jueves, 22 de junio de 2017

TIÊ: SUTIL MAGIA BRASILEÑA

 Si algo se puede destacar de la actividad cultural de Huesca, aparte de su amplitud, es que da cabida a artistas internacionales de gran calidad, aunque no sean muy conocidos por nuestras latitudes. Y no hay duda que de ello tiene gran parte (sino toda) de responsabilidad el mítico periodista musical Luis Lles,  cuyo espíritu inquieto consigue que tengamos actividades tan memorables como la del pasado domingo por la tarde.
  En este  caso se trataba de una actuación de la cantante Tié en el C.C. Matadero. A pesar de nunca haber escuchado nada de ella, me animé a ir.  A ello ayudó que en la foto del anuncio pareciera bastante atractiva, que fuera brasileña y todavía más importante, que la entrada estuviera tirada de precio. A falta de criterios musicales, no es mala idea fijarse en este tipo de cosas.
  A pesar de que los argumentos para acudir al evento eran incuestionables y estaba anunciado en “La Nueva España”, el salón de butacas no registraba una gran entrada.  No pocas veces he escuchado a gente quejarse de que en Huesca “los domingos por la tarde no hay nada" y es un aburrimiento. A ninguna de esas personas  vi sentada en las butacas del Matadero. Ellos se lo perdieron.
Tiê y André Whoong
 Mientras esperaba a que empezara la actuación me preguntaba si la música brasileña que iba a escuchar iba a ser del tipo carnaval frenético o más tirando a lo plácida bossa nova.  El comienzo con la sugerente voz de Tiê mientras tocaba la guitarra española, acompañada de las suaves melodías del virtuoso guitarrista eléctrico André Whoong, dejaron claro que el concierto iba a decantarse por la segunda opción.
  Se fueron desgranando canciones de amor, de desamor, de la vida cotidiana, a las que la bonita lengua portuguesa dotaba de un toque melancólico que se veía compensado por la vitalidad del dúo.
 Se trataba de una música ideal para escuchar en casa y crear una atmósfera íntima y plácida. Aunque todavía era mejor sentirla en vivo y en directo.
 A pesar de la barrera del idioma, la cantante se dirigió al público en numerosas ocasiones, presentando casi todas sus canciones.  Por si eso no bastara para mostrar cercanía con la audiencia, en algunos temas, Tiê se sentaba en el borde del escenario. Habida cuenta que yo estaba sentado en primera fila y centrado, por momentos tenía la impresión de que estaba cantando para mí solo. Como si no quisiera que el resto de los asistentes se sintieran celosos, la artista bajó a la platea y cantó una canción paseándose entre las butacas para sorpresa y regocijo del entusiasta público.
Pecker y Tiê
 No sería la única sorpresa de la tarde-noche, ya que uno de los temas contó con la inestimable colaboración de Pécker, uno de los máximos exponentes de la escena musical oscense (con permiso de Palacho).
 Con todos estos ingredientes, no es de extrañar que Tiê y su acompañante se ganaran con creces al público que probablemente en su mayoría, desconocían a la artista. 
 Por ello, los dos bises estaban más que cantados. Lo que ya no me esperaba, es que al acabarlos, Tiê bajara al escenario y solicitase un abrazo del público. Nunca había presenciado algo así tras un concierto, y enseguida correspondimos a la petición,  expresando el agradecimiento por su entrega y el buen rato que nos había hecho pasar.
Mágica atmósfera

 Y es que un concierto es para mí algo más que interpretar unas canciones en vivo. Es expresar sentimientos, emociones, contactar con el público, ver cómo responde y actuar de acuerdo a ello, además de crear una atmósfera especial. Todo eso hicieron Tiê y André y por eso dieron lugar a una actuación inolvidable.

sábado, 8 de abril de 2017

LA MARCHA VERDE NO SIEMPRE PIERDE

 Allá por el año 1994, el C.B. Peñas, esa temporada conocido como Argal Huesca, sobrevivía a duras penas en la ACB. Atrás habían quedado las notables temporadas del equipo capitaneado por el legendario terceto compuesto por el eficaz Granger Hall, el letal Brian Jackson y el rocoso Joan Pagés, en las que la escuadra oscense había vivido con cierta holgura en la categoría.
 La irregularidad mostrada esa campaña, hizo que el equipo tuviera que jugarse el descenso de la máxima competición en una eliminatoria a cara de perro con el Valvi Girona.
 La ventaja de cancha que tenía el equipo oscense se volatilizó al perder uno de los dos primeros partidos en el legendario aunque algo vetusto pabellón Víctor Fragoso del Toro. Eso hizo que el Peñas se viera obligado a, por lo menos, ganar uno de los dos siguientes partidos a disputar en Gerona, para seguir vivo en  el "play-off". 
 Con el objeto de sentir el apoyo de la afición peñista, el club organizó lo que se ha conocido popularmente como “Marcha Verde” que, a diferencia de la marroquí, discurre por tintes absolutamente pacíficos y deportivos. 

 Hasta ese momento, las expediciones de apoyo al equipo habían sido bastante exitosas, por lo que se hizo habitual el cántico que rezaba “la Marcha Verde nunca pierde”.  Aunque en este caso, a pesar de mi entusiasta apoyo en los dos encuentros, el Peñas perdió ambos y con ellos la categoría que, a posteriori, pudo recuperar en los despachos.
 Desde entonces, y ya ha llovido, me había abstenido de participar en ninguna aventura similar, aunque sólo fuera para evitar que mi desfavorable estadística de 0 de 2 empeorase aún más.

 Pero todos tenemos nuestros puntos débiles, y la oferta que ha hecho el Magia Huesca para apoyar al equipo en  Logroño era imposible de rechazar para mí. Nada menos que el viaje de ida y vuelta, la entrada al partido, un bocadillo y una entrada para el siguiente encuentro en Huesca por la pírrica cantidad de 5 euros.
 Después de una temporada muy brillante, en la que el Peñas llegó a disputar la eliminatoria final para ascender a ACB, este año las cosas no han rodado tan bien. La  fallida apuesta por un técnico sin experiencia en la categoría, sumado a los numerosos cambios en la plantilla y la irregularidad de algunos jugadores, han hecho que el equipo esté en el fondo de la tabla, luchando por no descender a LEB Plata.
 A pesar de lo atractivo del plan y su bajo precio, no conseguí que nadie me acompañara. Pero como decía el mítico Chanquete, uno nunca está solo del todo, y antes de entrar en uno de los 3 autobuses que componían la expedición, me encontré con dos ex-compañeros de mi equipo de baloncesto con los que compartí la jornada. 

Aguerrida defensa
 Al llegar a Logroño fuimos directamente al pabellón. Mientras esperábamos a que abrieran las puertas, los organizadores sacaron una gran caja de cartón de las bodegas del autobús y repartieron los prometidos bocadillos, que nos dieron las fuerzas que tanto íbamos a necesitar para animar a nuestro equipo del alma. 
 Contrariamente a lo que pasa en algunos desplazamientos, en los que a la afición visitante se le coloca en el "gallinero", ocupamos un graderío en la zona media, detrás del banquillo peñista y con buena visibilidad.
 La afición local llegaba con cuentagotas y a pesar de que se había promocionado convenientemente el partido, con entradas a 3 euros, el pabellón dejaba ver mucho cemento.
 Desde el comienzo se vio que el Peñas había estudiado muy bien a su rival, maniatándolo con una asfixiante defensa. Eso le hizo llevar la iniciativa en el marcador, aunque no consiguió despegarse al no estar muy fino en ataque, llegando al descanso 4 puntos arriba.  Además de la importancia de ganar el partido, el Peñas tenía el objetivo de superar los 9 puntos por los que ganó el  C. B. Clavijo en Huesca en la ida, para así superar al conjunto riojano en caso de empate a victorias. Así que todo estaba en el aire.
  En la segunda parte el Peñas siguió defendiendo a muerte, destacando en este faceta la garra del capitán Lafuente, frenando a la estrella rival Ruiz de Galarreta y el coraje del pívot peñista Portález. Con sus dos metros escasos, consiguió desquiciar al gigante lituano Kupsas, que con sus 2,17 m, veía impotente como el equipo oscense se escapaba en el marcador. 

Apoteosis final
 Ya a mediados del último cuarto, el Peñas tenía la victoria en el bolsillo, al llevar una ventaja de 15 puntos. Pero había que asegurar el "basket average", por lo que no se relajó en ningún momento. Fruto de esa concentración fue el resultado final (53-73) que supone un auténtico balón de oxígeno para el equipo peñista después de un año realmente complicado.
 Si algo ha caracterizado al Magia Huesca este año, ha sido la irregularidad de algunos jugadores, que alternaban grandes actuaciones con desapariciones de la cancha. En Logroño, todos jugaron a un buen nivel, de ahí la gran actuación del equipo. Además de los jugadores, es justo destacar la labor del entrenador. Guillermo Arenas llegó sin hacer mucho ruido a un equipo en una situación desesperada. Se trata de un técnico poco conocido, pero ha demostrado en unos meses su capacidad para enderezar el rumbo de un equipo LEB Plata y desarrollar todo su potencial.
 Una vez acabado el partido, y antes de dirigirnos al centro de Logroño, esperamos en las inmediaciones del palacio de deportes la salida de los jugadores peñistas. Allí la afición aprovechó para felicitarlos y hacerse fotos con ellos, que mostraron una gran cercanía y disposición, además de agradecimiento a nuestro apoyo. A continuación, la Marcha Verde ocupó el centro de Logroño, dándole una nota de color a la ciudad.  

Mirza Bullic con un joven seguidor
 Tras la visita casi obligada al templo gastronómico que es la Calle Laurel, el grupo con el que iba se dividió entre "taperos" y "menuseros", decantándome por el segundo, debido a su más ajustado precio y evitando la abundante ingesta alcohólica que se le supone a los primeros. Haciendo un velado homenaje al pívot zaragozano del Peñas, acudimos a la "Taberna de Portales", donde se nos sirvió un menú de una correcta calidad-precio, amenizada por la camarera que nos atendió y sus chistes, de una categoría acorde a la humildad del establecimiento. Aun así valoramos la intención de la mesonera y nos echamos unas risas.
 Todavía nos dio tiempo para pasear por Logroño antes de emprender el camino de vuelta. La verdad es que la capital riojana es una ciudad muy acogedora y agradable, y cualquier excusa es buena para visitarla. En este caso, no podía ser mejor, ya que la Marcha Verde fue un éxito a todos los niveles.
 Quedan 4 partidos para que acabe la convulsa temporada. El Peñas tiene la salvación en su mano, pero no puede relajarse. De momento mañana por la mañana emprenderé mi particular Marcha Verde al pabellón oscense para el partido contra el temible Retabet de San Sebastián . ¿Alguien se apunta?

lunes, 27 de febrero de 2017

PASADO DE MODA

 Hace poco acudí a una óptica de mi localidad para ver si podían arreglar la montura de mis gafas, que habían sufrido un percance recientemente. El amable empleado me explicó que no podía repararse. 
 Al ser una fractura limpia, me comentó que podía probar a pegarla yo. Dada mi condición de manazas, descarté esa opción. El optometrista vio la posibilidad de intentar aprovechar los cristales (intactos) para incluirlos en una nueva montura, aunque aventuró que sería complicado. Y tanto. 
 A los dos días me llamó y me comentó que ahora "se llevan" las gafas con cristales más grandes, por lo que en ninguna de las monturas que tenían en la tienda se podían acomodar mis ya desfasadas lentes.
 Mucho se habla hoy en día sobre el manejo que los medios y el poder (¿acaso se pueden separar?) hacen sobre nosotros, impidiendo más o menos sutilmente nuestra libertad. Pero poco se comenta sobre la moda como forma de control de las masas.
  ¿Qué sentido tiene que alguien a quien no tengo el gusto de conocer y no sabe nada sobre mí como individuo particular y genuino decida qué tipo de gafas tengo que llevar, independientemente de mis gustos o necesidades? ¿Quién piensa que es mejor idea acarrear un mamotreto que apenas cabe en el bolsillo y al que hay que cargar dos veces al día en lugar de los sólidos y manejables teléfonos móviles de hace unos años? ¿Por qué el año pasado nos invadieron unas cazadoras tipo paracaidista de dudoso gusto estético y este año apenas se han dejado ver? ¿Cómo se puede aceptar que al comprar un ordenador de sobremesa de última generación, un auténtico pepino, no se incluya un lector de DVD y haya que comprar uno externo? 
 Con los coches pasa algo parecido. En cuanto jubile el mío (espero que dentro de muchos años), seguro que me las veo y me las deseo para encontrar un modelo sin elevalunas eléctricos, cierre centralizado y demás pijadas que no me facilitan mucho la vida y se estropean con mucha más frecuencia que sus homólogos analógicos.
 Independientemente de que mis gustos sean más o menos tradicionales me pregunto si como consumidores, no deberíamos rebelarnos contra el hecho de que haya alguien que decida qué productos son los que necesitamos. ¿No debería la demanda del consumidor tirar de la oferta?
 Si ya me cuesta entender que aceptemos resignadamente seguir estas absurdas directrices, lo que ya escapa a mi comprensión es que haya gente que se empeñe en hacerlas suyas, e incluso adelantarse a ellas. 
 No faltan en muchas revistas artículos que nos anticipan "lo que se va a llevar" para que estemos preparados, nos deshagamos de los objetos ya obsoletos (aunque estén en perfecto estado de uso) y nos lancemos a adquirir los que nos van a hacer estar a la moda.  
 Quizá en todo esto haya una necesidad de aceptación por el resto de la sociedad. En mi caso, aun existiendo (aunque sea inconscientemente) esa necesidad, mi niunclavelismo sirve de excelente vacuna contra ella.  Así que, en la medida de lo posible, procuro ser lo más pragmatico posible a la hora de comprar. 
 Por cierto, en la óptica me pegaron la montura y ha quedado como nueva (por lo menos desde el punto de vista técnico y ergonómico). Son las gafas más robustas y cómodas que he tenido nunca. 
 Curiosamente, en el momento en el que me las compré (hace unos 12 años)  era un gafapasta retro, para años después convertirme en un hipster. Ahora supongo que perteneceré a otra estirpe o subespecie urbana. Todo ello sin hacer nada. 
 Espero que estas humildes gafas me duren otros 12 años, aunque eso me suponga peregrinar por diversas corrientes sociales y se me acuse de hacerme el antiguo, o algo mucho más sonrojante: estar pasado de moda. 

jueves, 9 de febrero de 2017

REFLEXIONES FINALES SOBRE MI PERIPLO AMERICANO

 No quería dejar atrás mi viaje veraniego sin hacer una síntesis del mismo, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido y la reciente narración de todos sus pasos. Ello además me permitirá ganar tiempo hasta que las musas me vuelvan a inspirar, pues el día a día cotidiano no aporta tanto material literario como un viaje de enjundia como el que me ha ocupado.
 Hacía años que tenía pendiente visitar Cuba por su singularidad. Un régimen comunista en el Caribe con pasado español.¿Puede haber mayor rareza? Y la verdad es que no me defraudó en absoluto. Lo cual no quiere decir que fuera todo de color rosa.
Bloques de casas estilo socialista en Camagüey

 Uno de mis caseros me explicó que, a la hora de hacer obras en su casa se las veía y se las deseaba para obtener materiales que, aparte de ser bastante caros, se hacían esperar más de la cuenta y no eran de la mejor calidad. Comentaba (con la boca pequeña, por si acaso) que el problema es que la economía estaba condicionada por la política, y no por la oferta y la demanda. ¿Que el bloqueo estadounidense no ayuda precisamente a mejorar el tema? Cierto. Pero hasta ahora el modelo económico comunista no ha funcionado bien (élites aparte) en ningún lado, y ya no creo que sea casualidad.
Criterios políticos aplicados a la pequeña empresa

 Mención aparte merecen los jineteros, auténticos pesados profesionales prestos a ofrecerte cualquier cosa que no necesites por una cantidad asumible para un turista europeo, pero astronómica para los estándares nacionales. Y allí radica para mí uno de los mayores problemas del país. Y no me refiero a tener que librarse de tan insistentes personajes, que al fin y al cabo son simpáticos y no dejan de tener su gracia, sino al mensaje tan nocivo que lanzan a la sociedad. ¿Para qué estar varios años estudiando una carrera si va a ganar más un espabilado que no sabe hacer la "O" con un canuto tangando a los turistas que un ingeniero informático  o un médico? Espero equivocarme, pero me temo que la cultura del esfuerzo y el tesón que tanto ha caracterizado a los cubanos en su dilatada historia, corre serio peligro.
 También me llamó la atención el orden y la organización, totalmente laxos en relación a los estándares europeos. Pero así como los planes organizados se arruinaban a la mínima, siempre acababa surgiendo una solución basada en el talento natural y la improvisación de los ingeniosos cubanos.
 Y no puedo dejarme en el tintero el que para el dueño de mi albergue en La Habana, fue el mejor invento de los españoles: las mulatas, a las que solo pude juzgar, y con muy buena nota, desde el punto de vista estético. El no haber conseguido añadir más elementos de juicio a mi evaluación habla tan bien de mi rectitud moral como mal de mi capacidad de seducción. Aun así, no soy yo quien para juzgar las razones de unos (que vaya usted a saber cuánto cariño han recibido en sus grises vidas por parte de sus compatriotas del sexo contrario) y otras (que apenas tienen recursos para comer poco y mal). En mi caso no me surgió la oportunidad, pero tampoco la busqué.
 Durante mi estancia en la mayor de las Antillas, tuve sensaciones encontradas. Cuba me seducía y me acababa atrapando irremediablemente. Y cuando menos me lo esperaba me soltaba para darme de bruces con su cruda realidad. Nunca había estado en un lugar en el que, según el momento, me hubiera gustado quedarme para siempre, o irme inmediatamente.  Cuba es un universo en sí mismo y todo intento de describirlo palidece ante la intensidad de vivirlo desde dentro.
 También me impactaron, aunque de otra forma, Perú y Bolivia. Y hablo de ellos en su conjunto porque nunca dos países me han parecido tan semejantes. Supongo que con un mayor conocimiento del entorno, las diferencias se harán patentes.  Pero mi experiencia con la gente, la comida, la gran actividad comercial, la vitalidad de sus calles, los transportes, y la atmósfera en general hacían que a ratos se me olvidara que había una frontera entre ambos. No fueron pocas las veces que me creía estar en el Perú cuando ya andaba por tierras bolivianas.
No parece que la Democracia pase sus mejores momentos en Bolivia


  El altiplano es un entorno hostil. El paisaje es árido, el sol pega fuerte y la elevada altitud hace que los esfuerzos físicos se acusen mucho más. No es de extrañar pues, que dichas circunstancias hayan marcado el carácter de unas gentes más bien taciturnas, con trato algo distante, pero dotadas de gran amabilidad y una educación exquisita. En cierto modo me recordaban a los británicos, aunque según lo que pude observar, con algo más de humildad y algo menos de hipocresía.
 Nada que ver con los cubanos que, aunque también me encontré gente apocada e introvertida, han sido modelados por el cálido e indómito clima caribeño, exhibiendo una gran familiaridad y desparpajo en el trato. Yo era incapaz de enfadarme con ellos, por pesados e insistentes que fueran.
 En resumen, mi periplo de más de 3 semanas en distintas partes de América fue una experiencia de lo más enriquecedora. Para completarlo, tuve que tomar nada menos que 2 trenes, 8 autobuses, 3 barcos, 8 aviones, 7 taxis, un teleférico y una furgoneta compartida. Estuve en entornos tan diferentes como las playas del Caribe, el altiplano andino, el inmenso lago Titicaca o los accesos semiselváticos al Machu Picchu. Visité ruinas incas, barrios humildes, elegantes calles de arquitectura colonial, islas lacustres y bulliciosos y coloridos mercados. Pasé del pegajoso calor tropical a las frías noches del altiplano e incluso sobreviví a un terremoto. Asistí a oficios religiosos, conciertos de música clásica, sesiones de cine local, bodas tradicionales, humildes zoológicos, partidos de béisbol, monólogos de un cuentacuentos y conferencias magistrales sobre economía.
Mosaico de pueblos

 Me encontré con gente de diferente raza y condición, todos ellos con el nexo en común de expresarse en Español. 
 La lengua que al poner pie en América consiguió, no solo su proyección universal, sino alcanzar otra dimensión al ampliarse y enriquecerse con las palabras y acentos locales. 
 Y es que, a pesar de haber estado en ambientes y paisajes tan distintos a los de mi origen, el hecho de compartir idioma ha hecho que en todo momento sintiera que, de algún modo, formo parte de ese fascinante universo que es la América Hispana.

miércoles, 25 de enero de 2017

APURANDO MIS ÚLTIMAS OPCIONES

 Lo primero que hice al llegar al albergue tras mi visita a Potosí, fue buscar a los huéspedes que me habían propuesto salir con ellos y una amiga la noche anterior.
 Mis pesquisas me llevaron a una habitación donde moraba el varón eslovaco. El entusiasmo con que su compañera me había ofrecido la invitación, contrastaba con la frialdad con la que el centroeuropeo atendió mi visita. Me dijo que no iba a salir, con lo cual deduje que iba a tener que contar únicamente con mis propios medios para la ofensiva nocturna. Por si acaso, le dije que en caso de que cambiara de idea, estaría en mi cuarto.
 Me tumbé en mi cama para reposar, y como me sucedió la noche anterior, me quedé dormido. Pero esta vez Morfeo se ensañó conmigo y no me abandonó hasta las dos de la mañana. La única siesta de enjundia que había tenido en todo mi viaje había llegado en el peor momento.
 Tras el primer instante de desesperación, me arreglé en un periquete y salí a las calles de Sucre a apurar mis últimas opciones.
 Me dirigí a un local cercano al albergue que, afortunadamente, aún seguía abierto. En la portería me comentaron que la discoteca tenía dos ambientes en dos plantas diferentes. Una entrada sencilla daba acceso al piso inferior, mientras que la completa, a ambos. Teniendo en cuenta que a esas horas no iba a tener mucho tiempo para hacer gran cosa, opté por la sencilla.
 La sala estaba a tope de gente, aunque me quedaba la duda de si el otro piso hubiera estado mejor. Intuía que la ley de Murphy estaba muy activa esa noche, y anticipándome a ella, volví a la portería y aboné la diferencia para hacerme con la entrada completa.
 La nueva sala ofrecía una actuación en vivo de música caribeña y el ambiente me parecía mucho más propicio. Llegaba la esperada hora de amortizar las clases de salsa y bachata que había tomado los dos meses anteriores.
 No habían pasado ni 3 minutos desde mi irrupción en la planta noble, cuando el grupo que hacía las delicias de los congregados se despedía de tan entregada audiencia. Además de no haber concedido ni un mísero bis, cuando la música en vivo terminó, las luces se encendieron y se empezó a desalojar el garito. Los dioses del pototeo no podían estar siendo tan crueles conmigo.
Todo se me ponía cuesta arriba

  Agotando mis últimos cartuchos, y ya a la desesperada, le entré a un par de chicas que aún no habían abandonado el local. Como buenas bolivianas, reaccionaron con simpatía.
 A la salida se juntaron con un par de amigos. Me comentaron que aún quedaba algún local abierto y me propusieron que fuera con ellos. Todavía había partido.
 Nos montamos en el coche de una de ellas y nos dirigimos al bareto en el que había estado la noche anterior. No tenía un gran recuerdo de él, pero dadas las circunstancias, en esos momentos me parecía la Studio 54 neoyorquina a finales de los 70.
 Mi gozo se volvió a ir al pozo cuando no nos dejaron entrar, ya que estaban a punto de cerrar.
 No se rindieron mis improvisados compañeros y nos recorrimos medio Sucre buscando locales, aunque fueran clandestinos, para seguir la fiesta.
 Pero no hubo manera. A esas horas ya no se podía entrar en ningún sitio. Los ánimos se fueron enfriando y nos acabamos rindiendo a la evidencia. La ciudad de Sucre se mostró inmisericorde conmigo y no me permitió una despedida a lo grande.
 Lo había intentado por todos los medios. Pero eso no impidió que una sensación amarga se me apoderase cuando volví al albergue a dormir.
  Esa sensación seguía conmigo a la mañana siguiente. Y en consonancia con ella, fui al cementerio. Antes de que los lectores de mi bitácora saquen conclusiones muy pesimistas, aclaro que el cementerio de Sucre fue una de las visitas que me recomendaron nada más llegar a la ciudad.
 Efectivamente, pude comprobar que el camposanto sucreño, independientemente del estado de ánimo, merece una visita. Una portada de estilo neoclásico da paso a unas ordenadas calles donde se pueden encontrar nichos de muy bella factura. Sus amplios jardines y el cuidado entorno lo hacen un lugar muy recomendado para el recogimiento que, en ese momento, tanto necesitaba.
 Por ello, tampoco es de extrañar que mi siguiente visita fuera una iglesia, y aprovechando la ocasión (era domingo), me quedé escuchando la misa, más como curiosidad cultural que como deber religioso.
  Mi último acto oficial en la ciudad, fue la visita al Parque Cretácico, museo situado a las afueras de Sucre. Para llegar al mismo, se ofertaba un billete que incluía la entrada, además del viaje de ida y vuelta hasta el centro en un llamativo autobús turístico.
 El Parque Cretácico consta de dos zonas: la primera cuenta con reproducciones de dinosaurios a tamaño natural, así como numerosa información en forma de gráficos, dibujos y textos. La segunda parte, para mi gusto la más interesante, es un barranco en cuya superficie se pueden apreciar una gran cantidad de huellas de dinosaurio.
Poco se imaginaba el animalico en su paseo que iba a dejar huella  en la Historia

 La bajada al barranco se hacía en grupo, dirigido por un guía y con la obligación de portar casco (facilitado por el museo).
 Por mucho que nos lo intentaron explicar, no alcancé a comprender cómo una superficie horizontal por donde habían caminado los dinosaurios, se presentaba ahora como una pared casi vertical. En todo caso, se trataba de una atracción curiosa e interesante. 
 Después de la visita a las huellas, aún debía esperar casi una hora hasta la salida del autobús del museo. No me apetecía estar allí como un pasmarote durante tanto tiempo, así que decidí volver por mis medios al centro. Poco después de salir del museo, vi un microbús urbano a punto de arrancar que parecía expresamente fletado para mí. Me hubiera dejado muy cerca de mi albergue. Pero eso hubiera sido demasiado fácil.
  Al paso por un concurrido mercado, vi un lugar que ofrecía menús a unos precios que no podía rechazar. Apenas bajé del vehículo me di cuenta de que había cometido un pequeño pero craso error. No tenía ni idea de dónde estaba y aunque tenía tiempo, no podía descuidarme mucho, ya que esa misma tarde tenía que tomar el vuelo de vuelta.
 Así que me olvidé de mi hambre y de los cantos de sirena de menús a 10 bolivianos y me centré en encontrar el camino de vuelta al centro.  Parecía que estaba bastante lejos, ya que la gente a la que preguntaba, ni siquiera sabía darme una orientación para volver andando. Tampoco me sabían dar razón de cuál de los microbuses que pasaban con gran frecuencia me acercaría a mi destino.  Me acabé subiendo a uno con un cartel que indicaba "Mercado Central". Casi me tuve que tirar en marcha cuando descubrí que iba en el sentido equivocado. Aprendiendo de mis errores, fui preguntando a todos los conductores que pasaban por la zona hasta que encontré el vehículo que me acercó al centro.
Animada calle sucreña

 En las inmediaciones del albergue me encontré a la pareja boliviano-eslovaca con la que había protagonizado la frustrada quedada. Por lo que me contó la chica, se habían dado una serie de acontecimientos que impidieron la cita. Parece ser que el día anterior estaban peleados entre ellos, por lo que el eslovaco no salió. Éste no debió entenderme muy bien cuando le visité y no transmitió nuestra conversación con eficacia. La boliviana y su amiga, aun así, salieron en mi busca por los baretos de Sucre, pero no me encontraron, básicamente porque yo estaba dormido. Como he dicho anteriormente, Murphy estaba particularmente activo esa noche. Para más INRI, y ahondado en la herida, me mostraron una foto de su amiga, digno ejemplar de la afamada belleza boliviana, a la que no tuve el gusto de conocer.
 Con el sabor amargo de la frustración, desalojé el albergue y cogí una furgoneta hacia el aeropuerto.
 Nada menos que tres vuelos me esperaban, ya que tuve que hacer 2 escalas en Bolivia, antes de cruzar el charco.
 En el control de seguridad del aeropuerto de Cochabamba, me apartaron de la fila para someterme a un reconocimiento más exhaustivo en busca de drogas. No iban mal encaminados, ya que me al registrar la mochila, encontraron coca. 
 Por fortuna (si no, estaría escribiendo esta entrada desde un penal boliviano), no se trataba del popular polvo blanco, sino de mate de coca, una infusión tan inofensiva como lo pueda ser una manzanilla. Por ello, la guardia de seguridad, aunque me puso alguna objeción, me dejó continuar mi viaje.
 En Santa Cruz también me separaron de la fila, esta vez para pasarme por un escáner de cuerpo entero. Y ya en el pasillo de entrada al avión, sufrimos una nueva inspección a manos (o patas) de perros adiestrados. No se andan con tonterías en los aeropuertos bolivianos. Las pocas o ninguna ganas que hubiera podido tener de traerme droga de Bolivia, han desaparecido para siempre.
 Un largo vuelo nocturno, en el que apenas pude dormir, me dejó en Madrid. De allí me permití el lujo de tomar un AVE que me condujo hasta Huesca, tras más de tres semanas de aventuras y desventuras por lugares tan alejados de mi casa como cercanos a mi corazón.

viernes, 20 de enero de 2017

VALE UN POTOSÍ

  Una de mis más valiosas aportaciones al mundo de los viajes es el haber creado el denominado "Turismo Nominal", que consiste en visitar ciudades que me llaman la atención no por su historia, monumentos o ambiente (aunque no carezcan de ellos), sino porque tengan nombres de cosas. Así, en una lista que no deja de crecer, ya he estado en Lagos, Braga, Bath (Baño), Cognac, León, Ostia, Brujas, o Cork (Corcho).
 En este caso, y dada su relativa cercanía con Sucre (por cierto, azúcar en francés), no podía dejar de visitar la Villa Imperial de Potosí, cuyo nombre se aplica en muchas frases hechas en español para reflejar que algo o alguien es muy valioso.
 El autobús que une las dos ciudades se lo tomaba con calma surcando poco a poco el árido paisaje mientras no paraba de ascender. No en vano, Potosí es una de las grandes ciudades situadas a mayor altura en todo el mundo, con sus 3900 metros sobre el nivel del mar. Afortunadamente, ya estaba bastante aclimatado a la altitud y no apareció el temido "soroche".

El mítico Cerro Rico domina la ciudad

 Tras un largo paseo desde la poco céntrica estación de autobuses por anodinas avenidas, y teniendo que remontar empinadas cuestas, llegué al corazón de la ciudad, dominada en la distancia por el mítico Cerro Rico. Se trata de una imponente montaña de la que se extrajeron miles de toneladas de plata en la época virreinal. Este hecho hizo que Potosí fuera una de las ciudades más opulentas de su tiempo. Y eso se deja notar en la gran cantidad de iglesias barrocas y elegantes mansiones que se pueden encontrar en su trazado urbano.
 Pero si la riqueza ha dejado huella en las calles de Potosí, también lo ha hecho el declive de la ciudad, una vez que se agotó la plata. El paseo por el casco histórico me sugirió un lugar en decadencia, como sumido en un sueño, agotado tras los excesos anteriores.

Esplendor y declive

 Cavilando sobre mis impresiones acerca del efecto que los avatares históricos habían dejado en las calles potosinas, acudí a un restaurante especializado en pollo a la parrilla, atraído por la irresistible oferta de un plato denominado "estudiantil". No importa que ya peine canas desde hace tiempo. Por un buen precio me haría pasar hasta por el mismísimo Licenciado Vidriera si hiciera falta.
 Siguiendo con la tónica crepuscular que impregnaban mis impresiones sobre la ciudad, el mercado central, lugar habitualmente muy bullicioso en todas las ciudades que había visitado en Bolivia y el Perú, aparecía casi vacío.
 Cuando ya estaba a punto de otorgar la extremaunción a la Villa Imperial, me fijé en que al final de unas escaleras que descendían a un valle había congregada una gran cantidad de gente. Una vez que llegué a ellos, comprobé que algo gordo se estaba tramando. Había decenas de puestos callejeros de comida y a ambas orillas de una avenida cientos de personas estaban esperando el paso de un desfile. Se trataba del Festival de los Ch´utillos, la fiesta mayor de la localidad, de la que no tenía ni idea y me encontré por puro azar.

Festival de Ch´utillos



 La cabalgata estaba formados por grupos ataviados con trajes típicos que desfilaban mientras ejecutaban danzas locales. Intenté seguir el flujo hasta que las aglomeraciones de espectadores hicieron recomendable que me apartara de la multitud, yendo a parar a una calle trufada de puestos callejeros entre los que pude encontrar algún chollo que otro.
 Definitivamente, la ciudad tenía otro aire, mucho más vivo y dinámico. Es posible que la languidez que había percibido en el centro se debiera a que la mayoría de la gente estaba presenciando el festival.

Gran animación


 Al paso por el mercado, y siguiendo las directrices dietéticas de Super Ratón, decidí vitaminarme e hipermineralizarme visitando la sección de jugos. Mientras saboreaba con deleite uno de maracuyá, me percaté de que se ofertaba uno de alfalfa. A pesar de haberme llenado el estómago con el primer zumo, no pude evitar la tentación de ir a por el segundo, que resultó muy sabroso. Millones de rumiantes no pueden estar equivocados.
 No podía abandonar la ciudad sin visitar la Real Casa de la Moneda, imponente edificio del siglo XVIII de estilo colonial. Entre sus muros se acuñaba la moneda producida con la plata de las minas cercanas, además de servir de archivo histórico. En una visita guiada, nos explicaron la historia del edificio, mostrándonos cómo evolucionaron las técnicas para la elaboración de moneda a lo largo del tiempo. Además, el museo exhibía una gran cantidad de objetos hechos en plata.
 Paradójicamente, mientras que cuando la actual Bolivia era parte de España producía moneda para toda América, en la actualidad, el país andino encarga la producción de su propia divisa a otros países. Hablar hoy en día de soberanía o independencia me parece muy relativo.
 Casi sin darle tiempo al guía para que acabara su explicación, abandoné el museo a toda prisa, esperando llegar a tiempo a la estación para volver a Sucre a una hora razonable. El "timing" fue perfecto, y el microbús que tomé nada más pisar la calle me dejó a tiempo para comprar el billete en la estación y montar en el autobús, que partió conmigo como único pasajero. Mi vana ilusión de tener todo el vehículo para mí se vino abajo cuando hizo una parada antes de abandonar la ciudad y se llenaron casi todas las plazas.
 Mi visita había empezado dubitativa, pero fue remontando, y acabó mereciendo la pena. Con más propiedad que nunca, puedo decir que la Villa Imperial vale un Potosí.






martes, 17 de enero de 2017

SUCRE

 Con el buen sabor de boca de la noche anterior abandoné la ciudad de la Paz a primera hora de la mañana. Ya le había cogido cariño. Viajar a salto de mata está muy bien, pero a veces apetece estar unos días en el mismo sitio y más si es en casa de un amigo.
  En estos tres días había tenido tiempo de planear cómo iba a trasladarme al aeropuerto. El taxi desde el centro salía un poco caro. En mis devaneos niunclavelistas se me ocurrió la idea de subir en teleférico (maletón incluido) a El Alto para desde allí coger un taxi mucho más barato. Hay que reconocer que el plan era original y espectacular. Pero al final descubrí una opción más sencilla. Cada media hora pasaba cerca de casa de mi amigo un microbús bastante económico. No es que se fuera muy cómodo en una furgoneta atestada de gente, pero sirvió muy bien a su propósito.
  Tras un vuelo de menos de una hora, que contrasta con las 12 horas que hubiera invertido viajando en autobús, aterricé en el aeropuerto de Sucre. 
 Esperando salir del avión, le pregunté a mi compañera de asiento si había transporte público al centro (bastante alejado, por cierto). Me dijo que sí, pero me propuso compartir un taxi que, aunque era algo más caro, nos dejaría en el lugar elegido. No pareció mal negocio, y más cuando encontramos otra pasajera para completar el lote.
  Dado que era mi último destino, seguí tirando la casa por la ventana para reservarme una habitación individual en un albergue, lo cual es como tener lo mejor de dos mundos: la intimidad del hotel y la posibilidad de conocer gente que ofrece un hostel.
Menú laurentino en Sucre

 Mis primeros pasos por las calles sucreñas me hicieron encontrarme con un hecho curioso que casi me llegó a emocionar. En un modesto restaurante se ofrecía "Pollo al Chilindrón", posiblemente el plato más típico de Huesca. 
 La ciudad de Sucre es la capital constitucional de Bolivia, aunque la sede del Gobierno esté en La Paz. Es una ciudad más pequeña que ésta, aunque su centro histórico colonial es mucho más reseñable, con una gran cantidad de iglesias y palacios.
Numerosas iglesias de bella factura

 De entre el abanico de museos que me ofrecía la ciudad, me decanté por la Casa de la Libertad, donde hice una visita guiada.
  Entre sus muros se firmó la Declaración de Independencia (las actas están expuestas allí) y fue el primer parlamento del nuevo estado. Alberga numerosas reliquias históricas que van desde la época virreinal hasta la actualidad. 
 Me llamó la atención un gigantesco busto en madera de Simón Bolívar, así como los retratos de todos los presidentes de la República desde su fundación.
  A poco que se tenga algo de interés en la Historia, es un lugar de visita más que recomendada.
Casa de la Libertad

 Se acercaba el atardecer, y nada mejor que subir a un mirador que dominaba toda la ciudad para contemplar el ocaso, práctica habitual durante mi periplo, siempre que hubiera un lugar adecuado para ello. El próximo viaje, o voy con pareja, o me la busco por el camino, que esto de ver los atardeceres solo, es un poco triste. Aunque lo de solo es un decir, ya que el mirador estaba copado por turistas armados con cámaras en busca del rayo verde.
¿No tenéis sol en casa o qué?

 Una vez que el Astro Rey se despidió de nosotros, descendí y me dirigí a la estación de autobuses para informarme sobre los horarios, ya que tenía pensado hacer una excursión al día siguiente. Durante la larga pateada, fui sorprendido por un apagón que, no sólo afectó a las farolas, haciendo que la calle quedara a oscuras, sino que también dejó sin suministro a los comercios. No duró mucho el incidente, pero fue realmente curioso ver cómo algunos establecimientos recurrían  a las velas para proseguir su actividad.
 A pesar de los tentadores precios de los restaurantes de la zona, decidí comprar algunas viandas para preparármelas en el albergue, y si era posible, socializar un poco.
 En la cocina había una pareja con la que no tardé en hacerme el encontradizo. Se trataba de dos franceses con los que compartí velada y, amablemente, me ofrecieron una copa de vino boliviano. Un buen caldo que ganó con la compañía.
  Antes de que los galos terminaran y se retiraran a sus aposentos, hizo acto de presencia otra pareja que se puso a preparar un guiso de enjundia.  Me interesé por su empeño culinario y me comentaron que estaban preparando “gulash”. La razón de tan centroeuropeo plato es que el hombre era checoeslovaco, mientras que su simpática amiga era local y no estaba alojada en el albergue. Hábilmente le pregunté por algún lugar para pototear en Sucre. Me indicó un par de garitos, y lo mejor de todo, me dijo que iban a salir al día siguiente y que se traerían a una amiga para que la pudiera conocer. Así da gusto.
 Me retiré a mi cuarto a descansar un poco y debido al cansancio acumulado, caí dormido. Me desperté a medianoche. Justo a tiempo para hacer una incursión nocturna. 
No tiene nada que ver con el relato, pero me hizo mucha gracia

 Me dirigí al bareto que me habían aconsejado y aboné la entrada solicitada, pensando que la iba a amortizar con creces.  Pero el aspecto que presentaba la discoteca no podía ser más desolador. La pista estaba vacía y apenas 6 personas se acodaban en la barra. Le pregunté a una camarera si esa iba a ser la tónica de toda la noche y me dijo que en un rato se animaría el cotarro. Confié en su palabra y me pedí una cerveza, que bebí muy poco a poco, estirándola hasta límites insospechados. Diferente estrategia seguía un individuo sentado junto a mí con el que pronto entablé conversación. Se trataba de un boliviano de una ciudad del sur (Tarija) que había venido a Sucre por motivos laborales, y al que el pototeo se le iba a apoderar. No tardamos en conocer a otro sujeto que resultó ser de Tarragona, aunque estaba viviendo en Sucre. El tarraconense era un individuo peculiar, de esos que son tan efusivos y "graciosos" que al poco tiempo ya empiezan a cargar. Me recordaba un poco al personaje de Torrente.
 No es lo que esperaba, pero mis dos acompañantes amenizaron la espera mientras iba entrando gente al local a un ritmo tan bajo como al que empleaba yo en beberme mi cerveza. El boliviano, sin embargo, iba pidiendo una tras otra, lo cual repercutía negativamente en su carácter, cada vez más inquieto e insistente. Vamos, lo que comúnmente se conoce como un "plasta".
 Debían ser más de las 2 cuando, por fin, el local presentaba una cierta animación. Lo malo es que el tipo de música (dance) y el ambiente no me hacían sentir cómodo. No veía ni de lejos la mágica atmósfera que había encontrado la noche anterior en La Paz. Además, mi compañero de barra estaba empezando a ponerse pesado conmigo, insistiendo en que abordara a las damas presentes. Ante mi inacción, se lanzó él con los resultados esperados, dada su escasa sutileza. Viendo que allí no iba a rascar bola, subió la apuesta y me comentó que conocía a unas "amigas" brasileñas  y paraguayas muy buenas en un local cercano. El plan no me podía resultar menos apetecible. 
 Dejando aparte juicios morales y preferencias personales, veía completamente absurdo haber hecho un viaje de tantos kilómetros para acabar recurriendo al amor mercenario, que no falta en nuestra geografía, y más en tan incómoda compañía. 
 Mientras tanto, mi compatriota había ido bebiendo y, a diferencia del boliviano, el alcohol no le había sentado tan mal, atemperando su carácter explosivo. Casi hasta me parecía entrañable. Aun así , no estaba el hombre para muchos trotes y costaba tener una conversación medianamente lógica con él.
 Viendo que no me acababa de encontrar a gusto, me marché intentando apurar mis opciones en otros ambientes más propicios. Pero los locales por los que pasé estaban echando el cierre, por lo que lo confié todo a la última noche, con la relativa tranquilidad que da el tener un plan ya apalabrado.