martes, 30 de abril de 2019

CEBÚ: EL SANTO NIÑO Y LA SANTA NIÑA

 Lejos de haber sido una experiencia claustrofóbica, mi primera noche en una cápsula había sido bastante plácida y pude descansar en condiciones.
 Casualmente, muy cerca del albergue se situaba el Casino Español de Cebú, al que no dudé en poner rumbo en mi primera salida del día. Me las prometía muy felices comiendo paella (aunque no me guste mucho) y conversando con los últimos hispanohablantes de la ciudad, cuando una segurata me impidió el paso al recinto. Mi condición de súdbito español fue papel mojado, ante el triste hecho de que el acceso al recinto estaba permitido exclusivamente a los socios.
Casino Español de Cebú: el elitismo se impuso al patriotismo

  Las penas con pan son menos. Así que mi siguiente destino era un restaurante vegetariano (una rara avis en un país claramente carnívoro) que recomendaba mi guía de viaje. Gasté con creces las calorías que iba a ingerir, habida cuenta de lo recóndito del lugar. Aparte de estar lejos, costaba bastante encontrarlo, y al toparme con un recinto tan humilde, no pude evitar una cierta decepción.  Pero lo que cuenta en este caso es la comida, y por poco más de un euro, me puse como el Quico a base de suculentos  y nutritivos platos.
Ternera parece, carne no es..¿qué es? Vaya usted a saber, pero estaba rico

 Era hora ya de dirigirme hacia el centro histórico, que como sucede en toda ciudad filipina que se precie había quedado hecho papilla en la Segunda Guerra Mundial.
 Ajenos a añoranzas históricas, miles de cebuanos colapsaban las bulliciosas calles del centro de la ciudad.
Esto se anima

 El cogollo central contaba con un control de seguridad para acceder. En la ciudad habían comenzado las fiestas del Santo Niño, en las que se venera a una efigie del Niño Jesús que trajo Magallanes en su visita a la isla de Cebú.
 Todavía no habíamos llegado al día grande de las fiestas, pero la iglesia donde se guarda la reliquia (que es además la primera iglesia católica erigida en el país)  y las calles aledañas estaban a rebosar.
 Iba un poco pillado de tiempo, por lo que no me quedé a escuchar la homilía, que además iba a ser en cebuano, idioma con el cual aún no estaba familiarizado.
¡Viva Pit Señor!

 Junto a la iglesia, y en medio de una plaza, se encuentra otro hito histórico-religioso: la Cruz de Magallanes.  En ese lugar, el marino portugués y sus acompañantes plantaron una cruz de madera, que se puede considerar como el germen del cristianismo en el archipiélago.
 Como con la cruz iba la espada, no muy lejos de allí se erige el Fuerte de San Pedro, fortaleza de forma triangular erigida por los españoles para defender la plaza de los invasores moros. 

 Por si quedaba alguna duda de la impronta española en la zona, junto al fuerte se puede encontrar una estatua de Don Miguel López de Legazpi, primer gobernador de la Capitanía General de las Filipinas.
Estatua de Legazpi

 Ya de vuelta al albergue, alargué un poco la ruta para visitar el Parián de Cebú. Los parianes eran los barrios donde se asentaba la comunidad china, que en un número considerable se instaló en el país durante el dominio español. Al igual que ahora, esta comunidad destacaba por su dinamismo comercial. Con el tiempo, estos chinos acabaron naturalizándose españoles, adoptando el idioma e incluso hispanizando sus apellidos.
 A pesar de que hoy en día estos parianes no están reservados para ciudadanos chinos, en las pocas casas antiguas que se conservan, sí que se puede apreciar una arquitectura característica con influencias del país asiático. 
 Intenté visitar el Museo Casa Gorordo (típico ejemplo de arquitectura colonial española) pero estaba cerrado. Más suerte tuve con la casa Yap-Sandiego, erigida en el siglo XVII, lo cual la convierte en una de las casas más antiguas de las Filipinas.  Está excelentemente conservada, y es una visita de lo más recomendable.
Casa Yap-Sandiego (tomada de https://www.choosephilippines.com/)

 Ya me había culturizado bastante, así que volví al albergue para satisfacer otras necesidades menos intelectuales.
 Probé suerte con la página de pototeo que he comentado en anteriores entradas y como se suele decir en Aragón, "no adubía". La combinación de ciudad muy poblada, a la vez que no demasiado turística, sumada a mi irresistible alias "Legazpi", se revelaba muy favorable a mis intereses.
 Pero uno tiene ya una edad y algo de experiencia para pensar en hacer alardes. Quien mucho abarca, "abarcudo". Así que en cuanto apalabré una cita, concluí mi escaneo virtual.
 Se me acumulaba la faena, ya que aún tenía que decidir a dónde ir al día siguiente, con reserva de alojamiento incluida, y no había cenado.
 Viendo que mi encuentro se iba a demorar, me acerqué a un supermercado "7-Eleven" muy cercano al albergue para picar algo. Descubrí una jugada que iba como anillo al dedo para mi austeridad e interés por la gastronomía local. Había algunos platos preparados que se podían calentar en el establecimiento y comerlos alí mismo. No estamos hablando de alta cocina, pero al menos era un plato caliente  a precio de risa. 
 Mientras cenaba, seguía en contacto con mi "amiga" que, por lo que me decía en sus mensajes al móvil, tenía ciertos problemas para encontrar el albergue. La verdad es que la cita tenía mucho de improvisación. Al comentarle que no sabía dónde iba a ir al día siguiente, me sugirió que fuéramos juntos a Oslob, localidad costera cercana donde se puede bucear junto a los imponentes tiburones-ballena.
 Dada la familiaridad con la que me propuso el plan, vi claro que no era la primera vez que hacía algo así. Evidentemente, y más con el niunclavelismo que me caracteriza, no me apetecía mucho jugar el papel de "extranjero rico que lo paga todo". Porque ni soy rico, ni en Filipinas me sentía del todo extranjero.
 Pero como parecía estar a punto de llegar, pensé que sería mejor discutir esos detalles en persona.
 Las siguientes dos horas fueron un interminable intercambio de mensajes en los que no cesaba de dar pistas a mi cita para que pudiera llegar al lugar convenido.
 Siendo ya casi la una de la noche, y con el planteamiento del día siguiente aún por perfilar, tenía mi líbido por los suelos.  Bajo tierra se ocultó cuando apareció una jovencita escuálida y bajita, que si no fuera por su pelo moreno y rasgos asiáticos, hubiera podido confundir fácilmente con mi sobrina.
 Si no me había mentido en su edad (según ella 25), sí lo había hecho en su lugar de procedencia. Me había explicado que vivía en un barrio cercano, pero en realidad estaba en una pedanía tan lejana que había tenido que tomar 3 jeepneys y alquilar una moto para llegar al destino. Por lo menos no se le puede negar interés y perseverancia.
 Si tenemos en cuenta que la conversación entre nosotros tampoco era muy fluida (su inglés no era muy allá), me encontraba en una situación un tanto incómoda. 
 Descartada por completo la idea de ir con ella a Oslob, y sin ni siquiera plantearme todo asomo de ejercer actos de "intimidad compartida", debía moverme entre la diplomacia y la asertividad para evitar daños propios y colaterales.
 Cuando le dije que había descartado "llevarla" a Oslob mostró una cierta decepción, pero creo que hasta ella se daba cuenta de que era algo absolutamente forzado. Estuvimos charlando un poco y dentro de la cordialidad vimos ambos que allí no había mucho que rascar. Así que le pagué un taxi y se volvió a su casa sin más novedad.
 Evidentemente mi elección no había sido la más adecuada. Pero como dice el mítico Berges, no estábamos allí para taladrar.
 Una vez recuperada mi individualidad, me metí en la cápsula y organizé en un rato mis siguientes dos días por las Filipinas.
 En mi siguiente destino iba a intentar encontrar el contrapunto con el ajetreo de la populosa ciudad de Cebú, que si bien al principio me asustó un poco, me acabó pareciendo un lugar de lo más interesante.
 
 




 

viernes, 19 de abril de 2019

ENCAPSULADO EN CEBÚ

  Un poco antes de las 6 de la mañana, me desperté en la cama del albergue. Antes de girarme para volver en brazos de Morfeo, observé que mi móvil no estaba en la cabecera, que era donde recordaba haberlo dejado. 
 Tras tantear el resto de la cama y no encontrarlo, intenté buscar por el suelo. Tarea nada fácil, ya que estaba cubierto por bolsas, ropas y mochilas, con idéntico resultado.
 Como no había mucho más que hacer, intenté dormir hasta que se fuera despertando la gente. Este intento fue tan poco fructífero como el de la búsqueda.
 Conforme se iban despertando mis compañeros de cuarto, les preguntaba si habían encontrado un móvil. Se me pasó por la cabeza que hasta algún caco podía haber entrado durante la noche y haberlo sustraído. 
 La verdad es que por un teléfono de menos de 70 € no hay que penar mucho. Pero en este caso se trataba de mi medio para reservar el viaje, buscar información, además de contener muchas de las fotos que había hecho. Por no hablar de la cantidad de información que esos bichos llevan sobre nosotros, que es mejor que no caigan en según qué manos.
 Después de unas horas de inquietud y de infructuosa búsqueda, el humilde pero deseado celular apareció cuando se me ocurrió la feliz idea de buscarlo en un bolsillo de mi pantalón. Y eso que la noche anterior sólo me había bebido una San Miguel...
 Con el alivio de recuperar lo que nunca había perdido recogí mis cosas para montarme en la furgoneta que me iba a llevar a Puerto Princesa. Además de unos cuantos locales, coincidí con el compañero de albergue que dormía debajo de mi cama.
Se trataba de un pedazo de armario finlandés barbudo y rapado al cero.  Su más que rudo aspecto contrastaba con su carácter amistoso y su interesante conversación.
 La furgoneta me dejó en el aeropuerto de Puerto Princesa. Como tenía unas 2 horas hasta que salía mi vuelo, me fui a dar un voltio por la ciudad, tras haber facturado mi maleta. El aeropuerto está tan cerca que se puede ir andando sin problemas.
 Como ya comenté en una entrada anterior, Puerto Princesa es una ciudad poco destacable en el aspecto turístico, a pesar de su sugerente nombre. Tampoco es, ni mucho menos, una referencia a nivel gastronómico. Por lo menos si se toma de referencia la pizza que me sirvieron en un local con nombre italiano. Una masa excesivamente gruesa, una estética muy discutible y una gran cantidad de cebolla prácticamente cruda, hicieron que la filipina desbancara a la cubana en mi particular palmarés de pizzas poco afortunadas. En atención a mi estómago, no me atreví a probar ninguna más en mi viaje, así que me queda la duda de si en otros lugares del archipiélago tienen más tino en prepararlas.
 Aparte de un retraso de una hora y media, el  corto vuelo no presentó ningún problema. Por lo menos desde el punto de vista externo. 
  Mi moral, que suele estar a un nivel muy alto en mis viajes, estaba empezando a resquebrajarse.
 Había reservado dos noches en Cebú (la segunda ciudad de Filipinas) y no tenía ningún plan para hacer  después. En esos momentos pensaba que las 3 semanas de viaje se me iban a hacer largas sin saber muy bien qué hacer.
  Además, al encontrarme de bruces con una gran ciudad que, a primera vista desde el aire me recordaba a Manila, era un contraste demasiado fuerte con el aire relajado y los maravillosos paisajes de Palawan.
 Más allá de consideraciones anímicas y filosóficas, me enfrentaba a un problema más inmediato y mundano: cómo llegar al albergue. 
 Por supuesto, pensé en mi viejo amigo Grab (Uber versión asiática). No había wifi en el aeropuerto, así que busqué un mostrador de la aplicación como el que ya había utilizado en Manila. Al no encontrarlo pregunté en información. Me dijeron que no lo había, pero se ofrecieron a hacerme la gestión. 
 Era hora punta y costó un poco. Sólo me pudieron conseguir un taxi Grab sin tarifa prefijada. No estaba para exigir mucho así que acepté. Mientras caminaba al lugar de recogida, vi como gracias a esta jugada maestra, me saltaba una cola de unas 100 personas que esperaban pacientemente a ser recogidas por un taxi convencional.
 A pesar de que, atascos mediante, la carrera duró más de media hora, la tarifa se mantuvo dentro de lo razonable.
Hogar, pequeño hogar

 El albergue reservado para la ocasión era algo novedoso para mí. En lugar de pernoctar en una habitación compartida, iba a hacerlo en una cápsula.  La idea de dormir en un habitáculo de unos 2 metros de largo por 1 de alto y unos 80 cm de ancho, suena un poco claustrofóbica. Pero tiene sus ventajas, ya que se evitan los clásicos y molestos ronquidos de las motosierras de rigor. 
 Por lo demás, el albergue contaba con el resto de servicios (duchas o salón) en tamaño estándar. Quizá el mayor problema era el manejarse a la hora de abrir la maleta, ya que se tenía que hacer en un estrecho pasillo lleno de mochilas.
 Antes de probar la nueva experiencia de dormir encapsulado, quise dar un paseo de inspección por la ciudad.
 Pronto me encontré con una calle bastante animada, con algunos garitos abiertos.  Para mi sorpresa se me acercó una joven bien parecida con una actitud muy amistosa. Mi ego empezó a crecer exponencialmente, hasta que escuchó la palabra "masaje". Me deshice cortésmente de mi nueva "amiga", hasta que otra vino rauda a ocupar su lugar. En ese preciso momento mi espalda no estaba particularmente contracturada, así que decliné su tentadora oferta.
 La situación, que al principio casi tenía su gracia, empezó a tornarse incómoda cuando la tercera masajista  (o algo más) intentaba vencer mi recelo, a la vez que un siniestro personaje me ofrecía por la banda contraria un paquete de píldoras de forma romboidal.
 Entre salir por Huesca y no sumar ni por milagro divino y lo que me estaba pasando en Cebú tiene que haber un prudente término medio.
   Viendo el panorama, di por finiquitada la expedición y volví al albergue con paso firme y mirada perdida, sorteando como pude las acometidas de las insistentes señoritas.
 Me esperaba una confortable cápsula, toda para mí solito.
 
 

 


miércoles, 10 de abril de 2019

EL NIDO

 Aproveché mi primera y última mañana en Taytay para despedirme de la Fortaleza, antes de tomar una furgoneta para El Nido, uno de los lugares más turísticos de las Filipinas.
 Esta vez el trayecto fue bastante llevadero, ya que tras apenas hora y media de haber partido, nos encontramos con los primeros hoteles. La placidez de Taytay había quedado atrás.
 Volví a hacer gala de mi humildad tras haber dormido en una "suite de Luxe" en Manila, en un hostel para mí solo en Puerto Princesa y en un chalet en Taytay. Esta vez me tuve que conformar con una angosta habitación sin ventanas donde se apilaban 8 literas, dejando un escaso espacio vital per cápita. Pero lo que este albergue tenía de humilde, lo tenía de estratégico, dada su privilegiada situación: casi en primera línea de playa, a un par de minutos de la estación de autobuses y junto a un enorme supermercado.
 Enseguida me lancé a inspeccionar la zona. En sólo 3 minutos me planté en la playa de Corong Corong, que era tan bonita como poco práctica. Las aguas cristalinas, los cocoteros y la arena blanca prometían mucho, pero su escaso calado la hacía impracticable para el baño.
 Buscando emociones más fuertes enfilé mis pasos hacia el pueblo de El Nido, que distaba alrededor de 1 km de mi alojamiento. Numerosos triciclos se prestaron a llevarme por 50 pesos, pero evidentemente preferí hacerlo andando por una transitada carretera.
 El pueblo es bastante pequeño, pero presenta mucha animación. Está atestado de alojamientos, restaurantes, baretos y tiendas. La playa mejoraba un poco la de Corong Corong, pero tampoco era para echar cohetes.
Atardecer en Corong Corong

 La hora del ocaso se acercaba, y calculé que en la primera playa, por su orientación, podría haber una puesta de sol competente. Así que volví a ella en desigual carrera contra el Astro Rey que, sin embargo, conseguí ganar.  Pude llegar a tiempo para ver un atardecer de auténtica enjundia.
 Todas estas emociones y caminatas me habían abierto el apetito. El albergue carecía de cocina, lo cual me obligaba a cenar fuera. En un país tan asequible, eso no es ningún problema. Así que hice una inspección por la zona buscando un equilibrio entre la exagerada humildad de unos establecimientos con la previsible clavada que esperaba en otros.
 Y lo que encontré, no sólo cumplía esos requisitos, sino que ofrecía una experiencia culinaria inesperada y novedosa: carne de cocodrilo. La curiosidad venció a la prevención y me senté a cenar. 

Alta cocina palawanesa

 Me sacaron una cazuela con carne picada especiada un poco picante.  Por su aspecto, podría haber pasado fácilmente por ternera. La verdad es que me gustó bastante. Y además, según decía un letrero en el restaurante, es una carne de lo más sana.
  Sin duda es mucho más sano comer cocodrilo que ser comido por uno. Allí les doy la razón.
 Al volver al albergue me encontré con un barcelonés al que le comenté mi nuevo hallazgo gastronómico, que despertó su interés. Tanto que se animó a catarlo. Le acompañé y aproveché  que no le entusiasmó tanto como a mí para rematar su ración, que había quedado a medias. Ya sé que hacer eso no es precisamente el colmo del protocolo. Pero, ¿quién sabe cuándo podría volver a tener la oportunidad de comer cocodrilo?
 Para el día siguiente había reservado un tour por el archipiélago de Bacuit. Hay 4 tipos distintos (A,B,C y D). No me maté mucho la cabeza y elegí el más recomendado. Estando en un lugar tan turístico, ya no colaba dármelas de alternativo.
  Junto con otro compañero alberguista fuimos recogidos a primera hora de la mañana por un triciclo que nos llevó al pueblo de El Nido, ya que desde allí partía la excursión. 
 Casi me emociono cuando el guía nos contaba diciendo para sí :"dose,trese,catorse,quinse...". Los números son uno de los muchos aportes que el español legó a las lenguas locales.
 Nos acomodamos en un típico barco filipino y empezamos a navegar por las bonitas aguas de la bahía.
Típico barco filipino
 Se supone que nuestra primera parada era una playa llamada "Siete Comandos", que por lo que se comenta, es la bomba. Pero en una decisión totalmente unilateral, el patrón del barco decidió que nos la saltábamos porque a esa hora "había demasiados turistas".

 Parece que tan endeble excusa no se aplicó de allí en adelante, puesto que nuestra ruta fue todo menos solitaria.
Pronto hice migas con un uruguayo al que sus rasgos centroeuropeos me hicieron confundir al principio con un alemán cualquiera.  Curiosamente, mi compañero de albergue sí que era alemán, pero su piel morena, sugería un origen más "americano". No hay que fiarse de las apariencias.
 Nuestra primera escala fue en otra playa "solitaria"  (otros 5 ó 6 barcos habían tenido la misma idea) donde hicimos un poco de buceo. No se veían grandes maravillas, pero estuvo bien.
 Luego llegó el turno del "Secret Lagoon" (Laguna Secreta), que dio lugar a muchas coñas, habida cuenta de nos la encontramos en hora punta. El desembarco en la isla de Miniloc fue un poco complicado debido al fondo rocoso por el que tuvimos que acceder. Afortunadamente había alquilado unas sandalias de goma que evitaron que mis pies sufrieran más de la cuenta.
Si algún día me pierdo, búsquenme por aquí

 Dejando aparte las rocas y las hordas turísticas, el enclave era totalmente privilegiado. Lo que uno espera cuando le hablan de islas paradisiacas.
 La gracia de la visita consistía en meterse por un pasadizo que daba acceso a una pequeña laguna, rodeada por una pared rocosa. Le quitaba mucho encanto al asunto el tener que esperar un buen rato en una más que concurrida cola que avanzaba muy lentamente.
 Nada mejor que superar esa pequeña decepción con una buena comida. Nos fuimos con el barco a un lugar más discreto y mientras echamos un buceo por las inmediaciones, nos prepararon un banquete de enjundia. Me esperaba algo "de batalla" para salir del paso, pero la comida fue de lo mejorcito que pude probar en todo mi periplo filipino.
Solo nos faltó cocodrilo

 Y no pudo haber mejor postre para tan suculento ágape que la visita más interesante del todo el recorrido. Se trataba del "Big Lagoon" (Laguna Grande) que consistía en una especie de laguna marina a la que se accedía por un estrecho brazo de mar. Para ello había que alquilar un kayak que compartí con mi compañero uruguayo. Nuestra poca pericia piragüista hizo que nos costara llevar un rumbo mínimamente recto. Pero en cuanto nos conseguimos sincronizar, empezamos a disfrutar de la experiencia de navegar plácidamente por un entorno tan privilegiado.
 Ya de vuelta a El Nido nuestro patrón decidió meterle caña a su bajel, lo que sumado a que el mar estaba un poco picado, hizo que acabáramos totalmente empapados. Afortunadamente, me había agenciado antes del tour una bolsa impermeable, que evitó males mayores en mis aparatos electrónicos.
Fin de trayecto

 A pesar de la turistada y de habernos escamoteado la primera playa, la visita por las Islas Bicuit había merecido la pena. Me hubiera gustado hacer alguno de los otros tours, pero al día siguiente iba a abandonar la isla de Palawan y lo dejaré para mejor ocasión.
 Lo suyo hubiera sido una salida nocturna por el Nido, que se empezaba a animar a la caída de la noche. Pero no andaba yo sobrado de energías y me retiré pronto a mi congestionado pero entrañable albergue. 
 Tras haber visto una parte de las maravillas que contiene este rincón de la isla de Palawan, me preguntaba qué prisa tenía en abandonarla.  Apenas había pasado un día y medio en ella.  
 Esta es la parte negativa de mis viajes relámpago. En cuento me encariño con un lugar, es hora de abandonarlo.
 Pero por otro lado, la perspectiva de conocer nuevos lugares, compensaba con creces la melancolía.
 Otros rincones de las Filipinas esperaban mi visita.

domingo, 24 de marzo de 2019

TAYTAY: LA ATRACCIÓN TURÍSTICA FUI YO

 Cuando me vino a buscar una furgoneta al albergue, me las prometía muy felices al ver que era el único pasajero. Ya estaba haciéndome cábalas sobre la ausencia de rentabilidad del viaje, hasta que el conductor me dejó en un apeadero de Puerto Princesa y me dijo que esperara.
 Como era de prever, al rato me tocó acomodarme en un furgón bastante más optimizado y con menos espacio vital por cabeza.
 Mi destino no era otro que Taytay, la antigua capital de la isla de la Paragua, que así se llamaba Palawan durante el periodo español.
 El viaje duraba más de 3 horas, pero se hacía bastante ameno, sobre todo por lo pintoresco de los paisajes, que alternaban las zonas costeras con los arrozales del interior, todo ello con una vegetación exhuberante.
 No faltó una parada en una humilde área de servicio donde nos dieron tiempo para comer. El clásico sistema de pasar con la bandeja y elegir los platos a la vista se complicaba ante la ausencia de carteles. Pregunté a la camarera por algunos: descarté los hígados de pollo y la caldereta para decantarme por una ternera que no aparentaba contener casquería. Eso sí, estaba tan dura que la dejé por imposible. Por lo menos el arroz que allí acompaña casi cualquier cosa me hizo matar el gusanillo. Definitivamente, las Filipinas no son el destino gastronómico por excelencia.
 Un rato después, nos aproximamos a un núcleo urbano y me pareció ver un cartel que indicaba Taytay.  El conductor del furgón prosiguió su camino sin inmutarse mientras yo empezaba a inquietarme.  Enchufé el GPS de mi móvil y cuando tuvo a bien situarse en el mapa, habíamos dejado muy atrás la ciudad a la que me dirigía. Le eché un grito al conductor que no se dio por enterado y le expliqué mi situación a otros viajeros que enseguida le explicaron la situación al chófer.
 Éste detuvo inmediatamente el vehículo al margen de la carretera y me sacó la maleta del vehículo. Se disculpó y me dijo que nadie le había dicho que tenía que parar en Taytay.  Eso sí, creo que ni se le pasó por la cabeza volver para dejarme. Vio una furgoneta en lontananza circulando en sentido contrario y me dijo que la parara.
 Sin tiempo para pensar que se había librado de mí de mala manera, hice un ademán al conductor de la nueva furgoneta, que se detuvo. Donde caben 15, caben 16, así que no hubo mucho problema en que me embutiera en el ya atestado vehículo, que me dejó sin gran problema en el cruce de Taytay por una módica cantidad.

 Desde el cruce aún tuve que tomar un triciclo que me dejó en mi destino. Por una vez, y contrariamente a mis usos y costumbres, fui indulgente conmigo mismo, y reservé un alojamiento de campanillas. El coqueto establecimiento estaba formado por un conjunto de casitas de madera  en un entorno ajardinado, que contaban con par de camas, baño y porche.
Toda una casa para mí solo

 Apenas dejé el maletón en mi flamante chalet me dirigí a la Real Fuerza y Presidio de Santa Isabel, imponente fortaleza en piedra erigida unos siglos atrás por nuestros aguerridos compatriotas para defender la ciudad de los piratas moros que frecuentaban la zona.
 Para acceder a su interior, me cobraron 50 pesos, tasa de la que estaban exentos los habitantes locales. Estuve a punto de protestar, ya que como español, podía argumentar que fueron mis paisanos quienes la construyeron, por lo que tenía tanto derecho como los locales para acceder libremente. En aras de evitar un conflicto diplomático aboné la entrada y entré.
Fortaleza de Santa Isabel
 Eso sí, los 50 pesos fueron una buena inversión.La fortaleza está muy bien conservada y las vistas sobre la bahía son muy destacables. Me llamó la atención que en el centro de la explanada que coronaba el recinto se erigiera una iglesia. 
 Haciendo bueno el popular refrán, "A Dios rogando y con el cañón amenazando", no faltaban algunas culebrinas y otras piezas de artillería apuntando al mar para recordarnos que las aguas que bordean la fortaleza habían sido menos apacibles en otros tiempos.
 Aparte de la ya visitada construcción militar, y una antigua iglesia, Taytay no tiene mucho más que ofrecer al turista, además de tranquilidad y sosiego. A estas alturas de viaje, y tras el ajetreo de Manila, eso es precisamente lo que necesitaba.
 Mi paseo por las poco pintorescas calles Taytayteñas me proporcionó una experiencia hasta ahora desconocida para mí en mis viajes. Se me acercaban muchos niños a saludarme. Al principio pensaba que me vendrían a pedir dinero o algo. Pero lo hacían simplemente por curiosidad. Les debía llamar la atención encontrarse con extranjeros, que no se dejan ver mucho por un lugar tan alejado de los circuitos turísticos habituales.
Paseando por Taytay

  En el albergue pregunté por el ambiente nocturno de la ciudad y me dijeron que, aparte de algún karaoke, poco más había. Así que aproveché la noche para hacer alguna reserva de vuelo y alojamiento para días posteriores y me retiré a mis aposentos para descansar. Mi próximo destino prometía ser mucho más movido.

miércoles, 13 de marzo de 2019

PUERTO PRINCESA

 A falta de un transporte público conveniente, me tocó tirar de taxi para ir al aeropuerto de Manila. No está muy alejado del centro, pero los sempiternos atascos manileños hacen que haya que dejar un margen grande de tiempo para evitar disgustos.
 Aunque para disgustos, el que me  llevé cuando me cobraron más de 20 € por facturarme la maleta en el aeropuerto. Lo cual es una barbaridad, teniendo en cuenta que el vuelo apenas superaba los 60 €.
 En poco más de una hora, puse el pie en el coqueto aeropuerto de Puerto Princesa, la capital de la pintoresca isla de Palawan. 
 Desde el albergue que había reservado, me habían escrito un correo donde recomendaban tomar un triciclo (un sidecar muy empleado en el país) que no debería costarme más de 100 pesos. Éste fue el montante que me solicitó el primer conductor al que pregunté, lo cual me evitó el latoso proceso de regateo.
 Las calles de Puerto Princesa presentaban el bullicio habitual de las urbes filipinas, pero viniendo de Manila, me parecieron de lo más plácido.
Colorido isleño

 En poco más de 10 minutos llegué al albergue, donde a falta de huéspedes, me recibió un abundante cortejo de gatos y perros.
Pronto apareció el anfitrión que, aparte de mostrarme su hospitalidad, me ofreció un par de excursiones para el día siguiente: una a un río subterráneo y otra a las islas de una bahía cercana. No sonaban mal, sobre todo la última, pero antes tenía que estudiar la situación con la inteligencia que me caracteriza dentro y fuera de la cancha.
 Mi principal objetivo en la ciudad era visitar una fortaleza española, que tenía entendido que estaba por la zona. Pronto me enteré de que esa construcción no estaba allí, sino en Taytay, una ciudad bastante al norte. Esto es lo que pasa cuando se improvisa.
De AxeEffect - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=18361323

 Salí a inspecionar la ciudad y aparte de una iglesia bastante competente y un paseo marítimo muy tranquilo, no vi gran cosa destacable.
 ¿Quién iba a pensar que una ciudad con un nombre tan sugerente como Puerto Princesa, situada en una isla paradisiaca iba a ser tan poco atractiva? ¿Nadie me podía haber avisado de eso antes de haber reservado dos noches?
 Mientras daba un garbeo por los incontables comercios (de eso no le faltaba) de la ciudad, me planteaba la estrategia a seguir.
 Aunando niunclavelismo, gastronomía local y una cierta salubridad, cené en un Jolybee, cadena filipina de restaurantes de comida rápida bastante competente.
 De vuelta al albergue, ya de noche, me costó orientarme por las escasamente iluminadas calles en forma de cuadrícula.
 Mientras consultaba el mapa del móvil para ver dónde andaba, se combinó el bocinazo de un triciclo con la irregularidad del terreno para que, en un momento de despiste, perdiera el equilibrio y cambiase abruptamente mi posición vertical por la horizontal.
 Un golpe en el hombro y unas laceraciones en las rodillas fueron las limitadas consecuencias de tan aparatoso incidente.
  Mi móvil de escaso coste demostró su rusticidad al no sufrir ni un rasguño, a pesar de haber salido despedido. Yo tuve, en cambio, que adquirir algodón y desinfectante en una farmacia cercana.
 Por suerte no estaba lejos del albergue donde pude lamerme las heridas. 
 Para acabar de rematar la jugada, se me despegó el enésimo apaño que llevan mis legendarias e inmortales gafas, quedando suelto un cristal.
 Viendo que no era mi noche, decidí prescindir de la prevista expedición nocturna por la ciudad y fui a charlar un rato con el anfitrión del albergue. Antes de nada, le comenté que sólo iba a estar una noche aunque había reservado dos y que no iba a hacer ninguna de las excursiones que me había propuesto.
  No se lo tomó nada mal. Además me dijo que como ya lo había pagado por internet no me podía devolver la noche de más (yo contaba con ello), pero que me podría quedar otro día sin coste a la vuelta de mi periplo isleño si lo solicitaba.
Humilde pero acogedor

 A pesar de las heridas de guerra dormí bastante bien esa noche. Y a ello ayudó que fuera el único huésped del albergue. Un poco triste, pero bueno para el descanso nocturno.
 A la mañana siguiente sólo me faltó un bastón y un lazarillo mientras andaba por las borrosas calles de Puerto Princesa en busca de una ferretería. En ella pude comprar pegamento para reparar mis maltrechas a la par que indispensables gafas. 
 La isla de Palawan aún tenía mucho que ofrecerme y yo quería verlo claro.

martes, 26 de febrero de 2019

TRAS LA HUELLA HISPÁNICA EN MANILA

 Mi caminata de aproximación a Intramuros no fue todo lo apacible que hubiera esperado. Por el camino me encontré bastante gente que tenía como único techo el cielo de Manila.
 Una vez entré en el recinto amurallado, fui objetivo de los conductores de coches de caballos empeñados en llevarme en su calesa para recorrerlo.
 Cuando ya me pude centrar un poco en mi paseo, empecé a apreciar la destacable arquitectura colonial, hermosa mezcla de los estilos español y asiático...hasta que aparecía un edificio de los 70 que rompía totalmente la armonía.
 Y es que Intramuros, que aguantó estoicamente durante más de 3 siglos fue casi totalmente devastado durante la Segunda Guerra Mundial, en la batalla en la que Estados Unidos reconquistó Manila de sus invasores japoneses. Y digo casi, porque fueron los propios usenses los que remataron lo poco que quedó en pie con el pretexto de limpiar la zona y evitar derrumbamientos.
 Entre tal devastación, sólo un edificio resistió incólume: la iglesia de San Agustín. A ella me dirigí, no sólo para contemplar un hermoso ejemplo de arquitectura religiosa española, sino para orar y recordar a los miles de habitantes de Intramuros (la mayoría de habla hispana) que murieron en el cruento fuego cruzado entre nipones y estadounidenses.
 El recordar el sufrimiento de esa comunidad y el pensar en lo que fue Intramuros antes de la guerra y lo que era ahora (se ha restaurado en parte, pero no es lo mismo) hizo que la tristeza se apoderara de mí.
 No mejoró mucho mi ánimo, sino al contrario, mi vuelta paseando por las caóticas, y en algunos puntos con escenas muy crudas de pobreza, calles de las zona de Ermita y Malate. Las emociones negativas acumuladas en tan poco tiempo me estaban pasando factura. Se supone que unas vacaciones son para disfrutar, y yo en esos momentos estaba penando más que otra cosa.
Protegido por San Jorge y San Miguel, nada malo podía sucederme.

 En tan sombrío estado me presenté ante mi cita de la tarde anterior. Como las penas con pan son menos, nos fuimos a cenar a un restaurante de cocina filipina con cierta enjundia. El poder beberme una San Miguel (la marca nació en Filipinas en 1890) y poder saborear platos con nombres tan españoles como Adobo o Puto, sumados a la buena compañía, hicieron que mi ánimo remontase.
 Esa noche, sea por el jet lag, o porque me costó digerir la emociones, me costó dormirme y a la mañana siguiente me desperté bastante tarde.
 Con energías renovadas, decidí darle otra oportunidad a Intramuros con la intención de hacer un recorrido más exhaustivo.
  Pero primero me detuve en el Parque Rizal, nombrado en honor del héroe filipino José Rizal, que fue fusilado en ese mismo lugar  por el gobierno español de la época, condenado por sedición.
 Médico, escritor, político, zoólogo, políglota...Se trataba sin duda de un personaje excepcional y hoy en día es venerado en las Filipinas, siendo extraña la localidad que no cuenta con una estatua o una calle nombrada en su honor. 
Fuerte de Santiago... y en primer término, el fuerte de Huesca.

 En Intramuros me esperaban de nuevo los insistentes conductores de calesas y, tras zafarme de ellos, visité la Casa Manila. 
 Se trata de una magnífica reproducción de una casa colonial española, con una decoración y un mobiliario de auténtica enjundia.
 También visité el imponente Fuerte de Santiago y me encontré con dos estatuas en memoria de los reyes españoles Felipe e Isabel II. 
Con mi amigo Felipe

 A pesar del desastre que supuso su destrucción en la Segunda Guerra Mundial, la visita a Intramuros es muy interesante y la historia se respira en cada recodo.  
 Salvando las distancias, Manila y San Juan de Puerto Rico tienen algo en común: una parte antigua con una atmósfera relajada y una arquitectura fascinante, rodeada de una ciudad bulliciosa sin demasiado encanto. Y no es casualidad que la parte antigua corresponda con el periodo español y la moderna con el estadounidense. Y es que, con raras excepciones, las ciudades usenses no destacan ni por su belleza ni por su personalidad.
 Salí de Intramuros y crucé el río Pasig para visitar el Barrio Chino y la zona de Quiapo. Pronto me empecé a agobiar con las multitudes y el denso tráfico, así que dejé esta inspección para mejor ocasión y volví al hotel a descansar.
  Me esperaba el auténtico plato fuerte de mi visita a Manila. 
  Desde que empecé a investigar y a informarme sobre la situación del idioma español en Filipinas, me encontré con la referencia de Guillermo Gómez-Rivera, un escritor en lengua castellana, ardiente defensor de la cultura hispánica. He seguido sus artículos en Facebook y le escribí para ver si podríamos conocernos en persona. Aceptó y me dijo que me pasara por su casa esa tarde.
 Intenté conseguir un taxi desde el hotel, pero no me funcionaba la aplicación, así que me tocó ir andando. O mejor corriendo, ya que no disponía de mucho tiempo. Preguntando y utilizando el GPS del móvil me pude orientar y pude llegar un tanto alterado al domicilio de mi anfitrión.
 Guillermo Gómez-Rivera pertenece a una de las últimas generaciones de hispanohablantes que sobrevivieron al empuje del inglés, ante la agresiva política lingüística de los invasores yanquis.
 Aparte de escribir, ha sido profesor de español en la universidad, ha impartido clases de flamenco, ha grabado discos de música tradicional filipina en español y ha luchado a nivel institucional para que nuestro idioma se siguiera enseñando en las islas.
 Con semejante currículum a sus espaldas, no es de extrañar que mi velada con Don Guillermo fuera una auténtica delicia.
  Pocas veces he encontrado un paladín tan contumaz de la lengua y cultura españolas, y ni mucho menos esperaba encontrarlo fuera de nuestras fronteras.  Aunque hablando con él, y a pesar de que se trate de un filipino de los pies a la cabeza, tenía la sensación de estar hablando con un compatriota.

  No sólo me invitó a cenar en un restaurante, sino que también me regaló un libro suyo y dos CD's de música hispano-filipina cantados por él.
Enorme Don Guillermo.

 En definitiva, un auténtico personaje al que he tenido la gran fortuna y el honor de conocer en persona.
 La visita al Señor Gómez-Rivera fue el postre perfecto a mi visita a Manila. Al día siguiente iba a salir de la interesante, aunque bulliciosa y algo asfixiante megalópolis, para conocer otros lugares más plácidos de las Islas Filipinas.

viernes, 15 de febrero de 2019

PRIMEROS (Y CAUTELOSOS) PASOS POR MANILA

 Rellenar un humilde formulario y presentar mi pasaporte fueron los únicos y livianos trámites que se me exigieron para entrar en las Filipinas como turista. Eso sí, no pude dejar de pensar en que si el almirante Montojo hubiera estado algo más atinado en la batalla de Cavite, quizá me hubiera bastado con presentar mi DNI. 
 Aunque tampoco me puedo quejar, habida cuenta de las peripecias que, según me contaron, deben hacer los filipinos para poner pie en nuestro continente.
 Es muy importante mantener la sangre fría al aterrizar en un aeropuerto para evitar gastos innecesarios. Estuve a punto de cometer un pequeño, pero craso error, cuando acudí a los cantos de sirena de un chiringuito que ofrecía una tarjeta SIM con llamadas ilimitadas y 7 GB de datos por 1000 pesos (unos 17 €). Mientras unas poco eficaces empleadas intentaban que esa onerosa tarjeta funcionara en mi móvil, pensé que ni mucho menos iba a usar tantos datos y que en cualquier sitio me saldría mucho más barata.
 Afortunadamente, y a pesar de todas las probatinas que estaban haciendo, pasaba el tiempo y no acababa de funcionar el invento. Así que, con la coartada de la prisa que todo occidental debe tener, les dije que no podía esperar más, les devolví la SIM y me marché a buscar un taxi que me llevara a mi hotel.
 Esta vez actué con mayor inteligencia, y tras burlar los cantos de sirena de los taxis convencionales, busqué un puesto de Grab, una especie de Uber asiática. Allí me consiguieron un taxi a precio cerrado, que en una ciudad en continuo atasco como Manila, es algo a agradecer.
 Aprovechando los competitivos precios del país, y pensando en descansar tras el largo viaje, había reservado nada menos que una "Suite Deluxe"  en la zona de Malate, bastante cerca del centro.
 Como me esperaba, la rimbombante denominación estaba bastante inflada, aunque no estoy acostumbrado a disponer de tanto espacio vital en mis alojamientos. Además contaba con un balcón, pero la puerta no cerraba bien, por lo que el ruido de la calle, que no era poco, entraba en mi cuarto con total libertad.
 No tuve mucho tiempo para descansar, ya que había concertado una cita gracias a una página de pototeo filipina bastante competente. Ya se dice en la Biblia aquello de que "no es bueno que el hombre esté solo". No le iba yo a enmendar la plana, y menos en un país tan católico.
 Mis primeros pasos por las bulliciosas calles manileñas estuvieron presididos por la cautela. El barrio era bastante humilde y las miradas de curiosidad que despertaba en la gente me hacían estar inquieto. Las pocas aceras transitables estaban ocupadas por vendedores o gente ociosa, llegándome a encontrar a individuos durmiendo sobre esterillas. Esto hacía que, a pesar del denso tráfico, fuera más cómodo caminar por la calzada. Me estaba empezando a dar cuenta de que Manila es una ciudad poco agradable para pasear.
Jeepney manileño (foto tomada de "Mochileando por el Mundo")

 Ya en buena compañía, y aprovechando su conocimiento de las costumbres locales, conseguí una SIM filipina por 40 pesos, monté en un "jeepney"(llamativa e incómoda furgoneta de transporte urbano de pasajeros) y tomé contacto con la gastronomía del país.
 No pudimos visitar el cercano Parque Rizal, por estar cerrado al público. Al día siguiente se iba a celebrar una fiesta religiosa (Nazareno) y se habían tomado importantes medidas de seguridad. Entre ellas, alguna tan contundente como cortar las señales de teléfono e internet durante casi todo el día en todo el centro de la ciudad.
 No conseguí encontrar tapones para los oídos a pesar de visitar varias farmacias. Aun así, y a pesar del poco aislamiento acústico de mi habitación, el cansancio hizo que no los echara de menos y pudiera descansar en condiciones.
 Se me acumulaba la faena, y a la mañana siguiente tenía otra cita. Esta vez habíamos quedado en Makati, centro financiero del país, sede de numerosas multinacionales. Pero en este caso, el móvil no era económico sino cultural. Mi amiga quería practicar español y nada me podía motivar más que poner mi granito de arena para que nuestra lengua volviera a renacer en la tierra donde no hace mucho tuvo un papel preponderante.
Makati (foto tomada de "makeitmakati.com")

 Si por algo destaca Makati es por sus imponentes rascacielos que recuerdan a cualquier gran capital occidental. No tiene, sin embargo, mucho valor turístico. Aunque tras mucho buscar y ante mi interés, pudimos visitar una antigua iglesia española.
 Volvimos al centro en el tren ligero, que no es sino un necesario pero insuficiente intento de reducir el inmenso volumen de tráfico que colapsa las calles de la capital.
 Mi amiga se marchó a una entrevista de trabajo, en la cual parece que le sirvió de mucho mi curso acelerado de conversación en español. Ello me volvía a dejar sólo en la gran ciudad, pero me dio la libertad de elegir mi próximo destino. 
 Intramuros, la legendaria ciudad amurallada, máximo exponente de la presencia hispana en las Filipinas, aguardaba pacientemente mi visita.