jueves, 27 de marzo de 2014

VIII Carrera del Ebro

 La temporada primaveral de carreras acaba de comenzar. Este año le ha tocado estrenarla a una vieja conocida a la que hacía años que no acudía: la Carrera del Ebro, prueba organizada por militares que transcurre por el campo de maniobras de San Gregorio, próximo a Zaragoza. Algunas cosas han cambiado desde sus comienzos. La primera vez que la corrí costaba 3 € (incluso creo que el año anterior a ése fue gratuita), y la bolsa del corredor era impresionante. Correr el domingo pasado me costó más de 20 euros, y la bolsa recibida fue bastante humilde. Todos aquellos que abogan por recortar aún más el presupuesto de Defensa, deberían tener en cuenta que los gastos militares no sólo se destinan a comprar obuses, sino también a organizar eventos como éstos.
Como suele pasar, la participación ha ido creciendo edición tras edición. Esta vez nos juntamos más de 2000. Aunque la novedad más destacable era la longitud. Mientras que hasta ahora la prueba constaba de 20 km, en este caso se podía elegir un recorrido de 14 y otro de 30. Como pegarse un madrugón y viajar a Zaragoza para correr 14 kilómetros no vale la pena, mi hermano y yo nos apuntamos a la de 30.
 Ya en el coche me di cuenta de que había cometido un pequeño y craso error al olvidarme el pantalón corto en casa. Lo de correr en calzoncillos hubiera sido aceptable en una San Silvestre, pero no en una carrera militar, así que iba a tener que cargar con el pantalón de chándal durante toda la prueba.
 El día se presentaba soleado, pero bastante frío y con un viento contundente, que en la primera parte era mayormente desfavorable. Al encarar las primeras cuestas, con un cierzo gélido frenándome, me di cuenta de que era un día para tomarse las cosas con calma. Así que me planteé el asequible reto de bajar de las 3 horas y puse el "piloto automático".
 La prueba trancurría por un paisaje absolutamente desolado (es lo recomendable tratándose de un campo de maniobras). El ambiente castrense se notaba no sólo en el gran número de "quintos" participantes en la prueba, sino en los voluntarios (me pregunto hasta qué punto unos militares pueden ser o no voluntarios) , perfectamente uniformados con el respectivo uniforme reglamentario.  También nos encontrábamos con algún que otro vehículo militar apostado a los márgenes del camino.Precisamente uno de ellos dio lugar una situación bastante curiosa. Pasado el kilómetro 20, vi a un corredor tumbado en el suelo con las piernas en alto. Le había debido dar un pajarón de aúpa. El sufrido atleta se estaba recuperando el resuello junto a un tanque de la organización, mientras sus ocupantes llamaban por radio para pedir ayuda.
 Al llegar al ecuador de la prueba, observé que había superado la hora y media, así que veía lejano el humilde objetivo de bajar de las 3 horas. Pero a partir de allí el viento empezó a dar a favor en algunos tramos. Con Eolo soplando a nuestro favor, las cuestas, algunas tan empinadas que más de uno las subía andando, se soportaron mejor.
 A unos 6 kilómetros del final, nuestros destinos se unían con los que hacían la carrera  de 14 km. Ese último tramo era común para ambos. La verdad es que se nota la diferencia entre alguien que lleva 8 kilómetros en las piernas y otro que lleva 24. No soy muy partidario de mezclar dos carreras al mismo tiempo. Las atenciones de la organización y el ánimo del público son los mismos para todos, aunque el mérito de unos sea mucho mayor.
 En el tramo final nos encontramos con una bajada de enjundia en la que pude desplegar mi poderosa zancada. Se nota que esta carrera, a pesar de ser denominada "de montaña", estaba copada por "urbanitas". En las auténticas carreras de montaña me tengo que apartar para que me pasen los "kamikaces" que bajan como las cabras. En este caso, la cabra parecía yo.
 Tras la bajada, la ruta llaneaba a orillas del Ebro. Fue el único tramo plácido de la prueba. Si es que puede encontrarse la placidez tras casi 3 horas corriendo.
 Con las piernas muy cargadas, pero aún con fuerzas, llegamos a la meta con un tiempo de 2 h 58' 10'', con lo cual pude cumplir mi modesto objetivo. La paliza había sido considerable, aunque el correr sobre tierra lo hayan agradecido mis sufridas piernas. En todo caso, una gran experiencia y un entrenamiento de los buenos.

jueves, 27 de febrero de 2014

Rock Estatal

 Hace un tiempo, mientras hojeaba las revistas expuestas en un kiosco, me llamó la atención que una se llamase "Rock Estatal". La denominación de "estatal" aplicada a la música me rememoraba a  las orquestas y coros gubernamentales de la antigua Unión Soviética o de los países comunistas. Pero en este caso no se trata de grupos de rock dependientes del gobierno. La revista habla de grupos musicales de rock españoles. Pero los editores debieron pensar que no era buena idea que la palabra "España" o "español" o incluso "nacional" apareciera en la portada, denominándola de esa forma tan forzada.
 Franco provocó dos fenómenos letales para España. El primero de ellos fue el franquismo, del que ya se ha hablado mucho y no hace falta abundar en él. El segundo, mucho más sutil y aparentemente inofensivo, es el antifranquismo que, básicamente, consiste en el razonamiento siguiente: como todo lo que hacía Franco era malo, hacer lo contrario, será bueno. Y cuanto más se lleve al extremo, mejor será.
  La ventaja del franquismo es que, por lo menos, tuvo fecha de caducidad. El antifranquismo no la tiene de momento ni se le adivina. Y otro inconveniente de éste último es que era útil y encomiable estando Franco en vida, pero lamentablemente, el número de antifranquistas que hay en la actualidad es mucho mayor y hacen más ruido que entonces, cuando no hacen ninguna falta (por si quedaba alguna duda tras la intervención televisiva de Arias Navarro, el juez Garzón nos confirmó hace poco que Franco ha muerto).
 Una de las características del periodo franquista fue la exaltación de los símbolos nacionales, junto con la centralización del estado.
 Así, hoy en día es casi de mal gusto lucir la bandera nacional (excepto por motivos futbolísticos en fechas señaladas). Si el problema fuera asociar ese gesto a una exaltación del nacionalismo, el afeamiento de esa conducta sería, en parte comprensible. Pero precisamente aquellos a los que da más urticaria la visión de la enseña rojigualda, son los más proclives a lucir los estandartes autonómicos correspondientes. Y no sólo sucede con los simbolos. La palabra "España" hay que evitarla como sea, con circunloquios de todo tipo, entre los que parece que ya no se puede usar el de "nacional". Eso está reservado a las nuevas naciones peninsulares. Así, el INEM ya no es el Instituto Nacional de Empleo, sino el  SEPE (Servicio Público de Empleo Estatal), cosa que dudo que consuele demasiado a sus sufridos usuarios. Y parece que el clima no ha mejorado mucho a pesar que nuetro arcaico INM (Instituto Nacional de Meteorología) ha cambiado a la flamante denominación de AEMET (Agencia Estatal de Meteorología).
 Respecto al modelo territorial, cuanto más se descentralice el estado, más moderno, menos "facha" y hasta mejor persona se será. Ciertamente, la descentralización es muy útil en muchas ocasiones, ya que se acercan servicios al ciudadano, y se pueden gestionar los recursos con mayor conocimiento del medio. Pero en otros casos supone un derroche de recursos y no tiene ningún sentido. En el caso de que tuviera que ir a juicio (todos tenemos esqueletos en el armario)..¿me impondrá una menor sanción el juez si pertenece a la administración autonómica que a la central? O por ejemplo, me es indiferente que mi doctora de cabecera pertenezca al Sistema Nacional de Salud o al Salud aragonés, o si me habla en fabla o castellano. Lo que quiero es que atine con el diagnóstico.
 Ante el complejo de culpa e inferioridad que arrastra la derecha española (vale...el centro-derecha. Perdón) y el antifranquismo sobrevenido de la izquierda, los antes autonomistas, luego nacionalistas y ahora abiertamente secesionistas lo han tenido "chupado". En muchos estados del Mundo hay grupos irredentistas. Lo que no es normal es que cuenten con la no-oposición, cuando no la colaboración de los que no lo son. Sería como si los sindicatos impulsaran el abaratamiento del despido o la patronal apoyara el incremento de los salarios. Son como dos extremos de una balanza, y uno debe intentar compensar el peso del otro. Ejemplos de ello son el "café para todos", la "cláusula Camps" o el seguirles el juego a los nacionalistas con su retórica empeñada en ningunear todo atisbo de conceder que España sea algo más que un "estado", es decir, una construcción meramente administrativa, sin ningún rasgo común cultural o de afinidad entre sus habitantes.
 Señores secesionistas catalanes, vascos, gallegos, andaluces, manchegos, bercianos o cualquiera que sea su nacionalidad correspondiente. Si quieren abandonar España, no seré yo quien se lo impida.  Pero no cuenten con mi colaboración, ni esperen que les ría las gracias.

sábado, 4 de enero de 2014

Barcelona es bona

 Dediqué mi última mañana en Estocolmo a visitar con más calma los lugares que había recorrido a la carrera con mi amigo Johan. La capital sueca volvía a ser la ciudad luminosa, pulcra y ordenada que esperaba. A última hora me encontré con el museo Abba que no visité por falta de tiempo, y sobre todo por los 25 euros que costaba la entrada.
A pesar de ello, si alguien se merece un museo, es el cuarteto sueco. ¿Quién no ha tarareado alguna vez una de sus canciones? ¿Qué fiesta pachanguera que se precie no incluye uno o varios de sus "hits"? Su música directa y vibrante ha llegado a todo tipo de público y sigue tan vigente hoy como desde sus orígenes en los setenta. Todo ello sin caer en el mal gusto, y por mucho que les pese a los críticos musicales. Dan, sin duda, una imagen muy positiva de Suecia al resto del mundo.
Museo de(L) Abba
 Antes de coger el autobús al aeropuerto me di un pequeño homenaje. En este viaje, mis comidas habían sido, por lo general muy humildes. Así que aproveché el buffet libre de un Pizza Hut para ponerme hasta arriba de pizza, recuperando uno o dos kilos de los que, seguramente había perdido esos días.
 En el autobús hacia el aeropuerto, se sentó delante de mí un rubión que ya me era familiar. La había visto en el barco que me trajo de Gotland, se sentó también delante mio en el autobús que llevaba a Estocolmo desde el ferry, la veía ahora y me la volví a encontrar en el avión a Barcelona. Está visto que la repetida frase de que "en Huesca nos conocemos todos", se puede aplicar también a cualquier lugar del mundo.
 Llegué a Barcelona a última hora de la tarde. Ya no había conexión con Huesca, así que hice de la necesidad una virtud y decidí ampliar mi viaje un día más, haciendo noche en la ciudad condal.
 Para ello había reservado un albergue en la zona de Sants. Ya me hacía la idea de que mi viaje internacional había concluido y esperaba un ambiente español. Nada más lejos de la realidad, y no porque la atmósfera fuera independentista. El albergue estaba lleno de extranjeros. En mi cuarto coincidí con un mexicano, un británico y una pareja finlandesa. Hice buenas migas con esta última y me comentaron que, como muchos de los alberguistas, se alojaban allí para ir a ver la final de la supercopa de fútbol entre el F.C.Barcelona y el Atlético de Madrid.
 Me invitaron a acompañarlos al estadio y lo hice para ver el ambientillo, ya que ni tenía entrada ni estaba dispuesto a pagar en la reventa por ver ese partido (al fútbol sólo voy cuando me sale gratis, no solamente por niunclavelismo, sino porque no me motiva mucho).
 Durante el paseo hacia el estadio, la marea humana se hacía mayor por momentos, hasta llegar al tumulto en las proximidades del Nou Camp. La chica me comentó que le habían robado la mochila el día anterior mientras hacía acrobacias con su monopatín cerca de las Ramblas. Se sorprendía del hecho de que en unos instantes en que dejó de prestar atención a su mochila, ésta había "volado". Ya pueden hacer esfuerzos Ana Botella con divertidas ocurrencias  o Artur Mas mandando cartas por el mundo para vender la moto, que el recuerdo que se llevará esta pareja (no sin cierta razón) es que España (o Cataluña, para el caso será lo mismo) es una tierra de chorizos.
 Al llegar a la puerta de entrada me despedí de mis amigos fineses y volví al hostel. Allí copaban la sala de estar y la cocina un enorme grupo de franceses. Le pregunté a la que parecía la monitora y me comentó que se trataba de un grupo que estudiaba arte dramático y habían venido a Barcelona a hacer un espectáculo callejero.
 Esa noche dormí bastante bien. Definitivamente me había habituado a las habitaciones compartidas.
 El desayuno del albergue fue de auténtica enjundia, en calidad, cantidad y variedad. Y eso que iba incluido en los módicos 13 euros de la reserva.
 Seguí apurando mis vacaciones y decidí pasar casi todo el día en Barcelona. Dejé la maleta en la consigna del albergue y fui a ver mundo.  Cogí dirección norte y vi al fondo la imponente silueta de la iglesia del Tibidabo y allí me dirigí.
Vista desde el Tibidabo
 Patea que te patea llegué a la base del teleférico. Allí pregunté si se podía ir andando y me dijeron que me llevaría un rato, pero que era factible. Tomé una senda que rodeaba la montaña y empecé a andar. Debí coger mal algún desvío porque veía que el Tibidabo se alejaba. Pregunté a un hombre y me dijo que, más adelante podría coger otro camino para retomar la ruta. Seguimos andando un rato de animada charla, presenciando unas vistas privilegiadas sobre Barcelona. Tomé el desvio y me perdí, apareciendo en la base de la torre de Collserola.  De allí fui al parque de atracciones del Tibidabo.
 Había estado de niño y quería evocar recuerdos. De hecho me planteé pagar la entrada y visitarlo. Pero eran 28 €, y pude visitar una parte de libre acceso. Ahí me di cuenta de que muchos recuerdos infantiles están muy mitificados. Y que cosas que parecen enormes cuando eres pequeño, no son tan espectaculares cuando se es adulto ( fisiológicamente,al menos).
 Ya no me quedaban ganas de subir las escaleras hacia el templo del Tibidabo, así que volví por otra senda y tras un buen rato montaña abajo, regresé a la "civilización". Aún apuré mis últimas horas para callejear por Barcelona antes de coger el autobús de vuelta a casa. A diferencia de otras ciudades, con un centro monumental y un extrarradio anodino, Barcelona me parece una ciudad en la que no hay desperdicio, toda ella es interesante. Ya lo dice el refrán: "Barcelona es bona si la bolsa sona". Y en mi caso, incluso si la bolsa no sona.
 Con esta entrada cierro el ciclo dedicado a mis viajes estivales. A partir de ahora volveré a hablar de la actualidad. Aunque tal y como andan las cosas actualmente no sé si será buena idea.


miércoles, 1 de enero de 2014

Isla de Fårö

El único día que tenía una habitación individual sin motosierras...y sólo dormí 4 horas. Me desvelé a las 6 de la mañana, aunque de todas formas pensaba despertarme a las 7. La idea era visitar lo que pudiera de la isla de Fåro,al noreste de Gotland. La peripecia comenzó con otra caminata hasta la estación de autobuses de Visby al punto de la mañana. Para mi estancia en la isla, había metido mis enseres en una bolsa de lona con unas cuerdas a modo de tirantes. El invento se había ido al carajo la tarde anterior, así que llevé mi equipaje en una bolsa de la compra, remedio tan  poco ergonómico como cutre. Pero al menos me sacó del apuro.
 En Visby cogí un autobús que me llevó hasta Fårösund, en el extremo nororiental de Gotland.  Una neblina que se había formado a ras de suelo, confería a los paisajes que pude ver desde el autobús un toque casi mágico.
A bordo del ferry
 En Fårösund tuve que coger un ferry gratuito que, en poco más de 10 minutos me dejó en la isla de Fårö. Precisamente en esta isla había reservado un alojamiento costero cuando decidí ir a Gotland. Pero no me había leído la letra pequeña, que decía que el albergue estaba a 25 km del lugar donde atracaba el ferry. Demasiado tute para una sola noche, sobre todo teniendo en cuenta que el transporte público en Fårö brilla por su ausencia en la temporada invernal en la que ya me encontraba. Así que tuve que cambiar la placidez y las vistas al mar por la bolera del extrarradio de Visby.
 Mi idea en la isla era visitar algún "raukar", que son formaciones rocosas que, al haber sufrido la erosión marina, tienen curiosas formas. Para ello tendría que haber seguido por la carretera principal , pero a los 5 minutos vi un desvío en el que empezaba una carretera secundaria que conducía a una reserva natural. Demasiado tentador, así que mis planes se desbarataron y lo fié todo al talento natural. No fue mala elección. Esta ruta, aparte de magníficos paisajes, no presentaba apenas tráfico, con lo cual el paseo fue realmente agradable. Durante mucho tiempo, las ovejas fueron mis únicas compañeras. De vez en cuando aparecía alguna casa típica de la zona con tejado de paja y algún molino, pero no había ningún núcleo habitado en las proximidades.
Arquitectura típica de la isla
 La idea era seguir hasta un pequeño pueblo donde había un museo dedicado al cineasta Igmar Bergman, que se retiró en esta pequeña isla. Pero lo que en el mapa parecía poca cosa, en la vida real significaba horas de caminata. Así que llegué al poblado, visité fugazmente una iglesia (donde estaban haciendo fotos un grupo de turistas portugueses) y enfilé la carretera de vuelta al ferry. En este caso, el trayecto se hacía mucho más incómodo, al tener que andar por un arcén de una ruta que contaba con un tráfico notable.Y encima tenía que darme prisa para llegar a tiempo.
 En ese momento, un coche que avanzaba en mi mismo sentido se detuvo y se ofreció a llevarme. Se trataba de un hombre de unos 40 años, que no pudo ser más oportuno. Le dije que iba a coger el ferry, y que si me podía dejar en Fårösund, donde pensaba coger un autobús a Visby. Pero casualmente iba a la capital, así que pude hacer todo el trayecto en su coche. Y esto no sólo me sirvió para ahorrar tiempo y dinero, sino que resultó ser una experiencia muy interesante. Se trataba de un chef escocés (de Glasgow) que regentaba un restaurante en la isla. Le pregunté si había estado en la isla de Skye, donde pasé un verano trabajando. No sólo había estado, sino que tenía familia allí y había trabajado en el mismo hotel donde estuve yo y haciendo la misma función. Definitivamente el mundo es un pañuelo.
 Eso sí, tener el mismo punto de partida no significa que se llegue al mismo destino. Me comentó que había trabajado en un restaurante con 3 estrellas Michelin, y yo..bueno, si he sobrevivido hasta hoy comiendo todos los días, no seré tal mal cocinero, ¿no?
 Así , en animada e interesante conversación llegué a Visby antes de lo previsto. Ello me permitió darle un repaso a la capital y hacer una ruta en la misma por los lugares que sirvieron de escenario a la inolvidable serie infantil "Pipi Calzaslargas".
Relaxing caña in Plaza Mayor de Visby
 Me tomé un merecido momento de relax saboreando una cerveza local en la plaza principal y me dirigí al embarcadero para coger el ferry de vuelta.
 Llegué a Estocolmo ya tarde y bastante cansado. Pero era mi última noche en Suecia, así que aún salí a dar una vuelta por la ciudad. Tirando de talento natural, conseguí llegar a una zona de bares, que,  a pesar de ser un día entre semana, contaba con cierta animación. En este paseo nocturno,en sólo un minuto se echó por tierra el mito mi idea de limpieza y orden que siempre he asociado a los países nórdicos en general y a Suecia en particular. Se me aparecieron dos ratas enormes, y sólo unos metros más adelante, cuando aún no me había recuperado del "shock", vi a un joven vomitando en plena calle.
 Ya había tenido bastante. Aún me quedaba una mañana en la capital sueca para mejorar la imagen que me había dejado ese minuto fatídico.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Destination Gotland

 Una de las cosas que más me gustan cuando planeo mis viajes es buscar "el culo del mundo". Es decir, lugares que parezcan muy apartados y difíciles de acceder. Claro que esta sensación es subjetiva. Porque lo que para mí es el "culo del mundo", para la gente que viva por esa zona, será de lo más común. El caso es que mientras preparaba mi viaje, vi una isla en medio del Báltico llamada Gotland, y no paré hasta averiguar si podía encajar en mi itinerario. Además de comprobar que era posible, leí comentarios muy favorables sobre la misma, así que no dudé en incluir la isla de Gotland como una escala más en mi viaje.
 Que fuese posible no significaba que fuera cómodo ni barato, pero ya que salía de casa, no me iba a parar en esas minucias.
Así, sí
 Para llegar a Gotland debía coger un autobús que salía desde la estación central de Estocolmo y que en poco más de una hora me dejó en la localidad costera de Nynäshamn.
De allí partía un gigantesco ferry hacía Gotland. En la sala de espera del puerto se veía algún turista despistado como yo, pero la mayoría eran locales. Aunque el barco llevaba unos cuantos automóviles, una gran parte del pasaje iba a pie, a diferencia de lo que me había encontrado en el trayecto de Rostock a Trelleborg. Y el ferry estaba más que preparado para ello, ya que contaba con gran número de asientos y zonas donde reposar.
 Como hacía un día magnífico, pasé la mayor parte del viaje en el exterior, observando la placidez del mar Báltico. Hasta que tras unas 3 horas, la isla de Gotland se empezó a vislumbrar en el horizonte.
 El ferry nos dejó en Visby, que con una población de poco más de 22000 habitantes, es la capital de la isla. Se trata de una ciudad medieval de gran belleza, con múltiples edificios históricos y una muralla muy bien conservada.

Visby
Afortunadamente había podido dejar mi maletón con sus no operativas ruedas en la consigna del albergue de Estocolmo, así que pude desenvolverme con cierta soltura.
 El hecho de su pequeño tamaño, su bien conservada  arquitectura medieval y su condición insular, confieren un ambiente absolutamente genuino a Visby. Parece un lugar de otro tiempo, y desde luego, me ofreció la tan buscada por mí sensación de encontrar un lugar apartado y diferente.
 Mi albergue estaba situado en las afueras de la ciudad. Tan afueras que me llevó más de media hora llegar al mismo. Se trataba de un curioso establecimiento que contaba con pub, restaurante, bolera , salón de conferencias y unas cuantas habitaciones para huéspedes. En este caso se trataba de un cuarto individual con cama doble, dotado una extraña y moderna decoración. Una vez aposentado me planteé qué hacer, ya que aún era primera hora de la tarde. Un dossier que encontré en la habitación, que explicaba generalidades del albergue y de la zona me dio la idea. Hablaba de unas maravillosas y animadas playas (Tofta) que se encontraban a sólo unos 20 minutos de la capital. Consulté los horarios de autobús y vi que había una línea que pasaba por allí, así que me puse el bañador y me di otro paseo de media hora hasta la estación de autobuses. Al montarme le dije a la conductora mi destino. Me dijo que no pasaba por allí, pero me podía dejar en una parada cercana.
 Un poco extrañado me senté, y permanecí atento a ver si el paisaje me daba alguna pista de dónde debía parar. Se sentó a mi lado una tinajera muy simpática (aparte de guapa, pero eso ya no me llamaba la atención a estas alturas del viaje) a la que pregunté por la parada más cercana a la playa de Tofta. El que no lo supiera me asustó un poco, pero afortunadamente, consultó el GPS de su móvil y me fue dando referencias, hasta que llegamos a la parada. Con mi talento natural no la hubiera reconocido ni de casualidad. Se trataba de un humilde poste con un minúsculo letrero, y la playa no se veía por ninguna parte.
 Por lo menos sabía que el mar estaba al oeste, así que, tras un buen rato de probatinas conseguí llegar a una playa. No estaba mal, pero no era ni mucho menos lo que me esperaba. La tan cacareada animación se resumía a un camping semivacío y 5 ó 6 personas paseando.  Sin tiempo para lamentaciones, ya que el sol estaba descenciendo dramáticamente, me despojé de mi camiseta y me introduje en el agua. Tenía que bañarme en el Báltico cayera quien cayera.
Prueba superada
  Debido al poco calado de la playa, la agonía provocada por las frías aguas se prolongó bastante, hasta que me zambullí sin contemplaciones. Conseguido mi objetivo, salí pitando del agua. Ahora tenía que volver al albergue y la empresa no se antojaba fácil, ya que no sabía dónde estaba la parada para coger el autobús de vuelta. Me compliqué la vida intentando coger un atajo para volver a la carretera, pero al final lo conseguí. Seguí andando un trecho rumbo a Visby hasta que vi un poste con un cartel de la compañía de autobuses. Parecía una parada, así que allí me planté, mientras el sol se empezaba a ocultar tras los bosques cercanos.
 Por suerte, no tuve que esperar mucho (unos 10 minutos) cuando apareció un autobús en el horizonte. Paró a mi señal y me llevó a la capital sin más incidencias, y sin más pasajeros, ya que yo era el único viajero en ese momento.
 Ya en Visby, me dio tiempo a llegar a la playa (por llamar de alguna forma a un conjunto de pedrolos formando la línea de costa) y presencian mi tercer atardecer sobre el mar en pocos días, que es unos de los mayores espectáculos que nos pueda ofrecer la naturaleza.
 De vuelta al albergue, me detuve en un hipermercado para comprar la cena. Además de poder curiosear muchos productos diferentes a los habituales, pude adquirir un sabroso pollo asado que me resultó sorprentemente barato, especialmente en comparación con los elevados precios que caracterizan a Suecia.
 Debido a las características y a la situación del albergue, no esperaba que hubiera muchos mochileros alojados, así que me hacía la idea de comerme el pollo en solitario. Pero al llegar a la cocina, la encontré sorprendentemente animada. Pronto me uní a una conversación que estaban entablando un hombre de mediana edad y una joven japonesa, a la que pronto se unió un hombre que aparentaba tener ya sus sesenta años. Se trataba de un sueco que estaba trabajando en las carreteras de la isla. El otro hombre era alemán llevaba unos días visitando la isla en plan exhaustivo. La japonesa era de una especie que no me era desconocida: chica que va sola por Europa y aprovecha el viaje para conocer varios países.
Atardecer en Visby
La conversación resultó de lo más interesante. Aparte de hablar de política (nuestro contertulio alemán resultó ser muy políticamente incorrecto, lo cual anima mucho un debate), descubrí por qué mi autobús no
había parado en la playa y por qué ésta estaba más desangelada que un sábado por la noche en Huesca: la escuela había comenzado, por lo que se había acabado la temporada de verano. Eso hacía que las playas estuvieran vacías de turistas y que las rutas de autobuses cambiaran. Me resultó muy curioso consultar un calendario de transportes con los vigentes horarios de invierno (foto de paisajes nevados incluida) en pleno agosto.
Había pensado en darme un voltio por Visby por la noche. Pero viendo que la temporada turística había acabado, y que la conversación resultaba de lo más estimulante, decidí quedarme en el albergue hasta que el sueño nos venció. Aún me quedaba una mañana en la isla, y a fe que la iba a aprovechar.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Estocolmo (I)

 De buena mañana me presenté en la estación de tren de Malmö con la intención de coger un tren para Estocolmo, si conseguía solucionar el problema que había tenido con la reserva. Me había sacado el billete por internet en el albergue de Dresde, pero no lo había podido imprimir. En la reserva ponía bien claro que había que mostrar el billete impreso.
 Intenté primero sacarlo en una máquina de la estación introduciendo el número de reserva pero no coló. Así que fui al mostrador de la empresa de transportes y tras trastear un rato con el ordenador, la empleada me dijo que me lo podía imprimir, previo pago de 40 coronas (algo más de 4 €). En ese momento se mezclaron en mí la sensación de alivio por poder viajar y el cabreo por tener que pagar 4 € por una simple impresión de un folio.
 El tren que me tocó en suerte contaba con los clásicos departamentos con dos filas de asientos enfrentadas, que tantas conversaciones han propiciado en viajeros de otras latitudes. Porque en estas tan meridionales, lo dudo.Como si quisieran hacer bueno el tópico de la frialdad escandinava, los pasajeros entraban al departamento sin siquiera saludar y así seguían durante todo el trayecto. Ante el poco juego que podía dar el paisaje humano del interior del tren, me volqué en el paisaje externo.
El agua, omnipresente en Estocolmo
El viaje de más de 4 horas me permitió hacerme una idea aproximada de la geografía física del sur del país, con bonitos paisajes de bosques de coníferas y abundancia de lagos. En esos momentos te das cuenta de que hace falta mucho tiempo para conocer bien un país, y que 4 días, por muy a saco que se vaya, son sólo un aperitivo.
 Estocolmo no es una ciudad donde sea fácil orientarse, por lo menos nada más llegar. Está formada por numerosas islas comunicadas por puentes, que forman un conjunto de original y espectacular belleza. Precisamente a orillas de una de esas islas estaba situado mi albergue.Éste constaba de dos partes: un edificio de tres plantas y varios siglos a sus espaldas (aunque estaba reformado y estaba en muy buen estado) y un barco anclado junto al mismo que contaba también con habitaciones.
Albergue flotante
Me di cuenta de que había cometido un craso error reservando la habitación en el edificio al ver a la gente solazándose en la cubierta del navío. Salía más barato, pero uno no tiene la oportunidad de dormir en un barco todos los días. Pregunté en recepción si podía cambiar la reserva. Esa noche estaba  completo el barco, aunque dos días después había plazas. Pero me dijo que al haber hecho la reserva mediante una página web, el cambio debía ser hecho por el mismo medio. Lo intenté, pero la página me remitía a la recepción del albergue en un bucle absurdo. No me quise complicar más la vida, más teniendo en cuenta que el último día  iba a llegar tarde al hostel y no podría disfrutar mucho del barco, así que me centré en aposentarme y explorar la ciudad.
 Me tocó una habitación inmensa en el ático, en la que debían caber unas 20 personas. Como he dicho alguna vez, suele ser mejor tener una habitación grande para muchos, que una pequeña para pocos.
 Cuando estaba de camino al albergue, había escuchado un gran algarabío en una isla cercana. Parecía una prueba deportiva. Me acerqué tras haber dejado los trastos y puede comprobar que se trataba de un triatlón de la Copa del Mundo. En ese momento los atletas estaban realizando la carrera a pie, en la que el español Gómez Moya quedó segundo, intercalado entre sus acérrimos rivales, los hermanos británicos Brownlee.
El ambiente era espectacular y resultaba ser un acontecimiento muy vistoso por la peculiaridad del lugar (se trata de la ciudad vieja, la parte más antigua y monumental de Estocolmo).
Brownlee, en pos de la victoria
 Luego di unas cuantas vueltas por la ciudad, que no cuenta con centros y edicicios de referencia desde el punto de vista turístico, pero forma un conjunto muy armónico y de original belleza.
 Durante mi estancia en Inglaterra, había frecuentado una actividad que organizaba una tienda de deportes de Windsor, que consistía en realizar un trote de unos 5 km cada lunes por la tarde. Allí había conocido a un simpático sueco llamado Johan que había vivido un tiempo en Barcelona,y que por aquel entonces residía por la zona. Ha vuelto a Suecia y ahora está viviendo en Estocolmo. Así que quedamos y fuimos a trotar un rato para recordar viejos (y buenos) tiempos. Matando dos pájaros de un tiro, Johan me hizo una ruta turística a la carrera mientras me explicaba los lugares más representativos de la capital. Fue agradable encontrarme con él en un lugar tan remoto y más tras llevar unos cuantos días solo por el mundo.
 Ya de vuelta al albergue, me encontré con tres simpáticos niños que hablaban en español y que resultaron ser de León.
 La noche en mi poblada, aunque amplia habitación fue bastante plácida. Así que pude reponer fuerzas afrontar la siguiente estación de mi periplo: la isla de Gotland.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Cruzando el Báltico

 En mi anterior entrada acabé montado en un colosal ferry (con el simpático nombre de Tom Sawyer) rumbo a Suecia. La salida a mar abierto del puerto de Rostock es Wanermünde, por lo que pude ver este bonito centro turístico desde otro punto de vista.
  El día había salido soleado, lo que me permitió hacer casi todo el trayecto (de unas 6 horas) en cubierta. Aunque dentro del barco tampoco había mucho que hacer. No está pensado para transportar pasajeros a pie. Se podían alquilar camarotes, pero eso se me salía del presupuesto.
Wanermünde desde el ferry
 Una vez en mar abierto, la monotonía de estar rodeados por el Báltico apenas se rompía cuando nos cruzábamos con algún ferry o en un breve acercamiento a las costas danesas.
 Otra vez pude contemplar un maravilloso atardecer sobre el mar. Pero observar tanta belleza tuvo su precio: a pesar de estar en agosto, en esas latitudes, las noches son frías, así que me tuve que refugiar en el supermercado del barco por un tiempo.
 Ya entrada la noche se empezaron a ver luces. Suecia se divisaba en el horizonte.
Al llegar al puerto de Trelleborg me hicieron esperar hasta que salieron todos los coches del ferry. Allí me di cuenta de que era el único pasajero que había hecho el viaje "a pelo", es decir, sin coche. Debía cantar mucho en medio del puerto mientras intentaba orientarme, porque enseguida me abordó un empleado en su coche preguntándome que a dónde iba. Amablemente me llevó hasta la salida.
Atardecer en el Báltico
 Trelleborg es una pequeña ciudad de unos 25000 habitantes situada en el extremo sur de Suecia. No tenía mala pinta, y hubiera sido un buen lugar para pasar la noche, pero no pude encontrar alojamiento, por lo que la iba a utilizar como lugar de paso hacia la más poblada Malmö.
 Mi "talento natural" no fue suficiente para encontrar la estación de tren, así que me rendí y pregunté a un joven local. Su respuesta no pudo ser más desconcertante. Me dijo que no sabía dónde estaba. Más clarificadora fue la respuesta de una chica a la que también pregunté: Trelleborg no tiene estación de tren. Sí que tiene, en cambio de autobús, y allí me dirigí un tanto desconcertado.
 El desplazamiento de Trelleborg a Malmö lo había consultado en una página de los ferrocarriles suecos. Pero allí estaba yo, a las 10 de la noche, una ciudad desconocida, sin posibilidad de alojamiento y no sabiendo si podría trasladarme a mi destino. Fueron momentos un tanto complicados. Por suerte, en la estación de autobuses vi que había uno a Malmö, que partía en 20 minutos. Por lo visto, en la página que consulté, a falta de tren, habían incluído los horarios del autobús.
 Ya había estado en Malmö, en una fugaz visita hace unos años. Aun así, entre que es una ciudad grande, y que de noche se ve muy cambiada, me costó un buen rato orientarme y llegar al albergue. Afortunadamente éste tenía recepción abierta 24 horas. Se trataba de un moderno y funcional establecimiento. Muy limpio y con unas instalaciones un punto mejores que las que se suelen encontrar en los albergues. Eso sí, salía bastante caro.

Interiorismo nórdico
En mi cuarto me encontré con un simpático joven alemán (al que, según me contó le habían robado las zapatillas la noche anterior) y un mormón sueco de mediana edad que había venido a un congreso religioso.
 No iba a pasar mucho tiempo en la ciudad, así que enseguida salí a explorar. Era sábado por la noche, por lo que se podía ver bastante ambiente por las calles.
 Mucho se ha hablado sobre la belleza de las mujeres suecas. Como no soy partidario de resaltar lo obvio, no haré ningún comentario al respecto.
 Malmö no es una ciudad especialmente monumental, aunque no carece de atractivos (aparte de los femeninos, lógicamente). Pero yo estaba cansado, la ciudad no lucía mucho de noche y mi cabeza estaba ya pensando en el viaje del día siguiente a Estocolmo, así que me retiré pronto a dormir, cosa que pude hacer, pese a los ronquidos de mi compañero mormón.