domingo, 24 de marzo de 2019

TAYTAY: LA ATRACCIÓN TURÍSTICA FUI YO

 Cuando me vino a buscar una furgoneta al albergue, me las prometía muy felices al ver que era el único pasajero. Ya estaba haciéndome cábalas sobre la ausencia de rentabilidad del viaje, hasta que el conductor me dejó en un apeadero de Puerto Princesa y me dijo que esperara.
 Como era de prever, al rato me tocó acomodarme en un furgón bastante más optimizado y con menos espacio vital por cabeza.
 Mi destino no era otro que Taytay, la antigua capital de la isla de la Paragua, que así se llamaba Palawan durante el periodo español.
 El viaje duraba más de 3 horas, pero se hacía bastante ameno, sobre todo por lo pintoresco de los paisajes, que alternaban las zonas costeras con los arrozales del interior, todo ello con una vegetación exhuberante.
 No faltó una parada en una humilde área de servicio donde nos dieron tiempo para comer. El clásico sistema de pasar con la bandeja y elegir los platos a la vista se complicaba ante la ausencia de carteles. Pregunté a la camarera por algunos: descarté los hígados de pollo y la caldereta para decantarme por una ternera que no aparentaba contener casquería. Eso sí, estaba tan dura que la dejé por imposible. Por lo menos el arroz que allí acompaña casi cualquier cosa me hizo matar el gusanillo. Definitivamente, las Filipinas no son el destino gastronómico por excelencia.
 Un rato después, nos aproximamos a un núcleo urbano y me pareció ver un cartel que indicaba Taytay.  El conductor del furgón prosiguió su camino sin inmutarse mientras yo empezaba a inquietarme.  Enchufé el GPS de mi móvil y cuando tuvo a bien situarse en el mapa, habíamos dejado muy atrás la ciudad a la que me dirigía. Le eché un grito al conductor que no se dio por enterado y le expliqué mi situación a otros viajeros que enseguida le explicaron la situación al chófer.
 Éste detuvo inmediatamente el vehículo al margen de la carretera y me sacó la maleta del vehículo. Se disculpó y me dijo que nadie le había dicho que tenía que parar en Taytay.  Eso sí, creo que ni se le pasó por la cabeza volver para dejarme. Vio una furgoneta en lontananza circulando en sentido contrario y me dijo que la parara.
 Sin tiempo para pensar que se había librado de mí de mala manera, hice un ademán al conductor de la nueva furgoneta, que se detuvo. Donde caben 15, caben 16, así que no hubo mucho problema en que me embutiera en el ya atestado vehículo, que me dejó sin gran problema en el cruce de Taytay por una módica cantidad.

 Desde el cruce aún tuve que tomar un triciclo que me dejó en mi destino. Por una vez, y contrariamente a mis usos y costumbres, fui indulgente conmigo mismo, y reservé un alojamiento de campanillas. El coqueto establecimiento estaba formado por un conjunto de casitas de madera  en un entorno ajardinado, que contaban con par de camas, baño y porche.
Toda una casa para mí solo

 Apenas dejé el maletón en mi flamante chalet me dirigí a la Real Fuerza y Presidio de Santa Isabel, imponente fortaleza en piedra erigida unos siglos atrás por nuestros aguerridos compatriotas para defender la ciudad de los piratas moros que frecuentaban la zona.
 Para acceder a su interior, me cobraron 50 pesos, tasa de la que estaban exentos los habitantes locales. Estuve a punto de protestar, ya que como español, podía argumentar que fueron mis paisanos quienes la construyeron, por lo que tenía tanto derecho como los locales para acceder libremente. En aras de evitar un conflicto diplomático aboné la entrada y entré.
Fortaleza de Santa Isabel
 Eso sí, los 50 pesos fueron una buena inversión.La fortaleza está muy bien conservada y las vistas sobre la bahía son muy destacables. Me llamó la atención que en el centro de la explanada que coronaba el recinto se erigiera una iglesia. 
 Haciendo bueno el popular refrán, "A Dios rogando y con el cañón amenazando", no faltaban algunas culebrinas y otras piezas de artillería apuntando al mar para recordarnos que las aguas que bordean la fortaleza habían sido menos apacibles en otros tiempos.
 Aparte de la ya visitada construcción militar, y una antigua iglesia, Taytay no tiene mucho más que ofrecer al turista, además de tranquilidad y sosiego. A estas alturas de viaje, y tras el ajetreo de Manila, eso es precisamente lo que necesitaba.
 Mi paseo por las poco pintorescas calles Taytayteñas me proporcionó una experiencia hasta ahora desconocida para mí en mis viajes. Se me acercaban muchos niños a saludarme. Al principio pensaba que me vendrían a pedir dinero o algo. Pero lo hacían simplemente por curiosidad. Les debía llamar la atención encontrarse con extranjeros, que no se dejan ver mucho por un lugar tan alejado de los circuitos turísticos habituales.
Paseando por Taytay

  En el albergue pregunté por el ambiente nocturno de la ciudad y me dijeron que, aparte de algún karaoke, poco más había. Así que aproveché la noche para hacer alguna reserva de vuelo y alojamiento para días posteriores y me retiré a mis aposentos para descansar. Mi próximo destino prometía ser mucho más movido.

miércoles, 13 de marzo de 2019

PUERTO PRINCESA

 A falta de un transporte público conveniente, me tocó tirar de taxi para ir al aeropuerto de Manila. No está muy alejado del centro, pero los sempiternos atascos manileños hacen que haya que dejar un margen grande de tiempo para evitar disgustos.
 Aunque para disgustos, el que me  llevé cuando me cobraron más de 20 € por facturarme la maleta en el aeropuerto. Lo cual es una barbaridad, teniendo en cuenta que el vuelo apenas superaba los 60 €.
 En poco más de una hora, puse el pie en el coqueto aeropuerto de Puerto Princesa, la capital de la pintoresca isla de Palawan. 
 Desde el albergue que había reservado, me habían escrito un correo donde recomendaban tomar un triciclo (un sidecar muy empleado en el país) que no debería costarme más de 100 pesos. Éste fue el montante que me solicitó el primer conductor al que pregunté, lo cual me evitó el latoso proceso de regateo.
 Las calles de Puerto Princesa presentaban el bullicio habitual de las urbes filipinas, pero viniendo de Manila, me parecieron de lo más plácido.
Colorido isleño

 En poco más de 10 minutos llegué al albergue, donde a falta de huéspedes, me recibió un abundante cortejo de gatos y perros.
Pronto apareció el anfitrión que, aparte de mostrarme su hospitalidad, me ofreció un par de excursiones para el día siguiente: una a un río subterráneo y otra a las islas de una bahía cercana. No sonaban mal, sobre todo la última, pero antes tenía que estudiar la situación con la inteligencia que me caracteriza dentro y fuera de la cancha.
 Mi principal objetivo en la ciudad era visitar una fortaleza española, que tenía entendido que estaba por la zona. Pronto me enteré de que esa construcción no estaba allí, sino en Taytay, una ciudad bastante al norte. Esto es lo que pasa cuando se improvisa.
De AxeEffect - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=18361323

 Salí a inspecionar la ciudad y aparte de una iglesia bastante competente y un paseo marítimo muy tranquilo, no vi gran cosa destacable.
 ¿Quién iba a pensar que una ciudad con un nombre tan sugerente como Puerto Princesa, situada en una isla paradisiaca iba a ser tan poco atractiva? ¿Nadie me podía haber avisado de eso antes de haber reservado dos noches?
 Mientras daba un garbeo por los incontables comercios (de eso no le faltaba) de la ciudad, me planteaba la estrategia a seguir.
 Aunando niunclavelismo, gastronomía local y una cierta salubridad, cené en un Jolybee, cadena filipina de restaurantes de comida rápida bastante competente.
 De vuelta al albergue, ya de noche, me costó orientarme por las escasamente iluminadas calles en forma de cuadrícula.
 Mientras consultaba el mapa del móvil para ver dónde andaba, se combinó el bocinazo de un triciclo con la irregularidad del terreno para que, en un momento de despiste, perdiera el equilibrio y cambiase abruptamente mi posición vertical por la horizontal.
 Un golpe en el hombro y unas laceraciones en las rodillas fueron las limitadas consecuencias de tan aparatoso incidente.
  Mi móvil de escaso coste demostró su rusticidad al no sufrir ni un rasguño, a pesar de haber salido despedido. Yo tuve, en cambio, que adquirir algodón y desinfectante en una farmacia cercana.
 Por suerte no estaba lejos del albergue donde pude lamerme las heridas. 
 Para acabar de rematar la jugada, se me despegó el enésimo apaño que llevan mis legendarias e inmortales gafas, quedando suelto un cristal.
 Viendo que no era mi noche, decidí prescindir de la prevista expedición nocturna por la ciudad y fui a charlar un rato con el anfitrión del albergue. Antes de nada, le comenté que sólo iba a estar una noche aunque había reservado dos y que no iba a hacer ninguna de las excursiones que me había propuesto.
  No se lo tomó nada mal. Además me dijo que como ya lo había pagado por internet no me podía devolver la noche de más (yo contaba con ello), pero que me podría quedar otro día sin coste a la vuelta de mi periplo isleño si lo solicitaba.
Humilde pero acogedor

 A pesar de las heridas de guerra dormí bastante bien esa noche. Y a ello ayudó que fuera el único huésped del albergue. Un poco triste, pero bueno para el descanso nocturno.
 A la mañana siguiente sólo me faltó un bastón y un lazarillo mientras andaba por las borrosas calles de Puerto Princesa en busca de una ferretería. En ella pude comprar pegamento para reparar mis maltrechas a la par que indispensables gafas. 
 La isla de Palawan aún tenía mucho que ofrecerme y yo quería verlo claro.

martes, 26 de febrero de 2019

TRAS LA HUELLA HISPÁNICA EN MANILA

 Mi caminata de aproximación a Intramuros no fue todo lo apacible que hubiera esperado. Por el camino me encontré bastante gente que tenía como único techo el cielo de Manila.
 Una vez entré en el recinto amurallado, fui objetivo de los conductores de coches de caballos empeñados en llevarme en su calesa para recorrerlo.
 Cuando ya me pude centrar un poco en mi paseo, empecé a apreciar la destacable arquitectura colonial, hermosa mezcla de los estilos español y asiático...hasta que aparecía un edificio de los 70 que rompía totalmente la armonía.
 Y es que Intramuros, que aguantó estoicamente durante más de 3 siglos fue casi totalmente devastado durante la Segunda Guerra Mundial, en la batalla en la que Estados Unidos reconquistó Manila de sus invasores japoneses. Y digo casi, porque fueron los propios usenses los que remataron lo poco que quedó en pie con el pretexto de limpiar la zona y evitar derrumbamientos.
 Entre tal devastación, sólo un edificio resistió incólume: la iglesia de San Agustín. A ella me dirigí, no sólo para contemplar un hermoso ejemplo de arquitectura religiosa española, sino para orar y recordar a los miles de habitantes de Intramuros (la mayoría de habla hispana) que murieron en el cruento fuego cruzado entre nipones y estadounidenses.
 El recordar el sufrimiento de esa comunidad y el pensar en lo que fue Intramuros antes de la guerra y lo que era ahora (se ha restaurado en parte, pero no es lo mismo) hizo que la tristeza se apoderara de mí.
 No mejoró mucho mi ánimo, sino al contrario, mi vuelta paseando por las caóticas, y en algunos puntos con escenas muy crudas de pobreza, calles de las zona de Ermita y Malate. Las emociones negativas acumuladas en tan poco tiempo me estaban pasando factura. Se supone que unas vacaciones son para disfrutar, y yo en esos momentos estaba penando más que otra cosa.
Protegido por San Jorge y San Miguel, nada malo podía sucederme.

 En tan sombrío estado me presenté ante mi cita de la tarde anterior. Como las penas con pan son menos, nos fuimos a cenar a un restaurante de cocina filipina con cierta enjundia. El poder beberme una San Miguel (la marca nació en Filipinas en 1890) y poder saborear platos con nombres tan españoles como Adobo o Puto, sumados a la buena compañía, hicieron que mi ánimo remontase.
 Esa noche, sea por el jet lag, o porque me costó digerir la emociones, me costó dormirme y a la mañana siguiente me desperté bastante tarde.
 Con energías renovadas, decidí darle otra oportunidad a Intramuros con la intención de hacer un recorrido más exhaustivo.
  Pero primero me detuve en el Parque Rizal, nombrado en honor del héroe filipino José Rizal, que fue fusilado en ese mismo lugar  por el gobierno español de la época, condenado por sedición.
 Médico, escritor, político, zoólogo, políglota...Se trataba sin duda de un personaje excepcional y hoy en día es venerado en las Filipinas, siendo extraña la localidad que no cuenta con una estatua o una calle nombrada en su honor. 
Fuerte de Santiago... y en primer término, el fuerte de Huesca.

 En Intramuros me esperaban de nuevo los insistentes conductores de calesas y, tras zafarme de ellos, visité la Casa Manila. 
 Se trata de una magnífica reproducción de una casa colonial española, con una decoración y un mobiliario de auténtica enjundia.
 También visité el imponente Fuerte de Santiago y me encontré con dos estatuas en memoria de los reyes españoles Felipe e Isabel II. 
Con mi amigo Felipe

 A pesar del desastre que supuso su destrucción en la Segunda Guerra Mundial, la visita a Intramuros es muy interesante y la historia se respira en cada recodo.  
 Salvando las distancias, Manila y San Juan de Puerto Rico tienen algo en común: una parte antigua con una atmósfera relajada y una arquitectura fascinante, rodeada de una ciudad bulliciosa sin demasiado encanto. Y no es casualidad que la parte antigua corresponda con el periodo español y la moderna con el estadounidense. Y es que, con raras excepciones, las ciudades usenses no destacan ni por su belleza ni por su personalidad.
 Salí de Intramuros y crucé el río Pasig para visitar el Barrio Chino y la zona de Quiapo. Pronto me empecé a agobiar con las multitudes y el denso tráfico, así que dejé esta inspección para mejor ocasión y volví al hotel a descansar.
  Me esperaba el auténtico plato fuerte de mi visita a Manila. 
  Desde que empecé a investigar y a informarme sobre la situación del idioma español en Filipinas, me encontré con la referencia de Guillermo Gómez-Rivera, un escritor en lengua castellana, ardiente defensor de la cultura hispánica. He seguido sus artículos en Facebook y le escribí para ver si podríamos conocernos en persona. Aceptó y me dijo que me pasara por su casa esa tarde.
 Intenté conseguir un taxi desde el hotel, pero no me funcionaba la aplicación, así que me tocó ir andando. O mejor corriendo, ya que no disponía de mucho tiempo. Preguntando y utilizando el GPS del móvil me pude orientar y pude llegar un tanto alterado al domicilio de mi anfitrión.
 Guillermo Gómez-Rivera pertenece a una de las últimas generaciones de hispanohablantes que sobrevivieron al empuje del inglés, ante la agresiva política lingüística de los invasores yanquis.
 Aparte de escribir, ha sido profesor de español en la universidad, ha impartido clases de flamenco, ha grabado discos de música tradicional filipina en español y ha luchado a nivel institucional para que nuestro idioma se siguiera enseñando en las islas.
 Con semejante currículum a sus espaldas, no es de extrañar que mi velada con Don Guillermo fuera una auténtica delicia.
  Pocas veces he encontrado un paladín tan contumaz de la lengua y cultura españolas, y ni mucho menos esperaba encontrarlo fuera de nuestras fronteras.  Aunque hablando con él, y a pesar de que se trate de un filipino de los pies a la cabeza, tenía la sensación de estar hablando con un compatriota.

  No sólo me invitó a cenar en un restaurante, sino que también me regaló un libro suyo y dos CD's de música hispano-filipina cantados por él.
Enorme Don Guillermo.

 En definitiva, un auténtico personaje al que he tenido la gran fortuna y el honor de conocer en persona.
 La visita al Señor Gómez-Rivera fue el postre perfecto a mi visita a Manila. Al día siguiente iba a salir de la interesante, aunque bulliciosa y algo asfixiante megalópolis, para conocer otros lugares más plácidos de las Islas Filipinas.

viernes, 15 de febrero de 2019

PRIMEROS (Y CAUTELOSOS) PASOS POR MANILA

 Rellenar un humilde formulario y presentar mi pasaporte fueron los únicos y livianos trámites que se me exigieron para entrar en las Filipinas como turista. Eso sí, no pude dejar de pensar en que si el almirante Montojo hubiera estado algo más atinado en la batalla de Cavite, quizá me hubiera bastado con presentar mi DNI. 
 Aunque tampoco me puedo quejar, habida cuenta de las peripecias que, según me contaron, deben hacer los filipinos para poner pie en nuestro continente.
 Es muy importante mantener la sangre fría al aterrizar en un aeropuerto para evitar gastos innecesarios. Estuve a punto de cometer un pequeño, pero craso error, cuando acudí a los cantos de sirena de un chiringuito que ofrecía una tarjeta SIM con llamadas ilimitadas y 7 GB de datos por 1000 pesos (unos 17 €). Mientras unas poco eficaces empleadas intentaban que esa onerosa tarjeta funcionara en mi móvil, pensé que ni mucho menos iba a usar tantos datos y que en cualquier sitio me saldría mucho más barata.
 Afortunadamente, y a pesar de todas las probatinas que estaban haciendo, pasaba el tiempo y no acababa de funcionar el invento. Así que, con la coartada de la prisa que todo occidental debe tener, les dije que no podía esperar más, les devolví la SIM y me marché a buscar un taxi que me llevara a mi hotel.
 Esta vez actué con mayor inteligencia, y tras burlar los cantos de sirena de los taxis convencionales, busqué un puesto de Grab, una especie de Uber asiática. Allí me consiguieron un taxi a precio cerrado, que en una ciudad en continuo atasco como Manila, es algo a agradecer.
 Aprovechando los competitivos precios del país, y pensando en descansar tras el largo viaje, había reservado nada menos que una "Suite Deluxe"  en la zona de Malate, bastante cerca del centro.
 Como me esperaba, la rimbombante denominación estaba bastante inflada, aunque no estoy acostumbrado a disponer de tanto espacio vital en mis alojamientos. Además contaba con un balcón, pero la puerta no cerraba bien, por lo que el ruido de la calle, que no era poco, entraba en mi cuarto con total libertad.
 No tuve mucho tiempo para descansar, ya que había concertado una cita gracias a una página de pototeo filipina bastante competente. Ya se dice en la Biblia aquello de que "no es bueno que el hombre esté solo". No le iba yo a enmendar la plana, y menos en un país tan católico.
 Mis primeros pasos por las bulliciosas calles manileñas estuvieron presididos por la cautela. El barrio era bastante humilde y las miradas de curiosidad que despertaba en la gente me hacían estar inquieto. Las pocas aceras transitables estaban ocupadas por vendedores o gente ociosa, llegándome a encontrar a individuos durmiendo sobre esterillas. Esto hacía que, a pesar del denso tráfico, fuera más cómodo caminar por la calzada. Me estaba empezando a dar cuenta de que Manila es una ciudad poco agradable para pasear.
Jeepney manileño (foto tomada de "Mochileando por el Mundo")

 Ya en buena compañía, y aprovechando su conocimiento de las costumbres locales, conseguí una SIM filipina por 40 pesos, monté en un "jeepney"(llamativa e incómoda furgoneta de transporte urbano de pasajeros) y tomé contacto con la gastronomía del país.
 No pudimos visitar el cercano Parque Rizal, por estar cerrado al público. Al día siguiente se iba a celebrar una fiesta religiosa (Nazareno) y se habían tomado importantes medidas de seguridad. Entre ellas, alguna tan contundente como cortar las señales de teléfono e internet durante casi todo el día en todo el centro de la ciudad.
 No conseguí encontrar tapones para los oídos a pesar de visitar varias farmacias. Aun así, y a pesar del poco aislamiento acústico de mi habitación, el cansancio hizo que no los echara de menos y pudiera descansar en condiciones.
 Se me acumulaba la faena, y a la mañana siguiente tenía otra cita. Esta vez habíamos quedado en Makati, centro financiero del país, sede de numerosas multinacionales. Pero en este caso, el móvil no era económico sino cultural. Mi amiga quería practicar español y nada me podía motivar más que poner mi granito de arena para que nuestra lengua volviera a renacer en la tierra donde no hace mucho tuvo un papel preponderante.
Makati (foto tomada de "makeitmakati.com")

 Si por algo destaca Makati es por sus imponentes rascacielos que recuerdan a cualquier gran capital occidental. No tiene, sin embargo, mucho valor turístico. Aunque tras mucho buscar y ante mi interés, pudimos visitar una antigua iglesia española.
 Volvimos al centro en el tren ligero, que no es sino un necesario pero insuficiente intento de reducir el inmenso volumen de tráfico que colapsa las calles de la capital.
 Mi amiga se marchó a una entrevista de trabajo, en la cual parece que le sirvió de mucho mi curso acelerado de conversación en español. Ello me volvía a dejar sólo en la gran ciudad, pero me dio la libertad de elegir mi próximo destino. 
 Intramuros, la legendaria ciudad amurallada, máximo exponente de la presencia hispana en las Filipinas, aguardaba pacientemente mi visita.

martes, 5 de febrero de 2019

RUMBO A LAS FILIPINAS

 A diferencia de otros años, en los que me tocaba tomarme vacaciones en agosto, este año me han correspondido en enero.  Esto, que pudiera parecer un castigo, ha sido toda una bendición. Sólo hay que saber dónde ir.
 Habiendo ya recorrido media Europa y parte de América, el embrujo oriental estaba llamándome con fuerza. Si a eso le sumamos mi especial interés en los países hispánicos y mi tendencia niunclavelista, es obvio que las Islas Filipinas eran un objetivo que tarde o temprano tenía que caer.
 Con tres semanas de vacaciones en enero, en plena estación seca en el sudeste asiático, no tuve duda de que había llegado la hora de visitar el entrañable archipiélago. Con ello además conseguía cambiar 3 semanas de crudo invierno en Huesca por otras tantas de cálidas temperaturas tropicales.
 Por si fueran pocos argumentos, también iba a poder cerrar mi trilogía del 98, tras mis viajes anteriores a Puerto Rico y Cuba.Tenía curiosidad por ver cuánto del legado que habían dejado más de 300 años de presencia hispana permanecía en las Filipinas.
 La verdad es que, desgraciadamente, nuestro país hermano es un gran desconocido en España.  Aparte de Isabel Preysler, Manny Pacquiao, algún tifón de vez en cuando y para avanzados, "Los últimos de Filipinas" y los zapatos de Imelda Marcos, poco más se sabe de la antigua provincia de Ultramar.
 Henchido de espíritu aventurero, me limité a comprar los billetes de avión de ida y vuelta y reservar las tres primeras noches de alojamiento. El resto lo iría decidiendo sobre la marcha, ayudado por una guía de viaje que iba a ser mi compañera inseparable.
 A la espera de que nuestro coqueto pero infrautilizado aeropuerto Huesca-Pirineos flete vuelos directos a Manila, me vi obligado a pernoctar en Barcelona para coger el vuelo a la mañana siguiente.
 Y como si de un presagio de las aventuras y desventuras que me esperaban se tratase, el humilde hotel elegido tomaba el nombre de Elcano, compañero de fatigas de Magallanes en su vuelta al Mundo, hasta que el portugués falleció en la filipina isla de Mactán.
 El vuelo empleó unas 15 horas de nada, incluida una pequeña escala en Hong Kong. Se hace un poco pesado, pero teniendo en cuenta que, en su día el Galeón de Manila tardaba varios meses, no me puedo quejar.
 Apenas pude pegar ojo en el avión. Pero el cansancio se desvaneció cuando puse pie en el aeropuerto de Manila. El frío invernal español había dejado paso a un sol de justicia que agradecí sobremanera. Las Filipinas (y las filipinas) me esperaban...

domingo, 6 de enero de 2019

EINDHOVEN: FIN DE TRAYECTO

 Convenientemente para mis intereses finacieros, mi vuelo de vuelta a España no partía desde Ámsterdam, sino desde la ciudad de Eindhoven. Precio de sonora carjadada, gracias a la denostada y poco querida Ryanair.
 Pero no me iba a limitar a ir al aeropuerto y ya está. Quería visitar la ciudad, y ya de paso, hacer lo propio con Utrech, que me pillaba casi de camino.
 Así que, aprovechando la ya mencionada excelencia ferroviaria neerlandesa, me presenté en la estación y pillé el primer tren para Utrech, tras una efímera espera.
 Ir cargado con una maleta, aunque sea de cabina, no es la mejor forma de explorar una ciudad. Así que intenté dejarla en la consigna. Pero aquéllo tenía muy mala pinta. Se trataba de unas taquillas automáticas de pago con tarjeta. Se las veía bastante acorazadas y el hecho de que no hubiera personal ni se le esperara, me hizo desconfiar un poco. Aun así hice una intentona metiendo la maleta en una taquilla. Al intentar hacer el pago, la máquina me lo rechazó. Pero la puerta se había quedado cerrada. Mal asunto. Por suerte, tras 5 sufridos minutos de tocar todos los botones posibles para anular la operación, la puerta se abrió milagrosamente y desistí de intentarlo de nuevo. 
 Con el alivio por la recuperación de la valija y la carga de su peso, empecé a recorrer las bonitas calles de Utrech, que como buena ciudad neerlandesa, contaba con numerosos canales y edificios históricos.
Estampa utrechina

 Pronto me encontré con la oficina de turismo, donde pregunté (masoquista que es uno) si me podían indicar el lugar exacto donde se firmó en 1713 el humillante tratado de Utrech, que aparte de traer a España la casa de Borbón, implicó unas pérdidas territoriales enormes, destacando la de Gibraltar.
 No sé si es que yo soy muy "frikie" de la historia o el joven empleado estaba allí pasando el rato. Pero no tenía ni idea del evento. Afortunadamente, un compañero suyo estaba más avezado en la historia de su ciudad y me indicó el lugar.
 Además de tan valiosa información, me agencié con un mapa de la ciudad que me iba a dar una idea poco afortunada. Entre los hitos que destacaba , aparecía una casa de los años 20, de la que se afirmaba que era un hito de la arquitectura moderna, y que está en la lista de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
 El problema es que tan publicitada casa aparecía fuera del mapa. Confiando en que no estuviera muy alejada de los bordes del mismo afronté con ilusión la caminata.
 Una vez fuera de los límites de mi plano, tuve que ir preguntando a la gente, y para mi desasosiego, parecía que el villorrio de marras no era muy popular entre sus conciudadanos.
 Por suerte, me encontré a un joven al que tampoco le sonaba, pero que contaba con un potente teléfono con GPS y me pudo indicar con aplomo. Aún me quedaban unos 10 minutos más, pero por lo menos mi agonía ya tenía un final definido.
Para gustos, los casones

 Tras más de media hora de pateada y ya con calambres en los brazos, me topé de bruces con la Casa Rietveld-Schröder, a la que yo añadí la coletilla de "y la madre que la parió". Porque la verdad, es que por mucha UNESCO que la avale, a mí me pareció una mala copia de la Casa Polo de Huesca, que no tiene tanto predicamento. Curiosamente, el simpático individuo que me ayudó a encontrar la casa, apareció mientras estaba yo jurando en holandés para echarle un vistazo.
 Me tocó la inevitable caminata de vuelta al centro, y sin muchas ganas de seguir explorando la ciudad, tomé el primer tren que partía hacia Eindhoven.
Estación de Eindhoven

 Siguiendo con la tónica del día me tocó otra pateadica de una media hora hasta mi alojamiento. Ya había leído que Eindhoven había sido asazmente bombardeada en la Segunda Guerra Mundial, habiendo dejado su casco histórico reducido a la mínima expresión.  Pude dar fe de ello mientras recorría sus pulcras y modernas avenidas hasta llegar a mi destino.
 La oferta hostelera en la ciudad era bastante pobre. Pocos y caros. El que escogí yo, por lo menos tenía un punto de originalidad. Se trataba de un hotel-albergue ubicado en una antigua fábrica de Phillips. No quiere decir que durmiéramos entre puentes grúa y tornos, pero la decoración era de un estilo industrial bastante curiosa. 
Si esto es un hotel, yo soy Rufus


 La habitación no contaba con ventanas, lo cual la hacía muy silenciosa (por lo menos para los ruidos externos) pero un pelín claustrofóbica. Además de ello, el establecimiento no contaba con salas comunes ni cocina, tan solo un bar-restaurante en su piso inferior.
 Salí en cuanto pude de la cueva en pos de la inspección de la capital de Brabante Septentrional.
 No tardé en toparme con, quizá el "monumento" más característico de la localidad, que no era otro que el Phillips Stadium, estadio de fútbol del PSV Eindhoven.
 Segunda vez que menciono Phillips (y aún hay un museo con tal nombre), por lo que se deduce la importancia que la compañía electrónica ha tenido y tiene en la ciudad.
 El tiempo, que hasta ahora estaba siendo estupendo, sacó su cara más neerlandesa, y el cielo se encapotó bruscamente, comenzando a llover. 
 Perdiendo mi proverbial sangre fría, me metí en un Primark para comprar el paraguas más económico que me pudiera sacar del apuro. A pesar de que me costó sólo 5 €, se puede decir que es uno de los paraguas más caros del mundo. A los dos minutos de estrenarlo, dejó de llover, por lo que ponderando costes, me salió a 2,50 €/min.
 Se resistió un poco, pero al fin pude ver algo de casco histórico. Muy poca cosa, la verdad. Pero no es culpa de los Eindhovitas que les cayeran bombas a diestro y siniestro. Sí que lo es que se se cobre a los turistas un suplemento de 3,50 €/noche.  Es la puntilla por si a algún "despistao" se le ocurre hacer turismo en un lugar tan sosainas.
Por lo menos intentan ponerle algo de alegría

 Si no andaba precisamente eufórico, el remate fue pasar por delante del único albergue digno de tal nombre en la ciudad. Los 33 € por habitación compartida me habían parecido un abuso, así que me decanté por mi hotel industrial. 
 Pero a través de los ventanales se veía el salón del albergue con el clásico ambiente mochilero del que carecía absolutamente mi frío y funcional alojamiento. Era la última noche de mi viaje, y la estaba pasando en solitario mientras los huéspedes de aquel albergue disfrutaban de su mutua compañía. Por momentos me sentí como el pobre muchacho de las novelas de Dickens que observa desde la calle hambriento, muerto de pena y envidia como una familia pudiente celebra una cena de alto copete.
Ya de vuelta a "casa" me dediqué a dar una vuelta por los aldededores del hotel. Había leído recomendaciones sobre la zona, pero en un primer vistazo no me pareció nada interesante. Mi segundo escaneo me permitió ver que el área tenía cierto interés. Todos los edificios de la zona estaban diseñados con un estilo industrial, que no se puede catalogar como bello, pero sí como original. Lástima que a esa hora todos los establecimientos estuvieran cerrados, porque ver el barrio en plena actividad hubiera tenido su encanto.
Si esto es un hotel, yo soy Rufus (parte 2)

 Sin mucho más que rascar me retiré a mi funcional pero poco entrañable habitación a dormir. Aún pude pototear un poco a modo de despedida con una estudiante neerlandesa, la cual aún apreció aún menos que yo los "encantos" del hotel.
 Con este gris epitafio, concluyó mi viaje estival en el que había podido enfrentar el imprevisible y entrañable sur de Europa con el poderoso y ordenado norte. En tamaña disputa sólo hubo un vencedor, que fue un servidor.
 

miércoles, 2 de enero de 2019

RECORRIENDO LA REDOLADA DE ÁMSTERDAM

 Ámsterdam es una ciudad que da para varios días de inspección tranquila y exhaustiva. Pero como cuando viajo no soy ni lo uno ni lo otro, en un día y medio ya me la había "ventilado" (con la jugosa propina de La Haya incluida).
 El día que me sobraba iba a ser incluso aún más provechoso que los anteriores.
 En la oficina de turismo me había agenciado una tarjeta que daba derecho a viajar ilimitadamente en transporte público por Ámsterdam y su región.  Mi niunclavelismo, unido a mi afán exploratorio hicieron que la sufrida tarjeta acabara sacando la bandera blanca en señal de rendición conforme avanzaba la exhaustiva jornada.
 Como me suele pasar, la información que había recabado para mi tarea era nula, así que me guié por un mapa que ofrecían con la tarjeta, al que sumé mi legendario talento natural.
 Mi primer destino fue el pueblo de Zaamdam, elegido por puro azar. La apuesta prometía cuando nada más salir de la estación me encontré con algunos curiosos edificios de madera. Pero pronto me di cuenta de que la población elegida no andaba sobrada de encanto.
Zaamdam: De más a menos

 Sin mucho tiempo para lamentarme, busqué un valor seguro y tomé un tren hacia Zaamze Schans. En el mapa aparecían unos molinos muy bonitos y la cosa prometía. 
 En este caso, acerté de pleno. A escasa distancia del pueblo, me encontré con todos los tópicos de Holanda hechos deliciosa realidad: canales, prados, vacas frisonas, casitas de madera pintadas en llamativos colores y unos molinos de auténtica enjundia. Para redondear la jugada, no faltaban las tiendas donde un personal muy folklóricamente ataviado ofertaba queso,  zuecos y otros productos regionales.
Más típico imposible

 El paseo fue de lo más agradable, y no lo fue menos la vuelta al pueblo en una pequeña barca fletada por entrañables personajes locales.
 Yo con esto ya había hecho el día, y había justificado mi viaje a Holanda. Pero aún era pronto y más rincones singulares me esperaran.
 No pude evitar la tentación de engrosar mi ya mítico listado de turismo nominal, al tomar un autobús que me dejó en Edam. No tuve tiempo para degustar sus afamados quesos, pero pude por lo menos llevarme una buena impresión de tan apacible villa.
 Me compliqué un poco la vida intentando llegar andando a la cercana y costera población de Volendam, pero a medio camino vi que me había desviado bastante de la ruta óptima. Así que esperé pacientemente a que apareciera un autobús.
 Mi título de transporte, que hasta entonces había operado de forma impecable, pareció pedirme un descanso, negándose a validar mi trayecto. Puse cara de buen chico a la conductora y me dejó subir. Por lo visto se me había olvidado pasar la tarjeta al bajar de un tren y la pobre ya no sabía ni dónde estaba.
 Entre la inquietud que me había provocado el último suceso y la gran turistada que poblaba sus calles,  no acabé de disfrutar plenamente de los encantos de la pintoresca ciudad pesquera de Volendam.
Volendam

 En el animado paseo marítimo había un puesto de información atendido por una persona de rasgos caribeños. Y no precisamente de las Antillas Holandesas, ya que el curioso personaje parecía ser cubano. Le pedí ayuda con mi problema logístico y con el salero y la gracia que derrochan por esos lares, me dijo mucho, pero no me solucionó nada. Aun así fue un momento divertido e inesperado.
 Como quiera que en Vollendam no había estación de autobuses, volví andando a Edam, donde ya había estado anteriormente.
 La oficina de la estación estaba cerrada. Así que sólo me quedó musitar una oración y subirme en el primer autobús que se dirigía a Monickendam. Parece que el descanso le sentó bien a mi querida tarjeta, que me franqueó el acceso al vehículo y ya no me iba a fallar en todo el día.
 El ya referido pueblo de Monickendam, no era sino una escala en pos del más interesante para mis intereses Marken.
 Pero parece que en Holanda el más tonto hace relojes, y el paseo por el centro de la villa, canales incluidos, no fue, ni mucho menos, tiempo perdido.
 Mi siguiente destino (Marken) era un pequeño pueblo de casitas de madera rodeado por las aguas del mar, excepto por una estrecha lengua de tierra. La sensación de estar en un lugar apartado del mundo era impresionante. Parece mentira que estuviera a sólo unos 20 km de la bulliciosa y cosmopolita Ámsterdam.
"Marken" este pueblo en su agenda y visítenlo

 Visité un museo local, bastante humilde, pero muy ilustrativo sobre cómo era la vida antaño en tan peculiar emplazamiento. De hecho, hasta hace sólo unos años, la actual península era una isla, y hasta que no construyeron la carretera sobre un dique, Marken sólo se comunicaba con el resto del mundo por vía marítima. Sin duda esa es una clave para otorgarle su particular idiosincrasia.
 Me di un paseo por la zona del puerto y decidí cambiar de tercio. Volví en autobús a la Estación Central de tren de Ámsterdam, y sin pensármelo mucho, ya que no quedaban muchas horas de luz, me dirigí en tren a Zandvoort aan Zee. Ese nombre que, así en frío, no da muchas pistas, es la localidad que alberga la playa más cercana a la capital. 
Zandvoor ann Zee

 Con el día tan bueno que hacía, no es extraño que estuviera a rebosar. La verdad es que era una playa bastante competente, aunque me había gustado más la que había visitado en La Haya. 
 Ni iba preparado ni tenía tiempo para darme un baño. Ya que tenía otro destino in mente, que ya había atravesado en el trayecto en tren que me había llevado allí
 Después de haber viajado tanto ese día, no podía ser más atinado el nombre de la ciudad a visitar. Un auténtico Globetrotter no podía dejar de visitar Haarlem.
 La ciudad que dio nombre al popular barrio neoyorquino y a su viajero equipo de baloncesto-espectáculo, fue una inesperada sorpresa. Me esperaba encontrar algo tranquilo, con algunos canales y casas apañadas, pero lo que me encontré fue un centro histórico de gran empaque, muy animado a la par que bonito.
Haarlem

 Quizá hubiera sido buena idea dedicar medio día a tan soberbio escenario. Pero el dios Ra había cumplido su jornada, y ya tocaba regresar a mis cuarteles de invierno.
 Ya en la capital, pensé que aún se le podía sacar algo de jugo a mi ya más que amortizada tarjeta de transporte. Así que, para culminar mi peripecia casi olímpica, tomé un tranvía para visitar el estadio que albergó los juegos de la IX Olimpiada, en 1932.
Espíritu olímpico

 No pude ver gran cosa, ya que el coqueto recinto estaba cerrado a cal y canto, así que sólo pude dar una vuelta de honor por fuera, y bedankt ("gracias" en neerlandés).
 Y en todas las competiciones de gran fondo, y ésta lo había sido, lo último que se espera ver, es el farolillo rojo. 
 Así que, protocolo obliga, cerré mi maratoniana jornada con un paseo por el popular barrio de lenocinio, donde abundan las luminarias de tal color. Tras el tute que me había pegado, huelga decir que se trató de una mera visita de cortesía. Mis energías ya habían sido empleadas en otros menesteres más divulgativos y menos íntimos...