viernes, 31 de enero de 2025

GOLFEANDO POR BANGKOK

 Astuciosamente, había reservado mi albergue junto a una parada de metro (Sam Yoit). Este detalle, importante en cualquier ciudad, es capital en una megalópolis como Bangkok, un lugar muy poco amable para el peatón. Así que, una vez que me situé espacialmente al salir de la estación, un breve paseo de apenas 3 minutos me dejó en mi destino.

 La idea que llevaba in mente de encontrarme con un lugar cutre y lleno de insectos se desmoronó cuando descubrí que había reservado un albergue moderno, limpio y con instalaciones dignas de un buen hotel. La cama era grande y contaba con una cortina que conseguía crear una cierta sensación de intimidad, a pesar de compartir cuarto con varias personas.

Calles bulliciosas 
                    

 Dicen que los malos tragos es mejor pasarlos cuanto antes. Así que no perdí mucho tiempo tomando posesión de mi nueva morada y salí a explorar los barrios rojos de Bangkok. Estaban bastante alejados de mi ubicación, por lo que tomé de nuevo el metro hasta la estación de Sukhumvit. A la salida, más me costó orientarme que llegar a mi destino, que no era otro que la calle Soi Cowboy. Era más bien corta, pero se me hizo muy larga (ojo al doble sentido). Se trata de una travesía rica en deslumbrantes luces de neón y alta en decibelios que provienen de numerosos bares de gogós. Pueblan la calle un gran número de señoritas muy ligeras de ropa que intentan seducir a los potenciales clientes para que entren a sus locales.  Ciertamente, creo que el cuerpo femenino es digno de admirar, pero tantos de golpe y con tanto  estímulo auditivo y lumínico  me saturaron rápido. Así que, con paso firme y evitando mirar directamente a las empleadas, conseguí llegar de una pieza al final de la calle.  No ha quedado en mi memoria de este evento ninguna de las estridentes melodías que salían de las puertas de los baretos. Muy a juego con el nombre de la calle, esta visita me ha hecho recordar la melodía de una de las series de dibujos animados que veía en mi infancia (Lucky Luke). En su sintonía de cierre decía: "Soy un cowboy solitario, siempre lejos de su hogar...cabalgando sin cesar...".

 Mi siguiente hito era una zona un poco más amplia llamada Nana Plaza. No estaba muy lejos, por lo que me di un paseo siguiendo una muy concurrida avenida. Sin llegar a la densidad de Soi Cowboy, no faltaban en esta travesía mujeres de muy bien ver interesadas en hacer negocios carnales. Hice un alto en el camino y me senté a comer un tentempié cuando una jovencita muy discreta me miró sonriente. Viendo que su aspecto distaba mucho de la señoritas de la zona, y revelando mi ingenuidad, le di un poco de conversación hasta que me ofreció "pum-pum". Cortésmente decliné su oferta y seguí mi camino.

 Enseguida llegué a Nana Plaza. Se trata de una galería comercial de 3 pisos que dan a una pequeña plaza. En ella se concentran decenas de bares con las mismas características que los referidos en la calle Soi Cowbow. Se le conoce como "el patio de recreo para adultos más grande del mundo". Aun sabiendo que no era un lugar de mi agrado, no pude evitar recorrerme las tres plantas. Eso sí, manteniendo mi estrategia de paso firme y mirada al frente, que fue suficiente para pasar sin pena ni gloria por el lugar.

Mi noche loca por los tugurios bangkokenses ya no podía dar más de sí. Con un grado más de golfería quizá hasta me hubiese divertido, pero no es el caso. Ya no había metro a esas horas, por lo que podía coger un taxi (lo más lógico) o volver andando (lo más barato). Como era de esperar dada mi trayectoria, se impuso la segunda opción. Nada mejor que una caminata de un par de horas para tomarle el pulso a una ciudad. La impresión que me quedó en esta primera toma de contacto es que Bangkok no es una ciudad armónica desde el punto de vista arquitectónico (hablando en plata, es fea de cojones), que a cualquier hora del día y de la noche hay movimiento humano y que los pasos de cebra están de adorno. También, y por fortuna, se trata de un lugar seguro. Ya fuera por calles atestadas de gente como por zonas solitarias, en ningún momento vi amenazada mi integridad. Sí lo fue, sin embargo, puesta en entredicho mi libertad sexual. Andaba cerca de mi hostel, cuando una mujer ya talludita y poco agraciada me abordó abruptamente y me agarró del brazo intentando arrastrarme a los pecados de la carne. Con esas formas, ni aun siendo Miss Tailandia (nada más lejos), me hubiera puesto en situación.

 La caminata y los acontecimientos vividos me habían abierto el apetito. Aún no me fiaba de los puestos callejeros, por lo que elegí un Burger King para mi primera cena en el país. Intenté buscar el toque local eligiendo un plato de arroz con pollo rebozado que me reveló la tendencia que iba a marcar mis experiencias culinarias tailandesas: precios más que competitivos y abuso del picante.

 Alta cocina tailandesa
                                           

 Sin más incidentes que reseñar, llegué al albergue. La cama era cómoda y estaba cansado del vuelo, las pateadas y las emociones vividas. Además, mi habitación estaba huérfana de motosierras.  En esas condiciones Morfeo no debería haberse hecho esperar mucho. Pero el jet lag (6 horas de diferencia tienen la culpa) hizo que hasta pasadas las 3 de la madrugada no consiguiera pegar ojo. 

 La primera impresión que me había brindado Bangkok no había sido muy positiva. Una ciudad bulliciosa, caótica, con un tráfico infernal, aceras estrechas (en el caso de que las hubiere), ruidosa e impregnada de olores muy fuertes y poco agradables. Mientras daba vueltas en la cama me preguntaba si las tres jornadas que había programado pasar en la capital iban a ser demasiadas.

martes, 28 de enero de 2025

RUMBO A SIAM

 La vida del funcionario es cómoda pero, en general, poco emocionante. Esa es una de las razones de mi largo periodo sin publicar en el blog. Espero que me disculpen mis estimados lectores, a los que les prometo un buen ramillete de entradas con bastante miga en las próximas semanas.

 Durante 2024 apenas me tomé días libres. Eso ha hecho que, para evitar perder días de vacaciones, me viera obligado a tomarme libre casi todo el mes de enero. Haciendo de la necesidad una virtud, aproveché ese periodo tan poco asociado en nuestras latitudes con las vacaciones para viajar a tierras con climas más cálidos que los que nos ofrece nuestro invierno.

 Tras estudiar las diversas opciones y comparar precios, decidí que mi destino iba a ser Tailandia. Lo malo es que apenas tenía referencias de los lugares a visitar. Le pregunté a mi jefe, que había estado el año anterior y me dio un esquema básico: Bangkok, la zona de Chiang Mai, al norte (montaña) y las islas al sur. Suficiente para ir tirando.

 Los días previos consulté todo tipo de guías y foros para ir haciéndome una ruta, pero tanta información me abrumaba. Así que me limité a reservar mis 3 primeras noches en Bangkok y ya iría montando el viaje sobre la marcha.

 Había que apurar las fechas para maximizar mi estancia, evitando los días más críticos. Así que contraté un vuelo que salía el día 1 de enero desde Madrid. Eso hacía que no pudiera pasar la nochevieja con la familia en Huesca. Tampoco me apetecía ir a un cotillón ni tenía plan para ello, por lo que me iba a tocar afrontarla en solitario. Pero como dijo el popular marinero Chanquete, uno nunca está solo del todo. Así que esa tarde me junté con mis compañeros de carreras por el Retiro y aparte de despedir el año trotando, que está muy bien, hicimos un humilde e improvisado brindis de fin de año comprando bebidas en un bazar oriental. Para mí esto fue mucho mejor que pasar la noche en un garito bebiendo y gastando sin freno. 

Brindis con mis panas de Retiro Running

 Por poco dinero me monté una cena de campanillas y disfruté de un maratón de documentales de Queen que echaban por televisión. Me acosté pronto para reservar fuerzas ante el largo vuelo que me esperaba.

 A fe que me iban a hacer falta esas fuerzas. Al hacer la facturación del vuelo me indicaron que iba con retraso. Y no pequeño. Nada menos que 7 horas. Dado que mi casa está bastante cerca del aeropuerto, barajé la idea de ir a echarme una siesta y volver más tarde. Pero me advirtieron de que existía la posibilidad de que se buscase una solución alternativa y ese retraso se redujese. Por ello me recomendaron que me quedara en el aeropuerto. Además me ofrecían una comida durante el tiempo de espera. Pensando que las posibilidades de que perdiera el vuelo si me volvía a casa eran pocas, pero el resultado hubiera sido catastrófico, me quedé esperando. La comida, consistente en un pollo (o algo parecido) rebozado con patatas ya frías y una ensalada de batalla, en poco o casi nada contribuyó a paliar las molestias de la espera.

Casi mejor pasar hambre

 Las 7 horas se acabaron convirtiendo en 8. Y más que la tediosa espera en el aeropuerto, me preocupaba si íbamos a llegar a tiempo de tomar el enlace a mi segundo vuelo en Amán.

 En todo caso, una vez montado en el avión, poco podía hacer. Esta primera parte de mi periplo transcurrió en un avión un tanto cutre. Los asientos no tenían pantalla de entretenimiento y mi bandeja no estaba bien sujeta por lo que se caía continuamente. Yo me esperaba algo más lujoso de una compañía llamada Royal Jordanian, además de un poco más de puntualidad.

 Mis peripecias en el aeropuerto de Amán, tampoco ayudaron a mejorar mi impresión del país mediooriental. Nada más llegar, vi que el vuelo a Bangkok aún no había salido, por lo que, cual si fuera un aeroplano de Royal Jordanian, volé sobre los pasillos del aeropuerto para llegar a tiempo. Pero no iba a ser tan fácil. Al doblar una esquina me esperaba un control de equipajes. ¿Para qué? Si ya llegaba de un vuelo...  No contentos con detener mi avance, me revisaron la mochila, con la espera correspondiente. Luego le pregunté a un empleado por dónde tenía que seguir para coger el vuelo y al enseñarle el billete, vio la hora de embarque y me dijo que ya había salido. Estaba en Babia el hombre, así que seguí a otro pasajero más despierto y conseguí llegar a la puerta de embarque, donde acababa de comenzar la entrada al avión. A falta de explicaciones oficiales, no sé realmente qué pasó. Si el vuelo esperó a los enlaces o también se retrasó por razones endógenas. En todo caso, iba a poder llegar a Bangkok, lo haría a una hora razonable y además me evitaba la escala de 3 horas en el aeropuerto. No salí tan mal parado.

 Esta segunda parte del vuelo era más larga, pero el avión era más competente. No se me caía la bandeja y en la pantalla de entretenimiento pude ver algún telefilme. La comida estaba bastante bien, así que, aunque el viaje fue un tanto accidentado, no se puede decir que se me hiciera muy pesado.

 Se acercaba la hora de llegada y mi inquietud aumentaba. ¿Sería capaz de llegar en metro a mi alojamiento? ¿Conseguiría agenciarme con éxito una tarjeta SIM local con datos? Similares inquietudes rondaban a mis compañeros de asiento, una pareja menorquina con la que no tardé en hacer buenas migas. Decidimos afrontar en equipo nuestros primeros pasos tras el aterrizaje. Cuando uno llega a un país extranjero (y Tailandia es muy extranjero respecto a España) siente una sensación de orfandad. En este caso fue sustituida por otra de hermandad. No tardamos en encontrar un puesto donde una eficaz a la par que encantadora empleada nos instaló en un santiamén las tarjetas de teléfono tailandesas a pesar de que sus largas uñas de fantasía no eran las más indicadas para un trabajo tan minucioso. Tampoco supuso mucho problema comprar los vales de metro en las máquinas y dirigirnos a nuestro destino. Compartimos un tramo en el tren y nos despedimos. Me enfrenté a partir de allí en solitario a una travesía por el antiguo Reino de Siam que no me iba a dejar indiferente, y espero que a ustedes, mis queridos lectores, tampoco.

viernes, 8 de marzo de 2024

BOGOTÁ: UN POSTRE UN TANTO INDIGESTO

  De buena mañana abandoné Armenia en autobús, rumbo a Bogotá. Como parece haber quedado claro tras mi últimas entradas, la capital del Quindío no es la ciudad más recomendable del mundo. Aun así, hubo gente de Armenia que me previno, mostrándome un panorama mucho peor respecto a la ciudad de Bogotá. Mi avión salía de allí y ya tenía la reserva del albergue hecha, así que seguí mi plan previsto sin alteraciones.

 Los bonitos paisajes y las pocas ganas que tenía por llegar a mi destino, hicieron que el largo trayecto en autocar no se me hiciera muy pesado. No perdí mi oportunidad para seguir haciendo probatinas gastronómicas en una humilde área de servicio. Probé el tamal (una masa de carne envuelta en hoja de plátano) y una bebida llamada masato, de sabor ligeramente ácido. ¿Cuál es el peor trato que puede darle el personal a un cliente en un bar? Escupirle en la bebida. Eso pensaba que me habían hecho cuando me informé de que al elaborar la receta tradicional del masato, la persona que lo prepara utiliza su propia saliva para ayudar en la fermentación. 

 Los efectos que semejante mejunje estaban obrando en mi organismo me preocupaban bastante poco comparado con el temor que me inspiraba la megaurbe que conforma la capital de Colombia. Conforme nos internábamos por sus atestadas y amenazadoras (al menos para mí) avenidas, aumentaba mi inquietud.

 Una vez en la estación, me empecé a relajar un poco comprobando que nadie me venía a asaltar y la gente andaba tan confiada por los pasillos. En previsión de posibles incidentes, o aún peor, una clavada de enjundia, reservé un taxi a través de una popular aplicación. Al rato, el conductor me llamó y me comentó que para entrar en la estación tenía que dar un rodeo muy largo. Me pidió que saliera a una avenida a encontrarme con él. No es el recibimiento más plácido para un turista atemorizado, pero por fortuna pude localizar el vehículo sin muchos problemas. 

La Candelaria: calles con encanto añejo

 Mi albergue estaba situado en la zona de la Candelaria, que fue el núcleo a partir del que se originó la ciudad. Abundan en ella los monumentos, iglesias, y elementos arquitectónicos destacados. Su particular estilo recuerda mucho al de las zonas antiguas que puede haber en algunas localidades de Castilla La Vieja o Extremadura, aunque con más colorido.

 En consonancia con su entorno, mi alojamiento tenía un encanto especial. Estaba situado en una casa solariega reformada y contaba incluso con chimenea. Se trataba de un remanso de paz en la ciudad más bulliciosa de un país no precisamente tranquilo como Colombia.

Un oasis de paz, en un desierto de agitación

 Era viernes por la noche, y la Candelaria, si en algo destaca, es por su animación nocturna. Así que me confundí entre la juventud, como si fuese uno de ellos y salí a dar un voltio por la zona. Mi inspección me sirvió tanto para valorar el encanto arquitectónico de la zona como para comprobar que, sin llegar al nivel de Armenia, Bogotá cuenta con un número significativo de vagabundos pedigüeños. Menos mal que ya tenía el callo hecho y pude retirarme a descansar sin incidentes que merezca la pena nombrar.

 Al día siguiente tenía planeada una excursión a Monserrate,  un  imponente cerro que constituye un más que necesario pulmón verde para la harto congestionada ciudad de Bogotá. Se puede acceder a la cumbre utilizando un teleférico o caminando por una senda. Huelga decir cual fue la opción que elegí, aunque por razones de fuerza mayor, tuve que decantarme por la primera. 

A correr se ha dicho

 Cuando llegué a las faldas de la montaña, observé un gentío y un bullicio inesperados. Se trataba de una carrera de montaña que partía de allí y concluía en la cima. Como consecuencia de ello, los accesos a pie al cerro estaban vetados durante toda la mañana para visitantes. Sin posibilidad de apuntarme a la carrera ni tomar el camino de subida, me vi obligado a utilizar el teleférico. 

 El día había salido bastante nublado, por lo que las vistas desde la cima de Monserrate, uno de los mayores atractivos de la visita, se veían comprometidos. Mientras el funicular iba ganando altura, las nubes se iban cerrando más. Así que cuando llegué a la cima, la densa niebla que la rodeaba impedía cualquier atisbo de vista panorámica. Sin mucho que hacer en el lugar, esperé a que llegaran los primeros atletas de la carrera y descendí de vuelta a la ciudad. 

No lo vi nada claro

 Esperando tener más suerte que en mi visita a Monserrate, me dirigí a una céntrica plaza donde comenzaba el "Free Tour", que nunca puede faltar en mis viajes. El paseo por las zonas más emblemáticas del centro de la capital fue más que interesante. Aunque se pasó de puntillas por el periodo virreinal, que era el que más curiosidad me despertaba. Al llegar a una plaza nos encontramos una peana huérfana de estatua que sustentar. Se nos explicó que recientemente se había vandalizado la figura de Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de la ciudad. Más allá de la discusión sobre lo que nuestros antepasados hicieron en tierras americanas, es evidente que fundar una ciudad, y más una tan importante como Bogotá, es un hecho destacable y positivo. Aunque los que en su día deshonraron su figura hablaron de él como "más grande masacrador, torturador ladrón y violador". Estos personajes cuyo único mérito es la difamación y el vandalismo urbano y que para mayor INRI ni siquiera son bogotanos, no le llegan ni a la suela de los zapatos a don Gonzalo. Y a las obras me remito.

 En un intento de restablecer la figura del fundador de la ciudad, y por extensión de los conquistadores españoles, había conseguido agenciar dos citas para esa tarde-noche. Debería haber aprendido de mi no del todo exitosa experiencia en Cartagena. Pero a veces, el sentido del honor exige sacrificios que hay que asumir.

 Por si no me estuviera complicando suficientemente la existencia, se me antojó visitar la Zona Rosada, una de las áreas más acomodadas de la ciudad, que cuenta con gran número de bares, clubes y restaurantes. Para ello tenía que tomar el Transmilenio. Se trata de un intento, no del todo exitoso, de descongestionar el pesado tráfico que soporta la capital. Las líneas de autobús que la componen cuentan con carriles exclusivos, lo cual limita bastante el tiempo de unos trayectos que, en condiciones normales serían mucho más lentos. Ciertamente es un alivio, y funciona razonablemente bien. Pero lo que pide a gritos una ciudad como Bogotá es un metro en condiciones. 

 El trayecto era amenizado por todo tipo de personajes (en su mayoría venezolanos) que tanto podían cantar un rap, venderte cualquier cosa o contarte su lacrimógena historia para ganarse unos pesos. No había descanso. En cuanto uno de ellos se bajaba del autobús, otro entraba presto a ocupar su lugar y en ocasiones hasta se solapaban.

 Con más pena que gloria pasó mi visita por la Zona Rosada. A esas horas de la tarde apenas había actividad, y no vi nada que me llamara la atención especialmente. Por lo visto, lo más destacable del lugar es su vida nocturna. Yo iba a tener bastante movida esa tarde-noche, pero no en ese lugar.

 El día se me empezó a complicar cuando mi primera cita me propuso quedar en un centro comercial al que, según ella, era muy fácil acceder a utilizando el Transmilenio. Aunque a la sazón yo estaba viviendo en Madrid, mi pasado oscense se dejó notar cuando en un momento me di cuenta de estaba montado en un autobús que no sabía a donde iba y no tenía ni idea de dónde estaba. Dando más lástima que otra cosa, conseguí que mi cita accediera a acercarse a la Candelaria, que era donde tenía mi alojamiento y me podía orientar mínimamente. Ahora el problema era volver allí. El autobús seguía su trayecto impertérrito mientras yo empezaba a desesperarme. Una amable pasajera detectó mi agobio y se ofreció a ayudarme.  Me explicó donde debía bajarme y qué línea debía tomar para llegar a mi destino. Menos mal, porque a saber dónde podía haber acabado. Aun así, a pesar de las indicaciones, tampoco tenía muy clara la estación donde debía apearme tras cambiar de línea. Se me apoderó la impaciencia y me bajé antes de tiempo. Por suerte contaba con una ayuda. La calles bogotanas se sitúan en forma de damero de norte a sur, en una disposición paralela a la sierra. Gracias a ello pude orientarme y, por lo menos, saber la dirección en la que me tenía que mover para acabar llegando al centro. El problema es que me encontraba en una zona un tanto áspera, en una avenida de cuatro carriles que acababa pasando debajo de un viaducto. No parecía la zona más segura de Bogotá, así que empecé a caminar con paso firme intentando no mostrar mis inseguridades. No fue un paseo plácido pero, afortunadamente, al rato encontré una calle que me conducía a la plaza Bolívar, donde había estado esa misma mañana en el tour. Allí nos había advertido la guía de dos lugares que era mejor evitar. El primero era el barrio de Egipto, situado en la falda de la montaña. El segundo era la zona que estaba recorriendo en ese momento. 

Plaza Bolívar:¡Salvado!

 Con la tensión en el cuerpo aún presente, me encontré con mi cita. Afortunadamente, su carácter cálido y amistoso hizo que mi presión arterial volviera pronto a sus valores habituales. Me contó que era la primera vez que hablaba con un español en persona, y parecía que le hacía ilusión. Es curioso comprobar como lo que para unas personas es rutina, para otras es exotismo. La cita fue muy agradable, pero mi compañera se tenía que retirar a una hora decente. Yo, que no lo soy tanto, aproveché para cuadrar la segunda cita. Otra compatriota suya, con más ánimo festivo ocupó su lugar. Era sábado noche y la zona estaba muy animada. Nos tomamos un par de chichas (bebida alcohólica típica de la ciudad) que parecieron espolear a mi amiga, a la que se le apoderaba el baile. No era mi caso. Al día siguiente me esperaba un madrugón de enjundia y se me estaba acabando el efectivo. Viendo que mi compañera me había otorgado la prerrogativa de abonar las consumiciones en exclusiva, que me tocaba sacar dinero en un cajero (con el consiguiente riesgo y la comisión asociada) y que en el rato que llevábamos mi corazón no había caído aún rendido a sus encantos, decidí que lo mejor sería concluir la cita. No se lo tomó muy bien. Pero no siempre se puede agradar a todo el mundo. Esa noche lo había conseguido con una de dos. Tampoco es mal porcentaje.

 Gracias a mi espantada, pude dormir un poco esa noche. Pero todavía de madrugada tomé un taxi rumbo al aeropuerto. Mis sudores y ajetreos del día anterior en el Transmilenio iba a ser pecata minuta con lo que me esperaba allí. 

 No me funcionaba el "checking-online" por lo que tuve que hacer cola para sacar mi tarjeta de embarque. Por suerte iba con tiempo de sobra. Pero sólo había dos mostradores abiertos, por lo que la cola avanzaba más lentamente de lo deseado y me demoré bastante. Solo me faltaba pasar a la zona de embarque y esperar tranquilamente mi vuelo. Pero me encontré con una cola kilométrica. Y no contenta con ser kilométrica, tampoco avanzaba. Mientras mi margen de maniobra menguaba inexorablemente, me preguntaba cómo iba a salir de esa, y sobre todo, cuánto dinero me iba a costar. Parece ser que el aeropuerto cuenta con un déficit de empleados de inmigración y ese día se estaban dejando notar sus efectos con toda su crudeza. Viendo cómo estaba el panorama, a alguien se le debió encender una bombilla y la cola empezó a moverse. No sé si metieron más personal o éste se relajó en su celo, pero el milagro se produjo. No se puede decir que llegara muy sobrado, pero conseguí entrar en mi avión a tiempo. Las 10 horas de vuelo fueron un agradable pasatiempo comparado con los percances que me habían ocurrido en las últimas horas.

 Y así concluyó mi viaje por tierras colombianas.  Lo que me llevó a ellas fue un retiro de calma e introspección. Aunque lo que mayormente me encontré fue una sucesión de acontecimientos en un entorno bullicioso y agitado. Todos los momentos de apuro que pasé en mi periplo, se dan por bien empleados por haber podido visitar una tierra con unos paisajes cuya belleza solo es comparable a la del corazón de sus gentes.

miércoles, 14 de febrero de 2024

ARMENIA: SOLO PARA LOS MUY CAFETEROS

    Filandia, como su nombre puede sugerir, me había dejado un poco frío la noche anterior. Quise darle una oportunidad a plena luz del día. Las casas de colores lucían un poco más, pero tampoco sufrí el "Síndrome de Stendhal". Me di un paseo hasta un mirador de las afueras y ya me gustó un poco más la cosa. Los verdes paisajes semimontañosos que rodeaban la localidad tenían su encanto. 

Paisajes filandeses

 Aprovechando que el albergue ofrecía café a los huéspedes, me tomé mi primer (y también único) "tinto" de mi viaje. No me pareció gran cosa. Pero mi opinión en este ramo no es muy válida, ya que no me gusta ni el sabor del café ni sus efectos excitantes. Más fiable fue la impresión de un compañero italiano al que tampoco pareció entusiasmarle. Por lo que me han contado, el mejor café que se produce en Colombia se destina a la exportación, por lo que el que se consume en el país suele ser "de batalla".

 Siguiendo con mi exploración acerca del popular cultivo tenía pensado visitar el Parque del Café, un establecimiento temático que me habían recomendado, y que estaba situado en la localidad de Montenegro. Para llegar a ella, debía volver a Armenia y tomar allí otro transporte. El turismo nominal me daba la oportunidad de estar en el mismo día en Filandia, Armenia y Montenegro, lo cual es un hito muy difícil de conseguir.

 En poco más de 45 minutos un pequeño autobús me dejó en la estación de transporte de Armenia. Aproveché la cercanía del albergue para cambiarme de ropa (el día anterior había salido con lo puesto) y, sin perder mucho tiempo, volví a la estación para tomar el microbús para Montenegro. El vehículo hacía una ruta por varios pueblos. A su paso por Montenegro hizo parada en un par de calles y siguió. Yo esperaba que se detuviera en una estación de autobuses, pero cuando me quise dar cuenta, ya estábamos fuera del casco urbano, camino de Quimbayá. Apenas entramos en esta localidad, me bajé del autobús. No era lo previsto, pero aproveché la situación para conocer otro lugar.

Quimbayá

 Siendo una localidad fundada a principios del siglo XX, no es Quimbayá un lugar con mucha historia. Pero quedará en mi memoria y en la de la gastronomía niunclavelista el estupendo almuerzo que me metí entre pecho y espalda por unos humildes 11000 pesos (poco más de dos euros al cambio).

 No tuve que esperar mucho hasta que mi transporte salió rumbo a Montenegro. Me bajé, esta vez sí, a tiempo y me puse a explorar la forma de llegar al Parque del Café. El lugar estaba a unos 6 kilómetros de la localidad y se accedía por una carretera con escaso arcén. Eso de morirse tan lejos de casa es un jaleo, así que busqué transporte por el pueblo sin mucho éxito. Hasta que en una calle de las afueras me encontré con una oficina que anunciaba la visita al parque. Lamentablemente, la amable empleada me comunicó que  ya había pasado la hora que habilitaba el último acceso. Tenía planeado abandonar la zona al día siguiente, por lo que mi visita al Parque del Café se dejó para mejor ocasión. Tampoco me causó ningún trauma, ya que he dejado claro que no soy ningún fan de la popular bebida. Más me preocupaba el hecho de que, siendo apenas las dos de la tarde, se me habían acabado los planes para el día. Eso me enfrentaba a mi destino. No podía seguir evitándolo. Me tocaba enfrentarme a la amenazadora e inquietante Armenia.

Montenegro

 Una vez en la ciudad, me planteé la posibilidad de quedarme en mi amplio y cómodo cuarto, libre de todo peligro. Pero mi ansia exploradora se me apoderó, así que, aprovechando que aún quedaban unas horas de luz natural, me dirigí al centro de Armenia. 

 Mis primeros pasos, por una estrecha acera en una calle de cuatro carriles con abundante tráfico, no invitaban al optimismo. Pero al rato empezó a mejorar la cosa y pude alcanzar un casco urbano más amable con el peatón. En cuanto alcancé la calle principal, repleta de comercios y con mucha gente paseando tranquilamente, se disolvieron mis temores. Armenia no era tan fiera como me la habían pintado y me estaba pareciendo un lugar bastante agradable. Eso sí, tampoco es que compita con Florencia o Viena en manifestaciones artísticas. No en vano, aparte de ser una ciudad bastante moderna, fue devastada en un terremoto en 1999. Por ello, sus edificios carecían totalmente de solera, aunque alguno no estaba exento de interés. 

 Aproveché para seguir haciendo probatinas con la comida callejera, hasta que llegó la hora del ocaso. Las calles se empezaron a despoblar y cual si fueran vampiros nocturnos, una gran cantidad de vagabundos despertaron de su letargo. No buscaban, empero, sangre, sino dinero. Los fui sorteando como pude hasta que me alejé lo suficiente del centro como para que su presencia empezara a menguar. Nunca había visto nada igual. Mis primeras y poco favorables impresiones que recibí nada más poner pie en Armenia, se habían cumplido. El motivo de tamaña cantidad de personas sin hogar se debe a una política municipal muy amable para las personas sin techo que además ejerce un efecto llamada para los vagabundos de otras zonas. Puestos a importar, yo prefiero rubiones suecas, pero allá cada cual.

Armenia antes del anochecer

 Con la inquietud en el cuerpo, pero sin mayores incidentes, conseguí llegar a mi alojamiento.  Salí a comprar a un supermercado cercano y en ese momento comenzó a descargar una tormenta de auténtica enjundia. Esperé resguardado un rato para ver si escampaba, pero no había manera. Así que salí a la carrera y busqué un lugar donde cenar. Aunque la atmósfera no era tan tétrica como en el centro, se trataba de una zona bastante humilde. Tampoco soy de frecuentar estrellas Michelín y no estaba el tiempo para dar muchas vueltas. Así que me metí al primer local que vi abierto a esas horas. No se puede decir que la experiencia culinaria brillara con luz propia, pero en ese momento me pareció un regalo poder saciar mi hambre y estar a resguardo, además a precio de risa. La tormenta que reinaba en el exterior, se quedó pequeña ante la que se montó en el interior del local. Mientras estaba empezando a devorar el pollo rebozado, entró un individuo y se dirigió a mí, como único cliente, en busca de comida o dinero. La reacción furibunda de la dueña fue replicada y aumentada por el pedigüeño, conmigo como testigo de la violenta discusión. Pronto vinieron dos familiares de la encargada para despedir al sobresaltado personaje, que no se fue de muy buen grado. Ya más calmada, me explicó que era venezolano, y que de un tiempo a esa parte habían proliferado súbditos de esa nacionalidad por la zona, causando algún que otro problema. También me pidió disculpas por el incidente, pero yo en ningún momento me sentí agraviado. Más bien agradecido de que hubiera defendido con tanta vehemencia a su cliente. 

 Con el pulso aún acelerado tras las emociones vividas en las últimas horas, me retiré a mi alojamiento. Era mi única noche en Armenia, pero a pesar de ello, no tenía ninguna gana de hacer una incursión nocturna como despedida. Había sobrevivido a un pelotón de vagabundos, a un aguacero y a una reyerta. No era cuestión de seguir tentando a la suerte.

jueves, 1 de febrero de 2024

VALLE DEL COCORA, SALENTO Y TURISMO CUASINOMINAL

  Uno de los lugares que más me habían recomendado visitar en Colombia era el Valle del Cocora, que alberga numerosos ejemplares de la palma de cera del Quindío. Se trata de una gigantesca palmera que puede alcanzar los 70 metros de altura. Para acceder a tan pintoresco lugar había que dirigirse primero a la localidad de Salento. 

 Hay veces en la vida que en el camino que nos lleva a lo que deseamos, aparece lo que necesitamos. Algo de eso hubo en este caso, ya que, aunque mi objetivo era visitar el Valle del Cocora, lo que más me gustó de la jornada fue Salento. Esta pequeña localidad es una pequeña delicia. Se sitúa en un entorno privilegiado, rodeada de montañas. El colorido de sus casas y el ambiente apacible que se respira paseando por sus calles contrastan con la bulliciosidad que me acompañó en la mayor parte de mi periplo por el país. 

 Ya tendría tiempo de explorar el pueblo. Lo que me tocaba en ese momento era encontrar transporte para Cocora. En la plaza principal de Salento había aparcados unos todoterreno que, en cuanto se llenaban, salían hacia el parque.  Se fue sumando gente a la expedición, pero a partir de la séptima, paró el conteo. Como en el vehículo cabíamos (bastante apretados, eso sí) diez personas, nos tocaba esperar pacientemente. A menos que a alguien le entraran las prisas. Fue el caso de una familia colombiana, aunque residente en los Estados Unidos, que tenía más dinero que tiempo. Se ofrecieron a pagar a los 3 ocupantes fantasma si salíamos ipso-facto. El resto de pasajeros no pudimos sino ver con muy buenos ojos esta iniciativa que, además de ahorrarnos un tiempo de espera, nos iba a permitir un viaje más desahogado. No contento con hacernos este favor, el padre de familia, con la alegría y el poder que da volver a su tierra habiendo triunfado en un país más próspero, hizo esfuerzos por darnos conversación  y crear un ambiente de grupo en el trayecto.

Valle de Cocora

 Al llegar al valle, el incipiente grupo se dispersó y dispuse de mi individualidad para recorrerlo. La verdad es que el paisaje, dotado de una vegetación frondosa con las altísimas palmas de cera, es espectacular. Había una ruta de varias horas que hubiera hecho muy a gusto. Pero tenía que asegurarme que podía coger el transporte de vuelta. La última expedición salía a media tarde. Por ello, me limité a una pateada más modesta, que fue suficiente para hacerme una idea de la majestuosidad del lugar.

Paisajes majestuosos

 Si a la ida había podido ir bastante holgado, parecía que no iba a ser el caso de la vuelta. Estábamos bastantes personas esperando y solo había en ese momento un coche. Se nos ofreció a los tres últimos ir de pie en la parte trasera. Como no me apetecía esperar al siguiente transporte y me apetecía algo de adrenalina, acepté.  Un servidor y un par de jovencitos franceses lo pasamos pipa agarrados a una barra mientras el conductor del vehículo hacía de las suyas.

 Con más tiempo ahora que por la mañana, pude explorar convenientemente Salento. Sus bonitas calles estaban bastante animadas, con tiendas y locales llenos de encanto. Además cerca del centro había unas escaleras que daban acceso a un mirador con unas vistas excepcionales.

Salento

 En ese momento, en plena tarde, se me abrían varias opciones. Lo lógico hubiera sido volver a Armenia, que era donde tenía reservado el alojamiento. Pero se me hacía muy cuesta arriba volver a un lugar tan áspero desde otro tan plácido.  Salento me estaba gustando mucho y había posibilidad de encontrar alojamiento a precio razonable. Aunque ya había recorrido todo el pueblo y no tenía nada más que ver. Así que aposté por una tercera vía no exenta de riesgo. Me había fijado que en la plaza principal de Salento se podía tomar un transporte a la localidad de Filandia. La tentación de hacer turismo cuasi-nominal fue demasiado fuerte. Así que me subí a la furgoneta y en poco más de media hora de travesía por una irregular carretera, pude alcanzar mi tercer destino del día.

 Mi primera e importante tarea era buscar alojamiento. En internet había encontrado un par de albergues. Me acerqué al de precio más competitivo, pero me indicaron que estaba completo. Me extrañó, porque unos minutos antes se podía reservar a través de una aplicación. Así que salí a la calle, y pasándome de listo, reservé por internet. Volví a entrar al momento para enseñarle al empleado mi flamante reserva. Supuse que la aplicación contaba con un cupo de reservas independiente de las que se pudieran hacer directamente.

 Ir de sobrado por la vida no suele tener buenos resultados. Así, el sorprendido recepcionista, me comentó que debía haber un error en la aplicación, y me confirmó que estaba completo. Aun así, me comentó que podría ocupar una cama en una habitación destinada al personal si así lo deseaba. No estaba en una situación para andarme con exigencias, así que acepté. La habitación en cuestión era bastante humilde. Pero no era eso lo que me preocupaba, sino que mi cama estaba pegada a la contigua. Si me tocaba una motosierra esa noche, estaba vendido.

 Con esa preocupación amenazando mi horizonte nocturno, salí a explorar Filandia. El mayor encanto de la localidad lo proporciona los vivos colores de sus bonitas casas de arquitectura tradicional. Muy bonito, sí, pero en media hora me había recorrido el pueblo. Eran poco más de las 7 de la tarde, ya de noche, y apenas había ambiente en las calles. Salento tampoco es que fuera Nueva York, pero daba la impresión de dar mucho más juego que Filandia. Había cometido un pequeño pero craso error.

Calle filandesa

 Las penas con pan son menos, así que acudí a un humilde restaurante a cenar. Cuando uno no está inspirado, no está inspirado. El establecimiento distaba mucho de la alta cocina, pero el plato elegido (salchipapas) dejaba por manjares mis más desafortunadas probatinas culinarias. 

 Habiendo ya recorrido varias veces las calles con algo que ver en la localidad, me rendí y volví al albergue con la esperanza de que hubiera algo de ambiente en las zonas comunes. No fue así, por lo que, cabizbajo, me retiré a mi habitación. Con bastantes horas por delante antes de poder dormir y sin nada que hacer, me invadió el pesimismo.

 Pero si algo caracteriza a los albergues, es que siempre tienen un margen para la sorpresa, unas veces positivas, otras negativas. Al entrar en el cuarto estaba presente uno de mis compañeros. Se trataba de un joven que llevaba unos días trabajando de recepcionista en el albergue. Era argentino y le gustaba hablar. No hace falta decir más. Normalmente no me gusta escuchar las chapas de la gente, pero en este caso, y dada mi situación, su perorata fue muy bien recibida. Además se trataba de un personaje interesante, por lo que la charla fue bastante entretenida. Así, casi sin darme cuenta se acabó haciendo la hora de dormir. Se puede decir que había salvado la jornada. Y más teniendo en cuenta que mis compañeros de cuarto renunciaron al motosierrismo.

 La improvisación y el talento natural que despliego en mis viajes suelen obtener resultados irregulares. Es lo que me había sucedido esta jornada. Manteniendo la misma estrategia para el día siguiente, era de esperar, como así fue, un resultado parecido.

viernes, 19 de enero de 2024

MANIZALES Y ARMENIA: DOS CARAS DE DISTINTA MONEDA

  Unos 300 km separaban la Reserva Natural Zafra de Manizales, que era donde, gracias a la hospitalidad de una de mis compañeras del retiro iba a pasar la noche. No iba a ser esa la única muestra de generosidad, ya que otra persona nos iba a llevar en su coche.

 Ni las carreteras ni la orografía colombianas son como las españolas. Así que el viaje nos iba a consumir casi todo el día. No hay problema. Con tan buena compañía y atravesando tan exuberantes paisajes, el viaje puede durar todo lo que quiera. 

 A medio camino nos paramos en un restaurante de carretera. Aprovechando lo competitivo de sus precios, me pude tirar un farol e invité a mis acompañantes. Es lo menos que podía hacer con quienes tan bien se estaban portando conmigo. 

A nuestro paso por Medellín, despedimos a uno de los participantes del retiro que iba en nuestro coche. Vivía en Barranquilla, y había conocido a su pareja (era quien me invitó a su casa de Manizales) en otro retiro de Tantra Yoga. ¿No les parece maravilloso? A mí sí.

Ya era de noche cuando llegamos a Manizales, ciudad de tamaño mediano, situada en el llamado Eje Cafetero del país. Me llamó la atención la orografía de la ciudad, situada sobre un sistema de colinas y valles, que hacen que incluso tenga un teleférico para el transporte público.

 El viaje había sido largo y el cansancio provocó que no hiciera la clásica inspección que me gusta realizar cuando arribo a una nueva ciudad. Lo dejé para la mañana siguiente, con el cuerpo restablecido y el alma plena tras haber sido agraciado con la mítica hospitalidad paisa. Me despedí de mi amiga Marlene, totalmente agradecido, en busca de mi siguiente destino. Pero antes quise explorar un poco la ciudad. Como las distancias en la ciudad son grandes y estaba a las afueras, tomé un autobús urbano. Para un pateador de enjundia como yo, hacer uso de un autobús es un atentado a mi amor propio. Por eso me cuesta orientarme con ellos. Por suerte, le pregunté a un caballero en la parada, que daba la casualidad que había trabajado de conductor en la compañía, y me orientó con gran amabilidad.

Estampa manizaleña

 Manizales fue fundada a mediados del siglo XIX. Por ello carece de un casco histórico con solera. Tiene algunas iglesias destacadas, y como buena ciudad colombiana, mucha actividad comercial. Lo cual no es suficiente para, según mi humilde opinión, considerarlo como un lugar muy atractivo desde el punto de vista turístico. Así que mi paso por la capital del departamento de Caldas no duró mucho. En cuanto recorrí unas pocas calles del centro, me dirigí a la estación del teleférico donde tomé tan particular medio de transporte para apearme en la estación de autobuses. Allí me esperaba un microbús que me iba a llevar a un lugar bastante más áspero que "la Ciudad de las Puertas Abiertas", que es con justicia el sobrenombre de la acogedora ciudad de Manizales.

Manizales desde el aire

 Mi destino no era otro que Armenia, una ciudad estratégicamente situada como base de operaciones para visitar el Eje Cafetero. Pero me habían avisado de que poblaban la ciudad un gran número de vagabundos. Un breve paseo desde la estación de autobuses hasta mi alojamiento, confirmó esa impresión. Pude observar un buen número de personas de apariencia rufianesca, pero afortunadamente aparentaban estar bastante calmados.

 Aprovechando un precio sin competencia, había reservado una habitación individual con cama doble y televisión. Aunque tuviese baño compartido, superaba con mucho mi habitual habitación de hostel, abundante en literas y motosierras. Pero tampoco era cuestión de quedarme todo el día en mi cuarto. Y dado que mis primeras impresiones de Armenia habían sido manifiestamente mejorables, volví raudo a la estación de autobuses en busca de algún destino más apetecible donde pasar la jornada.

jueves, 23 de noviembre de 2023

RETIRO DE TANTRA YOGA: CALIDEZ COLOMBIANA Y SIMPATÍA CATALANA

  El gran día que daba sentido a mi viaje había llegado. El retiro de Tantra Kriya Yoga comenzaba esa misma tarde. Se preveía una jornada de emociones fuertes, por lo que iba a precisar de mucha energía. Nada mejor para ello que meterme entre pecho y espalda un auténtico "desayuno paisa" que, por menos de dos euros al cambio, me ofreció un contundente plato compuesto por arroz, fríjoles, huevos pericos, una arepa con queso, un croissant y un chocolate. Ya podía enfrentarme con todo lo que viniera.

Desayuno paisa: no apto para dietas hipocalóricas

 El retiro iba a tener lugar en una reserva natural situada a algo más de 100 kilómetros de Medellín. Llegar en transporte público hubiera supuesto una odisea. Por suerte, pude acoplarme a una expedición formada por dos participantes del curso que también partían de la capital antioqueña y contaban con vehículo propio. El trayecto de unas dos horas con dos damas con tanta sabiduría como elegancia y simpatía fue un auténtico placer. Y no fue sino un aperitivo de lo que me esperaba en mi destino, que era la Reserva Natural Zafra, un lugar privilegiado para desconectar del mundanal ruido, del que en Colombia van más que sobrados. 

 Solo estábamos 5 alumnos más la profesora, un número perfecto para desarrollar la actividad y confraternizar entre nosotros. Esto último se me facilitó con una de las alumnas con las que tuve la fortuna de compartir una enorme cabaña de dos plantas en la que el espacio vital per cápita superaba con mucho la media de mis alojamientos más habituales. 


La casa por la ventana

 Antes de entrar en materia tuvimos unas horas libres en las que nos dedicamos a explorar la redolada. Aparte de un río muy apetecible para el baño, también había otra zona de retiros bastante competente. Por lo que me contaron, hace unos años, esta zona estaba infestada de guerrilleros, lo que contrasta con la paz que, hoy en día se respira en la zona. 

 Como aún sobraba tiempo, y no me gusta estar ocioso en mis viajes, decidí visitar la cercana localidad de San Rafael de Antioquia, situada a unos 6 kilómetros del retiro a través de una pista sin asfaltar. 

 A pesar de su pequeño tamaño, San Rafael distaba de ser un remanso de paz. Por todas partes se escuchaba música a todo volumen, y el tráfico, a pesar de no ser intenso, sí era ruidoso. No es de extrañar que, viniendo de un entorno tan apacible, no perdiera mucho tiempo en la exploración del lugar. Además, se trataba de una localidad de urbanismo relativamente reciente, por lo que no me llamó la atención desde el punto de vista arquitectónico.

Parroquia San Rafael Arcángel

 A la vuelta me sorprendió el ocaso, por lo que tuve que recorrer el camino con más cuidado. Cada cierto tiempo me tenía que apartar para dejar pasar algún vehículo. Dejando aparte estos momentos, el paseo por un lugar tan apartado fue de lo más agradable. La sensación de estar en un lugar perdido en medio de la nada era total. 

 Los siguientes días transcurrieron en una bendita rutina en la que hacíamos sesiones de Tantra Yoga y comíamos deliciosos manjares vegetarianos en un entorno inmejorable, muy alejado del bullicio (externo e interno) en el que nos encontramos la mayor parte del tiempo. Sin entrar en muchos detalles, las prácticas del Tantra Kriya Yoga consiguen desbloquear canales energéticos y movilizar esa energía. Si eso es algo que nunca viene mal, en mi caso, en mitad de unos mis viajes, siempre extenuantes, fue maná caído del cielo.  

 Aparte de un grupillo con los que compartí el tour por Medellín, apenas había encontrado compatriotas en mi viaje por Colombia. Para mi sorpresa, una mañana que fuimos al bañarnos al río, nos encontramos con una joven de Manresa haciendo sus abluciones. Nos comentó que trabajaba de profesora en uno de los barrios más humildes de Medellín y que estaba conociendo el país aprovechando unos días de vacaciones. Me dio una cura de humildad al contarme los precios a los que había conseguido reservar alojamientos en su recorrido. Además de por su habilidad niunclavelística, se ganó a nuestro grupo por su bonhomía. Tanto que la invitamos a compartir una de nuestras sesiones de yoga, a la que se sumó con agrado.

 Una práctica tan profunda como ésta y en un grupo tan pequeño, hizo que se estableciera una relación muy bonita entre los participantes. Me sirvió también para conocer con detalle el carácter colombiano. Y una de las características que lo definen, además de su dulzura, es su hospitalidad. Prueba de ello es, una vez que comenté que pensaba seguir mi viaje visitando el Eje Cafetero, una persona se ofreció a llevarme en su coche y otra a pernoctar en su casa. Menos mal que no había hecho caso a los agonías que mostraban cara de susto cuando les decía que iba a ir de viaje a Colombia...