martes, 5 de febrero de 2019

RUMBO A LAS FILIPINAS

 A diferencia de otros años, en los que me tocaba tomarme vacaciones en agosto, este año me han correspondido en enero.  Esto, que pudiera parecer un castigo, ha sido toda una bendición. Sólo hay que saber dónde ir.
 Habiendo ya recorrido media Europa y parte de América, el embrujo oriental estaba llamándome con fuerza. Si a eso le sumamos mi especial interés en los países hispánicos y mi tendencia niunclavelista, es obvio que las Islas Filipinas eran un objetivo que tarde o temprano tenía que caer.
 Con tres semanas de vacaciones en enero, en plena estación seca en el sudeste asiático, no tuve duda de que había llegado la hora de visitar el entrañable archipiélago. Con ello además conseguía cambiar 3 semanas de crudo invierno en Huesca por otras tantas de cálidas temperaturas tropicales.
 Por si fueran pocos argumentos, también iba a poder cerrar mi trilogía del 98, tras mis viajes anteriores a Puerto Rico y Cuba.Tenía curiosidad por ver cuánto del legado que habían dejado más de 300 años de presencia hispana permanecía en las Filipinas.
 La verdad es que, desgraciadamente, nuestro país hermano es un gran desconocido en España.  Aparte de Isabel Preysler, Manny Pacquiao, algún tifón de vez en cuando y para avanzados, "Los últimos de Filipinas" y los zapatos de Imelda Marcos, poco más se sabe de la antigua provincia de Ultramar.
 Henchido de espíritu aventurero, me limité a comprar los billetes de avión de ida y vuelta y reservar las tres primeras noches de alojamiento. El resto lo iría decidiendo sobre la marcha, ayudado por una guía de viaje que iba a ser mi compañera inseparable.
 A la espera de que nuestro coqueto pero infrautilizado aeropuerto Huesca-Pirineos flete vuelos directos a Manila, me vi obligado a pernoctar en Barcelona para coger el vuelo a la mañana siguiente.
 Y como si de un presagio de las aventuras y desventuras que me esperaban se tratase, el humilde hotel elegido tomaba el nombre de Elcano, compañero de fatigas de Magallanes en su vuelta al Mundo, hasta que el portugués falleció en la filipina isla de Mactán.
 El vuelo empleó unas 15 horas de nada, incluida una pequeña escala en Hong Kong. Se hace un poco pesado, pero teniendo en cuenta que, en su día el Galeón de Manila tardaba varios meses, no me puedo quejar.
 Apenas pude pegar ojo en el avión. Pero el cansancio se desvaneció cuando puse pie en el aeropuerto de Manila. El frío invernal español había dejado paso a un sol de justicia que agradecí sobremanera. Las Filipinas (y las filipinas) me esperaban...

domingo, 6 de enero de 2019

EINDHOVEN: FIN DE TRAYECTO

 Convenientemente para mis intereses finacieros, mi vuelo de vuelta a España no partía desde Ámsterdam, sino desde la ciudad de Eindhoven. Precio de sonora carjadada, gracias a la denostada y poco querida Ryanair.
 Pero no me iba a limitar a ir al aeropuerto y ya está. Quería visitar la ciudad, y ya de paso, hacer lo propio con Utrech, que me pillaba casi de camino.
 Así que, aprovechando la ya mencionada excelencia ferroviaria neerlandesa, me presenté en la estación y pillé el primer tren para Utrech, tras una efímera espera.
 Ir cargado con una maleta, aunque sea de cabina, no es la mejor forma de explorar una ciudad. Así que intenté dejarla en la consigna. Pero aquéllo tenía muy mala pinta. Se trataba de unas taquillas automáticas de pago con tarjeta. Se las veía bastante acorazadas y el hecho de que no hubiera personal ni se le esperara, me hizo desconfiar un poco. Aun así hice una intentona metiendo la maleta en una taquilla. Al intentar hacer el pago, la máquina me lo rechazó. Pero la puerta se había quedado cerrada. Mal asunto. Por suerte, tras 5 sufridos minutos de tocar todos los botones posibles para anular la operación, la puerta se abrió milagrosamente y desistí de intentarlo de nuevo. 
 Con el alivio por la recuperación de la valija y la carga de su peso, empecé a recorrer las bonitas calles de Utrech, que como buena ciudad neerlandesa, contaba con numerosos canales y edificios históricos.
Estampa utrechina

 Pronto me encontré con la oficina de turismo, donde pregunté (masoquista que es uno) si me podían indicar el lugar exacto donde se firmó en 1713 el humillante tratado de Utrech, que aparte de traer a España la casa de Borbón, implicó unas pérdidas territoriales enormes, destacando la de Gibraltar.
 No sé si es que yo soy muy "frikie" de la historia o el joven empleado estaba allí pasando el rato. Pero no tenía ni idea del evento. Afortunadamente, un compañero suyo estaba más avezado en la historia de su ciudad y me indicó el lugar.
 Además de tan valiosa información, me agencié con un mapa de la ciudad que me iba a dar una idea poco afortunada. Entre los hitos que destacaba , aparecía una casa de los años 20, de la que se afirmaba que era un hito de la arquitectura moderna, y que está en la lista de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
 El problema es que tan publicitada casa aparecía fuera del mapa. Confiando en que no estuviera muy alejada de los bordes del mismo afronté con ilusión la caminata.
 Una vez fuera de los límites de mi plano, tuve que ir preguntando a la gente, y para mi desasosiego, parecía que el villorrio de marras no era muy popular entre sus conciudadanos.
 Por suerte, me encontré a un joven al que tampoco le sonaba, pero que contaba con un potente teléfono con GPS y me pudo indicar con aplomo. Aún me quedaban unos 10 minutos más, pero por lo menos mi agonía ya tenía un final definido.
Para gustos, los casones

 Tras más de media hora de pateada y ya con calambres en los brazos, me topé de bruces con la Casa Rietveld-Schröder, a la que yo añadí la coletilla de "y la madre que la parió". Porque la verdad, es que por mucha UNESCO que la avale, a mí me pareció una mala copia de la Casa Polo de Huesca, que no tiene tanto predicamento. Curiosamente, el simpático individuo que me ayudó a encontrar la casa, apareció mientras estaba yo jurando en holandés para echarle un vistazo.
 Me tocó la inevitable caminata de vuelta al centro, y sin muchas ganas de seguir explorando la ciudad, tomé el primer tren que partía hacia Eindhoven.
Estación de Eindhoven

 Siguiendo con la tónica del día me tocó otra pateadica de una media hora hasta mi alojamiento. Ya había leído que Eindhoven había sido asazmente bombardeada en la Segunda Guerra Mundial, habiendo dejado su casco histórico reducido a la mínima expresión.  Pude dar fe de ello mientras recorría sus pulcras y modernas avenidas hasta llegar a mi destino.
 La oferta hostelera en la ciudad era bastante pobre. Pocos y caros. El que escogí yo, por lo menos tenía un punto de originalidad. Se trataba de un hotel-albergue ubicado en una antigua fábrica de Phillips. No quiere decir que durmiéramos entre puentes grúa y tornos, pero la decoración era de un estilo industrial bastante curiosa. 
Si esto es un hotel, yo soy Rufus


 La habitación no contaba con ventanas, lo cual la hacía muy silenciosa (por lo menos para los ruidos externos) pero un pelín claustrofóbica. Además de ello, el establecimiento no contaba con salas comunes ni cocina, tan solo un bar-restaurante en su piso inferior.
 Salí en cuanto pude de la cueva en pos de la inspección de la capital de Brabante Septentrional.
 No tardé en toparme con, quizá el "monumento" más característico de la localidad, que no era otro que el Phillips Stadium, estadio de fútbol del PSV Eindhoven.
 Segunda vez que menciono Phillips (y aún hay un museo con tal nombre), por lo que se deduce la importancia que la compañía electrónica ha tenido y tiene en la ciudad.
 El tiempo, que hasta ahora estaba siendo estupendo, sacó su cara más neerlandesa, y el cielo se encapotó bruscamente, comenzando a llover. 
 Perdiendo mi proverbial sangre fría, me metí en un Primark para comprar el paraguas más económico que me pudiera sacar del apuro. A pesar de que me costó sólo 5 €, se puede decir que es uno de los paraguas más caros del mundo. A los dos minutos de estrenarlo, dejó de llover, por lo que ponderando costes, me salió a 2,50 €/min.
 Se resistió un poco, pero al fin pude ver algo de casco histórico. Muy poca cosa, la verdad. Pero no es culpa de los Eindhovitas que les cayeran bombas a diestro y siniestro. Sí que lo es que se se cobre a los turistas un suplemento de 3,50 €/noche.  Es la puntilla por si a algún "despistao" se le ocurre hacer turismo en un lugar tan sosainas.
Por lo menos intentan ponerle algo de alegría

 Si no andaba precisamente eufórico, el remate fue pasar por delante del único albergue digno de tal nombre en la ciudad. Los 33 € por habitación compartida me habían parecido un abuso, así que me decanté por mi hotel industrial. 
 Pero a través de los ventanales se veía el salón del albergue con el clásico ambiente mochilero del que carecía absolutamente mi frío y funcional alojamiento. Era la última noche de mi viaje, y la estaba pasando en solitario mientras los huéspedes de aquel albergue disfrutaban de su mutua compañía. Por momentos me sentí como el pobre muchacho de las novelas de Dickens que observa desde la calle hambriento, muerto de pena y envidia como una familia pudiente celebra una cena de alto copete.
Ya de vuelta a "casa" me dediqué a dar una vuelta por los aldededores del hotel. Había leído recomendaciones sobre la zona, pero en un primer vistazo no me pareció nada interesante. Mi segundo escaneo me permitió ver que el área tenía cierto interés. Todos los edificios de la zona estaban diseñados con un estilo industrial, que no se puede catalogar como bello, pero sí como original. Lástima que a esa hora todos los establecimientos estuvieran cerrados, porque ver el barrio en plena actividad hubiera tenido su encanto.
Si esto es un hotel, yo soy Rufus (parte 2)

 Sin mucho más que rascar me retiré a mi funcional pero poco entrañable habitación a dormir. Aún pude pototear un poco a modo de despedida con una estudiante neerlandesa, la cual aún apreció aún menos que yo los "encantos" del hotel.
 Con este gris epitafio, concluyó mi viaje estival en el que había podido enfrentar el imprevisible y entrañable sur de Europa con el poderoso y ordenado norte. En tamaña disputa sólo hubo un vencedor, que fue un servidor.
 

miércoles, 2 de enero de 2019

RECORRIENDO LA REDOLADA DE ÁMSTERDAM

 Ámsterdam es una ciudad que da para varios días de inspección tranquila y exhaustiva. Pero como cuando viajo no soy ni lo uno ni lo otro, en un día y medio ya me la había "ventilado" (con la jugosa propina de La Haya incluida).
 El día que me sobraba iba a ser incluso aún más provechoso que los anteriores.
 En la oficina de turismo me había agenciado una tarjeta que daba derecho a viajar ilimitadamente en transporte público por Ámsterdam y su región.  Mi niunclavelismo, unido a mi afán exploratorio hicieron que la sufrida tarjeta acabara sacando la bandera blanca en señal de rendición conforme avanzaba la exhaustiva jornada.
 Como me suele pasar, la información que había recabado para mi tarea era nula, así que me guié por un mapa que ofrecían con la tarjeta, al que sumé mi legendario talento natural.
 Mi primer destino fue el pueblo de Zaamdam, elegido por puro azar. La apuesta prometía cuando nada más salir de la estación me encontré con algunos curiosos edificios de madera. Pero pronto me di cuenta de que la población elegida no andaba sobrada de encanto.
Zaamdam: De más a menos

 Sin mucho tiempo para lamentarme, busqué un valor seguro y tomé un tren hacia Zaamze Schans. En el mapa aparecían unos molinos muy bonitos y la cosa prometía. 
 En este caso, acerté de pleno. A escasa distancia del pueblo, me encontré con todos los tópicos de Holanda hechos deliciosa realidad: canales, prados, vacas frisonas, casitas de madera pintadas en llamativos colores y unos molinos de auténtica enjundia. Para redondear la jugada, no faltaban las tiendas donde un personal muy folklóricamente ataviado ofertaba queso,  zuecos y otros productos regionales.
Más típico imposible

 El paseo fue de lo más agradable, y no lo fue menos la vuelta al pueblo en una pequeña barca fletada por entrañables personajes locales.
 Yo con esto ya había hecho el día, y había justificado mi viaje a Holanda. Pero aún era pronto y más rincones singulares me esperaran.
 No pude evitar la tentación de engrosar mi ya mítico listado de turismo nominal, al tomar un autobús que me dejó en Edam. No tuve tiempo para degustar sus afamados quesos, pero pude por lo menos llevarme una buena impresión de tan apacible villa.
 Me compliqué un poco la vida intentando llegar andando a la cercana y costera población de Volendam, pero a medio camino vi que me había desviado bastante de la ruta óptima. Así que esperé pacientemente a que apareciera un autobús.
 Mi título de transporte, que hasta entonces había operado de forma impecable, pareció pedirme un descanso, negándose a validar mi trayecto. Puse cara de buen chico a la conductora y me dejó subir. Por lo visto se me había olvidado pasar la tarjeta al bajar de un tren y la pobre ya no sabía ni dónde estaba.
 Entre la inquietud que me había provocado el último suceso y la gran turistada que poblaba sus calles,  no acabé de disfrutar plenamente de los encantos de la pintoresca ciudad pesquera de Volendam.
Volendam

 En el animado paseo marítimo había un puesto de información atendido por una persona de rasgos caribeños. Y no precisamente de las Antillas Holandesas, ya que el curioso personaje parecía ser cubano. Le pedí ayuda con mi problema logístico y con el salero y la gracia que derrochan por esos lares, me dijo mucho, pero no me solucionó nada. Aun así fue un momento divertido e inesperado.
 Como quiera que en Vollendam no había estación de autobuses, volví andando a Edam, donde ya había estado anteriormente.
 La oficina de la estación estaba cerrada. Así que sólo me quedó musitar una oración y subirme en el primer autobús que se dirigía a Monickendam. Parece que el descanso le sentó bien a mi querida tarjeta, que me franqueó el acceso al vehículo y ya no me iba a fallar en todo el día.
 El ya referido pueblo de Monickendam, no era sino una escala en pos del más interesante para mis intereses Marken.
 Pero parece que en Holanda el más tonto hace relojes, y el paseo por el centro de la villa, canales incluidos, no fue, ni mucho menos, tiempo perdido.
 Mi siguiente destino (Marken) era un pequeño pueblo de casitas de madera rodeado por las aguas del mar, excepto por una estrecha lengua de tierra. La sensación de estar en un lugar apartado del mundo era impresionante. Parece mentira que estuviera a sólo unos 20 km de la bulliciosa y cosmopolita Ámsterdam.
"Marken" este pueblo en su agenda y visítenlo

 Visité un museo local, bastante humilde, pero muy ilustrativo sobre cómo era la vida antaño en tan peculiar emplazamiento. De hecho, hasta hace sólo unos años, la actual península era una isla, y hasta que no construyeron la carretera sobre un dique, Marken sólo se comunicaba con el resto del mundo por vía marítima. Sin duda esa es una clave para otorgarle su particular idiosincrasia.
 Me di un paseo por la zona del puerto y decidí cambiar de tercio. Volví en autobús a la Estación Central de tren de Ámsterdam, y sin pensármelo mucho, ya que no quedaban muchas horas de luz, me dirigí en tren a Zandvoort aan Zee. Ese nombre que, así en frío, no da muchas pistas, es la localidad que alberga la playa más cercana a la capital. 
Zandvoor ann Zee

 Con el día tan bueno que hacía, no es extraño que estuviera a rebosar. La verdad es que era una playa bastante competente, aunque me había gustado más la que había visitado en La Haya. 
 Ni iba preparado ni tenía tiempo para darme un baño. Ya que tenía otro destino in mente, que ya había atravesado en el trayecto en tren que me había llevado allí
 Después de haber viajado tanto ese día, no podía ser más atinado el nombre de la ciudad a visitar. Un auténtico Globetrotter no podía dejar de visitar Haarlem.
 La ciudad que dio nombre al popular barrio neoyorquino y a su viajero equipo de baloncesto-espectáculo, fue una inesperada sorpresa. Me esperaba encontrar algo tranquilo, con algunos canales y casas apañadas, pero lo que me encontré fue un centro histórico de gran empaque, muy animado a la par que bonito.
Haarlem

 Quizá hubiera sido buena idea dedicar medio día a tan soberbio escenario. Pero el dios Ra había cumplido su jornada, y ya tocaba regresar a mis cuarteles de invierno.
 Ya en la capital, pensé que aún se le podía sacar algo de jugo a mi ya más que amortizada tarjeta de transporte. Así que, para culminar mi peripecia casi olímpica, tomé un tranvía para visitar el estadio que albergó los juegos de la IX Olimpiada, en 1932.
Espíritu olímpico

 No pude ver gran cosa, ya que el coqueto recinto estaba cerrado a cal y canto, así que sólo pude dar una vuelta de honor por fuera, y bedankt ("gracias" en neerlandés).
 Y en todas las competiciones de gran fondo, y ésta lo había sido, lo último que se espera ver, es el farolillo rojo. 
 Así que, protocolo obliga, cerré mi maratoniana jornada con un paseo por el popular barrio de lenocinio, donde abundan las luminarias de tal color. Tras el tute que me había pegado, huelga decir que se trató de una mera visita de cortesía. Mis energías ya habían sido empleadas en otros menesteres más divulgativos y menos íntimos...



domingo, 16 de diciembre de 2018

ÁMSTERDAM Y LA HAYA: MÁS ALLÁ DE LOS PORROS Y LAS P...RISAS

 Mientras me dirigía a tomar el autobús que me conduciría  a mi siguiente destino, el temor se me apoderaba. Si los dos anteriores trayectos en una compañía de bajo coste habían sido muy mejorables, miedo me daba la de ínfimo coste que había contratado para el siguiente.  Mis temores se desvanecieron cuando el amable conductor partió de Amberes con exquisita puntualidad.
 Como nadie da duros a cuatro pesetas, el autobús nos dejó junto a una estación de tren a las afueras de Ámsterdam. No fue problema, ya que, astuciosamente, había reservado un albergue bastante cercano.
 Eso no quiere decir que me costara poco llegar a él, ya que perdí mis buenos 20 minutos tratando de orientarme en busca del rumbo correcto.
 Por lo que había  leído, los albergues del centro con un precio razonable, estaban en un estado un poco lamentable hasta para mis poco exigentes estándares. En este caso, había elegido un edificio moderno y funcional bastante digno. Eso sí, nada más poner pie en él, me di cuenta de que había cometido un pequeño pero craso error.  Al tratarse de un establecimiento tan grande, el ambiente familiar en el que yo me encuentro más cómodo para socializar, brillaba por su ausencia.
 Me consolé parcialmente con una visita a un supermercado Lidl situado estratégicamente a unos 30 metros del hostel.  Pensando que los precios en Holanda estarían por las nubes, me sorprendió ver que  los copos de avena que tengo por costumbre desayunar, cuestan allí casi 3 veces menos que en España.
 Pero no había ido a Ámsterdam a comer copos de avena. Así que en cuanto me aprovisioné de suculentas y económicas viandas, partí rumbo a los míticos canales que atraviesan la ciudad.
 La caminata hasta el centro tenía bastante enjundia. Tras unos 40 minutos recorriendo tranquilos vecindarios y frondosos parques, se empezó a animar el tema. Y conforme me iba acercando al cogollo urbano, el interés que despertaban sus pintorescas calles, aumentaba al mismo ritmo que el número de turistas. No se puede decir que Ámsterdam sea una "gema oculta". Y la verdad es que no le faltan atractivos desde todos los puntos de vista para ser un destino turístico de primer orden.
Los míticos canales de Ámsterdam

 Podría explayarme sobre los sensacionales museos con los que cuenta la ciudad, o el impacto que la afluencia de dinero de la boyante Compañía Holandesa de las Indias Occidentales dejó en muchos edificios. Pero lo que está esperando el lector medio que me da de comer con sus "cliks", es que hable del popular Barrio Rojo. Bueno, pues tampoco hay mucho que contar: varias calles muy estrechas por el centro, con escaparates donde las "mujeres públicas" son más públicas que en ningún otro sitio, exponiéndose a todo aquél que pase por delante de sus vitrinas. Por un lado, me pareció una forma de banalizar y exponer al público algo que debería quedarse en la intimidad. Pero por el otro, acaba con la hipocresía y el oscurantismo que acompaña habitualmente a la prostitución.
 Y respecto a los "Cofee shops", poco más puedo decir que si nunca le he visto aliciente a fumar porros, tampoco me motivaba mucho hacerlo en Ámsterdam para hacer la típica turistada.
 A la espera de un recorrido más exhaustivo al día siguiente, me quedé con una idea general y volví al albergue. En la cocina, me encontré con una simpática pareja mexicana de mediana edad. Como no hablaban inglés les ayudé haciendo de intérprete con la recepción y estuvimos platicando un rato muy pinches mientras cenábamos. Eso sí, pasé un rato delicado aguantándome la risa cuando se me presentó el hombre (todo un señor con bigote) y me dijo que se llamaba José Isabel.
 A la mañana siguiente, volví a repetir pateada hacia el centro para unirme al clásico tour "gratuito" por el centro. Esta vez, la locuaz y bien preparada guía estuvo más de dos horas mostrándonos los rincones más característicos de la capital. Se refirió a las bicicletas, que son el medio de transporte habitual por el centro. Nos contó que cada año se rescatan cientos de bicicletas de los canales, y que el robo de las mismas está a la orden del día, habiendo gente que hace de su venta en plan pirata su "modus vivendi". También nos contó historias del Barrio Rojo y nos enseñó un jardín de infancia situado en el corazón del mismo. Al fin y al cabo, la gente que vive en esta zona tiene las mismas necesidades, sueños y esperanzas que el resto de los mortales.
Historias sobre canales y bicicletas

 Y también nos aclaró la clásica duda:¿Es lo mismo Holanda que Países Bajos? Respuesta: No. Holanda es una región de los Países Bajos y en ella está Ámsterdam. Así que todos los holandeses son neerlandeses (gentilicio de los Países Bajos), pero no todos los neerlandeses son holandeses.
 El tour acabó no muy lejos de la estación central de tren. Aproveché esta circunstancia para visitarla e improvisar una excursión sobre la marcha. Tras una rápida búsqueda en la máquina de billetes y dudando entre Rotterdam y La Haya, acabé decantándome por esta última.
 El sistema ferroviario neerlandés es una auténtica maravilla. Ayudado por las características del país, con mucha población en poca superficie, las frecuencias de los trayectos son altísimas. De tal forma que para ir de una ciudad a otra, se compra un billete, y en poco rato tienes el tren esperándote en el andén. Y si lo pierdes, no hay problema, que en breve saldrá otro.
 La idea que tenía de La Haya (“Den Haagg” en neerlandés y “La Haiga” en español vulgar) era de una ciudad con rascacielos modernos sin mucha solera. Y esto es lo que me encontré en las inmediaciones de la estación. Pero mientras me acercaba hacia el centro, los anodinos y funcionales edificios dejaban paso a majestuosos palacios y edificaciones singulares.
 No tardé en encontrar la oficina de turismo, donde aparte de agenciarme un mapa, pregunté a la amable empleada cómo llegar a la famosa Corte Penal Internacional. Me explicó la ruta, pero me advirtió de que la única manera de visitar su interior era en un determinado día de la semana y solicitando cita con antelación. Maliciosamente, estuve a punto de decirle que había otra forma de visitarla, además sin pagar entrada, pero la prudencia me hizo callarme.
Corte de algo. Da igual, es muy bonita.
 Parece ser que en un involuntario guiño a Sofia Coppola y su "Lost in translation", la empleada me mandó al Palacio de la Paz, sede de la "Corte Internacional de Justicia". Como no soy licenciado en Derecho y además el palacio renacentista estaba bastante bien, me di por más que satisfecho.  Así que dejaré la visita a la Corte Penal para cuando cometa un crimen de lesa humanidad. Aviso: Con la legislación vigente, las gracias y chistes que incluyo en mis entradas del blog todavía no están catalogados como tales.
Tras haber visto la Corte (cualquiera que fuese), parece que ya habría cumplido en mi visita a la ciudad. Pero en el mapa pude comprobar que, aunque un poco lejos del centro, La Haya tiene playa (¡Toma rima!).
 A medio camino, me encontré un cartel explicativo que me hizo reflexionar. Decía que, desde ese punto hacia el mar (unos 2 ó 3 km) los alemanes, durante la ocupación, habían evacuado toda la zona y demolido casi todos los edificios para erigir el “Muro Atlántico” que se extendió por todo el litoral ocupado para evitar una invasión, que finalmente, se acabó realizando en Normandía. Siempre que pensamos en la Segunda Guerra Mundial, se nos vienen a la cabeza grandes batallas, bombardeos o campos de concentración, pero hay pequeñas historias menos conocidas que aumentan la dimensión trágica del evento.
 Tras casi una hora de pateada, el adusto paisaje urbano se empezó a animar con unas pintorescas callejuelas llenas de animación, que no fueron sino el preludio de la deseada costa. Y lo que me encontré compensó con creces el esfuerzo. Se trataba de una enorme playa de fina arena que, aparte del clima habitual (aunque ese día era bueno), poco o nada tenía que envidiar a las españolas.
Playa de enjundia
Lástima que no fuera preparado, porque sin duda que hubiera caído un buen baño. A cambio le eché un vistazo a un muelle recreativo que contaba con numerosos restaurantes, tiendas y atracciones.
 A la vuelta me encontré con los que, posiblemente sean los dos hitos más destacados de la ciudad: el Binnehof (magnífico conjunto de edificios góticos que albergan el Parlamento) y el Mauritshuis (museo pictórico de la Edad de Oro neerlandesa, que alberga entre otras joyas, y nunca mejor dicho, "La joven de la perla"). 
Binnehof: broche de oro para mi excursión
 Ambos estaban cerrados, por lo que sólo pude visitarlos por fuera. Cuando se improvisa, no todo sale bien. Pero hay que ver el lado bueno. Esto me obligará a volver algún día a la ciudad, cosa que haré con sumo gusto.

lunes, 19 de noviembre de 2018

AMBERES Y GANTE: JOYAS FLAMENCAS

  ¡Nuestra es Amberes!, se dice que gritó eufórico el habitualmente discreto Felipe II, cuando se enteró de que sus tropas habían lograron reconquistar la importante ciudad flamenca, en un destacado episodio de la Guerra de los 80 años.
 Mientras mi autobús se internaba por tierras belgas, tras haber hecho una breve escala en la ciudad neerlandesa de Eindovhen, me preguntaba si la euforia del monarca español estaba justificada o no.
  Lo primero que vi de Amberes ya me impactó. El autobús nos dejó junto a la imponente fachada de la estación de tren, una de las más impresionantes que haya visto nunca.
 Tras un paseo de una media hora por las agradables calles de la llamada "capital mundial de los diamantes" llegué a mi albergue donde fui recibido por un simpático uruguayo. No era el primer recepcionista de esa nacionalidad que me encontraba, ya que en Durres (Albania), fui atendido por un compatriota suyo.
 Dentro de la humildad que caracteriza a estos establecimientos, en este caso me había estirado un poco y el albergue era bastante competente, con unas instalaciones modernas y acogedoras.
 Nada que ver con el antro en el que había dormido la noche anterior en Düsseldorf.
Plaza Mayor de Amberes

 Los buenos augurios que se habían presentado al contemplar la estación se confirmaron cuando realicé mi primera inspección por el centro de Amberes. Las anodinas y funcionales calles que me había encontrado en Alemania dieron paso a un gran número de edificios históricos e iglesias. Por momentos me sentía trasladado al siglo XVI y no me hubiera asustado si me hubiera cruzado con una compañía de Tercios por sus calles (ventajas de no ser protestante).
 A la mañana siguiente, cumpliendo con la tradición, me uní al tour "gratuito" por la ciudad donde un simpático y espigado holandés nos explicó con pelos y señales los principales atractivos de la ciudad. Aparte de la gran cantidad de vestigios de la Edad Moderna, y la inevitable referencia al pintor local Rubens, me llamó la atención el "Boerentoren" un edificio  de estilo art déco  que fue el primer rascacielos construido en Europa.
Primer rascacielos europeo

 Aconsejado por nuestro guía, cuando acabó el recorrido turístico visité el museo Plantin-Moretus, de material tipográfico que cuenta con la prensa más antigua del mundo.
 Llevado por mi, en ocasiones insana, curiosidad, no dudé en atravesar una puerta con un cartel en flamenco. Al hacerlo fui severamente reprendido por un empleado que me preguntó si no lo había leído el cartel.  Sí, pero a mí lo de "niet voorbijgaan" no me había dicho gran cosa.
 A continuación me dirigí a la estación para hacer una excursión vespertina. Aprovechando que era la hora de comer, pude degustar el plato nacional belga, que no  fue otra cosa que un cucurucho de patatas fritas. Esto habla tan bien del popular tubérculo, como mal de la gastronomía belga.
 Satisfecha mi hambre física, tocaba cubrir la cultural e histórica. Nada mejor para ello que tomar un tren para la cercana ciudad de Gante.
Imponente entrada de la estación de tren

 Como suele pasarme, no sólo no había buscado nada de información sobre la ciudad, sino que tampoco sabía en cual de las dos estaciones que tiene Gante me convenía apearme. A la hora de preguntar a mi compañera de asiento más próxima se me planteaba la duda de hacerlo en francés o en inglés, habida cuenta de que el neerlandés aún no lo dominaba a esas alturas del viaje como había quedado claro en el museo.  Le dejé elegir y se decantó rotundamente por el inglés, por lo que deduje que era una flamenca acérrima. 
 Cuando vi que cojeaba un poco en historia local deduje que no era de la zona, extremo confirmado al confesarme su origen ruso. Contrariamente a lo que un asiduo lector de este blog me ha contado sobre las mujeres de ese gran país, en este caso, la eslava fue un dechado de amabilidad y simpatía.
 Sólo por conocerla y haber hablado un rato con ella ya había amortizado el viaje. La inversión se antojó aún más rentable cuando empecé a encontrarme auténticas joyas en forma de edificios históricos de gran valor. Es una delicia pasear a orillas del río Lys flanqueado por innumerables vestigios de la densa historia de la ciudad, lugar de nacimiento del rey Carlos I de España, emperador de Alemania, y uno de los hombres más poderosos de la historia.
Una ciudad ele-Gante

 Ya de vuelta en la estación, al pedir un billete para Amberes, el empleado me insistió varias veces en que era sólo de ida. No entendí muy bien esa puntualización hasta que  me di cuenta de que había cometido un pequeño, pero craso error. La ida costaba 10,80 € por trayecto, y el billete de ida y vuelta, 11 €. Así que sólo los desorientados como yo, compran billetes exclusivamente de ida.
 No tardaría mucho en recuperarme de este penoso incidente. En el albergue se había formado una animada tertulia a la que no dudé en unirme. Una cosa llevó a la otra y acabamos saliendo a dar un voltio el recepcionista uruguayo, dos simpáticas (en este caso no se trata de ningún eufemismo) holandesas y un servidor.
 Las calles de Gante, aparte de lucir esplendorosas por la noche, contaban con una gran animación. No le faltan encantos para tratarse de un destino turístico muy popular. Además de pasear por el centro, nos acercamos a la zona portuaria. Curiosamente, a pesar de tratarse de un puerto fluvial, es uno de los más grandes de Europa, gracias al gran calado y anchura del río Escalda.
Zona portuaria

 Ya de vuelta al albergue, observamos una gran animación en una calle cercana. Me comentaron que se trataba del "Barrio Rojo" amberino que, a semejanza de su hermano de Ámsterdam, sirve de escaparate publico y notorio a las meretrices locales, aunque a mucha menor escala. Me sorprendió, ya que pensaba que dicho formato sólo existía en la capital holandesa.  Ya dicen bien que viajar abre mucho la mente.
 Mi visita por tierras flamencas me había causado una gratísima impresión. El listón había quedado muy alto, pero confiaba en que los Países Bajos no hicieran honor a su nombre y lo pudieran superar.

sábado, 22 de septiembre de 2018

DÜSSELDORF

 Mi siguiente jalón en la ruta hacia Holanda, tenía tres candidatos. Düsseldorf, Bonn y Colonia. Ésta última fue descartada porque no encontré albergues disponibles. Las otras dos estaban más o menos empatadas, pero tuve la "feliz" idea de visitar una página de viajeros donde una lectora mostró su amor incondicional a Düsseldorf. Viendo cómo hablaba de ella, parecía que sería algo así como la Florencia del Rin. Además, el alojamiento me salía algo más barato que el de Bonn. Al elegir la primera opción, pensaba que había hecho una jugada maestra.
 Esta sensación se acrecentó cuando nuestro autobús atravesó en su ruta la ciudad de Colonia y pude ver de pasada su imponente catedral que, por lo que decía la misma página web anteriormente citada, era casi lo único que valía la pena de dicha localidad. Había conseguido hacer un "2 x 1" clarísimo.
 Sentada junto a mí, viajaba una joven alemana con cierto aire de cansancio. No era para menos, ya que me explicó que había partido de Budapest y llevaba tropecientas horas de travesía. A pesar de mis esfuerzos por ser un niunclavelista de categoría, siempre hay quien llega más allá.
"Huele" a los 70 que echa para atrás

 La primera impresión que me dieron las calles de Düsseldorf fue más bien anodina. Algo más impactante, aunque no muy positivamente, fue el descubrir el chamizo que había elegido para hacer noche. Se trataba de un edificio de varias plantas sin ningún letrero o advertencia que le hiciera parecer un alojamiento.
 A la llamada al portero automático, acudió un joven de rasgos asiáticos que me hizo esperar en una sala con una decoración bastante peculiar. Para que los cinéfilos lectores del blog se hagan una idea, el mobiliario me recordaba bastante al "Korova Milk Bar", que aparece al comienzo de la película "La Naranja Mecánica", aunque todavía con peor gusto.
  Estaba a punto de pedirme una leche-plus, cuando el empleado me hizo subir al piso superior.
¿Dónde me he metido?
Allí me encontré el alojamiento más inclasificable que haya videado en toda mi vida.
 Nada más entrar, había una habitación con dos literas y un balcón a la calle. Esta pieza contaba con una puerta que daba acceso a otro cuarto con 1 litera. Entre las camas que la formaban, apenas había medio metro de holgura. Aquí contábamos con una puerta que daba acceso a un minúsculo cuarto de baño. Éste contaba con retrete y ducha, pero no lavabo. El cuarto de baño tenía otra puerta que daba acceso a otra habitación en la que había una cama de matrimonio, una cocina totalmente desfasada (calculo que lo último que se cocinó en ella fue pagado en marcos) y una terraza muy grande con muy buenas vistas.
 Esta distribución tan poco convencional tenía las siguientes consecuencias:
 -Para acceder a dos de las habitaciones, había que pasar por otras distintas, con las molestias consiguientes.
 -Había que cerrar las dos puertas del baño para evitar ser "sorprendido". Pero si al salir te dejabas una cerrada, bloqueabas el flujo de huéspedes del otro lado de la misma.
 -Para hacer uso de la terraza grande había que atravesar la habitación de la cama de matrimonio.
 En resumen: una distribución desastrosa, carente de toda lógica y funcionalidad.
 Al ver la cama de matrimonio desocupada, tomé posesión de ella. No tardó en venir una huésped no muy bien encarada a desalojarme. Así que me conformé con la habitación con dos literas, eligiendo la superior. No lo suelo hacer, pero en este caso, la inferior resultaba algo claustrofóbica.
 Zonas comunes, conexión wifi, taquillas...no estaban, ni se las esperaban.
 Cerca del "albergue"(he leído comentarios que afirman que era un lupanar reacondicionado y me lo creo) había una oficina de turismo (buena señal) donde me hice con un mapa. A pesar de este buen indicio, mis primeros pasos por la ciudad fueron bastante decepcionantes. Baste el dato de que tardé más de una hora de paseo en sacar a que le diera el aire a mi máquina de fotos.
 En las proximidades del Rin, se empezó a animar la cosa y pude, por fin, encontrarme con algunas calles con cierto interés turístico e histórico. Pero al igual que le pasó a Fráncfort, no quedó mucho en pie tras la Segunda Guerra Mundial.
Esto ya parece Alemania

 Como detalle curioso, me encontré con lo que se denomina "la barra de bar más larga del mundo", que no es otra cosa que un conjunto de bares que copan los dos lados de una calle. Todos ellos cuentan con mesas en la acera donde la gente se toma, de pie, una cerveza oscura, muy típica de la zona. No pude evitar la tentación y la probé. Es una cerveza bastante fuerte, lo que sumado a la cantidad de "esponjas" que pueblan las tierras germanas, hace pensar que en este lugar se pillen unas cogorzas de aúpa.
Les gusta, les gusta beber

 Dado que la parte antigua me había dejado un poco frío, probé con otra más moderna. Se trata de un conjunto de edificios vanguardistas cerca del puerto. Algunos son bastante curiosos y originales.
¡Qué majetes los moñacos!

 La aparentemente civilizada y tranquila ciudad diurna, dio paso a otra un poco más agitada por la noche. Por los alrededores de la estación de tren merodeaban pedigüeños borrachines. En un intento de confundirme con el paisaje, y a la vez catar productos locales, accedí a un kiosko que vendía cervezas. Allí  me hice con una botella de medio litro por la irrisoria cantidad de 60 céntimos. ¡Así da gusto embriagarse!
 Viendo que la cantidad de potenciales pendencieros aumentaba, me volví a mi extraña, pero en ese momento deseada morada, donde dormí bastante bien, a pesar de lo poco que prometía.
 A la mañana siguiente, le di otra vuelta a la ciudad, ya sin vagabundos a la vista. Se trata de un lugar agradable, pero de escaso interés turístico. Definitivamente la persona que publicó en la página de internet debía de tener acciones en la oficina de turismo dusseldorfina.
Como última curiosidad, en un mercado local me compré dos manzanas que tenían un aspecto estupendo y un sabor aún mejor. Eso sí, cada una me costó un euro.
  Un país donde una manzana cuesta casi el doble que una cerveza de medio litro, se lo tendría que hacer mirar.
 En el apeadero de autobuses se repitieron las escenas de improvisación y desconcierto que se habían dado en Fráncfort. Pero a estas alturas del viaje, y a punto de abandonar Alemania, me di cuenta de que en un país de más de 80 millones de personas, tiene que haber sitio para todos (desde ingenieros eficientes a caóticos buscavidas) y para todo (ya sean pulcros edificios o establecimientos de dudosa reputación). 
 Así pues, no importa el tópico que se aplique a los alemanes, sean positivos o negativos. Todos serán ciertos en alguna medida.
¿Quién dijo que los alemanes era fríos y secos?


jueves, 6 de septiembre de 2018

FRÁNCFORT DEL MENO

  Habida cuenta de que apenas me quedaba una semana de vacaciones, no podía irme muy lejos en mi siguiente destino. Tras una exhaustiva criba, en el último cedazo aparecían dos posibles destinos: Holanda y Marruecos. Éste último lo acabé descartando por motivos energéticos. A esas alturas del mes, llevaba bastante tute viajero. 
 Un país como Marruecos, donde manda el regateo y numerosos personajes locales están dispuestos a "ayudarte" aunque no quieras, exige unas fuerzas de las que yo carecía en esos momentos.
 Por ello me decanté por la más previsible y ordenada Holanda, dejando al misterioso reino alauita para mejor ocasión.
 Una vez tomada tan trascendental decisión, me centré en reservar el viaje, y vi cómo los vuelos a Ámsterdam costaban un ojo de la cara, no mejorando mucho si buscaba otros destinos en los Países Bajos.  Pero no me iba a rendir fácilmente.
  ¿Volar a Holanda es caro? Pues probemos con Bélgica, que está al lado. El clavelismo seguía presente. 
 Sólo hizo falta alejarse un poco más para encontrar un vuelo a la ciudad alemana de Fráncfort (Frankfurt) a precio de amigo. Y para redondear la jugada, me saqué la vuelta desde Eindhoven casi regalada. Esto empezaba a tomar color, y no precisamente el del dinero.
 La sensación de orfandad que me invade al llegar a un aeropuerto de noche se acrecentó al poner pie en el de Fráncfort, que es inmenso. Pero lo que tiene de grande lo tiene de ordenado y eficaz, así que no me fue muy difícil encontrar el tren que me llevaría hacia el centro. 
 Esta vez me había buscado un albergue muy céntrico y a buen precio. ¿Tendría truco?
 Apenas salí de la estación y me acerqué a mi destino, mi ego empezó a dispararse por momentos. Las que yo tenía por inalcanzables alemanas me miraban con gran interés y alguna de ellas incluso se dirigió a mí en lo que yo interpreté como un requiebro. Por fin, tras muchos años escondido, mi irresistible  magnetismo era apreciado en toda su extensión. 
 Pero al fijarme en los letreros luminosos de los locales que atravesaba y en una no pequeña cantidad de "maromos" que pululaban por la zona con igual o mayor éxito que yo, me di cuenta que las simpáticas damiselas que me cortejaban no lo hacían movidas por motivos platónicos. No en vano, mi albergue estaba situado en el corazón del Barrio Rojo de Fráncfort. En ese momento, recordé que me había llegado un correo electrónico del establecimiento advirtiéndomelo, pero estaba escrito en un tono tan informal que no lo me lo acabé de creer. O quizá preferí pensar que esos rubiones habían sucumbido a mis encantos.
 Una vez que llegué al hostel me centré en otros temas más inmediatos, como orientarme en una habitación a oscuras y ocupar mi litera. En tan complejo trance, mis torpes movimientos despertaron a una compañera kazaja, que fue todo amabilidad, ayudándome incluso a hacerme la cama. En línea con el resto de entrada, y pidiendo disculpas más por lo malo del chiste que por ofender al feminismo, hubiera preferido que me la hubiera ayudado a deshacer. Y es que, aparte de su simpatía, en la ex-soviética, se conjugaban con maestría el exotismo oriental con la estadísticamente superior antropometría occidental (que era alta, vaya).
  Miedo me daba volver a la calle. Y lo debía hacer, si quería cenar algo tras muchas horas de ayuno. Pude burlar el bloqueo que las colipoterras sometían a las calles cercanas, para visitar un local turco donde pude agenciarme una pizza. Por lo menos la maridé con una cerveza para que la cena tuviera siquiera un toque alemán.
  Mi paseo nocturno, que me llevó hasta el río Meno, no me hizo pensar que Fráncfort fuera a dar mucho juego desde el punto de vista monumental.
Ya se vé quién manda por aquí

 Mis sospechas se confirmaron al día siguiente. Como a la mayoría de las ciudades alemanas, los bombardeos aliados de la II Guerra Mundial, dejaron al casco histórico de la ciudad reducido a la mínima expresión, restauración incluida.  Así, en una ciudad de tanta importancia apenas un par de plazas y algunas calles adyacentes tienen un sabor añejo y característico. El resto es bastante más aséptico y funcional.
Algo se pudo salvar

 A falta de referencias históricas, el centro de Fráncfort cuenta con una línea de rascacielos o "skyline" muy carácterística con modernos edificios comerciales. La guinda del pastel es la sede del Banco Central Europeo, que cuenta en sus inmediaciones con un monumento homenaje al Euro.
 No me falló mi previsión, que sólo había concedido una mañana para recorrer la ciudad. Creo que es tiempo suficiente para visitarla y hacerse una idea de ella, a menos que se tengan negocios pendientes (económicos o carnales).
También hay sitio para la cultura:Ópera Antigua de Fráncfort

 Si la llegada a una ciudad que yo suponía seria y ordenada me descolocó al toparme de bruces con el Barrio Rojo, no fue menor mi sorpresa al comprobar cómo la "estación de autobuses" donde debía tomar mi transporte para seguir ruta, era una explanada situada en un solar donde reinaba el caos.
 En ningún sitio se podía consultar el destino de los autobuses situados en las dársenas y a falta de empleados que informaran, la gente preguntaba a los desbordados conductores. El nuestro llegó con un considerable retraso. 
 A pesar de ello, y  por razones que se me escapaban, aparcó el vehículo y permaneció  sentado con la puerta cerrada, mientras los sufridos clientes soportaban estoicamente el sol estival.
  Por fin, tras un buen rato de espera, el conductor decidió abrirnos la puerta del autobús y pudimos partir en busca de nuevas aventuras por tierras centroeuropeas.