sábado 6 de febrero de 2010

Hacerse el antiguo

Mucha gente, sobre todo cuando llega a una cierta edad, intenta "hacerse el moderno". Al principio, tenía cierta originalidad, pero ahora es de lo más vulgar, y alguna vez, hasta ridículo. Para todos aquellos a los que les guste diferenciarse un poco del borreguismo y la masa, les propongo que hagan justo lo contrario. Es decir, "hacerse el antiguo", utilizando expresiones y usos pasados de moda. El efecto conseguido será tanto mayor cuanto más joven sea la persona. Se me ocurren varios ejemplos:
-Hablar en pesetas, sobre todo para referirse a cantidades pequeñas. Para rizar el rizo se pueden utilizar los céntimos de peseta.
-Llamar a los comerciales, "viajantes", y a los ingenieros técnicos, "peritos".
-Hablar de "regiones" en vez de "comunidades autónomas". Y usar nombres como "Castilla la Vieja, Vascongadas, País Valenciano o Reino de León"
-Referirse a estados que ya no existen, o han cambiado de nombre utilizando el antiguo: Yugoeslavia, Checoeslovaquia, Birmania, Congo Belga, la URSS, Alemania del Oeste, Alemania Democrática, Formosa, Alto Volta, Prusia...
-Pedir en el quiosco "La Nueva España", en lugar del "Diario del Altoaragón".
-Si se trabaja de locutor deportivo en televisión, decir la frase: "Para los televisores en blanco y negro, el equipo local es el oscuro, y el visitante, el claro". Y lamar a la Primera y a la Segunda, V.H.F. y U.H.F, respectivamente.
-Llamar a los refrescos "Mirindas".
-Dejarse bigote sólo, sobre todo si se tienen menos de 30 años.
-Llevar camisetas de tirantes de ropa interior.
-Usar reloj digital elegante, con correa metálica, o reloj de bolsillo.
-En el coche, usar casettes, llevar un coral en el pomo del cambio de marchas y prescindir de elevalunas eléctricos, cierre centralizado, aire acondicionado...
-Tener un móvil sin cámara, bluetooth, sonidos polifónicos... o mejor aún, no tener móvil. Y si te piden el número, dar el fijo y sin prefijo.
-Ponerse coderas en la chaqueta o rodilleras en los pantalones.
-Usar gafas de corrección visual con cristales enormes.
-Utilizar palabras como "dabuten","bofia","peluco","tronco"...
-Intentar hacerse el gracioso con chascarrillos del tipo:"Piticlin, piticlin", "ventidó,ventidó", "cuñaooo", "fistro", "no hija,no", "Ah, se siente"...

Os invito a que aportéis más ideas.

jueves 4 de febrero de 2010

Limpio como una patena


Hace unos años me llamaban mucho la atención los medicamentos y las pastillas. Me parecía cuasi-mágico que me doliera algo, me tomaras un potingue y estuviera como nuevo. O que no pudiera dormir, y con una píldora de nada, cayera como un tronco.
Pero me fui dando cuenta de que algunas de esas cosas te producen hábito. O que te arreglan una cosa y te estropean otras cuatro. Así que, en los últimos años me he inclinado más por remedios menos agresivos y más holísticos, es decir, más enfocados al tratamiento integral de la persona. El médico alópata o convencional no es alguien al que hay que obedecer ciegamente. Es una persona que se puede equivocar, tiene su orgullo, defiende su gremio y en algunos casos es poco proclive a admitir que otros caminos pueden ser igual o más válidos que el suyo para mejorar la salud del paciente. Del tema de los intereses de las industrias farmacéuticas, mejor no hablar. Con este panorama, no es de extrañar que cada vez más gente abogue por recurrir a las denominadas terapias alternativas. Cajón de sastre en el que puede haber remedios muy eficaces y auténticos descalabros para la salud. De entre todo este mundillo, hace poco llegó a mis manos un libro llamado "Limpieza hepática y de la vesícula". En él se explican las consecuencias que tiene un incorrecto funcionamiento del hígado para nuestra salud. Unos de los motivos para que el hígado funcione mal es la formación de cálculos de bilis y colesterol que se generan por diversos motivos y que bloquean los conductos biliares. Tras recopilar algunos testimonios favorables, y me decidí a hacer la limpieza.
El método es bastante sencillo. Básicamente consiste en comer ligero durante 6 días en los que hay que beberse 1 litro de zumo de manzana diario. El sexto día hay que beberse unas sales de magnesio que saben a rayos y a última hora mezclar aceite de oliva con zumo de pomelo y trapiñárselo (aunque parezca increíble no está mal del todo). Luego te vas a la cama a dormir y al día siguiente empiezas a eliminar piedras por salva sea la parte. Yo me quedé alucinado de lo que conseguí eliminar. Cientos de pedrolos, la mayoría muy pequeños, pero algunos casi del tamaño de una moneda de 50 céntimos (como se puede ver en la foto adjunta). El proceso es totalmete indoloro. Por lo visto, el ácido málico del zumo de manzana consigue ablandar las piedras. Tampoco es un juego. Se pasan ratos un poco malos y si no se hacen las cosas bien, puede haber problemas. Pero vale la pena. Saber que todo eso lo tenía dentro y lo había conseguido eliminar me produjo una gran sensación de alivio. Y también he notado mucha más vitalidad. En definitiva, y como dice el libro, he tomado de alguna forma las riendas de mi salud. Y una vez que las he cogido, no me parece buena idea soltarlas.

lunes 25 de enero de 2010

Vente a Alemania, Pepe


Normalmente no me gusta mucho ver las películas que echan en televisión. Con los anuncios, la cosa se prolonga demasiado, y además rara es la vez en la que se emiten en versión original. En este caso, la película era española, y además sin publicidad, como manda la nueva filosofía del ente público. Ya que ahora tengo que pagarla con mis impuestos, por lo menos he decidido hacer un poco más de uso de TVE. Además, si el producto es bueno, bonito y barato, mucho mejor. En este caso se trataba de "Vente a Alemania, Pepe", largometraje español de los 70, en el que se refleja el tema de la inmigración de los sufridos españolitos de la época a otros países europeos (en este caso, Alemania Federal).
Aunque se trate de una comedia, se puede ver que nuestros paisanos las pasaron bastante canutas. Sin saber el idioma, y haciendo pluriempleo, salieron adelante en una sociedad que los miraba con condescendencia, cuando no con desprecio.
La película en sí no es ningúna maravilla del séptimo arte. No hay efectos especiales destacados, ni encuadres maravillosos, ni "flash backs", ni trucos ni nada que se le parezca. Incluso se percibe un cierto mensaje político tipo "España es donde mejor se vive". Aún así, dentro de su sencillez me parece magnífica. Es en cierto modo un reflejo sociológico del fenómeno de la emigración. Pero por encima de todo, cuenta con un elenco de actores geniales, haciendo papeles que les van como anillo al dedo. Landa y Sacristán han demostrado que pueden hacer muy bien papeles serios, pero en los cómicos pocos les pueden hacer sombra. Y mención especial para Antonio Ferrandis que demostró a lo largo de su carrera ser un actor como la copa de un pino. Es una pena que la mayoría de la gente sólo le recuerde como "Chanquete", papel que, por cierto también bordó.
Destacar las referencias al Altoaragón que se hacen en la película. Una pareja es de Velillas, una chica de Barbastro y se hace referencia al dueño de un bar originario de Sabiñánigo. Por cierto, la pareja de Velillas pensaba montar. una gasolinera para situarla junto a la autopista que se estaba construyendo. Parece que 40 años después, habrá una autovía que pase por allí.
Mucho se habla ahora del papel que tiene que jugar España como país receptor de emigrantes. Si todos los que vinieran a nuestro país fueran como los que mandamos nosotros a Europa en los 60 y 70, el problema de la inmigración sería mucho menos problema.

miércoles 13 de enero de 2010

La historia prohibida del Sáhara Español


En uno de mis lejanos días de escuela, un compañero vino un día a clase con un atlas del año de la polca. El profesor, al hojearlo, dijo: ¡Pero qué viejo es ésto, si sale el Sáhara Español! Ese menosprecio consiguó en mí el efecto contrario al esperado, y no descansé hasta que conseguí poder echarle un vistazo a tan obsoleto libro. Efectivamente, aparecía el Sáhara Español, además de la Guinea Española, el Rif y el Ifni, últimos vestigios del imperio "do no se ponía el sol". Aunque fuesen poca cosa, siempre me han interesado todos los asuntos relacionados con nuestro imperio de bolsillo.
Hace poco el asunto del Sáhara Occidental volvió a salir a la palestra por la huelga de hambre de la saharaui Aminatou Haidar, que puso en jaque a la diplomacia española. Hasta que, mal que bien, y con ayuda internacional, se salió del paso , aunque el problema de fondo siga enquistado. Ávido de conocer más sobre el asunto, cayó en mis manos el libro "La historia prohibida del Sáhara Español", del periodista Tomás Bárbulo, buen conocedor de la problemática, ya que vivió en el Aaiun hasta el fin de la ocupación española. El libro cuenta la historia del Sáhara Occidental desde el principio de la colonización hasta nuestros días. Curiosa es la explicación de la forma tan curiosa de sus fronteras. Están, como la mayoría de los países africanos, trazadas con tiralíneas, aunque con algunos giros un tanto extraños.¿La razón? Esas fronteras se discutieron con los franceses, que no dudaban en mover un poco la línea para pillar en su territorio yacimientos mineros o zonas con determinadas riquezas. La endeblez de nuestra política exterior actual es evidente, pero la cosa viene de lejos. El pasotismo siguió unos cuantos años, hasta que a mediados del siglo XX empezamos a tomarnos la colonización un poco más en serio. Se descubieron yacimientos de fosfatos, e incluso se hizo al territorio una provincia española, para intentar burlar el mandato de descolonización de la ONU. Pero no coló. Además, a principios de los 70 se fundó el Frente Polisario, grupo armado cuyo objetivo era la independencia. Viendo el panorama, España decidió irse. Pero Marruecos vio con ojos golosos el territorio y empezó a presionar al gobierno español para apropiárselo. La ONU dijo que "nones", que había que hacer un referéndum. Marruecos organizó la Marcha Verde, y Arias Navarro no se complicó la vida. Dividió el territorio en dos partes, una para Marruecos y otra para Mauritania y los saharauis que se apañen. Marruecos entró a saco, y los saharauis tuvieron que huir y refugiarse en campamentos. El Frente Polisario consiguió echar a los mauritanos de su parte, lo que aprovechó Marruecos para apropiarse de todo el territorio. Hizo unos muros defensivos aislando al Polisario y allí se han quedado. En el libro se cuenta muy exhaustivamente lo que yo he relatado en unas lineas. Está muy bien documentado, y es lectura muy recomendada para todo aquél interesado en el tema.
La retirada del Sáhara Español es, probablemente el más vergonzante episodio de nuestro poco enriquecedor pasado colonial. Los principios se dejaron a un lado y se impuso una "realpolitik" que, a diferencia de lo que suele ser habitual, tampoco supuso ninguna ganancia material. Tampoco ha sido la única vez que hemos hecho mal las cosas. La independencia de Hispanoamérica fue precedida de una sangrienta guerra. El "Desastre del 98", fue eso, un desastre. Y la situación actual de Guinea Ecuatorial (con un dictador de la peor ralea, la etnia bubi sometida a los fang, extrema pobreza a pesar del dinero que deja el petróleo, y la isla de Annobón convertida en un gigantesco basurero) es lamentable.
Sirva como ejemplo de hacer las cosas bien el imperio británico y su Commonwealth. Algo de razón tenía Juan Luis Guerra, cuando decía:"Será porque aquí no hablamos inglés". Aunque peor sería para él hablar francés. Ello significaría vivir en Haití, un país mucho más pobre y violento (terremotos aparte) que su compañero insular, la República Dominicana.

miércoles 30 de diciembre de 2009

La Chica de Ayer


Hace unos años, mi impresión sobre las series de televisión españolas era bastante pobre. Actualmente, ni siquiera tengo una opinión sobre ellas. Directamente no las veo. Eso hasta que me enteré de que este año habían emitido una serie en Antena 3 con un argumento que me pareció interesante. Ví el episodio piloto y no pude parar hasta que la vi entera. La serie consta de 8 episodios en los que se cuenta cómo un comisario de policía regresa involuntariamente al año 1977, donde intenta, haciendo el mismo trabajo policiaco, resolver asuntos que acabarían influyendo en el presente.
El argumento presenta muchas semejanzas con la película "Regreso al Futuro", y es una adaptación de la serie británica "Life on Mars".
Normalmente, las series de policías no me motivan mucho. Y si son españolas, menos. ¿Y por qué me ha enganchado ésta? Porque siempre me ha llamado la atención lo de poder viajar en el tiempo. Poder conocer cómo se vivía en otras épocas y en otros lugares. En este caso, el protagonista (Ernesto Alterio), en vez de aprovechar el suceso para investigar, está continuamente lamentándose y buscando la manera de volver al presente. Precisamente la mayor tara que le veo a esta serie es el papel de Alterio. Lleno de aspamientos y sobreactuaciones. Por contra, el comisario jefe, interpretado por Antonio Garrido, es soberbio. En él se reflejan los modos del franquismo, aunque se dejan entrever los cambios que la democracia acabará trayendo a todos los estamentos. Chulo, prepotente, machista, homófobo... pero eficaz en la misión que él ve clara:proteger a los buenos de los malos al precio que sea.
El resto del plantel hace una labor más que correcta, destacando la labor de vestuario y maquillaje, que logra hacer creible al espectador el momento histórico.
Una mirada a una época cercana en el tiempo pero muy distinta. No había internet, ni teléfonos móviles, sólo dos canales de televisión, los homosexuales estaban proscritos, la mujer era legalmente inferior al hombre, y la democracia estaba en pañales. Hemos evolucionado en muchas cosas, pero en algunas nos hemos pasado de frenada: discriminación positiva, orgullo gay, televisión basura...
Ayer, unos hombres hechos y derechos (y una mujer) lo pasamos como enanos jugando a la consola hasta las madrugada. En "la Chica de Ayer", los padres del protagonista (que representan un poco a los nuestros), bastante más jóvenes que nosotros, se las ven y se las desean para sacar el hogar y el niño adelante. ¿Vamos a mejor o a peor?

lunes 28 de diciembre de 2009

Fin de trayecto



Me he decidido a acabar la crónica de mi viaje de regreso de Escocia, antes de que tenga que mencionar "el año pasado" para referirme a ella. La anterior entrada me dejó en Donegal esperando el autobús para Sligo. Antes, le había preguntado al dueño de mi hostel si era una ciudad bonita. Con gran franqueza me dijo que no, que había bastantes tiendas y eso, pero que no era muy vistosa. No era la respuesta que esperaba escuchar, pero luego pude comprobar que era bastante acertada.
En apenas hora y media de trayecto por pintorescos lugares cerca de la costa llegué a Sligo, capital del condado homónimo, una pequeña ciudad que apenas llega a los 20.000 habitantes. Pese a ello es uno de los principales centros urbanos de la zona.
Al llegar pude darme cuenta que iba a dar más juego que Donegal. Eso sí, también pude corroborar que no era precisamente un lugar con mucho encanto. Apenas llegué a la estación busqué la oficina de turismo. Allí pregunté por un hostel, ya que no tenía reserva. Teniendo en cuenta que no estaba en un centro turístico y era martes, contaba con no tener problema en encontrar sitio. Acabaría yéndome al otro extremo.
La empleadada me habló de albergues: uno era céntrico y otro estaba tan en las afueras que hasta ella me lo desaconsejó. Así pues, me decanté por "The White House"(La Casa Blanca). El hostel era correcto, pero no estaba muy animado. De hecho sólo había una persona alojada cuando llegué, que además estaba dándose un voltio. Es decir, tenía todo el albergue para mí. En otras circunstancias se agradece, pero era mi última noche del viaje, y no era tranquilidad lo que más me convenía.
Lo que más me llama la atención de las ciudades irlandesas o británicas es la gran actividad comercial que atesoran. En este caso,a la actividad comercial se une la académica, con una universidad potente (Instituto Tecnológico de Sligo). Poco más ofrece esta ciudad, acaso algunos lugares pintorescos junto al río, los restos de una abadía y alguna evocación al poeta Yeast, que residió un tiempo allí. Por curiosidad, busqué el hostel del que me hablaron en la oficina de turismo. Con grandes dosis de hijoputismo por su parte, estaba situado junto a un polígono industrial, a una distancia sideral del centro. Llegar allí con mi maletón hubiera supuesto toda una hazaña.
No pude evitar visitar la universidad. Estaba un poco alejada del centro, pero tenía tiempo de sobra. El campus era bastante moderno y de un tamaño considerable. Aprovechando mi mochila y mi rostro poco avejentado, me hice pasar por un estudiante más y visité algunas facultades. La baja ratio de alumnos por aula me impidió acudir a alguna clase, como ya he hecho en alguna ocasión en España. Volví al centro para comer un humilde kebab en la cadena "Abrakebabra". Al pasear por Sligo notaba una diferencia con lo que había percibido en ciudades escocesas o norirlandesas. Daba la impresión que la crisis que, con tanta fuerza había golpeado a la República de Irlanda, había hecho que la gente me pareciera un poco apagada y con un poco de mala leche. Siguiendo con mi política cutre (a estas alturas no iba a cambiar) me hice con alguna lata en el Tesco que calenté e ingerí en el hostel. Allí había llegado un conserje bastante cachondo que me comentó que estaba esperando a dos inquilinas canadienses. Éstas acabaron apareciendo pero salieron disparadas en busca del pototeo. Así que le pregunté al conserje por los sitios más animados y salí en plan "me llamaban Trinidad" a prender fuego a Sligo. Entré en un garito con muy buena pinta que empezaba a animarse. Debido al alto número de universitarios per cápita, en esta ciudad hay marcha todos los días. En este pub se celebraba una especie de concurso con un "speaker" haciendo preguntas y proponiendo juegos. En uno de ellos se premiaba a la chica que se pudiera quitar más prendas de ropa. Antes daban un tiempo para que hiciera acopio de vestimentas. Ante la mirada golosa que despertó mi chaqueta en la amiga de una concursante me integré en la dinámica del concurso ayudando a su victoria. Estuve un rato más, pero lo que me apetecía era algo más de vidilla, así que busqué otro garito. En uno de ellos se estaba gestando una cola. Vi que era de pago. Eso supone un riesgo, ya que nadie asegura que vaya a estar animado. Pero pensé que si un martes cobraban entrada era porque tenía que haber demanda. Y así fue. La discoteca estaba prácticamente llena. Los luceritos irlandeses, aderezados con atrevidos modelitos lucían en todo su esplendor. Me sumergí en un ambiente que pronto iba a echar de menos. Casi sin darme cuenta llegaron las dos y se encendieron las luces. La salida de los toros me permitió socializar un poco, pero la cosa no dio para mucho más. Los estudiantes tenían clase al día siguiente. Volví al hostel y me crucé con un grupo de un chico y dos chicas. Una de ellas me sonrió deseándome las buenas noches. Fue un poco el símbolo de la despedida. A partir de ahora me las iba a tener que ver con los clásicos, las "cara estaca", las clarisas, las rescatadoras... Definitivamente España es un lugar hostil para el pototeador.
Al día siguiente pude conocer a mi compañero de habitación. Se trataba de un húngaro que había trabajado en Sligo, pero ahora estaba en otra ciudad irlandesa. Había venido a ver a los colegas. Poco más dio de sí la ciudad. Cogí el autobús rumbo a Dublín. El viaje fue bastante largo, pero con estos paisajes no se hace pesado. Al llegar a la capital me llevé una sorpresa bastante desagradable. En la calle O'Connell (la arteria principal) se había producido un choque de un tranvía con un autobús. A pesar de la espectacularidad del accidente, parece ser que no hubo víctimas mortales, aunque sí bastantes heridos. La calle estaba cortada. lo cual me impidió coger al autobús urbano que lleva al aeropuerto. Me tuve que resignar a recurrir al "servicio express", que, a cambio de un trayecto más directo, quintuplica la tarifa. Sin más novedad, arrivé al aeropuerto y cogí el avión que me condujo de nuevo a tierra española, tras más de 5 meses de ausencia. Tenía ganas de volver a casa, pero me dio la impresión de que me había dejado cosas por hacer. No descarto nuevos exilios. Espero que en los siguientes me vengan las cosas más de cara.

viernes 11 de diciembre de 2009

El negocio de la libertad


Si en mis crónicas viajeras me caracterizo por un cierto desfase temporal, no voy a ser menos en mi crónica literaria para comentar un libro que se publicó a principios de la década. Procuro no dejarme llevar por las modas. Para mí algo que tiene calidad, la tiene ahora y la tendrá siempre.
Los años 90 fueron una época apasionante para la política española. Y en ellos se centra el periodista Jesús Cacho para narrar una serie de hechos que marcaron la década. Y lo hace de una forma valiente, metiendo el dedo en el ojo a personajes prácticamente intocables. La obra comienza con la llegada de José Mª Aznar al poder tras su victoria sobre Felipe González en 1996. No es bueno para una democracia que un partido esté mucho tiempo en el poder. El sistema se anquilosa, y se generan unas inercias muy negativas. Se arrima mucha gente al poder, a la que no interesa que la cosa cambie. En España se sumó además una aguda crisis económica trufada de un sinfín de casos de corrupción. Por ello, la victoria de Aznar fue recibida por mucha gente con esperanzas de regeneración democrática. El presidente popular se quedó a medio camino. Cambió algunas cosas e hizo una gestión económica destacable, pero no llegó como dice Cacho a "levantar las alfombras del Estado". En algunos casos lo intentó, pero se enfrentaba a fuerzas muy poderosas. Sin duda su mayor enemigo fue el editor Jesús de Polanco, que no iba a vender precisamente barata la derrota del partido al que apoya editorialmente. El dueño de Prisa contaba con un poder inmenso. No sólo porque contaba con los altavoces mediáticos del diarío El País y la Cadena SER (líderes en tirada y audiencia), sino porque tenía relaciones de privilegio con políticos, empresarios, el Rey y otros muchos personajes que hacían que el cántabro estuviera casi mas allá del bien o del mal.
Con Polanco y sus maniobras como hilo conductor, se van narrando temas como la no desclasificación de los papeles del Cesid, las luchas por el control de las televisiones por cable, el juicio a Polanco que acabó con el juez Gómez de Liaño juzgado por prevaricación, la defenestración de Borrel pese a haber ganado las primarias de su partido, los amigos poco recomendables del rey Juan Carlos o el controvertido video sexual de Pedro J. Ramírez. El relato se hace muy ameno, siendo Cacho muy hábil en el uso de "flash-backs" que mantienen en todo momento el interés.
En muchos casos el libro es parecido a una novela, lo que lo hace más entretenido, a costa de perder algo de credibilidad. Porque por muy buenas que sean las fuentes (en este caso, si todo lo que se cuenta es cierto, son soberbias) uno se pregunta cómo ha podido reproducir una conversación de forma literal entre, por ejemplo, Felipe González y el Rey.
Son más de 600 páginas que devoré casi sin darme cuenta. Un soplo de aire fresco entre tanto positivismo y tiranía de lo políticamente correcto. Poco recomendable para aquellos que crean y quieran seguir creyendo que somos los "reyes del mambo" y tenemos una democracia avanzada.
Normalmente si a un profesional se le ha despedido de varias empresas, suele ser síntoma de poca profesionalidad. En el caso de un periodista puede ser eso, o que no se ha plegado a los intereses editoriales manteniendo su independencia. Jesús Cacho no se ha caracterizado por ser un perrito faldero del jefe que le pagaba.
Algunas ocasiones le ha costado caro, pero se ha ganado el respeto que no se merecen otros muchos de su gremio.