domingo, 18 de septiembre de 2016

CAMAGÜEY

 Esta vez sí, a la hora convenida (bueno, más o menos, que estamos en Cuba) apareció el vehículo que me iba a sacar de Trinidad. Se trataba de una robusta furgoneta en la que ya había 4 personas, y que iba a albergar a unas cuantas más. Entra las que ya estaban, se encontraba una “vieja” conocida. Era la alemana que me había vendido la tarjeta de internet el día anterior. Se dirigía a Santiago de Cuba. A pesar de que la isla es bastante grande y está llena de turistas, en mis peripecias ya había tenido varios reencuentros. Y no sería el último. 
No sabíamos lo que nos esperaba
  La furgoneta empezó a dar vueltas por Trinidad. No para enseñarnos sus encantos, sino para hacer tiempo mientras los compinches del chófer peinaban la ciudad en busca de pasajeros. Tras más de una hora de exhaustiva búsqueda, el vehículo estaba completo (calculo que íbamos unas 12 personas) y partimos rumbo a la mítica ciudad de Camagüey.
 Lo que había comenzado como una divertida aventura, se convirtió al pasar el rato en un incómodo trance, debido a la estrechez del habitáculo, el calor y el bramido del motor. Por suerte, el variado paisaje y el paso de vez en cuando por pintorescas localidades, hacía más ameno el trayecto. También contribuyó a romper la rutina el conductor cuando, haciendo gala de una gran familiaridad, se paró en una cuneta y "le cambió el agua al canario" a la vista del pasaje. Aunque hay que reconocer que tuvo el detalle de darnos la espalda.
Publicidad engañosa: no se cumplía ninguna de las 5. Agradecí mucho la tercera.
  Tras unas cuantas horas (perdí la cuenta), la furgoneta nos dejó en una calle más o menos céntrica de Camagüey. La alemana abandonó la idea de seguir hasta Santiago en un armatoste como aquél y también se bajó. Su idea era proseguir el viaje en autobús, que suponía una paliza considerable. Pero al lado de lo que hubiera sido el viaje en una furgoneta como aquélla, le iba a parecer un paseo en limusina. Me ofrecí a guardarle la maleta en mi alojamiento mientras hacía sus pesquisas en la estación de autobuses. Si no encontraba billetes, pensaba quedarse a dormir en Camagüey. Aparentando ser un auténtico caballero,  le propuse compartir mi alojamiento en caso de necesidad. Aunque mis intenciones eran menos nobles de lo que parecían. Sí, lo habéis adivinado...lo que yo quería era ahorrarme la mitad de la factura por el cuarto.
  Cometiendo un pequeño y craso error, y pensando que quizá no iba a encontrar casa fácilmente, le había preguntado a mi casera en Trinidad antes de salir si tenía algún contacto para alojarme en Camagüey. Me dio un papel con un nombre (Señor Castillo) y una dirección, a la que el servicio “puerta a puerta” de transporte se comprometió a llevarme.
 Nada más llegar a Camagüey, el chófer de la ya legendaria furgoneta, nos dejó en manos de sus auxiliares en la zona, que se ocuparon de conducirnos a nuestros aposentos. “Casualmente”, cuando les mostré mi dirección, uno de ellos dijo conocer al Señor Castillo, al que llamó por teléfono.
 A los 10 minutos apareció para llevarnos a la germana y a mí a la casa.
 Hubo un par de detalles que me parecieron extraños. Cuando le mostré el papel con la dirección se lo guardó en el bolsillo. Cuando se lo pedí después se hizo el sueco (con acento caribeño,eso sí) y tuve que insistir varias veces para que me lo entregara. Y sobre todo, cuando llegamos a la casa, me di cuenta de que las direcciones no coincidían. Le comenté ese “pequeño” detalle, y con gran soltura, me explicó que su casa estaba ya ocupada, y que por ello nos había traído a ésta, lo cual en ningún momento había mencionado. Mi sexto sentido (que habitualmente no funciona mucho mejor que mis otros cinco) me decía que me la habían "colado".
Hogar, no dulce hogar
  La habitación de la casa en cuestión, no me causó un impacto muy positivo, a pesar de tener una cama grande, aire acondicionado, nevera y baño individual. Carecía de ventanas, teniendo solamente una especie de claraboya tapada por un cartón, se escuchaba más que nítidamente el sonido de la televisión del salón que no paraba de emitir culebrones, la calle no tenía muy buena pinta, y la dueña parecía bastante pasota.
  En ese momento me di cuenta de que hubiera sido mucho mejor llegar a la ciudad y haber buscado  alojamiento “in situ”. No es algo complicado, ya que las casas de huéspedes tienen una señal identificativa, y en las ciudades turísticas las hay a patadas.
  Me pasó por la cabeza buscarme otro sitio, pero se me hizo muy cuesta arriba, teniendo en cuenta que venía “recomendado”, que nos había traido el presunto Señor Castillo (hasta me llevó la maleta en su bici) y que, nada más llegar, llevaron en moto a la alemana a la estación (bonito detalle, que lo cortés no quite lo valiente) mientras yo guardaba sus pertenencias en la habitación.
  La teutona vino al rato muy contenta ya que había encontrado billete para Santiago de Cuba, cuya expedición salía en breve, por lo que nos despedimos y afronté en solitario mi estancia en la ciudad.



A Dios rogando y al Che adorando
  Camagüey cuenta con un centro histórico muy destacado. Se trata del mayor de Cuba, y está repleto de iglesias, plazas y monumentos de gran valor. No en vano está reconocido como patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Su calles forman un trazado tortuoso y un tanto laberíntico. Se cuenta que es así para dificultar la huida de los piratas en sus incursiones por la ciudad, haciendo que se perdieran. No sé si tendrían mucho éxito con los piratas, pero conmigo dieron en el clavo. Cada vez que tenía que volver a la casa debía dar unas cuantas vueltas porque acababa totalmente desorientado.


Plaza Agramonte

 Más allá del centro histórico, también había algunos puntos de interés. Visité un bonito parque que presumía de ser el más grande de Cuba. No debe tener mucha competencia, porque me pareció más pequeño que el de Huesca.
  Al lado del parque había un estadio de béisbol junto al que se percibía cierto movimiento. La gente estaba esperando la salida de los jugadores.
 Lástima no haber llegado antes, porque tenía curiosidad por ver un partido de “pelota” en Cuba. Me hizo gracia que, volviendo del estadio, un par de personas me preguntaron que si “habíamos ganado” el partido. Por lo visto me estaba adaptando bien al país y mi pinta de turista estaba decreciendo.
  El parque contaba con un zoológico al que apenas le quedaba media hora para cerrar. Como no era muy grande y la tarifa era más que razonable, lo visité. Aunque su aspecto era bastante humilde, el zoo contaba con algunos ejemplares bastante interesantes, llamándome la atención los flamencos y los cocodrilos.
Vistosos flamencos
 Mi siguiente hito cultural fue el cine. Proyectaban una película cubana llamada “Ernesto” y pensé que sería un buen complemento en mi inmersión sociológica en el país. La sala no estaba muy concurrida (no pasábamos de 10 personas).
 Peor para los que no vinieron, porque la película estaba bastante bien. Ya había visto alguna película cubana en los estupendos ciclos de la Universidad en Huesca. Es un cine con pocos medios, pero que cuenta buenas historias y tiene actores muy creíbles. Y lo más destacable es que, de un tiempo a esta parte, han dejado de lado la propaganda tan habitual unos años atrás.
 Salí del cine un poco tarde, por lo que temía no encontrar algún restaurante para cenar. Me costó un rato, pero encontré uno que, además de estar abierto, me cobraba en moneda nacional. Eso sí, se les habían acabado casi todos los platos y me tuve que conformar con una pizza bastante flojita. Como todas las que me había encontrado por la isla, apenas tenía tomate, carecía de orégano y la masa era bastante fofa. Pero teniendo en cuenta su tamaño, la hora que era, mis gustos humildes y sobre todo su precio, se le puede dar el aprobado.
 Haciendo recuento de mi velada, me di cuenta de que, por menos de un euro, había ido al zoo, había visto un largometraje en el cine y había cenado una pizza con refresco. Desde que el presidente Eisenhower inició el embargo estadounidense, nadie había hecho tanto como yo por estrangular la economía cubana.
 Con mala conciencia, hice un poco más de gasto comprándome un postre en un local algo más aparente y deambulé por las bonitas calles de la ciudad, un poco menos lucidas de noche.
 Al igual que una bicicleta se cae cuando deja de pedalear, me vine un poco abajo una vez que había recorrido las principales calles de Camagüey. Cuando se está solo, la cosa funciona bien mientras haya algo que hacer o un lugar por visitar. En ese momento, sin un objetivo claro, la soledad se me vino toda de golpe.
 Pensando en hacer de la necesidad una virtud, volví a mi alojamiento a descansar, no sin antes perderme unas 3 ó 4 veces.
 La televisión de la casa seguía a todo trapo. Afortunadamente la persona que la estaba viendo estaba más pendiente de su móvil y no puso ningún reparo cuando le pedí que bajara el volumen.
 A pesar de ello me costó mucho dormir esa noche. De algún modo, ese cuarto no me acabó de convencer cuando lo vi y mi inconsciente parecía burlarse di mí diciendo...te lo advertí.
 Sin mucho más que hacer en Camagüey, a pesar de que solo había estado un día, me dirigí a la terminal de autobuses. Me habían advertido de que para llegar a la misma había que tomar forzosamente un taxi. Como buen aragonés  (no sé si bueno o malo, pero aragonés al fin y al cabo) seguí mi propio criterio y fui andando. Ya había hecho la prueba la tarde anterior y, ciertamente, había una distancia considerable. Pero humanamente realizable si se iba con tiempo y energía.
 No faltaron los cantos de sirena de taxistas ofreciéndome sus servicios para llevarme. Uno de ellos me ofrecía llevarme en bicicleta y bajó hasta 2 CUC. Yo con el piloto automático del “no, gracias”, tan conveniente en otras circunstancias, lo rechacé. Y no hice bien, ya que, además, y por seguir la costumbre, me desorienté y acabé haciendo una ruta bastante más larga y penosa, maletón en ristre. Por suerte pude parar a mitad de camino en una guarapería para recuperar la moral y las fuerzas.
 Para entrar en la estación tuve que sortear una legión de taxistas que me ofrecían llevarme al destino que fuera. Ir andando con una maleta por las calles de cualquier ciudad cubana es una tortura, y no precisamente por el peso. Seguían insistiendo incluso cuando les explicaba que tenía billete comprado. Me decía que lo podía devolver y que me hacían mejor precio. Buen intento, pero con la experiencia del día anterior había cubierto el cupo de transporte-aventura.
 Definitivamente me estaba aburguesando. Si es que se puede llamar burgués a alguien que anda más de media hora arrastrando una maleta para hacer un viaje de más de 9 horas en autobús.



martes, 13 de septiembre de 2016

LE SEGUÍAN LLAMANDO TRINIDAD

 Mi idea original contemplaba pasar sólo una noche en Trinidad. Pero pronto descubrí que los planes en Cuba tienen grandes probabilidades de sufrir cambios inesperados.
 De buena mañana, me presenté en la estación de autobuses para comprar mi billete. Tras la habitual larga espera, me dijeron que no quedaban plazas libres ni para ese día ni para el siguiente. Inmediatamente surgió un “plan B” (en Cuba siempre lo hay) en forma de un taxi colectivo que me ofreció un avispado individuo al acecho. A pesar de costar un poco más que el autobús (que tampoco era nada barato) todo eran ventajas: mucho más cómodo, aire acondicionado, me llevaba de puerta a puerta... Yo le compré la moto porque no tenía alternativa. Me dijo que a las 9 me recogería en la puerta de la casa donde había dormido.
 Volví, recogí mis cosas y me tumbé en la cama a reposar. A las 9:20 me empecé a inquietar, ya que nadie daba señales de vida. Así que volví a las inmediaciones de la estación. El sujeto andaba por allí buscando incautos a los que llevar. Al verme, me presentó al chófer y me aseguró que a las 10, sin falta, pasaría por la mansión. Eso sí, no sin antes preguntarme si conocía a alguien para completar la expedición. Esto ya me acabó de escamar.
Vista desde la casa esperando al taxi: afortunadamente no era el de la foto
 Sin mucha fe, volví a la casa y seguí en plan reposo, ora echándome cabezadas, ora viendo la destacada actuación de los heroicos deportistas cubanos en los Juegos Olímpicos.
 A mediodía, contacté con mis anfitriones y les comuniqué que, como mínimo, me quedaría una noche más en su más que grata compañía.
 Como en Trinidad nos conocemos todos, no tardó en aparecer por la puerta de la casa una persona que también tenía un taxi y que me podía llevar al día siguiente. Mi patrona lo conocía y respondía por él, así que me quedé más tranquilo, y me planteé cómo aprovechar lo que quedaba del día en Trinidad. Mi afección gastro-intestinal y su consecuente ayuno no me había dejado con muchas energías, así que me lo tomé con tranquilidad y no me planteé ninguna de mis habituales y extenuantes excursiones.
 Ya llegaba la hora de dar señales de vida a mi familia tras unos cuantos días de viaje. El wifi en Cuba es bastante escaso, por lo que lo más socorrido es adquirir unas tarjetas por valor de 2 CUC, con una clave que permite conectarse una hora en ciertos lugares públicos. Esto lugares son fácilmente reconocibles por la gran cantidad de personas por metro cuadrado, dándole candela al móvil, que se congregan en sus inmediaciones.
 Para adquirir la codiciada tarjeta había una considerable cola tostándose bajo el tórrido sol tropical.
Me sumé a la misma para comprobar que, siguiendo la tradición, avanzaba muy lentamente. Como no hay mal que por bien no venga, me dio tiempo a socializar un poco y me hice colega de una simpática alemana. No sé si por mi macilento aspecto, se apiadó de mí y me vendió una tarjeta de las que ya tenía. Por lo visto iba a hacer acopio, e igual le daba comprar 6 que 7.
 Mientras estaba sentado en la plaza mandando mensajes, apareció la suiza que había conocido un par de días antes en el autobús, junto a su hija. Me pusieron los dientes largos contándome que habían estado en Playa Ancón, y que al día siguiente iban a pasear a caballo por los ingenios azucareros. El talento natural que despliego a la hora de viajar da muchas alegrías, pero también me pierdo muchas cosas por el camino.
La plaza Mayor se empezaba a llenar de turistas
 Quedamos para dar un voltio esa noche e intenté retornar al mundo virtual. Pero no hubo forma de volver a conectarme a internet. Parece ser que éramos muchos los que pugnábamos por la señal y mi móvil de antepenúltima generación partía en desventaja con el resto.
 La alternativa en el mundo real no era mala. Recorrí de nuevo las bonitas calles de Trinidad.
 A pesar de su cantidad de atractivos, la localidad no es muy grande, por lo que en un día da de sobra para recorrer sus lugares más interesantes. Pero además del propio casco urbano, en sus alrededores se pueden visitar sitios tan distintos como pintorescos. Amén de la ya citada Playa Ancón, se pueden recorrer a caballo antiguos ingenios azucareros de la época española o bañarse en las cascadas de un frondoso parque natural (Topes de Collantes).
Suculentos manjares tropicales
 Llegó la hora de la cena y, haciendo de la necesidad virtud, le encargué a la patrona una cena ligera a base de frutas tropicales. Suculentos manjares que le sentaron realmente bien a mis maltrechas entrañas.
 Mi incursión nocturna me llevó de nuevo a la plaza Mayor, tan animada y llena de turistas como el día anterior. Entre ellos se encontraban mis amigas helvéticas. Estuvimos un rato saboreando el concurrido y animado ambiente de Trinidad.
 Bailé algunos pasos de salsa con la hija, con lo que ya cumplí con los dos objetivos que cualquier turista que se precie tiene en mente cuando visita Cuba: bañarse en el Caribe y bailar salsa. Todo lo que llegara a partir de entonces, sería un añadido.
Fraternidad hispano-suiza
 Pasé la noche sin novedad en el frente (mejor dicho, en la retaguardia) y pude descansar en condiciones. Falta me iba a hacer, pues mi siguiente desplazamiento iba a ser en un medio tan incómodo como pintoresco.

domingo, 11 de septiembre de 2016

LE LLAMABAN TRINIDAD

 De Cienfuegos a Trinidad, apenas hay una hora y media en autobús. En este caso me tocó compartir el trayecto con un joven pamplonica que llevaba más de un mes en la isla. Eso le había servido para curtirse y descubrir todos los vericuetos que un turista espartano que se precie tiene que explorar. Ciertamente, una visita a Cuba exige un periodo de rodaje para adaptarse a tan singular entorno. Yo me vi obligado a realizarlo en un brevísimo espacio de tiempo.
 Al bajar en la estación de Trinidad, un grupo de enfervorecidas patronas estaban a la caza del inquilino desvalido. Las pude sortear, no sin apuros, tras explicarles que ya tenía reserva.
 En este caso se trataba de una casa colonial de techos muy altos, en la que me esperaba una enorme habitación.
Descomunal habitación (toda para mí solo)
 En ese momento, no pude disfrutar mucho de sus comodidades y grandes dimensiones, ya que, en cuanto dejé la maleta les pregunté a mis anfitriones cómo podía llegar a la playa. La costa estaba relativamente cerca de Trinidad y, según mi calendario, iba a ser mi única oportunidad en el viaje de tomarme un baño en el mar.
 Me explicaron que podía tomar un autobús o un taxi. Ni qué decir tiene que fui en busca del primero. Pero fue demasiado tarde. A esas horas (sobre las 4 de la tarde) ya no salía transporte público a Playa Ancón. El taxi me pedía 15 CUC por la ida y vuelta, pero se me ocurrió una idea mejor (o por lo menos más económica). Volví a la casa y le pregunté al dueño si me podía conseguir una bicicleta de alquiler.
 Dicho y hecho. A los 20 minutos, ya tenía en mi poder una anticuada pero fiable bicicleta. Me sorprendió la ausencia de manetas de freno (no tanto el que sólo tuviese una marcha). El sistema de frenado era cuanto menos sorprendente. Al pedalear hacia atrás, la bicicleta se detenía.
 Ya montado en mi improvisado medio de transporte, me sentí un aventurero en cuanto abandoné las calles de Trinidad en busca de la costa.
 Al rato llegué a un pueblo costero llamado La Boca, en el que había una playa no muy bonita, pero con gran ambiente local.
 Seguí mi camino, paralelo a la costa, mientras buscaba alguna playa paradisiaca, que es lo que uno espera cuando está en el Caribe. Me detuve en algunas, pero todas ellas estaban trufadas de rocas y distaban mucho de las fotos con las que las agencias de viajes nos hacen picar el anzuelo.
 Llegué a lo que parecía el final de la carretera y me di un baño exprés en las cálidas aguas caribeñas. No sólo para evitar la sustracción de la bicicleta, sino también porque tampoco la playa era gran cosa. Luego me enteré de que no había llegado a Playa Ancón (que era la que buscaba, y presuntamente la más competente).
 Me volví un tanto decepcionado, mientras veía cómo se nublaba el horizonte. En unos minutos empezaron a caer unas gotas, que se convirtieron en un aguacero de enjundia, para el que no estaba preparado.
 La vuelta se me hizo un tanto complicada. Además de la lluvia, tuve que vencer un desnivel que costaba con mi bicicleta de una marcha y algunas tallas menos. Por suerte, la lluvia cesó y pude llegar a la casa de Trinidad sin más incidencias.
Maravillosa arquitectura
  Satisfecho, aunque a medias, mi capricho playero, me centré en visitar la ciudad. En este caso, las calles empedradas, de trazado tortuoso, con casas de sabor colonial, me impactaron mucho más que las de Cienfuegos. El casco histórico de Trinidad está muy bien conservado, y es una visita que merece la pena.
 Aunque lo mejor del día me esperaba en la casa. Había encargado una cena, y cuando llegó el momento, me hicieron subir a una terraza. Allí me esperaba una mesa con una sombrilla decoradas con luces. Acostumbrado a entornos humildes y espartanos, eso me pareció el colmo del lujo. Además, la cena a base de pescado y productos tropicales resultó exquisita. Esto son los detalles que hacen la diferencia.
Animado ambiente nocturno
 Aún me quedaron ganas de ir a echar un vistazo al ambiente nocturno de Trinidad. En el centro había una plaza con escaleras donde se sentaban los turistas. Más arriba, un conjunto musical hacía bailar a muchos de ellos tocando sones cubanos. Al rato no me empecé a sentir bien del todo y me volví a descansar.
 Unos rugidos en mi tripa auguraban una noche complicada. Y así fue. Los excesos cometidos en forma de probatinas culinarias callejeras me empezaron a pasar factura, debiendo rendir visita a los "tigres" de la casa con gran frecuencia. A pesar de estar en tan incómodo trance, no pude evitar sentirme afortunado al tener que pasarlo a cubierto, y no viajando en autobús , por ejemplo.
 Mi primer día en Trinidad había sido bastante accidentado. Pero la bonita ciudad colonial me guardaba algunas sorpresas más, de muy distinto signo.




martes, 6 de septiembre de 2016

CIENFUEGOS

 Las más de tres horas en autobús de La Habana a Cienfuegos se me hicieron muy amenas gracias a la compañera de asiento que me tocó en suerte. Se trataba de una suiza de ascendencia española que andaba en busca de su hija, que llevaba más de un mes viajando por la isla. La helvética no paraba en Cienfuegos, así que nos despedimos, pensando en que quizá nos podríamos encontrar más adelante en nuestro periplo cubano.
 En la estación de autobuses me esperaban algunos infatigables caseros en busca de huésped. De no haber reservado con antelación, no hubiera sido mala idea jugármela y haberme dejado atrapar en sus redes. No sólo porque ofrecían tarifas bastante competitivas, sino porque me llevó un buen rato encontrar mi alojamiento en la ciudad caribeña.
 En mi reserva no aparecía ninguna dirección y la situación de la casa estaba mal situada en el plano de la página web. Con dichas pistas, ni siquiera el afamado Inspector Clouseau hubiera dado con ella.
 Fui dando tumbos, maletón en ristre, preguntando a la gente sin éxito. Hasta que , curiosamente, en la competencia (otra casa de huéspedes) encontré la ayuda definitiva. La clave es que yo les preguntaba por el nombre oficial de la dueña, y ésta era conocida por su diminutivo.
 Ya en la casa, me dijeron que mi habitación estaba ocupada, pero me podrían ofertar otra equivalente, aunque me advirtieron de que no era la de las fotos de la página de internet. Igual me daba, ya que en lo que me había fijado para la reserva era en la dirección (cercanía a la estación de buses). Aunque, por cierto, dadas las discrepancias en la versión digital y la real, tampoco se cumplía del todo.
 Una vez aposentado en mi improvisada, aunque correcta habitación, hice mi primera incursión en la ciudad. Cienfuegos fue fundada por colonos franceses. No sé si por esa razón (aunque pensándolo bien Burdeos también fue creada por franceses y me gusta), por sus distribución de calles en cuadrícula o porque su salida al mar era un quiero y no puedo, no me llamó mucho la atención.
Plaza de Armas presidida por el prócer Martí
 La Plaza de Armas, y un par de bulevares, amén de un malecón, todos ellos con presencia de casas de estilo colonial, tienen cierto interés. Pero creo que una mañana o una tarde pueden servir para apreciar los encantos arquitectónicos del lugar.  Ante lo limitado (para mi gusto) de éstos, tuve que centrarme en los gastronómicos.
 Había encargado que me sirviesen cena en la casa de huéspedes, a pesar de que los 10 CUC parecían un precio un tanto elevado. Pero cuando me empezaron a sacar viandas sin freno, los di por bien empleados. Y en esa casa no solo alimentaron mi estómago. Mi curiosidad fue convenientemente satisfecha en la conversación que tuve con las habitantes de la casa. Nada menos que 3 generaciones de una misma familia vivían bajo el mismo techo, con una cuarta en camino. Cada una de ellas veía la situación del país de distinta forma, aunque todas ellas destacaban por su espíritu de lucha para salir adelante con dignidad.
 Nada mejor que un paseo para digerir tan opíparo ágape. Bajé andando por el malecón, lugar de reunión para la juventud local, especialmente animado al ser sábado noche. Yo, en mi condición de no joven y forastero, me limité a observarlos y seguir mi camino hasta el extremo de la larga avenida, que era el final de la ciudad, limitada por una enorme bahía, a la que a duras penas se le divisaba salida al mar abierto.
Vistas de la bahía
 A la vuelta, paré en un kiosco para echarme un trago y un afable individuo, tras comprobar mi origen español, me comentó que había competido en los Juegos Olímpicos de Barcelona, en el noble arte del boxeo. La verdad que, ni por edad (le echaba 30 años como mucho) ni por complexión (yo le hubiera aguantado más de medio asalto) me encajaba. Pero por si acaso me escabullí disimuladamente, temiendo más el sablazo que el "crochet".
 A la mañana siguiente, pude encontrarme con unas calles bastante animadas. A los turistas despistados como yo, se le sumaba una numerosa parroquia local que acudía a pasear o a escuchar algunas orquestas callejeras, pudiendo elegir entre repertorio clásico o bailes caribeños.
Cuba y la música: matrimonio inseparable
 Habiendo descartado desayunar en la casa de huéspedes me dejé llevar por los cantos de sirena de las delicias callejeras que me ofrecía la ciudad en moneda local. Por momentos me sentí como un nuevo rico que, de repente se encuentra con dinero fresco en el bolsillo con el que comprar productos que nunca han estado a su alcance. Así, empecé con un inédito y delicioso jugo de tamarindo, al que siguió un suculento helado en la cadena Coppelia, una humilde pero contundente pizza a la que acompañé con un delicioso zumo de manzana, un vaso del suculento guarapo, para acabar con un tentador aunque no exento de peligro batido de mango con hielo picado. A mitad de éste se me encendió la luz de alarma. Hielo en un local semicallejero de Cuba...Si me hubiera visto la profesora de Higiene de los Alimentos, me suspende con efectos retroactivos (menuda era ella). Así que lo dejé a mitad, y me volví a casa a recoger la maleta y despedirme de Cienfuegos en busca de mi siguiente destino.
Yo tampoco renuncio a los míos: helado en Coppelia a 2 pesos
 Como he dejado entrever durante mi entrada, la ciudad me pareció correcta sin más en lo arquitectónico. Pero en la vertiente niunclavelista, superaba todo lo que había visto hasta la fecha.



jueves, 1 de septiembre de 2016

ATERRIZANDO EN CUBA

 A pesar de que Huesca cuenta desde hace algunos años con un flamante (por el poco uso) aeropuerto, en mis viajes siempre tengo que desplazarme bastantes kilómetros para coger mis vuelos. En este caso el trayecto a Madrid fue más cómodo que de costumbre al poder hacerlo en AVE, gracias a una tarifa más que competitiva. Pero no se lo agradezco a la RENFE, sino a los amables lectores españoles de este blog, por haber contribuido gustosamente a financiarme parte del importe del billete mediante sus impuestos.
 Las 10 horas de vuelo de Madrid a La Habana en una compañía de bajo coste (Evelop!) me infundían cierto temor. Nada más lejos de la realidad, ya que la tripulación ofertó un servicio digno de cualquier aerolínea de bandera.
 El aeropuerto de La Habana presenta el típico diseño funcional de cualquier aeropuerto del mundo, pero se respiraba un ambiente distinto, más informal y relajado. Esto se empezó a traducir en una espera superior a la habitual para recoger mi maleta de la cinta y se confirmó en cuanto acudí a una oficina de cambio de moneda. La cola no era muy grande, pero avanzaba muy lentamente, ante la desesperación de una turista española situada delante de mí, que parecía mostrar cierta urgencia por abandonar la isla. Ya empecé a darme cuenta que ir con prisas en este país sólo podía conducir a la frustración.
 Cuando llegó mi turno, la empleada me explicó que esa oficina era sólo para cambiar moneda nacional a extranjera, por lo que debía buscar otra oficina situada en el exterior del aeropuerto para cambiar mis Euros.
 Otra nueva espera que me sirvió para obtener CUC (divisa para turistas cuyo valor es similar al Euro), no siendo posible hacerme con moneda nacional. Ello sólo se podía hacer en la ciudad.
 Ahora tocaba buscar transporte hacia el centro. Mis pesquisas no consiguieron encontrar transporte público, por lo que intenté reclutar compañía para compartir un taxi. Toda la gente a la que pregunté venía con paquetes turísticos que incluían transporte, así que me enfrenté en solitario a algo que detesto: el regateo. Los taxistas insistían en que por menos de 25 CUC no me podían llevar, ya que era la tarifa oficial. Uno de ellos me llevaba por 24, y me dijo que las tarifas estaban expuestas en un cartel dentro. Lo comprobé, me di por vencido y accedí a que me llevara.
 El trayecto del aeropuerto a mi alojamiento me sirvió para darme cuenta de que había llegado a un lugar único, con una atmósfera totalmente genuina. Sobre todo me llamaron la atención dos detalles: los modelos de coches muy antiguos y las vallas que en vez de anunciar productos, promocionaban consignas políticas.
 Básicamente, en Cuba hay dos opciones de alojamiento: hoteles y casas particulares donde te alquilan una habitación. La segunda me parece mucho más interesante, y fue la que elegí. Para esta primera noche, se trataba de una casa no muy céntrica, pero situada muy cerca de la terminal de autobuses.
 En la casa me recibió una pareja tan provecta como entrañable. El hombre me enseñó la habitación que contaba con aire acondicionado, baño privado y, no menos importante, una nevera con una jarra de agua hervida y filtrada. El agua del grifo en Cuba tiene mucho peligro, como pude comprobar más tarde.
 La conversación con los dueños fue de lo más interesante. Tenían colgado un retrato del Che Guevara, y al hacer referencia al mismo, el hombre me contó que había participado en la Revolución junto a Raúl Castro.
 Se hizo de noche, pero no renuncié a mi primera incursión por la ciudad. Estaba situado en un barrio humilde y la iluminación era más que tenue, lo que hizo que diera mis primeros pasos con cierta prevención. No tenía ningún mapa, así que confié en mi talento natural y empecé a recorrer las oscuras y para mí inquietantes calles.
 Pronto empecé a relajar la guardia. A pesar de las apariencias, en ningún momento tuve sensación de inseguridad. Luego me enteré de que a los cubanos que delinquen contra turistas les cae un paquete de cuidado. Así que, bien mirado, en este caso no es ninguna desventaja "cantar a turista".
 Tenía previsto llegar al Malecón, pero sin orientación me limite a dar vueltas sin rumbo. Fui a dormir y a la mañana siguiente, tras un nutritivo desayuno servido en la casa y ayudado por el Astro Rey salí a patear La Habana con más criterio.
Plaza de la Revolución
 Empecé por la Plaza de la Revolución, gigantesca explanada estilo soviético con un enorme monolito y efigies de los líderes revolucionarios a gran tamaño en las paredes. Esto se empezaba a animar.
 Seguí mi camino, no sin antes ser abordado por un simpático individuo local, que no me quedó claro si lo hacía por las ganas de hablar o buscando sacarme algo. No tardarían en aparecer los que sin lugar a dudas buscaban lo segundo.
 Me interné en Centro Habana, zona con mucha solera, que, al ser menos turística que La Habana Vieja, no ha recibido apenas inversiones para su mantenimiento. Eso hace que muestre un aspecto muy descuidado.
 Con el egoísmo más absoluto del turista que sólo pasa de visita por un lugar, sin pensar en que hay gente que vive allí todo el año, me pareció un lugar muy interesante. No solo por ese aire arquitectónico desvencijado muy particular, sino por la gran vitalidad y ambiente humano que se palpaba.
Centro Habana:ambiente singular y espíritu revolucionario(al menos cara a la galería)
 Llegué al mítico Malecón. Pero a mediodía, y bajo un sol de justicia, sólo servía como lugar de paso y a ser posible que ese paso sea firme, puesto que empezaban a aparecer los simpáticos a la par que molestos jineteros.
 Apenas puse un pie en La Habana Vieja (centro histórico y turístico), me abordó un señor al que cometí el pequeño pero craso error de preguntarle por la Cadeca (casa de cambio de moneda). Aunque estaba a sólo dos calles insistió en acompañarme mientras me daba consejos para mi estancia en Cuba. Al dejarme en la cola, comprendí tanto derroche de amabilidad cuando me pidió un CUC o un Euro  para "echarse un café". En ese momento no tenía nada suelto, lo cual provocó una situación un tanto incómoda, de la que tomé buena nota para ir con más cautela.
 La fila contó con la ya habitual espera, amenizada por un sujeto que me ofrecía cambiar mis euros con un mejor tipo de cambio. Lagarto, lagarto..No gracias...Si eso, mañana...
 La media hora en la cola mereció la pena. No sólo conseguí CUC, sino también los codiciados Pesos Cubanos que me iban a dar muchísimo juego.
 Mi primera inversión con ellos fue adquirir guarapo (jugo de caña de azúcar) recíen hecho en un humilde local, por la módica cantidad de 1 peso. (1 CUC=25 pesos cubanos). A pesar de su ínfimo precio, el guarapo es una auténtica delicia, que recomiendo probar a todo el mundo que lo tenga a su alcance.
 Con el ánimo renovado por el néctar de los dioses, volví a la casa donde había dormido a recoger la maleta, me despedí de los amables inquilinos y me dirigí a la estación de autobuses para poner rumbo a la Perla del Sur.

 

martes, 30 de agosto de 2016

PREPARANDO MI VIAJE: CÓMO GASTAR EL DEPÓSITO ANTES DE ARRANCAR

 A pesar de que mis viajes distan mucho de ser las clásicas vacaciones de quedarse en un sitio y descansar, normalmente aún me cansa más prepararlos. Este año no iba a ser una excepción, ya que, además mi plan era bastante ambicioso y complejo.
 Tras conocer la mayor parte de Europa, y haber visitado los Estados Unidos y Puerto Rico, le tocaba el turno a la aún desconocida para mí Sudamérica. Entre tanto donde elegir, aproveché que un amigo está viviendo en La Paz para incluir la ciudad boliviana en mi ruta.
 Inspirado por mis amigos del blog de viajes "Nos vamos de rutica", que en su actual vuelta al mundo hicieron una ruta por el sur del Perú antes de pasar a Bolivia, incluí al país andino en mi plan.
 El otro ingrediente en la coctelera era la mítica isla de Cuba, que hace años espera mi visita, no sólo por motivos sociales, culturales e históricos, sino también por inspirar uno de mis videojuegos favoritos: Trópico.
 Después de documentarme exhaustivamente, darle alguna vuelta de más al coco y ayudado por el siempre eficaz Skyscanner, perfilé una ruta con los siguientes etapas:
-Iba a empezar por visitar Cuba. Para optimizar los días de viaje, compré un billete de avión a Holguín, en el indómito Oriente de la isla, para acabar 9 días después en La Habana.
-De la capital cubana reservé un vuelo a Lima, con escala en San Salvador.  Habiendo leído que la capital peruana es una ciudad caótica, estridente y ajetreada, decidí saltármela y programar un vuelo a Cuzco, tras unas horas de escala en el aeropuerto limeño.
-Desde Cuzco iría viajando por tierra hacia el sur para acabar internándome en tierras bolivianas,llegando a La Paz.
-El vuelo de vuelta a España iba a ser desde Sucre, lo cual me permitiría visitar algo del sur de Bolivia.

 El vuelo de Madrid a Holguín me tenía algo inquieto. Lo había comprado a través de una web de reservas y al consultar la página de la compañía (Flexflight) no aparecía. Por lo visto se trataba de un vuelo chárter. Por si acaso, cada cierto tiempo consultaba en checkmytrip (voy a tener que acabar por cobrar la publicidad) hasta que 5 días antes de la salida la página me alertó de que el vuelo dejaba de estar confirmado y me conminaba a ponerme en contacto con mi agencia de viajes.
 No tardé en llamar a la web, que me dejó a la espera con una machacona música de fondo mientras "sus líneas estaban ocupadas".  La situación se empezó a poner complicada. Sólo unos días antes del comienzo de mi viaje, tenía el vuelo de ida (del que dependían los demás) en entredicho y no había forma de ponerme en contacto con la agencia.
 Volví a llamar unas horas después y esta vez pude, por fin, hablar con una persona. Le expliqué la situación y, tras hacer una consulta, me dijo que el vuelo había sido cancelado y que no encontraban uno equivalente en fechas próximas, por lo que me podían reembolsar el dinero si lo solicitaba. Así lo hice y me dijeron que el reintegro se demoraría entre 2 y 6 semanas. No era eso lo que me preocupaba, aunque caradura tienen un rato, sino encontrar un vuelo a Cuba a precios decentes a esas alturas de la jugada.
 Mis primeras búsquedas fueron desoladoras. Vuelos de más de 30 horas con escala en Rusia a casi 1000 euros, se situaban entre los más asequibles. Menos mal que se me apareció la Virgen (en este caso la del Puño) y encontré un vuelo directo a La Habana por un precio mucho menor, 3 días después de mi fecha original. Eso me limitaba la ruta a seguir por Cuba, ya que, amén de disponer de menos días, el lugar de entrada y salida del país era el mismo. Pero por lo menos no me iba a dejar un riñón en el intento.
 Ya reservados todos los vuelos, dejé cerrados los alojamientos en Cuba y en algunos puntos claves del resto de la ruta.
 Como he dicho al principio, preparar los viajes me cansa casi tanto como hacerlos. Así que tras tanto ajetreo mental, hubiera necesitado un descanso. Pero mi viaje comenzaba. Ya habría tiempo de reponerse por el camino...o no.
 

viernes, 3 de junio de 2016

Carrera Lee Valley Velopark. Como Perico en Luxemburgo.



 Una de las cosas que más me gustaban de mi periodo en Inglaterra era la gran cantidad de carreras que se organizaban en Londres y alrededores. Así, era posible correr un par cada fin de semana, siempre que las piernas, el trabajo y el bolsillo lo permitiesen.
 Aprovechando mi última visita a Londres, sólo tuve que plantearme qué día quería correr y me apunté a la prueba que tocaba. En este caso se trataba de una modalidad que no me acaba de hacer mucha gracia, y no es otra que aprovechar la coyuntura para juntar varias distancias y que cada cual elija la que más le convenga. Ésto no sólo genera cierta confusión, sino que también hace que los ánimos del público lleguen a todos por igual, independientemente de la distancia recorrida.
 La prueba de marras era un popurrí que iba desde la milla a la media maratón, pasando por los 5 km, 5 millas, 10 km y 10 millas, que había que recorrer dando vuentas a un circuito de asfalto que rodea el velódromo olímpico en Stratford.
 Por aquello que no me apetecía madrugar mucho el sábado (¿a quién le gusta?), elegí la distancia de 10 km., que era la que más tarde empezaba.
 La entrega de dorsales finalizaba a las 9:45 h. Teniendo en cuenta que tenía pensado pasarme por el banco a arreglar unos asuntos financieros (Montoro no lee este blog,¿no?) a las 9 y que Stratford no es una zona precisamente céntrica, iba a llegar un poco apurado.
 Mis trámites bancarios fueron bien, pero me llevaron más tiempo del que esperaba. Estuve a punto de dejar correr la carrera (valga la redundancia) pero no podía rendirme sin intentarlo.
 Ya eran las 9:50 cuando llegué a la estación de metro de Stratford. Pero el velódromo estaba a una distancia apreciable, que hice corriendo, aprovechando para calentar y pasar la fase de estrés.
 Al llegar a la zona de salida vi que había mucha gente corriendo. Pero no cundió el pánico ya que se trataba de participantes de otras pruebas.
 A pesar de estar teóricamente fuera de plazo, conseguí que me dieran el dorsal y esperé pacientemente a que dieran la salida. Debido a mi apretado calendario matinal, no me había dado tiempo a desayunar. Aproveché que había plátanos a disposición de los participantes que acababan sus pruebas para comerme uno. No es buena idea hacerlo justo antes de empezar a correr, pero era eso o hacerme 10 km en ayunas.
 El tiempo pasaba y no veía que en la línea de salida se colocase ningún atleta, así que pregunté a un simpático miembro de la organización. Para mi sorpresa, éste me dijo que la carrera ya había salido, y que no comenzaba en el arco de meta, sino a unos 200 metros de ésta. Me indicó la dirección y me dijo que le preguntara a un chico con un chaleco reflectante. Así lo hice, y el voluntario me recordó que ya habían salido hace un rato, pero me tranquilizó afirmando que al llevar chip, se reflejaría mi tiempo real. La “zona de salida” estaba marcada por dos humildes conos, que para más INRI estaban fuera del alcance de la vista de la zona de meta y no tenían ningún tipo de indicación.
   Como queriendo recuperar el tiempo perdido, empecé bastante fuerte, pero al medio minuto se me desató el cordón de una zapatilla, lo que, aparte de cortarme el ritmo, hizo que los pocos atletas que había adelantado, me rebasaran de nuevo.
 Solucionados estos pequeños incidentes, pude por fin marcarme un ritmo de crucero y empezar a dar vueltas. El circuito tenía una milla. Al tener que cubrir 10 km., debía dar 6 vueltas y pico. Ese pico es el que motivó que la línea de salida estuviera retrasada respecto al arco de meta.
 Por momentos me sentí como el mítico Pedro Delgado cuando llegó casi tres minutos tarde a la salida del prólogo del Tour de Francia de 1989, perdiendo un tiempo precioso que ya no podría recuperar en el resto de la prueba.
 El perfil era ondulado, con algunas subidas y bajadas de no mucha pendiente, pero que iban cargando las piernas poco a poco. El día era soleado y la temperatura fresca, ideal para correr.
  Si ya es complicado tener referencias cuando se corre en millas, no digamos si, como era el caso, me había olvidado llevar cronómetro, salgo unos minutos tarde y en el mismo circuito convivimos participantes de varias distancias diferentes. No me quedó otra que correr por el placer de correr y disfrutar del ambiente. Y la verdad es que fue una buena experiencia.
 A diferencia de lo que suele suceder en España, donde la mayoría sale en las carreras “con el cuchillo en los dientes” y si no está finos no hacen acto de presencia, en Inglaterra es grande la presencia de gente que va a su propio (y bajo) ritmo, con el único propósito de terminar. También destaca, como he reseñado en más de una entrada, el elevado número de mujeres, que hace que la ratio por sexos esté prácticamente igualada.
Tiempo más que discreto
 A falta de otros objetivos, me tomé la carrera como un entrenamiento intentando mantener un buen ritmo. Mi tiempo final fue superior a los 55 minutos. Luego pude calcular que mi retraso en la salida rondó los 10 minutos. Aun así quedé en mitad de la clasificación, lo que confirma mi teoría anterior sobre los relajados ritmos de carrera británicos (aunque los primeros sí que fueron " a saco").

 En la llegada no podía faltar la clásica aunque poco práctica medalla (esta vez hay que reconocer que, por lo menos era bonita) . Había una bolsa de la que algunos participantes cogían una camiseta. A pesar de que no era gran cosa, pregunté si me podía coger una, pero me comentaron que sólo era para los que habían corrido la media maratón. Los organizadores de carreras británicos son aún más niunclavelistas que el que suscribe. Eso sí, son todo amabilidad, pues no faltó quien me felicitó por haber cubierto los 10 km.