sábado, 27 de julio de 2019

BOHOLEANDO

  Aproveché mi involuntario madrugón para ir a darme un baño en la playa cercana, que era tan vistosa y espectacular como poco práctica. Su arena blanquecina, sus bonitas aguas y las lustrosas palmeras no compensaban que la zona de baño estuviera muy acotada y su escaso calado no permitiera más que mojarme hasta la cintura. Para eso me quedo en Salou...
Más interesante iba a ser la visita a la isla de Bohol, que en una superficie relativamente reducida, ofrece atractivos de lo más variopinto.
 Fui el primer huésped al que recogió la furgoneta, que fue haciendo un recorrido por distintos alojamientos sumando componentes hasta que completó todas sus plazas. Mi espíritu niunclavelista se enervó cuando algunos de estos turistas abonaban 50 pesos menos que yo al conductor, que en mi caso fueron gustosamente recaudados por los dueños de mi albergue, a modo de comisión.
 Mi comprensible enfado pronto se mitigó al enterarme que nuestro primer destino era una antigua iglesia española. Estaba cerrada pero pude paliar mi sed histórico-cultural con la visita a un museo contiguo.
Iglesia de Baclayon

 A continuación nos internamos en los bosques tropicales insulares para acceder a una reserva donde poder contemplar a los monos Tarsier. Se trata de una de las especies de primates más pequeña del mundo, y a diferencia de sus primos más talluditos, se trata de unos seres asustadizos y entrañables.
¡Qué mono!

 Más inquietantes iban a ser los "bichos" que nos esperaban en un pequeño zoo, donde destacaban unas enormes serpientes amarillas que, afortunadamente, estaban bastante calmadas. También había algunos monos (algo más creciditos que los Tarsies) y un buen surtido de mariposas de vivos colores.
¡Qué mona!

 Se acercaba la hora de comer, así que, astuciosamente, la furgoneta nos llevó a las orillas del río Loboc, donde se apostaban unos barcos que hacían una ruta fluvial, mientras se podía comer a bordo.
 Un grupo de 3 jóvenes europeos que conformaban la expedición desoyó los cantos (no precisamente baratos) de sirena y permanecieron en tierra. Yo, en cambio, decidí tirar la casa por la ventana y embarcarme. 
Fue una acertada decisión.  Y eso a pesar de que la comida, aún siendo buffet libre, tampoco era muy allá.  Pero el navegar entre orillas selváticas fue una gran experiencia, que se complementó con la confraternización con mis compañeros de excursión que, en su gran mayoría, venían de la capital.
Hacia el corazón de las tinieblas

 El plato fuerte de la jornada no fue el que se nos sirvió en el barco, sino las "Colinas de Chocolate", cuyo nombre no deriva de que se cultive cacao en sus laderas, sino del color que cientos de ellas adquieren en el estío. Aunque nos las encontramos más bien verdosas, no dejaba de ser curioso presenciar este fenómeno geológico que, según comentaban, es uno de los lugares más visitados de las Filipinas. Y así pareció corroborarlo el gran número de turistas que se agolpaban en el mirador en pos de la foto o "selfie" correspondiente.
Colinas de Chocolate

 Siguió una breve parada en el "Man made Forest", que no era otra cosa que un vistoso bosque de grandes árboles plantados por el hombre (debió acabar baldado el pobre).
 Más entrañable para mí fue nuestro siguiente destino, ya que nos detuvimos en Sevilla, para caminar por un curioso puente de bambú sobre un río (ya no sé si era el Guadalquivir).
Sevilla y olé

 Nuestro último hito de la jornada fue aún más conmovedor. Se trataba de una estatua que celebraba el pacto de sangre que Miguel López de Legazpi selló con el jefe local Sikatuna, y que es todo un símbolo de cómo el mítico explorador vasco se desempeñó en lo que algunos indocumentados se empeñan en considerar "despiadada conquista" o "brutal colonización". Para eso habría que esperar más de 3 siglos, cuando los usenses acudieron a "civilizar" las ya más que civilizadas Filipinas.
Al centro y pa´dentro

 Por si no hubiera tenido bastantes emociones la jornada, aproveché el paso de mi furgoneta por la capital Tagbilaran para apearme, ya que había concertado una cita allí.
Pero antes me despedí cordialmente de mis compañeros de travesía. A pesar de mi condición de europeo, no fue con el grupillo de este continente con el que congenié en la excursión, sino con los filipinos, a los que yo sentí mucho más cerca cultural y emocionalmente.
 Dejando aparte lo que pudo suceder o no con mi cita de Tagbilaran, detalle que sin duda no interesará a los sesudos y selectos lectores de este blog, me ocurrió una anécdota bastante reveladora.
 En un momento de la tarde-noche, me di cuenta de que mi inseparable mochila ya no estaba junto a mí. Hice memoria y volví a un bar donde había estado media hora antes. Allí estaba esperándome intacta, en la silla donde la había abandonado inconscientemente. ¿Hubiera pasado lo mismo en...digamos... Barcelona? Probablemente no, y no hablo por hablar.
 Para volver a mi albergue en la isla de Panglao, ya no circulaba transporte público. Por ello que tuve que agenciarme un triciclo cuyo conductor no tuvo pudor en detenerse a medio camino en el arcén. No a repostar, sino a todo lo contrario, ustedes ya me entienden.
 Ello no impidió que, educación y buenas maneras obligan, aceptara incólume, aunque algo desconcertado, su apretón de manos a modo de despedida cuando acabó la carrera.
 Como guinda a tan denso día, aún tenía otra cita. Aunque visto desde fuera pareciera que soy un frívolo, no es tan fácil planificar todos estos acontecimientos sociales para que cuadre todo y no se hieran sentimientos.
 En este caso se trataba de una mujer casada que apenas había salido de la isla y que no parecía estar pasando los mejores momentos en su matrimonio. En este río revuelto, no vi muy ético meter la caña, así que nos limitamos a tener una más que cordial conversación en el salón del albergue. A pesar de tan cándido encuentro, mi cita se mostró muy agradecida por la experiencia, ya que suponía un respiro en su, últimamente, un tanto gris existencia.
 La verdad es que le había sacado mucho jugo al día. Bohol se reveló como un destino más que interesante, pero al día siguiente tocaba abandonar la isla en pos de un destino un tanto oscuro...

domingo, 9 de junio de 2019

ALONA BEACH: MÁS DURA PUDO HABER SIDO LA CAÍDA

 Después de haber pasado dos días en una gran urbe, el cuerpo me pedía algo de relax (dentro de lo que yo entiendo por tal). La cercana isla de Bohol parecía el lugar indicado.
 Me despedí de las populosas calles de Cebú con un paseo de unos 25 minutos hasta el puerto. 
 Mientras estaba en la sala de espera,  me vino una mujer ofreciendo un masaje. Aunque el producto era el mismo (más o menos) que se me había ofrecido en mi primera noche en Cebú, el enfoque era completamente distinto. Se trataba de unas mujeres de mediana edad con atuendo de enfermeras, y sus masajes se limitaban al cuello y los hombros, careciendo del "final feliz" que se le presuponía a las anteriores.
 El trayecto en barco no pasó de las dos horas, y sentado en la cubierta fue de lo más agradable.
Surcando el estrecho de Cebú

 Arribamos a Tagbilaran, capital de la isla de Bohol.  Había estudiado la posibilidad de haberme quedado a pernoctar allí. Pero, a pesar de ser una ciudad costera, no tiene mucho encanto. Así que en su lugar, reservé alojamiento en Alona Beach, que como su nombre promete, es un destino playero. No está situado exactamente en Bohol, sino en una isla más pequeña pegada a aquélla y unida por un puente, que obedece al nombre de Panglao.
  Para llegar a Alona Beach tomé un triciclo que empleó una media hora.
Humilde pero espacioso y colorido

 En busca de un poco más de espacio vital, esta vez había reservado un habitáculo igualmente humilde, pero algo menos opresivo. Se trataba de un albergue de estilo hawaiano, muy apropiado para el entorno que lo rodeaba.
 No tardé en salir a explorar ese entorno tan sugerente.
 Así que tomé rumbo a lo que, según mi guía turística, se trataba de una playa apartada y paradísiaca.
El segundo apelativo era un poco exagerado, pero el primero estaba bastante bien traído. Ya que tras la pateada reglamentaria, me encontraba alejado de todo rastro de civilización, en una playa bastante salvaje. Yo seguía caminando en espera de encontrarme con la madre de todas las playas, pero tras un buen rato, ya casi a punto de salirme del mapa, me encontré con un manglar que detuvo mi camino. Mi espítitu robinsoniano había ya cumplido su cuota y decidí regresar.
Playa Danao

 Las altas temperaturas estaban empezando a pasarme factura, por lo que decidí comprar un helado en un humilde colmado. No pude evitar la experimentación adquiriendo un polo con sabor a queso que, como era de esperar con ese gusto, no resultó nada refrescante.
  Para esa noche había reservado una excursión para ver luciérnagas en un río. Astuciosamente no lo hice en el albergue, sino en una agencia del pueblo, ahorrándome 200 pesos. En sí la idea de ver luciérnagas no me decía mucho. Lo que más me atraía era hacer una ruta por el río de noche.
 Una furgoneta nos llevó a un embarcadero situado a unos 30 km, en la isla grande (Bohol).  En la furgoneta íbamos sólo 4 personas, pero en el destino nos juntamos con otros tours y nos montamos en una barca.
 Dando fe de la laxa política en materia laboral del país, unos adolescentes  hacían de guías gobernando  la nave y dando algunas explicaciones. 
  Poco después de comenzar la travesía acercaron el barco a una orilla arbolada y lo detuvieron.
 El tinajero jefe nos señaló uno de los árboles en el que se podían apreciar cientos de puntos luminosos en movimiento, conformando una destacable estampa.
  Seguimos la ruta parando en 4 ó 5 puntos. Era curioso ver cómo las luciérnagas se concentraban en unos cuántos árboles aislados, ignorando al resto. En una de las paradas nos acercamos un poco más y algunas de las luciérnagas se pusieron a nuestro alcance. Uno de los guías atrapó una y nos la fue pasando. Eso sí, aclaro que la interfecta sobrevivió al envite, por lo que puedo afirmar y afirmo que ningún animal fue dañado en la realización de esta entrada.
  Mientras la furgoneta nos llevaba de vuelta al albergue, reflexionaba sobre qué iba a hacer al día siguiente. La idea era clara: visitar la isla de Bohol. Pero podía dejarme llevar por un tour turístico o alquilar una motocicleta y hacerlo por mi cuenta. El espíritu aventurero venció al prudente y me decanté por la segunda.
  Nada más llega al albergue hablé con la encargada y me consiguió el deseado vehículo.  Ya sólo faltaba por pulir un pequeño detalle: no sé conducir motos. La confiada mujer le restó importancia y me puso en contacto con una alberguista que, generosamente, me dio un curso acelerado de arranque y conducción.
 No parecía muy complicado. Pero aun así, solicité hacer una prueba por las inmediaciones.
 Los primeros 10 segundos fueron como la seda. Ángel Nieto ya tenía sucesor. Pero cuando intenté detener el vehículo, pareció tomar vida propia y dejó de responder a mis deseos. Tuve que apearme mientras la moto siguió unos metros en solitario antes de caer estrepitosamente al suelo.
 Si eso me había sucedido en una carretera solitaria, no quería ni imaginarme el tamaño del estropicio que podía causar en un poblado con tráfico denso o en una bajada pronunciada.
 Así que, escarmentando en cabeza propia, le devolví la moto a la señora del albergue, que ya no veía con tan buenos ojos su arrendamiento.
 Ahora sí que estaba claro. Tour guiado en furgoneta, que si se estrella el vehículo, por lo menos no será por mi culpa.
 Aún podía haber rascado 50 pesos reservando la excursión en la agencia de las luciérnagas, pero después del susto que le dí a la señora con la moto, decidí contratarlo en el albergue.
 Ya con el pulso restablecido, me retiré a mis aposentos a descansar. Aunque antes de caer en brazos de Morfeo hice un trabajo de campo en la aplicación de pototeo que daría sus frutos al día siguiente.





 

martes, 30 de abril de 2019

CEBÚ: EL SANTO NIÑO Y LA SANTA NIÑA

 Lejos de haber sido una experiencia claustrofóbica, mi primera noche en una cápsula había sido bastante plácida y pude descansar en condiciones.
 Casualmente, muy cerca del albergue se situaba el Casino Español de Cebú, al que no dudé en poner rumbo en mi primera salida del día. Me las prometía muy felices comiendo paella (aunque no me guste mucho) y conversando con los últimos hispanohablantes de la ciudad, cuando una segurata me impidió el paso al recinto. Mi condición de súdbito español fue papel mojado, ante el triste hecho de que el acceso al recinto estaba permitido exclusivamente a los socios.
Casino Español de Cebú: el elitismo se impuso al patriotismo

  Las penas con pan son menos. Así que mi siguiente destino era un restaurante vegetariano (una rara avis en un país claramente carnívoro) que recomendaba mi guía de viaje. Gasté con creces las calorías que iba a ingerir, habida cuenta de lo recóndito del lugar. Aparte de estar lejos, costaba bastante encontrarlo, y al toparme con un recinto tan humilde, no pude evitar una cierta decepción.  Pero lo que cuenta en este caso es la comida, y por poco más de un euro, me puse como el Quico a base de suculentos  y nutritivos platos.
Ternera parece, carne no es..¿qué es? Vaya usted a saber, pero estaba rico

 Era hora ya de dirigirme hacia el centro histórico, que como sucede en toda ciudad filipina que se precie había quedado hecho papilla en la Segunda Guerra Mundial.
 Ajenos a añoranzas históricas, miles de cebuanos colapsaban las bulliciosas calles del centro de la ciudad.
Esto se anima

 El cogollo central contaba con un control de seguridad para acceder. En la ciudad habían comenzado las fiestas del Santo Niño, en las que se venera a una efigie del Niño Jesús que trajo Magallanes en su visita a la isla de Cebú.
 Todavía no habíamos llegado al día grande de las fiestas, pero la iglesia donde se guarda la reliquia (que es además la primera iglesia católica erigida en el país)  y las calles aledañas estaban a rebosar.
 Iba un poco pillado de tiempo, por lo que no me quedé a escuchar la homilía, que además iba a ser en cebuano, idioma con el cual aún no estaba familiarizado.
¡Viva Pit Señor!

 Junto a la iglesia, y en medio de una plaza, se encuentra otro hito histórico-religioso: la Cruz de Magallanes.  En ese lugar, el marino portugués y sus acompañantes plantaron una cruz de madera, que se puede considerar como el germen del cristianismo en el archipiélago.
 Como con la cruz iba la espada, no muy lejos de allí se erige el Fuerte de San Pedro, fortaleza de forma triangular erigida por los españoles para defender la plaza de los invasores moros. 

 Por si quedaba alguna duda de la impronta española en la zona, junto al fuerte se puede encontrar una estatua de Don Miguel López de Legazpi, primer gobernador de la Capitanía General de las Filipinas.
Estatua de Legazpi

 Ya de vuelta al albergue, alargué un poco la ruta para visitar el Parián de Cebú. Los parianes eran los barrios donde se asentaba la comunidad china, que en un número considerable se instaló en el país durante el dominio español. Al igual que ahora, esta comunidad destacaba por su dinamismo comercial. Con el tiempo, estos chinos acabaron naturalizándose españoles, adoptando el idioma e incluso hispanizando sus apellidos.
 A pesar de que hoy en día estos parianes no están reservados para ciudadanos chinos, en las pocas casas antiguas que se conservan, sí que se puede apreciar una arquitectura característica con influencias del país asiático. 
 Intenté visitar el Museo Casa Gorordo (típico ejemplo de arquitectura colonial española) pero estaba cerrado. Más suerte tuve con la casa Yap-Sandiego, erigida en el siglo XVII, lo cual la convierte en una de las casas más antiguas de las Filipinas.  Está excelentemente conservada, y es una visita de lo más recomendable.
Casa Yap-Sandiego (tomada de https://www.choosephilippines.com/)

 Ya me había culturizado bastante, así que volví al albergue para satisfacer otras necesidades menos intelectuales.
 Probé suerte con la página de pototeo que he comentado en anteriores entradas y como se suele decir en Aragón, "no adubía". La combinación de ciudad muy poblada, a la vez que no demasiado turística, sumada a mi irresistible alias "Legazpi", se revelaba muy favorable a mis intereses.
 Pero uno tiene ya una edad y algo de experiencia para pensar en hacer alardes. Quien mucho abarca, "abarcudo". Así que en cuanto apalabré una cita, concluí mi escaneo virtual.
 Se me acumulaba la faena, ya que aún tenía que decidir a dónde ir al día siguiente, con reserva de alojamiento incluida, y no había cenado.
 Viendo que mi encuentro se iba a demorar, me acerqué a un supermercado "7-Eleven" muy cercano al albergue para picar algo. Descubrí una jugada que iba como anillo al dedo para mi austeridad e interés por la gastronomía local. Había algunos platos preparados que se podían calentar en el establecimiento y comerlos alí mismo. No estamos hablando de alta cocina, pero al menos era un plato caliente  a precio de risa. 
 Mientras cenaba, seguía en contacto con mi "amiga" que, por lo que me decía en sus mensajes al móvil, tenía ciertos problemas para encontrar el albergue. La verdad es que la cita tenía mucho de improvisación. Al comentarle que no sabía dónde iba a ir al día siguiente, me sugirió que fuéramos juntos a Oslob, localidad costera cercana donde se puede bucear junto a los imponentes tiburones-ballena.
 Dada la familiaridad con la que me propuso el plan, vi claro que no era la primera vez que hacía algo así. Evidentemente, y más con el niunclavelismo que me caracteriza, no me apetecía mucho jugar el papel de "extranjero rico que lo paga todo". Porque ni soy rico, ni en Filipinas me sentía del todo extranjero.
 Pero como parecía estar a punto de llegar, pensé que sería mejor discutir esos detalles en persona.
 Las siguientes dos horas fueron un interminable intercambio de mensajes en los que no cesaba de dar pistas a mi cita para que pudiera llegar al lugar convenido.
 Siendo ya casi la una de la noche, y con el planteamiento del día siguiente aún por perfilar, tenía mi líbido por los suelos.  Bajo tierra se ocultó cuando apareció una jovencita escuálida y bajita, que si no fuera por su pelo moreno y rasgos asiáticos, hubiera podido confundir fácilmente con mi sobrina.
 Si no me había mentido en su edad (según ella 25), sí lo había hecho en su lugar de procedencia. Me había explicado que vivía en un barrio cercano, pero en realidad estaba en una pedanía tan lejana que había tenido que tomar 3 jeepneys y alquilar una moto para llegar al destino. Por lo menos no se le puede negar interés y perseverancia.
 Si tenemos en cuenta que la conversación entre nosotros tampoco era muy fluida (su inglés no era muy allá), me encontraba en una situación un tanto incómoda. 
 Descartada por completo la idea de ir con ella a Oslob, y sin ni siquiera plantearme todo asomo de ejercer actos de "intimidad compartida", debía moverme entre la diplomacia y la asertividad para evitar daños propios y colaterales.
 Cuando le dije que había descartado "llevarla" a Oslob mostró una cierta decepción, pero creo que hasta ella se daba cuenta de que era algo absolutamente forzado. Estuvimos charlando un poco y dentro de la cordialidad vimos ambos que allí no había mucho que rascar. Así que le pagué un taxi y se volvió a su casa sin más novedad.
 Evidentemente mi elección no había sido la más adecuada. Pero como dice el mítico Berges, no estábamos allí para taladrar.
 Una vez recuperada mi individualidad, me metí en la cápsula y organizé en un rato mis siguientes dos días por las Filipinas.
 En mi siguiente destino iba a intentar encontrar el contrapunto con el ajetreo de la populosa ciudad de Cebú, que si bien al principio me asustó un poco, me acabó pareciendo un lugar de lo más interesante.
 
 




 

viernes, 19 de abril de 2019

ENCAPSULADO EN CEBÚ

  Un poco antes de las 6 de la mañana, me desperté en la cama del albergue. Antes de girarme para volver en brazos de Morfeo, observé que mi móvil no estaba en la cabecera, que era donde recordaba haberlo dejado. 
 Tras tantear el resto de la cama y no encontrarlo, intenté buscar por el suelo. Tarea nada fácil, ya que estaba cubierto por bolsas, ropas y mochilas, con idéntico resultado.
 Como no había mucho más que hacer, intenté dormir hasta que se fuera despertando la gente. Este intento fue tan poco fructífero como el de la búsqueda.
 Conforme se iban despertando mis compañeros de cuarto, les preguntaba si habían encontrado un móvil. Se me pasó por la cabeza que hasta algún caco podía haber entrado durante la noche y haberlo sustraído. 
 La verdad es que por un teléfono de menos de 70 € no hay que penar mucho. Pero en este caso se trataba de mi medio para reservar el viaje, buscar información, además de contener muchas de las fotos que había hecho. Por no hablar de la cantidad de información que esos bichos llevan sobre nosotros, que es mejor que no caigan en según qué manos.
 Después de unas horas de inquietud y de infructuosa búsqueda, el humilde pero deseado celular apareció cuando se me ocurrió la feliz idea de buscarlo en un bolsillo de mi pantalón. Y eso que la noche anterior sólo me había bebido una San Miguel...
 Con el alivio de recuperar lo que nunca había perdido recogí mis cosas para montarme en la furgoneta que me iba a llevar a Puerto Princesa. Además de unos cuantos locales, coincidí con el compañero de albergue que dormía debajo de mi cama.
Se trataba de un pedazo de armario finlandés barbudo y rapado al cero.  Su más que rudo aspecto contrastaba con su carácter amistoso y su interesante conversación.
 La furgoneta me dejó en el aeropuerto de Puerto Princesa. Como tenía unas 2 horas hasta que salía mi vuelo, me fui a dar un voltio por la ciudad, tras haber facturado mi maleta. El aeropuerto está tan cerca que se puede ir andando sin problemas.
 Como ya comenté en una entrada anterior, Puerto Princesa es una ciudad poco destacable en el aspecto turístico, a pesar de su sugerente nombre. Tampoco es, ni mucho menos, una referencia a nivel gastronómico. Por lo menos si se toma de referencia la pizza que me sirvieron en un local con nombre italiano. Una masa excesivamente gruesa, una estética muy discutible y una gran cantidad de cebolla prácticamente cruda, hicieron que la filipina desbancara a la cubana en mi particular palmarés de pizzas poco afortunadas. En atención a mi estómago, no me atreví a probar ninguna más en mi viaje, así que me queda la duda de si en otros lugares del archipiélago tienen más tino en prepararlas.
 Aparte de un retraso de una hora y media, el  corto vuelo no presentó ningún problema. Por lo menos desde el punto de vista externo. 
  Mi moral, que suele estar a un nivel muy alto en mis viajes, estaba empezando a resquebrajarse.
 Había reservado dos noches en Cebú (la segunda ciudad de Filipinas) y no tenía ningún plan para hacer  después. En esos momentos pensaba que las 3 semanas de viaje se me iban a hacer largas sin saber muy bien qué hacer.
  Además, al encontrarme de bruces con una gran ciudad que, a primera vista desde el aire me recordaba a Manila, era un contraste demasiado fuerte con el aire relajado y los maravillosos paisajes de Palawan.
 Más allá de consideraciones anímicas y filosóficas, me enfrentaba a un problema más inmediato y mundano: cómo llegar al albergue. 
 Por supuesto, pensé en mi viejo amigo Grab (Uber versión asiática). No había wifi en el aeropuerto, así que busqué un mostrador de la aplicación como el que ya había utilizado en Manila. Al no encontrarlo pregunté en información. Me dijeron que no lo había, pero se ofrecieron a hacerme la gestión. 
 Era hora punta y costó un poco. Sólo me pudieron conseguir un taxi Grab sin tarifa prefijada. No estaba para exigir mucho así que acepté. Mientras caminaba al lugar de recogida, vi como gracias a esta jugada maestra, me saltaba una cola de unas 100 personas que esperaban pacientemente a ser recogidas por un taxi convencional.
 A pesar de que, atascos mediante, la carrera duró más de media hora, la tarifa se mantuvo dentro de lo razonable.
Hogar, pequeño hogar

 El albergue reservado para la ocasión era algo novedoso para mí. En lugar de pernoctar en una habitación compartida, iba a hacerlo en una cápsula.  La idea de dormir en un habitáculo de unos 2 metros de largo por 1 de alto y unos 80 cm de ancho, suena un poco claustrofóbica. Pero tiene sus ventajas, ya que se evitan los clásicos y molestos ronquidos de las motosierras de rigor. 
 Por lo demás, el albergue contaba con el resto de servicios (duchas o salón) en tamaño estándar. Quizá el mayor problema era el manejarse a la hora de abrir la maleta, ya que se tenía que hacer en un estrecho pasillo lleno de mochilas.
 Antes de probar la nueva experiencia de dormir encapsulado, quise dar un paseo de inspección por la ciudad.
 Pronto me encontré con una calle bastante animada, con algunos garitos abiertos.  Para mi sorpresa se me acercó una joven bien parecida con una actitud muy amistosa. Mi ego empezó a crecer exponencialmente, hasta que escuchó la palabra "masaje". Me deshice cortésmente de mi nueva "amiga", hasta que otra vino rauda a ocupar su lugar. En ese preciso momento mi espalda no estaba particularmente contracturada, así que decliné su tentadora oferta.
 La situación, que al principio casi tenía su gracia, empezó a tornarse incómoda cuando la tercera masajista  (o algo más) intentaba vencer mi recelo, a la vez que un siniestro personaje me ofrecía por la banda contraria un paquete de píldoras de forma romboidal.
 Entre salir por Huesca y no sumar ni por milagro divino y lo que me estaba pasando en Cebú tiene que haber un prudente término medio.
   Viendo el panorama, di por finiquitada la expedición y volví al albergue con paso firme y mirada perdida, sorteando como pude las acometidas de las insistentes señoritas.
 Me esperaba una confortable cápsula, toda para mí solito.
 
 

 


miércoles, 10 de abril de 2019

EL NIDO

 Aproveché mi primera y última mañana en Taytay para despedirme de la Fortaleza, antes de tomar una furgoneta para El Nido, uno de los lugares más turísticos de las Filipinas.
 Esta vez el trayecto fue bastante llevadero, ya que tras apenas hora y media de haber partido, nos encontramos con los primeros hoteles. La placidez de Taytay había quedado atrás.
 Volví a hacer gala de mi humildad tras haber dormido en una "suite de Luxe" en Manila, en un hostel para mí solo en Puerto Princesa y en un chalet en Taytay. Esta vez me tuve que conformar con una angosta habitación sin ventanas donde se apilaban 8 literas, dejando un escaso espacio vital per cápita. Pero lo que este albergue tenía de humilde, lo tenía de estratégico, dada su privilegiada situación: casi en primera línea de playa, a un par de minutos de la estación de autobuses y junto a un enorme supermercado.
 Enseguida me lancé a inspeccionar la zona. En sólo 3 minutos me planté en la playa de Corong Corong, que era tan bonita como poco práctica. Las aguas cristalinas, los cocoteros y la arena blanca prometían mucho, pero su escaso calado la hacía impracticable para el baño.
 Buscando emociones más fuertes enfilé mis pasos hacia el pueblo de El Nido, que distaba alrededor de 1 km de mi alojamiento. Numerosos triciclos se prestaron a llevarme por 50 pesos, pero evidentemente preferí hacerlo andando por una transitada carretera.
 El pueblo es bastante pequeño, pero presenta mucha animación. Está atestado de alojamientos, restaurantes, baretos y tiendas. La playa mejoraba un poco la de Corong Corong, pero tampoco era para echar cohetes.
Atardecer en Corong Corong

 La hora del ocaso se acercaba, y calculé que en la primera playa, por su orientación, podría haber una puesta de sol competente. Así que volví a ella en desigual carrera contra el Astro Rey que, sin embargo, conseguí ganar.  Pude llegar a tiempo para ver un atardecer de auténtica enjundia.
 Todas estas emociones y caminatas me habían abierto el apetito. El albergue carecía de cocina, lo cual me obligaba a cenar fuera. En un país tan asequible, eso no es ningún problema. Así que hice una inspección por la zona buscando un equilibrio entre la exagerada humildad de unos establecimientos con la previsible clavada que esperaba en otros.
 Y lo que encontré, no sólo cumplía esos requisitos, sino que ofrecía una experiencia culinaria inesperada y novedosa: carne de cocodrilo. La curiosidad venció a la prevención y me senté a cenar. 

Alta cocina palawanesa

 Me sacaron una cazuela con carne picada especiada un poco picante.  Por su aspecto, podría haber pasado fácilmente por ternera. La verdad es que me gustó bastante. Y además, según decía un letrero en el restaurante, es una carne de lo más sana.
  Sin duda es mucho más sano comer cocodrilo que ser comido por uno. Allí les doy la razón.
 Al volver al albergue me encontré con un barcelonés al que le comenté mi nuevo hallazgo gastronómico, que despertó su interés. Tanto que se animó a catarlo. Le acompañé y aproveché  que no le entusiasmó tanto como a mí para rematar su ración, que había quedado a medias. Ya sé que hacer eso no es precisamente el colmo del protocolo. Pero, ¿quién sabe cuándo podría volver a tener la oportunidad de comer cocodrilo?
 Para el día siguiente había reservado un tour por el archipiélago de Bacuit. Hay 4 tipos distintos (A,B,C y D). No me maté mucho la cabeza y elegí el más recomendado. Estando en un lugar tan turístico, ya no colaba dármelas de alternativo.
  Junto con otro compañero alberguista fuimos recogidos a primera hora de la mañana por un triciclo que nos llevó al pueblo de El Nido, ya que desde allí partía la excursión. 
 Casi me emociono cuando el guía nos contaba diciendo para sí :"dose,trese,catorse,quinse...". Los números son uno de los muchos aportes que el español legó a las lenguas locales.
 Nos acomodamos en un típico barco filipino y empezamos a navegar por las bonitas aguas de la bahía.
Típico barco filipino
 Se supone que nuestra primera parada era una playa llamada "Siete Comandos", que por lo que se comenta, es la bomba. Pero en una decisión totalmente unilateral, el patrón del barco decidió que nos la saltábamos porque a esa hora "había demasiados turistas".

 Parece que tan endeble excusa no se aplicó de allí en adelante, puesto que nuestra ruta fue todo menos solitaria.
Pronto hice migas con un uruguayo al que sus rasgos centroeuropeos me hicieron confundir al principio con un alemán cualquiera.  Curiosamente, mi compañero de albergue sí que era alemán, pero su piel morena, sugería un origen más "americano". No hay que fiarse de las apariencias.
 Nuestra primera escala fue en otra playa "solitaria"  (otros 5 ó 6 barcos habían tenido la misma idea) donde hicimos un poco de buceo. No se veían grandes maravillas, pero estuvo bien.
 Luego llegó el turno del "Secret Lagoon" (Laguna Secreta), que dio lugar a muchas coñas, habida cuenta de nos la encontramos en hora punta. El desembarco en la isla de Miniloc fue un poco complicado debido al fondo rocoso por el que tuvimos que acceder. Afortunadamente había alquilado unas sandalias de goma que evitaron que mis pies sufrieran más de la cuenta.
Si algún día me pierdo, búsquenme por aquí

 Dejando aparte las rocas y las hordas turísticas, el enclave era totalmente privilegiado. Lo que uno espera cuando le hablan de islas paradisiacas.
 La gracia de la visita consistía en meterse por un pasadizo que daba acceso a una pequeña laguna, rodeada por una pared rocosa. Le quitaba mucho encanto al asunto el tener que esperar un buen rato en una más que concurrida cola que avanzaba muy lentamente.
 Nada mejor que superar esa pequeña decepción con una buena comida. Nos fuimos con el barco a un lugar más discreto y mientras echamos un buceo por las inmediaciones, nos prepararon un banquete de enjundia. Me esperaba algo "de batalla" para salir del paso, pero la comida fue de lo mejorcito que pude probar en todo mi periplo filipino.
Solo nos faltó cocodrilo

 Y no pudo haber mejor postre para tan suculento ágape que la visita más interesante del todo el recorrido. Se trataba del "Big Lagoon" (Laguna Grande) que consistía en una especie de laguna marina a la que se accedía por un estrecho brazo de mar. Para ello había que alquilar un kayak que compartí con mi compañero uruguayo. Nuestra poca pericia piragüista hizo que nos costara llevar un rumbo mínimamente recto. Pero en cuanto nos conseguimos sincronizar, empezamos a disfrutar de la experiencia de navegar plácidamente por un entorno tan privilegiado.
 Ya de vuelta a El Nido nuestro patrón decidió meterle caña a su bajel, lo que sumado a que el mar estaba un poco picado, hizo que acabáramos totalmente empapados. Afortunadamente, me había agenciado antes del tour una bolsa impermeable, que evitó males mayores en mis aparatos electrónicos.
Fin de trayecto

 A pesar de la turistada y de habernos escamoteado la primera playa, la visita por las Islas Bicuit había merecido la pena. Me hubiera gustado hacer alguno de los otros tours, pero al día siguiente iba a abandonar la isla de Palawan y lo dejaré para mejor ocasión.
 Lo suyo hubiera sido una salida nocturna por el Nido, que se empezaba a animar a la caída de la noche. Pero no andaba yo sobrado de energías y me retiré pronto a mi congestionado pero entrañable albergue. 
 Tras haber visto una parte de las maravillas que contiene este rincón de la isla de Palawan, me preguntaba qué prisa tenía en abandonarla.  Apenas había pasado un día y medio en ella.  
 Esta es la parte negativa de mis viajes relámpago. En cuento me encariño con un lugar, es hora de abandonarlo.
 Pero por otro lado, la perspectiva de conocer nuevos lugares, compensaba con creces la melancolía.
 Otros rincones de las Filipinas esperaban mi visita.

domingo, 24 de marzo de 2019

TAYTAY: LA ATRACCIÓN TURÍSTICA FUI YO

 Cuando me vino a buscar una furgoneta al albergue, me las prometía muy felices al ver que era el único pasajero. Ya estaba haciéndome cábalas sobre la ausencia de rentabilidad del viaje, hasta que el conductor me dejó en un apeadero de Puerto Princesa y me dijo que esperara.
 Como era de prever, al rato me tocó acomodarme en un furgón bastante más optimizado y con menos espacio vital por cabeza.
 Mi destino no era otro que Taytay, la antigua capital de la isla de la Paragua, que así se llamaba Palawan durante el periodo español.
 El viaje duraba más de 3 horas, pero se hacía bastante ameno, sobre todo por lo pintoresco de los paisajes, que alternaban las zonas costeras con los arrozales del interior, todo ello con una vegetación exhuberante.
 No faltó una parada en una humilde área de servicio donde nos dieron tiempo para comer. El clásico sistema de pasar con la bandeja y elegir los platos a la vista se complicaba ante la ausencia de carteles. Pregunté a la camarera por algunos: descarté los hígados de pollo y la caldereta para decantarme por una ternera que no aparentaba contener casquería. Eso sí, estaba tan dura que la dejé por imposible. Por lo menos el arroz que allí acompaña casi cualquier cosa me hizo matar el gusanillo. Definitivamente, las Filipinas no son el destino gastronómico por excelencia.
 Un rato después, nos aproximamos a un núcleo urbano y me pareció ver un cartel que indicaba Taytay.  El conductor del furgón prosiguió su camino sin inmutarse mientras yo empezaba a inquietarme.  Enchufé el GPS de mi móvil y cuando tuvo a bien situarse en el mapa, habíamos dejado muy atrás la ciudad a la que me dirigía. Le eché un grito al conductor que no se dio por enterado y le expliqué mi situación a otros viajeros que enseguida le explicaron la situación al chófer.
 Éste detuvo inmediatamente el vehículo al margen de la carretera y me sacó la maleta del vehículo. Se disculpó y me dijo que nadie le había dicho que tenía que parar en Taytay.  Eso sí, creo que ni se le pasó por la cabeza volver para dejarme. Vio una furgoneta en lontananza circulando en sentido contrario y me dijo que la parara.
 Sin tiempo para pensar que se había librado de mí de mala manera, hice un ademán al conductor de la nueva furgoneta, que se detuvo. Donde caben 15, caben 16, así que no hubo mucho problema en que me embutiera en el ya atestado vehículo, que me dejó sin gran problema en el cruce de Taytay por una módica cantidad.

 Desde el cruce aún tuve que tomar un triciclo que me dejó en mi destino. Por una vez, y contrariamente a mis usos y costumbres, fui indulgente conmigo mismo, y reservé un alojamiento de campanillas. El coqueto establecimiento estaba formado por un conjunto de casitas de madera  en un entorno ajardinado, que contaban con par de camas, baño y porche.
Toda una casa para mí solo

 Apenas dejé el maletón en mi flamante chalet me dirigí a la Real Fuerza y Presidio de Santa Isabel, imponente fortaleza en piedra erigida unos siglos atrás por nuestros aguerridos compatriotas para defender la ciudad de los piratas moros que frecuentaban la zona.
 Para acceder a su interior, me cobraron 50 pesos, tasa de la que estaban exentos los habitantes locales. Estuve a punto de protestar, ya que como español, podía argumentar que fueron mis paisanos quienes la construyeron, por lo que tenía tanto derecho como los locales para acceder libremente. En aras de evitar un conflicto diplomático aboné la entrada y entré.
Fortaleza de Santa Isabel
 Eso sí, los 50 pesos fueron una buena inversión.La fortaleza está muy bien conservada y las vistas sobre la bahía son muy destacables. Me llamó la atención que en el centro de la explanada que coronaba el recinto se erigiera una iglesia. 
 Haciendo bueno el popular refrán, "A Dios rogando y con el cañón amenazando", no faltaban algunas culebrinas y otras piezas de artillería apuntando al mar para recordarnos que las aguas que bordean la fortaleza habían sido menos apacibles en otros tiempos.
 Aparte de la ya visitada construcción militar, y una antigua iglesia, Taytay no tiene mucho más que ofrecer al turista, además de tranquilidad y sosiego. A estas alturas de viaje, y tras el ajetreo de Manila, eso es precisamente lo que necesitaba.
 Mi paseo por las poco pintorescas calles Taytayteñas me proporcionó una experiencia hasta ahora desconocida para mí en mis viajes. Se me acercaban muchos niños a saludarme. Al principio pensaba que me vendrían a pedir dinero o algo. Pero lo hacían simplemente por curiosidad. Les debía llamar la atención encontrarse con extranjeros, que no se dejan ver mucho por un lugar tan alejado de los circuitos turísticos habituales.
Paseando por Taytay

  En el albergue pregunté por el ambiente nocturno de la ciudad y me dijeron que, aparte de algún karaoke, poco más había. Así que aproveché la noche para hacer alguna reserva de vuelo y alojamiento para días posteriores y me retiré a mis aposentos para descansar. Mi próximo destino prometía ser mucho más movido.

miércoles, 13 de marzo de 2019

PUERTO PRINCESA

 A falta de un transporte público conveniente, me tocó tirar de taxi para ir al aeropuerto de Manila. No está muy alejado del centro, pero los sempiternos atascos manileños hacen que haya que dejar un margen grande de tiempo para evitar disgustos.
 Aunque para disgustos, el que me  llevé cuando me cobraron más de 20 € por facturarme la maleta en el aeropuerto. Lo cual es una barbaridad, teniendo en cuenta que el vuelo apenas superaba los 60 €.
 En poco más de una hora, puse el pie en el coqueto aeropuerto de Puerto Princesa, la capital de la pintoresca isla de Palawan. 
 Desde el albergue que había reservado, me habían escrito un correo donde recomendaban tomar un triciclo (un sidecar muy empleado en el país) que no debería costarme más de 100 pesos. Éste fue el montante que me solicitó el primer conductor al que pregunté, lo cual me evitó el latoso proceso de regateo.
 Las calles de Puerto Princesa presentaban el bullicio habitual de las urbes filipinas, pero viniendo de Manila, me parecieron de lo más plácido.
Colorido isleño

 En poco más de 10 minutos llegué al albergue, donde a falta de huéspedes, me recibió un abundante cortejo de gatos y perros.
Pronto apareció el anfitrión que, aparte de mostrarme su hospitalidad, me ofreció un par de excursiones para el día siguiente: una a un río subterráneo y otra a las islas de una bahía cercana. No sonaban mal, sobre todo la última, pero antes tenía que estudiar la situación con la inteligencia que me caracteriza dentro y fuera de la cancha.
 Mi principal objetivo en la ciudad era visitar una fortaleza española, que tenía entendido que estaba por la zona. Pronto me enteré de que esa construcción no estaba allí, sino en Taytay, una ciudad bastante al norte. Esto es lo que pasa cuando se improvisa.
De AxeEffect - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=18361323

 Salí a inspecionar la ciudad y aparte de una iglesia bastante competente y un paseo marítimo muy tranquilo, no vi gran cosa destacable.
 ¿Quién iba a pensar que una ciudad con un nombre tan sugerente como Puerto Princesa, situada en una isla paradisiaca iba a ser tan poco atractiva? ¿Nadie me podía haber avisado de eso antes de haber reservado dos noches?
 Mientras daba un garbeo por los incontables comercios (de eso no le faltaba) de la ciudad, me planteaba la estrategia a seguir.
 Aunando niunclavelismo, gastronomía local y una cierta salubridad, cené en un Jolybee, cadena filipina de restaurantes de comida rápida bastante competente.
 De vuelta al albergue, ya de noche, me costó orientarme por las escasamente iluminadas calles en forma de cuadrícula.
 Mientras consultaba el mapa del móvil para ver dónde andaba, se combinó el bocinazo de un triciclo con la irregularidad del terreno para que, en un momento de despiste, perdiera el equilibrio y cambiase abruptamente mi posición vertical por la horizontal.
 Un golpe en el hombro y unas laceraciones en las rodillas fueron las limitadas consecuencias de tan aparatoso incidente.
  Mi móvil de escaso coste demostró su rusticidad al no sufrir ni un rasguño, a pesar de haber salido despedido. Yo tuve, en cambio, que adquirir algodón y desinfectante en una farmacia cercana.
 Por suerte no estaba lejos del albergue donde pude lamerme las heridas. 
 Para acabar de rematar la jugada, se me despegó el enésimo apaño que llevan mis legendarias e inmortales gafas, quedando suelto un cristal.
 Viendo que no era mi noche, decidí prescindir de la prevista expedición nocturna por la ciudad y fui a charlar un rato con el anfitrión del albergue. Antes de nada, le comenté que sólo iba a estar una noche aunque había reservado dos y que no iba a hacer ninguna de las excursiones que me había propuesto.
  No se lo tomó nada mal. Además me dijo que como ya lo había pagado por internet no me podía devolver la noche de más (yo contaba con ello), pero que me podría quedar otro día sin coste a la vuelta de mi periplo isleño si lo solicitaba.
Humilde pero acogedor

 A pesar de las heridas de guerra dormí bastante bien esa noche. Y a ello ayudó que fuera el único huésped del albergue. Un poco triste, pero bueno para el descanso nocturno.
 A la mañana siguiente sólo me faltó un bastón y un lazarillo mientras andaba por las borrosas calles de Puerto Princesa en busca de una ferretería. En ella pude comprar pegamento para reparar mis maltrechas a la par que indispensables gafas. 
 La isla de Palawan aún tenía mucho que ofrecerme y yo quería verlo claro.