lunes, 7 de noviembre de 2016

ÚLTIMO DÍA EN EL CUZCO

 Tras dormir como un bendito, decidí tomarme un día de “descanso” y pasar el día tranquilamente en el Cuzco antes de partir a otras latitudes.
 Aproveché que el albergue no ofrecía desayuno para degustar algunos productos locales que había comprado el día anterior, rompiendo de paso las más elementales normas de la dietética. Así, adapté la clásica y tan denostada combinación de aperitivos fritos con refresco de cola al entorno, en forma de maíz ancestral del altiplano con  Inca-Kola.  La versión peruana del popular refresco de cola tiene un sorprendente color amarillo, un sabor dulzón que las madres suelen catalogar como a “jarabe de niño” y una cantidad parecida de cafeína y azúcares tan atrayentes como nocivos. Eso sí, la compañía que lo elabora está en manos de Coca-Cola, así que todo queda en casa.
Inca-Kola: una vez al año (o un poco más), no hace daño
 Cargado de glucosa me dirigí a la estación de autobuses en busca de un billete para mi próximo destino. De paso quería comprobar la distancia que tendría que recorrer al día siguiente con el maletón. Viendo que me costó unos 25 minutos, hinqué la rodilla, y asumí que al día siguiente debería tomar un taxi.
 Dada la gran superficie del Perú, y las grandes distancias entre las principales ciudades, lo más habitual para ir de una a otra es hacer viajes nocturnos, durmiendo en el autobús, para no perder un día en el trayecto. Como yo no suelo dormir bien en el transporte público y no creo que hacer un viaje de muchas horas viendo el paisaje sea perder el tiempo, busqué alguna expedición diurna.            Afortunadamente había muchas compañías para elegir, lo que no sólo hizo que consiguiera un billete para la mañana siguiente, sino que lo hice a un precio muy razonable. ¡Viva la competencia!
 Después de mi energético pero poco nutritivo desayuno, me tocaba compensar. Así que volví al comedor vegetariano que había frecuentado en mis días anteriores en la ciudad. Ante la gran demanda que presentaba el establecimiento, me tocó compartir la mesa con un parroquiano que resultó bastante tímido, aunque siguiendo en la línea del país, muy educado.
Aproveché que era mi jornada de asueto para hacer las típicas cosas que no hacemos en los viajes porque “no hemos tenido tiempo” o “no hemos encontrado el momento”. En este caso se trataba de enviar una postal a la hija de un amigo a la que le hace mucha ilusión recibirlas desde diversos países. Le compré una del Machu Picchu con una simpática alpaca en primer plano y fui a la oficina de correos a enviarla. Aún no le ha llegado y han pasado 3 meses. Creo que en tiempos del Virreinato, el servicio postal con la metrópoli era más eficiente que ahora.
 Al pasar por un kiosco no pude evitar hacerme con algunos ejemplares de la revista Condorito. Había leído alguno en mi infancia, pero desde entonces no había podido encontrarlos en España, así que no perdí la ocasión para hacer acopio. Condorito es un personaje de cómic, de origen chileno, aunque muy popular en toda la América hispana. Se trata de chistes, normalmente de una página que, aunque en alguna ocasión no son muy políticamente correctos, son aptos para todas las edades. A mí me encantan, y es una pena que no se puedan adquirir en nuestro país.
 Al llegar al albergue, vi que había tertulia en el salón y yo, ávido de contacto humano, me dejé caer. Había un estadounidense muy simpático con una caja de Cusqueñas, al que le faltó tiempo para ofrecerme una. Lo agradecí, no sólo por el gesto, sino porque aún no había tenido oportunidad de probar la cerveza local. Es curiosa la mala imagen que tienen los usenses en el mundo. Se suele tener la idea de que son prepotentes y maleducados, cuando mi experiencia me dice que suelen ser gente abierta y cordial.
 Entre los contertulios había un mexicano al que propuse formar parte de mi siguiente plan.
 A la hora de planificar mi viaje, para mi estancia en Cuzco había visto con buenos ojos una oferta de alojamiento en Airbnb, en el que dos chicas no sólo ofrecían una habitación, sino que prometían dar una visión local de la ciudad más allá de los típicos lugares para turistas. Y yo, como buen turista que intenta no ser turista (la cuadratura del círculo) contacté con ellas. Ante su ausencia de respuesta reservé los albergues. Una de ellas me escribió unos días después y a falta de alojamiento me sugirió un local donde hacían actuaciones culturales, recomendándome una a la que iba a acudir. Se trataba de un monólogo de un cuentacuentos colombiano. La actividad me pareció interesante y original, así que me decidí a ir, acompañado de mi nuevo colega azteca, que vio con buenos ojos la propuesta.
Cuentero el Filósofo
  La Esencia resultó ser un local muy acogedor e intimista, un remanso de tranquilidad en un lugar tan bullicioso como el Cuzco. Nos tomamos un contundente chocolate que, curiosamente, nos sirvió mi frustrada anfitriona. Por lo que nos comentó, estaba echando una mano a los dueños del café-teatro ante la baja de una empleada.
 El cansancio acumulado por mis frenéticas jornadas salió a la luz en un entorno tan relajado, por lo que a ratos la llamada de Morfeo se disputaba la atención de las entrañables historias que, con gran maestría, nos relataba Cuentero el Filósofo. La verdad es que me hacía falta parar un poco y disfrutar de una actividad relajada.
 Mi compañero mexicano tenía que tomar un autobús nocturno hacia Lima (paliza de las buenas), así que aproveché mi recuperada soledad para darme mi último paseo por las calles del Cuzco. Pasear por las empedradas calles de su casco histórico es una delicia. A pesar de las vueltas que ya había dado, no dejaba de encontrarme nuevos rincones con encanto.
Calles con enjundia

  Ya de vuelta al albergue, comprobé que esa noche no iba a tener toda la habitación para mí, ya que había venido un huésped más. Habiendo compartido habitación hasta con 100 personas, esto seguía siendo casi un lujo para mí.
 A la mañana siguiente me tocaba abandonar el albergue. En principio había reservado para una noche y había pasado tres. Como dijo en su día el entrenador Bernd Schuster: “No hace falta decir nada más”. Y eso se aplica tanto al hostal como a la ciudad.
  A los 3 segundos de salir del albergue, apareció un taxi por la calle. Lo paré y antes de montar (muy importante) le pregunté la tarifa al taxista. Me dijo que 25 soles.
Mi inequívoca reacción: “¿¿25 soles??¡¡No!!”, provocó su hábil respuesta:”No, he dicho 5 soles”.
Así, medio minuto después de pisar la calle, ya tenía un taxi cogido y el regateo hecho. Así da gusto.
 Muy en mi línea, el conductor me dijo que si no me importaba bajarme antes de entrar en la estación, ya que si lo hacía, le cobraban una tasa. Como entre niunclavelistas hemos de ayudarnos y por pura coherencia, acepté de buen grado. Al fin y al cabo, apenas me supuso andar un par de minutos y tiempo tenía de sobra.
 Ya en la terminal, hubo un par de detalles que me parecieron curiosos. El billete no era suficiente para acceder a las dársenas, sino que había que solicitar un sello a modo de tasa de embarque (1 ó 2 soles).
 Y a la hora de subir al autobús, mientras una empleada nos revisaba el billete, otra nos sacaba una foto de nuestra cara, supongo que por motivos de seguridad. Estoy seguro que en ella se reflejaban a la vez la tristeza por dejar la maravillosa ciudad de Cuzco y la ilusión por conocer nuevos rincones del mágico Perú.





sábado, 5 de noviembre de 2016

MACHU PICCHU

 La noche anterior, el guía nos había conminado, casi exhortado a acudir a las 4 de la mañana a la Plaza de Armas para empezar desde allí la ascensión al Machu Picchu. Según él, de lo contrario, “no nos iba a dar tiempo” a estar arriba a una hora prudente antes de que se llenara de turistas.
 Confiando en mi gran estado de forma, iba a empezar mi travesía media hora más tarde. A pesar de esa ganancia, me tuve que levantar a las 4, algo que atenta contra las más elementales normas de la salud mental y física. 
 El desayuno que nos sirvieron en el albergue fue muy flojo (una infusión y un par de panecillos con mermelada y mantequilla). Ni el descanso nocturno ni el precario ágape eran suficientes para el pasaje que nos esperaba, pero la ilusión lo compensaba todo.
 A la hora de salir del albergue, la empleada, como es lógico, nos pidió la llave de la habitación. La argentina, que se había hecho cargo de la misma la noche anterior, me había comentado durante el frugal desayuno que no la encontraba, por lo que le explicó a la jovencísima hospedera que se la había dejado en el cuarto. Como para prestarle las llaves del coche...
 Estimando que las frías temperaturas nocturnas iban a devenir en un asfixiante calor diurno, les pedí a los del albergue que me guardaran la cazadora.
 A esas casi indecentes horas, todavía era noche cerrada, por lo que tuvimos que hacer uso de linternas para seguir el camino.
 A los 20 minutos nos encontramos con una larga cola de excursionistas detenidos. Vi que partía de una puerta en la que un letrero advertía de que hasta las 5 de la mañana no se podía acceder. No nos importó mucho esperar unos 15 minutos a que nos dieran acceso. Supongo que no les habría hecho tanta gracia a aquéllos que hicieron caso al guía y empezaron la caminata a las 4.
  A partir de allí,  el camino empezó a ganar pendiente, para acabar forzándonos a subir un gran número de escalones. Como si de la subida al Monrepós se tratase, a partir de allí los grupetos se rompieron en mil pedazos y cada uno subía como podía.
 La primera víctima de los empinadísimos escalones fue una de las chilenas que había conocido la noche anterior. Estaba sentada al borde del camino, con la cara desencajada por el esfuerzo de acarrear una mochila de enjundia. De no haber sido porque iba con retraso para llegar arriba a la hora a la que nos había citado el guía (extrañamente, todavía confiaba en él), le hubiera ofrecido mi ayuda. Y no sólo por mi proverbial bonhomía, sino porque pocas veces se me presenta la oportunidad de socorrer a una pívot de 1,80. Pero erróneamente seguí la ascensión a mi ritmo. Mi mala conciencia se atenuó cuando días más tarde me enteré de que la compatriota de Condorito había llegado sana y salva arriba. La oportunidad de confraternizar con ella, habrá que dejarla para mejor ocasión.
  Poco a poco las luces del nuevo día nos empezaron a iluminar, mostrando ante nuestra vista hermosísimos paisajes de montaña. 
 En el camino iba encontrándome con “viejos conocidos” con los que comentaba la jugada, en el caso de que aún les quedara algo de aliento para conversar.
Concurridos accesos al Machu Picchu
 Por fin, tras una hora y media de exigente travesía, unas taquillas con grandes colas me recibieron. El guía andaba por allí buscando a  su “rebaño”. Viendo que aún contaba con pocas “ovejas”, nos citó a las puertas del recinto media hora más tarde. Tanto correr para nada.
 Como era de esperar, la media hora se superó con creces, hasta que al fin nos juntamos todos y empezó la visita, no sin antes dividirnos en dos grupos, unos con guía en inglés y otros en español, eligiendo yo, por razones obvias, el idioma de Garcilaso. 
 No voy a entrar en muchos detalles sobre la historia del Machu Picchu, ya que son sobradamente conocidos por casi todo el mundo, y en caso contrario es muy fácil acceder a dicha información. Si esperabais que después de haber dormido 3 horas y pegarme esa paliza me iba a acordar de todo lo que explicó el guía, me sobrevaloráis. Aunque dos cosas de las que nos contó Edison me llamaron la atención: el yacimiento no fue descubierto al gran público hasta bien entrado el siglo XX, y en las épocas más tenebrosas de terrorismo en el Perú, apenas un puñado de personas visitaban el monumento cada día. Eso chocaba mucho comparándolo con las miles que estábamos en ese momento  paseando por las ilustres ruinas.
Edison al habla
 A pesar de la gran cantidad de gente, al ser un recinto muy grande, no llegué a sentir sensación de agobio, como me había pasado visitando otros lugares míticos (por ejemplo el Mont Saint Michel).
Una vez que el guía acabó su disertación, pude campar a mis anchas por casi todo el paraje.
 Había algunas áreas más restringidas, como por ejemplo la subida a una montaña que dominaba todo el yacimiento, para la que tendría que haber sacado entrada con mucha antelación. A pesar de todo, el espectáculo que constituían las bien preservadas ruinas, perfectamente conjugadas en un majestuoso entorno natural hacen del Machu Picchu un lugar realmente mágico.
Sobran las palabras
 Saqué mi lado japonés para hacer fotos desde todos los sitios y ángulos posibles. Me hubiera quedado todo el día en un enclave tan abrumador, pero a primera hora de la tarde tenía que coger la furgoneta de vuelta en la estación hidroeléctrica, de la cual me separaba una considerable caminata.
 Apuré todo lo que pude antes de abandonar el lugar, no sin antes hacer la turistada típica en la entrada: estamparme un sello del Machu Picchu en el pasaporte.
Glamour andino
 Como iba un poco justo de tiempo, me lancé a lo Paolo Savoldelli en un vertiginoso descenso por los escalones que tanto me había costado subir unas horas antes.
 Ya en el tramo llano, me encontré con un atajo que enlazaba con el camino de vuelta directamente sin pasar por el pueblo de Aguas Calientes. Pero debía pasar por allí para recoger mi tan humilde como necesaria cazadora, lo que me hizo dar un rodeo de más de media hora.
 Temía que en el albergue me pidieran explicaciones, o algo más, por el extravío de la llave de nuestro cuarto. Afortunadamente, en ese momento me atendió un empleado que no estaba al cabo de la calle y pude hacerme con la prenda sin problemas.
 Teniendo en cuenta que con el escuálido desayuno de esa mañana habían acabado las comidas incluidas en mi "contrato", me pasé por el mercado del pueblo para hacerme con unas manzanas a precio de oro y una fruta que nunca había comido llamada "pepino melón" bastante insípida, que me fui comiendo sobre la marcha.
 Mi poderosa zancada me permitió llegar a tiempo a la estación hidroeléctrica, donde había una gran actividad de turistas esperando ser asignados a sus correspondientes medios de transporte. Era curioso como los guías iban repartiendo a la gente por las diferentes furgonetas e incluso haciendo cambiar a algunos que ya estaban dentro (me pasó a mí) para cuadrar los fletes.
 La ilusión y excitación del viaje de ida habían desaparecido.Si a eso sumamos el cansancio y que gran parte del trayecto se hizo de noche, sin poder, al menos, observar el paisaje, el resultado fue un pesado trance que, por lo menos no fue agravado con la estridente cumbia del día anterior.
 Por fin, pasadas las 9 de la noche, la furgoneta nos dejó en el centro de Cuzco y salí de ella tan cansado como hambriento. No me compliqué la vida, y fui a cenar a un pequeño restaurante situado junto al albergue. Me pedí una pizza que fue cuidadosamente preparada por el camarero en un horno de leña a la vista. Después de mi experiencia en las pizzerías cubanas, me parecía tener delante a un pizzaiolo napolitano. Y ello además muy bien de precio y con una atención exquisita.
 Ya en el albergue, me encontré con buenas noticias. Mi habitación estaba vacía, por lo que iba a poder descansar en condiciones. Y a fe que me hacía falta.
 
 
 



 

sábado, 22 de octubre de 2016

RUMBO A MACHU PICCHU

 Poco después del alba, con ligero viento de Levante, una furgoneta me recogió en la puerta del albergue, donde amablemente se habían ofrecido a guardarme la maleta hasta que volviera. No estaba yo como único representante del Casa Inn, sino que también venía una pareja de madrileños, con los que no me había cruzado aún durante mi estancia.
 En una operación que me recordaba a mi salida de Trinidad, en Cuba, la furgoneta fue dando vueltas por Cuzco recogiendo a gente por los diversos alojamientos de la ciudad, empleando para ello casi una hora. No faltaba quien se preguntaba, con bastante buen criterio, por qué no se había fijado un punto de encuentro, donde todos nos hubiéramos montado a la vez.
 Los primeros kilómetros los recorrí con los ojos como platos presenciando los paisajes y los pueblos que rodean al Cuzco. Siempre he tenido la impresión de que como se conoce un país es a base de recorrer sus carreteras, mucho más que visitando grandes capitales, cada vez más parecidas unas a otras. Para completar la inmersión en la idiosincrasia peruana, el conductor nos obsequió con un hilo musical que consistía en un repertorio interminable de estridente cumbia local.
Montañas nevadas
 Pronto la ruta empezó a ganar altura, mientras nos acercábamos a una cordillera. Los escenarios ganaban en dramatismo y belleza, llegando a superar los 5000 metros sobre el nivel del mar.
 Tras unas cuantas horas de trayecto, la furgoneta se metió en una pista y se detuvo junto a un restaurante. Los que habíamos reservado el paquete completo, íbamos a disfrutar allí de nuestra primera comida. Aquéllos que sólo habían solicitado el transporte se iban a tener que conformar con mirarnos cual niño pobre en las novelas de Dickens pegado a la ventana, mientras los ricachones se dan un banquete. Tampoco es que fueran las bodas de Camacho, pero la comida, sin ser nada del otro mundo (en este caso era del Nuevo Mundo), estuvo bastante bien.
A partir de allí, lo que había sido un agradable (a pesar de la cumbia) paseo, pasó a ser una incómoda y trepidante travesía. La ruta discurría por una pista de tierra que cresteaba por las laderas de un angosto valle. Esto no parecía asustar al intrépido conductor que circulaba con una tranquilidad pasmosa. No sucedía lo mismo con nuestra compañera madrileña, que pasó un muy mal rato cada vez que el vehículo se asomaba al abismo. En mi caso, aunque no estoy acostumbrado a circular en esas condiciones, me tranquilizaba el hecho de pensar que el conductor realiza ese trayecto a diario y se lo conoce al dedillo, sabiendo hasta dónde puede llegar la furgoneta. En todo caso, yo tampoco tenía mucho que hacer, más que dejarme llevar.
Camino de Aguas Calientes. Salgo guapo,¿eh?
 Tras unas tres horas de traqueteo, polvo y cumbia machacona, llegamos a una central hidroeléctrica donde nos dejó la furgoneta. Desde allí se puede tomar un carísimo tren o seguir una senda que en dos horas conduce al pueblo de Aguas Calientes. Ni qué decir tiene que opté por la segunda opción, no sólo por ahorrarme la abusiva tarifa, sino también por disfrutar de una agradable caminata atravesando un excepcional paisaje de montaña.
 Básicamente, el trayecto discurría por un valle en el que había que ir siguiendo las vías del tren, que cada cierto tiempo aparecía haciendo cundir el pánico entre los caminantes, especialmente si se encontraban atravesando alguno de los túneles que se encontraban en la ruta.
 Después de un par de horas de travesía, encajonado entre montañas, apareció ante nuestros ojos Aguas Calientes, lugar donde íbamos a pernoctar.


Aguas Calientes
  En la Plaza de Armas, bastante concurrida a esa hora de la tarde, se encontraban empleados de las agencias gritando a viva voz los nombres de las personas de las que se iban a encargar para coordinar los alojamientos. Ni que decir tiene, que ese método tan arcaico, aunque no exento de encanto, resultaba un tanto caótico.
 Al final, a base de dar vueltas y preguntar por acá y por allá, nos conseguimos agrupar en torno a nuestro líder, que nos llevó a un humilde hostal. En el establecimiento no había sitio para todos, por lo que "los elegidos" volvimos a la Plaza de Armas, donde nos endosaron a otro coordinador, que a su vez, nos dividió en varios subgrupos.
 Tras tanta fisión, Alfonso el protón (servidor) acabó como único representante de su grupo en una pensión demasiado humilde hasta para mis poco exigentes estándares.
 Me tocó en "suerte" una habitación con varias literas y camas de matrimonio, donde dormían varias parejas, a pesar de que aún no eran las 7 de la tarde. La única persona despierta de la habitación era una joven y simpática argentina que había viajado sola hasta allí.
 Una vez aposentado, salvando las dificultades de moverme en una habitación oscura, me volví a reunir con mi grupo primigenio para ir a cenar, lo cual seguía incuido en mi reserva. Compartí mesa con una pareja de peruanos y un costarricense, con el que al acabar el ágape me fui a dar un paseo por el pueblo.
Aguas Calientes es una localidad con poca historia, enfocada totalmente al turismo. No se puede decir que no sea agradable, pero carece totalmente de "alma". Eso sí, su entorno montañoso es absolutamente privilegiado y su situación estratégica, como última estación de tren antes del Machu Picchu hacen que sea un enclave muy visitado.
 La idea de acostarnos pronto para descansar y afrontar el madrugón del día siguiente, se alejó cuando nos encontramos a mi compañera de habitación junto a un grupo de 4 simpáticos chilenos (dos chicas y dos chicos).
 Nos metimos en un bar y tuvimos una animada conversación, mientras un camarero un tanto "empanado" iba sacando tragos sin parar. Yo con la sangre fría que me caracteriza dentro y fuera de las canchas, sólo me pedí una cerveza. El alcohol en altitud no me sienta bien, había que madrugar al día siguiente, y los precios en Aguas Calientes son precios "turísticos", más popularmente conocidos como "clavadas".
 Al filo de medianoche nos echaron (de buenas maneras, eso sí) del bar que cerraba y ante nuestra sorpresa, a la hora de pagar la abultada cuenta, nuestro compañero costarricense se nos había adelantado pagado todas las rondas. Gran detalle que sobrepasa la comprensión de una mente tan analítica como la mía. Un abrazo, Emel, una persona tan entrañable como generosa, que sabe que si se pasa por Huesca será tratado como se merece.
 Los dos muchachos chilenos y la argentina se quedaron hablando en un banco y yo me retiré al llamémosle albergue.
 Mi habitación estaba cerrada a cal y canto y yo no contaba con llave. La había solicitado al  llegar por la tarde y me habían dicho que no tenían copia para todos, pero que ya se encargarían de abrirme.
  Mis tímidas llamadas, que acabaron siendo violentos golpes en la puerta no obtuvieron respuesta. A poco más de 3 horas para el "toque de diana", la situación se ponía interesante. Para darle mayor dramatismo al momento, casi me tropiezo con un perro que andaba suelto por las oscuras escaleras del edificio, que se puso a ladrar furiosamente, dándome un susto de muerte.
 Bajé a recepción y no había nadie, por lo que volví en busca de mi compañera para informarle. Volvimos a la recepción con ella y los compadres chilenos. Uno de ellos llamó desde su teléfono al hostal. Tras algunos intentos, de un cuarto en la planta baja surgió una somnolienta niña de unos 11 años tan asustada como era de esperar en esas circunstancias. Le explicamos la situación y nos dejó una copia de la llave, de la que se hizo cargo la argentina.
 Por fin, pasada la una de la madrugada, pudimos asegurarnos un techo para lo poco que nos quedaba de noche. La habitación, muy poblada cuando tomé posesión de ella, aparecía extrañamente vacía, lo que explica que nadie me abriera cuando llamé.
 Como no hay mal que por bien no venga, la ausencia de huéspedes nos permitió un apacible, aunque muy corto descanso, muy necesario en vísperas del día en el que tocaba visitar una de las grandes maravillas de la Humanidad.


miércoles, 19 de octubre de 2016

TRAS LA HUELLA INCA EN EL CUZCO

 Mi primera mañana en Cuzco me hizo enfrentarme de bruces con una triste realidad. Cuando bajé a desayunar en el albergue, me atendió una niña que no debía pasar de los 10 años Si algo me impactó en mi viaje no fue tanto la pobreza, que también se deja ver por nuestras calles, sino el trabajo infantil.
 Afortunadamente la madre ya había vuelto a la hora de abandonar el albergue y abonar la factura. Temas de negocios es mejor tratarlos con adultos (los otros también, pero algo es algo).
 Y es que, en una astuciosa estrategia, había buscado otro albergue más céntrico y concurrido para la segunda noche, con la idea de conocer gente, algo que no había sucedido en el primero. Pero había podido descansar bien, que era lo que necesitaba tras enlazar tres vuelos sin haber dormido.
 Calculaba que mi nuevo alojamiento estaría a unos 20 ó 25 minutos andando del primero, lo cual hizo que desechara la idea de tomar un taxi, más por evitar el insidioso regateo, que por el precio (en teoría bastante razonable) que iba a tener que pagar.
 Ya llevaba unos 10 minutos avenida abajo cuando me paré a observar mis progresos sobre el plano. Me costó un buen rato ubicarme, hasta que me di cuenta de que había tomado el sentido contrario de la calle, por lo que me estaba alejando de mi objetivo. Tuve que desandar lo andado y encarar una amplia e insulsa avenida que parecía que no acababa nunca, todo ello bajo el poderoso sol peruano, que parece que no, pero pega de lo lindo. Cansado de la monótona avenida, me desvié un poco para acabar desplazándome por unas bulliciosas calles llenas de puestos de venta de todo tipo, que dificultaban sobremanera el manejo de mi ya más que trotada maleta.
 Así, lo que en un taxi hubiera supuesto unos 10 minutos como mucho (y un regateo), se convirtió en un agónico peregrinaje de más de 40 minutos. Allí aprendí que el niunclavelismo tiene un límite, que se llama sentido común.
  Mi segundo albergue en el Cuzco era más del tipo “para mochileros”, con un luminoso patio que hacía las veces de zona común. Fui atendido por una simpática doceañera (vamos mejorando). Esta vez la habitación era compartida, pero sólo había una persona más, que en ese momento se encontraba ausente.
 Ya libre de maletones y mochilas, salí a dar un voltio por el centro de la ciudad, para acabar subiendo unas empinadas cuestas que me iban a llevar a un conjunto arqueológico de gran interés. Se trata de 4 yacimientos incas situados en el entorno del Cuzco que se pueden visitar con guía y acomodado en un autobús, o hacerlo a tu aire. Yo, como buen liberal, me decanté por la segunda opción.
Saqsayhuamán
 Al primero de los yacimientos se puede ir andando desde el centro, aunque para ello hay que superar unas rampas de enjundia. Notaba que me cansaba el doble que en condiciones normales, hecho sin duda achacable a la elevada altitud sobre el nivel del mar a la que me estaba moviendo.
 No se pueden visitar los 4 lugares por separado, sino que hay que comprar un bono que da acceso a todos ellos. También existe la posibilidad de adquirir otro bono que permite la entrada a nada menos que 16 yacimientos por la región, pero no iba a tener tiempo de verlos, así que me quedé con el billete básico.
 Saqsayhuamán (caray con el nombrecito) resultó ser el más interesante de todos, ya que, aparte de tener unas murallas muy bien conservadas, contaba con bonitos miradores sobre la ciudad. En sus alrededores también se puede visitar una enorme estatua de Jesucristo, bastante parecida al mítico Corcovado carioca.
Q'enqo
 Un paseo de unos 15 minutos me condujo a Q'enqo, ilustre conjunto de rocas ceremoniales, que no me dijo gran cosa.
Más complicado resultaba acceder a las otras dos ruinas, que estaban muy cerca la una del otra, pero a casi 5 km de la segunda. Por suerte había un autobús que hacía una ruta por la zona y dejaba muy cerca.
Pukapukara
 El hecho de haber ido sin guía y de no ser muy ducho en el arte incaico hace que no pueda decir mucho sobre estos dos yacimientos cuyos nombres eran Pukapukara y Tambomachay. Dejo, eso sí alguna foto para que los lectores del blog se hagan una idea. Mil disculpas a los sufridos incas, que después de la currada que se habían pegado para construir todo eso, merecerían un poco más de reconocimiento, pero yo soy más de gótico y barroco.
Tambomachay
 Para volver, repetí la operación de tomar el autobús, pero en lugar de bajarme en el primer yacimiento y volver bajando por terreno conocido, seguí la ruta pensando que me dejaría en la Plaza de Armas. Viendo que la furgoneta no dejaba de caracolear por las laderas que rodean a la ciudad y que cada vez iba más llena, decidí bajarme en cuanto entramos en un terreno más o menos llano. No tenía ni idea de dónde estaba, pero gracias a mi talento natural, pude llegar tras un rato a la Plaza de Armas siguiendo el lento pero infalible método del ensayo/error.
 Para el día siguiente se me había antojado ir al Machu Picchu (antojos que tiene uno), por lo que busqué la oficina que me habían recomendado en el primer albergue, ya que ofrecían una oferta interesante. Antes de comenzar mi viaje, había curioseado un poco el precio de las excursiones a la gran maravilla andina, y al ver que no bajaban de 200 euros, lo había descartado. Pero sobre el terreno, la cosa tenía otro color.
 No encontré la oficina que buscaba, pero no hubo problema. En otro local cercano, de las decenas que hay, obtuve un paquete similar al mismo precio, que incluía el transporte, varias comidas, una noche de alojamiento y la entrada al Machu Picchu. Todo ello por menos de la mitad que los temidos 200.  El que estuviera dispuesto a gastarse tamaña barbaridad, obtenía un viaje de ida y vuelta en tren hasta la cima. Demasiado fácil, y sobre todo, demasiado caro.
 Ahora que ya tenía asegurada la excursión, no podía faltar el complemento indispensable para llevarla a cabo: el típico gorro andino que adquirí en un mercadillo callejero por unos humildes 7 soles (unos 2 €).
 Repetí cena en el comedor vegetariano del día anterior (¿quién da más y mejor por menos?) y fui pronto a descansar, ya que el día siguiente prometía ser movido. En el cuarto del albergue me encontré con mi compañero, un simpático alemán, que aún me cayó más simpático cuando pude comprobar que no roncaba y me dejó dormir plácidamente.


jueves, 13 de octubre de 2016

CUZCO: UNA CIUDAD A LA ALTURA

 La ciudad de Cuzco está situada a unos 3400 metros sobre el nivel del mar. Si, como era el caso, se llega a ella desde alturas mucho menores, aparecen ciertas molestias denominadas “mal de altura” o “soroche”. A eso le sumamos que había llegado sin apenas dormir, lo que hizo que no me enfrentara a mi primera disputa en las mejores condiciones. 
  A diferencia de lo que sucede en otras ciudades, el aeropuerto de Cuzco está situado en el casco urbano. Pero en este caso, mi alojamiento se situaba a más de media hora andando, por lo que creí conveniente coger un taxi. Para tener una referencia, le pregunté a mi vecino del último vuelo cuánto me costaría la carrera, y me dijo que 7 “lucas” como mucho.
 A pesar de emplearme a fondo con las pocas fuerzas que atesoraba en ese momento, no conseguí bajar de 20 soles (algo más de 5 euros) en mi brega con los taxistas que me aguardaban en el aparcamiento del aeropuerto. Por si no hubiera tenido bastante con semejante tajada, durante el trayecto,el taxista me ofreció alojamiento y excursiones. Todavía no sabía que si algo es fácil de conseguir en Cuzco, es una excursión, por lo que anoté su teléfono y le dije que le llamaría en caso de decidirme por su oferta de ocio, no así la de alojamiento que ya estaba reservada. 
  Habiendo calculado de antemano que no estaría para mucha juerga, había reservado una habitación individual, en un lugar tranquilo, algo alejado del bullicioso centro.
Espectaculares vistas desde mi cuarto
 La habitación contaba con dos camas aunque, en principio, iba a ser el único ocupante de la misma. También ofrecía unas espectaculares vistas a las montañas cercanas.
 La recepcionista me trató con gran amabilidad, respondiendo a mis cuestiones sobre la ciudad, y ofreciéndome todo tipo de visitas y excursiones. Allí me di cuenta de que la ciudad y sus alrededores iban a dar muchísimo juego.
 Por motivos de espacio, y teniendo en cuenta que en mi primera semana de viaje transitando por Cuba no la iba a necesitar, prescindí de llevar conmigo ropa de abrigo. Pero las noches en el altiplano andino son frías, así que lo primero que hice una vez instalado en el albergue fue buscar ropa de abrigo. Bien aconsejado por la recepcionista, me dirigí a un mercadillo callejero tan bullicioso como variado. El sistema capitalista se expresaba en todo su esplendor, constrastando con la limitada oferta comercial que había encontrado en Cuba.
 No tardé en encontrar un puesto con cazadoras de diversos tipos. Aunando austeridad con practicidad, adquirí una de segunda mano por 30 soles (unos 8 euros), que no me iba a otorgar ningún trofeo a la elegancia, pero que cumplió con creces su misión de protegerme del frío andino durante el resto de mi periplo.
 Siguiendo con mi tónica de humildad acudí a otro mercado, en este caso de comida. En él pude mitigar la nostalgia por mi país y por el último que había visitado de una tacada, pidiéndome un contundente plato de arroz a la cubana. El popular plato difería del español en la presencia de plátano frito junto al resto de los habituales arroz, huevo frito y tomate. Este nuevo ingrediente, aparte de darle un toque muy americano, le sentaba bastante bien.
 Era curiosa la disposición del mercado, ya que los puestos se reunían por gremios muy especializados. En el  puesto donde comí yo y en los que le rodeaban sólo cocinaban arroz. También existía la zona de los escabeches y otra a la que me dirigí después para culminar mi ágape: la de los jugos de frutas. En este caso, elegí el de papaya y maracuyá. No se andaban con tonterías en el puesto y me hicieron un jugo tan descomunal que, de haber tenido unos ingredientes más habituales en mi dieta, lo hubiera dejado a medias.
 Las dos dependientas que me atendieron en el mercado tenían ganas de conversar y les llamaba la atención que fuera español. Me extrañó, porque por la ciudad se veían unos cuantos, pero luego pensé que no serían muchos los que frecuentasen ese mercado.
Plaza de Armas
 Mal dormido, pero bien comido, me dirigí por fin al centro de Cuzco, en el que destaca la imponente Plaza de Armas. En Hispanoamérica es común llamar así a la Plaza Mayor de cada localidad. En este caso, la gran cantidad de iglesias y edificios coloniales que la circundaban, el buen estado de los mismos, y su disposición rodeada de colinas, hacían que la plaza me causara una gran impresión. Y por lo visto,no sólo a mí, ya que estaba repleta de turistas. 
 Y donde hay turistas, hay quien intenta sacar beneficio. No se llegaba al nivel de La Habana, pero pasear bajo los soportales de la plaza y sus alrededores había de hacerse sorteando innumerables comerciantes ofreciendo excursiones, prendas de abrigo, comida y hasta masajes.
  La doble condición de capital del imperio incaico y cabecera de la administración virreinal en la época de dominio español, han dejado en el Cuzco un legado arquitectónico impresionante, que hace una delicia pasear por su centro histórico.
 Pero como no sólo de arte vive el hombre, una vez recuperado de un "mini síndrome de Sthendal" me centré en la búsqueda de un lugar donde cenar. Uno de los platos más típicos del Perú es el cuy, un gigantesco roedor que, en principio no me apetecía mucho degustar.  Esta ligera aversión, tornó en rechazo absoluto cuando ese día vi algunos ejemplares despellejados a la venta en un puesto callejero. Ya por extensión, se me quitaron las ganas de comer carne por un tiempo. Por eso me causó una gran alegría encontrarme con un comedor vegetariano.
 El lugar era humilde, pero la comida era abundante, muy rica y por sólo 5,5 soles (1,5 €) ofrecía dos platos, pan e infusión.
Cuzco de noche
 Aún me di una vuelta por la ciudad de noche que, a la belleza de sus edificios históricos iluminados sumaba el impresionante panorama de las luces de las viviendas de las colinas que la rodean.
 Con la certeza de que aún me quedaba mucho que hacer por Cuzco y su región, me dirigí al albergue donde pude tomarme un merecido y necesario descanso.

domingo, 2 de octubre de 2016

CUANDO SALÍ DE CUBA

 Mi vuelo salía a primera hora de la tarde, por lo que aproveché la mañana para darme un paseo por La Habana Vieja.  Aunque podía haber llegado en unos 20 minutos andando, no quise irme sin probar a coger un «almendrón» .  Tras ver pasar dos completos, pude probar la sensación de viajar en un coche de los 50 en pleno siglo XXI. Lo que para mí fue toda una experiencia, para los ocupantes que montaban y bajaban se trataba de un mero trámite en su complicado quehacer cotidiano.
Vistas de La Habana desde el albergue
 Lo primero que hice al llegar al centro fue visitar una librería, a ver si me hacía con alguna obra que despertase mi espíritu revolucionario. El catálogo de obras no era muy extenso, pero me pude hacer con un libro de ensayo histórico a muy buen precio. Curiosamente en la Plaza de Armas, a no mucha distancia, había un mercadillo de libros usados a un precio mucho mayor que los nuevos de la librería.
 Durante mi paseo por las viejas calles de la ciudad no dejé de desaprovechar grandes oportunidades como la de comprar "auténticos" puros habanos, el "mejor" ron de Cuba o contar con un guía "oficial" para conocer los entresijos de la ciudad. Pero la falta de tiempo y el no querer cargar con tan valiosos obsequios en el resto de mi viaje, me hizo rechazarlos. Le hice mucho más aprecio a otro viejo conocido: el guarapo, del que me tomé dos vasos como despedida, bien acompañado por un turista de rasgos asiáticos tan devoto como yo del delicioso jugo de la caña de azúcar.
 Para volver al albergue, intenté tomar un "almedrón", pero estaban muy cotizados, por lo que lo hice andando.
Nada más entrar en la zona de Centro Habana, me reencontré con un viejo conocido. Se trataba del hombre al que en mi primera incursión en la capital tuve la poco feliz idea de preguntarle por la casa de cambio de moneda. Tras haberme acompañado a ella, me había pedido “una ayuda”, que no pude satisfacer por ausencia de monedas. El hombre se acordaba de mí y me saludó. Esta vez no tenía excusa, y aceptando con deportividad mi derrota, sin esperar que me lo pidiera, le retribuí la ayuda prestada en su momento. Eso sí, le di sólo medio CUC, que uno tiene una reputación que mantener.  A pesar de tan magro beneficio (o quizá por eso mismo), se explayó conmigo dándome consejos que empezaron siendo desinteresados para acabar ofreciéndome un taxi al aeropuerto o unos puros.
 Al explicarle que no fumo, me dijo muy convencido que no tendría problemas para venderlos en mi próximo destino. Si yo fuera tan roqueño como él, quizá lo hubiera logrado, pero no es el caso.
Entrada de la bahía con la Fortaleza de San Carlos al fondo

 Una vez que recogí mis cosas del albergue me dirigí al aeropuerto. Gracias a los sabios consejos del casero, me pude ahorrar gran parte de las abultadas tarifas de los taxis oficiales. Aunque la maniobra era algo más incómoda. Se trataba de andar unos 20 minutos hasta una parada cerca de la Plaza de la Revolución y coger un autobús urbano que me dejaba en las inmediaciones del aeropuerto. La maniobra contaba con el inconveniente de cargar con el maletón en el proceso, y un cierto componente de riesgo. Pero la diferencia de precio (1 peso cubano vs 24 CUC) hacía que valiera la pena intentarlo.
 El primer paso fue como la seda. Mi llegada a la parada coincidió con la partida de la "guagua" en una sincronización perfecta.
 El autobús estaba repleto, por lo que el trayecto fue algo incómodo. Pero en peores me las había visto.
 Al salir del casco urbano perdí toda referencia y se acrecentaron mis dudas sobre si pararía en el lugar correcto. Afortunadamente un amable cliente local (creo que yo era el único "guiri") me avisó a la hora de bajarme.
 No iba a ser tan fácil la cosa, ya que el autobús me había dejado en plena carretera, y había que andar un trecho hasta la terminal. Pero, ¿qué terminal? A pesar de mis intentos, no había podido conectarme a internet para mirar de qué terminal salía mi vuelo.
 Un letrero que decía "Terminal 1, vuelos nacionales", me hizo astuciosamente decidirme por la 2, a la que arribé tras un agradable paseo de unos 15 minutos.
 Buen intento, pero en los paneles de esa terminal no aparecía ni rastro de mi vuelo. Pregunté a un empleado que me indicó que debía ir a la 3. Para ello tenía tres opciones: andar no sabía cuánto ni por dónde, esperar a un autobús que pasaba cada hora, o coger un taxi.
 La lucha contra el destino es una batalla perdida, así que me rendí y tomé un taxi, que por una carrera de unos 10 minutos me cobró 10 CUC.  A pesar de todo, hice bien, ya que en momento que me monté en el oneroso taxi, comenzó a llover rabiosamente, como si el país llorara por mi marcha.
José Martí despidiéndome (la interpretación del arte es subjetiva)
 Cuando salgo de un país, intento acabar con pocas monedas, ya que las casas de cambio no se suelen hacer cargo de ellas. En este caso, esa discutible política, se extendía en la Cadeca del aeropuerto a los pesos cubanos y a los "billetes pequeños" de CUC, por lo que me quedé sin poder cambiar con una no desdeñable suma de divisa cubana, cuya convertibilidad es casi imposible fuera de las fronteras del país antillano.
 Mi vuelo fue bastante más plácido y previsible que mi trayecto hasta el aeropuerto, aunque no estaba exento de complejidad.
 En sólo 10 minutos (con la trampa del cambio de hora incluido) llegué al aeropuerto de San Salvador donde hice una escala de poco más de dos horas. En él abundaban los reclamos para visitar El Salvador como si fuera algo parecido al paraíso. ¿A quién creo yo?¿A los documentales sensacionalistas o a la publicidad del aeropuerto? En todo caso, para mi estadística personal cuento a El Salvador como país visitado, a la espera de mejor ocasión para profundizar mi conocimiento del mismo.
 De San Salvador tomé otro vuelo, bastante más largo, a Lima. Mi idea original era visitar la capital del Perú. Pero me pareció una ciudad un tanto abrumadora por su tamaño y febril actividad, además de complicarme bastante la logística.
 Por ello, me limité a visitar su aeropuerto, llegando al mismo de madrugada, y partiendo a primera hora de la mañana para volar al sur del país. Este último trance fue "pecata minuta" al lado de lo que había pasado y en poco más de una hora, puse el pie en la legendaria ciudad de Cuzco.

martes, 27 de septiembre de 2016

VUELTA A LA HABANA

 Mi periplo por tierras cubanas estaba cerca de su final. Pero antes había reservado un par de días para visitar La Habana en condiciones. En mis condiciones, es decir, a salto de mata.
  Desde Camagüey tuve un viaje en autobús de nada menos que 9 horas, que se hicieron bastante llevaderas. Aún tenía reciente el recuerdo de mi viaje en furgoneta y esta guagua era casi un lujo. Mi compañero de asiento (cubano, lo cual no es habitual en estos autobuses turísticos) no estaba muy por la labor de darme cháchara. Me llamó la atención comprobar la seriedad de muchos cubanos, muy alejada de la idea que tenía de ellos, como personas locuaces y alegres. Supongo que eso mismo les pasa a muchos extranjeros que piensan que los españoles somos juerguistas y fiesteros, y se encuentran conmigo...
  Por suerte, en la parada que hicimos para comer, me "acoplé" a una pareja de jóvenes navarros, y por lo menos pude mantener una interesante conversación.
 Estaba ya anocheciendo cuando llegué a la capital. Esta vez no había reservado un alojamiento cerca de la estación, sino algo un poco más céntrico. Mientras caminaba por una oscura avenida, me sucedió algo curioso. Al adelantar a una transeúnte se asustó y se apartó. Cuando vio que mis intenciones no eran aviesas, me explicó que andaba temerosa porque por esa zona había habido algunos asaltos. En mi mentalidad de turista siempre pienso que yo puedo ser la víctima, y nunca me había imaginado que alguien me pudiera ver como el verdugo.
 Tras una media hora caminando sin más sobresaltos llegué a mi destino. Se trataba de un albergue (rara avis en  Cuba) situado en un apartamento de un gran edificio de viviendas.
 El recibimiento fue más que cordial. El propietario tuvo una pequeña charla conmigo en la que me dio un curso acelerado de “cómo sobrevivir en Cuba sin dejarse la cartera en el intento”. Algunas cosas ya las había aprendido sobre la marcha, pero otras me vinieron realmente bien.
 El albergue contaba con dos habitaciones, una de 6 camas y otra de dos. Me tocó en la doble con un viejo conocido: el joven pamplonica (Alberto) con el que había coincidido en el autobús de Cienfuegos a Trinidad. En Cuba nos conocemos todos.
 Completaban el plantel, un entrañable viajero de Hong Kong y cuatro simpáticas argentinas que daban mucha vida al ambiente del establecimiento.
 Después de mi, no del todo positiva, experiencia del día anterior en la casa de Camagüey, ahora me sentía como en casa. A esa sensación también contribuía Luisa, una empleada del albergue que cuidaba de nosotros como si fuera nuestra madre.
 Pero no sólo de calor humano vive el hombre, y mis tripas empezaban a rugir. Con las presentaciones se me había hecho tarde, así que me tuve que conformar con cenar una humilde tarrina de helado que adquirí en un comercio cercano. Allí fui objeto de uno de los más ásperos servicios al cliente que he sufrido en mi vida de consumidor. Cuando fui con el helado al mostrador, el dependiente cogió la moneda, y sin mirarme, hizo un ademán con la mano echándome de la tienda. Quizá fuese parte de la idiosincrasia del barrio, porque cuando cogía el ascensor para subir al albergue, los vecinos no saludaban y algunos ni se inmutaban cuando yo lo hacía. Estas cosas no salían en los anuncios de “Curro se va al Caribe”.
 A la mañana siguiente, Lucía nos preparó un desayuno de enjundia, rico en frutas tropicales. Hicimos buenas migas con las argentinas y decidimos hacer una visita a la Habana Vieja.  Para ir al centro, la opción más genuina era coger un taxi que hace una ruta fija. Reciben el nombre de “almendrones” y la mayoría son vehículos estadounidenses de los años 50, milagrosamente conservados por sus habilidosos conductores. Las chicas cogieron uno, mientras que Alberto y yo decidimos ir andando, ya que era complicado ubicarnos tantos en un solo coche.
 Al llegar al punto de encuentro, no había ni rastro de las argentinas. Esperamos un rato, pero no aparecían, así que nos fuimos por nuestra cuenta.
El Capitolio en obras. ¿Alegoría del deshielo cubano-estadounidense?
 Tal como me habían advertido, la gran cantidad de jineteros por metro cuadrado que había en la zona más turística de la capital, hacía que fuese complicado caminar con un poco de tranquilidad. La cosa se complicó cuando mi compañero navarro me dejó para visitar a un conocido y tuve que afrontar la expedición en solitario. Mi estrategia a partir de entonces fue caminar con paso firme y decidido, evitando mantener la mirada a la gente que se cruzaba conmigo. Más o menos pude ir tirando, e incluso disfrutar, dentro de lo que cabe, paseando por las bonitas calles de La Habana Vieja. No en vano, su excepcional situación estratégica, haciendo de  puente entre España y la América continental, hizo de La Habana un centro administrativo y comercial de primer orden. Ello dejó su huella en forma de una arquitectura muy destacable, y a diferencia de otras zonas de la ciudad, muy bien conservada.
  Me llamó la atención el antiguo edificio de la Capitanía General, que albergaba un museo de la ciudad. Decidí visitarlo, con gran acierto, ya que, además de que el edificio era un buen ejemplo de arquitectura barroca colonial, albergaba algunas colecciones de gran interés. Entre ellas destacaba una dedicada a la Guerra de Cuba, donde se podían encontrar uniformes, enseres y estandartes de ambos bandos.
 En otra sala, una veterana empleada, detectó mi condición de español (deben de ponernos un chip a  la entrada del país, porque no había abierto la boca) y me pidió que le cambiara  un par de euros que tenía por CUC. Hablamos un poco, y su compañera, que además era su hermana, como quien no quiere la cosa, se puso a explicarme los objetos de la sala. Se trataban de una lápidas y unos objetos de bronce, los cuales, me interesaban más bien poco. Pero seguí su explicación con cortesía. Luego aún siguió hablándome un rato hasta que nos despedimos. Un rato después entendí la jugada, cuando vi que otras empleadas hacían lo propio con otros turistas y al final, no sin una ligera y fingida resistencia, recibían una propina por sus servicios. Reconozco que también se me pasó por la cabeza ofrecerle unos "acortantes" a mi improvisada cicerone, más que nada por quedar bien. Pero también consideré que ni le había reclamado una explicación, esa sala no me decía gran cosa y ya le había hecho el favor de cambiarle el dinero a su hermana.
Museo de la Ciudad, presidido por Cristóbal Colón.
 En otra parte del museo vi un busto sin rótulo que me dio la impresión de representar a José Rizal, insigne escritor hispano-filipino, y prócer de la independencia del país asiático. Le pregunté a otra empleada y me confirmó mis sospechas. Hablando con ella le desvelé algunos aspectos de Rizal que ella desconocía, por lo que me preguntó si era profesor de Historia. Muchos se preguntan sobre la utilidad de estudiar la Historia. Aunque sólo sea por momentos como éste, merece la pena.
  Tras abandonar el museo, seguí callejeando un rato hasta que decidí volver "a casa" a descansar.
 El edificio del albergue estaba situado junto a un estadio de béisbol. Quiso la fortuna que en el momento en que aparecí por allí se estuviera disputando un partido. Rodeé el estadio para buscar las taquillas y me encontré con una empleada que me explicó que el encuentro ya había empezado hace rato. Ante mi interés por entrar sin importarme ese detalle, acabó permitiéndome acceder libremente.
 El público no era muy numeroso, pero estaba muy animado, creando un gran ambiente, sobre todo cuando algún bateador daba algún golpe ganador. A falta de anuncios publicitarios, no faltaban los letreros con consignas revolucionarias. Nunca había visto un partido de béisbol en vivo. Ciertamente la atmósfera era muy distinta a la que parece existir en el típico recinto estadounidense.
 A pesar de que todos los detalles me llamaban mucho la atención, el juego en sí, me parecía un auténtico tostón. Así que al poco rato, abandoné el estadio.
"Vibrante" partido de béisbol
 Entre pitos y flautas se me habían hecho casi las 5 de la tarde y no había comido nada desde el desayuno. Afortunadamente, el restaurante que me había recomendado el dueño del albergue estaba abierto y pude probar algunas delicias locales a un precio más que razonable, aunque no tan competitivo como en Camagüey.
 En el albergue estaba todo el mundo durmiendo la siesta. Cuando se despertaron, las argentinas me explicaron que habían llegado al sitio en el que habían quedado con nosotros, y al no vernos, se fueron por su cuenta. Según me contaron, contrataron un Cadillac para que les hiciera una ruta por el centro, por lo que pensé que tampoco fue ninguna tragedia que no nos hubiéramos encontrado.
 Con la idea de afinar ciertos detalles logísticos que habían fallado, planeamos otra visita para esa tarde-noche. El dueño del albergue nos ofreció un abanico de ideas, de las que pensábamos hacer unas cuantas.
 Viajar en solitario tiene inconvenientes, pero una ventaja muy grande. No hay que esperar a nadie. En este caso, cuando mis cuatro amigas estuvieron listas la noche había caído sobre La Habana, por lo que la lista de posibles actividades se había reducido a la mínima expresión. Aunque tampoco se puede decir que la espera no hubiera merecido la pena, ya que las cuatro porteñas estaban radiantes.
 El compañero navarro no estaba muy por la labor de salir, pero le convencimos para que, al menos, viniera a cenar.
Fraternidad hispano-argentina
 Como si no hubiera apenas restaurantes en Cuba, elegimos el mismo en el que había comido unas pocas horas antes. No tenía mucha hambre, así que piqué un poco y me centré en seguir probando los deliciosos jugos de las frutas con las que la naturaleza ha bendecido estas tierras.
 El plan tras la cena era ir a una casa de bailes. En el restaurante nos explicaron cómo se llegaba. Las pocas fuerzas que conservaba, se esfumaron cuando nos explicaron que había que tomar dos taxis para ir y otros tantos para volver.
 La idea de ir a bailar con cuatro esplendorosas argentinas sonaba muy bien. Pero aún me sonaba mejor desplomarme en la cama del albergue y descansar. En esas condiciones, hubiera sido un auténtico remorón. Es lo que tiene hacer unos viajes tan exhaustivos. Además aún quería aprovechar la mañana del día siguiente para despedirme de La Habana.