jueves, 24 de octubre de 2013

Leipzig + Dresde (y II)

 Muy poco sabía de Leipzig cuando reservé la excursión el día anterior. De vez en cuando me gusta arriesgar a la hora de elegir destinos en mis viajes. Algunas veces sale mal la jugada y no veo la hora de abandonar el lugar. Otras, en cambio, descubro auténticas maravillas. En este caso, Leipzig(o por lo menos lo que ví de ella), se quedó en un prudente término medio, aunque más cerca de lo primero que de lo segundo.
Nada más arrancar nuestra expedición, la conductora del autobús se dirigió a nosotros y nos soltó un discurso de más 10 minutos. La bienvenida y los clásicos consejos de seguridad no suelen necesitar más de unos cuantos segundos para ser explicados. Lástima que mi alemán sólo me diera para enteder el "guten morgen", porque me hubiera gustado saber qué pudo haber dicho la locuaz choferesa.
 La disertación de la conductora fue lo más interesante del viaje, que discurrió por una anodina autovía, y no excedió de las dos horas.
 Una vez alcanzado mi destino, empezé vistando la estación de tren, edificio de proporciones gigantescas que, según me acabo de enterar al documentarme para escribir la entrada, se trata de la más extensa estación ferroviaria de Europa. Estas construcciones megalómanas no son muy apreciadas por su valor artístico, pero a mí me apasionan.
Monumental estación.
 Menos interesante me resultó el centro histórico, con algunas zonas y edificios reseñables, pero al que se le notaba, al igual que a Dresde, el efecto de haber sido bombardeada con saña por los aliados en la Segunda Guerra Mundial.
 Mientras buscaba sin éxito la oficina de turismo, me llamó la atención la entrada de un museo. Era gratuito, lo cual, inmediatamente despierta mi interés. Así que entré y me encontré con una auténtica maravilla. Una planta del edificio estaba dedicada a la historia reciente de la ciudad, con gran atención a la era comunista. A pesar de que la mayoría de rótulos estaban únicamente en alemán, disfruté como un enano viendo las fotos y objetos que daban testimonio de una época. En otra parte del edificio se presentaban dos exposiciones: una sobre ciencia ficción en Alemania y otra sobre alimentación. Ambas bastante interesantes, aunque no despertaron tanto mi atención como la primera.
Tributo al gran Bach.
Proseguí mi visita por los alrededores del casco histórico, donde brillaba con luz propia una estatua desdicada al gran Johan Sebastian Bach. No en vano, el genial compositor vivió muchos años en esta ciudad, que también cuenta entre sus hijos ilustres con Richard Wagner.
 Una vez visto el centro me di unas cuantas vueltas por anodinos suburbios hasta la hora de volver a "casa". En el autobús se sentó a mi lado una jovencita de la zona con ganas de charla. Una persona local con ganas de hablar es algo demasiado tentador para un viajero curioso como yo. Acribillé a mi acompañante a preguntas que aguantó no sólo con estoicidad, sino con agrado. Ante mi especial interés por conocer cómo era la vida allí en tiempos de la RDA, me comentó que eso lo estudiaban en clase y nadie hacía mucho caso, y que le sorprendía que un extranjero mostrara más interés que ellos. Supongo que es lo que me pasa a mí cuando algún "guiri" se empeña en asistir a una corrida de toros o a un espectáculo flamenco.
 Ya en Dresde me ocupé de un asunto aún no resuelto. Parte de mi viaje estaba sin reservar, así que me puse a ello. Me compré un billete de tren que iba a de Malmö a Estocolmo en el ordenador del albergue. Se me abrió un PDF con el ticket, pero allí no podía imprimirlo. Se lo mandé a la recepcionista que contaba con impresora, pero no le dejaba abrirlo. Así que me fui a un cíber a probar suerte. Los precios nada populares me aconsejaron cronometrar el tiempo invertido buscando no superar los 15 minutos, lo que a la postre fue un error de graves consecuencias. No hubo manera y mi billete de tren se quedó sin imprimir. El sistema sólo dejaba abrirlo una vez. No sabía cómo iba a arreglar aquéllo, pero de momento no podía hacer más.
Curiosa exposición.
 Esa noche la "motosierra humana" estuvo contenido, así que, mal que bien, pude dormir en mi propia cama. Al día siguiente debía coger un autobús a mediodía rumbo a Berlín. Eso me dejaba unas pocas horas para ver algo. Mi compañera gerundense de cuarto me había aconsejado Meissen, una localidad cercana conocida por su reputada cerámica, que cuenta con un grandioso castillo y un casco antiguo medieval perfectamente conservado. Fui a la estación pero allí me di cuenta de que sólo tenía unos 20 minutos entre el tren de ida y el de vuelta, así que me rendí, di un último paseo por Dresde y fui a coger el autobús, que partía de una parada situada en la calle. Mientras esperaba salieron un par, pero ninguno iba a Berlín. Me empecé a preocupar cuando pasaba la hora de salida y me había quedado solo en la parada. Hasta que me fijé en un reloj de la calle, que marcaba una hora y media menos que el mío. ¿Qué pasaba? Que se me había olvidado parar el cronómetro la noche anterior en el cíber y no estaba viendo la hora, sino el tiempo que había pasado desde que lo había puesto en marcha. Me dio mucha rabia haberme perdido esa excursión por un fallo tan tonto. Viendo el lado positivo, hubiera sido peor haber ido adelantado y perder el enlace, pero eso no me consolaba. Di un último paseo cargando con el maletón por las inmediaciones, no muy pintorescas, y tomé el autobús rumbo a Berlín. Las cosas no me acababan de salir bien, el cansancio mental empezaba a aparecer, y con él mi ánimo se resquebrajaba. Aún quedaban bastantes días de viaje trepidante y no sabía si iba poder aguantar incólume. Afortunadamente la mágica ciudad de Berlín me esperaba presta para el rescate.




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viernes, 18 de octubre de 2013

Dresde (I)

 Praga y Dresde distan apenas 150 kilómetros, que hice cómodamente en autobús. Y el adverbio no sólo lo utilizo por la brevedad del trayecto, sino porque para ello ayudaba que el conductor nos obsequiara con un botellín de agua de medio litro y unas galletas saladas. A ver si me leen los de Alosa y van tomando nota.
 Me había sobrado un billete de 200 coronas checas, así que decidí cambiarlo en una oficina de la estación. Lo que en Praga me hubiera reportado unos 8 euros, como por arte de magia se quedó en 3 y pico aquí. Aparte de que la tasa de cambio les era descaradamente favorable, me cobraron 3 euricos de comisión. Espero que el llamado "milagro alemán" tenga otras bases más allá de desplumar impunemente a turistas descuidados como yo. Cuando me recuperé del batacazo, pensé en pedirles que me devolvieran mis coronas. Pero viendo cómo se las gastaban, habría tenido que poner aún más dinero.
 Con la cara de tonto que me duró unos cuantos minutos fui en busca del albergue. El paseo de más de media hora se empezó a complicar cuando vi que mi maleta no rodaba bien. Se había estropeado una rueda. Seguramente el "tute" al que la había sometido en los adoquinados portugueses, había precipitado su final. Afortunadamente, la maleta cuenta con 4 ruedas, así que cambié de posición y pude seguir caminando con fluidez. Hasta que a los 5 minutos cedió otra, con lo cual la maleta ya no rodaba de ninguna forma. De allí hasta el final de mi viaje me ha tocado llevarla a pulso.
Cálido recibimiento.
 El recibimiento en el albergue fue muy cordial. No es un detalle menor. Cuando viajo solo, y hasta que le cojo el pulso a la ciudad, siento una sensación de desamparo. Por eso se agradece la calidez del personal del alojamiento y saber que puedes contar con ellos para consultarles todo tipo de dudas y problemas, no sólo referidos estrictamente al alojamiento. Por ejemplo, en este caso me dieron un mapa de Dresde y me explicaron las principales atracciones.
 Mi habitación contaba con 4 literas (en ese momento vacías), por lo que esperaba dormir 4 veces mejor que en el cuarto de 16 camas que había ocupado en Praga. En este caso, las matemáticas fallaron, y mucho.
 Una vez instalado, salí a descubrir la ciudad. Dresde era conocida como la "Florencia del Elba", debido a la belleza de su conjunto arquitectónico. Hasta que un impresionante bombardero aliado en la Segunda Guerra Mundial dejó a la capital sajona en ruinas. Mucho se ha discutido sobre si estaba justificado un bombardeo de tal calibre, sobre una ciudad tan monumental y a esas alturas de la guerra, con el ejército alemán dando sus últimas bocanadas.  Teniendo en cuenta que Dresde no sólo era en ese momento un conjunto de arte barroco excepcional, sino un nudo de comunicaciones y la sede de muchas fábricas de producción de guerra, es entendible. Al fin y al cabo, aunque Alemania estaba casi vencida, seguía siendo un hueso muy duro de roer. Lo que ya no veo lógico es que aprovechando la ocasión se arrase con el centro histórico y se acabe con la vida de más de 25.000 personas, en su inmensa mayoría civiles. Se puede decir que la Lutwaffe no lanzaba flores precisamente y que los V1 y V2 no eran cohetes de feria. Pero a una democracia occidental se le puede pedir más que a un gobierno totalitario.
 El caso es que hubo muchos edificios que no se pudieron recuperar, pero unos cuantos han sido restaurados y la verdad es que el resultado ha sido bastante convincente. Pese a ello, el conjunto no me acababa de parecer armónico. Quedan algunos huecos entre las iglesias y palacios, a lo que se une algún edificio de estética comunista por medio que no pega nada. En cierto modo, Dresde me recuerda a Zaragoza, que cuenta con lugares destacables, pero no acaba de conformar un conjunto monumental coherente. En este caso se puede achacar a que los Sitios de la Guerra de la Independencia dejaron la ciudad arrasada.
Brillante reconstrucción.
 Mucho sufrimiento ha soportado esta ciudad, que en pocos años tuvo que sufrir el nazismo, un bombardeo brutal, la entrada del Ejército Rojo, con unos soldados soviéticos con ánimo de venganza, y 45 años de dictadura comunista.
 Seguí caminando y salí del centro histórico para empezar a encontrame los clásicos colmenones estilo comunista,  tan impersonales como apreciados por mi extraño sentido del turismo alternativo. Entré en un gigantesco centro comercial donde aproveché para degustar la gastronomía local: una salchicha de la zona deliciosa y ajustada a mi magro presupuesto.
 Ya sólo me quedaba visitar una zona cercana al albergue en la que se podían encontrar muchos pubs y un ambiente un tanto alternativo. Tenía su encanto y por la noche se empezó a animar bastante. Pero eso se lo dejé para los jóvenes.
 Había reservado dos noches, y al final del primer día, me di cuenta de que ya había visto casi toda la ciudad, excepto 2 ó 3 cosas que no justificaban otro día allí. Claro que yo soy un viajero-exprés. Una persona normal puede emplear 2 dias allí perfectamente. Me metí en un cíber y busqué un viaje por los alrededores para el día siguiente. Quería haber ido a Chemnitz, ciudad a unos 80 km en la que destaca un enorme busto de Karl Marx y que en la época "democrática" se cambió su denominación a "Karl-Mark Stad". Turismo alternativo de nuevo. Pero no pudo ser, ya que no fui capaz de encontrar una combinación de viaje. Me resultó más fácil con Leigpiz, así que reservé billete de autobús para la mañana siguiente.
 De vuelta al hostel me encontré una chica en mi habitación. Estuvimos un rato hablando en inglés hasta que me dijo que era de Gerona. Me llamó la atención ver a una española viajando sola. Lo asocio más a japonesas. Le pasaba un poco lo mismo que a mí. Había reservado 3 noches en Dresde, y el primer día ya había visto lo más destacado. Le sugerí que visitara Praga, pero por lo visto no encontró billete, y se tuvo que conformar con un par de excursiones por los alrededores.
Estética "democrática".
 A pesar de que había unas cuantas personas en la cocina cuando fui a cenar, no vi el ambiente propicio para socializar. Así que cené en solitario,me dí un voltio por los alrededores y volví a dormir.
 Aparte de la gerundense, había otra chica ya acostada y un joven que vino después y apenas empezó a dormir, empezó a roncar. He estado en muchos albergues y me han tocado roncadores de enjundia. pero lo de este hombre superó con creces todo lo que he vivido. La mayoría de roncadores tienen altibajos, pero éste mantenía el nivel continuamente. Además lo tenía justo debajo. Me puse los tapones, pero no sirvieron de nada. La noche iba a ser larga y complicada. A la hora me di cuenta de que iba a ser imposible pegar ojo y me fui a dar una vuelta por el albergue a ver si se me ocurría algo. El salón estaba vacío y contaba con un sofá que no tenía mala pinta. Así que me cogí la almohada y el edredón de mi cuarto y me tumbé en el sofá. No se estaba muy cómodo, pero por lo menos no se escuchaban los atronadores ronquidos y conseguí dormir unas horas, que en un viaje tan ajetreado como los que suelo hacer, valen su peso en oro.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El verano de Praga

 Tras el fiasco de las fiestas patronales, aún me quedaban un par de semanas de vacaciones en las que tenía que montar algo.  En esta ocasión ninguno de mis amigos podía o quería sumarse, así que me tocó hacerlo en solitario. Nada que no haya hecho anteriormente. Viajar solo es un poco triste en ocasiones, pero permite un grado de libertad enorme.
 Entre las muchas ideas que se me ocurrieron fui descartando y me quedé con dos: Alemania del Este y Suecia. Ya había estado unos días en Berlín y había visitado fugazmente dos ciudades suecas. Pero eso para mí había sido solo un aperitivo.
 Ante la disyuntiva de elegir entre estos dos destinos, busqué si había una forma de conjugarlos. Y la encontré: Un ferry unía Rostock con la ciudad sueca de Trelleborg. Ahora sólo tenía que planear la ruta a seguir. Básicamente se trataba se subir por el este de Alemania, pasar a Suecia y subir al norte, viendo la mayor cantidad de lugares posible. Aunque iba a aprovechar que tenía bastante tiempo para pasar más de una noche en algunas ciudades, a diferencia de lo que había hecho en Portugal.
 Pensaba empezar por Dresde, pero me di cuenta de que podía añadir una etapa más al itinerario. Y no una cualquiera: Praga. Eso me permitía no solo conocer una de las ciudades más turísticas de Europa, sino completar la mítica trilogía de haber visitado Fraga, Braga y Praga, un logro que todo viajero que se precie aspira a conseguir.
 Decidido ya el esqueleto de mi viaje, reservé los primeros días de alojamiento, además de algunos trayectos y partí rumbo a Barcelona para coger el avión a Praga. Esta vez decidí darme un capricho y no volé con Ryanair, sino con Vueling, que es de bajo coste, pero no tan bajo como la compañía irlandesa.
 Llegué a la capital checa de noche, lo cual no ayuda mucho para orientarse. Tuve que coger un autobús desde el aeropuerto y un metro, que me dejaba relativamente cerca del albergue. Fiándome de mi talento natural, sólo contaba con unas anotaciones básicas en mi libreta y un plano gratuito que me había agenciado en el aeropuerto. Lamentablemente mi destino estaba fuera del mapa, y mis anotaciones se mostraron claramente insuficientes. Así que elegí intuitivamente una dirección y presté atención a los nombres de las calles, a ver si encontraba alguna pista. Veía el panorama algo oscuro hasta que vi un cartel publicitario en la carretera que indicaba la ruta a una tienda de informática. Felizmente dicha tienda se encontraba en la calle de mi albergue, así que ya sabía por donde tirar. Aun así tuve algún problema que otro, derivado de que muchas calles contaban con dos nombres y dos numeraciones distintas, lo cual no ayuda mucho a la hora de orientarse.
La Plaza de la Ciudad Vieja.
 Conseguí llegar al hostel pasadas las 11 de la noche. Dejé mis cosas y me dirigí rumbo al centro, que se encontraba a unos 25 minutos a pie. Me llamó la atención lo pobremente iluminado que estaba. Aún así me impresionó la Plaza de la Ciudad Vieja por su grandiosidad y la gran cantidad de edificios históricos situados en ella. El conocido Puente Carlos estaba un poco desangelado a esas horas, y seguí andando por calles semidesiertas hasta el Castillo de Praga.
 Esa noche ya me había pulido los sitios más típicos de la ciudad, pero quería echarles un vistazo a plena luz del día. Antes de ir a dormir degusté un bocadillo de queso empanado, una "delicatessen" propia del lugar.
 Me temía que iba a ser una noche difícil en el albergue al estar alojado en una habitación para 16. Nada más lejos de la realidad. Las habitaciones grandes son más espaciosas, por lo que los elementos disturbadores se diluyen.
 Un desayuno correcto (muy bueno si se tiene en cuenta que sólo había pagado 10 euros por noche) en el albergue me dio las energías que necesitaba para mi actividad favorita en cualquier ciudad: patear sin descanso. Vi algunos hitos interesantes, como una torre de televisión, que, según me enteré después, había sido elegida como el segundo monumento más feo del mundo.
Los he visto peores.
 El centro histórico lucía mucho más a la luz del día, y se encontraba totalmente masificado de turistas. Llevaba toda la mañana pateando en solitario sin más información que mi mapa gratuito. Era hora de recibir alguna ayuda externa. En la oficina de turismo encontré un panfleto que ofertaba paseos guiados por los lugares más emblemáticos de la historia comunista de la ciudad. Empezaba media hora más tarde y había que inscribirse previamente. Utilicé un ordenador de la oficina y me inscribí. Media hora más tarde busqué al guía del paraguas azul (así se anunciaban) por la plaza. Encontré a un chaval bastante joven y le pregunté. Me dijo que era de la misma compañía, pero él no hacía el tour comunista, sino uno convencional. Llamó a su compañera que se encargaba del otro circuito y ésta me dijo que tenía que haber reservado el día de antes pero que lo podía hacer al día siguiente. No había mañana para mí en Praga, así que acepté la sugerencia del guía "convencional" y me uní al "Free Tour" que ofertaba. Iba a ser casi privado, ya que la expedición la  componíamos solamente un servidor de ustedes y un joven chileno. A pesar de ello, nuestro guía puso todo el empeño y durante más de tres horas nos llevó por los lugares más interesantes del centro de la ciudad a la vez que nos ilustraba sobre la densa historia de Praga. Aunque estaba fuera de guión, nos respondió gustosamente a las numerosas preguntas que le hicimos sobre la época comunista, con lo cual pude paliar mi desilusión por haberme perdido el tour específico.
Venca, un guía profesional.
 Lo del "Free Tour" tenía truco. Hay muchas visitas guiadas que se anuncian como "gratis", pero en realidad se basan en la propina que se da al final. Teoricamente no es obligatorio. Pero hay que ser muy "malaje" y llevar el "niunclavelismo" a extremos que hasta yo desconozco para no dar nada. Y más si el colega se había enrollado tan bien a pesar de que sólo íbamos con él  dos clientes. Esa muestra de profesionalidad debía ser recompensada, y así lo hicimos desembolsando 200 coronas por barba.
 Aún quedaba algo de tarde, así que mi compañero chileno y yo, seguimos nuestra particular ruta turística sin guía. Gabriel resultó ser un gran conversador e hicimos buenas migas dialogando sobre los grandes temas. Aprovechamos la situación para cenar juntos (una de las cosas más tristes del viajero solitario es comer solo) y nos despedimos en pos de nuevas aventuras.
 No voy a descubrir Praga a estas alturas. No es un destino turístico de primer orden por casualidad. A una rica historia y un legado monumental enorme se le suman unas dimensiones humanas y unos precios competitivos. Creo que no será la última vez que visite esta hermosa ciudad.

domingo, 29 de septiembre de 2013

XXI Medio Maratón de Barbastro

 A pesar de que este verano no he entrenado demasiado, no podía dejar escapar la media de Barbastro, a la que he descuidado un poco en los últimos años. Con la compañía de mi hermano, nos dirigimos a la capital del Vero con el único objetivo de pasar un rato agradable, ya que nuestro estado de forma no daba para pensar en grandes marcas.
 Esta vez, la bolsa del corredor se recogía antes de correr. En la de este año, además de la clásica botella de vino (me tocó un Viñas del Vero tinto) se incluía un forro polar, detalle original y más aprovechable para mí que la habitual camiseta técnica.
 La tarde se presentaba con una temperatura agradable, aunque se atisbaban nubes de tormenta.
 En la salida me dejé llevar por el empuje de la masa e hice los dos primeros kilómetros a 4.40 min. A la salida de Barbastro empezó a picar ligeramente la carretera hacia arriba y mi ritmo se estabilizó en 5 min/km. Creo que yo valdría para liebre, ya que, hasta la mitad de la prueba iba clavando los parciales. No pensaba que fuera a mejorar la cosa de allí al final. Más bien suponía un descenso del ritmo en los últimos kilómetros debido al cansancio. Así que me veía superando al final la barrera de 1h 45'.
 Pero al llegar a Pozán de Vero, el sentido de la marcha cambiaba. Y lo que a la ida suponía una ligera subida, se convertía en una leve bajada en la que pude desplegar mi poderosa zancada. Los kilómetros iban cayendo a buen ritmo, hasta que las nubes que he mencionado al principio de la entrada cumplieron su amenaza y empezaron a descargar con fuerza cuando me encontraba a unos 6 o 7 kilómetros de la llegada. Afortunadamente, a la lluvia le acompañaba un viento favorable que me ayudó a mantener el ritmo. Fui poco a poco adelantando a grupos de corredores hasta que entré en Barbastro. A falta de un kilómetro y medio se me desató la zapatilla izquierda a la vez que yo iba desatado en pos de la meta. Estababa lanzado y no podía (más bien no quería) parar, así que seguí dándolo todo y mirándome de vez en cuando al suelo para ver si el chip seguía en su sitio. Allí aguantó y puede acabar sin más contratiempos con un apreciable crono de 1h 41' 25''.
 La organización, como suele ser habitual en la prueba, rayó a gran altura, sin ningún incidente reseñable. El público animó efusivamente, lo cual se agradece enormemente en los momentos más agónicos. Aunque hubo una excepción: se trataba de una niña de unos 10 años que, en la recta de llegada nos "obsequió" a mí y a los corredores que me precedían con un "tú sí que no vales", basada en un concurso televisivo. Una vez más, se puede comprobar la nefasta influencia que ejerce la televisión en la gente. Esa competitividad fomentada por la "caja tonta" no nos hace ningún bien.
 Volviendo a Huesca me di cuenta de que me daba tiempo a llegar al final del partido de baloncesto que jugaba mi equipo esa misma tarde. No lo pensé dos veces y me presenté en el pabellón cuando empezaba el último cuarto. Aún pude jugar 5 minutos, no en las mejores condiciones físicas, pero con toda la ilusión. A pesar de que perdimos el partido y no había ganado la media maratón, me dije a mi mismo al terminar la jornada: "¡Tú si que vales!"



domingo, 22 de septiembre de 2013

Epílogo luso

 Nos quedaba sólo una mañana en Oporto antes de coger el vuelo de vuelta a Madrid. Al ir a desayunar en el albergue, estaban todas las mesas ocupadas. Así que hicimos de la necesidad una virtud y solicitamos permiso para sentarnos en una mesa ocupada por una simpática japonesa. Nos contó que llevaba unas cuantas semanas viajando por Europa. Lo hacía sola, y Portugal era su decimocuarto país visitado. Le dijimos que íbamos a dar un voltio por Oporto esa mañana y le ofrecimos que nos acompañara, lo que aceptó de muy buen grado.
 Con la pateada del día anterior ya nos habíamos pulido casi toda la ciudad, así que le enseñamos a la nipona las vistas sobre el Duero, tras haber visitado un genuino mercado local y la estación de tren, bellamente decorada con azulejos.
 Volvimos al albergue, nos despedimos de nuestra amiga y nos dirigimos a la estación de metro con destino al aeropuerto. Como íbamos bien de tiempo, buscamos un garito para comer. La mala experiencia del día anterior hizo que extremáramos las precauciones y nos decantamos por una táctica conservadora.
Elegimos un local de comida rápida, no muy genuino, pero sin sorpresas desagradables a la hora de pagar.
 Cogimos el metro que nos dejó en el aeropuerto y nos embarcamos rumbo a España. Nuestro periplo luso había concluido. Pero aún quedaba un postre inesperado...
 El primer día de las fiestas patronales de Huesca había programado un concierto de Marco Rodrigues, un fadista portugués. No conocía nada de él, pero como he dejado claro, la música portuguesa me tira mucho. La actuación fue una auténtica maravilla.
Por momentos me parecía seguir en Portugal. Y como colofón, Marco Rodrigues y sus acompañantes bajaron del escenario para obsequiarnos con dos bises, en lo que fue un momento mágico e inolvidable.
 Un magnífico epílogo para un viaje intenso y bien aprovechado. La "saudade" se ha apoderado de mí, así que no me quedará más remedio que volver a Portugal, un destino absolutamente recomendable.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Oporto

 Nuestra entrada en tierras portuguesas se hizo por Lisboa, pero el viaje de vuelta partía del aeropuerto de Oporto. Esta hábil jugada nos permitió, no sólo ahorrarnos unos cuantos euretes, sino también visitar otra ciudad. Y no una cualquiera, ya que Oporto es una auténtica joya.
 Estábamos un poco temerosos, ya que no sabíamos dónde nos iba a dejar el autobús que habíamos cogido en Braga, y preveíamos una compleja búsqueda del alberge en una ciudad tan populosa. Tras unos minutos de desconcierto, nos pudimos situar para darnos cuenta de que el alojamiento no andaba lejos. A los 15 minutos ya estábamos enfrente de un edificio antiguo, pero bien restaurado.      
 Una amable recepcionista nos atendió en español (así cualquiera) y pudimos comprobar que nuestras habitaciones (compartidas) contaban con muchos métros cúbicos per cápita. Pero Oporto nos esperaba, así que no pudimos emplear mucho tiempo en comprobar las bondades del albergue.
Tras visitar un museo (por supuesto gratuito) de la historia de las monedas portuguesas y alguna calle céntrica, buscamos un lugar donde comer. Nos habían avisado que en los restaurantes lusos, como no vayas con cuidado, te las meten dobladas. Pero ni siquiera avisados y con nuestro "niunclavelismo" a cuestas pudimos evitar el momento más crítico de nuestra estancia en el país hermano. 
 Elegimos una pastelería-restaurante (fórmula muy común por estos lares) que ofertaba unos suculentos platos combinados por 3 euros y medio. Como moscas a la miel acudimos al reclamo, pero tan apetitoso manjar se convirtió en un campo minado. Nada más sentarnos nos sacaron un plato de aperitivos y una bandeja con pan. Allí ya tendríamos que haber puesto pie con pared y rechazarlo, pero teníamos un hambre canina. A la hora de pedir, el camarero nos fue presionando sutilmente. Así, al solicitar el plato de 3,5 euros, nos preguntó si lo queríamos grande. También intentó convertir dos copas de vinho verde en una botella. Buenos chicos nosotros, que andamos media hora con maletas para ahorrarnos un par de euros, para caer en tan burdas trampas. La verdad es que el plato combinado estaba muy bien, sobre todo por ese precio. Para el postre pedí uno de mis favoritos, la "baba do camelo". Ante su ausencia nos pedimos un "Molotov",que resultó ser un merengue de descomunales proporciones. Después de todo esto, no me quedaba sitio para la sopa que había pedido, pero no me habían traído.
 Las cuentas de la lechera al entrar eran: dos platos de 3,5 €= 7 euros. Pero si le sumábamos el postre y la bebida, el montante teórico frisaba los 14 euros. Aunque la atmósfera del lugar me hacía temer la encerrona que nos prepararon: 21 euros y medio. Dicho así no parece una gran clavada (realmente tampoco lo es), pero cobrar 21 en vez de 14 supone un 50% más. Antes de que mi amigo pagara le eché un repaso a la nota. Voilà! Nos habían cobrado la sopa que no nos habían traído. Se lo expliqué al empleado y, supongo que sabiendo que aún así nos la seguían colando, no rechistó y nos cobró 20 justos. Pagamos y salimos. Aún me quedé rumiando y estudié el ticket a fondo. Todo parecía correcto, hasta que vi un concepto que no entendí por el que habían cargado 6 euros. Volví a preguntar y me dijeron que eso eran los aperitivos, que por cierto, no habíamos pedido. Ya no me quedaron fuerzas para seguir rascando y nos fuimos. En media hora se había derrumbado la gran imagen que me había formado de Portugal y sus gentes en una semana.
 Ser "ni un clavel" tiene indudables ventajas. Pero hace que, habiendo comido bien por 10 euros acabes con un gran disgusto. En realidad no nos gustó la estrategia del lugar, que cobra cosas a precios de risa (el Molotov sólo valía 2 euros), pero compensa endosándote extras abusivos.
Afortunadamente, la belleza, un tanto anárquica de la ciudad, nos hizo resarcirnos rápidamente de este disgusto. Nos dirigimos al río Duero atravesando callejuelas estrechas y destartaladas, aunque de indudable encanto. Un espectacular puente metálico, diseñado por Gustave Eiffel une las dos orillas. En la margen izquierda se encuentran numerosas bodegas que producen el famoso vino Oporto. Visitamos una (la única gratuita, según nos comentaron en el hostel), pero no nos quedamos a catar. Yo soy más de sidra, cerveza o vinos jóvenes.
 Se acercaba la hora del ocaso y se me ocurrió una idea. Según el plano de la ciudad, en la zona de la desembocadura del Duero, había unas playas. Pero lo mejor de todo es que estaban en dirección oeste, lo cual quiere decir que el astro rey iba a ocultarse en el mar. Tamaño espectáculo es algo que no estoy acostumbrado a presenciar. En Salou el atardecer se produce a espaldas del mar.
Se trataba de una caminata considerable, así que mi amigo se lo pensó. Al final, el poder presenciar tamaño espectáculo se impuso al cansancio y me acompañó. El paseo resultó muy agradable, siempre a orillas del río presenciando bellos paisajes a caballo entre lo fluvial y lo urbano. Tras un par de horas, conseguimos llegar a mar abierto. Me sentí poco más o menos como Núñez de Balboa cuando llegó al Pacífico. Cuando quedaban sólo unos minutos para el momento cumbre, unas traicioneras nubes se instalaron en el horizonte para abortar el espectáculo. En ese momento le dije a mi amigo una frase de la que, un tiempo más tarde me desdeciría: "Las personas humildes no podemos tener sueños".
 Para volver al centro, segumos rumbo norte hasta el barrio Matosinhos, donde cogimos el metro, no sin antes emplear un buen rato en encontrar la estación. Es lo que tiene hacer turismo en zonas no turísticas.
 Esa noche volvimos a acercarnos al Duero. La imagen de las casas iluminadas desde el puente es impresionante. Con ella nos fuimos a dormir a nuestra séptima cama en siete días (dicho así parece que seamos unos Casanovas).
 Nuestro viaje casi llegaba a su fin. A la mañana siguiente nos despedíamos de Portugal.

martes, 3 de septiembre de 2013

Braga

La tentación de visitar una ciudad con un nombre que, por razones obvias, siempre me ha llamado la atención, era demasiado fuerte. Además siempre podía escudarme en la certeza de que Braga es una hermosa ciudad, digna de ser visitada mas allá de su curiosa denominación.
En el trayecto en autobús desde Coimbra, se empezaron a aparecer los primeros hórreos, que tanto me recuerdan a mi amada Galicia. Mientras viajaba de sur a norte, iba viendo cómo cambiaba el paisaje, recordándome en cada momento a las zonas españolas limítrofes con las portuguesas. Así, los pueblos blancos del Algarve como Lagos o Albufeira me evocaban a los andaluces. Los bosques de alcornoques del Alentejo guardan gran semejanza con los paisajes extremeños, siguiendo una zona de transición que bien pudiera ser una comarca del antiguo Reino de León. Hasta llegar al norte, que tiene muchos elementos comunes con Galicia.
El tradicional drama de encontrar el albergue no fue tal esta vez. Al lado de la estación pudimos consultar un mapa de una marquesina que nos indicaba que sólo distábamos unos 5 minutos de nuestro hogar por un día. Por ello no nos importó en absoluto tener que subir a pie 3 pisos con las maletas. Una simpática empleada, que además hablaba español, nos dio una cálida bienvenida. El albergue era ciertamente acogedor y estaba dotado de un estilo propio que se dejaba ver en todo tipo de detalles. No nos hizo tanta gracia que nuestra habitación, al igual que nos sucedió en Lisboa, contara con una sola cama, a pesar de que al reservar nos habíamos asegurado de leer la palabra "twin"(literalmente gemelos,es decir:dos camas). Se lo comenté a la empleada, pero me comentó que sólo disponían de camas dobles en las habitaciones privadas. Nos resignamos y salimos a conocer la ciudad. Con su amplio centro histórico perfectamente conservado, Braga nos demostró que es algo más que una ciudad con un nombre curioso.
Al volver al hostel, la empleada nos recibió con una agradable sorpresa. Una habitación de 4 literas iba a quedar libre, por lo que nos permitió dormir allí,en lugar de en la cama de matrimonio. Buen detalle que hace que un establecimiento marque la diferencia. Además nos ofreció una excursión al parque nacional Peneda-Gerês, situado unos kilómetros al norte de la ciudad, que alcanza hasta el límite de la provincia de Orense. No niego que me tentara, pero la actividad finalizaba a las 7 de la tarde, lo cual arruinaba nuestro apretado "timing". Otra vez será.
Tras cenar en el albergue, salimos a dar un voltio. Empezamos visitando un centro cultural donde se celebraba un concierto de rock. La gran mayoría del público lo presenciaba sentado en una especie de anfiteatro natural, excepto un personaje que bailaba dando llamativas cabriolas. Me quedó la duda de si era un "faltao" o un bailarín de enjundia.
Las calles de Braga también lucían de noche, pero me había dejado el plato fuerte para la mañana siguiente. Se trataba del santuario de Bom Jesus, situado en una colina a unos 5 kilómetros de la ciudad.
En el albergue nos habían comentado que para acceder había que coger un autobús. Pero no sabían con quién estaban hablando. Me calcé mis zapatillas de correr y enfilé la carretera, justo cuando empezaba a llover. Eso no frenó mi motivación. Más al contrario le dio un toque épico a la excursión. Llegado al pie del santuario me di cuenta que aún quedaba lo más duro. Cientos de escalones me separaban del objetivo. Había un tranvía que los eludía, pero a estas alturas no me iba a rendir, por muy mojado y exhausto que estuviera. Por fin coroné la empinada subida y pude visitar la iglesia. No me dijo mucho, quizá porque estaba pensando en la vuelta y en que me iba a tener que dar prisa para llegar antes del "check-out". Aproveché mi poderosa zancada para lanzarme a tumba abierta en el descenso, pudiendo llegar al albergue antes de las 12. Una ducha, cambio de ropa y como nuevo para afrontar la última etapa de mi viaje por tierras lusas.