miércoles, 29 de julio de 2015

XL TRAVESÍA AL PANTANO DE ARGUIS

 El pantano de Arguis está situado a unos 20 km al norte de Huesca. Más destacable para mí que la belleza de su entorno entre montañas de la Sierra de Guara, es la carretera que lleva hasta él. En mi adolescencia, la subida a Arguis en bici era una de las etapas más míticas de nuestra particular "Vuelta a Huesca", con sus 6 kilómetros de exigente (para nosotros) subida. Más de una vez me hubiera dado un chapuzón en sus aguas, pero nunca me decidí.
 Hasta que hace unos días vi un cartel en la calle anunciando una prueba de natación en el pantano. Mi único contacto con el líquido elemento (higiene personal aparte) este año han sido dos baños cerca de Salou y unos chapuzones en Benidorm. Pero mi estado cardio-vascular es bastante bueno debido a mi afición por correr. Así que lo tenía medio pensado cuando en un foro de whatsapp (sí, alguna vez tienen utilidad práctica) una chica manifestó su deseo de participar . Ello me dio el empujón que me faltaba.
 El día de antes, y para dar mayor imagen de profesionalidad, me hice con un bañador semipaquetero, un gorro y unas gafas, con los que mi parecido a David López Zubero era asombroso. Evidentemente en la actualidad, no cuando ganó la medalla en Moscú.
 Al llegar al pantano vi que mis rivales iban a ser de enjundia. La mayoría lucían distintivos de clubes y se los veía muy finos. Mi amiga no es Mireia Belmonte, pero por lo que me dijo, llevaba muchas horas de piscina este año. Así que el farolillo rojo llevaba mi nombre...si conseguía terminar.
 La prueba consistía en nadar hacia una isla situada en medio del pantano, rodearla y volver al mismo punto, lo que suponían 1200 metros de nada. La ignorancia es atrevida, así que yo estaba de lo más confiado esperando empezar la travesía.
 La salida fue un momento un poco comprometido. La temperatura del agua era agradable, pero yo no estoy acostumbrado a nadar rodeado de gente. Y hay que estar muy atento para no chocar con los brazos y piernas que aparecen por todos los lados.
Foto cortesía de radiohuesca.com
 No duró mucho ese problema, ya que, al poco tiempo, empecé a descolgarme del pelotón. Y no solo eso. Me estaba empezando a quedar sin fuerzas. Mi salida "explosiva" había sido una temeridad. Me preguntaba cómo iba a ser capaz de acabar, siendo que la isla aún se veía lejana.
 Intenté mantener un ritmo lento, pero regular. Aun así, me desfondaba por momentos. Probé a nadar de espalda, o a braza, pero apenas avanzaba. Así a lo tonto vi que la isla estaba a tiro y me motivé para seguir en mi empeño.
 Lo que parecía un islote minúsculo desde la orilla, asemejaba Gran Bretaña visto desde cerca. Con mucho sufrimiento, conseguí ganar las costas del norte de Escocia, y cual barco derrotado de la Gran y Felicísima Armada tomé rumbo sur para volver a mi origen.
 No hizo falta que me hostigaran desde las costas de Irlanda. Iba con la reserva, mis movimientos eran cada vez menos gráciles, y cada dos o tres brazadas me echaba un traguito de agua al cuerpo.
 En este tramo se me acercaba de vez en cuando una lancha con voluntarios, supongo que preparados para echarme el lazo en cuanto me hundiera sin remisión.
 Pero si algo soy, es tenaz, y es muy difícil que me rinda. No siempre es algo positivo. No tenía ninguna necesidad de acabar esta prueba que me estaba matando. Pero mi orgullo (otro que tal baila), me impedía subirme a la lancha de salvamento.
 Así que tirando de casta fui poco a poco acercándome a la orilla, hasta que vi una figura a mi izquierda. Pensaba que iba el último con diferencia, pero mi amiga, que había regulado mucho mejor que yo su esfuerzo, me estaba dando alcance y superando. En un gesto de compasión, fue a la par conmigo hasta que llegamos a la deseada orilla. Estaba totalmente exhausto y me costaba mantenerme en pie. Parece mentira que un ejercicio que parece tan ligero pueda cansar tanto. Y más si se hace sin la preparación adecuada.
 En cualquier caso, pude sobrevivir a la experiencia, aunque con unas agujetas que me duraron una semana, y la lección bien aprendida.
 Dos semanas después volví al "lugar del crimen" con un amigo. Hacía una tarde deliciosa, y el baño en el pantano de Arguis, sin competir contra nadie ni tener que demostrar nada fue maravilloso.

domingo, 12 de julio de 2015

Estambul (y III)

 Para el sábado, tenía prevista una de las actividades que más me gusta realizar en mis viajes: el contacto con la gente local. Había quedado con una chica de Estambul que había conocido en internet unos años antes. Como habíamos quedado al mediodía, aproveché la mañana para darme una buena pateada, que me condujo al barrio de Besiktas. Este distrito me evoca inevitablemente al equipo de fútbol. Quería ver si podía ser recordado por alguna otra cosa.
 Besiktas se asienta sobre unas colinas situadas junto a la línea de costa del Bósforo. Me dio la impresión de que era una de las zonas más acomodadas de la ciudad, con tiendas de las principales y más caras franquicias, además de numerosos locales y cafeterías de bastante nivel. Interesante, pero poco atractivo desde el punto de vista turístico.
 A mediodía se produjo en encuentro en la plaza Taksim. Tenía mis dudas sobre cuál sería la forma adecuada de presentarse ante una mujer musulmana. Mis "pajas mentales" se disiparon cuando Yesim me recibió con un caluroso abrazo.
 Nos dimos una buena pateada hasta llegar al barrio de Ortakoy, una zona bohemia a orillas del Bósforo repleta de terrazas y cafés. Nos sentamos en uno de ellos para tomar el clásico y enjundioso "desayuno turco". No soy mucho de desayunar fuerte, pero como dicel el refrán..."allá donde fueres, haz lo que vieres". Y al fin y al cabo era ya más de la  una de la tarde.
El mítico desayuno turco

 Con el estómago saciado de manjares otomanos, fuimos a un barco que realizaba un paseo por el Bósforo. Típica turistada que no deja de tener su encanto.
 Pero a mí el paseo en barco que más me interesaba era el que permitía pasar al lado asiático de la ciudad. Mi anfitriona se extrañó de mi interés (supongo que para ella es sólo otra parte más de Estambul y además sin demasiado encanto). Pero para mí era la puerta al mágico y misterioso continente asiático.
 Así que cogimos un ferry con menos alharajas que el anterior, y en apenas un cuarto de hora pude poner pie en Asia, emulando a grandes exploradores como Marco Polo, Legazpi o Urdaneta. El histórico acontecimiento tuvo lugar en el barrio de Üsküdar.
 Evidentemente, y a pesar de mis expectativas, no encontré ni caravanas de mercaderes, ni palacios con princesas, pero lo cierto es que la zona tenía bastante encanto.
 Destacaba un mercado de pescados con mucha variedad y frescura, amén de todo tipo de restaurantes y tiendas, entre las que me llamó la atención una dedicada en exclusiva a la venta de huevos. Ya sé que en España hay hueverías, pero venden otras cosas además. Y debía ser bastante buena, a tenor de la cola que se formaba delante de ella.
La tienda de los huevos

 Volvimos a la parte asiática cogiendo un metro que circulaba bajo el lecho marino y que había sido construido recientemente.
 Intentamos visitar la imponente Mezquita Azul, que es considerada la más importante de la ciudad. Vano intento, pues era hora de oración. Aunque a mi amiga le dejaban entrar, mi condición de cristiano viejo me impedía el acceso en ese momento. Gentilmente, mi anfitriona tampoco entró. Estuvimos un rato por las inmediaciones y nos despedimos. Yesim, cuenta con un cicerone cuando vengas a Huesca.
 Un rato después, me volví a encontrar con el compañero de Zaragoza, que empezaba a estar más que "mosca" con el conserje de su hotel. Tenía que comentarle una cosa y lo acompañé.
 El  empleado era un personaje curioso, un "pelota" y "bienquedar" profesional, que me llamo "amigo" 4 ó 5 veces, mientras no paraba de hablar bien de los españoles en general. Pero sus palabras y sus hechos no concordaban demasiado, ya que, con todas las buenas maneras del mundo, le pidió al maño que se cambiara de habitación esa noche. Parecía una jugada un tanto irregular, pero tras ver que la nueva habitación era correcta, mi compañero accedió.
 Nos despedimos de la gastonomía estambulita, con un kebab, como no podía ser de otra forma, y luego nos despedimos nosotros. Para mí, los buenos compañeros de viaje son aquellos que no lo limitan y además lo enriquecen. Fernando fue uno de ellos. Hace poco me lo encontré en la estación de Atocha de Madrid. Como dice el refrán..."Dios los cria y ellos se juntan".
 Ya de vuelta en el albergue, me encontré dos nuevas compañeras de cuarto, australianas ellas. Me contaron que habían venido a Turquía seleccionadas por su gobierno para conmemorar la batalla de Galípoli, donde británicos y australianos sufrieron una auténtica escabechina a manos del ejército turco (que tampoco se fue de rositas) en la Primera Guerra Mundial.
A la mañana siguiente me despedí del entrañable conserje luso-brasileño y dí mi último paseo por Estambul hasta la plaza Taksim. Como de costumbre, me encontré con muchos retratos de Atatürk, artífice de la modernización del país, y una figura muy venerada por la gran mayoría del país. A veces me pregunto si en España tenemos un Atatürk (o un De Gaulle, o un Churchill o un Adenauer), pero me temo que somos demasiado cainitas para que una personaje sea unánimemente (o casi) apreciado.
Atatürk: Omnipresente en la ciudad

 Afortunadamente llegué con tiempo de sobra al aeropuerto. De otra manera, hubiera tenido problemas, ya que había que pasar nada menos que tres controles: dos de maletas y uno de pasaportes.
 A pesar de que habían sido bien aprovechados, mis tres días en Estambul me dejaron con más ganas de volver. Habrá que hacerlo, pero sin perder de vista que aún queda mucho mundo por recorrer.




lunes, 6 de julio de 2015

Estambul (II)

 De buena mañana me encontré con el zaragozano que había conocido el día anterior en el autobús, para visitar uno de los símbolos más reconocibles de Estambul: la basílica de Santa Sofía. Antes de que la abrieran al público se empezaba a formar cola para entrar.
 El interior de la basílica era tan impresionante como me había imaginado. Aunque un enorme andamio ocupaba casi todo un lado de la estancia principal, lo que hacía que perdiera gran parte de su encanto. No obstante, me hizo remontarme por momentos al ambiente de la antigua Constantinopla, capital del poderoso Imperio Bizantino.
Basílica de Santa Sofía
 Poco a poco, el monumento se iba llenando de turistas, hasta que se hacía incómodo pasear por su interior. Así que salimos de allí en busca de otro lugar de interés.
 El elegido fue la Cisterna Basílica, un antiguo depósito de agua que forma una cámara subterránea, soportada por columnas. El lugar es curioso y es agradable pasear por él, pero tampoco da para estar mucho tiempo.
 Seguidamente nos acercamos al Palacio Topkapi, residencia de los sultanes durante el esplendor del Imperio Otomano. Dicen que es una visita "obligada" en la ciudad. Como yo no soy partidario de las imposiciones, y si tenemos en cuenta la cola que se había formado, así como el complejo de turista borreguil que me estaba entrando, descartamos la visita, aunque mi compañero manifestó la intención de acudir al día siguiente en solitario.
 Nos adentramos por las inmediaciones del Gran Bazar que, a modo de aperitivo, estaban atestadas de tiendas y actividad. Buscamos un lugar bueno, bonito y barato para comer y lo encontramos en forma de un local de comida rápida con un toque no habitual en este tipo de establecimientos. En medio de la cocina había sentada una anciana que preparaba el pan de pita sobre una piedra caliente. La comida estaba estupenda, y a precio de risa. Ya teníamos fuerzas para adentrarnos en el Gran Bazar.
 Se trata de un conjunto de calles cubiertas divididas en "gremios", cada uno de ellos especializado en un producto concreto, ya sea alfombras, joyería, ropas,etc...
 No estaba tan concurrido como me esperaba, y los comerciantes parecían menos "guerreros" que de costumbre. Al rato me dí cuenta del porqué: Se acercaba la hora de la oración, era viernes (día santo para lso musulmanes) y a la llamada del almuédano, casi todos los empleados de las tiendas se arrodillaron en los pasillos del Bazar y empezaron a orar. Al ver cómo sus fieles son capaces de dejarlo todo para seguir sus preceptos, entiendo por qué el Islam es una religión tan fuerte. Por un lado, me gusta ver cómo un sentimiento trascendente puede superar a uno económico. Pero por el otro, me da que pensar hasta qué punto una religión puede condicionar a una comunidad.
 Gran Bazar
 Seguimos andando para adentrarnos en el Bazar de las Especias, un Gran Bazar en miniatura, aunque con vendedores mucho más insistentes. Mi compañero cometió un pequeño, pero craso error, al preguntarle una cosa a uno de ellos. Una vez que caes en sus redes, es difícil escabullirse sin comprar. Pero el zaragozano está curtido en mil batallas y pudo adquirir exactamente lo que buscaba, pese a los intentos del comerciante por encasquetarle (y a mí ya que estaba por allí) todo tipo de dulzainas y condimentos.
 Siguiendo los consejos de una popular guía de viajes, decidimos visitar el barrio de Eyüp. Para ello, tomamos un barco de transporte público que remontaba la ría conocida como "Cuerno de Oro".
 El paseo permite conocer la ciudad desde otro punto de vista y se hace bastante ameno. Nos bajamos en la última parada y nos internamos en el distrito de Eyüp, que me dio muy buena impresión, ya que estaba muy animado, y contaba con muchos comercios, pero parecía más genuino que las zonas atestadas de turistas del centro.
Mítico helado turco en Eyüp
 Aprovechamos la presencia de un vendedor de helados callejero para probar uno. En este caso, destaca más el adorno que el producto en sí, ya que por esos lares, es típico que el vendedor sea todo un malabarista con el producto y vacile un poco al cliente haciendo filigranas con el helado antes de ofrecerlo finalmente. Además, el helado en sí tenía una textura un poco distinta al occidental, por lo que la experiencia culinariocultural justificó plenamente las 4 liras invertidas.
 Tras subir una empinada y prolongada cuesta, llegamos al "Pierre Lotti Café", desde cuya terraza se pueden contemplar unas excepcionales vistas sobre el Cuerno de Oro.
Pierre Lotti Café y sus magníficas vistas
 A la vuelta, recorrimos las inmediaciones de la Torre Gálata, donde un grupo de jóvenes haciendo botellón ponía el contrapunto al grupo de mercaderes que había visto orar al mediodía en el Gram Bazar. Definitivamente, Estambul es una ciudad de contrastes.
Seguimos caminando y nos encontramos con una amplia avenida (Istikal) de estilo occidental, repleta de comercios y atestada de gente. Como no es recta, parece que se va a acabar en cualquier momento, pero sigue y sigue y el flujo humano no decae. Mi compañero se fue a dormir, y yo aún quise llegar hasta el final, que no era otro que la ya mencionada en mi anterior entrada, plaza Taksim.  Ya empezaba a controlar y a orientarme en la ciudad.
 El día había dado para mucho, así que necesitaba descansar. El molesto ruido de un motor en el albergue continuaba, hasta que, a mitad de la noche, me di cuenta de que se trataba de la campana de ventilación del baño contiguo, que se ponía en acción mientras la luz del lavabo estaba encendida. Me levanté a apagarla y caí ipso-facto en brazos de Morfeo.



viernes, 3 de julio de 2015

Estambul (I)

 Aprovechando que este año el día de San Jorge caía en jueves y disponía de un jugoso puente, decidí aprovechar para montarme un viaje de cierta enjundia. Es buena idea aprovechar las fiestas locales  para conseguir buenos precios. Tras ver que el vuelo a Estambul tenía un coste competitivo, y se podía coger bien desde Barcelona, no dudé en reservar el billete. 
 Me habían hablado muy bien de la ciudad. Además de ello, tenía un especial interés en pisar tierra asiática por primera vez en mi vida.
Desde hace un tiempo se exige visado para entrar en Turquía. No deja de ser un formulismo con afán recaudatorio. Es una tentación muy fuerte para un estado apretarle un poco las tuercas al turista para sacarle un poco más de dinero. Pero no da una buena imagen del país y en muchos casos puede ser contraproducente. En este caso la tarifa de 20 € se puede considerar asumible y echará a poca gente para atrás.
Tras sobrevolar el bello Mediterráneo de oeste a este, una gigantesca megápolis apareció a ambos lados del Bósforo.Y es que 14 millones de habitantes son muchos habitantes.
Había tomado la precaución de cambiar una pequeña (la menor posible) cantidad de euros a liras turcas en el aeropuerto de Barcelona. La vergonzante ratio del aeropuerto del Prat  pasó a una mucho más razonable en el aeropuerto Sabiha Gökcen, que aún se veía mejorada en el centro de Estambul (que fue donde cambié el grueso del dinero que llevaba). Moraleja: Un niunclavelista no debería cambiar divisas en el aeropuerto de Barcelona si quiere seguir dentro de este selecto grupo.
 Al subirme en el autobús que lleva al centro, un joven pasajero me preguntó en perfecto castellano si tenía mi asiento libre. Le pregunté con extrañeza si tenía tanta cara de español, pero me aclaró que “se había quedado con mi cara” en el avión. Mi nuevo compañero de autobús resultó ser de Zaragoza, con lo cual, gran parte del embrujo oriental que esperaba que me envolviera en mi destino, quedó difuminado.
Tras casi una hora de trayecto urbano, el autobús nos dejó junto a la gigantesca plaza Taksim, donde me despedí de mi compañero maño, aunque con la intención de encontrarnos más adelante.
  El paseo hasta el albergue me permitió tomarle el pulso a la ciudad, una extraña, aunque sugerente mezcla de oriente y occidente, con una desbordante vitalidad.

 En el albergue se daba la anécdota de que la única persona que hablaba la lengua local era un alemán de origen otomano. El resto de los huéspedes que había alojados en ese momento eran extranjeros y el recepcionista, brasileño. Así, cuando llamaban un turco por teléfono, el recepcionista requería los servicios del huésped alemán, que no dudó tampoco en hacer las llamadas pertinentes para solucionar un incidente que tuvieron dos neoyorquinas con una tarjeta de crédito.
  Una vez aposentado, me lancé a descubrir Estambul. Llevaba muchas horas sin probar bocado, así que primando el hambre física al cultural, di buena cuenta de una mazorca de maíz adquirida en un puesto callejero. No estaba mal, aunque me resultó un tanto indigesta.
 Me adentré por unos callejones durísimos totalmente desiertos, pero con síntomas de haber vivido una gran actividad comercial durante el día. Se trataban de las calles aledañas al Gran Bazar, que me condujeron a las inmediaciones de una colosal mezquita. El almuédano estaba llamando a la oración y me acerqué. Cientos de fieles estaban entrando y me sumé a la comitiva, no sin cierta precaución. Era la primera vez que visitaba una mezquita y me impresionó la atmósfera del lugar. Dado que mi devoción por Mahoma y sus enseñanzas es discutible, no estuve mucho tiempo en el interior.
  Seguí andando en dirección sur cuando llegué a unas calles repletas de vendedores ambulantes. No sería nada extraordinario si no fuera porque pasábamos ampliamente de las 10 de la noche. Allí empecé a darme cuenta que Estambul es la ciudad con mayor número de comerciantes por metro cuadrado (y de los más insistentes).
Puente Gálata
Ya de vuelta, y junto al famoso Puente Gálata, tras haber digerido por fin la mazorca de maíz, tenía el estómago listo para otra “delicatessen” local. Se trataba de un bocadillo de caballa fresca hecha a la plancha en un barco-restaurante que estaba delicioso.
No había estado mal como toma de contacto de la ciudad. Un extraño y persistente ruido, aparte de un devoto compañero de habitación, duro de oído, que se levantó para orar al alba al tercer intento de su alarma, hicieron que no descansara muy bien. Pero a la mañana siguiente, la perspectiva de tener todo el día para recorrer una ciudad tan apasionante como Estambul, me dio las fuerzas y el ánimo que necesitaba.

lunes, 13 de abril de 2015

Cluj Napoca

 Desde Brasov hasta Cluj Napoca me tocó otro largo viaje en tren, que se hizo bastante llevadero dada la belleza y variedad de los paisajes recorridos.
 Ya en la estación, me costó un tiempo orientarme (una brújula me hubiera venido muy bien), pero luego no tuve más problema para seguir las indicaciones que llevaba y llegar al albergue.
  La recepción fue muy cordial, y nada más llegar, me sentí como en casa. El empleado me explicó que cada día organizaban alguna actividad, y esa misma tarde había planeada una cena en un pub irlandés. Para un viajero solitario, estas actividades que facilitan socializar, son una bendición.
 Nos juntamos 5 personas para el evento, y ya de camino, se nos unió una francesa de 1,80 m, lo cual me alegró mucho. No en vano, eso nos permitió conseguir la paridad mujeres/hombres, asunto muy importante, a tenor del valor que le dan ciertos partidos políticos.
 El grupo contaba con tres alemanes, de los que una pareja eran todo seriedad y otro un auténtico "showman" que no paraba de montar numeritos. Pero a diferencia de lo que suele suceder, eran graciosos y sin faltar a nadie.
 Nos acompañaban dos empleadas del albergue que hacían de guías sin renunciar a pasarlo bien.
 Tras la cena, volvimos al hostel, donde recogimos algunos huéspedes y dejamos otros.  A petición mía, fuimos a un bar  llamado "The Soviet", ricamente decorado con simbología comunista. Supongo que si hubiera vivido en la Rumanía de Ceacescu, no me gustarían estas cosas, pero no es el caso.
Camaradas, este es el pub "Soviet"

 Después acudimos a un bar donde pudimos "mover el esqueleto" (esta expresión define mejor lo que hago yo que "bailar"). Los 5 lei que costaba entrar  ya se amortizaron al escuchar, nada más entrar, un tema de los pioneros alemanes del tecno-pop, Kraftwerk. En el bar entablé conversación una una torre alemana, también huésped del hostel, que me habló en español con acento porteño. La verdad es que chocaba mucho escuchar a un rubión con facciones totalmente teutónicas hablar así. Por lo que me contó, había vivido un tiempo en Buenos Aires.
 Aún visitamos otro garito antes de volverme al dormir. Hubiera sido una buena noche para descansar, teniendo en cuenta lo acogedor de mi cuarto y la ausencia de motosierras. Pero me había acostado tarde y quería aprovechar la mañana para conocer la ciudad. Ya descansaría en casa al día siguiente.
Seriedad alemana

 La ciudad, sin ser Florencia, tiene unos cuanto puntos de interés, y un centro histórico bien cuidado. Todo ello aderezado con algunos toques de estética monumental comunista, que yo siempre aprecio.
 Durante mi paseo me abordó un joven con una enorme maleta estilo "años 70" y me preguntó por un lugar barato donde pasar la noche. No tuve dudas al recomendarle mi albergue, que además de barato, era muy bueno. El joven me comentó que era sueco y venía a Rumanía buscando trabajo en granjas ecológicas. Curioso personaje al que me hubiera gustado conocer un poco más.
 A la hora de comer, no pude evitar fijarme en un menú ofertado a precio de risa, en una cafetería que no tenía mala pinta. Esta vez, la opción "niunclavelista" no acabó de salir bien. Ya no quedaban la mitad de platos del menú del día y acabé comiendo una sopa de pollo y un ídem a la plancha, con lo cual sólo me faltó salir cacareando del local. Como traca final debería haber buscado algo de mayor enjundia.
Centro de Cluj-Napoca

  Volví al albergue donde me guardaban la maleta, y aproveché para despedirme de los empleados y huéspedes, entre ellos estaba el sueco, que parecía la mar de contento. Me despedí de todos ellos con la impresión de que había estado allí una semana, en vez de una noche. He dormido en muchos albergues, pero ese ambiente que viví allí, lo he encontrado en muy pocos sitios. Sólo por estar allí, merece la pena visitar la ciudad. Nunca está de más citar su nombre: Transylvania Hostel.
 Ya con el maletón, y habiéndo cambiado mis lei por flamantes euros, cogí un autobús que me llevó al aeropuerto.
 El viaje de vuelta trascurrió sin novedad. Eso sí, después de haber comido dos veces en mi último vuelo, no me gustó mucho que cobraran por todo a bordo. Qué rápido se acostumbra uno a lo bueno...
 Mi último etapa en Rumanía fue un postre sublime para una comida muy buena. Rumanía me había dejado una muy grata impresión. Habrá que volver...

jueves, 26 de marzo de 2015

Brasov

 El viaje en tren desde Bucarest hasta Brasov fue largo, pero se hizo ameno por  los paisajes. Una vez que abandonamos la llana y más bien seca Valaquia, nos adentramos en los Montes Cárpatos que ofrecían unas vistas de gran belleza.
 Ya en Brasov, tocó la habitual pateada desde la estación al hostel, atravesando impersonales barrios de estética comunista.  Mientras caminaba me temía que me habían dado el "tocomocho" al decirme que se trataba de una de las ciudades más pintorescas de Rumanía.
 Me instalé en el albergue, que no sólo era barato y tenía muy buena pinta, sino que además regalaba un cervezón por cada día de estancia. El recepcionista me ofreció también un viaje por los castillos cercanos para el día siguiente. Lo dejé en suspenso a expensas de ver lo que me podía ofrecer la ciudad.
 El centro ya era otra cosa. La arquitectura típica de la zona, con edificios muy bien restaurados, y el entorno montañoso dan un encanto especial a la ciudad.
 Aproveché lo moderado de los precios para comer de menú en una terraza como un marqués. No me extraña que en Rumanía los McDonald's y similares no tenga mucho predicamento. Por menos de lo que cuesta en España una hamburguesa con patatas y refresco, puedes comer muy decentemente en Rumanía. La jugada de pedir a ciegas (mis conocimientos de rumano no dan para mucho) no salió mal, destacando una sopa vegetal de auténtica enjundia.
 
Visita guiada, con el mítico letrero al fondo
 A las 6 de la tarde me esperaba el ya tradicional "free tour" por la ciudad. Una intensa y repentina lluvia lo puso en peligro, pero al rato amainó y nos pudimos deleitar con las historias con que nos obsequió la simpática guía. Dejando mi tradicional "niunclavelismo" a un lado le obsequié con una razonable y merecida propina al final del acto.
 Volví al albergue donde me preparé una humilde cena y pude practicar mi oxidado francés con una pareja suiza.
 Habiendo ya recorrido lo más vistoso de la ciudad, y teniendo un día más, decidí reservar el viaje por los castillos cercanos para el día siguiente. La recepcionista (no había cambiado de sexo, era el siguiente turno) me comentó que habían reservado dos compañeros más.
 A la mañana siguiente, nos vino a recoger un individuo a la puerta. Se habían apuntado un luxemburgués y un australiano. Nuestro chófer se mostró muy simpático y servicial al principio, pero conforme avanzaba el día, sus maneras fueron cambiando, no precisamente a mejor. Lo primero que nos empezó a llamar la atención fue que no paraba de hablar por teléfono mientras conducía, mostrando gran habilidad para tomar curvas cerradas empleando una sola mano.
Castillo de Peles
 Nuestro primer destino fue el castillo de Peles, en Sinaia. Construido a finales del siglo XIX, cuenta con una exquisita y lujosa decoración, además de estar ubicado en un lugar privilegiado en medio de las montañas.
 No me dejó tan buenas sensaciones el castillo de Bran, popularmente conocido como "castillo de Drácula".  Según dicen pudo inspirar la novela de Stoker, y la verdad es que, visto de lejos parece ser el marco perfecto para la historia. El encanto se rompió al visitarlo y ver que su interior es muy espartano. Tampoco ayuda que esté saturado de turistas y en sus inmediaciones cuente con decenas de tiendas de recuerdos, la mayoría alusivos al célebre vampiro.
Castillo de Bram: Mucho ruido, pocas nueces...y muchos turistas
 El tercer y último destino era la fortaleza de Rasnov, edificación medieval que se asienta en la cima de una colina. El conductor nos dejó en la base de la colina y nos dijo que "volvería en 1 hora a buscarnos". Allí había una suerte de "tren chispita" para subir y bajar. A pesar de que sólo valía unos pocos lei, nos dimos cuenta de que habíamos hecho el primo. No costaba más de 10 minutos hacer el trayecto andando, que además discurría por una agradable sendero arbolado.
 La fortaleza se trataba de un recinto amurallado que albergaba un pequeño pueblo en piedra relativamente bien conservado. El estar en la cima de una colina le otorgaba unas vistas muy notables.
 Para bajar, prescindimos del trenecito y buscamos al chófer, que tardó media hora en aparecer. Ya era notorio el descontento con él entre la expedición. La puntilla la puso cuando, ante la más que razonable petición de nuestro compañero luxemburgués, de conducirnos a un lugar estratégico para hacerle una foto al castillo desde abajo, se negó argumentando que eso nos desviaría de nuestra ruta. Finalmente cedió ante la insistencia de nuestro compañero. El tan inconveniente "desvío de ruta" supuso una demora de unos 3 minutos...
Fortaleza de Rasnov: la foto de la discordia

  Pocas risas se escucharon en el trayecto de Rasnov a Brasov. Como último servicio, el conductor se ofreció a dejarnos donde quisiéramos. Yo aproveché para ahorrarme una caminata y le pedí (no sin cierta precaución)  que lo hiciera en la estación de tren. No lo hizo de muy buena gana, pero lo hizo.
 Compré el billete para mi viaje del día siguiente y volví al centro, a tiempo para una nueva incursión en la gastronomía transilvana. Me metí en un restaurante que me habían recomendado vivamente y probé suerte con dos platos del menú al azar. El primero era una sopa que no tenía mala pinta...hasta que metí la cuchara y saqué unas tripas de vaca en tiras...¡Error!
 Estuve a punto de devolverla tal cual, pero me pareció una situación tan embarazosa, que intenté comer sólo el líquido. No estaba mal del todo, aunque cuando aparecieron los tropezones, tuve que desistir.
 Me lo jugaba todo al segundo plato. El camarero trajo un cuenco con una sustancia amarilla horneada no identificada. Podía ser cualquier cosa, pero el primer tiento me sirvió para descartar la casquería. Ya sin ese temor, pude paladearlo para descubrir que se trataba de una polenta (a base de harina de maíz) que estaba deliciosa. ¡Menos mal!
 De vuelta al albergue, me encontré con el australiano con el que había compartido la ruta matinal y le propuse que me acompañara a dar un paseo, lo cual aceptó. Mi idea era subir a una colina cercana a la  ciudad donde destaca un letrero similar al de "Hollywood", pero con el nombre de "Brasov".
 Se podía subir en funicular, pero ya habíamos tenido bastante con el "tren chispita" de esa mañana, así que subimos a pie por empinados caminos de montaña. Nos habían comentado que por la noche se podían encontrar osos por esa zona, lo que daba más emoción al asunto.
Cartel que parecía poca cosa desde abajo
 El letrero era imponente visto de cerca, y no menos lo eran las vistas sobre la ciudad, que además coincidían con el ocaso. Presenciando tamaño espectáculo nos encontramos con un grupo de 3 jóvenes con el que entablamos conversación. Nos los volvimos a encontrar en la bajada y nos ofrecieron acompañarles a cenar a un restaurante. Uno de ellos, un "traje" local de más de 2 metros, me explicó que había conocida a la pareja que le acompañaba (un australiano y una bucarestina),  haciendo "couchsurfing", modalidad que yo aún no he probado, pero algún día tiene que caer.
 Esta vez me dejé de experimentos y me conformé con un plato de pasta. Me sorprendió (y no agradablemente), que la gente se pusiera a fumar entre plato y plato, cosa que está permitida en el país. A pesar del humo, el trío nos causó una muy grata impresión. Eso de encontrarse un grupo de gente y acabar cenando con ellos no es muy habitual. Nos despedimos de ellos y. tras un breve paseo por las desiertas, pero bonitas calles del centro de Brasov, nos volvimos a dormir al albergue.
 Al día siguiente tocaba la última etapa de mi periplo por tierras dacias.
 


martes, 10 de marzo de 2015

Constanza

 Habiendo visitado ciudades comunistas, enclaves montañosos y cascos urbanos medievales, ya casi sólo me faltaba un día de playa para redondear mi periplo por la Europa oriental. El destino elegido fue Constanza, localidad bañada por el Mar Negro, y principal puerto de Rumanía. 
 No faltó quién me miró con extrañeza por visitar una ciudad portuaria, recomendándome que, en su lugar acudiera a Mangalia, donde,por lo visto había mucho más ambiente.
 Pero seguro que ellos no tienen un mítico atlas de los años 70 como yo, donde aparececían un par de fotos del puerto de Constanza. Una de las mejores cosas de hacerse mayor es que puedes llegar a lugares donde de niño sólo podías soñar.
 El viaje de unas 3 horas en autobús transcurrió por una anodina autopista, cuyo hito más reseñable fue el ver a lo lejos la única central nuclear con la que cuenta el país.
Puerto de Constanza
 Tampoco el panorama iba a mejorar mucho una vez alcanzada la estación de Constanza. A falta de una orientación clara a la hora de buscar el centro urbano, me dirigí hacia el mar. Atravesando vías férreas y paisajes desolados, conseguí llegar al puerto, donde destacaban la gran cantidad de grúas y el tonelaje de los buque amarrados. Turismo alternativo 100 %.
 Estuve un buen rato vagando entre muelles y almacenes semiabandonados hasta que pude encontrar una salida a la "civilización".
 Bordeando la costa, me encontré con un impresionante casino estilo "Art Nouveau", que, por las pintas muy descuidadas, daba la impresión de llevar muchos años cerrado.
Casino
 Tras pasar junto a un humilde puerto recreativo pude, por fin, alcanzar el centro histórico, donde aparte de un par de palacetes y unas ruinas romanas, no había mucho más destacable.
 Mi paseo fue brevemente interrumpido por una joven que estaba haciendo una colecta para ayudar a un niño al que no recuerdo muy bien qué problema le acuciaba. Le ofrecí 1 leu (unas 40 pts.), que fue recibido con muy poco entusiasmo, y hasta diría que desprecio.
 Allí aprendí una lección importante: es mejor no dar nada que dar poco. En el primer caso, sólo piensan que eres un "agarrao". En el segundo caso, piensan lo mismo, y además que eres un pusilánime. Otra opción es dar mucho, pero yo no duermo en albergues y llevo un móvil de antepenúltima generación para andar luego haciendo gala de desprendimiento.
 Visto que el casco urbano no daba mucho más de sí (es una ciudad relativamente grande, pero de arquitectura, cuando menos discutible), me dirigí a la playa.
 Si no hubiera ido en plan "talento natural", podría haber visitado un complejo turístico bastante potable llamado Mamaia, que estaba a apenas 3 km de la ciudad. Pero no fue así y debido a mi ignorancia, me tuve que conformar con las playas de Constanza, que no son gran cosa, pero tienen su punto.
 Sin llegar a las masificaciones levantinas, las playas estaban bastante concurridas. El baño en el mar Negro era mi objetivo evidente. Lo malo es que en mi mochila llevaba la cartera, el móvil y el billete de vuelta. Demasiados huevos en el mismo cesto, y más teniendo en cuenta el susto que me había llevado en Varsovia con el extravío de mi cartera. Y por qué no negarlo, también pesaba el prejuicio que se ha ido formando en mi mente cada vez que leo en el periódico que "un rumano" ha cometido un delito en España.  Por ello, mi baño, duró apenas un minuto, que además no pude disfrutar relajadamente.
No es Benidorm, pero se defiende
 En este caso, mis prejuicios estaban bastante injustificados. El ambiente de la playa era muy tranquilo y familiar. Bastante gente dejaba confiadamente sus bolsas en la arena mientras se bañaban, había un puesto de venta de libros e incluso en los urinarios públicos quedaba papel. En resumen, en cualquier playa española se percibe más riesgo de que tu bolsa "vuele" si la dejas sola mientras te bañas.
 Si el baño no fue relajante, si lo fue la cerveza "Skol" que me tomé en un chiringuito en primera línea de playa al pírrico coste de 3 lei (menos de 1 euro).
 Aún me sobraba algo de tiempo para callejear por la ciudad, sin ver nada destacable. Da la impresión de que Constanza ha vivido tiempos mejores y presenta una cierta decadencia.
 Otras tres horas de viaje de vuelta y llegada ya de noche a Bucarest. Como era mi última noche, no quise dejar de visitar una réplica del Arco del Triunfo, a la que llegué tras una larga pateada. Mi decepción fue mayúscula al comprabar que estaba en obras y lo habían tapado con un toldo. 
  La vuelta al albergue sirvió para que los "amigos" de las "señoritas de vida alegre" (eufemismo desacertado donde los haya) que poblaban la calle del mismo, me hicieran su última invitación, que fue cortésmente rechazada.
 Al día siguiente me esperaba un viaje al corazón de Rumanía.