Tras poco más de una hora de vuelo, aterricé de nuevo en el aeropuerto de Manila. Por curiosidad, busqué las tarifas de los taxis oficiales y resultaban astronómicas, así que confié de nuevo en mi amigo Grab y pude llegar a mi hotel sin un roto en el bolsillo.
El alojamiento elegido pertenecía a la misma cadena que el que me acogió a mi llegada. Y se caracterizaba por sus pretensiones de grandeza sin pasar de la humildad. Como el precio tenía más en cuenta la segunda condición, para mí era perfecto.
En el hotel de mi anterior visita contaba con el inconveniente de los ruidos de la calle. En este caso no iba a ser así, ya que mi habitacion daba a un pasillo y carecía de ventanas. A grandes males, grandes remedios.
Tampoco iba a tener mucho tiempo para echar de menos unas buenas vistas sobre la ciudad. Me iba a reencontrar con una conocida. O lo que quedaba de ella, porque la amiga con la que había quedado en mi visita previa estaba hecha un auténtico remorón. Por lo que me contó, había estado enferma y en su trabajo, lejos de concederle una baja médica, la habían hecho trabajar más horas. Y para más INRI, estaba trabajando en un centro médico. En casa del herrero, cuchillo de palo.
Como era de esperar, mi cita no aguantó mucho tiempo la velada, se fue a dormir pronto y yo volví al hotel.
Eran las 9 de la noche y estaba en una habitación sin ventanas. Había que hacer algo. Así que tiré de agenda y pude contactar con otra amiga que estaba por la zona de Makati.
Habíamos quedado en un Mc Donald's, pero pronto la cita subió de nivel cuando fuimos a un bar de ambientación cubana y precios europeos (o precios cubanos para turistas).
Ahora era yo el que estaba pagando la factura energética de mis excesos del viaje, así que en este caso me tocó a mí dar la "espantada" y poner fin a la cita antes de tiempo.
Al día siguiente, ya recuperado, le mandé un mensaje a Guillermo Gómez-Rivera, el escritor al que había conocido un par de semanas antes. Mientras esperaba su respuesta me di un "paseito" hasta la zona de Quiapo. Mis pateadas estaban empezando a dar fruto. Poco a poco iba haciendo mía una ciudad casi inabarcable como Manila.
Como dato destacable de mi larga caminata, me crucé con un individuo melanodermo. Algo tan trivial, no debería llamar la atención. Pero fue la primera y única persona de raza negra que vi en mis tres semanas en las Filipinas.
En Quiapo me esperaban iglesias atestadas y mercadillos populosos. Es decir, lo mismo que en el resto de la ciudad. Tenía intención de llegar hasta Chinatown, pero ya empezaba a estar un poco saturado de tanta superpoblación humana, y mi destino no auguraba algo distinto, así que me volví.
Esta vez me dejé de machadas y lo hice en el metro. Eso sí, mi primer intento por entrar en un vagón fue firmemente impedido por una pasajera. Sin saberlo, había pretendido acceder a un vagón reservado para mujeres. Ya me había parecido que su ratio era sospechosamente buena.
Al llegar al hotel, consulté mi correo y vi que mi amigo Guillermo me había contestado. Me proponía ir a Cavite, un pueblo al sur de Manila, para conocer hablantes de chabacano (una variante criolla del español).
Tiempo me faltó para personarme en su casa, muy cercana al hotel. Pero me comentó que ya era tarde. Una lástima, porque era algo que me interesaba sobremanera. A cambio, Guillermo me llevó a ver lo poco que queda antiguo de la zona de Makati.
Con toda la tarde-noche libre y habiendo ya visto los puntos de interés más notables de la ciudad, ¿qué podía hacer?
Exacto. Una cita con una chica en aras de profundizar en mi conocimiento de la psique filipina.
Es posible que haya lectores que infieran una actitud demasiado proactiva y casquivana en mis relaciones con el sexo opuesto. Y en este caso no les faltará razón. Pero seguro que los solteros que vivan en Huesca entenderán mi comportamiento. Debía aprovechar al máximo mi estancia en unas tierras donde se me hace mucho más aprecio que en las propias. Al fin y al cabo, la razón del viaje es el abandono de la rutina diaria. Y en Huesca, esa rutina da poco lugar al pototeo.
Además, y para desmentir mi supuesta superficialidad, destacaré que en esta cita viví el momento más romántico de mi viaje. El paseo en triciclo entre los rascacielos de Makati con mi amiga, no se me olvidará fácilmente.
Y como no solo de pototeo vive el hombre (aunque sin él se viva muy mal), a la mañana siguiente volví a quedar con mi amigo Guillermo, que espero que no acabara saturado de mi presencia.
Le descargué las fotos de mi móvil en su ordenador y le hice una crónica de mi viaje por las Filipinas.
Apareció su hijo por la casa y se puso a hablar en español con su padre (aunque con menos arte). Esta situación, aparentemente tan trivial, tuvo un gran significado para mí. Es muy raro encontrar dos filipinos conversando en castellano (como lengua propia). Y me temo que será mucho más difícil hacerlo en el futuro.
Había sido toda una experiencia conocer a un personaje tan admirable como Guillermo Gómez-Rivera. Recientemente ha sido nombrado presidente de la Academia Filipina de la Lengua Española. Ese puesto no podría estar en mejores manos.
Aún tenía unas horas hasta la salida de mi vuelo.
Yo no quería, pero... recibí un mensaje de otra "amiga".
Con ella ya había planeado quedar el día anterior. Una vez fijados lugar y hora, y ante mi sorpresa se añadió el elemento del precio.
No tengo nada en contra del llamado "oficio más antiguo del mundo", al que considero igual o más honesto que muchos. Y tampoco me llevó a rechazar su oferta mi reputado niunclavelismo. No sin malicia, se dice que con una "mujer de vida licenciosa" por lo menos sabes de antemano lo que te vas a gastar.
Teniendo "El Doblón" en Huesca, no es necesario hacerte un viaje de 15 horas en avión para vivir una experiencia similar.
Y menos aún en un lugar tan hospitalario como las Filipinas.
Habiendo rechazado su oferta, pensaba que el tema se había zanjado. Pero al día siguiente me volvió a escribir para tomar algo, sin negocios carnales de por medio. Yo, que como ha quedado claro, soy un ser espiritual y trascendente, acepté sin dudarlo.
Quiso la casualidad que me citara en el mismo bar de estilo cubano donde ya había estado un par de días antes. Ya es puntería, teniendo en cuenta los miles de baretos que hay en Manila (el 99% más baratos que éste, seguro).
Como mi fama de golfo ya debía estar diseminada por todo Metro Manila, y supongo que como medida de precaución, no se presentó a la cita sola, sino acompañada de una amiga.
Antes de acudir al lugar había hecho cuentas. Tenía el dinero justo para invitar a una bebida y tomar el taxi al aeropuerto. Un descuadre en la inversión me hubiera obligado a pasar por un cajero, con la comisión correspondiente y el riesgo inherente de atraco que no estaba dispuesto a correr.
Mi amiga ya estaba echándole un ojo a los platos de comida, así que mi advertencia de mi techo de gasto (que por otro lado no daba una imagen muy rumbosa de mi persona) fue más que pertinente. Pero la cabra siempre tira al monte, por lo que se pidió el café más caro de la carta con todos los complementos imaginables. Su compañera fue más modesta conformándose con un zumo y yo ya solo tuve margen para un vaso de agua.
A pesar de mi generosa invitación al café, mi cita no paraba de mirar el móvil y no mostraba mucho interés. No fue el caso de su amiga, muy simpática y con muy buen gusto para los hombres. Tanto que me acabó sugiriendo que siguiéramos la conversación en un lugar menos concurrido. No era mala idea, ya que la música de fondo dificultaba entender los matices que presentaban nuestros sesudos discursos.
Pero no contaba con mucho tiempo, así que nuestra discusión sobre los pintores prerrafaelitas y la paradoja de Fermi tendrá que seguir en otra ocasión.
Ya no había margen para más. Quizá con algo de previsión podría haber concertado otra cita en el aeropuerto, pero creo que me puedo dar por bien servido.
Mis cálculos previos me permitieron cubrir los gastos del taxi y hasta dejarle una buena propina al conductor con mis últimos pesos.
Después del todo el ajetreo que había tenido las últimas tres semanas, ya solo restaba sentarme en el avión y descansar. Pero hasta el rabo todo es toro. No iba a ser, ni mucho menos, un regreso plácido.
Mostrando entradas con la etiqueta pototeo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pototeo. Mostrar todas las entradas
viernes, 21 de febrero de 2020
miércoles, 4 de mayo de 2011
Pototeo virtual
Aprovechando una oferta que no pude rechazar, me inscribí en una página web destinada a facilitar el pototeo. Entré con varios objetivos. Conocer gente, practicar inglés, pototear lo que se pudiera y ya puestos, encontrar al amor de mi vida (por pedir...). Si todo salía bien, podía matar muchos pájaros de un tiro.
Dicen que los comienzos son duros. Así, mis primeros días en esta website fueron bastante frustrantes. Me di cuenta que las maromadas se extienden por todo el mundo conocido, y han copado también el entorno virtual. Tenía que ser original para destacar entre la muchedumbre. Me fijé en que el 90% de las descripciones que la gente hacía de sí mismos contaba con alguno o todos estos elementos:
-Es difícil describirse a uno mismo.
-Tengo muchos amigos pero me falta esa "persona especial".
-Mis amigos dicen de mí que soy...(características positivas como abierto, digno de confianza, positivo...etc)
-Mi trabajo es muy interesante y me encanta.
-Me gusta ver un DVD disfrutando de un buen vino.
En mi caso, creo que no es difícil describirse a uno mismo. Al fin y al cabo,¿a quién conocemos mejor que a nosotros mismos?. No tengo muchos amigos, pero todos son para mi "personas especiales". Tengo cosas buenas y malas, pero no necesito a mis amigos para que me las digan. Mi trabajo es bastante monótono y la verdad es que me gusta ver DVD's y beber vino, pero nunca lo hago simultáneamente.
No pudiendo usar estas muletillas tan poco sugerentes, me dediqué a impregnar mi descipción de ironía y humor sutil, que, estoy seguro que espantó a la mayoría, pero atrajo la atención de unas pocas. Probablemente las que más valían la pena.
Porque gracias a esta página de la que pocos usuarios presumen he tenido las siguientes citas:
-Una divorciada que había vivido 5 años en Zambia y jugaba a polo.
-Una artista de Broadway. En realidad es una administrativa que pinta en sus ratos libres y que vive en el barrio londinense de Ealing Broadway. Pero no deja de ser una "artista de Broadway".
-Una cita a ciegas. Tan a ciegas que, aparte de no haber visto una foto previa de la chica, no sabía ni de qué raza era. Al llegar me encontré con una negra de 1,80. Con sorpresas así, ¿quién quiere certidumbres?
-Una francesa de Ascot, con la que quedamos en Windsor, en un puente sobre el Támesis. ¿Se puede pedir más glamour a una cita?
-Una germanooriental que me enseñó la zona costera de Dover, Deal y Folkestone. Sin duda la mejor cita, no solo por el entorno...
-Un auténtico angelito(alta, rubia, de ojos azules y sonrisa magnética) interesada en aprender español. Lo malo es que, efectivamente, esa era su única intención. Pero puestos a enseñar, dame ese angelito y quítame alumnos de la ESO.
-Un hembrón de 1,80, que había vivido 3 años en India, con la que compartí un hermoso atardecer en el Hyde Park.
-Una 6 pies (1'84 m) de categoría que aparentaba por lo menos 7 pies de lo estirada que era. De hecho, vio una libra en el suelo y ni se agachó a recogerla ( Yo sí, por supuesto).
Tras un frío otoño, seguido por un solitario y oscuro invierno, esta página me ha dado la vida. Porque ir a trabajar un domingo a las 6 de la mañana se hace menos cuesta arriba si has quedado a las 4 de la tarde con una metro ochenta en el centro de Londres. Porque no es lo mismo visitar los acantilados de Dover por mi cuenta y riesgo que hacerlo con una encantadora alemana del este. Y porque la ilusión, la lírica y la emoción, que habían sido enterradas por mi trabajo fabril y repetitivo, volvieron a ver la luz.
Aunque, a decir verdad, lo cierto es que pototeo, lo que se entiende por pototeo, ha habido más bien poco. El efecto "Quallity Controller" dejaba de ser efectivo cuando las más materialistas se enteraban de que comparto casa con 10 polacos. Algunas de mis gracias virtuales no parecen ser tan graciosas a la luz del día. En algún caso, he tenído que competir con el recuerdo de anteriores relaciones. Otras veces fallaba la química. Y alguna vez no ha fallado nada de eso, pero por razones que se escapan a mi entendimiento (nunca acabaré de entender a ese ser tan complejo a la par que complicado llamado mujer), simplemente han preferido que se perdiera el contacto poco a poco sin dar muchas explicaciones.
Así que me temo que, como decía el genial (sobre todo cuando no se mete en política) Sabina, seguiré recostando mi cabeza en el hombro de la Luna. Y le hablaré de esa amante inoportuna, que se llama Soledad...
Dicen que los comienzos son duros. Así, mis primeros días en esta website fueron bastante frustrantes. Me di cuenta que las maromadas se extienden por todo el mundo conocido, y han copado también el entorno virtual. Tenía que ser original para destacar entre la muchedumbre. Me fijé en que el 90% de las descripciones que la gente hacía de sí mismos contaba con alguno o todos estos elementos:
-Es difícil describirse a uno mismo.
-Tengo muchos amigos pero me falta esa "persona especial".
-Mis amigos dicen de mí que soy...(características positivas como abierto, digno de confianza, positivo...etc)
-Mi trabajo es muy interesante y me encanta.
-Me gusta ver un DVD disfrutando de un buen vino.
En mi caso, creo que no es difícil describirse a uno mismo. Al fin y al cabo,¿a quién conocemos mejor que a nosotros mismos?. No tengo muchos amigos, pero todos son para mi "personas especiales". Tengo cosas buenas y malas, pero no necesito a mis amigos para que me las digan. Mi trabajo es bastante monótono y la verdad es que me gusta ver DVD's y beber vino, pero nunca lo hago simultáneamente.
No pudiendo usar estas muletillas tan poco sugerentes, me dediqué a impregnar mi descipción de ironía y humor sutil, que, estoy seguro que espantó a la mayoría, pero atrajo la atención de unas pocas. Probablemente las que más valían la pena.
Porque gracias a esta página de la que pocos usuarios presumen he tenido las siguientes citas:
-Una divorciada que había vivido 5 años en Zambia y jugaba a polo.
-Una artista de Broadway. En realidad es una administrativa que pinta en sus ratos libres y que vive en el barrio londinense de Ealing Broadway. Pero no deja de ser una "artista de Broadway".
-Una cita a ciegas. Tan a ciegas que, aparte de no haber visto una foto previa de la chica, no sabía ni de qué raza era. Al llegar me encontré con una negra de 1,80. Con sorpresas así, ¿quién quiere certidumbres?
-Una francesa de Ascot, con la que quedamos en Windsor, en un puente sobre el Támesis. ¿Se puede pedir más glamour a una cita?
-Una germanooriental que me enseñó la zona costera de Dover, Deal y Folkestone. Sin duda la mejor cita, no solo por el entorno...
-Un auténtico angelito(alta, rubia, de ojos azules y sonrisa magnética) interesada en aprender español. Lo malo es que, efectivamente, esa era su única intención. Pero puestos a enseñar, dame ese angelito y quítame alumnos de la ESO.
-Un hembrón de 1,80, que había vivido 3 años en India, con la que compartí un hermoso atardecer en el Hyde Park.
-Una 6 pies (1'84 m) de categoría que aparentaba por lo menos 7 pies de lo estirada que era. De hecho, vio una libra en el suelo y ni se agachó a recogerla ( Yo sí, por supuesto).
Tras un frío otoño, seguido por un solitario y oscuro invierno, esta página me ha dado la vida. Porque ir a trabajar un domingo a las 6 de la mañana se hace menos cuesta arriba si has quedado a las 4 de la tarde con una metro ochenta en el centro de Londres. Porque no es lo mismo visitar los acantilados de Dover por mi cuenta y riesgo que hacerlo con una encantadora alemana del este. Y porque la ilusión, la lírica y la emoción, que habían sido enterradas por mi trabajo fabril y repetitivo, volvieron a ver la luz.
Aunque, a decir verdad, lo cierto es que pototeo, lo que se entiende por pototeo, ha habido más bien poco. El efecto "Quallity Controller" dejaba de ser efectivo cuando las más materialistas se enteraban de que comparto casa con 10 polacos. Algunas de mis gracias virtuales no parecen ser tan graciosas a la luz del día. En algún caso, he tenído que competir con el recuerdo de anteriores relaciones. Otras veces fallaba la química. Y alguna vez no ha fallado nada de eso, pero por razones que se escapan a mi entendimiento (nunca acabaré de entender a ese ser tan complejo a la par que complicado llamado mujer), simplemente han preferido que se perdiera el contacto poco a poco sin dar muchas explicaciones.
Así que me temo que, como decía el genial (sobre todo cuando no se mete en política) Sabina, seguiré recostando mi cabeza en el hombro de la Luna. Y le hablaré de esa amante inoportuna, que se llama Soledad...
lunes, 11 de mayo de 2009
Portree la nuit
Tras casi un mes en la isla, por fin he salido un sábado por la noche y he podido comprobar cómo se mueve el asunto del pototeo. Hasta ahora mi única posibilidad de salir era en plan “me llamaban Trinidad”, pero no me acabo de sentir cómodo saliendo solo. En el curso de inglés he conocido a una húngara que me ha presentado a sus amigos. Uno de ellos es chef de un hotel y ha ido contratando a conocidos de su misma nacionalidad. Así, se ha establecido una colonia húngara en el hotel de unas 5 ó 6 personas. El chef me comentó que prefiere contratar a húngaros que a escoceses, ya que, según él, los nativos no suelen ser buenos trabajadores. Extremo que ha sido confirmado por mi jefa en el restaurante.
El sábado, tras unos cuantos tragos en “su” hotel y en mi piso nos dirigimos al, según me comentaron, único local donde se puede bailar y hay algo de vidilla en Portree. Hay bastantes pubs, pero son más de estar sentado. Eran sobre las 11 de la noche. Un poco tarde teniendo en cuenta que el cierre aquí se produce a las 12 y media. Tendré que volver a mis tiempos de bachiller y salir a las 7 u 8 de la tarde. No hay problema, siempre he pensado que es mucho más lógico hacer eso que salir a la una y volver a casa de día.
Intentamos entrar en el “Caledonian” pero nos dijo la portera que estaba lleno y que teníamos que esperar a que saliera gente. Tras unos 15 minutos de gélida espera (soportada por algunos locales en mangas de camisa) nos permitieron entrar. Se trata de un local de tamaño medio, con una pequeña pista de baile que los sábados está amenizada por una banda que toca versiones de música pop y rock. A pesar de llevar poco tiempo aquí vi muchas caras conocidas: la oficinista que no quiso abrime la cuenta en al banco, la que sí me la abrió, la cajera del supermercado… Es un garito poco conocido por los turistas en el que se da cita el “todo Portree”. A mi me hizo gracia por ser el primer día. Supongo que debe cansar con el paso del tiempo, viendo siempre los mismos caretos.
Las mujeres, siguiendo los cánones anglosajones andaban sobre grandes tacones. A un par de ellas no les hacían falta. Si no eran más altas que yo, poco les faltaba. Eso de encontrarse pívots femeninos siempre es de agradecer.
Conforme la gente abandonaba la barra, convenientemente provistos de alcohol, la pista de baile se iba animando y llenando. Donde caben 20 caben malamente 40. Y si encima esos 40 van tajados y vibran como locos con la banda de música, la habitual cortesía escocesa se transforma en empujones, pisotones y constante olor a pedo (en España, este aroma está enmascarado por el aún más nocivo olor a tabaco). Tras un mes de habitual soledad, tampoco me importunaron mucho estas apreturas. Se empezó a ver pototeo, pero el frotamiento brilló por su ausencia.
A las 12 y media de encendieron las luces y el grupo dejó de tocar. De tocar música, porque no faltó un trio de “gruppies” que les abordaron antes de que pudieran soltar las guitarras.
Y luego vino unos de los mejores momentos, el que mi amigo Luis Carlos bautizó como “la salida de los toros”. Mucha gente , a las 12 y media no tiene ganas de irse a casa. Otros esperan que venga el taxi. Y ese es un buen momento para entablar relaciones sociales, sin el impedimento de la ensordecedora música del local. Pudimos felicitar a una chica que acababa de cumplir los 18. Lo celebró marcándose un break-dance en medio de la calle, a pesar de llevar los reglamentarios tacones. La gente fue despejando la zona y decidimos regresar a nuestros cuarteles. En mi caso, un breve paseo de 20 segundos fue suficiente para alcanzar mi hogar. Ventajas de la vida en Portree.
El sábado, tras unos cuantos tragos en “su” hotel y en mi piso nos dirigimos al, según me comentaron, único local donde se puede bailar y hay algo de vidilla en Portree. Hay bastantes pubs, pero son más de estar sentado. Eran sobre las 11 de la noche. Un poco tarde teniendo en cuenta que el cierre aquí se produce a las 12 y media. Tendré que volver a mis tiempos de bachiller y salir a las 7 u 8 de la tarde. No hay problema, siempre he pensado que es mucho más lógico hacer eso que salir a la una y volver a casa de día.
Intentamos entrar en el “Caledonian” pero nos dijo la portera que estaba lleno y que teníamos que esperar a que saliera gente. Tras unos 15 minutos de gélida espera (soportada por algunos locales en mangas de camisa) nos permitieron entrar. Se trata de un local de tamaño medio, con una pequeña pista de baile que los sábados está amenizada por una banda que toca versiones de música pop y rock. A pesar de llevar poco tiempo aquí vi muchas caras conocidas: la oficinista que no quiso abrime la cuenta en al banco, la que sí me la abrió, la cajera del supermercado… Es un garito poco conocido por los turistas en el que se da cita el “todo Portree”. A mi me hizo gracia por ser el primer día. Supongo que debe cansar con el paso del tiempo, viendo siempre los mismos caretos.
Las mujeres, siguiendo los cánones anglosajones andaban sobre grandes tacones. A un par de ellas no les hacían falta. Si no eran más altas que yo, poco les faltaba. Eso de encontrarse pívots femeninos siempre es de agradecer.
Conforme la gente abandonaba la barra, convenientemente provistos de alcohol, la pista de baile se iba animando y llenando. Donde caben 20 caben malamente 40. Y si encima esos 40 van tajados y vibran como locos con la banda de música, la habitual cortesía escocesa se transforma en empujones, pisotones y constante olor a pedo (en España, este aroma está enmascarado por el aún más nocivo olor a tabaco). Tras un mes de habitual soledad, tampoco me importunaron mucho estas apreturas. Se empezó a ver pototeo, pero el frotamiento brilló por su ausencia.
A las 12 y media de encendieron las luces y el grupo dejó de tocar. De tocar música, porque no faltó un trio de “gruppies” que les abordaron antes de que pudieran soltar las guitarras.
Y luego vino unos de los mejores momentos, el que mi amigo Luis Carlos bautizó como “la salida de los toros”. Mucha gente , a las 12 y media no tiene ganas de irse a casa. Otros esperan que venga el taxi. Y ese es un buen momento para entablar relaciones sociales, sin el impedimento de la ensordecedora música del local. Pudimos felicitar a una chica que acababa de cumplir los 18. Lo celebró marcándose un break-dance en medio de la calle, a pesar de llevar los reglamentarios tacones. La gente fue despejando la zona y decidimos regresar a nuestros cuarteles. En mi caso, un breve paseo de 20 segundos fue suficiente para alcanzar mi hogar. Ventajas de la vida en Portree.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
