sábado, 29 de abril de 2023

TAYRONA Y SANTA MARTA: ENTORNOS PRIVILEGIADOS Y CANTANTES DESAFINADOS

  Intuyendo que mi primer destino no me iba a dar mucho juego, había reservado una excursión al Parque Nacional Tayrona, cercano a Santa Marta. Lo más destacable de este entorno natural es que aúna los entornos de vegetación tropical de montaña con las míticas playas caribeñas. Existía la posibilidad de llegar al lugar en transporte público, pero viendo que la agencia no cobraba un precio disparatado, y no controlando todavía los transportes locales, contraté el servicio. 

 Aunque el precio en pesos no era muy elevado, si tuve que pagar otro peaje en forma de madrugón. Estaba citado a las 6.20 de la mañana para que me pasaran a recoger. Debido a su latitud, en Colombia las horas del amanecer y el ocaso se mantienen constantes durante todo el año, y ambos fenómenos acontecen alrededor de las 6. Así que, por lo menos y para mi consuelo, ya era de día cuando salí del albergue.

 La furgoneta callejeó un rato por Santa Marta recogiendo a los miembros de la expedición hasta que salimos de la ciudad. Varias cosas me llamaron la atención en los primeros momentos: la gran actividad que presentaban las calles a pesar de lo temprano de la hora, que ya hubiera gente bañándose en la playa y la sensación de inseguridad que tenía al ver el comportamiento caótico y frenético del tráfico. Las motos se nos colaban por todos los lados y los peatones cruzaban la calzada apurando al máximo, ante la imperturbabilidad de nuestro chófer. 

 Tras algo más de media hora de trayecto llegamos a una de las entradas del parque (cuenta con tres) donde tuvimos que esperar un rato para que se nos permitiera el acceso. Se me había olvidado en el albergue mi gorra, así que, haciendo de la necesidad virtud, adquirí un sombrero panamá bastante más elegante y adaptado al medio. 

Elegancia tropical

 Una vez que accedimos al parque, contábamos con un par de guías que nos indicaban el camino a seguir. En realidad no hacían mucha falta, ya que apenas había bifurcaciones y la ruta estaba señalizada. Enseguida nos vimos rodeados de una tupida vegetación tropical. La sensación de estar perdidos en una selva remota se desvanecía cuando aparecían comerciantes de casi cualquier cosa apostados junto al camino. En Colombia no hay lugar, por recóndito que sea, en el que uno se pueda librar de vendedores incansables.

La selva encierra grandes peligros

 El paseo fue amenizado por una pareja venezolana con la que hice buenas migas. Evidentemente, aproveché la ocasión para interpelarles con todo tipo de cuestiones acerca de la situación en su país. No era tan apocalíptica como me imaginaba, aunque un dato me hizo reflexionar. Vivían cerca de la frontera con Colombia, y en su ciudad utilizaban el peso colombiano como moneda corriente. Que una divisa tan devaluada como la colombiana sirviera de valor refugio en parte de Venezuela, habla a las claras de la complicada situación económica en el país bolivariano.

 De vez en cuando nos encontrábamos con playas muy sugerentes, pero no aptas para el baño, debido a las fuertes corrientes. No fue así con la última, que coincidía con el final de nuestro camino. Se trataba de la clásica playa caribeña con cocoteros que se supone creada para mandar fotos y dar envidia. No la tengan ustedes, queridos lectores. El agua estaba fría y en cuanto algún bañista se alejaba un poco de la orilla nadando, un socorrista le apercibía airadamente a golpes de ruidoso silbato.  Eso sí, el entorno era privilegiado, como pueden comprobar en la instantánea que acompaña al relato. 

La caminata mereció la pena

 La vuelta la hicimos por el mismo camino, por lo que la poca sensación de aventura que tuvimos en la ida, se esfumó por completo. Ya de vuelta a Santa Marta, me ocupé de un asunto no menor. Se trataba de conseguir una tarjeta SIM que evitara los altos costes que incurría el uso de mi teléfono móvil en itinerancia. La tarjeta en sí no fue difícil de encontrar. Me costó más encontrar un lugar donde conseguir una tarifa de datos. Pero la búsqueda mereció la pena, ya que por un coste muy pequeño obtuve llamadas y datos de sobra para moverme durante 15 días por el país.

 Un día tan movido requería unos momentos de relax. Esa era mi intención cuando me junté de nuevo con la pareja venezolana para tomar algo en una terraza. A pesar de que el lugar tenía cierta enjundia, los precios eran razonables, por lo que además de pedirme un trago, seguí con mis probatinas culinarias. No pude degustar el plato con la tranquilidad que precisaba, ya que pronto fuimos objeto de artistas callejeros en busca de propina. El primero se instaló casi delante de nosotros y con toda solemnidad, empezó a cantar arias de ópera. Cuando se cansó, presto ocuparon su plaza unos jóvenes rapeadores que nos rodearon y compusieron un rap en nuestro honor. Para ello se sirvieron de su intuición y de la información que nos sonsacaron. Viendo la jugada de lejos, yo me hice el sueco y seguí comiendo sin prestarles atención. Ser importunados por una serenata mientras cenamos por algo tan poco armónico como el rap no merece ser recompensado, más al contrario, censurado. No pensaron así mis compañeros, quienes aflojaron algunos pesos, quiero pensar que más por cortesía que por valorar el lado artístico. Aún tendría que soportar otra ruidosa sesión de rumba colombiana desde la cama de mi albergue antes de poder descansar en condiciones. Como se puede comprobar, Santa Marta no es el lugar más indicado para un retiro de silencio e introspección.

 La mañana siguiente decidí hacer el clásico "free tour" esperando que me desvelara encantos de Santa Marta que se me hubieran pasado inadvertidos. La caminata de más de dos horas bajo el fuerte sol tropical vino a darme la razón en mi apreciación sobre la ciudad. Se nos contó que, a pesar de haber sido la primera ciudad que los españoles fundaron en la actual Colombia, no contaba con un patrimonio artístico y monumental destacado. La razón para ello se encuentra en la gran cantidad de ataques piratas que sufrió. Esa infeliz circunstancia hizo que no se invirtiera mucho en la ciudad, prefiriéndolo hacer en lugares del interior u otros más protegidos como Cartagena de Indias. También se nos explicó que Santa Marta fue el lugar donde falleció Simón Bolívar, el prócer más destacado de la América Hispana.

 Un día tan caluroso invitaba a darse un bañito en la playa. Pero teniendo en cuenta que la más cercana al centro no es muy lucida y que se encuentra junto al puerto, decidí que mi último recuerdo playero fuera el del día anterior en  Tayrona. Era hora de abandonar Santa Marta. Una ciudad con mucha historia, la cual, desgraciadamente, apenas se refleja en sus calles. No era el caso de otros destinos que esperaban mi visita y de los que daré cuenta en posteriores entradas.

He visto playas más apetecibles

viernes, 21 de abril de 2023

ATERRIZAJE EN COLOMBIA: PRIMEROS CONTACTOS CON LA FAUNA LOCAL

 Después de las más de 10 horas que había durado el vuelo de Madrid a Bogotá, la hora y media del que me dejó en Santa Marta, se me pasó volando (juas,juas). 
 Ya era de noche cuando arribé a la ciudad costera. En esas circunstancias, y teniendo en cuenta que el taxi al centro no era muy caro (unos 6 o 7 euros), la opción lógica hubiera sido hacer uso de uno de ellos. Pero mis viajes no suelen estar determinados por la lógica. Fueron el niunclavelismo y mi afán de aventura los que me llevaron a tomar el autobús, que me sirvió para tener mi primera toma de contacto con la población local, que era la que dominaba en el vehículo. Tenía que estar atento para bajarme, ya que la ruta del autobús no acababa en el centro sino que seguía hasta las afueras. La esperada amabilidad colombiana se puso de manifiesto cuando mi compañera de asiento me indicó el lugar exacto para descender, junto con una sugerencia que no me tranquilizó mucho. Me dijo por qué calle debería meterme para evitar problemas. A fe que le hice caso para recorrer con cautela mis primeros pasos por la ciudad, atravesando una zona repleta de bares y restaurantes. Las calles del centro contaban con la animación propia de un viernes por la noche, incrementada por el ambiente tropical. Sin ningún incidente reseñable conseguí llegar a mi albergue. La estructura de calles en cuadrícula no es la más bonita, pero es bastante práctica para orientarse. 
 El establecimiento escogido no estaba exento de encanto, dentro de su humildad. Se hallaba situado en un edificio de aire colonial y presentaba un buen aspecto. Además, mi cuarto estaba bastante despoblado, por lo que presentía una noche tranquila.  
 El cansancio del viaje al que se sumaba la diferencia horaria, se empezaba a acusar. Pero estaba inquieto por empezar a degustar los encantos culinarios del lugar, así que hice una inspección que concluyó en un humilde restaurante. Estando a unos pasos de la playa, no pude evitar decantarme por el pescado. Así que me pedí un plato de mojarra (pez local muy sabroso) acompañado de arroz, ensalada y patacones (plátano frito). Delicioso y a precio muy competitivo. 
Aún dicen que el pescado es caro...

 El buen sabor que me había dejado el pescado, se tornó en amargo cuando descubrí a otro animal, en este caso vivo y del género blatodeo correteando por el lavabo del albergue. Creo que la repulsión fue mutua, ya que la cucaracha enseguida encontró un agujero por donde meterse y librarse de mi incómoda presencia. No fue este el preludio deseado para un descanso reparador, pero pronto me encontraría con otro impedimento mayor para desplomarme en brazos de Morfeo. Los altavoces de un bar cercano al albergue derrochaban vatios como si no hubiera un mañana, lo que hizo imposible mi descanso hasta que se calmaron. Al día siguiente me esperaba un destino menos ruidoso y más bucólico que la bulliciosa Santa Marta.

viernes, 14 de abril de 2023

RUMBO A COLOMBIA

   Como parece haber quedado claro viendo la temática de la mayoría de las entradas de mi blog, no hace falta pincharme mucho para tomar mi petate y moverme "mundo alante". En este caso, un retiro yóguico de tres días que tenía lugar en una reserva natural colombiana, fue el resorte que me impulsó para organizar un viaje al entrañable país sudamericano. Evidentemente, ya que cruzaba el charco, reservé más días para conocer Colombia, hasta hacer un total de 16.

 Una vez encontrado un vuelo asequible de ida y vuelta a Bogotá, faltaba construir el esqueleto del viaje, lo cual no me resultó nada sencillo. Es difícil elegir entre la gran cantidad de lugares interesantes y con encanto con los que cuenta una tierra tan bendecida por la madre naturaleza. Teniendo en cuenta que podía visitar Bogotá a la vuelta, decidí astuciosamente reservar un vuelo que me condujera al norte del país sin salir del aeropuerto de la capital, para posteriormente ir bajando al sur. Este planteamiento acotaba la ruta a seguir, pero aún seguía habiendo muchas variables a considerar. Dada mi tendencia a darle más vueltas a la cabeza de las necesarias, decidí que sería buena idea informarme bien para ir decantando mi ruta. Para ello me hice con una exhaustiva guía de viajes, que fue mi libro de cabecera durante varios días y consulté con todos mis amigos que tuvieran relación con el país. Esto resultó de gran ayuda. No lo fue tanto comentar mi futuro viaje con otras personas que, con menos conocimientos y más prejuicios, me metieron el miedo en el cuerpo avisándome de los incalculables peligros que me esperaban en el país andino en relación con mi seguridad personal. Afortunadamente, las personas que sí habían estado en Colombia me tranquilizaron, explicándome que, tomando las lógicas precauciones, mi visita iba a ser razonablemente segura y que esos miedos eran infundados. Y sobre todo, el mejor consejo que me dieron fue el de no llevar todo el viaje organizado, (lo cual me estaba dando muchos quebraderos de cabeza), sino ir resolviendo sobre la marcha el tema de desplazamientos y alojamiento. Así que me limité a reservar mis primeros movimientos y dejar que el propio viaje me fuera conduciendo.

 Tras haber padecido en anteriores vuelos el minimalismo aplicado a los bultos permitidos en la cabina del avión, me las prometía muy felices cuando vi que podía llevar una maleta en el vuelo transoceánico. Pero cuando empecé a ver la necesidad de tomar vuelos internos y viendo que las compañías colombianas habían tomado buena nota de las europeas, me di cuenta de que tendría que apañarme con una humilde mochila, o pagar un sobrecoste bastante oneroso. Ni que decir tiene que escogí la primera opción, aunque lo hice demasiado tarde. Mi matrioska hecha mochila estaba en Huesca, y mi vuelo salía en 3 días. Así que no me quedó otra opción que comprarme otra similar, que aun así me salía más económico que pagar las penalizaciones. Además, sin pretenderlo, las codiciosas aerolíneas me hicieron un favor. Llevar una mochila a la espalda es infinítamente más cómodo que arrastrar una maleta, por pequeña que sea. Y desde el punto de vista filosófico-espiritual, que era el que me había motivado a realizar el viaje, me sirvió para sentirme más libre y desapegado de objetos materiales, que muchas veces portamos sin necesidad.

 Todavía debía sortear otro escollo antes de tomar el vuelo. Aunque parezca estar casi olvidado, aún no nos hemos librado del Covid y sus servidumbres. En este caso, para entrar en Colombia exigen una pauta de vacunación completa o una prueba, ya sea de antígenos o PCR negativa. No teniendo la primera, tuve que pasar por una clínica para conseguir el certificado de marras. No le veo ninguna lógica. Como si el virus no estuviera ya campando a sus anchas por todo el mundo. Y aparte de eso, ya ha quedado demostrado que estar vacunado no libra de contraer la enfermedad ni contagiar. Pues eso, otro trámite más para añadir a la burocracia que implica viajar. Y menos mal que di negativo, si no...

 Acostumbrado a realizar largos viajes en el pasado para acceder a aeropuertos con mayor enjundia que el oscense, el trayecto en cercanías desde Atocha a Barajas me pareció un paseo. Vivir en Madrid tiene sus inconvenientes, pero también sus ventajas.

Como en familia

 Más pesadas se me hicieron las más de 10 horas de vuelo, pero gracias a la magia de viajar al oeste, apenas pasaba el mediodía cuando puse pie en el aeropuerto El Dorado de Bogotá. Allí me esperaba un cálido recibimiento. No, todavía no se había corrido la voz de mi llegada entre la población local. Casualmente, un primo mío había estado de viaje de negocios por Colombia y volvía a España ese mismo día. Nuestros caminos se cruzaron en el aeropuerto. Aparte del impulso moral que me dio ese encuentro, me sirvió para recopilar los últimos capítulos de mi particular libro para sobrevivir en un viaje a Colombia. 

 Sin salir de la terminal, tomé un vuelo a Santa Marta, localidad del Caribe Colombiano donde iban a empezar mis aventuras (las más) y desventuras (las menos).

jueves, 22 de diciembre de 2022

EPÍLOGO BÚLGARO

 A unos 10 kilómetros al sur de Sofía, se encuentra el imponente monte Vitosha, un macizo montañoso que domina el horizonte y en el que se pueden hacer numerosas actividades recreativas, incluida el esquí. En las faldas de esos montes se encuentra Boyana, una iglesia medieval del siglo X que contiene unos frescos muy destacables, lo que le ha valido para ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La tarde anterior, la espigada inglesa que conocí en el tour comunista, me comentó que había ido andando a visitarla. Mi orgullo pateador se puso en guardia, pensando que no podía ser menos que la británica. Así que decidí emplear la mañana en peregrinar al sacro edificio. Hice un poco de trampa tomando el metro hasta la estación más cercana a Vitosha. Aun así aún quedaba bastante camino por recorrer. "Ayudado" por mi calculador de rutas del móvil, me interné por urbanizaciones, caminos rurales y hasta solares. En esos momentos me sentí como cuando Emilio Aragón tenía que seguir una línea blanca en una de sus más recordadas escenas del programa "Ni en vivo ni en directo". 
 Sin grandes incidentes, conseguí arribar al entorno de la iglesia, que contaba con una muralla de protección. La puerta que daba acceso al recinto estaba cerrada, pero vi gente merodeando por la zona, por lo que deduje que debería estar a punto de abrir. Me di un paseo por los alrededores y a la vuelta me encontré con un autobús de turistas prestos a empaparse de arte ortodoxo. Ahora sí que se confirmaba que habría visita. De hecho, enseguida se abrió la reja y se nos permitió el acceso. La visita a la iglesia se hacía en grupos pequeños, ya que el edificio era bastante pequeño. De hecho, me resultó un poco decepcionante el interior. Los frescos lucían mucho más en las fotos y en ellas la iglesia daba la impresión de ser más grande de lo que me encontré en la realidad. Quiso la casualidad (en este viaje hubo bastantes) que entre mi pequeño grupo hubiera dos integrantes del tour comunista de la noche anterior. Una de ellas era experta en historia del arte, lo que confirma que entre las personas que acudieron al evento, la más tonta hace relojes. Gracias a ella y sus explicaciones, conseguí entender la importancia y el valor que tenían los frescos de la iglesia, por lo que di por bien empleada la visita. A estas explicaciones artísticas se sumó atento un simpático indio que me dejó de piedra cuando me dijo que se llamaba Don Bosco. Para aquellos lectores a los que este nombre no les diga nada, les explicaré que se trata del fundador de la congregación salesiana, que fue la que en su día me instruyó e hizo posible que hoy en día escriba estas líneas.
¡Viva Don Bosco!
 Las dos chicas me propusieron acompañarlas para realizar una excursión por el monte Vitosha, pero lamentablemente no me daba tiempo y volví al centro. Esta vez me dejé de tutelajes electrónicos y tomé una avenida principal que, aunque no fuera el camino más corto, sí fue el más sencillo de seguir. 
 Ese día me llegó un mensaje de mi aerolínea de escaso coste avisándome que por no sé que historias del Covid, me debía presentar en el aeropuerto 3 horas antes del vuelo. Así que, tras mi último ágape búlgaro en un humilde puesto de kebabs, recogí mi mochila del albergue y acudí en metro al aeropuerto. Por supuesto eso de las 3 horas era una milonga, pero tampoco tenía mucho que hacer por Sofía, así que no lamenté demasiado la espera en el aeropuerto.
Últimas impresiones de Sofía
 Ya en Barcelona, no quise salir tan bruscamente del modo turista, así que, en lugar de bajarme en la parada más cercana a la estación del autobús que me iba a llevar a Huesca, lo hice en otra más lejana.  Esto, además de hacer la espera más entretenida, hizo que prolongara mi registro de pasos hasta alcanzar mi cifra récord de 47.438 y 37,45 kilómetros recorridos. Con estos números, no es de extrañar que el hambre hiciera acto de presencia. Pero con mi proverbial sangre fría, que no le va a la zaga a mi niunclavelismo, esperé a encontrar un lugar con precios búlgaros. Tras un viaje hay que aclimatarse paulatinamente al destino. Mis pesquisas dieron con una irresistible oferta de una patatas bravas y una lata de cerveza por 5 levas, quiero decir, 2,5 euros. ¡Así sí!
 Con el estómago lleno y el bolsillo no vaciado del todo, monté en el autobús a Huesca y di por finiquitado mi periplo búlgaro.  Una experiencia con altibajos, muy propia de mi estilo de viaje, en el que el talento natural y la improvisación hacen que la vivencia sea irregular, pero nunca aburrida y previsible. 
 Aparte de su pasado comunista, pocas ideas preconcebidas tenía sobre Bulgaria. Su dilatada historia y la cantidad de culturas que han convivido en su suelo, hacen que sea un país difícil de etiquetar. A medio camino entre la antigua Yugoslavia, Grecia, Rumanía y Turquía, mantiene elementos de todos ellos sin que me diera la impresión de tener rasgos auténticamente genuinos que lo caracterizaran.
 Con excepciones, la gente en general me pareció muy seria (y eso que yo no soy precisamente el rey de la juerga), y en algún caso extremo, hasta desagradable. Hasta mi visita, mi principal referencia sobre las mujeres búlgaras eran sus formidables atletas que deslumbraron por su capacidad atlética en los años 80. No lo hacían en ese caso por su atractivo físico. Este viaje me permitió cambiar esa visión tan parcial. No vi a grandes atletas, pero sí a muy hermosas mujeres. Aunque apenas tuve ocasión de interaccionar con ellas. 
 A pesar de que aún quedan vestigios de la época comunista en forma de edificios o avenidas monumentales, no me dio la impresión de que ese periodo marque la esencia del país. Hoy en día, Bulgaria es un país totalmente occidental, con la atmósfera que se respira en cualquier estado capitalista. Parece que el comunismo solo ha sido una etapa más dentro de las tantas que ha vivido este territorio balcánico.
 Como conclusión, solo queda decir que la visita a Bulgaria es más que recomendable, aunque teniendo en cuenta algunas premisas. Entre ellas la dificultad de comunicación en algunos momentos, el enfrentarse al abecedario cirílico o la no siempre cálida atención al turista. Pero si tenemos en cuenta la variedad de paisajes, los complejos avatares históricos que se reflejan en sus monumentos y ciudades, unos precios muy ajustados y la ausencia de masificación, nos encontramos con un lugar que no decepcionará al viajero inquieto. 

jueves, 8 de diciembre de 2022

VUELTA A SOFÍA

  Cuando fui a reservar mi billete de autobús para ir de Veliko Tarnovo a Sofía, me llamó la atención que una expedición partiera a las 9.30 y la otra a las 9.31. Por aquello de apurar un minuto más de sueño, reservé la segunda. En mi paseo hacia la estación tenía una cierta preocupación pensando que quizá iba a ser un poco complicado distinguir cuál de los dos autobuses era el mío. Por suerte, un cartel escrito a mano en el parabrisas del vehículo mostraba claramente la hora de salida.  Curiosamente, mi autobús partió antes que el de las 9.30, por lo que puede decirse que mi elección fue de lo más afortunada. Más dudas vinieron a mi mente sobre la idea de abandonar la ciudad ese día. Ese era mi plan previsto inicialmente. Pero debido a que mi vuelo de vuelta a España salía por la tarde, podría haber apurado una noche más en Veliko Tarnovo, en lugar de pasarla en Sofía. Esa idea me planeaba el día anterior, debido a lo a gusto que había estado en el albergue. Mi reserva en Sofía no se podía anular, pero solo había pagado 7 euros por el alojamiento, pérdida más que asumible hasta para mis estándares. Pero estaba vivamente interesado en asistir a un tour comunista en la capital, y todavía guardaba un gran recuerdo de mi paso por el albergue de Sofía. 

 Apenas arrancó el autobús y empezó a abandonar la ciudad, me empezó a invadir la sensación de que había cometido un pequeño pero craso error. Cada kilómetro en dirección a Sofía me hacía ver con mejores ojos el lugar que abandonaba, y con peores, mi lugar de destino. 

 Al volver a poner pie en Sofía, con casi todo el día por delante, otra vez solo, en una ciudad que ya me había ofrecido lo que me tenía que ofrecer, me di cuenta de que no estaba en el lugar correcto. Como si el destino se empeñara en recordármelo, en lugar de encontrarme con un cálido recibimiento en el albergue por parte de mi ya conocido recepcionista, asisití a una agria discusión que estaba teniendo con un cliente díscolo. En ese momento, asumiendo que no había tomado la mejor de las decisiones, se me planteaban dos opciones: irme a mi cuarto, tumbarme en la cama, dejar que pasaran las horas y rumiar mi frustación, o intentar sacar algo en claro de lo que la situación podía ofrecerme. Sacando fuerzas de la flaqueza que me invadía, elegí la segunda opción. Fui al salón a ver si había alguien con quien hablar y me encontré a un simpático egipcio que estaba haciendo tiempo hasta que saliera su vuelo. Me llamó la atención que perteneciera a la minoría cristiana del país, los llamados coptos. Y como nota curiosa y jocosa, me comentó que un hermano suyo había aparecido en el programa de Cuatro "Gipsy Kings" como guía en un capítulo de la serie rodado en Egipto.

 Mi posterior paseo por las calles de Sofía estuvo presidido por la nostalgia. No era lo mismo recorrerlas ahora que con la ilusión de la novedad y acompañado de gente que ahora ya no estaba. Por suerte, en cuando quise darme cuenta, se acercaba la hora del tour comunista que estaba bastante concurrido. Como suele ser habitual en estos eventos, el guía era muy competente, aunando simpatía y capacidad didáctica. Además nos contaba historias de su familia en la que habían convivido facciones pro-comunistas y anticomunistas. 

Fervor comunista
 Tanto o más interés, si cabe, despertó en mí una de las participantes del tour. Se trataba de una inglesa de 1,80, bien parecida, agradable y doctora en historia, habiendo hecho su tesis sobre la época comunista en Rumanía. Si existe la mujer perfecta, no debe andar muy lejos de ella. Con la atención dividida por momentos, disfruté del tour. Mis cavilaciones pesimistas parecían lejanas.  Una vez finalizada la ruta, intenté prorrogar el tour comunista cambiando de guía, pero la inglesa tenía otros planes. La perspectiva de pasar mi última noche de mi viaje, que para más inri era sábado, en solitario, hizo que mi ánimo volviera a desplomarse. En ese estado, no es de extrañar que no participase, sino que me limité a observar, en una competición de pulsos que se había montado en plena calle.

Tomándole el pulso a la ciudad
 Por el albergue las cosas no iban mucho mejor. En un claro ejemplo de "overbooking", empezaron a llegar huéspedes con reserva pero sin cama disponible. El pobre propietario hacía lo que podía, improvisando soluciones, como poner tiendas de campaña en la terraza. Esa idea no pareció del agrado de un terceto de españoles que, viendo el panorama, decidieron probar más suerte en otro lugar, a pesar de que no les iban a cobrar la estancia en tan singular habitáculo. No se mostró tan reticente otro compatriota, en este caso vasco, que se conformaba con pasar la noche en una hamaca.  Me estaba empezando a agobiar un ecosistema tan superpoblado, por lo que fui a dar un voltio nocturno. Mis intentos de reclutamiento en el albergue habían sido infructuosos. Volvía a estar solo en la gran ciudad. En mi estado anímico preveía que me iba a costar conciliar el sueño, por lo que intenté dar una pateada considerable para, por lo menos, cansar el cuerpo. 

 Se veía bastante ambientillo por las calles de Sofía. Hasta que llegué a una plaza donde había muchos grupos reunidos. El contraste con mi soledad era demasiado hiriente, por lo que decidí regresar al albergue. Como si el destino quisiera redimirse ante el castigo que me estaba imponiendo, y contra todo pronóstico, me topé con el grupo de tinajeros belgas con los que había coincidido en el albergue de Veliko Tarnovo. Estaban jugando en el suelo a un juego parecido al duro y me invitaron a sumarme al mismo. No soy yo mucho de esas timbas, pero en ese momento agradecí sobremanera estar con gente mínimamente conocida en un ambiente lúdico. Después de un rato, se dio por finalizado el festejo, y los simpáticos adolescentes se fueron a otro lugar para seguir la fiesta, mientras que yo di por finalizada la noche y me volví a mi atestado albergue. No había sido un día fácil para mí. Pero por lo menos mi actitud sirvió para que la jornada no hubiera ido mal del todo. Al día siguiente concluía mi periplo búlgaro. En la línea que había seguido durante ese día, intentaría aprovechar al máximo cada minuto.

martes, 6 de diciembre de 2022

VELIKO TARNOVO (y II)

  Con la conciencia tranquila tras mi buena acción de la noche anterior, amanecí en mi segundo día en Veliko Tarnovo con la idea de seguir una de mis tradiciones viajeras: el tour gratuito. De nuevo volví a coincidir con mi amigo cordobés, al que se sumó una pareja centroeuropea. Sería muy ambicioso por mi parte glosar la gran cantidad de historias y explicaciones que el muy bien preparado y simpático guía nos expuso. Aparte de que, habiendo pasado ya un tiempo desde su disertación, no me acuerdo de gran cosa. Por lo menos me quedó grabada la idea de la importancia histórica de la ciudad, siendo en su época capital del Imperio Búlgaro. Y como en el resto del país, dejaron su impronta pueblos como el romano, tracio o el otomano. Se nos explicó también que de la mayor atracción de Veliko Tarnovo, una imponente fortaleza situada a las afueras, apenas quedaban restos originales, estando casi totalmente restaurada. Además nos explicó que la iglesia situada en la cima del complejo fortificado, estaba decorada con imágenes de un curioso estilo comunista. 

Mostrando mi fortaleza

 Una vez acabado el tour me pasé un rato por el albergue donde recluté a una huésped israelí para salir a comer algo, con la ya habitual a la par que grata compañía de Javier el cordobés. Tras tantear unos pocos garitos con precios occidentales, sugerí uno de comida rápida que satisfizo nuestros humildes estándares niunclavelistas. Mi opción elegida (una simple pizza margarita de 5 levas) fue seguida por nuestra compañera sionista, que no dudó en alabar con entusiasmo tanto la textura como el sabor del plato que se nos había servido. No quiero pensar lo que pasaría si llevara a la israelí a un restaurante de enjundia. 

Cocina de fusión italo-búlgara

 Mi compañero Javier se volvía a su voluntariado en la Bulgaria profunda, así que nos despedimos. Esta vez definitivamente. O no, ¿quién sabe si nos volveremos a encontrar mundo alante? En todo caso fue un placer compartir parte de mi viaje con él.

 Ya de vuelta al albergue, mientras decidía si gastarme 15 levas en visitar la fortaleza, apareció una nueva huésped con la que iba a compartir habitación. En cuanto me dijo que era local, me faltó tiempo para pototear con ella. Hasta ese momento, mis interacciones con las misteriosas mujeres búlgaras habían sido muy limitadas. Pareció estar más o menos receptiva hasta que me comentó que había nacido en el Danubio (quiso decir en una ciudad a orillas del mismo) y le pregunté si era una sirena. No pareció hacerle mucha gracia el chistecito, y se volvió a comportar como una búlgara estándar. Es decir, pasó de mí.

 Con poco que rascar en el albergue, me decidí a visitar la fortaleza. La verdad es que, tanto la estructura como las vistas desde arriba eran imponentes. Pero el comprobar como las murallas estaban como nuevas (en realidad lo eran) le quitaba mucho encanto al asunto. Tenía mucha curiosidad por ver las imágenes religioso-comunista  de la iglesia. La verdad es que eran muy curiosas y no desmerecieron la expectación que me habían creado.

Si mezclas comunismo y cristianismo sale esto

 Ya empezaba a oscurecer cuando volví al albergue. Las reservas con las que había entrado en él el primer día desaparecieron del todo cuando me di cuenta de su punto fuerte. Estaba situado en un barrio de las afueras, con vistas a un bosque. Además contaba con un jardín, que cuando llegaba la noche se convertía en un remanso de paz. Era como estar en el campo. Y en ese entorno tan relajante y maravilloso, con las estrellas como testigos, un grupo de huéspedes, entre los que Carlo brillaba con luz propia, tuvimos una conversación de lo más profundo. No cambio esos momentos de albergue ni por el hotel más lujoso y exclusivo del mundo (aparte de que no querría pagarlo).

Entorno idílico

 Cuando se disolvió la tertulia, todavía era pronto. Estábamos a viernes y me apetecía tantear el ambiente nocturno de la ciudad. Hice una leva por el albergue y pude reclutar a un francés. La cabra siempre tira al monte, así que acabamos otra vez en el Hipster Bar, que estaba bastante animado. No tardamos en interaccionar con algunos clientes, todos ellos foráneos aunque residentes en Veliko Tarnovo. Parecía que se había reunido la diáspora en ese local, con lo que mi contacto con la población búlgara siguió bajo mínimos. A mi compañero galo, muy comedido al principio, se le apoderó el ambiente y ni siquiera contempló la posibilidad de inspeccionar otros garitos como yo le propuse. Volvió a aparecer el indio con el que había coincidido el día anterior, esta vez taladrando a una neerlandesa de bastante buen ver. Genio y figura.

 Con este buen sabor de boca, di por finalizada mi estancia en Veliko Tarnovo, ya que la mañana siguiente iba a volver a Sofía. Mi viaje por Bulgaria estaba cerca de su final. Pero antes de ello aún habría tiempo para vivir buenos y malos momentos.



lunes, 14 de noviembre de 2022

VELIKO TARNOVO (I)

  Tras un trayecto de poco más de tres horas en autobús (de los trenes ya no me fiaba mucho) apareció ante mí la impresionante estampa de la ciudad de Veliko Tarnovo, cuyas casas se desparraman por un conjunto de colinas y abruptos valles. Esta peculiar disposición hace que las comunicaciones dentro de la ciudad no sean muy cómodas. Como consecuencia de ello, me tocó una buena pateada de más de media hora de sube y baja hasta que llegué a mi albergue.

Estampa de Veliko Tarnovo

 Cuando llego a un lugar nuevo, una de las cosas que más agradezco, es una cálida bienvenida. No iba a ser el caso esta vez, ya que "por motivo del Covid" (cajón de sastre que sirve para justificar muchas cosas), el personal del establecimiento solo estaba presente unas pocas horas por la mañana. Para llegadas fuera de ese intervalo, se mandaban unas claves para abrir la puerta, te decían tu número de cama y allá te las apañes. Para colmo, la puerta de la calle no se abría bien y tuve que esperar a que saliera alguien para poder entrar. No es de extrañar que mi opinión sobre el albergue tras este poco prometedor comienzo fuera manifiestamente mejorable.

 A falta de un recibimiento por parte del personal, mi primer contacto fue con un huésped español que, al ver mi gorra de Bulgaria con los colores rojo y verde, me tomó por portugués. Aclarado el malentendido me comentó que su novia y él se iban a ir ya a Varna, que era de donde había venido yo. Me llamó la atención su nombre (Safu), que nunca había escuchado en el pasado, y me temo que tampoco en el futuro.

El albergue de marras

 Una vez instalado, antes de salir a explorar la ciudad, decidí intentar socializar un poco. Me tumbé en unos cojines que poblaban el salón del albergue y me presenté a un hombre ya talludito que reposaba plácidamente. Esperando que se sumara a mi crítica, le expuse mis quejas sobre el albergue. Nada más lejos de ello, me desarmó con una sonrisa  y me dijo que todo le parecía bien. Así, poco a poco me di cuenta que estaba frente a un ser humano excepcional. Una persona que había hecho trabajo interno y, a diferencia de otras muchas, no se había quedado en el plano teórico, sino que se dejaba notar en sus actos, su mirada limpia y su visión ante la vida. Carlo era inglés, tenía sobre 60 años y estaba jubilado. Apenas tenía posesiones. Iba a estar un mes en Veliko Tarnovo y después, ya se vería. Un hombre libre.

 Con el alma en paz tras mi conversación con Carlo, salí a inspeccionar la ciudad. Sin tener un casco histórico tan destacado como Plovdiv, su peculiar orografía junto a algunos elementos históricos destacables, dan a Veliko Tarnovo un sello especial, que hace que sea un lugar muy particular y con bastante personalidad. 

 Javier, el compañero cordobés con el que ya había coincidido en Plovdiv y Varna, también estaba en la ciudad (prometo que no nos habíamos puesto de acuerdo). Así que, en un intento de vencer la nostalgia patria, nos volvimos a juntar y fuimos a echarnos un cervezón. Elegimos el "Hipster Bar", un local que me había recomendado la encantadora recepcionista del albergue de Varna, diciéndome que nos atenderían muy bien si les decíamos que íbamos de su parte. Si el diccionario de la RAE estuviera ilustrado, para la definición de la palabra "indiferencia", encajaría como un guante la cara que puso el camarero del bar cuando le menté a la recepcionista de Varna. Esa pequeña decepción fue enjuagada gracias a las cervezas que nos bebimos mientras recordábamos viejos episodios de nuestro viaje por el país balcánico.

Hipster Bar: trato gélido

 Para esa noche volví a quedar con mi amigo cordobés, que trajo dos refuerzos de su albergue. Entre ellos destacaba un indio al que, como es habitual entre sus compatriotas, se le apoderaba el pototeo. Eso sí, tampoco estaba la noche para muchos alardes. Nuestro escaneo nocturno solo alcanzó a ver un garito abierto. Se trataba de una discoteca de pago. Viendo la poca animación en los alrededores, supusimos que dentro no habría gran cosa y descartamos entrar. Fuimos a un mirador a sentarnos, dando la noche por finiquitada, cuando se nos acercó un grupillo de jóvenes que rondaban por allí. Casualmente estaban alojados en mi albergue. En realidad se trataba de una confluencia de un grupo de escultistas belgas con otro grupo de holandeses, que fueron los que se nos acercaron y acabaron adoptándonos. 

Vistas desde el mirador

 Integrados en el numeroso y ruidoso grupo acabamos en el ya visitado Hipster Bar. La euforia y el empuje de los flamencohablantes dio vida al poco antes relajado local. En cuanto me quise dar cuenta, ya me habían invitado a algún trago que otro. Un poco avergonzado porque unos imberbes jovenzuelos invitaran a todo un cuarentón, y viendo difícil igualar su empuje, aproveché el momento en que uno de ellos tuvo problemas al pagar una ronda de chupitos con su tarjeta, para meter la mía. Fue un detalle que apreciaron con el entusiasmo que desbordaban en todos sus actos. Puse el remate cuando uno de ellos, precisamente el que nos había abordado en el mirador, empezó a acusar el alcohol ingerido. Apenas se podía tener en pie, por lo que uno de sus amigos intentó ayudarle para volver al albergue. Ardua empresa, habida cuenta del tamaño que se gastaba el angelito. Así que no dudé en agarrarme a él antes de que cayera al suelo y junto con su amigo, y no sin dificultad, conseguimos llevarlo salvo y más o menos sano, de vuelta "a casa".