jueves, 25 de agosto de 2022

PLOVDIV: ORGULLO PROLETARIO

 Durante el tercer día de mi estancia en el albergue de Sofía se habían incorporado dos huéspedes a mi habitación. Cada uno de ellos hizo su particular aportación. El primero era un simpático maño, que me descubrió la aplicación Maps.me. Gracias a ella no me volví a perder en mi viaje. El segundo de ellos se trataba de un surcoreano de avanzada edad, que nos regaló esa noche un intenso concierto de ronquidos en Sol Mayor. Cuando mi compañero zaragozano y yo estábamos al borde de la desesperación, se produjo un giro de guión (y de posición). El huésped asiático limitó sus decibelios y pudimos descansar un poco.
 Ya tocaba abandonar Sofía, pero no quise hacerlo sin visitar el Museo de Arte Socialista. Siempre me han atraído los grandes murales que mostraban lo felices que eran las personas y lo bien que funcionaban las cosas en los países que estaban al otro lado del telón de acero. No quiere decir que me los crea, pero estéticamente me parecen muy bonitos. 
 Mis esperanzas revolucionarias quedaron un tanto frustradas cuando comprobé que la pequeña sala del museo solo contenía cuadros pequeños y algunos bustos. ¿Dónde estaba el típico agricultor o trabajador industrial en una escena de grandes dimensiones? Allí desde luego que no. Por suerte, en un jardín exterior, a falta de murales había un gran número de efigies de personajes como Marx o Lenin. Con buen criterio, en lugar de destruir o almacenar las estatuas de la época comunista, se han llevado todas allí para que las vea quien quiera contemplarlas. 
                                    
Marx frente al capitalismo
 Del museo me dirigí a la estación de autobuses con el objetivo de conseguir billete para la ciudad de Plovdiv. Muy confiado iba yo hasta que me topé con la burocracia búlgara. La empleada que me atendió me dijo que en esa taquilla solo se podían comprar los billetes de los viajes que partían hasta las 2 de la tarde, y que estaban todos agotados. Para las expediciones que tenían lugar más tarde, había que ir a otra taquilla, que en ese momento se encontraba cerrada. Me había confiado demasiado y por momentos se me complicaba mi plan de viaje.
 Probé suerte con en la estación de tren, con muy distinto signo. Conseguí sin problemas un billete de tren que partía en media hora, y además a mejor precio que el autobús. Como contrapartida, el tiempo de trayecto era mayor, y el tren estaba bastante obsoleto. Miel sobre hojuelas para mí, que no tenía ninguna prisa y sé valorar el sabor añejo que impregnaba los vagones. Estos estaban compuestos por compartimentos de tres asientos enfrentados y un pasillo lateral. Hacía muchísimos años que no montaba en un tren así, y fue una experiencia que valoré en gran medida.
                                   
       Viaje en el tiempo 
 Y esa experiencia todavía mejoró cuando en una estación se subieron un hombre con sus dos hijos (una pareja de adolescentes) al tren y ocuparon mi compartimento. Se trataba de una familia de Cornellá (Barcelona), con la que pronto empecé a hacer buenas migas. Al llegar a nuestro destino, el padre me propuso que les acompañara en su cena de esa noche. Pocas cosas hay más tristes que comer en solitario en un restaurante, por lo que acepté de buen grado su ofrecimiento.
 De camino al albergue ya me pude hacer una idea de los encantos de la ciudad. En primer lugar, recorriendo una amplia y animada avenida peatonal plagada de comercios. Tras ella me interné en el casco histórico de la ciudad, que es su auténtico plato fuerte. Calles empedradas, mansiones de época, ruinas romanas... Numerosos vestigios que dan fe de la dilatada historia de Plovdiv y de su importancia. No en vano fue en su día la capital del país y en 2019 fue elegida como Capital Europea de la Cultura.
                               
Anfiteatro Romano de Plovdiv
 Mi albergue no tenía tanta historia ni cultura, aunque estaba situado en medio del cogollo histórico. Un agradable patio ajardinado era el preludio de una habitación un tanto agobiante. Nada menos que 15 literas se agrupaban en pisos de 3, aprovechando al máximo el espacio con el que contaba el cuarto. El piso inferior estaba a ras de suelo, y el superior, a una altura considerable. Por suerte quedaba libre una cama en el piso central que ocupé antes de que volara.
 En tan opresiva atmósfera no podía estar por mucho tiempo, por lo que enseguida salí a explorar la ciudad. A semejanza de lo que me había ocurrido en Sofía, me faltaba algo de contexto para valorar los elementos que me iba encontrando. Eso pedía a gritos un tour gratuito, pero ese día ya era tarde. También se me hacía un poco cuesta arriba estar solo de nuevo, tras los dos días con mis amigos de Sofía. Por ello, agradecí que llegaran las 8 y media de la tarde para acudir al lugar  que mis improvisados compañeros había escogido para cenar. La verdad es que la elección no había podido ser más afortunada.  Se trataba de un restaurante de bastante enjundia, pero frecuentado por locales, por lo que los precios eran razonables y la comida, de calidad. No le fue a la zaga la compañía. Ambos Diegos (padre e hijo) y Sofía (la hija) me hicieron sentir como en familia a la par que devoraba exquisitos manjares búlgaros como el Tarator (sopa a base de yogur y pepino) o los Kiufte (una especie de hamburguesas).
                                     
Espacio bien aprovechado
 Contrariamente a lo esperado, el habitáculo de mi albergue, aparentemente opresivo, se reveló como idóneo para el descanso. Al disponer de cortina permitía bastante intimidad, y el contar con paredes de separación entre grupos de camas, hacía que los ruidos llegaran muy mitigados.
 No iban a tener una noche tan plácida un grupo de huéspedes que, ante la gran demanda que presentaba el albergue y la falta de camas para acogerlos, tuvieron que dormir en el suelo del salón. Y es que siempre ha habido clases. En este caso,  como complemento a mi visita comunista de esa misma mañana, me sentí repentinamente imbuido de espíritu proletario. Desde mi humilde cama, pero cama al fin y al cabo, pude mirar por encima del hombro al lumpen que yacía en el piso del albergue.


lunes, 8 de agosto de 2022

SIETE LAGOS Y MONASTERIO DE RILA

 Una vez vistos los más destacados puntos de interés de Sofía, tocaba hacer lo propio con dos de las principales atracciones turísticas del país: los Siete Lagos y el Monasterio de Rila. Existía una opción niunclavelista para visitar ambos enclaves utilizando transporte público. Pero era tan ardua y requería tanto tiempo, que decidí que sería mejor idea contratar una agencia para visitar ambos lugares el mismo día.  O mejor dicho, decidimos, porque a la iniciativa se sumaron mis ya amigos Germán y Miranda, con los que había pasado gran parte de la jornada anterior.

 La jornada comenzó pronto, ya que se nos citó a las 7 de la mañana para empezar la excursión. Un fornido guía local subió a la furgoneta y nos explicó la ruta que debíamos seguir en la visita a los lagos, además de entregarnos un mapa esquemático del recorrido. A todo esto, nuestro compañero venezolano, que no había dado señales de vida, apareció justo a tiempo para no quedarse en tierra. No fue el caso del guía, que tras su disertación se despidió y ya no lo volvimos a ver. Nuestra excursión se denominaba "autoguiada". Nos tendríamos que fiar del plano que nos dieron y de nuestro talento natural. Pero no asustó a espíritus tan intrépidos como los nuestros.

 Las llanuras que rodeaban la ciudad de Sofía, donde destacaban los campos del ahora cotizado girasol, acabaron dando paso a un paisaje de montaña que prometía. La furgoneta nos dejó en un aparcamiento y de allí tuvimos que andar unos cientos de metros para tomar un telesilla. El hecho de que estos aparatos no se paren para que te sientes en ellos, hace que el montarte y sobre todo el apearte de ellos sea un momento un poco tenso. En este caso no hubo ninguna incidencia y pudimos disfrutar de una agradable paseo por los aires mientras espectaculares paisajes de montaña se sucedían ante nuestros ojos.

 El telesilla nos dejó a más de 2000 metros, en un entorno privilegiado, ya carente de arbolado, por el que teníamos que seguir subiendo a pie. La caminata nos iba a llevar a encontrarnos con siete lagos glaciares situados a diferentes alturas. Se podía tomar una ruta distinta a la ida y a la vuelta para pasar junto a todos ellos. Mis compañeros no se las prometían muy felices al ver lo que nos esperaba, y apostaban a que no iban a pasar del primer lago. A él llegamos tras un agradable paseo de una hora. A partir de allí, el camino se empinaba y presentaba una mayor dificultad. Ello no minó la moral de la expedición. Los paisajes sublimes que nos ofrecía el paraje y la curiosidad por ver los siguientes lagos fueron más que suficientes para vencer el desánimo inicial. Además el día acompañaba. El sol lucía en todo su esplendor, pero la elevada altitud a la que nos encontrábamos hacía que la temperatura fuera realmente agradable. 

                            Paisajes de auténtica enjundia

 Así, casi sin darnos cuenta, nos encontramos con el último tramo que nos conducía a un mirador.  La subida tenía ya una pendiente considerable. Pero la tentación del abandono cedía ante la proximidad de la cima y sobre todo al cruzarnos entrañables ancianitas que volvían tras haber conseguido el objetivo. No podíamos ser menos que ellas. Y no lo fuimos. Tras casi tres horas de pateada, arribamos a un mirador desde el que se podían contemplar seis de los lagos, en una estampa absolutamente espectacular.

                            Podio de honor

 Evidentemente la bajada se hizo más llevadera que la subida, pero no nos pudimos descuidar. Necesitábamos estar a la hora en el aparcamiento y no nos sobraba mucho tiempo. Aunque la caminata que nos pegamos tenía su enjundia, a mí se me pasó volando. Y no solo por mi preparación pateadora y mediomaratoniana. La irresistible personalidad de Germán y el encanto personal de Miranda se conjugaron con lo extraordinario de los paisajes para hacer de la excursión una experiencia inolvidable. Parecía que nos conocíamos de toda la vida. Los temas de conversación, interesantes todos ellos, se sucedían sin solución de continuidad. Cuando veía algunos excursionistas hacer la ruta en solitario, me daba cuenta de la suerte que había tenido de haber encontrado tan selecta compañía.

 Pudimos llegar a tiempo a la furgoneta en busca del segundo hito del día. Los Siete Lagos habían puesto el listón muy alto, por lo que el Monasterio de Rila tenía muy difícil superarlo. Cuando nuestro vehículo nos dejó en un entorno idílico rodeado de montañas y tuvimos acceso al monasterio, pensé que por momentos lo iba a conseguir. Se trata de un recinto amurallado donde se alzan en sus lados interiores varias plantas de arcadas. En ellas se emplazan las celdas de los monjes. En el centro se alza una torre y una iglesia ortodoxa  cuyas paredes están decoradas con llamativas pinturas murales . Es posible incluso alojarse en el monasterio. Esa idea pasó por mi cabeza a la hora de planear mi viaje, pero la descarté por la dificultad que entrañaba cuadrar el transporte. En esos momentos, mientras respiraba la espiritualidad que reinaba en el lugar y observaba el privilegiado entorno en el que se situaba, pensé que había cometido un pequeño pero craso error. Pero cuando tras media hora de dar vueltas por el monasterio y ver que no había mucho que hacer por allí, llegué a la conclusión de que se me hubiera hecho un poco larga la estancia, aunque solo hubiera sido de un día. Y es que, sin negar la espectacularidad y la importancia del lugar, la visita no da para estar mucho tiempo. A no ser que seas un beato ortodoxo, que no es el caso.

                               Monasterio de Rila

 El cansancio acumulado se mostró en el viaje de vuelta, donde ya no nos mostramos tan locuaces. Nada mejor para recuperar energías que una buena merienda-cena, que tuvo lugar en el mismo restaurante "auténtico" al que habíamos ido el día anterior. La buena impresión que me había causado la primera vez, se evaporó cuando me trajeron mi comanda. Atraído por la foto del menú y su generosa ración, todo parecido con la birria (por la cantidad) que me sirvieron, era pura coincidencia. Menos mal que no fue el caso de mi compañera chilena que, no sé si por lástima o por tener menos saque que yo, compartió parte de su abundante ágape conmigo. 

 Apenas llevaba dos días de viaje, y ya comenzaban las despedidas. Miranda y Germán tomaban un autobús rumbo a Estambul esa misma noche. Esa es la esencia del viaje. Es fácil encontrarte con gente, pero también perderla.

 En el caso de la chilena, el viaje a Estambul era una mudanza en toda regla, ya que había abandonado Malta para recalar en tierras otomanas, y la visita a Sofía solo era una escala en el trayecto. Por eso portaba 3 maletones considerables. Como el niunclavelismo es una filosofía que procuro expandir, me ofrecí a ayudarla en su periplo hasta la estación, y así se podía ahorrar el temido y presumiblemente oneroso taxi. Al fin y al cabo, la estación de autobuses estaba a solo dos paradas de metro. Eso sí, no disponíamos de mucho tiempo, ya que la dama austral y un servidor salimos del albergue media hora antes de la partida, que se esperaba a medianoche. Así, en una especie de cuento de Cenicienta en versión búlgara, tuvimos que arrastrar las pesadas valijas a través de las calles de Sofía y el metro, en una carrera contrarreloj, para llegar a la estación a tiempo. Al bajar del vagón de metro nos encontramos con tres salidas distintas, muy separadas entre sí y no teníamos idea de cuál era la correcta. Así que me adelanté en solitario y gracias al infalible, pero no siempre más rápido método del ensayo-error, conseguí encontrar al segundo intento la salida que nos dejaba junto a la estación de autobuses. Ésta contaba con varios andenes y en esos momentos no disponíamos de mucho margen para investigar. Les pregunté a un par de guardias, pero no hablaban inglés (ni yo búlgaro). Afortunadamente, uno de ellos se defendía en francés, y me indicó que el andén de autobuses internacionales se situaba en una explanada junto a la estación. Allí acudimos prestos para encontrarnos a Germán un poco inquieto y al autobús ultimando los preparativos. Hubo tiempo suficiente para despedirme en condiciones de mis dos amigos. En mi condición de viajero solitario, mi objetivo es siempre encontrar compañía para mis andanzas. Algunas veces esa compañía apenas alcanza para mitigar la sensación de soledad. En este caso fue mucho más lejos. Realmente estaba a gusto con esta gente y se me hacía un poco cuesta arriba afrontar los siguiente pasos de mi viaje en solitario.

 Mientras volvía andando a mi albergue, y en mi interior pugnaban la tristeza por la despedida con el agradecimiento por los momentos vividos, se me acercaron dos "profesionales del amor" para ofrecerme sus servicios. No se puede decir que la proposición tuviera el don de la oportunidad. ¿Quién metería la mano en el fango cuando aún tiene entre sus dedos la fragancia de la rosa?

martes, 2 de agosto de 2022

SOFÍA

  Mis primeros pasos por Sofía me sirvieron para comprobar que la capital búlgara es una ciudad relativamente apacible, con muchas zonas verdes y menos agobiante que la mayoría de grandes urbes.  Sensaciones menos placenteras me invadieron a llegar a mi albergue, que como dijo algún huésped, "parecía una casa de okupas". Aunque esa apreciación era algo exagerada, sí es cierto que el establecimiento estaba un poco patas arriba. Resultaba especialmente inquietante un grafiti muy chapucero en el entresuelo indicando que la recepción estaba en la cuarta planta. Los temores iniciales se disiparon al llegar a esa cuarta planta y ser atendido en un más que correcto español por un curioso y carismático anfitrión, que destacaba por su bigote estilo decimonónico y por su peculiar carácter. 

                Bulevar Vitosha:  ejemplo del carácter tranquilo de Sofía

 Empecé a socializar integrándome en un grupo de jóvenes que estaban charlando en el salón utilizando una astuta estrategia. Un compañero alemán y yo compramos dos botellas grandes de cerveza, y con ellas acudimos a la tertulia, donde fuimos muy bien acogidos. El grupo estaba formado por genuinos miembros de la especie "Homo Hostelis" ya descritos en mi blog, y que básicamente son personas típicas de los albergues, jóvenes, simpáticos y con gran nivel de inglés. Yo ya peino canas, soy más bien taciturno y con mi inglés me defiendo, pero se me escapan muchas cosas. Por todo ello, porque los temas que se estaban tratando eran bastante intrascendentes y porque el cansancio del viaje se me empezaba a apoderar, me retiré a mi cuarto. Mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé que la puerta estaba bloqueada y no podía acceder. Me identifiqué como un morador de la pieza y me dejaron entrar tras mover la litera que estaba obstaculizando el acceso. Mis nuevos y asustados compañeros eran una pareja rumana que, al comprobar que nuestro cuarto no contaba con consignas ni candado en la puerta, se habían atrincherado por temor a posibles robos. Era la primera vez que dormían en un albergue y dada su aprensión, no creo que le sigan muchas más.

 A la mañana siguiente salí a patear Sofía. Entre que apenas me había documentado sobre el país antes de viajar y que los letreros de los edificios estaban en cirílico, no me estaba enterando de mucho. Menos mal que contaba con uno de mis mejores aliados: el "Free Tour", que además en este caso contaba con versión en español. Las explicaciones de Georgi, en un excelente castellano me sirvieron para conocer la historia del país, de la ciudad y para identificar los edificios que poco me habían dicho en mi inspección previa. Para hacer más interactiva la actividad, el guía hacía preguntas y premiaba a los acertantes con caramelos. Pero no unos cualquiera. Se trataba de caramelos comunistas, de una marca popular en aquella época. Evidentemente hice todo lo posible por ganarme uno. Acerté con el pueblo que precedió a los romanos en Bulgaria(los tracios) y me hice con el ansiado premio. Una mujer y su hijo me mostraron su reconocimiento por haber acertado una cuestión tan poco evidente y se me pasó por la cabeza darle el caramelo al niño. Pero él no lo habría podido disfrutar a tantos niveles como yo, así que disolví el comunismo con sabor a menta en mi boca. Eso sí, les prometí que si conseguía otro, sería para él. Quisieron la suerte y mi sabiduría que acertase otra pregunta posterior. Esta vez el trofeo fue a parar a manos del niño, ante su mirada de alegría y la de agradecimiento de sus padres.

                        A la caza del ansiado caramelo

 Dos cosas me llamaron la atención del paseo guiado: nos paramos en una plaza desde la que se podían divisar una iglesia ortodoxa, una mezquita, una sinagoga y una catedral, lo cual da una idea de los avatares históricos sufridos y la diversidad religiosa que impera en el país. Otro hecho destacable fue descubrir unas fuentes de las que manaban aguas termales, en pleno centro de la ciudad. Había mucha gente que acudía con garrafas para hacer acopio del líquido (y cálido) elemento. 

 En el transcurso del tour hice buenas migas con un grupo formado por una cubana, un venezolano y una chilena. Así, cual chiste de Eugenio, un español (servidor) se unió a ellos una vez acabado el paseo guiado. La idea era asistir a otro tour, pero en este caso gastronómico. Como quiera que la única que había reservado plaza era la cubana y se había cubierto el cupo, los demás tuvimos que improvisar. Fuimos a un restaurante que nos había recomendado el guía para probar la "auténtica" cocina búlgara, en lo que era el típico local para turistas. Ello no quita para que la comida fuera muy buena y el precio, razonable. Y si buena fue la comida, mucho más lo fue la compañía. Tanto que cambié mis planes de hacer el tour comunista esa tarde por seguir explorando la ciudad con Miranda y Germán.

 Ni para entrar en la cámara acorazada de un banco toman tantas precauciones como hicieron con nosotros para acceder a la sinagoga. Tuvimos que llamar dos veces a una puerta exterior hasta que nos abrieron, presentar el pasaporte, pasar a una sala donde tuvimos que pasar un arco de seguridad y aún se nos advirtió de que no podíamos fotografiar a un grupo de niños que pululaban por las afueras del recinto. Y eso que venía de Sefarad...  Por lo menos el edificio tenía cierta prestancia y se puede decir que la visita valió las molestias sufridas para acceder y las 5 levas (2,5 €) que nos cobraron.

                                       Interior de la sinagoga

 Que el mundo es un lugar muy pequeño es algo que ya tenía claro. Se confirmó esta vez cuando descubrí que mi compañera chilena estaba alojada en el mismo albergue que yo, aunque no habíamos coincidido el día anterior. Nos retiramos al hostel a descansar un poco, ante lo que prometía ser una loca noche de fiesta.

 Esa noche nos volvimos a encontrar con los camaradas venezolano y cubana para volver a ser un cuarteto, en un bareto bastante competente, aunque con una selección musical cuando menos discutible. Con la facilidad que tienen los viajeros para juntarse, nos unimos a otro grupillo de turistas en el que destacaba un curioso personaje. Se trataba de un joven individuo checo con vestimenta y peinados pasados de moda, que lo daba todo en la pista, bailando con coreografías estrafalarias. Sin mayor argumento que observar el espectáculo que nos ofrecía el chico checo, y ante el madrugón que nos esperaba al día siguiente para hacer una excursión, volvimos pronto a dormir (con el permiso de alguna motosierra presente en mi cuarto) al albergue. Había sido una jornada intensa y muy bien aprovechada. Todo apuntaba a que la siguiente no le iba a ir a la zaga.

jueves, 28 de julio de 2022

PERIPLO BÚLGARO

 Hace 5 años, realicé un viaje que me llevó a Grecia, pasando por Nápoles y Albania. Mientras circulaba en coche con dos amigos locales, junto a la ciudad de Kavala, divisamos unas montañas. Me dijeron que al otro lado estaba la misteriosa Bulgaria. No me faltaron ganas de haber continuado mi recorrido por allí, pero me desvié hacia Atenas y acabé en los Países Bajos.

 Un tiempo después, y tras más de dos años sin hacer un viaje en condiciones, el cuerpo me pedía movimiento con urgencia. Las primeras opciones eran Colombia y Tailandia, pero el astronómico precio de los vuelos, me echó para atrás. Parecía que el destino elegido iba a acabar siendo la vieja Europa, y fue entonces cuando vi la posibilidad de retomar la ruta que en su momento descarté. Iba a visitar Bulgaria. 

 Aprovechando el tirón, busqué la posibilidad de incluir en el itinerario otro país cercano. Un vuelo de vuelta a precio competente desde Belgrado pintaba muy bien. Lo que no pintaba tan bien era el hecho de que, por estar Serbia fuera de la UE, se exigiera a los pasajeros del vuelo hacia España que presentaran una PCR negativa al llegar o que tuviesen la pauta completa de 3 vacunas. No voy a entrar en debates sobre el tema que tanta polémica ha levantado. Simplemente diré que no estaba dispuesto a ponerme otra dosis de la vacuna solo para viajar, ni me apetecía tener que buscarme la vida por Belgrado para que me hiciesen una prueba médica. Así que iba a ser un viaje 100 % búlgaro. Eso sí, no pude evitar preguntarme qué hubiera pasado si no hubiera cumplido ninguno de los requisitos y me hubiera presentado en la policía de fronteras del Aeropuerto de El Prat. ¿Me hubieran prohibido la entrada a mi propio país? ¿Y dónde me tenía que quedar? ¿En tierra de nadie? De locos.

 Decidido el país a visitar, tocaba establecer un plan de ruta. Ciertamente no conocía gran cosa de Bulgaria, y sólo tenía claro que iba a pasar por la capital Sofía y quería visitar Varna, además de alguna otra ciudad costera. Así que en un par de días, que era el tiempo que tenía hasta tomar el vuelo, iba a tomar un curso acelerado de "Bulgaridad" para decidir qué ruta seguir. Además de informarme sobre los posibles destinos turísticos, intenté estudiar un poco el alfabeto cirílico para familiarizarme con los letreros que me iba a encontrar, dando ya por imposible aprender algo de búlgaro.

 Una sorpresa inesperada apareció cuando fui a comprar los billetes de avión. Las compañías de bajo coste han reducido las dimensiones de la maleta de cabina a poco más de una mochila. Mi entrañable maleta pequeña, que tantos kilómetros me ha acompañado, iba a tener que quedarse al margen so pena de pagar un sobrecoste considerable en cada trayecto. No tenía mucho tiempo, y sobre todo no me apetecía nada recorrerme las tiendas de Huesca con un metro en la mano esperando encontrar el bolso de viaje reglamentario. Así que consulté en una tienda on-line y me aseguré de dos cosas: de que la maleta tuviera las dimensiones reglamentariamente niunclavelistas, y de que el envío llegara a tiempo. Por suerte, el martes por la tarde recibí una mochila de dudoso gusto estético (dadas las circunstancias eso me importaba más bien poco) en la que así a primera vista calculaba que me entrarían tres calzoncillos, un par de camisetas, y con suerte, un jersey. Pero la condenada valija parecía que tuviera un doble fondo, ya que iba engullendo prenda tras prenda hasta completar un ajuar competente para, por lo menos, sobrevivir con un poco de decencia durante unos días.

                                La pobre no sabía el tute que le esperaba

 El martes a última hora tenía la maleta hecha, comprados los billetes de avión y reservado el alojamiento para las 3 primeras noches. Como estaba saturado, decidí que el resto del itinerario lo iría reservando sobre la marcha, lo cual no es mala idea, si se hace bien, porque permite adaptarlo a las circunstancias.

 El horario de los vuelos me permitió hacer el trayecto en el mismo día desde Huesca, aunque para ello tuviera que tomar un autobús a las 6 de la mañana, que me dejó en Barcelona. De allí salió mi primer vuelo a Nápoles.  No me faltaron ganas de quedarme en la capital de la Campania, que tan grato recuerdo me había dejado en un viaje anterior. Pero Bulgaria también prometía mucho. Así que tras una espera de unas dos horas en el caótico y bullicioso aeropuerto napolitano, tomé mi segundo vuelo hacia Sofía, a donde arribé ya avanzada la tarde. En el metro que me iba a llevar hacia el centro pagué mi primera novatada. No sabía muy bien cómo usar el billete. Lo pasé por un lector y se abrió súbitamente una compuerta. Cuando quise darme cuenta, ésta se cerró. Pasé de nuevo el billete por el lector, pero me aparecía el mensaje: "billete ya utilizado". Pensé en saltar el torno, pero no quería empezar a tener problemas tan pronto en un país desconocido, así que compré otro billete pagando religiosamente las 1,60 levas (80 céntimos, que no me iban a sacar de rico) y accedí al andén. Media hora después, me apeé en la estación de Serdika y subí las escaleras para poner pie en las calles de Sofía, a la que volvería 11 días después tras un intenso y bien aprovechado periplo.



jueves, 26 de mayo de 2022

XLIV MEDIA MARATÓN DE SABIÑÁNIGO: LA MADUREZ DEL CORREDOR DE FONDO

  Como todos los acontecimientos multitudinarios, las carreras populares han sido unos de los tantos eventos damnificados por las limitaciones que ha supuesto la pandemia. Durante estos dos años he seguido corriendo a mi aire, pero empezaba a echar de menos la liturgia que rodea a estas pruebas.

 Por tanto, cuando vi que una de las carreras en las que más veces he participado volvía por sus fueros, no dudé en apuntarme. Ayudó sin duda a ello que su precio siga inmune a la inflación y al aumento del coste de la vida, manteniéndose en unos humildes 5 €.  Otra de las cosas que se mantienen y se agradecen tanto o más, es la posibilidad de recoger el dorsal apurando casi hasta la hora de la salida. En ella nos presentamos mi hermano, yo...y cuatro gatos. Si hace 20 años se llegaba holgadamente a las 300 personas, en esta ocasión sólo había 36 atletas para correr la Media Maratón. Por suerte, la prueba coincidía con otra de 10 kilómetros, que aportaba una cuarentena más de atletas. La tendencia ya era descendente estos últimos años, y parece ser que el Covid ha puesto la puntilla.

 De lo que no le puedo echar la culpa al maldito virus chino es de mi estado de forma. Llevo ya bastante tiempo corriendo una vez por semana. Con ese entrenamiento tan limitado, es inevitable que con el tiempo las prestaciones vayan menguando. Conscientes de eso, mi hermano y yo acudimos a la prueba sin mayor pretensión que correr a nuestra marcha y acabar de forma decorosa.

                                         Listos para el combate

 Es complicado mantener la sangre fría en la salida. Las fuerzas están intactas y es fácil dejarse llevar por el ímpetu de la mayoría. Cuando hago trotes muy largos, mi ritmo tiende a acercarse a los 6 minutos por kilómetro. Por ello, cuando comprobé que habíamos completado el primer kilómetro en menos de 5, le dije a mi hermano que había que echar el freno, aunque en ese momento íbamos tan frescos. Bajamos poco a poco el ritmo y seguimos recorriendo las anodinas calles del polígono industrial. Si algo caracteriza a la prueba serrablesa es lo poco atractivo de su circuito, en el que más allá del paso por la avenida principal de Sabiñánigo, alterna polígono industrial con ida y vuelta por carretera nacional.

 Completamos el primero de los dos giros al circuito sin mucha novedad, pero los kilómetros iban pesando y la temperatura iba subiendo. Hacía un día soleado, con unas temperaturas que invitaban más a ir al río o a la playa que a correr. Esta segunda vuelta no iba a contar con los corredores que competían en la 10 km, por lo que hubo muchas partes del recorrido en las que nos encontrábamos en absoluta soledad. Correr en estas condiciones se hace bastante cuesta arriba, especialmente si no se está en muy buena forma. Afortunadamente, el público que nos encontrábamos por las calles nos animaba bastante, por lo que el trago no fue tan amargo.

 Los últimos kilómetros íbamos bastante justitos, pero nuestra experiencia basada en muchos años de trote hizo que los pudiéramos completar con solvencia. Incluso nos permitimos el lujo de pegar un arreón en el último medio kilómetro, que además era cuesta arriba. En este tramo nos encontramos con una de las pocas atletas presentes, surgiendo lo que en inglés se conoce como una "no-win situation", es decir, una situación en la que hagas lo que hagas, tendrás un perjuicio. Sobrepasar a la atleta podría ser considerado como un ejemplo del machismo competitivo que no acepta ser superado por una mujer. Por contra, aminorar la marcha para no hacerlo, sería sin duda una muestra de condescendencia que únicamente busque humillar al sexo contrario. Como en cualquier caso íbamos a quedar mal ante quienes solo miran con malos ojos, seguimos nuestro ritmo que fue suficiente para adelantar a la atleta y llegar a la meta con un discretísimo tiempo de 1h 54 minutos. Esta marca supone mi segundo peor tiempo en una media maratón, solamente superado en un minuto por una que corrí en Barbastro, en la que sufrí una pájara de enjundia debida a mi bisoñez.

 En lugar de desmoralizarnos, acabamos contentos la prueba. Lejos han quedado los días en los que aspirábamos, y muchas veces conseguíamos, mejorar nuestras plusmarcas o nos decepcionábamos si el tiempo no era el esperado. Los años no pasan en balde, y mi poderosa zancada, antaño más explosiva, se lo toma ahora con más calma. Claro que podría entrenar más para mejorar mis prestaciones. Pero, ¿para qué? Correr es para mí un placer y no una obligación. Y se disfruta igual o más corriendo a trote cochinero que a ritmos africanos.

 En definitiva, pese a no haber obtenido un resultado notable, la experiencia de haber vuelto a correr la Media Maratón de Sabiñánigo fue muy positiva. Si hay algo que no me gusta de mi condición de opositor es la competitividad a la que obliga, ya que para conseguir tu objetivo tienes que superar a tus competidores. Nada más lejos de la filosofía con la que me tomé esta prueba, en la que el resto de participantes no eran rivales sino compañeros y en el que la victoria consistía en simplemente correr.

 Es esta para mí una prueba entrañable, lejos de los excesos y fuegos de artificio de otras con más pretensiones. El mero hecho de que se celebre, a pesar del bajo número de inscritos, ya es una signo de respeto a los participantes. Quizá no tenga el entorno más bello, ni el recorrido más cómodo, ni la participación o el renombre de otras pruebas. Pero mientras el cuerpo aguante, será un placer para mí seguir corriendo por las calles, carreteras y polígonos de Sabiñánigo.




viernes, 20 de mayo de 2022

COMO DECÍAMOS AYER...

 Dice la leyenda que el poeta Fray Luis de León pronunció la frase que da título a esta entrada al retomar su trayectoria docente en la universidad, tras haber pasado varios años en la cárcel. No ha sido este mi caso, aunque en ocasiones las cuatro paredes de mi cuarto hayan hecho las veces de celda, en la que he pasado largas jornadas estudiando.

 En mi última entrada acababa de ser nombrado funcionario interino, no habiendo dado señales de vida desde entonces. Entre la ausencia de viajes, mi poco tiempo libre y mi monótona vida de estudiante, he perdido la sana costumbre de relatar mis aventuras y desventuras. Pero como decía Paul Newman en "El color del dinero":"¡he vuelto!"

 Si antes de que me hubieran llamado para trabajar era un auténtico ni-ni, pasé al otro extremo al empezar a cursar un máster por las tardes mientras trabajaba por las mañanas. La interinidad me duró 6 meses sin posibilidad de prórroga, con lo que me vi de patitas en la calle, volviendo a ser ni-ni cuando un par de semanas después terminé mi máster. Pero mi "ninismo" duró poco, ya que empecé a estudiar por mi cuenta las leyes de futuras oposiciones, y a los pocos días me ofrecieron otra interinidad como ordenanza en un archivo de la Diputación Provincial de Huesca. Aunque se me hace raro llamar interinidad a un contrato de 3 años, que es una duración mucho mayor que la mayoría de mis anteriores contratos indefinidos.

 Mi nueva andadura en la administración pública confirmó mis sospechas: se vive mucho mejor que trabajando para el sector privado. Por ello, a pesar de tener tres años por delante, no perdí tiempo y dediqué mis tardes a estudiar para futuras convocatorias. Éstas se fueron sucediendo y me fui presentando a numerosas de ellas, aunque puse el foco en la de Auxiliar Administrativo del Estado. Todavía sentía la espina clavada de haberme quedado a las puertas en la última ocasión que me presenté. Además de ello, ayudaba el tener ya estudiado el temario y darme cuenta de que el tipo de examen se adaptaba mejor a mis características e idiosincrasia que los de los otros cuerpos.

 Siguieron los meses de una vida rutinaria y espartana que me fueron desgastando paulatinamente. En la vida del opositor hay poco tiempo libre, y cuando se tiene, está enfocado a recuperar energías para seguir estudiando. Como dato, baste decir que, lejos de realizar mis habituales viajes, empleé mis días de vacaciones en estudiar. El examen del Estado se aplazó dos meses respecto a la fecha prevista, que prolongaron un poco la agonía, pero me sirvieron para llegar más rodado al día D. 

 La prueba tenía lugar en Zaragoza, un sábado a las 9 de la mañana, por lo que consideré prudente pernoctar en la capital. Nada más salir de la estación de tren, me encontré con unos enormes pebeteros que daban calor a los clientes de la terraza de un bar. A mi cabeza vinieron las palabras del Gran Capitán que, en la batalla de Ceriñola, exclamó tras la explosión de unos carros de pólvora españoles: "¡Estas son las luminarias de la victoria!" Gran presagio antes de un gran evento como el que me aguardaba.

 Habiendo dormido en casa de un amigo y teniendo en cuenta que mi hermano también se presentó al examen, contaba con un gran apoyo moral. Si a eso le sumamos que el aula de examen era la misma que me sirvió para pasar el primer corte la anterior convocatoria, se puede decir que jugaba en casa.

 El temido examen práctico de ofimática que hice en su día en Madrid y que supuso mi tumba,  se había suprimido esta vez, añadiendo más preguntas teóricas de informática al test. Me lo iba a jugar todo a una carta. Parecía que todo se ponía de cara, pero había que tener en cuenta que el número de plazas que otorgaba la convocatoria era menos de la mitad que en la anterior, por lo que la nota de corte iba a subir e iba a necesitar una puntuación más alta.

 Me noté muy suelto cuando empecé a hacer el examen. Los cientos de horas machacando el temario estaban dando su fruto, y contesté con solvencia la parte de legislación. Mantuve el ritmo en las preguntas psicotécnicas más sencillas, dejándome para el final del examen las que exigían cálculos más complejos. La parte de informática contaba con 50 preguntas que iban de lo más elemental a lo más rebuscado, siendo en general, más exigente que la de otros años. La dificultad de esta parte del examen es doble: no se ciñe a un temario establecido y obliga a estudiarse una gran cantidad de menús y atajos que a nadie en su sano juicio se le ocurriría aprenderse de memoria. Conseguí salvar decorosamente este trance y volví a la parte psicotécnica que me había dejado. El cansancio acumulado por tantos días sin asueto me empezó a pasar factura, y me costó más de la cuenta hacer los cálculos que, en otras circunstancias no hubieran supuesto mucho desafío. Apenas tuve tiempo de repasar el examen cuando los 90 minutos llegaron a su fin. La idea general es que había mejorado mi rendimiento respecto a la anterior convocatoria, a pesar de haber cometido algún pequeño y craso error, como pasar mal una pregunta del examen a la plantilla. Pero no iba a comerme la cabeza por eso. Tocaba esperar unos cuantos meses hasta conocer el resultado y la vida seguía.

                                           Misión cumplida

 Aprovechando mi estado de forma, me presenté a otras pruebas entre las que destaca un meritorio aprobado en un examen de peritos agrícolas. Los distintos cuerpos iban sacando convocatorias a las que me negaba a renunciar, aunque cada día me costaba más seguir exprimiendo mis agotadas neuronas.

 Cuando ya casi me había olvidado, y a los tres meses de haber hecho el examen del Estado, me llegó un mensaje de un ex-compañero de fatigas. La nota ya estaba colgada. Con la frialdad que me caracteriza, dentro y fuera de las canchas, consulté primero si había habido alguna pregunta anulada. Así fue, y ello me hizo ganar unos valiosos 1,33 puntos gracias a haber contestado bien la primera pregunta de reserva. Comprobé luego la nota de corte y la cosa se empezó a poner bien. Según la corrección que había hecho con mi plantilla, la había superado. Pero como decía el grupo "The Spotnicks", nunca confíes en un robot, que en este caso era la máquina que había corregido el test. Así que entré, por fin, en la lista de aprobados. Mientras se cargaba la página, vino a mi mente la amarga experiencia de hace un par de años, en la que la desolación se apoderó de mí cuando mi nombre no apareció en el maldito listado, por más que lo busqué. La tragedia de entonces se tornó en euforia cuando, esta vez sí, en tan selecto grupo aparecía quien les escribe. Había superado el examen y había obtenido plaza de funcionario de carrera. Casi nada.

 Los primeros días me miraba la lista varias veces para ver si seguía allí, pero ahora me lo empiezo a creer. Aún tardaré unos meses en conocer mi destino, que me llevará a quién sabe qué rincón de España. Empezará una nueva vida que, sin duda, ofrecerá momentos dignos de ser contados en este, su blog.

 Y hasta que ello llegue seguiré, dentro de mi habitual templanza, celebrando el éxito conseguido. Un logro que se empezó a fraguar cuando conseguí levantarme tras mi anterior batacazo y, parafraseando a Rudyar Kipling, "confié en mí cuando otros dudaban".

domingo, 10 de enero de 2021

EL ESTADO SOY YO

 Se dice que el rey francés Luis XIV pronunció la frase que titula esta entrada, en un reflejo tanto de su carácter de monarca absolutista como de su soberbia.

 Hace unos cuantos meses, publiqué un relato con un final dramático a cuenta de mi intento por superar una convocatoria de oposición al Cuerpo Auxiliar Administrativo del Estado. Estuve muy cerca de pasar el corte, pero me quedé a 16 centésimas.

 En un contexto tan complicado como el actual, no es fácil encontrar un trabajo, y mucho menos uno que merezca la pena. Así que decidí aprender de lo que nos enseña la madre naturaleza. Inspirándome en lo que hacen algunas bacterias, tomé forma de espora y me quedé en estado de latencia, dándole una vuelta de tuerca más a mi reputada condición de niunclavelista. A ello ayudó que las tentaciones en forma de ocio o viajes estuvieran bastante restringidas. No obstante, aproveché este parón en mi trayectoria vital para ampliar mi formación.

 El haber sacado una nota muy cercana a la de corte era un arma de doble filo. Por una parte, es más cruel cuando se sufre una derrota por tan escaso margen. Pero por otro lado, eso significaba que iba a quedarme bastante arriba en la lista de interinos.

 Hace poco más de un mes me llamaron de la Subdelegación de Gobierno para ofrecerme un puesto como Auxiliar de Oficina en la Inspección Provincial de Trabajo. Me faltó tiempo para aceptar la propuesta que, de golpe y porrazo hizo que pasase de ser un paria sin oficio ni beneficio a un envidiado funcionario. 

 Aún tuve que pasar una semana más de plácida espera hasta que me llamaron para incorporarme a mi puesto y cumplir el sueño de todo españolito medio: trabajar para la Administración.

 Luis XIV de Francia. Creo que no nos parecemos mucho

 Sin negar que el ritmo y el ambiente de trabajo son más llevaderos que en la empresa privada, no se puede decir que estemos de brazos cruzados. El aluvión de ERTES e incidencias laborales que se han sucedido últimamente, han dado bastante trabajo al organismo del que formo parte, así que faena no nos falta.

 Si hay algo que me gusta del trabajo en la Administración, además de lo comentado anteriomente, es la objetividad. Si yo ocupo este puesto es porque obtuve unas centésimas más que otra persona en la prueba selectiva. El tiempo máximo que puedo ocupar el puesto de interino está tasado, así como mi salario. No hay necesidad de negociar, vender humo o hacer la pelota a nadie, como desgraciadamente sucede en el sector privado.

 Como funcionario interino que no tiene plaza en propiedad, tengo que tener presente que, a medio plazo, tendré que dejar este puesto (hay gente que no piensa igual, pero ese es otro tema). Por ello no descuido mi formación y voy echándole un ojo a las leyes para futuras convocatorias.

 Mientras tanto, así como hacía el "Rey Sol", puedo afirmar que "el Estado soy yo". Pero a diferencia del monarca galo, lo soy para servir a los ciudadanos que forman parte de él, no para servirme de ellos.