sábado, 16 de abril de 2016

Vuelta a San Juan

 Nada más levantarme acudí a preguntarle al personal del albergue si había hecho acto de presencia el encargado de mantenimiento. Nadie sabía nada mientras mi cartera y mi pasaporte se situaban fuera de mi alcance, a un candado sin llave de distancia.
 Para que me cundiera un poco el día, necesitaba coger un transbordador matinal, por lo que no paré de dar por saco a la recepcionista que, viendo que el “manitas” del albergue no aparecía, me remitió a un compañero suyo para que se ocupara del asunto. Se trataba de un imponente joven de mi misma altura, el doble de musculatura y el pelo aún más corto. Cuando vi a semejante “matután” armado con un cortafríos, sabía que, con mayor o menor nivel de destrozo, la taquilla no se le iba a resistir. En unos segundos mi candado pasó a la historia y pude acceder a mi preciada cartera.
Playas de Vieques: Más caballos que personas
 Ya nada me retenía allí, así que llamé al mismo taxista que nos llevó el día de la tormenta y no tardó en aparecer por el albergue. Supongo que poniendo el piloto automático para turistas, el taxista me hablaba en inglés. Pero yo no había viajado a un país con 4 siglos de presencia española para eso. Así que ante mi insistencia, acabó pasándose al castellano. En mi anterior trayecto con él, nos comentó que de joven había vivido en el barrio neoyorquino del Bronx. Por supuesto le pregunté sobre ese periodo de su vida, del que me contó unas cuantas anécdotas.
 Una vez que compré el billete de ferri en Isabel II, aún tenía más de media hora, que aproveché para visitar una fortaleza española del siglo XIX (Fuerte Conde de Mirasol). Me recordaba ligeramente a la imponente San Felipe del Morro, aunque a una escala mucho menor.
Vista desde el fuerte
 El trayecto en barco hasta Fajardo, transcurrió sin novedad, pero no iba a tardar mucho en complicarme la vida llevado por mi niunclavelismo. Al llegar al muelle, no me dejé arrastrar por los cantos de sirena de los taxistas que me tentaban para llevarme a San Juan. Esperando repetir la astuciosa jugada que había hecho a la ida, sabía que si cogía el transporte desde el centro de Fajardo, me saldría mucho más barato que si lo hacía desde el puerto.
Mientras caminaba, viendo cómo me superaban los taxis-furgoneta se me ocurrió que si recogían a los pasajeros en el muelle, quizá no hubiera mucha gente en el centro de Fajardo solicitando transporte.
Aproveché la caminata para visitar el centro de la localidad, que cuenta con algunos coloridos edificios de arquitectura colonial.
Centro de Fajardo
Mis peores presagios se cumplieron al arribar a una estación totalmente vacía, no sólo de vehículos, sino también de personas. Me había pasado de listo, y ahora no sabía cuánto tiempo tendría que esperar para coger un transporte a San Juan. Viendo la poca demanda del momento, me temía que bastante.
Pero en ese mismo momento, como salida de la nada, apareció una furgoneta de la que bajaron dos compañeras indias con las que había estado en el albergue. Éstas también se habían “pasado de listas” pidiéndole al taxista que les llevara del muelle al centro de Fajardo por un módico precio, para coger luego otro transporte a San Juan ahorrándose el arbitrario suplemento por hacer el trayecto entero.
El taxista, viendo que estábamos los tres totalmente colgados se ofreció llevarnos al Viejo San Juan por un precio muy poco competitivo. Normalmente no hubiera aceptado, o hubiera intentado negociar. Pero en esa estación desierta, no tenía muchos ases en la manga para hacer faroles. También pensé en que me ahorraría mucho tiempo si me dejaba en el Viejo San Juan, en lugar de la reglamentaria estación a las afueras, así que acepté.
Solucionado el problema del transporte, me quedaba hacerlo con el del alojamiento. Las compañeras me comentaron que habían reservado plaza en un albergue del Viejo San Juan que salía bien de precio. Amablemente me dejaron su móvil estadounidense para llamar y la recepcionista me dijo que tenía una habitación individual libre a precio razonable, pero sólo podía reservarla a través de internet. Cometiendo un pequeño, pero craso error, me lancé alegremente a navegar a través de mi móvil español hasta que al minuto se me cortó la conexión y me llegó un mensaje advirtiendo de que me había excedido del límite de datos en roaming. Bien se me valió, porque aun así, la factura que me llegó luego, me dejó temblando. Hasta el mejor escribiente niunclavelista tiene un borrón.
 El taxista nos dejó junto al albergue y me dirigí a la recepción confiando en que la habitación siguiera libre. Así era, aunque me quisieron tentar con otra más cara, pero más grande y con mejores vistas. En realidad, con vistas, ya que mi cuarto no tenía ni ventana. Pero para pasar una noche era más que suficiente.

 El nombre del albergue era Posada San Francisco. Hacía honor a tan cristiano nombre con una tarjeta a modo de llave decorada con una estampa de la Virgen María con el niño, y un crucifijo colgado en mi cuarto. Mal lugar éste para un laicista acérrimo.
Terraza de enjundia (se nota que me gusta esa palabra)
 Quiso la casualidad (o quién sabe si la causalidad) que uno de mis compañeros de albergue en Vieques, el mexicano Javier, estaba trabajando en un bar cercano a mi posada. Así que le fui a hacer una visita. Se trataba de un hotel de enjundia con una terraza que tenía unas vistas de tanta enjundia o más que el hotel. Javier me invitó a un mojito de categoría (espero que su jefe no lea este blog) mientras vi cómo se codeaba con clientela de alcurnia. Lo dejé preparando cócteles y fui a darme una vuelta por la zona. Habíamos quedado en que le iría a recoger a la salida del trabajo para “janguear” (salir de fiesta) un rato.
Me dirigí a la imponente fortaleza de San Felipe del Morro, que ya había visitado unos días atrás. Como estaba cerrada, esta vez la rodeé siguiendo un bonito paseo marítimo.
Paseo marítimo junto a la fortaleza
 Seguí paseando descubriendo los muchos encantos del viejo San Juan hasta que se me hizo la hora de volver al hotel de Javier, no sin antes cenar en mi albergue. Mientras mi amigo acababa de cuadrar cuentas y recoger, me entretuve charlando con una compañera suya muy simpática y agradable al principio. Hasta que le salió su vena indigenista y me sacó las uñas. ¡Cuánto daño ha hecho y sigue haciendo la Leyenda Negra!
 Poniendo un poco de voluntad por ambas partes se pudo calmar la situación y Javier y yo fuimos a cenar a un bareto cercano. En mi caso era recenar, pero a un amigo mexicano no se le puede hacer un feo y le acepté la amable invitación, que espero poder devolverle cuando visite España.
 Luego fuimos a un garito a echar unos bailes y saborear la agitada vida nocturna del Viejo San Juan.
Javier tenía que trabajar al día siguiente, y yo había tenido una jornada bastante movida, así que nos retiramos pronto. Me despedí de Javier, esperando volver a coincidir con él en el futuro, ya que se trata de una persona muy amable y entrañable.
 Era mi última noche en Puerto Rico. Al día siguiente tomaba el avión de vuelta a España por la tarde. Pero aún quedaban cosas por hacer en San Juan...

lunes, 4 de abril de 2016

Última noche en Vieques

 La tormenta tropical había pasado y había dejado el mar muy bravo. Ello no arredró a los huéspedes mexicanos del albergue, con los que fui a una playa cercana. Nos dimos unos revolcones en el agua (por separado, se entiende) y cuando estábamos volviendo, me di cuenta de que la llave de mi cuarto había desaparecido. Se me había olvidado sacármela del bolsillo del bañador al meterme en el mar, y en una de las embestidas del poderoso oleaje se había ido a tomar por saco. Volví a la playa para ver si había sido arrastrada a la orilla, pero allí no estaba.
El Caribe enfurecido
 Extraviar la llave de mi cuarto era un problema relativo. En el albergue tenían copia, aunque perdía la fianza de 10 dólares. Lo peor es que en el llavero también estaba la llave del candado de la taquilla donde tenía, entre otras cosas, la cartera con el dinero y el pasaporte.
 Le planteé mi problema a una recepcionista y me dijo que el encargado de mantenimiento se había ido, pero que al día siguiente a primera hora volvería y podría encargarse del asunto.
 Mis problemas de liquidez que arrastraba al no haber podido cambiar euros en San Juan, se hacían críticos.
 Una lata de fríjoles era toda la comida que me quedaba. Di buena cuenta de ella confiando en mi talento natural o en la providencia para nutrirme el resto del día.
 Mientras yo estaba preocupado por necesidades más básicas, mis compañeros mexicanos se habían enterado de que en Vieques existía un licor local que tenían mucho interés en probar. Me sumé a la búsqueda, que empezó en el colmado del pueblo. Allí nos explicaron que el licor de marras sólo se bebía en fiestas y que lo preparaban en casas particulares. No se rindieron mis cuates tan fácilmente y preguntaron a un grupo de paisanos que estaban a las afueras del colmado, quienes nos remitieron a una panadería cercana. Allí, el dueño hizo una llamada y al rato apareció un individuo con pinta de cantante reggae montado en una ranchera. Nos dijo que nos podía llevar a casa de unos conocidos donde nos podían vender el codiciado líquido.
 Un compañero se montó en la cabina del automóvil mientras que a otro y a mí, nos tocó ir en la parte trasera, sentados al aire libre, acomodándonos entre herramientas y materiales de construcción. No se puede decir que nuestro viaje fuera muy seguro, pero fue de lo más divertido.
  Nos llevó a un poblado en el centro de la isla. Entró en una casa y salió con dos botellas de plástico de medio litro que contenían un mejunje de vivos colores en el que maceraban unos frutos de pequeño tamaño. Nos cobraron 10 pesos (dólares) por botella, a los que no pude contribuir debido mi precario estado financiero.
 Ya en el albergue, pudimos probar el licor, que ofrecimos a los demás huéspedes. Los tonos alcohólicos se veían atenuados por los aromas afrutados tropicales y los toques florales para dar un conjunto armónico . Coñas aparte, el licor no estaba mal. Pero teniendo en cuenta que las botellas eran pequeñas, casi la mitad eran frutos macerados, y todos quisieron probarlo, no tocamos a mucho, por lo que no hubo que lamentar, afortunadamente, ningún coma etílico.
 En esos momentos hizo irrupción una nueva huésped en el albergue. Su acento hispánico hablando inglés con la recepcionista la delataba. Efectivamente era de Vilaseca, provincia de Tarragona. No esperaba encontrarme a alguien de cerca de Salou en una isla perdida del Caribe, pero el mundo es un pañuelo. 
 Habiendo ya consumido al mediodía mis últimas existencias de comida, tuve que confiar en la sección "sírvase usted mismo" que hay en toda cocina de albergue que se precie. En ella, los huéspedes acostumbran a dejar alimentos no perecederos que les han sobrado. En este caso me pude apañar con un poco de arroz que debía llevar allí bastante tiempo a juzgar por los diminutos "visitantes" que compartían la bolsa con los granos. Nada como un buen hervido para neutralizar tan incómoda compañía. Consolándome pensando en el aporte proteico que me iban a aportar y enmascarando el discutible sabor con una no menos discutible salsa de soja, pude por lo menos reponer las energías que un día tan movido habían consumido. Nadie dijo que la vida del viajero humilde fuese plácida.
 Para celebrar la llegada de mi compatriota, y aprovechando que era sábado, salimos unos cuantos del albergue a ver qué ambientillo se respiraba en el pueblo. Acudimos a un chiringuito junto a la costa en el que ponían música latina. Pude cumplir uno de mis sueños bailando salsa a orillas del Caribe. Hubiera sido mejor hacerlo sabiendo algún paso y con alguna local (lo hice con una hindú del albergue), pero en materia de sueños no hay por qué ser tan quisquilloso.
Bailes caribeños
Con este broche de oro (de pocos kilates, pero oro al fin y al cabo) acabó mi última noche en Vieques. El tráfico marítimo se había restablecido y a la mañana siguiente me tocaba despedirme de la isla. Lo que en principio iban a ser un par de días sin mucha historia, se convirtieron en cuatro intensas jornadas que no me hubiera importado ampliar.



sábado, 20 de febrero de 2016

¡Que viene Erika!

 Unos días antes de viajar a Puerto Rico, me enteré de que un huracán llamado Danny, amenazaba con llegar a la isla. Pero se lo pensó mejor y antes de tocar tierra boricua, se fue a dar por saco a otro lado.
 Se dice que detrás de un gran hombre suele haber una gran mujer. Y así fue en este caso, ya que apenas Danny se había desviado al norte, vino tras él amenazante otro huracán llamado Erika. De éste no me iba a librar. Aunque había perdido fuerza y se había convertido en una tormenta tropical. Aun así, se preveía que iba a causar problemas. Por ello, y entre otras cosas, se suspendía el servicio de ferris con Fajardo hasta nueva orden. Como lo de nadar grandes distancias no es lo mío (ver entrada anterior) me veía obligado a permanecer en Vieques sine die, lo cual alteraba mis planes que incluían una visita a la zona oeste de Puerto Rico.
 Afortunadamente, en el albergue había sitio de sobra. No sólo eso, sino que al prolongar mi estancia una noche más, me regalaban otra. Por lo menos la tormenta no me cogería a la intemperie.
 De momento el día se presentaba con un sol radiante y apenas se veían nubes en el horizonte, así que había que intentar aprovecharlo. Javier, mi compañero mexicano me propuso ir a Isabel II, la capital de la isla, que apenas había podido ver al llegar.
 Para llegar a ella, necesitábamos un taxi. Y no iba a ser fácil de conseguir. Los primeros a los que llamamos, nos dijeron que no trabajaban debido a la tormenta, pero al final logramos que uno nos llevase.
 Isabel II, a pesar de ser la capital de la isla, no pasa de ser un poblado de poco más de 1000 habitantes, aunque tiene bastante actividad comercial y cuenta con algunos puntos de interés, especialmente una fortaleza española del siglo XIX.
  Dimos un paseo por el pueblo y en la puerta de una frutería nos encontramos con Vicente, el simpático joven que me había llevado el día anterior en su ranchera. En Vieques nos conocemos todos.
 Llamaba la atención que un gran número de tiendas y restaurantes estuvieran cerradas debido a la tormenta, mientras el sol lucía esplendorosamente.
Ayuntamiento de Isabel II
 Llegamos a una playa y, a pesar de mis reticencias, lógicas al tener una tormenta tropical amenazando, nos dimos un baño.
 Al rato empezaron a caer gotas y el cielo se encapotó. Poco después tuvimos que salir precipitadamente del agua bajo una lluvia torrencial. 
 La situación no era muy halagüeña: Estábamos a unos 10 km del albergue, con ropa de verano bajo una tromba de agua que suponíamos que se trataba de la temida tormenta tropical y sin saber si íbamos a encontrar taxi para volver. 
Intentamos llamar al taxista que nos había traído pero no contestaba. Entretanto nos refugiamos en un colmado, aprovechando para aprovisionarnos de víveres.
Afortunadamente el taxista acabó cogiendo el teléfono y accedió a llevarnos de vuelta a Esperanza, a pesar del aguacero.
Ya en el albergue, comenzó a escampar. Por lo visto, esto sólo había sido el aperitivo, y la llegada de la temida Erika iba a tener lugar esa noche.
En el albergue había mucha gente ociosa y a alguien se le ocurrió dar un paseo hasta la Playa Negra, donde ya había estado el día anterior. Se sumaron casi todos los huéspedes y algunos empleados. Al poco rato del iniciar el paseo, los menos pacientes se impacientaban, así que preguntaron en una casa a cuánto estaba la playa. Les dijeron que un poco lejos, pero se ofrecieron a llevarnos en dos coches. Gran detalle que habla de la hospitalidad isleña.
Playa Negra
Algunos nos animamos a bañarnos en las agitadas aguas de la Playa Negra pero allí no había mucho que hacer, por lo que al poco rato decidimos volver. Nuevamente conseguimos que nos llevaran en coche al albergue. Así da gusto.
Aún dio tiempo a ir a un bar a echar un bocado, antes de que cerrase todo. Tocaba encerrarse en el albergue y esperar la llegada de Erika.
Poco a poco empezó a levantarse un viento cada vez más fuerte acompañado de una intensa lluvia. En un momento, incluso se llegó a perder el suministro de corriente en el albergue, ante la inquietud de algunos huéspedes. Sin restarle la importancia que merecía, yo me sentía seguro en el albergue y lo viví como una experiencia. De hecho me fui pronto a la cama y dormí como un bendito. Tanto que incluso me había dejado la luz encendida y no me había dado cuenta.
Por la mañana aún seguía la tormenta, pero poco a poco se fue diluyendo. Había salido incólume del paso de Erika aunque, de momento, no iba a poder salir de la isla. El servicio de trasbordadores seguía cancelado.

domingo, 14 de febrero de 2016

Pateando Vieques

 La idea para mi, teóricamente, único día completo en Vieques, era visitar todas las playas que estuvieran a una distancia asumible a pie.
De buena mañana, salí del albergue con espíritu explorador y me dirigí al oeste. A falta de un sendero tuve que caminar por la carretera que, además no tenía apenas vistas al mar. Por suerte, el tráfico era prácticamente nulo. La isla de Vieques es un lugar apacible, y más en temporada baja.
3 poderosos canes
 Tras más de media hora, me encontré con un letrero que señalaba una senda que bajaba a la “playa Negra”. Estuve a punto de quedarme sin verla cuando 3 poderosos canes se interpusieron en mi camino y comenzaron a ladrarme. Pero cuando vi que no avanzaban hacia mí, me di cuenta de que estaban de farol, proseguí mi camino y los perros se apartaron ante mi osadía.
Más amable fue el recibimiento de unos cangrejos que tenían sus madrigueras en los márgenes del camino y se ocultaban a mi paso. Me llamó la atención verlos en mitad del bosque. 
Como era de esperar, la “playa Negra” no era otra cosa que una cala con arena silícea de color negro. Bastante pequeña y con un fuerte oleaje que no hacía muy apetecible el baño.
Playa Negra
 Volví a la carretera y seguí un rato más hacía el oeste, visitando un par de calas absolutamente desiertas.
 Ya me había alejado bastante de Esperanza (el poblado donde estaba el albergue), así que volví, no sin pararme en una tienda para tomar algo refrescante que mitigara el efecto del caluroso sol tropical. Me decidí por un producto de la tierra, una lata de agua de coco. Lo malo es que al leer la letra pequeña, comprobé que no era de la tierra viequense sino tailandesa. La globalización no hay quien la pare.
 Aproveché mi estancia en el albergue para comer y descansar un poco antes de mi expedición vespertina.
 Me hubiera gustado visitar las playas en compañía, pero no me acababa de encontrar cómodo con los pocos clientes del albergue. Así que seguí en solitario mi excursión, esta vez en dirección este.
 Le eché el ojo a un par de calas más allá de la bahía bioluminiscente, que no parecían muy lejanas en el mapa. Lo malo es que había que andar por una carretera que no seguía la costa, y que la escala del plano (el típico de propaganda) distaba mucho de ser atinada. De esto me empecé a dar cuenta cuando llevaba casi una hora caminando. En ese momento dejé la carretera y cogí un camino que parecía dirigirse a la costa, pero que en realidad no llevaba a ninguna parte. 
 Desanimado, decidí volver al punto de partida, no sin antes clavarme una espina de enjundia en el pie. Pero en los peores momentos aparecen los grandes personajes, y apenas hube enfilado la carretera para volver, una ranchera se paró y su conductor me invitó amablemente a subir. Se trataba de un joven muy simpático que se alegró cuando le comenté que era español, ya que me contó que tenía ascendencia cántabra. 
 Casi llegando a Esperanza me dijo que había quedado con un amigo para echarse un baño en el muelle y me invitó a acompañarlos. Aparte de los chapuzones en el muelle también hablamos un poco de la vida en la isla de Vieques y en Puerto Rico en general.  Fue lo que necesitaba en un momento en el que mi moral empezaba a flaquear.
 Cuando mis dos improvisados compañeros volvieron a sus quehaceres recorrí las playas cercanas, algunas de ellas sin más compañía que unos cuantos caballos que, extrañamente poblaban sus alrededores. La experiencia de vivir el ocaso en tan paradisiaco entorno hizo que olvidara los avatares menos afortunados de la jornada. Entre ellos, el olvido de mi cámara de fotos en una cala.
 Afortunadamente seguía en el mismo sitio cuando volví azorado a buscarla media hora más tarde.
Playas poco concurridas

 Ya de vuelta al albergue, me encontré un nuevo compañero de cuarto. Se trataba de Javier, un mexicano que estaba viviendo en San Juan. Me comentó que había venido también otra pareja de compatriotas suyos, pero que ya se habían acostado. A diferencia de lo que me había sucedido con el resto de huéspedes, enseguida me encontré cómodo con Javier, ya fuera por hablar el mismo idioma, por la afinidad cultural, por su carácter abierto, o por las tres cosas a la vez.
Al día siguiente tenía pensado abandonar la isla de Vieques, pero una razón de fuerza mayor me iba a hacer cambiar de planes.

lunes, 1 de febrero de 2016

Primeras impresiones de Vieques

  Una vez instalado en el albergue fui a dar una vuelta por el pueblo. Lo primero que pensé, al ver su reducido tamaño y escasa animación, es que los dos días que iba a pasar allí se me iban a hacer un poco largos.
  En un colmado me aprovisioné de comida y, no menos importante por estos lares, unas gafas y un tubo de buceo.
 No tardé en emplearlas en una playa cercana. A unos 100 metros de la orilla asomaban los mástiles de un pequeño velero naufragado. Por unos momentos me sentí un cazatesoros descubriendo hallazgos de incalculable valor. Pero el pecio del velero distaba mucho del San José. Era un humilde barco de recreo contemporáneo, pero por algo se empieza. ¿Y qué mejor que darme el primer baño de mi vida en el Caribe rememorando viejas (o no tanto) historias de naufragios?
Barco parecido al que "descubrí"

 Del albergue, aparte de su estilo hawaiano, me llamó la atención la gran cantidad de personal con que contaba. Según mis cuentas, salían más empleados que clientes. Aquéllos eran voluntarios venidos de los Estados Unidos. Si a eso le sumamos que los pocos huéspedes eran anglohablantes hizo que me viese un poco fuera de juego. Por mucha caña que le haya metido al inglés, me sigue costando entrar en la conversaciones de grupos.
 Estuve investigando sobre los principales atractivos turísticos de la isla, y por lo visto, la estrella era la bahía Mosquito. Debido a una elevada concentración de ciertos microorganismos bioluminiscentes , el agua de la bahía se iluminaba por la noche. O por lo menos eso es lo que vendían.
Los 50 dólares que costaba la visita se antojaban demasiado en mi estado de falta de liquidez en metálico, así que esperé al ocaso y me dirigí a dicha bahía, que distaba unos 5 kilómetros del albergue. Pasear de noche por la isla tiene su encanto. Los ruidos que se escuchan son totalmente distintos a los que se estilan por Europa. Entre ellos destaca el de una rana bautizada como “coqui”, ya que emite sin cesar un soniquete muy parecido a esa palabra.
Al llegar a la bahía me encontré con un par de furgonetas con barcas y un mar de lo más oscuro. Le pregunté a dos hombres que estaban manipulando las barcas (se trataba de guías de las compañías que enseñaban la bahía) y me dijeron que desde la orilla no se veía nada y que si me metía un poco en el agua lo detectaría. De todas formas, me explicaron que, al haber luna llena, el fenómeno se veía muy atenuado.
 No me había traído bañador, pero ya que estaba allí quería ver algo de bioluminiscencia. Así que esperé a ponerme fuera de la vista de los guías, y me metí en las aguas caribeñas tal y como vine al mundo.
  Lo único que pude apreciar es que al mover las manos dentro del agua se producía un efecto parecido al de remover el fondo marino. Es decir, nada del otro mundo, aunque quizá haciendo el tour en piragua se pueda ver algo más lustroso.  Eso sí, el nombre de la bahía estaba más que justificado, dado el gran número de dípteros que poblaban la zona. Menos mal que tenía a mano el Relec extra fuerte. Tan fuerte que al final me parecía menos nocivo ser picado por los mosquitos que embadurnarme con semejante mejunje .
 La cena en el albergue me sirvió para degustar una tradicional receta caribeña llamada sancocho, a base de vegetales de la zona (se puede hacer con carne, pero no era el caso). Por supuesto era de lata. Si no cocino ni en mi casa, tampoco es cuestión de hacerlo en mis viajes, y menos para elaborar recetas desconocidas. Por cierto, muy bueno el sancocho de lata. Intentaré encontrarlo en alguna tienda de Huesca.
 Mi cuarto contaba con 8 camas, pero sólo lo compartí con un compañero que, además no se dejó notar mucho, por lo que pude dormir en condiciones. Las sensaciones que me había dejado la jornada eran un poco agridulces. Me encontraba en un lugar privilegiado, pero me sentía algo aislado. Aún me quedaba otro día para decantar la balanza a uno u otro lado.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Viaje a Vieques

 Al este de Puerto Rico hay un par de islas llamadas Culebra y Vieques, que conforman las llamadas Islas Vírgenes Españolas. Están unidas a la isla principal por ferri, y tenía curiosidad por visitar, al menos una de ellas.
 Dos razones me decidieron a visitar Vieques:
 1)Es más grande que Culebra y podría dar más juego.
 2)Mientras que la capital de Culebra se llama Dewey (almirante estadounidense que derrotó a Montojo en la Batalla de la Bahía de Manila ), la capital de Vieques es Isabel II (reina de España en el siglo XIX). Y puestos a homenajear, prefiero que sea a una reina española, aunque fuera un desastre.


 Hay varias formas de llegar a Vieques desde San Juan. La más cómoda y cara es un vuelo de unos 25 minutos. La más incómoda y barata es la que hice yo.
 El primer paso fue andar unos 45 minutos desde mi albergue a la estación de tren de Sagrado Corazón, donde tomé un tren urbano hasta Río Piedras. Allí tenía que buscar la estación de carros públicos y coger uno a Fajardo, ciudad situada en la costa noreste de Puerto Rico. Pregunté a un hombre que me explicó que había dos estaciones en la zona, y me indicó cómo llegar a ellas. Como suele pasar, la primera no era. Al llegar a la segunda, me encontré una furgoneta con gente esperando junto a ella.
 El sistema de transporte público boricua es muy curioso. No hay líneas regulares de autobuses  o trenes entre las ciudades, sino unas furgonetas donde caben hasta 8 ó 10 personas que hacen la ruta y parten cuando se considera que hay un número suficiente. Es decir, no hay horarios ni nada que se le parezca.
 En este caso, apenas tuve que esperar 10 minutos para que el conductor decidiera arrancar. Tampoco parecía muy reglamentado el sistema de tarifas. Un ayudante del conductor preguntaba a la gente dónde iba y les cobraba un precio. En mi caso, ya estaba informado de que si la furgoneta te dejaba en el centro de Fajardo te cobraba un precio (muy módico), que se triplicaba en caso de que te llevasen a la terminal de ferris.
 Nada más salir, vi que un joven escribió un mensaje en su móvil y se lo enseñó a una tinajera sentada junto a él. Le decía que le habían cobrado de más.
 5 minutos más tarde, otro joven que había pasado por el aro y había pagado el viaje a la terminal de Fajardo cambió de idea y le dijo al conductor que quería bajarse. Éste le dijo que sin problema, pero que no le podía devolver el dinero, ante el enojo del cliente, que se acabó bajando de malas maneras.
 Con cierta tensión en el ambiente, prosiguió el curioso viaje. La furgoneta iba dejando y recogiendo personas por el camino. Algunas aparecían a pie de carretera en mitad de la nada.
 El cielo se iba encapotando por momentos y nada más que puse el pie en Fajardo, empezó a llover torrencialmente. Curiosamente Puerto Rico estaba en estado de emergencia por sequía, ya que llevaba meses sin llover. Me pareció egoísta quejarme de la lluvia teniendo en cuenta cómo estaba el tema por allí.
 La astuciosa jugada de ahorrarme unos cuantos pesos al bajarme en el centro de Fajardo no me acabó de salir del todo bien, teniendo en cuenta que llegué al embarcadero como una sopa. Pero como dicen los entrenadores deportivos, uno ha de ser fiel a sus ideas. Y en ellas encajaba muy bien el precio del transbordador: dos dólares, por un trayecto de más de dos horas.
Esperando al ferri en Fajardo
  El ferri nos dejó en la capital de la isla (Isabel II), pero mi albergue estaba en la parte sur, concretamente en Esperanza. Por suerte, en el muelle había unas cuantas furgonetas-taxi esperando. Otro viajecito para el cuerpo, esta vez de unos 15 minutos y llegué a mi destino: un pequeño poblado a orillas del mítico mar Caribe.
Albergue Lazy Jacks en Esperanza
 Toda esta peripecia me la podría haber ahorrado cogiendo un vuelo desde San Juan. Pero si quiero estar cómodo y que no me sucedan percances inesperados, me quedo en casita.


jueves, 3 de diciembre de 2015

San Juan (II)

 De buena mañana y en ayunas (el humilde albergue no ofrecía desayuno) salí a recorrer la ciudad. Lo primero que hice fue visitar un supermercado para echar un bocado y, sobre todo curiosear por los anaqueles, que es una de mis experiencias favoritas cuando viajo al extranjero. En este caso, y a semejanza de lo que ofrece el país, se presentaba una curiosa mezcla hispano-estadounidense-caribeña, a precios poco populares.
 Un mango y una papaya deliciosos borraron la no del todo grata impresión del guanajito y me dieron fuerzas para afrontar el día. El sol tropical demostraba su merecida fama pegando de lo lindo a una hora tan temprana como las 9 de la mañana.
 Dirigí mis pasos hacia el Viejo San Juan, para ver de día lo que tan grata impresión me había causado de noche. Las calles seguían igual o más bonitas, pero lo que más me interesaba visitar era el Castillo de San Felipe del Morro, imponente fortaleza construida por los españoles en el siglo XVI, para defender la ciudad de sus numerosos y poco amigables pretendientes.
Nada más entrar, me recibió un empleado que vestía como el guarda forestal del  parque de Jellystone (el del oso Yogui). No en vano, los guardias del fuerte pertenecen al departamento de los parques nacionales de Estados Unidos.
Haciendo guardia frente a San Felipe
 La fortaleza es un edificio impresionante, y no me extraña que fuera inexpugnable durante más de 3 siglos, a pesar de los intentos de conquista, sobre todo por parte de holandeses e ingleses.  Me llamó la atención el detalle de que en el recinto ondearan 3 banderas: la estadounidense, la puertorriqueña y la cruz de Borgoña, antigua bandera militar de España.
 La entrada daba derecho a visitar el castillo de San Cristóbal, al otro lado del Viejo San Juan. Aproveché la jugada como era de esperar. El segundo no era tan espectacular como San Felipe del Morro, pero tenía su enjundia.
Vista desde San Cristóbal
 En España, antes de coger el vuelo, había cambiado algunos euros a dólares. Pero pensaba convertir el grueso en San Juan, esperando un cambio más favorable. Para mi sorpresa, no puede ver ninguna oficina de cambio de divisas en el Viejo San Juan. Pregunté en la oficina de turismo y me dijeron que no había ninguna, pero que en una joyería, quizá me pudieran cambiar. Probé en un lugar más lógico, como un banco, pero me dijeron que tenía que ser cliente. Luego me dí cuenta de lo que pasaba.  La gran mayoría de turistas que visitan San Juan son estadounidenses, por lo que no necesitan cambiar. El resto ha de apañarse como pueda. 
 Por lo menos, a la salida del banco me llevé una alegría. Llevaba puesta una camiseta de la Carrera del Ebro y un hombre me paró, hablamos un rato y me comentó que su abuelo era español (de Tarragona).
 Viendo que lo de conseguir dólares se me negaba, comencé la búsqueda de un adaptador de enchufe europeo a americano.  No encontré ninguno en todo el Viejo San Juan.  Ya de vuelta al albergue, pasando por un barrio humilde, probé suerte en una ferretería. Esta vez si hubo suerte, no sólo porque pude comprar el adaptador, sino porque el dependiente tenía ancestros asturianos, lo que dio pie a una animada conversación.
 Ya en las cercanías del albergue, el hambre apretaba. Así que visité un establecimiento de comida rápida para homenajearme con un bocadillo de 2 dólares, pagado con tarjeta de débito (no podía malgastar ninguno de mis preciados dólares en efectivo).
 El albergue no estaba muy lejos de la playa de Condado. Desde niño, había soñado en bañarme en  la típica playa con cocoteros. El gran momento se iba a hacer realidad. Aunque el trayecto hacia allí no fuera precisamente paradisíaco, teniendo que cruzar debajo de una autopista, en un entorno urbano poco agraciado. Pero allí estaba la playa con cocoteros (y muchos hoteles). Me sorprendió lo caliente que estaba el agua, parecían baños termales, y no es lo que apetecía bajo ese sol despiadado. Así que no estuve mucho tiempo.
Playa con cocoteros ¡Por fin!

 Como suele pasar, nuestros sueños son mucho más bonitos en nuestra imaginación que en la realidad. Ya habría tiempo de visitar playas más competentes.
 Un paseo por los alrededores del albergue me sirvieron para confirmar que, más allá del Viejo San Juan, la capital boricua no es una ciudad desbordante de encanto. Modelo usense con grandes avenidas y nula armonía arquitectónica.  Por si acaso, no está de más recordar que el Viejo San Juan coincide con lo que era la ciudad en la época española y el resto se edificó bajo el dominio estadounidense.  Como dijo Bernd Schuster: “No hace falta decir nada más”.
 Me aprovisioné de viandas en un Walmart para cenar en el albergue. En el gigantesco supermercado, casi se me saltan las lágrimas al escuchar a un niño decirle a su padre que tenía una peseta en el bolsillo. Y es que en Puerto Rico llaman así a las monedas de un cuarto de dólar (a los dólares los llaman pesos).
 El albergue estaba poblado de curiosos personajes. Entre ellos destacaba un ex-empleado del mismo, al que despidieron en su momento porque descuidó un rato sus labores en recepción para irse a echar un bocado en otro lugar. Esto fue aprovechado por unos cacos para desvalijar las taquillas del albergue. Evidentemente, eso no me hizo sentir muy seguro allí. Pero estábamos en el Caribe y había que tomarse las cosas tan relajadamente como quien le permitía pasarse por allí y estar como Pedro por su casa después de haberle despedido.
Al día siguiente tocaba madrugar, así que me fui pronto a la cama y pude dormir aceptablemente, a pesar del molesto aire acondicionado.