recalar en Aegina. Se trataba ésta de una isla de dimensiones bastante mayores que la primera.
 Tenía una hora hasta mi barco de vuelta a Atenas, que aproveché para visitar la capital de la isla.  Se trataba de un lugar muy agradable y con bastante animación, lleno de tiendas y pequeños restaurantes.
Aegina

 El último trayecto lo hice en un gigantesco ferry que permitía hacer la travesía en cubierta, y no en una cabina cerrada como los anteriores.
 Ya en el puerto del Pireo, me hubiera bastado ir a la estación de metro y, en 4 ó 5 paradas, llegar a las cercanías del albergue. Pero era mi último día en Atenas, tenía tiempo y me apetecía patear un poco. Así que, intentando más o menos seguir la línea de la costa, caminé hacia el este, con la idea de llegar a una estación que ya había explorado el día anterior.
 A falta de un mapa en condiciones, mi discutible sentido de la orientación me hizo dar un rodeo importante. Combiné zonas residenciales más bien anodinas con lugares más destacados, como por ejemplo una marina deportiva de bastante enjundia.
Marina deportiva de Atenas

 La noche me sorprendió en parajes un tanto solitarios, pero afortunadamente pude alcanzar la estación de tranvía sin mayor percance y volver al albergue.
 Allí me devolvieron la maleta y me permitieron hacer uso del baño, en el cual me hice una somera aunque más que necesaria limpieza.
Maletón en ristre ya sólo tuve que dar un paseo hasta la mítica plaza Sintagma donde tomé un autobús al aeropuerto.
 En la zona de facturación tuve el detalle de saludar en griego a la empleada, lo cual dio lugar a que me empezara a hablar en el mismo idioma. Impresionante. Tras apenas una semana en el país, ya podía hacerme pasar por griego. Eso sí, a mi interlocutora no le hizo tanta gracia cuando vio que mi dominio de la lengua helena apenas pasaba del "Yasas" (Hola).
 Y así acabó mi estancia en tierras griegas. Un país que cuenta con unas bellezas naturales y arquitectónicas de primer orden. Pero que no está pasando su mejor momento. Sea por ello, o sea porque los griegos son gente honestamente acogedora, en todo momento me sentí muy bien tratado por sus gentes. Si Grecia necesita al turista, no es menos cierto que el turista necesita a Grecia.






domingo, 11 de marzo de 2018

ATENAS

 Habiendo ya tomado el pulso a Grecia, ya estaba preparado para visitar el corazón de la Cultura Helénica.
 Curiosamente una de las alberguistas (una joven sueca) con la que había coincidido en la cena de la noche anterior, también se dirigía a Atenas en tren, a la misma hora y en el mismo vagón que yo.
 Como aperitivo a lo que me esperaba, en mi trayecto ferroviario, pasé junto a las faldas del mítico monte Olimpo.
 Mis primeros pasos por la capital helena fueron un poco desconcertantes. Lejos de encontrarme con seres mitológicos o filósofos aristotélicos, las primeras calles que recorrí estaban repletas de inmigrantes pakistaníes. Por momentos me daba la sensación de estar en Slough en vez de en Atenas.
 Al rato me interné por barrios un tanto más occidentalizados hasta que pude encontrar, no sin algún rodeo, mi albergue.
 Allí me esperaba una concurrida habitación con nada menos que 14 camas. A pesar de tal cantidad de huéspedes, la jugada salió redonda, ya que se trataba de una estancia muy amplia, y además contaba con un susurrante aire acondicionado.
 Lo primero que hice nada más tomar posesión de mi litera fue intentar frenar los afanes expansionistas de mi compañero asiático de la cama inferior. Cual si fuera el Japón de los años 30, toda el área que rodeaba al lecho estaba invadida por sus ropas. Haciendo uso de la defensa de mi soberanía recién adquirida, retiré una toalla que colgaba de mi cama, pero por motivos obvios, me abstuve de descolgar uno de sus calzoncillos del pomo de una ventana.
La Acrópolis llamándome a gritos (en griego clásico)

 Una vez marcado mi territorio, salí a conocer la ciudad. Convenientemente, el albergue estaba situado en una zona muy céntrica. Así, en apenas 5 minutos de apacible paseo, pude ver cómo en el horizonte se dibujaba la mítica Acrópolis. Tuve que echar mano de mi proverbial sangre fría para resistirme y no correr hacia ella. Para visitarla en condiciones, debería esperar a la mañana siguiente.
 Me dirigí al corazón moderno de la ciudad, que no es otro que la Plaza Sintagma, célebre por las concentraciones en las que los sufridos atenienses protestaron por las durísimas políticas económicas que impuso el gobierno, a instancias de la Unión Europea.
 Esta vez la plaza estaba tranquila, y lo más reseñable era el cambio de guardia delante del Parlamento. Yo preferí otros planes, y en una oficina de turismo pregunté por el Estadio Olímpico. 
 Pero ¿cuál? Porque Atenas ha sido sede de dos juegos Olímpicos modernos (1896 y 2004). En la oficina fueron tajantes: la zona olímpica más reciente estaba muy a las afueras y era una odisea llegar. En cambio, una humilde pateada me permitía visitar el estadio antiguo.
 No tardé mucho en alcanzar los aledaños del Estadio Panatenaico. Apenas le quedaba media hora para cerrar, y además, se podía ver desde fuera. El diablillo niunclavelista me tentó, pero por una vez me desmelené y aflojé los 3 € de la entrada. 
 La verdad es que fue una buena inversión, ya que la vuelta de honor que di al estadio fue legendaria. Por su puesto, me vinieron a la cabeza las imágenes de la llegada en el mismo escenario de los míticos Abel Antón y Martín Fiz, encabezando la Maratón del Campeonato del Mundo de Atletismo de 1997.
Estadio Panatenaico

 En el estadio, que por cierto está impecablemente conservado, me encontré a tres simpáticas gallegas que me comentaron que iban a subir a la colina Licabeto, un promontorio que domina la ciudad. Como no tenía nada planeado, les copié la idea.
  Y si todos los caminos conducen a Roma, también parece que lo hagan a Licabeto. En la cima de la colina no cabía un alfiler. Aun así, la exigente caminata valió la pena. Desde la cumbre se obtenía una impresionante panorámica de 360 º sobre la ciudad, sobre la que ya empezaba a oscurecer.
Lo que esperas encontrarte en Licabeto


Lo que de verdad te encuentras

 Aproveché la bajada para visitar Kolonaki, el barrio más exclusivo de Atenas. A pesar de mi espartaneidad, siempre me he movido bien en estos ambientes. Siempre que no haya que sacar la cartera, claro.
 Y bien que me tocó sacarla a la mañana siguiente, ya que la tarifa mínima para visitar la Acrópolis y sus faldas era de 20 euracos. Pero decenas de miles de turistas (que son los que calculo que había por la zona) no pueden estar equivocados. Con ese magro consuelo esperé pacientemente mi turno en la cola y accedí al mítico conjunto arquitectónico que, marabuntas aparte, es espectacular. Teatros, templos, altares, santuarios, estatuas...
 Tal cantidad de monumentos bien merecerían todo un día de meticulosa inspección, y si es posible, asesorado por alguna eminencia en la materia.  En este caso, me conformé con un recorrido inferior a dos horas guiado tan solo por mi talento natural.
¿Cómo estaba la Acrópolis? ¡¡Abarrotá!!

 Lástima que para acceder a tan magno lugar tuviera que adoptar dos filosofías que detesto: el borreguismo y el clavelismo.
 Más apropiado para mi filosofía vital era mi próximo destino, ya que tenía entre ceja y ceja visitar Maratón.
 Como calentamiento tuve que pegarme una pateada de las buenas para llegar a una estación de autobuses no demasiado céntrica. Aprovechando el paseo y que estábamos a plena luz del día, me desvié un poco de mi ruta para visitar el controvertido barrio de Exarchia.
 Como he comentado en anteriores entradas, había recibido críticas de muy distinto signo signo sobre dicha zona. 
  No niego que es un lugar genuino con cierta personalidad. Se le considera un barrio anarquista, y la ocupación de inmuebles está a la orden del día. Como suele suceder, no se cuida igual lo que se adquiere legalmente que lo que se "okupa".  Las paredes del barrio están llenas de graffitis, o mejor dicho, es un grafitti continuo, generalmente de escaso valor artístico (por lo menos lo que yo entiendo como arte). La impresión general que transmite la zona es de suciedad  y desorden. Y me temo que en otras horas del día a ello se le sume el bullicio. Definitivamente, no es el lugar donde yo me buscaría una casa para vivir con mi hipotética pareja y mis aún más hipotéticos niños pequeños (a menos que fuesen anarquistas).
Exarchia. Una imagen vale más que 1000 pintadas.

 En el apeadero de autobuses tuve algún problema para encontrar el transporte que me llevara a Maratón. Tuve que preguntar algún conductor, cuando tenía delante de mis narices un letrero donde indicaba muy claramente cuál era el autobús que hacía la ruta de Μαραθώνας. Si hubiera estudiado letras puras en el bachillerato no me pasarían  estas cosas.
 El hecho de que en el coche de línea yo fuera el único no griego me hizo sospechar. ¿Cómo es posible que alguien visite Atenas y no redondee la jugada acudiendo a Maratón? Y sobre todo...¿por qué una amable pasajera me avisó cuando llegamos a la playa de Maratón pensando que, evidentemente, tenía que bajarme allí?
 La respuesta llegó cuando me di cuenta de primera mano de que el municipio de Maratón no es más que un conjunto de casas con muy poco encanto, situadas a orillas de la carretera. A poco que hubieran hecho los urbanistas del lugar, hubiera sufrido en mis carnes el síndrome de Stendhal,  al recorrer una ciudad con tan insigne nombre. Pero más bien lo que sufrí fue una pájara emocional.
Calle de Maratón. Y eso que le saqué el lado bueno...

 Pero aún se podía salvar la papeleta. Me enteré de que en el poblado había un museo de la Maratón que fue para mí como un chute de glucosa en plena carrera. El recinto atesora gran cantidad de trofeos, camisetas, un recorrido resumen por todas las maratones olímpicas y fotos con bibliografías de los mitos maratonianos. Sólo la ausencia de los ya mencionados Martín Fiz y Abel Antón le impidió al museo alcanzar la excelencia.
 Ya de vuelta a Atenas, me fijé en que la carretera está balizada y los hitos kilométricos marcaban la distancia de la carrera de Maratón a Atenas. Por lo visto, la ruta que siguió Filípides coincide aproximadamente con la de la actual carretera. Viendo el secarral que atravesábamos, "amenizado" de vez en cuando con alguna nave industrial, le doy mucho más valor a la hazaña que realizó el mítico soldado ateniense y que le costó la vida.
 Seguí con mi ruta turístico-deportiva dándome un garbeo por las inmediaciones del estadio del equipo de fútbol del Panathinaikos. Las numerosas e inquietantes pintadas que cubrían sus fachadas y la fama de que sus aficionados son más que viscerales, me hizo agradecer que no fueran horas de partido.
 Menos tendría que temer, aunque más que lamentar, tras visitar el complejo olímpico, esta vez de los Juegos de 2004. Está situado a las afueras de la ciudad, y es accesible tras un largo trayecto en metro. Es triste decirlo, pero el estadio de 1896 (que ya estaba construido en la Grecia Antigua) presenta un aspecto mucho más saludable. La mayoría de recintos están en desuso y es un poco desolador recorrer la zona. Pero había que hacerlo.
Aspecto poco alentador del complejo olímpico.

 A la vuelta, alargué la ruta de metro y acabé en la zona del Pireo (el puerto de Atenas). Ya era de noche, por lo que me limité a redondear mi jornada deportiva viendo por fuera el estadio de fútbol de Olympiakos (mucho menos amenazante en su aspecto que el de su eterno rival Panathinaikos) y el Pabellón de la Paz y la Amistad. Nombre cachondo donde los haya, ya que en esta mítica cancha de baloncesto se llegan a juntar más de 10.000 aficionados conocidos por recibir al equipo rival poco pacífica y amistosamente.
 Había sido una jornada un tanto extenuante. Para mi última jornada en Grecia necesitaba un destino algo más plácido que la inmortal pero bulliciosa Atenas.