jueves, 26 de marzo de 2015

Brasov

 El viaje en tren desde Bucarest hasta Brasov fue largo, pero se hizo ameno por  los paisajes. Una vez que abandonamos la llana y más bien seca Valaquia, nos adentramos en los Montes Cárpatos que ofrecían unas vistas de gran belleza.
 Ya en Brasov, tocó la habitual pateada desde la estación al hostel, atravesando impersonales barrios de estética comunista.  Mientras caminaba me temía que me habían dado el "tocomocho" al decirme que se trataba de una de las ciudades más pintorescas de Rumanía.
 Me instalé en el albergue, que no sólo era barato y tenía muy buena pinta, sino que además regalaba un cervezón por cada día de estancia. El recepcionista me ofreció también un viaje por los castillos cercanos para el día siguiente. Lo dejé en suspenso a expensas de ver lo que me podía ofrecer la ciudad.
 El centro ya era otra cosa. La arquitectura típica de la zona, con edificios muy bien restaurados, y el entorno montañoso dan un encanto especial a la ciudad.
 Aproveché lo moderado de los precios para comer de menú en una terraza como un marqués. No me extraña que en Rumanía los McDonald's y similares no tenga mucho predicamento. Por menos de lo que cuesta en España una hamburguesa con patatas y refresco, puedes comer muy decentemente en Rumanía. La jugada de pedir a ciegas (mis conocimientos de rumano no dan para mucho) no salió mal, destacando una sopa vegetal de auténtica enjundia.
 
Visita guiada, con el mítico letrero al fondo
 A las 6 de la tarde me esperaba el ya tradicional "free tour" por la ciudad. Una intensa y repentina lluvia lo puso en peligro, pero al rato amainó y nos pudimos deleitar con las historias con que nos obsequió la simpática guía. Dejando mi tradicional "niunclavelismo" a un lado le obsequié con una razonable y merecida propina al final del acto.
 Volví al albergue donde me preparé una humilde cena y pude practicar mi oxidado francés con una pareja suiza.
 Habiendo ya recorrido lo más vistoso de la ciudad, y teniendo un día más, decidí reservar el viaje por los castillos cercanos para el día siguiente. La recepcionista (no había cambiado de sexo, era el siguiente turno) me comentó que habían reservado dos compañeros más.
 A la mañana siguiente, nos vino a recoger un individuo a la puerta. Se habían apuntado un luxemburgués y un australiano. Nuestro chófer se mostró muy simpático y servicial al principio, pero conforme avanzaba el día, sus maneras fueron cambiando, no precisamente a mejor. Lo primero que nos empezó a llamar la atención fue que no paraba de hablar por teléfono mientras conducía, mostrando gran habilidad para tomar curvas cerradas empleando una sola mano.
Castillo de Peles
 Nuestro primer destino fue el castillo de Peles, en Sinaia. Construido a finales del siglo XIX, cuenta con una exquisita y lujosa decoración, además de estar ubicado en un lugar privilegiado en medio de las montañas.
 No me dejó tan buenas sensaciones el castillo de Bran, popularmente conocido como "castillo de Drácula".  Según dicen pudo inspirar la novela de Stoker, y la verdad es que, visto de lejos parece ser el marco perfecto para la historia. El encanto se rompió al visitarlo y ver que su interior es muy espartano. Tampoco ayuda que esté saturado de turistas y en sus inmediaciones cuente con decenas de tiendas de recuerdos, la mayoría alusivos al célebre vampiro.
Castillo de Bram: Mucho ruido, pocas nueces...y muchos turistas
 El tercer y último destino era la fortaleza de Rasnov, edificación medieval que se asienta en la cima de una colina. El conductor nos dejó en la base de la colina y nos dijo que "volvería en 1 hora a buscarnos". Allí había una suerte de "tren chispita" para subir y bajar. A pesar de que sólo valía unos pocos lei, nos dimos cuenta de que habíamos hecho el primo. No costaba más de 10 minutos hacer el trayecto andando, que además discurría por una agradable sendero arbolado.
 La fortaleza se trataba de un recinto amurallado que albergaba un pequeño pueblo en piedra relativamente bien conservado. El estar en la cima de una colina le otorgaba unas vistas muy notables.
 Para bajar, prescindimos del trenecito y buscamos al chófer, que tardó media hora en aparecer. Ya era notorio el descontento con él entre la expedición. La puntilla la puso cuando, ante la más que razonable petición de nuestro compañero luxemburgués, de conducirnos a un lugar estratégico para hacerle una foto al castillo desde abajo, se negó argumentando que eso nos desviaría de nuestra ruta. Finalmente cedió ante la insistencia de nuestro compañero. El tan inconveniente "desvío de ruta" supuso una demora de unos 3 minutos...
Fortaleza de Rasnov: la foto de la discordia

  Pocas risas se escucharon en el trayecto de Rasnov a Brasov. Como último servicio, el conductor se ofreció a dejarnos donde quisiéramos. Yo aproveché para ahorrarme una caminata y le pedí (no sin cierta precaución)  que lo hiciera en la estación de tren. No lo hizo de muy buena gana, pero lo hizo.
 Compré el billete para mi viaje del día siguiente y volví al centro, a tiempo para una nueva incursión en la gastronomía transilvana. Me metí en un restaurante que me habían recomendado vivamente y probé suerte con dos platos del menú al azar. El primero era una sopa que no tenía mala pinta...hasta que metí la cuchara y saqué unas tripas de vaca en tiras...¡Error!
 Estuve a punto de devolverla tal cual, pero me pareció una situación tan embarazosa, que intenté comer sólo el líquido. No estaba mal del todo, aunque cuando aparecieron los tropezones, tuve que desistir.
 Me lo jugaba todo al segundo plato. El camarero trajo un cuenco con una sustancia amarilla horneada no identificada. Podía ser cualquier cosa, pero el primer tiento me sirvió para descartar la casquería. Ya sin ese temor, pude paladearlo para descubrir que se trataba de una polenta (a base de harina de maíz) que estaba deliciosa. ¡Menos mal!
 De vuelta al albergue, me encontré con el australiano con el que había compartido la ruta matinal y le propuse que me acompañara a dar un paseo, lo cual aceptó. Mi idea era subir a una colina cercana a la  ciudad donde destaca un letrero similar al de "Hollywood", pero con el nombre de "Brasov".
 Se podía subir en funicular, pero ya habíamos tenido bastante con el "tren chispita" de esa mañana, así que subimos a pie por empinados caminos de montaña. Nos habían comentado que por la noche se podían encontrar osos por esa zona, lo que daba más emoción al asunto.
Cartel que parecía poca cosa desde abajo
 El letrero era imponente visto de cerca, y no menos lo eran las vistas sobre la ciudad, que además coincidían con el ocaso. Presenciando tamaño espectáculo nos encontramos con un grupo de 3 jóvenes con el que entablamos conversación. Nos los volvimos a encontrar en la bajada y nos ofrecieron acompañarles a cenar a un restaurante. Uno de ellos, un "traje" local de más de 2 metros, me explicó que había conocida a la pareja que le acompañaba (un australiano y una bucarestina),  haciendo "couchsurfing", modalidad que yo aún no he probado, pero algún día tiene que caer.
 Esta vez me dejé de experimentos y me conformé con un plato de pasta. Me sorprendió (y no agradablemente), que la gente se pusiera a fumar entre plato y plato, cosa que está permitida en el país. A pesar del humo, el trío nos causó una muy grata impresión. Eso de encontrarse un grupo de gente y acabar cenando con ellos no es muy habitual. Nos despedimos de ellos y. tras un breve paseo por las desiertas, pero bonitas calles del centro de Brasov, nos volvimos a dormir al albergue.
 Al día siguiente tocaba la última etapa de mi periplo por tierras dacias.
 


martes, 10 de marzo de 2015

Constanza

 Habiendo visitado ciudades comunistas, enclaves montañosos y cascos urbanos medievales, ya casi sólo me faltaba un día de playa para redondear mi periplo por la Europa oriental. El destino elegido fue Constanza, localidad bañada por el Mar Negro, y principal puerto de Rumanía. 
 No faltó quién me miró con extrañeza por visitar una ciudad portuaria, recomendándome que, en su lugar acudiera a Mangalia, donde,por lo visto había mucho más ambiente.
 Pero seguro que ellos no tienen un mítico atlas de los años 70 como yo, donde aparececían un par de fotos del puerto de Constanza. Una de las mejores cosas de hacerse mayor es que puedes llegar a lugares donde de niño sólo podías soñar.
 El viaje de unas 3 horas en autobús transcurrió por una anodina autopista, cuyo hito más reseñable fue el ver a lo lejos la única central nuclear con la que cuenta el país.
Puerto de Constanza
 Tampoco el panorama iba a mejorar mucho una vez alcanzada la estación de Constanza. A falta de una orientación clara a la hora de buscar el centro urbano, me dirigí hacia el mar. Atravesando vías férreas y paisajes desolados, conseguí llegar al puerto, donde destacaban la gran cantidad de grúas y el tonelaje de los buque amarrados. Turismo alternativo 100 %.
 Estuve un buen rato vagando entre muelles y almacenes semiabandonados hasta que pude encontrar una salida a la "civilización".
 Bordeando la costa, me encontré con un impresionante casino estilo "Art Nouveau", que, por las pintas muy descuidadas, daba la impresión de llevar muchos años cerrado.
Casino
 Tras pasar junto a un humilde puerto recreativo pude, por fin, alcanzar el centro histórico, donde aparte de un par de palacetes y unas ruinas romanas, no había mucho más destacable.
 Mi paseo fue brevemente interrumpido por una joven que estaba haciendo una colecta para ayudar a un niño al que no recuerdo muy bien qué problema le acuciaba. Le ofrecí 1 leu (unas 40 pts.), que fue recibido con muy poco entusiasmo, y hasta diría que desprecio.
 Allí aprendí una lección importante: es mejor no dar nada que dar poco. En el primer caso, sólo piensan que eres un "agarrao". En el segundo caso, piensan lo mismo, y además que eres un pusilánime. Otra opción es dar mucho, pero yo no duermo en albergues y llevo un móvil de antepenúltima generación para andar luego haciendo gala de desprendimiento.
 Visto que el casco urbano no daba mucho más de sí (es una ciudad relativamente grande, pero de arquitectura, cuando menos discutible), me dirigí a la playa.
 Si no hubiera ido en plan "talento natural", podría haber visitado un complejo turístico bastante potable llamado Mamaia, que estaba a apenas 3 km de la ciudad. Pero no fue así y debido a mi ignorancia, me tuve que conformar con las playas de Constanza, que no son gran cosa, pero tienen su punto.
 Sin llegar a las masificaciones levantinas, las playas estaban bastante concurridas. El baño en el mar Negro era mi objetivo evidente. Lo malo es que en mi mochila llevaba la cartera, el móvil y el billete de vuelta. Demasiados huevos en el mismo cesto, y más teniendo en cuenta el susto que me había llevado en Varsovia con el extravío de mi cartera. Y por qué no negarlo, también pesaba el prejuicio que se ha ido formando en mi mente cada vez que leo en el periódico que "un rumano" ha cometido un delito en España.  Por ello, mi baño, duró apenas un minuto, que además no pude disfrutar relajadamente.
No es Benidorm, pero se defiende
 En este caso, mis prejuicios estaban bastante injustificados. El ambiente de la playa era muy tranquilo y familiar. Bastante gente dejaba confiadamente sus bolsas en la arena mientras se bañaban, había un puesto de venta de libros e incluso en los urinarios públicos quedaba papel. En resumen, en cualquier playa española se percibe más riesgo de que tu bolsa "vuele" si la dejas sola mientras te bañas.
 Si el baño no fue relajante, si lo fue la cerveza "Skol" que me tomé en un chiringuito en primera línea de playa al pírrico coste de 3 lei (menos de 1 euro).
 Aún me sobraba algo de tiempo para callejear por la ciudad, sin ver nada destacable. Da la impresión de que Constanza ha vivido tiempos mejores y presenta una cierta decadencia.
 Otras tres horas de viaje de vuelta y llegada ya de noche a Bucarest. Como era mi última noche, no quise dejar de visitar una réplica del Arco del Triunfo, a la que llegué tras una larga pateada. Mi decepción fue mayúscula al comprabar que estaba en obras y lo habían tapado con un toldo. 
  La vuelta al albergue sirvió para que los "amigos" de las "señoritas de vida alegre" (eufemismo desacertado donde los haya) que poblaban la calle del mismo, me hicieran su última invitación, que fue cortésmente rechazada.
 Al día siguiente me esperaba un viaje al corazón de Rumanía.

jueves, 19 de febrero de 2015

Bucarest (II)

 A la mañana siguiente, salí de mi "refugio" con la sana intención de patear Bucarest armado con un humilde plano de propaganda. Me dirigí al centro, no sin antes comprobar con alivio que existían en la ciudad casas de cambio de moneda con tasas mucho más razonables que en la estación. Por fin pude "librarme" de mis eslotis y cambiarlos por lei en una correcta relación 1:1.
Popurrí de estilos
 La sensación que me ofrecían las calles de Bucarest era contradictoria.  La arquitectura es un poco caótica, y muchos edificios están bastante descuidados. Por contra, hay auténticas maravillas arquitectónicas y edificaciones imponentes. Y no es que haya unas zonas cutres y otras lujosas, sino que se encuentra todo bastante mezclado. El centro histórico está muy bien restaurado, aunque siguiendo la línea del resto de la ciudad, cuenta con mucha diversidad de estilos y épocas.
 Al rato llegué a una imponente avenida y al fondo se divisaba el "Palacio del Pueblo", un descomunal edificio mandado construir por el dictador Nicolae Ceaucescu. Para llegar a él tuve que recorrer un inmenso bulevard, construido a semejanza de los Campos Elíseos parisinos, aunque con bastante menos "glamour". Al final de la avenida, se alzaba majestuoso el coloso al que iba a intentar visitar al precio que fuese.
Palacio del Parlamento
 Le pedí a un individuo que me hiciera una foto y comprobé que llevaba la misma intención que yo. Resultó ser de Cracovia, así que ya tuve tema de conversación con él tras mi reciente visita a su ciudad. Tuvimos que rodear casi todo el perímetro del palacio para encontrar la entrada, lo cual nos llevó un buen rato.
 La visita sólo se puede hacer guiada, y según nos explicaron, sólo se enseña un mínimo porcentaje del palacio. Suficiente para hacerse una idea de la magnificencia del edificio. Y también para darse cuenta de lo "pasado de rosca" que estaba Ceaucescu.  Se trata del segundo edificio más grande del mundo después del Pentágono. Cuenta con habitaciones con 15 metros de altura, enormes alfombras que necesitan de una cuadrilla para enrollarlas, una araña de cristal de varias toneladas, unas escaleras de marmol que tuvieron que hacerse 3 veces porque no estaban al gusto de la primera dama....todo ello con materiales de primerísima calidad (rumanos, eso sí) mientras la mayoría de sus sufridos conciudadanos las pasaban canutas. Por eso no me extraña que los rumanos tengan sensaciones encontradas con este palacio. De hecho, incluso se pensó en derribarlo, una vez que cayó el régimen comunista. En todo caso, es una visita absolutamente recomendable.
 Seguí dando vueltas por la caótica e imprevisible, aunque siempre interesante Bucarest, haciendo tiempo hasta que se hicieron las 6 de la tarde, hora en la que empezaba una visita guiada por la ciudad. El grupo era bastante grande (unas 30 personas), pero el guía supo manejarnos con maestría y un gran sentido del humor.
Estatua de Vlad Tepes, inspirador de "Drácula"
 Empezamos por el casco histórico para visitar posteriormente algunos palacios de los que la ciudad tiene en abundancia y acabar en la plaza Revolución, donde Ceaucescu dio su último discurso público antes de que la muchedumbre se volviera contra él.
 Entre ellos había una pareja mallorquina con la que hice buenas migas. Con ellos y algunos miembros más de la expedición nos fuimos a cenar y a echar un trago. Como ya he dicho alguna vez, estos "free tours" son un buen lugar para socializar.
 Me retiré pronto a mis aposentos, ya que al día siguiente tocaba visita a la playa.





 


viernes, 13 de febrero de 2015

Bucarest

  Una vez que hube decidido que mis dos destinos en Europa del Este serían Polonia y Rumanía, tuve que estudiar el calendario para optimizar la ruta a seguir. El punto crítico era encontrar un vuelo que enlazara ambos países más o menos a mitad de viaje y a un precio competitivo. Gracias a un buscador de vuelos de última generación, encontré un trayecto que unía Varsovia y Bucarest, con escala en Belgrado, a precio de risa. Ya puestos, miré cuánto me hubiera costado hacer esos mismos vuelos por separado para pasar por lo menos una día en la capital serbia. Curiosamente, cada uno de ellos por separado costaba mucho más que el trayecto combinado, lo cual despejó cualquier duda.
 A pesar de ser una "aerolinea de bandera", no había leído muy buenas críticas de Air Serbia en los foros de viajes, así que iba con cierta prevención.No sólo no tuve ningún problema, sino que después de tantos vuelos "low cost" pude disfrutar de esos pequeños detalles que se reservan a las compañías de mayor fuste. Como por ejemplo que te sirvan comida, y además una en cada vuelo, a pesar de que sólo duraban alrededor de una hora cada uno.
  La escala en el aeropuerto Nikola Tesla de Belgrado fue muy breve, y apenas sirvió para poder decir que he visitado otro país más.
 En el segundo vuelo monté por primera vez en un avión de turbohélices (modelos con las hélices a la vista) bastante estrecho, que da una cierta sensación de inseguridad, aunque su fiabilidad está más que demostrada.
Aeroplano de turbohélices
 Nada más llegar al aropuerto de Bucarest acudí raudo al oficina de cambio en busca de moneda local (lei). Para mi decepción, no aceptaban divisa polaca, por lo que ya me veía jugando al monopoly con la morterada de eslotis que llevaba encima. Cambié una mínima cantidad de euros y compré un billete de tren para el centro.  Me extrañó que el siguiente viaje saliera una hora y veinte más tarde, hasta que reparé en que el huso horario rumano está una hora adelantado al polaco.
 La "estación" de tren estaba un poco alejada del aeropuerto. Una furgoneta  (en la que sólo montamos dos viajeros) se encargaba de salvar esa distancia. Las comillas que he puesto en "estación" están con toda la intención, ya que se trataba de un apeadero en mitad de la nada sin ningún letrero y con unos humildes asientos de plástico de los que la mitad estaba destrozados.
Apeadero espartano donde los haya
 Al rato se paró un tren y no se subió nadie, lo que me hizo dudar un momento. Vi que una empleada se asomó a la puerta de un vagón y corrí a preguntarle. Efectivamente, ese tren iba a Bucarest.
 En ciudades con clara vocación turística se intenta un poco "engañar" al visitante para la impresión que se lleve de su estancia sea buena, y sobre todo se cuida el primer impacto que recibe. En este caso, no parece que Bucarest ponga mucho afán en ello. La Estación del Norte cuenta con un estilo arquitectónico monumental, pero se nota que no ha sido renovada en muchos años, y me transmitió un espíritu muy decadente.
 Con dinero fresco se ve todo de otra manera, así que busqué la oficina de cambio de la estación donde, esta vez sí, mis eslotis, que ya estaban pesándome sobremanera en el bolsillo, se podían cambiar a moneda local. Eso sí, cuando vi la tasa de cambio, me vine abajo. Por cada esloti me daban medio leu (en el cambio oficial están casi a la par), lo que en números redondos es una comisión del 50 %. Ahora entiendo por qué dicen que el euro es una "moneda refugio", y nunca lo he oído del esloti.
Estación del Norte (Gara Nord). Ha vivido tiempos mejores
 Los apenas 15 minutos que separaban la estación de mi albergue tampoco hicieron mucho por mejorar la imagen que me estaba formando de Rumanía. No parecía ser la zona más ilustre de Bucarest, así que llegué a mi morada con un sentimiento que se acercaba al desamparo. No ayudó mucho que la recepcionista me advirtiera de que tuviera cuidado si volvía por la noche al albergue, ya que esa calle era una zona de prostitución.  Hay un dicho que se aplica a algunas ciudades que dice: "A xxx se viene llorando, y se sale llorando". De momento, Bucarest, garantizaba la primera parte del adagio.
 Pronto empezaron a cambiar las cosas. Mi visita a un hipermercado cercano, no sólo me sirvió para satisfacer mi curiosidad cultural, sino también para comprobar que los precios en Rumanía eran tan competitivos o más que los polacos.
 Al volver al hostel, la recepcionista me comentó que unos huéspedes habían preparado una barbacoa en el jardín y estaba invitado. Eso me resolvía de mis necesidades gastronómicas y sociales de un solo golpe, así que acepté encantado.Fui bien acogido en el grupo, batante heterogéneo, aunque con mayoría gala. Mi idea de hacer una incursión nocturna por el centro de la ciudad se esfumaba mientras caían las cervezas y los trozos de pollo. Definitivamente, Bucarest estaba empezando a remontar...

jueves, 22 de enero de 2015

5º Memorial Kamili Skolimowskiej

 En mis pateadas por Varsovia, me encontré un cartel que, a pesar de estar en polaco, entendí bastante bien. Consistía en una foto del velocista Usait Bolt, flanqueado por un ramillete de lanzadores polacos con un estadio al fondo. Se trataba de un mitin atlético de enjundia en Varsovia, que coincidía con mi visita a la ciudad. El "talento natural" a la hora de viajar da estas satisfacciones.
 Como he comentado en mi anterior entrada, la pérdida de la cartera (entrada incluida), puso en peligro mi asistencia. Pero afortunadamente pude comprar otro boleto al mismo y competitivo precio el mismo día de la prueba.
Parece que en Varsovia se quiere más a Bolt que a Putin.
 Aproveché el viaje para hacer un poco de turismo haciendo que mi ruta hacia el estadio pasara por el barrio de Praga. Se trata de una zona un poco apartada del centro que se salvó bastante bien de la destrucción que sufrió Varsovia en la Segunda Guerra Mundial. Por ello, es el único lugar de la ciudad donde se puede apreciar la arquitectura original de la época anterior a la contienda. Está bastante "descojonada", pero tiene su encanto. Eso sí, en el tour comunista nos recomendaron que no la vistáramos de noche. Yo no le pude dedicar mucho tiempo, pero me pude hacer una idea general.
 Conforme me acercaba al estadio iba aumentando la marea humana que anticipa las grandes ocasiones. Entre ellos se veían muchas familias con niños pequeños. Se preveía un gran ambiente, que se confirmó al entrar al estadio. Se trata de uno de los recintos construidos para albergar la Eurocopa de fútbol de 2012, de grato recuero para los aficionados españoles. Es una auténtica maravilla arquitectónica, contando incluso con techo retráctil, que estaba cerrado para la ocasión.
 Todo el subidón que estaba experimentando se vino un poco abajo cuando comprobé que el mitin tenía "trampa". No contaba con pista de 400 metros, por lo que no podía esperar ninguna carrera que superara los 110 metros que tenía una recta situada en un lateral. Además de ello, el foso de salto de longitud y la pista de aproximación estaban en una especie de tarima un par de palmos elevada del suelo.
Panorámica general del estadio.
 Pero esa ligera decepción se esfumó cuando vi aparecer la impresionante nómina de lanzadores que habían acudido al evento: Reese Hoffa, Tomasz Majewski y Christian Cantwell en peso; Piotr Malachowsky y Robert Harting en disco; Betty Heidler, Anita Wlodarczyk,  Krisztian Pars y Pawel Fajdek en martillo. Entre ellos, numerosos campeones de Europa, del mundo y olímpicos. De todos ellos brilló con luz propia el martillista polaco Fadjek. En uno de sus lanzamientos el estadio se vino abajo. Como no entendía al locutor, no sabía lo que estaba pasando. Luego pude informarme y comprobar que los 83,48 m. que había lanzado el "angelito" no sólo eran récord de Polonia (no es poca cosa en un país de grandes lanzadores) sino que era el mejor lanzamiento mundial desde 2008. No contento con ello, completó una serie para enmarcar, con sus 6 lanzamientos por encima de los 80 metros.
83,46 m. Récord de Polonia. Mejor marca mundial del año.
 La otra estrella de la noche no podía ser otro que el mítico Usain Bolt, el velocista más rápido de la historia. Hizo acto de presencia a bordo de una especie de "papamóvil" efectuándo una vuelta al estadio y dándose un baño de multitudes. Cuando vi que no estaba presente en las semifinales de los 100 m, pensaba que su "actuación estelar" se iba a limitar a esa vuelta de honor mandando besos al público. Pero luego puede comprobar con alivio que la organización había decidido evitarle ese trámite para colocarlo directamente en la final. Allí no decepcionó las expectativas depositadas en él (que siempre son enormes) y se impuso con holgura, logrando bajar de los 10 segundos, parando el crono en 9.98, que suponen un récord del mundo, aunque con algo de trampa. Es la mejor marca en 100 m conseguida bajo techo, lo cual suena muy bien. Pero hay que tener en cuenta que es muy raro ver carreras de 100 m. "indoor", siendo habitual que en pista cubierta la prueba de velocidad pura sean los 60 m lisos.
 Con este espectacular colofón se cerró un espectáculo inolvidable, que redondeó mi ya grata estancia en Polonia. Aún me quedaba una semana de viaje, en la que no iban a faltar grandes momentos.

lunes, 5 de enero de 2015

Varsovia (y III)

 Al vestirme por la mañana, comprobé alarmado que mi cartera no estaba en el pantalón.Miré por el suelo de la habitación y no aparecía. La situación se estaba empezando a poner tensa.  Había metido demasiados huevos en el mismo cesto, y de golpe me había quedado sin dinero (excepto una pequeña cantidad), sin tarjeta bancaria, sin DNI y lo que es peor, sin mi entrada para el mitin atlético. Todo ello, con más de una semana de viaje reservado por delante. Por suerte, me había dejado el pasaporte en la taquilla.
 Una vez que me cercioré de que la cartera no estaba en la habitación, me permití 3 segundos de desesperación y empecé a trabajar para solventar el entuerto.
 Lo primero que hice fue preguntar en recepción por si la habían encontrado. Me dijeron que no, pero estarían pendientes y se lo harían saber al personal de limpieza.
 Lo segundo fue rememorar los movimientos monetarios de la  noche anterior. Recordaba que mi último gasto había sido en el supermercado donde acabamos la noche. Así que allí fui, para comprobar que abría a las 10 de la mañana (eran aún las 8 y pico).
 Tercer movimiento. Buscar la oficina más cercana de transferencias de dinero. Había bastantes por la zona, pero no estaban todas abiertas al ser sábado. Me puse en contacto con mi hermano y le puse sobre aviso para que me enviara dinero si la cartera no aparecía.
 Como un clavo esperé a que abrieran el supermercado, donde me atendió una joven que, afortunadamente, hablaba inglés. Buscó en un cajón sin encontrar nada y me dijo que hablaría con el supervisor y que me pasara a las 4 de la tarde para volver a preguntar. No me sonó nada convincente, así que volví al albergue donde me aconsejaron que acudiera a la policía para comunicar la pérdida. Me dijeron que fuera a una comisaría en concreto donde hablaban inglés. Allá fui mientras llamé a mi hermano para que me enviara el dinero necesario para seguir dando mal por Europa del Este una semana más.
 Al llegar a la comisaría, tras un largo paseo, comprobé que iba a ser difícil entenderme con el funcionario que pertencía a la ya mencionada en mi anterior entrada,"vieja escuela". Menos mal que en las dependencias había una "clienta" local que, con un perfecto inglés me hizo de traductora. Aparte de recomendarme encarecidamente anular la tarjeta, me dijeron que allí no podían hacer nada y que fuera a la embajada española.
Por lo menos, la zona de las embajadas era bonita...
 Allá que fui, dando otro paseo, esta vez mucho más largo, para comprobar que nuestra embajada estaba cerrada. Había un letrero con un teléfono de emergencia, pero me estaba empezando a sentir como Josef K. en "El Proceso", así que lo dejé correr.
 Mi hermano me dio un código con dos series de números para presentar en la oficina y obtener el dinero. Mi primer intento fue infructuoso, al no funcionarles internet en la oficina. Al segundo le mostré la primera serie de números y mientras los comprobaba vi que el cambio esloti/euro era bajísimo, por lo que hubiera perdido mucho dinero en la operación, así que no le mostré la segunda serie y me fui poniendo una fingida cara de decepción. A la tercera fue la vencida y pude conseguir los deseados y necesarios eslotis. Luego me di cuenta de que hubiera sido mucho más conveniente pedir el dinero en euros, pero en ese momento no se me ocurrió.
 Ya con dinero fresco en el bolsillo, volví al estadio para ver si quedaba alguna entrada para el mitin atlético. Afortunadamente les quedaban, y además al mismo y competitivo precio.
 La mañana había sido muy movida, así que me volví al albergue a descansar un rato.
Palacio de la Cultura y la Ciencia
 La reunión atlética fue apoteósica, y se merece una entrada propia. Al terminar la misma, volví al centro y aproveché para acercarme al imponente Palacio de la Cultura y la Ciencia que, como explicaron en el tour comunista, no es muy querido por los varsovianos, especialmente por las connotaciones históricas que conlleva. Por aquí se dice que desde sus alturas se tiene la mejor vista de la ciudad...porque es el único sitio desde donde no se puede ver. Estos polacos parecen muy serios, pero en el fondo son unos cachondos...
 A mí, como no soy de allí ni Stalin me ha hecho nada (aunque no sea santo de mi devoción), me gusta.Hay algo que me atrae de la arquitectura monumental.
  Al ser un poco tarde, estaban casi todas las dependencias cerradas, así que me quedé con las ganas de hacerle un escaneo en profundidad, que queda para mi próxima visita.
 Era mi última noche en Polonia, así que había que salir. Volví a quedar con mis grupo de amigos al que se había unido un brasileño que dormía en su albergue. Nada más verlos, les comenté mis peripecias y me dijeron que la noche anterior habían visto a un empleado del supermercado salir blandiendo una cartera en la mano. Parecía que no todo estaba perdido, así que fuimos ipso-facto a la tienda, donde nos esperaba una larguísima cola. Esperamos pacientemente a nuestro turno y me encontré con la misma cajera a la que le había preguntado por la mañana (debe hacer más horas que un reloj). Les comentó algo a unos empleados y me dijo que esperáramos fuera. Al rato salió una pareja con mi cartera en la mano, a la cual no le faltaba ni un céntimo de esloti. Gran profesionalidad y honradez de los empleados del supermercado. Se trataba de un "Carrefour" situado al principio de la calle Novy Swia. Hay que darles publicidad...
 Fuimos a celebrarlo a un bar cercano y nos dimos una vuelta por el centro. Preguntamos a un local por alguna zona de marcha y nos dijo que junto al río Vístula había bastante ambiente. Allí fuimos tras un largo paseo por recónditas y solitarias calles.
Marcha a orillas del Vístula. Si eso nos pasamos otro día..
 En la orilla del río había algunos garitos al aire libre donde sonaba música maquinera, con alta densidad humana, escasa ratio femenina y, según comentó un valiente del grupo que se internó en el tumulto, olor desagradable. Vamos, que no tentaba demasiado. Así que dimos por finiquitada la noche, no sin antes hacer parada en un local para profundizar en mi conocimiento de la gastronomía polaca en forma de zapiekanka (especie de panini con ketchup).
 Mis amigos volvían a España al día siguiente. Tocaba despedirse. En mis viajes en solitario conozco mucha gente, pero con la mayoría sólo coincido un día o dos. Por eso, de vez en cuando se agradece poder compartir más tiempo con gente, con la que además tuve bastante afinidad y "buen rollo". Ainize, Germán y Javier, encantado de haberos conocido. Queda pendiente una visita a Breslavia. Os tomo la palabra.
 La última noche en el albergue, donde volvieron a aparecer motosierras competentes, no empañó la buena imagen que me quedó de Polonia. Un lugar lleno de historia, con buenos precios y gente honrada (cosa que recuerdo cada vez que echo mano de mi cartera).

viernes, 2 de enero de 2015

Varsovia (II)

 Esta vez no hubo problemas, y el folleto indicaba claramente dónde era el punto de encuentro de tour por la "parte vieja". Las comillas se deben a que Varsovia quedó tan arrasada después de la Segunda Guerra Mundial, que hubo que reconstruir todo el casco histórico.
 Unos cuantos viejos conocidos se habían sumado a la actividad. Estaba la pareja hispano-chilena que había conocido en el tour comunista y con la que había compartido comida el el "milk bar". Además apareció Sarah, la británica con la que había explorado las minas de sal de Cracovia, y que para más INRI, dormía en el mismo albergue que yo.
 Como ya he dicho antes, los nazis habían dejado la ciudad hecha una auténtica ruina. Tras la guerra, y gracias a la ayuda soviética, el casco antiguo fue reconstruido procurando ser fieles a la arquitectura original. El resultado es asombroso, ya que la impresión que da pasear por el centro de Varsovia es la misma que se tiene al hacerlo en cualquier otra ciudad que conserve edificios de hace muchos siglos.
Comienzo del "tour"

 Como suele ser habitual en estos casos, el guía destacó tanto por sus conocimientos como por su simpatía. De hecho, al final se ofreció para hacer una "visita guiada no oficial por los baretos del casco antiguo". Pese a lo tentador de la propuesta, la rechacé, ya que había quedado con los compañeros de viaje que había conocido en Cracovia, a los que se sumó la británica Sarah para echarle un tiento a la noche varsoviana.
 Como no quiero que se me tache de superficial y/o sexista, no diré nada sobre la destacable belleza de las mujeres polacas. Sí diré, no obstante, que en general son bastante cordiales.
 Por lo que pude comprobar, en general hay un cambio generacional muy grande en Polonia. La "vieja guardia" parece ser más cerrada y apenas hablan inglés. La siguiente generación, por contra, es más receptiva y muchos de ellos hablan inglés, y además bastante bueno.
 Precisamente por no haber alcanzado ese nivel, Germán (uno de los integrantes de nuestro grupo) tuvo un malentendido con una camarera. Le preguntó si le iba a cobrar 14 eslotis por una ronda, pero le entendieron que quería 14 cervezas y las sirvieron. Lo que en otro país hubiera sido casi una tragedia financiera, en este caso fue una anécdota jocosa, habida cuenta de los competitivos precios del país. Y más si añadimos que Germán le pidió a la camarera que nos guardara las botellas abiertas en el frigorífico para que nos las sacara mientras íbamos bebiendo el resto.
Las cervezas se nos apoderaban

 Malentendidos aparte, lo pasamos muy bien en los dos garitos que estábamos echándonos unas risas entre nosotros y con los turistas y locales que pululaban por allí.
 A eso de las dos de la noche, decidimos dar por concluida la salida, no sin antes pasarnos por un supermercado para echarnos un bocado al cuerpo.
 Volvimos cada mochuelo a su hostel para dormir, o intentarlo. En mi caso, un par de motosierras con las que compartía pieza, lo hicieron ciertamente difícil. Pero eso no fue nada comparado con lo que me esperaba a la mañana siguiente...