jueves, 29 de junio de 2023

DE LA CIÉNAGA AL PARAÍSO

 Marzo de 1741. En un episodio más de la "Guerra de la Oreja de Jenkins" entre Gran Bretaña y España, la mayor flota jamás vista, al mando del almirante Vernon se interna en la bahía de Cartagena de Indias. Se trata de una ciudad situada a orillas del Caribe que era en ese momento una de las más importantes de la América Española. Confiado en su abrumadora superioridad, el oficial británico manda un correo a Inglaterra para informar de su victoria. Apenas 600 hombres defienden la plaza atrincherados en el imponente Castillo de San Felipe. Con lo que no contaban los ingleses fue con la bravura de estos defensores encabezados por el almirante Blas de Lezo que, gracias a su brillante estrategia consiguió provocar enormes pérdidas a los atacantes. Estos, tras un asedio de más de un mes tuvieron que abandonar la ciudad. De haber caído Cartagena, la situación de España en América se hubiera visto comprometida, y seguramente lo que me hubiera encontrado al visitar la ciudad (caso de haberlo hecho), hubiera sido muy distinto.

 Mientras pensaba en la hazaña de Blas de Lezo y sus soldados, mi autobús se alejaba de Santa Marta y se acercaba a la localidad de Ciénaga. Este hito vino a engrosar mi querida lista de turismo nominal. No quiero hacer analogías muy evidentes, pero mi paso en el vehículo por la ciudad no me permitió observar nada destacable desde el punto de vista turístico. Poco después la carretera se situó en un brazo de tierra dejando el mar a mano derecha y una gigantesca albufera a la izquierda. El paisaje, de gran potencial biológico, estaba un poco descuidado. Pasamos por algunas poblaciones de arquitectura muy discutible. Enseguida me di cuenta que ello no se debía a la falta de sentido estético de sus habitantes, sino a la escasez de recursos. La visión de un niño desnudo paseando solo junto a charcos llenos de suciedad no es de las que se olvidan fácilmente.

 Pronto vendría la ciudad de Barranquilla para distraer de nuevo mi atención. Nos metimos por dentro del casco urbano, por calles más bien anodinas, para acabar parando en una avenida. Allí debíamos recoger más viajeros. Pero el chófer se lo tomó con calma. Tanto que nos dio tiempo a estirar las piernas, comprar deliciosos jugos tropicales en un bar y hasta presenciar un incidente de tráfico entre un joven motorista y un conductor de coche con algo más de edad, pero no de madurez. Casi llegan a las manos, pero gracias a algunas personas que mediaron en la trifulca, no llegó la sangre al río. Como he comentado en alguna otra entrada, la conducción en Colombia es bastante temeraria, por lo que deduzco que estos incidentes deben de ser moneda corriente en el país.

 Afortunadamente a nuestra furgoneta no le pasó nada y pudimos arribar a la legendaria ciudad de Cartagena de Indias a una hora prudencial de la tarde. Si Santa Marta me había parecido movida, Cartagena se me antojaba frenética, habida cuenta del abundante y caótico tráfico que soporta. También tenía cierta precaución por mi seguridad personal. Me habían contado alguna historia de la ciudad que hizo que no bajase la guardia en mi trayecto al albergue. Pasé junto a las murallas de la zona histórica, que me llamaban a gritos. Pero preferí seguir mi camino y poder degustar posteriormente esa parte con calma, libre de mochilas.

 La zona donde tenía mi alojamiento estaba a una distancia razonable del centro y parecía bastante tranquila y segura. No me causó tan buena impresión el albergue, un tanto cutre hasta para mis humildes estándares. Para completar mi, no del todo positiva experiencia, mi cuarto daba a un patio que contaba con un mini bar, en el que no dejaba de sonar machaconamente música local. Evidentemente, una ciudad como Cartagena ofrecía atractivos mucho más poderosos que estar tumbado en una maltrecha litera escuchando rumbas y merengues a todo trapo, así que paré poco tiempo en el lugar.

 La ciudad amurallada de Cartagena cuenta con dos zonas. La primera (Getsemaní), antaño una zona un tanto depauperada, es ahora una zona de moda con gran actividad artística. Muy bonito el arte y todo eso, pero yo lo que quería era palpar la historia. Para ello se prestaba más el Centro. Nada más poner pie en él, me encontré con dos circunstancias desagradables. La primera era la gran cantidad de "acosaturistas" a los que había que sortear continuamente para poder continuar la ruta. El segundo, mucho más doloroso, era la gran cantidad de adolescentes vestidas con ropas ligeras ofreciendo sus servicios carnales. Una vez que conseguí abstraerme de esto, pude empezar a asombrarme ante la maravilla arquitectónica y cultural que supone el Centro Histórico de Cartagena. Calles empedradas, mansiones de vivos colores, iglesias imponentes, plazas singulares... Por momentos me trasladaba en el espacio, a alguna de las maravillas que tenemos en España, o en el tiempo, a los siglos XVII o XVIII. Todo ello bañado por el mítico mar Caribe, que encierra miles de historias de piratas, corsarios y batallas. 

Calles desbordantes de encanto, al que le sumé el mío

 Evidentemente, tamaño despliegue de belleza y buen gusto no estaba exento de unos precios al mismo nivel. Por ello, una vez acabada mi inspección de reconocimiento volví a la zona más humilde de la que procedía para cenar una arepa, una especie de torta hecha a base de maíz. Se trata de un clásico en Colombia, al que me iba a hacer muy aficionado. 

 En un mismo día me había encontrado con dos entornos arquitectónicos absolutamente dispares: el urbanismo improvisado y paupérrimo del entorno de Ciénaga de Santa Marta y el cuento de hadas hecho ciudad que es el Centro Histórico de Cartagena de Indias. Ambos son caras de una misma moneda: Colombia. Un lugar de contrastes con sus maravillas y sus miserias. Como cualquier lugar del mundo, pero en este caso a lo grande.

viernes, 2 de junio de 2023

MINCA

  Con solo dos días en la ajetreada Santa Marta, me había ganado el derecho a un descanso. Nada mejor para ello que Minca, una pequeña población no muy lejana en la distancia, pero con un ambiente muy distinto, en las estribaciones de la Sierra Nevada.

 Pero antes de la calma, hubo que pasar por la tempestad. La furgoneta que debía tomar partía del mercado de Santa Marta, un bullicioso conglomerado de puestos en los que se mezclaban todo tipo de productos, gente, imágenes y olores. Algunos de estos dos últimos no son a los que un habitante del aséptico occidente esté muy acostumbrado. Afortunadamente no tuve que esperar mucho tiempo en un entorno tan abrumador, ya que la furgoneta no tardó en llenarse y partir. En ella me encontré a una joven pareja de franceses no del todo bien avenida. El chico (Félix) me explicó que vivía en Lima y que llevaba un tiempo viajando por Sudamérica. A mitad de camino se unió a su periplo su amiga Astrid, con lo que su libertad de movimientos quedó limitada. Además no eran pareja, por lo que tampoco pototeaban. Me sorprendió la confianza con la que me contaba eso, sobre todo teniendo en cuenta que si me hubiera ido de la lengua con su compañera, le habría metido en un lío. 

 Tras poco más de media hora llegamos a Minca. Llamar a eso pueblo sería pecar de generoso. 4 ó 5 calles, una plaza y algunas casas dispersas. Eso sí, los decibelios per cápita mantenían la media colombiana. Buscando más tranquilidad dentro de la tranquilidad, había reservado un albergue situado a unos 3 kilómetros del pueblo. Así que me despedí de mis compañeros galos y seguí en la misma furgoneta que me dejó en un desvío. Tras un paseo de unos 15 minutos llegué a un idílico enclave junto a un río en el que se ubicaba mi albergue. No perdí mucho tiempo allí, así que me registré, dejé la mochila y acudí a una cascada cercana. La gran cantidad de motos que me adelantaban y los grupos de caminantes que me encontré me hicieron pensar que mi destino no iba a ser un paraje solitario. Así fue. Apenas cabía un alma más en el paraje, del que no puede apreciar su encanto natural.

Al fondo hay sitio

 Me habían recomendado un par de lugares en Minca para ver el atardecer. Así que, tras el fiasco de la cascada, dirigí mis pasos hacia el pueblo. A pesar de su diminuto tamaño, contaba con mucha animación, que alcanzaba su culmen en un recodo junto al río donde se agolpaban decenas, sino cientos de personas solazándose. No duré mucho en tan masificado entorno, y me interné por un camino para buscar una buena puesta de sol. Como en Minca nos conocemos todos, me acabé encontrando con la pareja francesa con la que había compartido transporte. Formando un terceto hispano galo, caminamos un buen rato entre bosques semitropicales y paisajes inigualables. Nuestros pasos nos llevaron a un albergue aún más recóndito que el mío. Con la excusa de probar el chocolate que vendían, lo visitamos y descubrimos un mirador perfecto para nuestros intereses. La vista sobre la sierra, con Santa Marta y el mar de fondo nos dejaron sin palabras. El chocolate, en cambio, de textura bastante líquida, no me pareció gran cosa. Aunque tomado en un lugar tan privilegiado y en tan buena compañía, me supo a gloria.

Sobran las palabras

 Si el momento del ocaso fue memorable, no le fue a la zaga el descenso por un camino oscuro bajo las estrellas, arrullados por los cantos de los innumerables pájaros e insectos que pueblan el lugar.

 En Minca les dije "bon nuit" a mis compañeros y proseguí en solitario por la carretera que subía a mi albergue. Afortunadamente a esas horas no había mucho tráfico, pero tenía que tener cuidado para apartarme cada vez que venía un vehículo.

Hogar, dulce hogar
 Pude llegar a tiempo a mi alojamiento para cenar y me retiré pronto a descansar. Ello me permitió levantarme al alba y visitar la cascada que el día anterior por la tarde no cabía un alfiler. El madrugón valió la pena, ya que me encontré el paraje sin un alma, aparte de la mía , claro. La experiencia agobiante de mi primera visita se convirtió en todo un canto a la paz y el sosiego. 
Esto es otra cosa

 Aún me dio tiempo esa mañana para juntarme en el poblado con la pareja francesa. Dimos un paseo por un camino a las afueras hasta que se me hizo la hora. Me despedí definitivamente de los galos y volví al apeadero de Minca para salir de tan privilegiado paraje. Como suele pasar en entornos informales, las furgonetas no tienen hora fija de salida, sino que parten en cuanto están llenas. Tuve suerte esta vez, porque fui el último que pudo entrar en el atestado vehículo. Tenía un enlace después y quién sabe cuándo hubiera salido el siguiente transporte.

Amistad franco-española

 La furgoneta me dejó en Santa Marta. Recorrí por última vez sus calurosas calles hasta una mini estación de transporte donde tomé un autobús. Mi estancia en Minca me había cargado las pilas. En buena hora, ya que mi siguiente destino me iba a exigir emplear muchas de mis energías.

sábado, 29 de abril de 2023

TAYRONA Y SANTA MARTA: ENTORNOS PRIVILEGIADOS Y CANTANTES DESAFINADOS

  Intuyendo que mi primer destino no me iba a dar mucho juego, había reservado una excursión al Parque Nacional Tayrona, cercano a Santa Marta. Lo más destacable de este entorno natural es que aúna los entornos de vegetación tropical de montaña con las míticas playas caribeñas. Existía la posibilidad de llegar al lugar en transporte público, pero viendo que la agencia no cobraba un precio disparatado, y no controlando todavía los transportes locales, contraté el servicio. 

 Aunque el precio en pesos no era muy elevado, si tuve que pagar otro peaje en forma de madrugón. Estaba citado a las 6.20 de la mañana para que me pasaran a recoger. Debido a su latitud, en Colombia las horas del amanecer y el ocaso se mantienen constantes durante todo el año, y ambos fenómenos acontecen alrededor de las 6. Así que, por lo menos y para mi consuelo, ya era de día cuando salí del albergue.

 La furgoneta callejeó un rato por Santa Marta recogiendo a los miembros de la expedición hasta que salimos de la ciudad. Varias cosas me llamaron la atención en los primeros momentos: la gran actividad que presentaban las calles a pesar de lo temprano de la hora, que ya hubiera gente bañándose en la playa y la sensación de inseguridad que tenía al ver el comportamiento caótico y frenético del tráfico. Las motos se nos colaban por todos los lados y los peatones cruzaban la calzada apurando al máximo, ante la imperturbabilidad de nuestro chófer. 

 Tras algo más de media hora de trayecto llegamos a una de las entradas del parque (cuenta con tres) donde tuvimos que esperar un rato para que se nos permitiera el acceso. Se me había olvidado en el albergue mi gorra, así que, haciendo de la necesidad virtud, adquirí un sombrero panamá bastante más elegante y adaptado al medio. 

Elegancia tropical

 Una vez que accedimos al parque, contábamos con un par de guías que nos indicaban el camino a seguir. En realidad no hacían mucha falta, ya que apenas había bifurcaciones y la ruta estaba señalizada. Enseguida nos vimos rodeados de una tupida vegetación tropical. La sensación de estar perdidos en una selva remota se desvanecía cuando aparecían comerciantes de casi cualquier cosa apostados junto al camino. En Colombia no hay lugar, por recóndito que sea, en el que uno se pueda librar de vendedores incansables.

La selva encierra grandes peligros

 El paseo fue amenizado por una pareja venezolana con la que hice buenas migas. Evidentemente, aproveché la ocasión para interpelarles con todo tipo de cuestiones acerca de la situación en su país. No era tan apocalíptica como me imaginaba, aunque un dato me hizo reflexionar. Vivían cerca de la frontera con Colombia, y en su ciudad utilizaban el peso colombiano como moneda corriente. Que una divisa tan devaluada como la colombiana sirviera de valor refugio en parte de Venezuela, habla a las claras de la complicada situación económica en el país bolivariano.

 De vez en cuando nos encontrábamos con playas muy sugerentes, pero no aptas para el baño, debido a las fuertes corrientes. No fue así con la última, que coincidía con el final de nuestro camino. Se trataba de la clásica playa caribeña con cocoteros que se supone creada para mandar fotos y dar envidia. No la tengan ustedes, queridos lectores. El agua estaba fría y en cuanto algún bañista se alejaba un poco de la orilla nadando, un socorrista le apercibía airadamente a golpes de ruidoso silbato.  Eso sí, el entorno era privilegiado, como pueden comprobar en la instantánea que acompaña al relato. 

La caminata mereció la pena

 La vuelta la hicimos por el mismo camino, por lo que la poca sensación de aventura que tuvimos en la ida, se esfumó por completo. Ya de vuelta a Santa Marta, me ocupé de un asunto no menor. Se trataba de conseguir una tarjeta SIM que evitara los altos costes que incurría el uso de mi teléfono móvil en itinerancia. La tarjeta en sí no fue difícil de encontrar. Me costó más encontrar un lugar donde conseguir una tarifa de datos. Pero la búsqueda mereció la pena, ya que por un coste muy pequeño obtuve llamadas y datos de sobra para moverme durante 15 días por el país.

 Un día tan movido requería unos momentos de relax. Esa era mi intención cuando me junté de nuevo con la pareja venezolana para tomar algo en una terraza. A pesar de que el lugar tenía cierta enjundia, los precios eran razonables, por lo que además de pedirme un trago, seguí con mis probatinas culinarias. No pude degustar el plato con la tranquilidad que precisaba, ya que pronto fuimos objeto de artistas callejeros en busca de propina. El primero se instaló casi delante de nosotros y con toda solemnidad, empezó a cantar arias de ópera. Cuando se cansó, presto ocuparon su plaza unos jóvenes rapeadores que nos rodearon y compusieron un rap en nuestro honor. Para ello se sirvieron de su intuición y de la información que nos sonsacaron. Viendo la jugada de lejos, yo me hice el sueco y seguí comiendo sin prestarles atención. Ser importunados por una serenata mientras cenamos por algo tan poco armónico como el rap no merece ser recompensado, más al contrario, censurado. No pensaron así mis compañeros, quienes aflojaron algunos pesos, quiero pensar que más por cortesía que por valorar el lado artístico. Aún tendría que soportar otra ruidosa sesión de rumba colombiana desde la cama de mi albergue antes de poder descansar en condiciones. Como se puede comprobar, Santa Marta no es el lugar más indicado para un retiro de silencio e introspección.

 La mañana siguiente decidí hacer el clásico "free tour" esperando que me desvelara encantos de Santa Marta que se me hubieran pasado inadvertidos. La caminata de más de dos horas bajo el fuerte sol tropical vino a darme la razón en mi apreciación sobre la ciudad. Se nos contó que, a pesar de haber sido la primera ciudad que los españoles fundaron en la actual Colombia, no contaba con un patrimonio artístico y monumental destacado. La razón para ello se encuentra en la gran cantidad de ataques piratas que sufrió. Esa infeliz circunstancia hizo que no se invirtiera mucho en la ciudad, prefiriéndolo hacer en lugares del interior u otros más protegidos como Cartagena de Indias. También se nos explicó que Santa Marta fue el lugar donde falleció Simón Bolívar, el prócer más destacado de la América Hispana.

 Un día tan caluroso invitaba a darse un bañito en la playa. Pero teniendo en cuenta que la más cercana al centro no es muy lucida y que se encuentra junto al puerto, decidí que mi último recuerdo playero fuera el del día anterior en  Tayrona. Era hora de abandonar Santa Marta. Una ciudad con mucha historia, la cual, desgraciadamente, apenas se refleja en sus calles. No era el caso de otros destinos que esperaban mi visita y de los que daré cuenta en posteriores entradas.

He visto playas más apetecibles

viernes, 21 de abril de 2023

ATERRIZAJE EN COLOMBIA: PRIMEROS CONTACTOS CON LA FAUNA LOCAL

 Después de las más de 10 horas que había durado el vuelo de Madrid a Bogotá, la hora y media del que me dejó en Santa Marta, se me pasó volando (juas,juas). 
 Ya era de noche cuando arribé a la ciudad costera. En esas circunstancias, y teniendo en cuenta que el taxi al centro no era muy caro (unos 6 o 7 euros), la opción lógica hubiera sido hacer uso de uno de ellos. Pero mis viajes no suelen estar determinados por la lógica. Fueron el niunclavelismo y mi afán de aventura los que me llevaron a tomar el autobús, que me sirvió para tener mi primera toma de contacto con la población local, que era la que dominaba en el vehículo. Tenía que estar atento para bajarme, ya que la ruta del autobús no acababa en el centro sino que seguía hasta las afueras. La esperada amabilidad colombiana se puso de manifiesto cuando mi compañera de asiento me indicó el lugar exacto para descender, junto con una sugerencia que no me tranquilizó mucho. Me dijo por qué calle debería meterme para evitar problemas. A fe que le hice caso para recorrer con cautela mis primeros pasos por la ciudad, atravesando una zona repleta de bares y restaurantes. Las calles del centro contaban con la animación propia de un viernes por la noche, incrementada por el ambiente tropical. Sin ningún incidente reseñable conseguí llegar a mi albergue. La estructura de calles en cuadrícula no es la más bonita, pero es bastante práctica para orientarse. 
 El establecimiento escogido no estaba exento de encanto, dentro de su humildad. Se hallaba situado en un edificio de aire colonial y presentaba un buen aspecto. Además, mi cuarto estaba bastante despoblado, por lo que presentía una noche tranquila.  
 El cansancio del viaje al que se sumaba la diferencia horaria, se empezaba a acusar. Pero estaba inquieto por empezar a degustar los encantos culinarios del lugar, así que hice una inspección que concluyó en un humilde restaurante. Estando a unos pasos de la playa, no pude evitar decantarme por el pescado. Así que me pedí un plato de mojarra (pez local muy sabroso) acompañado de arroz, ensalada y patacones (plátano frito). Delicioso y a precio muy competitivo. 
Aún dicen que el pescado es caro...

 El buen sabor que me había dejado el pescado, se tornó en amargo cuando descubrí a otro animal, en este caso vivo y del género blatodeo correteando por el lavabo del albergue. Creo que la repulsión fue mutua, ya que la cucaracha enseguida encontró un agujero por donde meterse y librarse de mi incómoda presencia. No fue este el preludio deseado para un descanso reparador, pero pronto me encontraría con otro impedimento mayor para desplomarme en brazos de Morfeo. Los altavoces de un bar cercano al albergue derrochaban vatios como si no hubiera un mañana, lo que hizo imposible mi descanso hasta que se calmaron. Al día siguiente me esperaba un destino menos ruidoso y más bucólico que la bulliciosa Santa Marta.

viernes, 14 de abril de 2023

RUMBO A COLOMBIA

   Como parece haber quedado claro viendo la temática de la mayoría de las entradas de mi blog, no hace falta pincharme mucho para tomar mi petate y moverme "mundo alante". En este caso, un retiro yóguico de tres días que tenía lugar en una reserva natural colombiana, fue el resorte que me impulsó para organizar un viaje al entrañable país sudamericano. Evidentemente, ya que cruzaba el charco, reservé más días para conocer Colombia, hasta hacer un total de 16.

 Una vez encontrado un vuelo asequible de ida y vuelta a Bogotá, faltaba construir el esqueleto del viaje, lo cual no me resultó nada sencillo. Es difícil elegir entre la gran cantidad de lugares interesantes y con encanto con los que cuenta una tierra tan bendecida por la madre naturaleza. Teniendo en cuenta que podía visitar Bogotá a la vuelta, decidí astuciosamente reservar un vuelo que me condujera al norte del país sin salir del aeropuerto de la capital, para posteriormente ir bajando al sur. Este planteamiento acotaba la ruta a seguir, pero aún seguía habiendo muchas variables a considerar. Dada mi tendencia a darle más vueltas a la cabeza de las necesarias, decidí que sería buena idea informarme bien para ir decantando mi ruta. Para ello me hice con una exhaustiva guía de viajes, que fue mi libro de cabecera durante varios días y consulté con todos mis amigos que tuvieran relación con el país. Esto resultó de gran ayuda. No lo fue tanto comentar mi futuro viaje con otras personas que, con menos conocimientos y más prejuicios, me metieron el miedo en el cuerpo avisándome de los incalculables peligros que me esperaban en el país andino en relación con mi seguridad personal. Afortunadamente, las personas que sí habían estado en Colombia me tranquilizaron, explicándome que, tomando las lógicas precauciones, mi visita iba a ser razonablemente segura y que esos miedos eran infundados. Y sobre todo, el mejor consejo que me dieron fue el de no llevar todo el viaje organizado, (lo cual me estaba dando muchos quebraderos de cabeza), sino ir resolviendo sobre la marcha el tema de desplazamientos y alojamiento. Así que me limité a reservar mis primeros movimientos y dejar que el propio viaje me fuera conduciendo.

 Tras haber padecido en anteriores vuelos el minimalismo aplicado a los bultos permitidos en la cabina del avión, me las prometía muy felices cuando vi que podía llevar una maleta en el vuelo transoceánico. Pero cuando empecé a ver la necesidad de tomar vuelos internos y viendo que las compañías colombianas habían tomado buena nota de las europeas, me di cuenta de que tendría que apañarme con una humilde mochila, o pagar un sobrecoste bastante oneroso. Ni que decir tiene que escogí la primera opción, aunque lo hice demasiado tarde. Mi matrioska hecha mochila estaba en Huesca, y mi vuelo salía en 3 días. Así que no me quedó otra opción que comprarme otra similar, que aun así me salía más económico que pagar las penalizaciones. Además, sin pretenderlo, las codiciosas aerolíneas me hicieron un favor. Llevar una mochila a la espalda es infinítamente más cómodo que arrastrar una maleta, por pequeña que sea. Y desde el punto de vista filosófico-espiritual, que era el que me había motivado a realizar el viaje, me sirvió para sentirme más libre y desapegado de objetos materiales, que muchas veces portamos sin necesidad.

 Todavía debía sortear otro escollo antes de tomar el vuelo. Aunque parezca estar casi olvidado, aún no nos hemos librado del Covid y sus servidumbres. En este caso, para entrar en Colombia exigen una pauta de vacunación completa o una prueba, ya sea de antígenos o PCR negativa. No teniendo la primera, tuve que pasar por una clínica para conseguir el certificado de marras. No le veo ninguna lógica. Como si el virus no estuviera ya campando a sus anchas por todo el mundo. Y aparte de eso, ya ha quedado demostrado que estar vacunado no libra de contraer la enfermedad ni contagiar. Pues eso, otro trámite más para añadir a la burocracia que implica viajar. Y menos mal que di negativo, si no...

 Acostumbrado a realizar largos viajes en el pasado para acceder a aeropuertos con mayor enjundia que el oscense, el trayecto en cercanías desde Atocha a Barajas me pareció un paseo. Vivir en Madrid tiene sus inconvenientes, pero también sus ventajas.

Como en familia

 Más pesadas se me hicieron las más de 10 horas de vuelo, pero gracias a la magia de viajar al oeste, apenas pasaba el mediodía cuando puse pie en el aeropuerto El Dorado de Bogotá. Allí me esperaba un cálido recibimiento. No, todavía no se había corrido la voz de mi llegada entre la población local. Casualmente, un primo mío había estado de viaje de negocios por Colombia y volvía a España ese mismo día. Nuestros caminos se cruzaron en el aeropuerto. Aparte del impulso moral que me dio ese encuentro, me sirvió para recopilar los últimos capítulos de mi particular libro para sobrevivir en un viaje a Colombia. 

 Sin salir de la terminal, tomé un vuelo a Santa Marta, localidad del Caribe Colombiano donde iban a empezar mis aventuras (las más) y desventuras (las menos).

jueves, 22 de diciembre de 2022

EPÍLOGO BÚLGARO

 A unos 10 kilómetros al sur de Sofía, se encuentra el imponente monte Vitosha, un macizo montañoso que domina el horizonte y en el que se pueden hacer numerosas actividades recreativas, incluida el esquí. En las faldas de esos montes se encuentra Boyana, una iglesia medieval del siglo X que contiene unos frescos muy destacables, lo que le ha valido para ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La tarde anterior, la espigada inglesa que conocí en el tour comunista, me comentó que había ido andando a visitarla. Mi orgullo pateador se puso en guardia, pensando que no podía ser menos que la británica. Así que decidí emplear la mañana en peregrinar al sacro edificio. Hice un poco de trampa tomando el metro hasta la estación más cercana a Vitosha. Aun así aún quedaba bastante camino por recorrer. "Ayudado" por mi calculador de rutas del móvil, me interné por urbanizaciones, caminos rurales y hasta solares. En esos momentos me sentí como cuando Emilio Aragón tenía que seguir una línea blanca en una de sus más recordadas escenas del programa "Ni en vivo ni en directo". 
 Sin grandes incidentes, conseguí arribar al entorno de la iglesia, que contaba con una muralla de protección. La puerta que daba acceso al recinto estaba cerrada, pero vi gente merodeando por la zona, por lo que deduje que debería estar a punto de abrir. Me di un paseo por los alrededores y a la vuelta me encontré con un autobús de turistas prestos a empaparse de arte ortodoxo. Ahora sí que se confirmaba que habría visita. De hecho, enseguida se abrió la reja y se nos permitió el acceso. La visita a la iglesia se hacía en grupos pequeños, ya que el edificio era bastante pequeño. De hecho, me resultó un poco decepcionante el interior. Los frescos lucían mucho más en las fotos y en ellas la iglesia daba la impresión de ser más grande de lo que me encontré en la realidad. Quiso la casualidad (en este viaje hubo bastantes) que entre mi pequeño grupo hubiera dos integrantes del tour comunista de la noche anterior. Una de ellas era experta en historia del arte, lo que confirma que entre las personas que acudieron al evento, la más tonta hace relojes. Gracias a ella y sus explicaciones, conseguí entender la importancia y el valor que tenían los frescos de la iglesia, por lo que di por bien empleada la visita. A estas explicaciones artísticas se sumó atento un simpático indio que me dejó de piedra cuando me dijo que se llamaba Don Bosco. Para aquellos lectores a los que este nombre no les diga nada, les explicaré que se trata del fundador de la congregación salesiana, que fue la que en su día me instruyó e hizo posible que hoy en día escriba estas líneas.
¡Viva Don Bosco!
 Las dos chicas me propusieron acompañarlas para realizar una excursión por el monte Vitosha, pero lamentablemente no me daba tiempo y volví al centro. Esta vez me dejé de tutelajes electrónicos y tomé una avenida principal que, aunque no fuera el camino más corto, sí fue el más sencillo de seguir. 
 Ese día me llegó un mensaje de mi aerolínea de escaso coste avisándome que por no sé que historias del Covid, me debía presentar en el aeropuerto 3 horas antes del vuelo. Así que, tras mi último ágape búlgaro en un humilde puesto de kebabs, recogí mi mochila del albergue y acudí en metro al aeropuerto. Por supuesto eso de las 3 horas era una milonga, pero tampoco tenía mucho que hacer por Sofía, así que no lamenté demasiado la espera en el aeropuerto.
Últimas impresiones de Sofía
 Ya en Barcelona, no quise salir tan bruscamente del modo turista, así que, en lugar de bajarme en la parada más cercana a la estación del autobús que me iba a llevar a Huesca, lo hice en otra más lejana.  Esto, además de hacer la espera más entretenida, hizo que prolongara mi registro de pasos hasta alcanzar mi cifra récord de 47.438 y 37,45 kilómetros recorridos. Con estos números, no es de extrañar que el hambre hiciera acto de presencia. Pero con mi proverbial sangre fría, que no le va a la zaga a mi niunclavelismo, esperé a encontrar un lugar con precios búlgaros. Tras un viaje hay que aclimatarse paulatinamente al destino. Mis pesquisas dieron con una irresistible oferta de una patatas bravas y una lata de cerveza por 5 levas, quiero decir, 2,5 euros. ¡Así sí!
 Con el estómago lleno y el bolsillo no vaciado del todo, monté en el autobús a Huesca y di por finiquitado mi periplo búlgaro.  Una experiencia con altibajos, muy propia de mi estilo de viaje, en el que el talento natural y la improvisación hacen que la vivencia sea irregular, pero nunca aburrida y previsible. 
 Aparte de su pasado comunista, pocas ideas preconcebidas tenía sobre Bulgaria. Su dilatada historia y la cantidad de culturas que han convivido en su suelo, hacen que sea un país difícil de etiquetar. A medio camino entre la antigua Yugoslavia, Grecia, Rumanía y Turquía, mantiene elementos de todos ellos sin que me diera la impresión de tener rasgos auténticamente genuinos que lo caracterizaran.
 Con excepciones, la gente en general me pareció muy seria (y eso que yo no soy precisamente el rey de la juerga), y en algún caso extremo, hasta desagradable. Hasta mi visita, mi principal referencia sobre las mujeres búlgaras eran sus formidables atletas que deslumbraron por su capacidad atlética en los años 80. No lo hacían en ese caso por su atractivo físico. Este viaje me permitió cambiar esa visión tan parcial. No vi a grandes atletas, pero sí a muy hermosas mujeres. Aunque apenas tuve ocasión de interaccionar con ellas. 
 A pesar de que aún quedan vestigios de la época comunista en forma de edificios o avenidas monumentales, no me dio la impresión de que ese periodo marque la esencia del país. Hoy en día, Bulgaria es un país totalmente occidental, con la atmósfera que se respira en cualquier estado capitalista. Parece que el comunismo solo ha sido una etapa más dentro de las tantas que ha vivido este territorio balcánico.
 Como conclusión, solo queda decir que la visita a Bulgaria es más que recomendable, aunque teniendo en cuenta algunas premisas. Entre ellas la dificultad de comunicación en algunos momentos, el enfrentarse al abecedario cirílico o la no siempre cálida atención al turista. Pero si tenemos en cuenta la variedad de paisajes, los complejos avatares históricos que se reflejan en sus monumentos y ciudades, unos precios muy ajustados y la ausencia de masificación, nos encontramos con un lugar que no decepcionará al viajero inquieto. 

jueves, 8 de diciembre de 2022

VUELTA A SOFÍA

  Cuando fui a reservar mi billete de autobús para ir de Veliko Tarnovo a Sofía, me llamó la atención que una expedición partiera a las 9.30 y la otra a las 9.31. Por aquello de apurar un minuto más de sueño, reservé la segunda. En mi paseo hacia la estación tenía una cierta preocupación pensando que quizá iba a ser un poco complicado distinguir cuál de los dos autobuses era el mío. Por suerte, un cartel escrito a mano en el parabrisas del vehículo mostraba claramente la hora de salida.  Curiosamente, mi autobús partió antes que el de las 9.30, por lo que puede decirse que mi elección fue de lo más afortunada. Más dudas vinieron a mi mente sobre la idea de abandonar la ciudad ese día. Ese era mi plan previsto inicialmente. Pero debido a que mi vuelo de vuelta a España salía por la tarde, podría haber apurado una noche más en Veliko Tarnovo, en lugar de pasarla en Sofía. Esa idea me planeaba el día anterior, debido a lo a gusto que había estado en el albergue. Mi reserva en Sofía no se podía anular, pero solo había pagado 7 euros por el alojamiento, pérdida más que asumible hasta para mis estándares. Pero estaba vivamente interesado en asistir a un tour comunista en la capital, y todavía guardaba un gran recuerdo de mi paso por el albergue de Sofía. 

 Apenas arrancó el autobús y empezó a abandonar la ciudad, me empezó a invadir la sensación de que había cometido un pequeño pero craso error. Cada kilómetro en dirección a Sofía me hacía ver con mejores ojos el lugar que abandonaba, y con peores, mi lugar de destino. 

 Al volver a poner pie en Sofía, con casi todo el día por delante, otra vez solo, en una ciudad que ya me había ofrecido lo que me tenía que ofrecer, me di cuenta de que no estaba en el lugar correcto. Como si el destino se empeñara en recordármelo, en lugar de encontrarme con un cálido recibimiento en el albergue por parte de mi ya conocido recepcionista, asisití a una agria discusión que estaba teniendo con un cliente díscolo. En ese momento, asumiendo que no había tomado la mejor de las decisiones, se me planteaban dos opciones: irme a mi cuarto, tumbarme en la cama, dejar que pasaran las horas y rumiar mi frustación, o intentar sacar algo en claro de lo que la situación podía ofrecerme. Sacando fuerzas de la flaqueza que me invadía, elegí la segunda opción. Fui al salón a ver si había alguien con quien hablar y me encontré a un simpático egipcio que estaba haciendo tiempo hasta que saliera su vuelo. Me llamó la atención que perteneciera a la minoría cristiana del país, los llamados coptos. Y como nota curiosa y jocosa, me comentó que un hermano suyo había aparecido en el programa de Cuatro "Gipsy Kings" como guía en un capítulo de la serie rodado en Egipto.

 Mi posterior paseo por las calles de Sofía estuvo presidido por la nostalgia. No era lo mismo recorrerlas ahora que con la ilusión de la novedad y acompañado de gente que ahora ya no estaba. Por suerte, en cuando quise darme cuenta, se acercaba la hora del tour comunista que estaba bastante concurrido. Como suele ser habitual en estos eventos, el guía era muy competente, aunando simpatía y capacidad didáctica. Además nos contaba historias de su familia en la que habían convivido facciones pro-comunistas y anticomunistas. 

Fervor comunista
 Tanto o más interés, si cabe, despertó en mí una de las participantes del tour. Se trataba de una inglesa de 1,80, bien parecida, agradable y doctora en historia, habiendo hecho su tesis sobre la época comunista en Rumanía. Si existe la mujer perfecta, no debe andar muy lejos de ella. Con la atención dividida por momentos, disfruté del tour. Mis cavilaciones pesimistas parecían lejanas.  Una vez finalizada la ruta, intenté prorrogar el tour comunista cambiando de guía, pero la inglesa tenía otros planes. La perspectiva de pasar mi última noche de mi viaje, que para más inri era sábado, en solitario, hizo que mi ánimo volviera a desplomarse. En ese estado, no es de extrañar que no participase, sino que me limité a observar, en una competición de pulsos que se había montado en plena calle.

Tomándole el pulso a la ciudad
 Por el albergue las cosas no iban mucho mejor. En un claro ejemplo de "overbooking", empezaron a llegar huéspedes con reserva pero sin cama disponible. El pobre propietario hacía lo que podía, improvisando soluciones, como poner tiendas de campaña en la terraza. Esa idea no pareció del agrado de un terceto de españoles que, viendo el panorama, decidieron probar más suerte en otro lugar, a pesar de que no les iban a cobrar la estancia en tan singular habitáculo. No se mostró tan reticente otro compatriota, en este caso vasco, que se conformaba con pasar la noche en una hamaca.  Me estaba empezando a agobiar un ecosistema tan superpoblado, por lo que fui a dar un voltio nocturno. Mis intentos de reclutamiento en el albergue habían sido infructuosos. Volvía a estar solo en la gran ciudad. En mi estado anímico preveía que me iba a costar conciliar el sueño, por lo que intenté dar una pateada considerable para, por lo menos, cansar el cuerpo. 

 Se veía bastante ambientillo por las calles de Sofía. Hasta que llegué a una plaza donde había muchos grupos reunidos. El contraste con mi soledad era demasiado hiriente, por lo que decidí regresar al albergue. Como si el destino quisiera redimirse ante el castigo que me estaba imponiendo, y contra todo pronóstico, me topé con el grupo de tinajeros belgas con los que había coincidido en el albergue de Veliko Tarnovo. Estaban jugando en el suelo a un juego parecido al duro y me invitaron a sumarme al mismo. No soy yo mucho de esas timbas, pero en ese momento agradecí sobremanera estar con gente mínimamente conocida en un ambiente lúdico. Después de un rato, se dio por finalizado el festejo, y los simpáticos adolescentes se fueron a otro lugar para seguir la fiesta, mientras que yo di por finalizada la noche y me volví a mi atestado albergue. No había sido un día fácil para mí. Pero por lo menos mi actitud sirvió para que la jornada no hubiera ido mal del todo. Al día siguiente concluía mi periplo búlgaro. En la línea que había seguido durante ese día, intentaría aprovechar al máximo cada minuto.