sábado, 20 de febrero de 2016

¡Que viene Erika!

 Unos días antes de viajar a Puerto Rico, me enteré de que un huracán llamado Danny, amenazaba con llegar a la isla. Pero se lo pensó mejor y antes de tocar tierra boricua, se fue a dar por saco a otro lado.
 Se dice que detrás de un gran hombre suele haber una gran mujer. Y así fue en este caso, ya que apenas Danny se había desviado al norte, vino tras él amenazante otro huracán llamado Erika. De éste no me iba a librar. Aunque había perdido fuerza y se había convertido en una tormenta tropical. Aun así, se preveía que iba a causar problemas. Por ello, y entre otras cosas, se suspendía el servicio de ferris con Fajardo hasta nueva orden. Como lo de nadar grandes distancias no es lo mío (ver entrada anterior) me veía obligado a permanecer en Vieques sine die, lo cual alteraba mis planes que incluían una visita a la zona oeste de Puerto Rico.
 Afortunadamente, en el albergue había sitio de sobra. No sólo eso, sino que al prolongar mi estancia una noche más, me regalaban otra. Por lo menos la tormenta no me cogería a la intemperie.
 De momento el día se presentaba con un sol radiante y apenas se veían nubes en el horizonte, así que había que intentar aprovecharlo. Javier, mi compañero mexicano me propuso ir a Isabel II, la capital de la isla, que apenas había podido ver al llegar.
 Para llegar a ella, necesitábamos un taxi. Y no iba a ser fácil de conseguir. Los primeros a los que llamamos, nos dijeron que no trabajaban debido a la tormenta, pero al final logramos que uno nos llevase.
 Isabel II, a pesar de ser la capital de la isla, no pasa de ser un poblado de poco más de 1000 habitantes, aunque tiene bastante actividad comercial y cuenta con algunos puntos de interés, especialmente una fortaleza española del siglo XIX.
  Dimos un paseo por el pueblo y en la puerta de una frutería nos encontramos con Vicente, el simpático joven que me había llevado el día anterior en su ranchera. En Vieques nos conocemos todos.
 Llamaba la atención que un gran número de tiendas y restaurantes estuvieran cerradas debido a la tormenta, mientras el sol lucía esplendorosamente.
Ayuntamiento de Isabel II
 Llegamos a una playa y, a pesar de mis reticencias, lógicas al tener una tormenta tropical amenazando, nos dimos un baño.
 Al rato empezaron a caer gotas y el cielo se encapotó. Poco después tuvimos que salir precipitadamente del agua bajo una lluvia torrencial. 
 La situación no era muy halagüeña: Estábamos a unos 10 km del albergue, con ropa de verano bajo una tromba de agua que suponíamos que se trataba de la temida tormenta tropical y sin saber si íbamos a encontrar taxi para volver. 
Intentamos llamar al taxista que nos había traído pero no contestaba. Entretanto nos refugiamos en un colmado, aprovechando para aprovisionarnos de víveres.
Afortunadamente el taxista acabó cogiendo el teléfono y accedió a llevarnos de vuelta a Esperanza, a pesar del aguacero.
Ya en el albergue, comenzó a escampar. Por lo visto, esto sólo había sido el aperitivo, y la llegada de la temida Erika iba a tener lugar esa noche.
En el albergue había mucha gente ociosa y a alguien se le ocurrió dar un paseo hasta la Playa Negra, donde ya había estado el día anterior. Se sumaron casi todos los huéspedes y algunos empleados. Al poco rato del iniciar el paseo, los menos pacientes se impacientaban, así que preguntaron en una casa a cuánto estaba la playa. Les dijeron que un poco lejos, pero se ofrecieron a llevarnos en dos coches. Gran detalle que habla de la hospitalidad isleña.
Playa Negra
Algunos nos animamos a bañarnos en las agitadas aguas de la Playa Negra pero allí no había mucho que hacer, por lo que al poco rato decidimos volver. Nuevamente conseguimos que nos llevaran en coche al albergue. Así da gusto.
Aún dio tiempo a ir a un bar a echar un bocado, antes de que cerrase todo. Tocaba encerrarse en el albergue y esperar la llegada de Erika.
Poco a poco empezó a levantarse un viento cada vez más fuerte acompañado de una intensa lluvia. En un momento, incluso se llegó a perder el suministro de corriente en el albergue, ante la inquietud de algunos huéspedes. Sin restarle la importancia que merecía, yo me sentía seguro en el albergue y lo viví como una experiencia. De hecho me fui pronto a la cama y dormí como un bendito. Tanto que incluso me había dejado la luz encendida y no me había dado cuenta.
Por la mañana aún seguía la tormenta, pero poco a poco se fue diluyendo. Había salido incólume del paso de Erika aunque, de momento, no iba a poder salir de la isla. El servicio de trasbordadores seguía cancelado.

domingo, 14 de febrero de 2016

Pateando Vieques

 La idea para mi, teóricamente, único día completo en Vieques, era visitar todas las playas que estuvieran a una distancia asumible a pie.
De buena mañana, salí del albergue con espíritu explorador y me dirigí al oeste. A falta de un sendero tuve que caminar por la carretera que, además no tenía apenas vistas al mar. Por suerte, el tráfico era prácticamente nulo. La isla de Vieques es un lugar apacible, y más en temporada baja.
3 poderosos canes
 Tras más de media hora, me encontré con un letrero que señalaba una senda que bajaba a la “playa Negra”. Estuve a punto de quedarme sin verla cuando 3 poderosos canes se interpusieron en mi camino y comenzaron a ladrarme. Pero cuando vi que no avanzaban hacia mí, me di cuenta de que estaban de farol, proseguí mi camino y los perros se apartaron ante mi osadía.
Más amable fue el recibimiento de unos cangrejos que tenían sus madrigueras en los márgenes del camino y se ocultaban a mi paso. Me llamó la atención verlos en mitad del bosque. 
Como era de esperar, la “playa Negra” no era otra cosa que una cala con arena silícea de color negro. Bastante pequeña y con un fuerte oleaje que no hacía muy apetecible el baño.
Playa Negra
 Volví a la carretera y seguí un rato más hacía el oeste, visitando un par de calas absolutamente desiertas.
 Ya me había alejado bastante de Esperanza (el poblado donde estaba el albergue), así que volví, no sin pararme en una tienda para tomar algo refrescante que mitigara el efecto del caluroso sol tropical. Me decidí por un producto de la tierra, una lata de agua de coco. Lo malo es que al leer la letra pequeña, comprobé que no era de la tierra viequense sino tailandesa. La globalización no hay quien la pare.
 Aproveché mi estancia en el albergue para comer y descansar un poco antes de mi expedición vespertina.
 Me hubiera gustado visitar las playas en compañía, pero no me acababa de encontrar cómodo con los pocos clientes del albergue. Así que seguí en solitario mi excursión, esta vez en dirección este.
 Le eché el ojo a un par de calas más allá de la bahía bioluminiscente, que no parecían muy lejanas en el mapa. Lo malo es que había que andar por una carretera que no seguía la costa, y que la escala del plano (el típico de propaganda) distaba mucho de ser atinada. De esto me empecé a dar cuenta cuando llevaba casi una hora caminando. En ese momento dejé la carretera y cogí un camino que parecía dirigirse a la costa, pero que en realidad no llevaba a ninguna parte. 
 Desanimado, decidí volver al punto de partida, no sin antes clavarme una espina de enjundia en el pie. Pero en los peores momentos aparecen los grandes personajes, y apenas hube enfilado la carretera para volver, una ranchera se paró y su conductor me invitó amablemente a subir. Se trataba de un joven muy simpático que se alegró cuando le comenté que era español, ya que me contó que tenía ascendencia cántabra. 
 Casi llegando a Esperanza me dijo que había quedado con un amigo para echarse un baño en el muelle y me invitó a acompañarlos. Aparte de los chapuzones en el muelle también hablamos un poco de la vida en la isla de Vieques y en Puerto Rico en general.  Fue lo que necesitaba en un momento en el que mi moral empezaba a flaquear.
 Cuando mis dos improvisados compañeros volvieron a sus quehaceres recorrí las playas cercanas, algunas de ellas sin más compañía que unos cuantos caballos que, extrañamente poblaban sus alrededores. La experiencia de vivir el ocaso en tan paradisiaco entorno hizo que olvidara los avatares menos afortunados de la jornada. Entre ellos, el olvido de mi cámara de fotos en una cala.
 Afortunadamente seguía en el mismo sitio cuando volví azorado a buscarla media hora más tarde.
Playas poco concurridas

 Ya de vuelta al albergue, me encontré un nuevo compañero de cuarto. Se trataba de Javier, un mexicano que estaba viviendo en San Juan. Me comentó que había venido también otra pareja de compatriotas suyos, pero que ya se habían acostado. A diferencia de lo que me había sucedido con el resto de huéspedes, enseguida me encontré cómodo con Javier, ya fuera por hablar el mismo idioma, por la afinidad cultural, por su carácter abierto, o por las tres cosas a la vez.
Al día siguiente tenía pensado abandonar la isla de Vieques, pero una razón de fuerza mayor me iba a hacer cambiar de planes.

lunes, 1 de febrero de 2016

Primeras impresiones de Vieques

  Una vez instalado en el albergue fui a dar una vuelta por el pueblo. Lo primero que pensé, al ver su reducido tamaño y escasa animación, es que los dos días que iba a pasar allí se me iban a hacer un poco largos.
  En un colmado me aprovisioné de comida y, no menos importante por estos lares, unas gafas y un tubo de buceo.
 No tardé en emplearlas en una playa cercana. A unos 100 metros de la orilla asomaban los mástiles de un pequeño velero naufragado. Por unos momentos me sentí un cazatesoros descubriendo hallazgos de incalculable valor. Pero el pecio del velero distaba mucho del San José. Era un humilde barco de recreo contemporáneo, pero por algo se empieza. ¿Y qué mejor que darme el primer baño de mi vida en el Caribe rememorando viejas (o no tanto) historias de naufragios?
Barco parecido al que "descubrí"

 Del albergue, aparte de su estilo hawaiano, me llamó la atención la gran cantidad de personal con que contaba. Según mis cuentas, salían más empleados que clientes. Aquéllos eran voluntarios venidos de los Estados Unidos. Si a eso le sumamos que los pocos huéspedes eran anglohablantes hizo que me viese un poco fuera de juego. Por mucha caña que le haya metido al inglés, me sigue costando entrar en la conversaciones de grupos.
 Estuve investigando sobre los principales atractivos turísticos de la isla, y por lo visto, la estrella era la bahía Mosquito. Debido a una elevada concentración de ciertos microorganismos bioluminiscentes , el agua de la bahía se iluminaba por la noche. O por lo menos eso es lo que vendían.
Los 50 dólares que costaba la visita se antojaban demasiado en mi estado de falta de liquidez en metálico, así que esperé al ocaso y me dirigí a dicha bahía, que distaba unos 5 kilómetros del albergue. Pasear de noche por la isla tiene su encanto. Los ruidos que se escuchan son totalmente distintos a los que se estilan por Europa. Entre ellos destaca el de una rana bautizada como “coqui”, ya que emite sin cesar un soniquete muy parecido a esa palabra.
Al llegar a la bahía me encontré con un par de furgonetas con barcas y un mar de lo más oscuro. Le pregunté a dos hombres que estaban manipulando las barcas (se trataba de guías de las compañías que enseñaban la bahía) y me dijeron que desde la orilla no se veía nada y que si me metía un poco en el agua lo detectaría. De todas formas, me explicaron que, al haber luna llena, el fenómeno se veía muy atenuado.
 No me había traído bañador, pero ya que estaba allí quería ver algo de bioluminiscencia. Así que esperé a ponerme fuera de la vista de los guías, y me metí en las aguas caribeñas tal y como vine al mundo.
  Lo único que pude apreciar es que al mover las manos dentro del agua se producía un efecto parecido al de remover el fondo marino. Es decir, nada del otro mundo, aunque quizá haciendo el tour en piragua se pueda ver algo más lustroso.  Eso sí, el nombre de la bahía estaba más que justificado, dado el gran número de dípteros que poblaban la zona. Menos mal que tenía a mano el Relec extra fuerte. Tan fuerte que al final me parecía menos nocivo ser picado por los mosquitos que embadurnarme con semejante mejunje .
 La cena en el albergue me sirvió para degustar una tradicional receta caribeña llamada sancocho, a base de vegetales de la zona (se puede hacer con carne, pero no era el caso). Por supuesto era de lata. Si no cocino ni en mi casa, tampoco es cuestión de hacerlo en mis viajes, y menos para elaborar recetas desconocidas. Por cierto, muy bueno el sancocho de lata. Intentaré encontrarlo en alguna tienda de Huesca.
 Mi cuarto contaba con 8 camas, pero sólo lo compartí con un compañero que, además no se dejó notar mucho, por lo que pude dormir en condiciones. Las sensaciones que me había dejado la jornada eran un poco agridulces. Me encontraba en un lugar privilegiado, pero me sentía algo aislado. Aún me quedaba otro día para decantar la balanza a uno u otro lado.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Viaje a Vieques

 Al este de Puerto Rico hay un par de islas llamadas Culebra y Vieques, que conforman las llamadas Islas Vírgenes Españolas. Están unidas a la isla principal por ferri, y tenía curiosidad por visitar, al menos una de ellas.
 Dos razones me decidieron a visitar Vieques:
 1)Es más grande que Culebra y podría dar más juego.
 2)Mientras que la capital de Culebra se llama Dewey (almirante estadounidense que derrotó a Montojo en la Batalla de la Bahía de Manila ), la capital de Vieques es Isabel II (reina de España en el siglo XIX). Y puestos a homenajear, prefiero que sea a una reina española, aunque fuera un desastre.


 Hay varias formas de llegar a Vieques desde San Juan. La más cómoda y cara es un vuelo de unos 25 minutos. La más incómoda y barata es la que hice yo.
 El primer paso fue andar unos 45 minutos desde mi albergue a la estación de tren de Sagrado Corazón, donde tomé un tren urbano hasta Río Piedras. Allí tenía que buscar la estación de carros públicos y coger uno a Fajardo, ciudad situada en la costa noreste de Puerto Rico. Pregunté a un hombre que me explicó que había dos estaciones en la zona, y me indicó cómo llegar a ellas. Como suele pasar, la primera no era. Al llegar a la segunda, me encontré una furgoneta con gente esperando junto a ella.
 El sistema de transporte público boricua es muy curioso. No hay líneas regulares de autobuses  o trenes entre las ciudades, sino unas furgonetas donde caben hasta 8 ó 10 personas que hacen la ruta y parten cuando se considera que hay un número suficiente. Es decir, no hay horarios ni nada que se le parezca.
 En este caso, apenas tuve que esperar 10 minutos para que el conductor decidiera arrancar. Tampoco parecía muy reglamentado el sistema de tarifas. Un ayudante del conductor preguntaba a la gente dónde iba y les cobraba un precio. En mi caso, ya estaba informado de que si la furgoneta te dejaba en el centro de Fajardo te cobraba un precio (muy módico), que se triplicaba en caso de que te llevasen a la terminal de ferris.
 Nada más salir, vi que un joven escribió un mensaje en su móvil y se lo enseñó a una tinajera sentada junto a él. Le decía que le habían cobrado de más.
 5 minutos más tarde, otro joven que había pasado por el aro y había pagado el viaje a la terminal de Fajardo cambió de idea y le dijo al conductor que quería bajarse. Éste le dijo que sin problema, pero que no le podía devolver el dinero, ante el enojo del cliente, que se acabó bajando de malas maneras.
 Con cierta tensión en el ambiente, prosiguió el curioso viaje. La furgoneta iba dejando y recogiendo personas por el camino. Algunas aparecían a pie de carretera en mitad de la nada.
 El cielo se iba encapotando por momentos y nada más que puse el pie en Fajardo, empezó a llover torrencialmente. Curiosamente Puerto Rico estaba en estado de emergencia por sequía, ya que llevaba meses sin llover. Me pareció egoísta quejarme de la lluvia teniendo en cuenta cómo estaba el tema por allí.
 La astuciosa jugada de ahorrarme unos cuantos pesos al bajarme en el centro de Fajardo no me acabó de salir del todo bien, teniendo en cuenta que llegué al embarcadero como una sopa. Pero como dicen los entrenadores deportivos, uno ha de ser fiel a sus ideas. Y en ellas encajaba muy bien el precio del transbordador: dos dólares, por un trayecto de más de dos horas.
Esperando al ferri en Fajardo
  El ferri nos dejó en la capital de la isla (Isabel II), pero mi albergue estaba en la parte sur, concretamente en Esperanza. Por suerte, en el muelle había unas cuantas furgonetas-taxi esperando. Otro viajecito para el cuerpo, esta vez de unos 15 minutos y llegué a mi destino: un pequeño poblado a orillas del mítico mar Caribe.
Albergue Lazy Jacks en Esperanza
 Toda esta peripecia me la podría haber ahorrado cogiendo un vuelo desde San Juan. Pero si quiero estar cómodo y que no me sucedan percances inesperados, me quedo en casita.


jueves, 3 de diciembre de 2015

San Juan (II)

 De buena mañana y en ayunas (el humilde albergue no ofrecía desayuno) salí a recorrer la ciudad. Lo primero que hice fue visitar un supermercado para echar un bocado y, sobre todo curiosear por los anaqueles, que es una de mis experiencias favoritas cuando viajo al extranjero. En este caso, y a semejanza de lo que ofrece el país, se presentaba una curiosa mezcla hispano-estadounidense-caribeña, a precios poco populares.
 Un mango y una papaya deliciosos borraron la no del todo grata impresión del guanajito y me dieron fuerzas para afrontar el día. El sol tropical demostraba su merecida fama pegando de lo lindo a una hora tan temprana como las 9 de la mañana.
 Dirigí mis pasos hacia el Viejo San Juan, para ver de día lo que tan grata impresión me había causado de noche. Las calles seguían igual o más bonitas, pero lo que más me interesaba visitar era el Castillo de San Felipe del Morro, imponente fortaleza construida por los españoles en el siglo XVI, para defender la ciudad de sus numerosos y poco amigables pretendientes.
Nada más entrar, me recibió un empleado que vestía como el guarda forestal del  parque de Jellystone (el del oso Yogui). No en vano, los guardias del fuerte pertenecen al departamento de los parques nacionales de Estados Unidos.
Haciendo guardia frente a San Felipe
 La fortaleza es un edificio impresionante, y no me extraña que fuera inexpugnable durante más de 3 siglos, a pesar de los intentos de conquista, sobre todo por parte de holandeses e ingleses.  Me llamó la atención el detalle de que en el recinto ondearan 3 banderas: la estadounidense, la puertorriqueña y la cruz de Borgoña, antigua bandera militar de España.
 La entrada daba derecho a visitar el castillo de San Cristóbal, al otro lado del Viejo San Juan. Aproveché la jugada como era de esperar. El segundo no era tan espectacular como San Felipe del Morro, pero tenía su enjundia.
Vista desde San Cristóbal
 En España, antes de coger el vuelo, había cambiado algunos euros a dólares. Pero pensaba convertir el grueso en San Juan, esperando un cambio más favorable. Para mi sorpresa, no puede ver ninguna oficina de cambio de divisas en el Viejo San Juan. Pregunté en la oficina de turismo y me dijeron que no había ninguna, pero que en una joyería, quizá me pudieran cambiar. Probé en un lugar más lógico, como un banco, pero me dijeron que tenía que ser cliente. Luego me dí cuenta de lo que pasaba.  La gran mayoría de turistas que visitan San Juan son estadounidenses, por lo que no necesitan cambiar. El resto ha de apañarse como pueda. 
 Por lo menos, a la salida del banco me llevé una alegría. Llevaba puesta una camiseta de la Carrera del Ebro y un hombre me paró, hablamos un rato y me comentó que su abuelo era español (de Tarragona).
 Viendo que lo de conseguir dólares se me negaba, comencé la búsqueda de un adaptador de enchufe europeo a americano.  No encontré ninguno en todo el Viejo San Juan.  Ya de vuelta al albergue, pasando por un barrio humilde, probé suerte en una ferretería. Esta vez si hubo suerte, no sólo porque pude comprar el adaptador, sino porque el dependiente tenía ancestros asturianos, lo que dio pie a una animada conversación.
 Ya en las cercanías del albergue, el hambre apretaba. Así que visité un establecimiento de comida rápida para homenajearme con un bocadillo de 2 dólares, pagado con tarjeta de débito (no podía malgastar ninguno de mis preciados dólares en efectivo).
 El albergue no estaba muy lejos de la playa de Condado. Desde niño, había soñado en bañarme en  la típica playa con cocoteros. El gran momento se iba a hacer realidad. Aunque el trayecto hacia allí no fuera precisamente paradisíaco, teniendo que cruzar debajo de una autopista, en un entorno urbano poco agraciado. Pero allí estaba la playa con cocoteros (y muchos hoteles). Me sorprendió lo caliente que estaba el agua, parecían baños termales, y no es lo que apetecía bajo ese sol despiadado. Así que no estuve mucho tiempo.
Playa con cocoteros ¡Por fin!

 Como suele pasar, nuestros sueños son mucho más bonitos en nuestra imaginación que en la realidad. Ya habría tiempo de visitar playas más competentes.
 Un paseo por los alrededores del albergue me sirvieron para confirmar que, más allá del Viejo San Juan, la capital boricua no es una ciudad desbordante de encanto. Modelo usense con grandes avenidas y nula armonía arquitectónica.  Por si acaso, no está de más recordar que el Viejo San Juan coincide con lo que era la ciudad en la época española y el resto se edificó bajo el dominio estadounidense.  Como dijo Bernd Schuster: “No hace falta decir nada más”.
 Me aprovisioné de viandas en un Walmart para cenar en el albergue. En el gigantesco supermercado, casi se me saltan las lágrimas al escuchar a un niño decirle a su padre que tenía una peseta en el bolsillo. Y es que en Puerto Rico llaman así a las monedas de un cuarto de dólar (a los dólares los llaman pesos).
 El albergue estaba poblado de curiosos personajes. Entre ellos destacaba un ex-empleado del mismo, al que despidieron en su momento porque descuidó un rato sus labores en recepción para irse a echar un bocado en otro lugar. Esto fue aprovechado por unos cacos para desvalijar las taquillas del albergue. Evidentemente, eso no me hizo sentir muy seguro allí. Pero estábamos en el Caribe y había que tomarse las cosas tan relajadamente como quien le permitía pasarse por allí y estar como Pedro por su casa después de haberle despedido.
Al día siguiente tocaba madrugar, así que me fui pronto a la cama y pude dormir aceptablemente, a pesar del molesto aire acondicionado.



domingo, 22 de noviembre de 2015

San Juan (I)

 En un libro que tengo sobre el indómito aventurero Miguel de la Quadra-Salcedo, se dice que afirma que un español no lo es plenamente si no ha estado y sentido las tierras del otro lado del Atlántico.
 Hasta ahora no había visitado ningún país hispanoamericano. Así que ya tocaba. Tenía curiosidad por conocer aquéllos que más tardiamente se separaron de España, ya que, teóricamente presentarían más vínculos con la ex-metrópoli. La disyuntiva era Cuba o Puerto Rico. Siendo avisado de lo insistentes que son ciertos personajes en la primera para turistas solos y desamparados como yo, me decanté por la segunda, quedando Cuba en la lista de tareas pendientes.
Las casi 8 horas de vuelo  de Madrid a San Juan, no se me hicieron muy pesadas gracias a las tertulias y programas político-históricos que pude escuchar con mi mp3.
 La llegada al aeropuerto, con los engorrosos controles para entrar en los Estados Unidos y la mayoría de carteles en inglés, me transmitieron la misma sensación que había tenido en mis anteriores visitas al país norteamericano. Pero no me hizo la misma gracia en Nueva York, que en una isla caribeña. Por lo menos el policía del control me habló en español.
 Del aeropuerto a mi albergue había una distancia considerable, que obligaba a coger transporte público. Me había informado y, por lo visto, el hacer el trayecto en autobús era poco menos que una odisea.
 Ya anochecía en San Juan, y dejé a un lado mi tradicional niunclavelismo para coger un oneroso taxi. La música local que tenía sintonizada el taxista, me hizo sumergirme en el ambiente caribeño. Pronto subí a la superficie cuando me dejó en un barrio de lo que parecían ser los bajos fondos de la ciudad. En recepción me atendió un simpático muchacho de raza negra que no hablaba español. Para acabar de desconcertarme, me comentó que era alemán.
 La habitación era muy humilde, incluso para los estándares de un albergue. En ese momento me hice la clásica pregunta que uno se hace cuando tras un largo viaje, no ha llegado a lo que se dice, un paraíso: ¿Qué c.. hago yo aquí?  La llegada de dos compañeros de cuarto, cortaron la cadena de pensamientos oscuros que poblaban mi cabeza. Se trataba de una chica colombiana y un individuo panameño. El compartir idioma y acervo cultural con ellos me hizo, por un momento, sentirme menos desamparado.
 Pero no había recorrido miles de kilómetros para quedarme en una habitación, y menos si era de estética tan poco afortunada como aquélla. Así que le pregunté al recepcionista cómo llegar al Viejo San Juan. No me conocía mucho, ya que me dijo qué autobús había que coger, advirtiéndome que a la vuelta debería coger un taxi, ya que entonces no habría líneas de transporte público abiertas. Buen chico yo para coger dos taxis en el mismo día.
 Antes de lanzarme a la exploración urbana, acudí, aconsejado por mis compañeros de habitación, a un puesto de comida callejera.El vendedor me dijo lo que tenía, todos nombres exóticos para mí. Podría haberle preguntado qué es cada cosa, pero me gustan las sorpresas, así que me decidí por el guanajito. Por si acaso, lo pedí pequeño. Y bien que hice, porque se trataba de unos trozos de plátano hervido que acompañaban a algo indefinido que tenía toda la pinta de ser tripas. ¿Cómo un nombre tan simpático e inofensivo como "guanajito" puede nombrar a las entrañas de un animal?
 Me comí lo justo para saciar mi hambre y aún porté un rato más el recipiente que aún estaba por la mitad. El barrio por el que me movía no parecía muy seguro, y el guanajito era la única arma con la que contaba.
Plaza de San Juan Bautista. Al fondo se vislumbra el castillo de San Cristóbal
 Tras casi una hora caminando por avenidas un tanto anodinas, apareció en el horizonte una fortaleza de estilo colonial (el castillo de San Cristóbal), que marcaba el inicio del Viejo San Juan. El panorama cambió radicalmente al internarme en sus encantadoras calles coloristas y llenas de ambiente. No sin razón, el casco viejo de la capital boricua está declarado Parimonio de la Humanidad por la Unesco. Ya habría tiempo de explorarlo en profundidad. El cansancio del viaje empezaba a notarse y el albergue no estaba cerca, así que no estuve mucho tiempo por la zona.
Viejo San Juan

Ya en mi habitación la noche no fue todo lo plácida que hubiera deseado, debido al atronador sonido del aire acondicionado que era el único (y molesto) lujo con el que contaba la habitación.
 Cuando todos dormían, en un sigiloso movimiento, lo desconecté y por fin, pude descansar.

martes, 3 de noviembre de 2015

Córdoba

 Gracias al AVE, el trayecto de Jerez a Córdoba se hizo muy liviano. No estoy muy de acuerdo con que se hayan hecho tantos kilómetros de ferrocarril de alta velocidad en España. El otro día Rajoy sacaba pecho diciendo que somos el segundo país del mundo en kilómetros de vía rápida. Tendría que haber dicho la verdad: que somos el país del mundo con más gasto per cápita en este tipo de trenes, que si son caros para viajar en ellos, son carísimos para construirlos y mantenerlos.
 Pero ya que me lo han hecho pagar con mis impuestos, no iba a dejar de utilizarlo, sobre todo aprovechando alguna promoción.
 La estación de tren de Córdoba está en la zona norte, a las afueras. Como suele pasar, tocaba pateada de las buenas hasta el albergue, situado en el corazón de la ciudad. El primer tramo, por amplias avenidas, se llevó bien. Más complicado fue el trayecto conforme me acercaba al centro, por calles estrechas y llenas de turistas.
Típica calle cordobesa
El albergue estaba ubicado en un edificio típico con su patio cordobés y a una distancia ínfima de la Mezquita-catedral. Bueno, bonito y barato. Además junto al mismo, está un bar donde hacen unas tortillas de patata gigantescas. No me iba a ir sin probarlas, así que me tomé una ración acompañada de unas patatas bravas. Dejando aparte la redundancia de solanáceas, la tortilla estaba muy buena (parece que cantidad y calidad no son incompatibles) y de las patatas bravas recalentadas al microondas, seré diplomático y diré que me quitaron el hambre y no eran caras.
Cuña de tortilla  (del corte se deduce el mamotreto original)
 Cargado de hidratos de carbono, me dediqué a callejear por la ciudad. ¿Qué decir de Córdoba que no se haya dicho ya? Cada pueblo que la ha habitado ha dejado su huella, para conformar un conjunto histórico-arquitectónico excepcional.
  Bajando a temas más mundanos, salí del centro en busca de viandas para poder cocinar en el albergue. Fui nada menos que al supermercado del Corte Inglés. Aunque sea caro, siempre iba a salir más barato que comer fuera, así que no me privé de productos exóticos y deliciosos.
 Ya en el albergue conocí a mis compañeros de cuarto que eran dos marroquís y una británica, un tanto españolizada. También andaba por el edificio un romano, al que se me olvidó echarle en cara  lo brutos que fueron sus antepasados cuando anduvieron por Hispania. ¿Qué es una tontería? Digánselo a los indigenistas americanos que nos reclaman algo parecido. Ya me ha tocado aguantar la chapa de alguno.
 Me tomé la noche con tranquilidad, aprovechando para reposar en las hamacas de la terraza al aire libre del alberge, charlando con mis compañeros. Por un momento, este viaje parecían unas vacaciones.
 A la mañana siguiente hice una jugada tan astuciosa como niunclavelista. Visité el Alcázar de los Reyes Cristianos y la Mezquita-Catedral en el intervalo de una hora, para aprovechar que durante ese lapso, la entrada es gratuita. No es que me diera tiempo a explorar todos los recovecos, pero por lo menos puedo decir que he estado en ambos.
Alcázar de los Reyes Cristianos (hasta me dio tiempo a hacer fotos)
 Empalmé esta doble visita con el ya tradicional "tour gratuito" por la ciudad.  Ruinas romanas, edificios de Al-Ándalus, del Siglo de Oro Español, una sinagoga, patios andaluces.., Todo esto y más ofrece Córdoba. Sobró, eso sí, la "parada para descansar" en un bar y las gracias un tanto preparadas de la guía, que, a diferencia de la que nos había conducido en Granada, no se cortó un pelo en reclamar la propina al final del trayecto.
 Ya estaba visto lo más renombrado de Córdoba. Pero habiendo fuerzas y tiempo, no pude evitar seguir pateando durante todo el día, sin dejar de encontrar puntos de interés.
 Esa noche brindé con sidra en el albergue para celebrar mi despedida de Andalucía. No lo hice como Boabdil, con lágrimas, más que nada porque pienso volver en el futuro.
 Pero aún quedaba algún cartucho para la mañana siguiente. Le comenté la jugada de visitar la Mezquita sin coste a una finlandesa del albergue y, a pesar de que allí atan los perros con longanizas y la enseñanza es infinitamente mejor que la nuestra, se apuntó al plan. Esta vez pude fijarme un poca más en la grandiosidad del monumento, y del pegote que supone haber clavado una catedral en medio que, en otra ubicación, hubiera lucido bastante.
Hay mezclas que no me acaban de convencer
 Con esta visita de postín, concluyó mi periplo cordobés y andaluz. Tocaba volver a casa, aunque en estos 8 días por el sur, me había sentido como en ella. No tardaría en tener la misma sensación, pero en un destino mucho más lejano.