lunes, 8 de septiembre de 2014

Bratislava

 Para abandonar Viena, elegimos hacerlo a lo grande, así que en vez de tomar el tren o el autobús, decidimos surcar las aguas del Danubio en barco, con destino Bratislava.
 Nada más salir del puerto, el transbordador estuvo parado unos 30 minutos. No nos dieron ninguna explicación y la verdad es que era un poco desesperante estar allí parados sin saber por qué. Hasta que me di cuenta de que, poco a poco, el nivel de la orilla iba ascendiendo. O mejor dicho, nosotros estábamos descendiendo.  El barco no podía pasar a través de un puente, y por medio de unas exclusas, fuimos bajando de nivel y continuamos el trayecto.
Surcardo el Danubio
 No pude aguantar mucho tiempo en el interior, y salí a la cubierta, que era un estrecho pasillo donde había que estar de pie y soportar un fuerte viento. Gracias a ello pude presenciar bonitos paisajes, "visitar" alguna ciudad desde el río o admirar un bonito castillo encaramado en una colina.
  Tras una hora y media de trayecto, se empezaron a divisar los primeros edificios de la capital eslovaca, a la que no íbamos a dedicar mucho tiempo. Habíamos pensado dedicarle un día entero, pero eso hubiera apretado demasiado nuestro calendario. Así que sólo estuvimos unas pocas horas en ella. Tiempo suficiente para hacerse una idea de la ciudad, pero no para conocerla a fondo.
 Nada más bajar del puerto me encontré con unos cuantos edificios de estética "socialista". La cosa se ponía interesante. Poco a poco nos adentramos en el casco histórico, muy bien conservado y bastante agradable para pasear. A pesar de ser una ciudad notable, es bastante modesta en comparación con la mayoría de capitales europeas. Quizá poco más de 20 años como capital de estado no sean suficientes para imprimir ese carácter.
 Mientras mi amigo se quedó descansando en la plaza mayor, yo me fui a hacer una fugaz visita al
Viajero bohemio
castillo que domina la ciudad .Desde allí se veían claramente las diferencias entre las dos márgenes del Danubio. En la margen izquierda, que era donde me encontraba, se halla el casco antiguo, los edificios históricos, y con ellos los turistas. Al otro lado está el barrio de Petržalka, zona residencial dominada por colmenones comunistas. De alguna forma, el Danubio era una alegoría del "Telón de Acero".
 Lamentablemente no disponíamos de mucho tiempo, y no pude visitar la margen derecha (un poco confuso que la margen derecha sea la de arquitectura comunista, eso debían haberlo pensado antes de construir).
 Nada mejor que una buena comida para superar mi decepción. En el casco antiguo encontramos un buffet libre donde vengamos todos los ágapes de medio pelo, que habían sido la tónica en nuestro viaje.
Petržalka
 Nuestro tiempo en Bratislava tocaba a su fin. Nos dirigimos a la estación de autobuses donde pasamos unos momentos de incertidumbre. No había ningún panel que mostrara las salidas. Al dirigirnos al andén que nos indicaba la reserva del billete, no había ninguna mención al autobús que teníamos que coger. Para añadir más confusión, a mi amigo le llegó un mensaje de la compañía de autobuses en eslovaco. Gracias al traductor de Google, dedujimos que ese mensaje nos avisaba de que el autobús se iba a retrasar 20 minutos. Le preguntamos a una pívot que estaba esperando en el mismo andén. Parecía estar tan despistada como nosotros, pero por lo menos iba a coger el mismo autobús, y eso da una cierta tranquilidad. Aprovechamos para entablar conversación con ella. Era autraliana y daría que hablar en el futuro.
 Con puntualidad eslovaca, el autobús se presentó con los 20 minutos de retraso prometidos y nos despedimos de Bratislava. Espero volver algún día y poder conocerla con más calma.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Viena

 Mi siguiente destino iba a ser Viena, la capital del vals. Aunque cuando la visité no dejaban de acudir a mi mente las notas del genial tema compuesto por Anton Karas para la película "El Tercer Hombre".
 Allí tenía previsto encontrarme con un amigo que me iba a acompañar el resto del viaje. Para hacer tiempo hasta nuestro encuentro fui al albergue a dejar la mochila. Esta vez no tuve ningún problema para acceder al mismo, ya que se encontraba a menos de 10 minutos de la estación de tren. 
 A diferencia de lo que hizo Orson Welles en el Tercer Hombre, me presenté a la cita, y me junté con mi amigo en la estación un rato después.
 No había tiempo que perder, así que enseguida enfilamos el camino hacia el centro de la ciudad. Poco a poco, los edificios residenciales fueron dando paso a los jardines y palacios, de los que la capital austriaca está más que bien servida. La verdad es que el centro histórico es como un museo al aire libre de colosales proporciones.
 Ya en el ocaso, llegamos a una plaza llena de chiringuitos de comida. Pero hasta en esto los austriacos son elegantes. "Fast-food" de diseño, con precios nada populares.  Por lo visto se celebraba un festival en el que se proyectaban espectáculos musicales en una pantalla de cine al aire libre. Esa noche se trataba de una ópera de Richard Strauss en alemán. La música clásica me gusta, pero eso era para melómanos muy avezados, así que presenciamos el espectáculo unos 10 minutos y nos fuimos en busca de emociones menos elevadas, hasta que nos cansamos de patear y volvimos al albergue.
Allí nos esperaba un compatriota a punto de dormir, que se sorprendió mucho cuando adiviné su procedencia asturiana. Es que el uso del "ye" en vez de "es" ye muy evidente...
Al rato vinieron otros 3 compañeros transalpinos (dos féminas y un varón) que completaban el quinteto de huéspedes, y que no tuvieron recato en enceder las luces del cuarto para orientarse. Definitivamente, las nuevas generaciones están perdiendo las maneras.
 El día siguiente fuimos a a visitar el palacio de Schönbrunn, un majestuoso edificio, antigua residencia de verano de la familia imperial, que cuenta con unos jardines que poco tienen que envidiar a los de Versalles. Tanta belleza no puede pasar desapercibida, por lo que la afluencia de turistas era considerable. Siguiendo nuestra astuciosa política niunclavelista, hicimos una breve visita por los lugares de libre acceso. Cansados de tanto ambiente aristocrático, tomamos el metro y nos dirigimos a un lugar totalmente antagónico. Se trataba del Karl-Max-Hof, un gigantesco edificio de viviendas construido en los años 20 por el gobierno socialdemócrata de la ciudad, pensado para dar alojamiento a las grandes masas obreras que malvivían en Viena por aquel entonces. Aunque no sea muy alta, la construcción es impresionante, sobre todo teniendo en cuenta que su perímetro tiene una longitud superior a un kilómetro.
 Dando un nuevo golpe de timón, dirigimos nuestros pasos a Grinzing, un pueblecito incorporado a Viena que se caracteriza por tener un gran número de bares típicos que producen y venden su propio vino. Nosotros no los catamos, sino que nos limitamos a pasear por tan bucólico escenario hasta que tomamos un viejo tranvía que nos acercó a nuestro siguiente destino. Se me había antojado ir a visitar unos edicificios de la ONU que había en la otra punta de la ciudad. La verdad es que cuando compro un billete día, como era el caso, acaba echando humo invariablemente.
 Más que ver los edificios en sí, que eran rascacielos modernos sin más, me apetecía ver el trajín de diplomáticos que esperaba encontrar. Nada más lejos de la realidad. Cuando llegamos, las oficinas estaban cerrando y no se permitía el acceso al interior de los edificios. A falta de ejecutivos trajeados, nos encontramos con una manifestación muy colorista de súdbitos de algún país del Medio Oriente que no pude identificar.
 No estábamos lejos del mítico Danubio, así que nos encaminamos hacia él y lo atravesamos por un estrecho puente peatonal. La verdad es que el río es ancho e imponente. Pero no es menos cierto que está un poco "guarrete" y dista bastante de ser tan azul como Johan Strauss lo pintaba.
 Todo aquel que haya visto "el Tercer Hombre" y visite Viena no puede dejar de visitar el Prater y su icónica noria. Eso sí, seguro que los protagonistas no pagaron 9 euros por subirse a la misma, y por eso nos quedamos a las puertas. El resto del parque de atracciones tampoco desmerecía, así que dimos por bien empleada la visita.
 Ya de vuelta al centro, nos comportamos como si fuéramos unos turistas cualesquiera (es curioso cómo la mayoría de turistas no quieren que se les etiquete como tales, aunque no dejan de hacer cosas típicas de turistas) y nos hicimos una foto en la célebre y dorada estatua del gran Johan Strauss tocando el violín.
 En un día y medio nos habíamos ventilado Viena. También se pueden visitar museos, palacios, comer tranquilamente, parar a echarse un café (vienés a ser posible)... Pero para ello nos harían falta 4 ó 5 días que no teníamos (o que preferimos emplear viendo otras ciudades). Así que a la mañana siguiente no nos conformamos con atravesar el Danubio, sino que lo utilizamos como vía de transporte para internarnos en el Este de Europa.




 

jueves, 14 de agosto de 2014

Salzburgo

 Mi siguiente destino iba a ser la ciudad austrica de Salzburgo, conocida sobre todo por ser cuna de Mozart, pero a la que no le faltan encantos para merecer una visita, aunque sólo fuera de un día como la mía.
 El viaje en tren desde Múnich me sirvió para presenciar majestuosos paisajes prealpinos.  Una buena opción hubiera sido tomar dirección sur rumbo a Insbruck para internarme en ellos, pero eso complicaba bastante mi ruta. Otra vez será.
 La estacíon de Salzburgo está un poco alejada del centro. Podría haber cogido un autobús y haber llegado cómodamente a mi albergue. Pero pensaba que no iba a hacer falta al ser una ciudad pequeña. Además..¿qué emoción tiene eso? Así que armado con una brújula y un par de impresiones del Google Maps, me dirigí al hostel. No me fue muy difícil llegar al centro. La verdad es que prometía bastante, pero quería visitarlo sin mochila a cuestas, así que seguí mi camino.
 No era tan fácil como parecía, ya que la ciudad cuenta con una colina que acaba en un acantilado, que ha de rodearse o atravesar por una serie de túneles peatonales. A base de ensayo/error fui probando rutas, para ver que no acababa de orientarme. La situación empezaba a desesperarme, así que decidí asegurar el tiro y tomé una carretera de circunvalación, que hizo la ruta mucho más larga, pero por lo menos pude llegar a mi destino.
Elegantes galerías
  Ciertamente  el albergue no estaba nada céntrico, casi en pleno campo. Se trata de una residencia escolar que en verano acoge a alberguistas. Eso se notaba, por ejemplo en el par de mesas de estudio con las que contaba mi cuarto, que albergaba 4 camas. Al llegar yo estaban vacías. No tardó en aparecer Kory, mi nuevo compañero de cuarto. Se trata de un canadiense con el que hice buenas migas. De hecho, una vez instalados, fuimos al centro a ver la ciudad. Esta vez me pude orientar mejor y coger el túnel correcto a la primera. Dichas galerías, lejos de ser un lugar sórdido como suele pasar en l amayoría de ciudades, contaban con escaparates, anuncios e incluso algún comercio, que hacían que atravesarlos fuera toda una experiencia.
 Kory iba a estar 5 días en la ciudad y decidió alquilar una bicicleta para moverse durante ese periodo. Me propuso alquilar otra por unas horas, pero viendo las marabuntas de turistas que había por el centro, no lo vi muy práctico. Así que nos separamos por un rato.
 Recorriendo las calles de Salzburgo uno entiende que de allí surgiera un genio como Mozart.  La gran cantidad y belleza de un gran número de iglesias, palacios, jardines... es mucho más inspiradora que una ciudad anodina como... (puntos suspensivos para evitar herir susceptibilidades).
 Volví a ver a mi compañero para ver cómo, en un mercadillo callejero de comida italiana le cobraban 15 euros por unas aceitunas, queso y chorizo seridos en un humilde plato de plástico.
 De nuevo por mi cuenta decidí subir a un castillo situado sobre la colina que domina la ciudad. El castillo estaba cerrado, pero se podían visitar sus aledaños y, sobre todo disfrutar de magníficas vistas sobre Salzburgo y las verdes colinas que lo rodean.
 Como el día anterior, empezo a llover, y también como el día anterior, me había dejado la protección contra la lluvia en el albergue, así que decidí volver al mismo.
  Antes de cenar me pasé un rato por la sala de estar, donde un par de chicas trajeron un DVD de la película "Sonrisas y Lágrimas" y lo pusieron. No podía ser más acertada la elección, ya que dicho musical está rodado en Salzburgo. De hecho, una de los "tours" turísticos que se ofrecían en la ciudad era la ruta "The Sound of Music", nombre original de la película.
Vistas desde el castillo
 Tras la cena fui a dar una vuelta con mi compañero canadiense y llegamos a un lago cercano. A orillas del mismo se levantaba un imponente edificio iluminado al que nos acercamos para comprobar que se trataba de un hotel, y no seguramente de los baratos. La curiosidad de Cory fue mayor que mi precaución y nos adentramos en sus jardines, a pesar del aviso en la puerta disuadiendo a curiosos. No contento con ello, se adentró en el edificio. Yo ya temía un desalojo forzoso pero aun así le seguí. Llegamos a un elegante salón donde un par de huéspedes estaban solazándose. En una esquina del salón había un piano. Como si fuera la cosa más natural del mundo, el canadiense le quitó la funda, se sentó, cogió unas partituras que había en una estantería y nos deleitó con unos acordes de algunas melodías populares, entre ellas "Sonrisas y Lágrimas". No sólo no vino ningún empleado del hotel a despacharnos, sino que los huéspedes presentes alabaron las buenas artes musicales del improvisado pianista. Tal naturalidad se explica teniendo en cuenta que el norteamericano trabaja en un crucero como animador, dando un espectáculo al piano todas las noches.
 Esta vez la temperatura del dormitorio permitió una noche sin sobresaltos, hecho al que colaboró que mis compañeros de habitación no estuvieran aquejados de "motosierrismo".
 Por la mañana fui a coger el tren acompañado de Cory. Aprovechamos para hacer una última (espero que penúltima) visita a la ciudad y nos despedimos en la estación en pos de nuevas aventuras.
 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Múnich (y II)

Había que mejorar urgentemente la austeridad de mi dormitorio. Así que lo primero que hice en mi primera mañana en Múnich fue ir a comprar un cojín al que había echado ojo la tarde anterior. Por sólo 2,5 € ya tenía el problema del confort resuelto.
 Antes de visitar el centro, y como me pillaba más cerca, me dirigí rumbo a la zona que albergó los Juegos Olímpicos de verano de 1972, tristemente recordados por el secuestro de parte de la delegación israelí a manos de terroristas palestinos.
Espíritu olímpico
 La mayoría de recintos utilizados en dicho evento siguen en pie, pero no parece que se les haya dado mucho uso últimamente. De hecho, algún pabellón parecía tapiado y la mayoría de ellos mantienen el entrañable aire de los 70. Lo cual no quiere decir que la zona esté descuidada, ya que las instalaciones cuentan con un lago rodeado de una especie de parque bastante agradable. Además había instaladas unas ferias con gran número de atracciones y chiringuitos.
 Tras empaparme del espíritu olímpico era hora de, por fin, visitar el centro. Como el resto de ciudades alemanas, Munich también fue gravemente dañada en la Segunda Guerra Mundial. Pese a ello, una muy buena labor de reconstrucción ha dejado un centro histórico bastante interesante, que conjuga bien edificios monumentales y comerciales. La afluencia tanto de turistas como consumidores, hace que estas calles tenga una actividad frenética.
Todavía no
 Quizá el edifico más característico es la torre del ayuntamiento, en el que destaca un simpático carillón compuesto por un gran número de personajes. Como iban a ser las 2 en punto me quedé mirando para arriba como un pasmarote, desistiendo tras unos minutos en los que allí no se movía nada. Luego me enteré de que la "representación" sólo tenía lugar a las 11,12 y 17 horas (esta última sólo en verano).

Seguí pateando por las inmediaciones del centro hasta que el cielo se encapotó de repente. Lo que parecía una tormenta de verano se asentó como una lluvia en condiciones, de la que ya convenía guarecerse, ante la ausencia de paraguas o chubasquero. Me refugié en un soportal esperando en vano que amainara el temporal. Hasta que me di cuenta de que ese portal era la entrada a una exposición fotográfica gratuita. La verdad es que unas fotos se ven mucho más bonitas si estás en un lugar cerrado y afuera llueve a mares. Cuando parecía que  la lluvia amainaba, salí de mi refugio, rumbo al Jardín Inglés, que es el mayor parque de la ciudad. Allí presencié una escena de lo más curiosa. En un río que atravesaba el parque había una zona de rápidos que era aprovechada por unos individuos para hacer "surfing", ante la atenta y sorprendida mirada de numeroso público desde un puente.
"Surfing" urbano
 Ya se acercaban las 5 de la tarde, así que marché pitando a la plaza del ayuntamiento. Diez minutos antes de la hora, volvió a llover con fuerza. Allí no tenía refugio, así que acabé empapado. Pero por lo menos pude ver el simpático espectáculo del carillón, que debió durar más de 10 minutos.
 Tras un rato de más pateada, y viendo que la lluvia no cesaba, decidí que era hora de volver "a casa". Para evitar mojarme tenía dos opciones: coger el tranvía o comprar un paraguas. El precio era parecido, pero pensé que el paraguas me podría servir en el futuro. Así que compré víveres para hacerme la cena y fui andando al albergue protegido por mi flamante paraguas.
 La lluvia paró justo a tiempo para que pudiese deleitarme con un delicioso atardecer a mi paso por un palacio cercano al albergue, que contaba con su correspondiente lago.
 Lo primero que hice nada más llegar fue pedir una manta más en recepción. No sólo no me pusieron ninguna objeción, sino que la empleada me ofreció otra más, sabiendo cómo se las gasta la noche muniquesa en esa carpa.
Delicioso atardecer
 Después de cenar, vi que, otra vez se había montado la fiesta en torno a una hoguera como la noche anterior. Todos parecían amigos de toda la vida, y me vi un poco aislado ante tanta camaradería. Era pronto para dormir, así que fui a dar una vuelta para ordenar mis ideas. El entorno del albergue no tenía ningún interés a esa horas, así que tuve que volver y enfrentarme a la soledad rodeado de gente, que es la peor de todas. Pero no me quise rendir y me puse alrededor del fuego, en segunda fila. Allí vi que, aunque mucha gente estaba en animada conversación, otros estaban simplemente mirando el fuego. Y me di cuenta de que mucha gente se debía sentir como yo, aunque lo estuviera disimulando. Así que usé un truco que se me había ocurrido y le pregunté a una coreana que dónde dormía. Como el 80 % de los alberguistas, me dijo que en la carpa, a lo que yo le dije con forzada sorpresa que éramos compañeros de habitación. Eso bastó para ponerme a hablar con ella y un chaval de Boston que estaba al lado. Luego me di cuenta de que la mayoría de la gente reaccionaba muy bien cuando les hablabas. Ya había entendido la filosofía del lugar. Lástima que fuera mi última noche.
Gracias a las dos mantas de más y a mi nuevo cojín, pude dormir en unas condiciones mucho mejores. La capacidad de adaptación del "Homo Viajerus" es impresionante.


lunes, 11 de agosto de 2014

Múnich (I)

 Como no me gusta meter todos los huevos en el mismo cesto, este año he decidido hacer dos viajes en mis vacaciones, en vez de uno largo. Para el primero, he utilizado una técnica que me dio buen resultado el año pasado. Consiste en volar a una ciudad, hacer una ruta y volver a España desde otro punto.
 Esta vez tocaba empezar por el sur de Alemania e ir hacia el este. Había pensado partir desde la Selva Negra, pero me di cuenta que verla en un día era demasiado acelerado, así que simplifiqué las cosas y tomé la ciudad bávara de Múnich como punto de partida.
 En el vuelo entablé conversación con una señora muniquesa muy simpática que me debió ver muy desvalido, porque se empeñó en acompañarme hasta la parada de tranvía que tenía que coger para llegar a mi albergue. Aproveché para preguntarle qué cosas ver en la ciudad y alrededores. La preparación del viaje había sido bastante improvisada, y no me había parado a pensar en esos pequeños detalles.
 Estuve un buen rato en la parada, sin ver ningún tranvía que llegara a mi destino, hasta que vi un cartel que anunciaba que esa línea estaba en obras sólo hacía la mitad del recorrido. Se complicaba la cosa un poco.
 Al llegar a la parada, otra amable señora me vio desamparado de nuevo y me explicó que podía coger un autobús que hacía el resto del trayecto. Para que luego digan que los alemanes son secos. Como no estaba muy lejos, recorrí el resto andando hasta que llegué a una especie de parque donde se hallaba el albergue. Más humilde no podía ser. Se trata de una carpa gigante que alberga 50 literas de dos camas cada una. Eso era la "primera clase". Porque también existía la modalidad de acampada y un recinto cerrado donde se podía dormir sobre el suelo. No parece una buena decisión reservar un albergue tan espartano y encima alejado del centro, pero es lo único que encontré disponible.
 Aprovechando que me había comprado un billete-día para ir del aeropuerto a la ciudad, cogí el metro y fui a visitar un lago a unos 30 km al sur de Múnich llamado Stamberger. Apuré la linea de metro hasta llegar al pueblo de Tutzing y una vez allí me puse a patear. Llegué un poco tarde. Estaba atardeciendo y la visibilidad empezaba a ser deficiente. Aun así aún vi algunas valientes pegándose un baño en sus aguas. Resultaba ser un paraje muy agradable. Los Alpes se perfilaban en el horizonte, lo cual hacía que las vistas fueran muy sugerentes. Por el litoral del lago abundaban los restaurantes y bares. Definitivamente este es un buen sitio para venir a relajarse del estrés diario, ya sea laboral o viajero como era mi caso.
 Miedo me daba volver al albergue para dormir con 99 compañeros de habitación. Al llegar al mismo, el ambiente estaba muy animado. Había habilitada una zona donde habían hecho una hoguera y la gente estaba en torno a ella hablando o cantando, siguiendo las notas de una guitarra. Parecía un campamento. Yo no estaba para muchos trotes, así que me fui a dormir directamente.
 La espartanidad del establecimiento se extendía a las camas. Era una litera con un colchón sin más. Nos daban 3 mantas a cada uno y allí nos las apañásemos. A falta de almohada, usé una de estas mantas para reposar la cabeza y me acosté. Pero las noches no son calurosas en Baviera. Y al poco rato me di cuenta de que iba a necesitar la tercera manta. Improvisé una nueva almohada poniendo una toalla sobre unos cuantos calzoncillos (afortunadamente aún limpios). No era un almohadón de pluma de ganso pero podría salvar la noche, aunque se notara la falta de amortiguación.
 Pese a lo que pueda parecer, dormir con 100 personas puede no ser tan malo si se está en un lugar grande como esa carpa. Escuchaba varios ronquidos en distintas partes, pero su onda expansiva se difuminaba, así que el ruido no fue problema esa noche. Sí lo fue el frío, ya que a mitad de noche me desperté temblando. Tuve que ponerme varias capas de ropa (vaqueros incluidos) para soportarlo. A pesar de todo, aún pude dormir 6 ó 7 horas, que falta me iban a hacer para proseguir mi viaje.

viernes, 11 de julio de 2014

I Cross "Saputo 25 km"

 Este año debutaba una nueva prueba atlética en la que había que recorrer la distancia entre Huesca y Almudévar por caminos. La primera parte del trayecto es una de las rutas que suelo utilizar para entrenar, así que pensé que sería curioso hacer el mismo trayecto como parte de una carrera organizada. Se pensó en hacer una media maratón, pero salían más de 21 km, así que la organización decidió estirarla hasta los 25 km. Dicha distancia se podía hacer corriendo o andando. Los andarines salían a las 8:30 de la mañana. Como a mí no me gusta madrugar, preferí empezar a las 10.30 y hacerla corriendo.
 Una carrera a finales de junio asusta un poco, ya que el calor puede ser sofocante. En este caso tuvimos la suerte de que hiciese un día más bien templado, aunque bastante ventoso.
 Apenas 60 corredores estaban presentes en la salida. Unos tienen la fama y otros escardan la lana. Si no, no entiendo algunas pruebas totalmente anodinas y con circuitos poligoneros congregan a cientos de participantes, y a una tan atractiva como ésta, sólo se presentan medio centenar.  Quizá sea porque era la primera edición.
 En la salida me puse un poco delante para salir en la foto. Por mucho autocontrol que se tenga, la posición de salida influye mucho. Así, aunque no forcé, hice los primeros kilómetros un poco por encima de lo aconsejable. Y más teniendo en cuenta el fuerte viento en contra que tuvimos que sufrir durante gran parte del recorrido.
 En Banariés (más o menos el kilómetro 6) estaba situado el primer avituallamiento. Bastante bien surtido, pero con un pequeño problema para los corredores ansiados: los vasos y botellines estaban en una mesa esperando pasivamente a ser recogidos. Hacer eso en marcha es demasiado complicado, así que nos tuvimos que detener unos instantes y tomárnoslo con calma.
 Un par de kilómetros después de Banariés nos encontramos con una llanura interminable en la que no había nada que mitigase el fuerte viento contrario. En esas apareció un corredor de Barbastro con el que pronto llegamos a un acuerdo de simbiosis y nos empezamos a relevar. La verdad es que se notaba bastante la ayuda. Un rato después se nos unió otro más, y por momentos me parecía estar disputando una contrarreloj por equipos.
 Ya con Torres Secas en el horizonte, uno de los simbiontes se quedó y otro tiró para adelante, volviéndome a quedar solo. Ese fue el momento más complicado del día, ya que, además del viento, nos encontramos una subida bastante larga que no parecía acabarse nunca. Por suerte, al coronarla se encontraba otro avituallamiento
 Los siguiente kilómetros discurrían por campos de labranza recién cosechados, ofreciendo un paisaje de una singular belleza. Los kilómetros y el calor (no era muy intenso, pero estábamos a mediodía) empezaban a pasar factura. Pero pronto empecé a encontrarme andarines que habían partido dos horas antes. Siempre motiva esto de adelantar gente, y más si algunos de ellos hasta te animan.
 Tras coronar una subida corta pero bastante empinada, apareció una llanura en la que ya se podía divisar Almudévar. Gran refuerzo moral, al que se sumaba que la ruta picaba hacia abajo, y que el viento en esta zona soplaba lateral a favor.  Aquí ya pude, por fin, desplegar mi poderosa zancada.
 Pero Almudévar estaba más lejos de lo que parecía, así que este tramo se me hizo un poco largo.
  Entramos a Almudévar por el cementerio, que ademas estaba abierto. No era mi caso, pero se me ocurrió que se lo ponían demasiado fácil a alguien que estuviera llegando "medio muerto" (infrahumor).
 Yo pensaba que esto ya estaba hecho, cuando un andarín, con toda la buena voluntad del mundo me animó diciéndome: " ¡Venga! Que ya sólo te queda kilómetro y medio". Eso no me lo esperaba.
 En efecto, para llegar a la redonda cifra de 25 km, la organización nos hizo callejear y callejear por la localidad. No tenía mucho sentido, ya que los espectadores se habían congregado en la llegada, así que el último tramo de la prueba consistía en serpentear por las calles desiertas con más pena que gloria, teniendo cuidado de no perderme, ya que me había quedado solo.
 Por fin, tras una cuesta que se agarró de lo lindo, llegamos a la plaza donde estaba instalada la meta, parando el crono en 2 horas y 16 minutos, un tiempo correcto teniendo en cuenta las características de la prueba.
 En la llegada nos obsequiaron con una longaniza y la clásica camiseta, aparte de agua y una Coca-cola, que cometí el error de beber. En la plaza se habían colocado unas mesas gigantes, ya que a todos los participantes tanto de la caminata como de la carrera se nos invitaba a comer. Se trataba de un plato de macarrones bastante bueno, con vino de la Mancha, gaseosa, una pera y un trozo de Trenza de Almudévar. La verdad es que por 20 € que había pagado, la organización nos trató de lujo. Y más teniendo en cuenta que disponíamos de un autobús para volver a Huesca después de la comida. Y pensar que en una prueba que corrí en Inglaterra, por un precio similar, me dieron una humilde medalla y un vaso de agua de garrafa....
En definitiva, me complazco en dar la bienvenida a esta prueba, a la que me veré obligado a volver si me siguen tratando tan bien.

lunes, 9 de junio de 2014

7ª Carrera "Tozal de Guara": un descenso cuesta arriba.

 Las carreras de montaña provocan en mí sensaciones encontradas. Por un lado permiten deleitarse con paisajes que suelen ser mucho más evocadores que los urbanos, y en ellas reina un gran ambiente. Pero para una persona como yo, que se crece ante las facilidades, no le acaba de ir bien enfrentarse a terrenos tan accidentados. Aun así pensé que valía la pena darle otra oportunidad a este tipo de pruebas.
 En este caso se trataba de subir al pico de Guara partiendo desde la localidad de Nocito. Había dos versiones, la "corta" de 21 km., que es a la que me había apuntado y la larga, de 42 km, que aparte de la de Guara, incluía algunas subidas más.
 En el último mes, apenas he entrenado debido a mi ajetreadada vida de soltero sin hijos. Confiaba en mi experiencia, buen hacer y la inercia del estado de forma alcanzado este invierno. Pero eso no es suficiente para una carrera tan dura como la de hoy. Y más si a eso le sumamos que la noche anterior, Morfeo me dejó un poco de lado y no llegué a dormir ni dos horas.
 Parece que por fin acude el calor a nuestras latitudes. El día se presentaba despejado y la temperatura a primera hora de la mañana ya era considerable. En mi inconsciencia, no me llevé ni una gorra ni protector solar. Por suerte, la primera parte de la prueba discurría por un frondoso bosque que mitigaba los efectos del "Astro Rey". Los primeros dos o tres kilómetros llaneaban bastante, con el único accidente de un río que había que superar en varias ocasiones. Como mis humildes zapatillas no llevan gore-tex, procuré evitar mojarme en exceso los pies haciendo uso de algunas piedras ubicadas estratégicamenten en el lecho fluvial. Vano intento, porque a la cuarta intentona no había forma de evitar que mis pies quedaran chupidos, lo cual lamentaría horas más tarde.
 Poco a poco, el camino se iba empinando hasta el punto de que la gente se puso a andar. Yo procuro correr el máximo tiempo posible, pero Guara se veía muy arriba y opté por seguir una táctica conservadora. Iba andando y cuando la pendiente se tendía un poco, corría. Gracia a ello, fui paulatinamente superando corredores, aunque en este caso eran más andarines.
 El calor no era sofocante, pero el esfuerzo estaba pasando factura en forma de sed. Al ver que había avituallamientos cada 4 kilómetros, pensé que sería más que sufieiente. Pero no es lo mismo hacer esta distancia corriendo en llano que andando en montaña. Así que la distancia entre puntos de avituallamiento, se me hizo eterna. Con el añadido de que las raciones estaban limitadas, debido a la dificultad que supone llevar garrafas de agua a puntos tan inaccesibles.
 Conforme ganábamos altura, el arbolado comenzaba a escasear. Eso hacía que estuviéramos más expuestos al sol que ya empezaba a pegar de lo lindo. Como contrapartida, las vistas que se podían presenciar sobre la sierra de Guara y la Hoya de Huesca, empezaban a avisar de lo que nos esperaba en la cima.
 En la última parte de la ascensión, los caminos brillaban por su ausencia. Tan pronto andábamos sobre un lecho de guijarros como gateábamos trepando agarrándonos a las rocas. En esos momentos estábamos más cerca del alpinismo que de una carrera de montaña. Aunque tamaño esfuerzo tuvo una gran recompensa. Las vistas desde la cima de Guara son espectaculares. Pero si a eso le sumamos el toque épico de haberlas alcanzado corriendo (lo que se pudo) le dio otra dimensión casi legendaria.
 Ahora tocaba bajar. Parecía que lo peor había pasado. Pero un par de calambres en el gemelo que me obligaron a parar para estirar, nada más comenzar el descenso, no presagiaban nada bueno.
 Los primeros tramos me permitieron desplegar mi poderosa zancada, pero pronto se estrechó el camino, lo que hizo que la bajara fuera mucho más técnica. No es fácil hacer un descenso en una prueba de montaña. Hay que estar muy atento de dónde se pisa, porque el riesgo de lesión es alto. Además siempre te encuentras auténticas "cabras montesas" que recuperan con creces en la bajada lo que les hayas podido sacar en el ascenso. En esas situaciones no me complico la vida. Me aparto y dejo pasar, que ya nos veremos en la llegada.
 El esfuerzo me estaba empezando a pasar factura. No en el sistema respiatorio y el corazón, que había regulado bastante bien, sino en las piernas. El "tute" que les había metido hacía que no me respondieran con la rapidez necesaria, así que empecé a caminar cuando la pendiente era pronunciada y el terreno peligroso. Además, los calcetines que se habían mojado en el primer tramo se habían secado y habían formado alguna arruga que hacía que mis dedos sufrieran cuando me decidía a trotar. Las distancias entre corredores se habían hecho grandes, por lo que durante el último tramo fui solo, sin ver a nadie delante, ni sentir ninguna presencia detrás. Además los kilómetros no estaban balizados, por lo que no sabía cuánto me quedaba. Si a eso le sumamos que el sol estaba operado a pleno rendimiento, se puede deducir que estos últimos kilómetros cuesta abajo, se me hicieron muy "cuesta arriba". Muy mal se me tenía que ver, porque los pocos corredores que me superaron en ese tramo me preguntaban cómo estaba. Lo cual confirmó mis sospechas de que la fraternidad entre los corredores de montaña es grande.
 Por fin las casas de Nocito se divisaron en el horizonte. Con mis piernas ya en la UVI y totalmente desfondado, conseguí llegar a la meta con un tiempo de 3h 54' 42'', que supone mi récord absoluto en esta prueba, y un listón bastante asequible por si decido repetir algún año de éstos.
 Una buena ducha y una comida gentileza de la organización, ayudaron a reponer, aunque fuera en parte, las energías y el ánimo. Aunque el "efecto Chiquito", que una vez acabada la prueba de larga distancia, nos hace andar con un estilo similar al del genial humorista andaluz, se ha prolongado durante todo el día.
 Así pues, luces y sombras en esta carrera. Entre las primeras, los majestuosos paisajes y el excepcional ambiente de camaradería entre los participantes.Pero me he dado cuenta de no me gusta subir grandes pendientes y lo paso mal en descensos pronunciados. En esta carrera ha habido mucho de los dos, así que lo que se dice disfrutar, poco. Quizá eso se deba a una falta de entrenamiento específico. En cualquier caso, sabiendo que he sobrevivido a ésta, y conociéndome como me conozco, creo que volveré algún día a los caminos de la sierra.