martes, 21 de octubre de 2014

I Carrera Huesca contra el cáncer

 Ya sé que me he quedado a medias con mi viaje por Europa, pero si esperaba a terminar las entradas de mi ruta por Europa del Este para escribir ésta, ambas estarían obsoletas. Así que podemos tomar esta carrera como un breve descanso antes de entrar en la Polonia profunda.
 Aprovechando la conmemoración del día mundial contra el cáncer de mama, este año se ha organizado en Huesca una carrera para mostrar nuestra solidaridad con los afectados. A mí me parece un propósito muy noble, pero decir que he corrido esta prueba por eso sería mentir. En realidad, participar en carreras es un acto solidario conmigo mismo. Si ya de paso mi aportación sirve para ayudar a otros, mucho mejor.
 La organización tuvo la buena idea (si viviera fuera de Huesca no me lo parecería tanto) de repartir la bolsa del corredor el día anterior. En ella sobresalía una llamativa camiseta rosa que fue mayoritariamente portada por los participantes, dando un espectacular y llamativo colorido a las calles del centro de la ciudad.
 La prueba se podía hacer patinando, andando o corriendo, y se suponía una longitud de 5 kilómetros.
 Después de haber penado por las sierras prepirenaicas tenía ganas de hacer una carrera en la que se pudiera ir a tope de principio a fin.
 La participación superó todas las expectativas, superando holgadamente los 1700 inscritos.
 En la salida, gracias a haberme colocado relativamente adelante, pude correr a buen ritmo desde el principio, aunque no dejaba de adelantar valientes que empezaron con mucha euforia pero pronto se venían abajo.

 Al paso por el primer kilómetro vi que llevaba un buen ritmo (4'05''). La cosa pintaba bien, y más ahora que la ruta se veía bastante despejada.
 En la calle Ramón y Cajal había una curva de 180 grados que permitía cruzarse con la cabeza de carrera. Vi que no andaban (mejor dicho, corrían y mucho) demasiado lejos, y tampoco se veían muchos atletas delante.  Si mantenía el ritmo, podía hacer un puesto interesante.
 La Ronda Montearagón y su ligera aunque constante subida se hizo un poco de rogar, pero el paso por el kilómetro 3 y el cambio de pendiente para enfilar el Coso me dieron renovadas energías.
 Pude mantener el agónico ritmo hasta el kilómetro 4, punto en el que la prueba se internaba en el parque municipal. Si se seguía recto, se llegaba enseguida a la plaza de Navarra, donde estaba la meta, por lo que esperaba algún requiebro de última hora para completar el kilómetro final. Pero ante mi sorpresa vi que la ruta seguía sin inmutarse hasta el arco de meta. Así que hice un sprint de los buenos para superar al atleta que me precedía y pude alcanzar la meta. La carrera había ido como la seda, había regulado perfectamente  y el ritmo había sido alto en todo momento.
  Esperaba un buen tiempo, pero al ver mi cronómetro, marcaba 17' 54''. Eso significaba un ritmo cuasi-africano de 3' 35''/km. Luego, en casa, pude comprobar que la carrera estaba bien medida... hasta el kilómetro 4. El último kilómetro se había quedado en 550 metros. Mojón enorme que pasó desapercibido por el carácter lúdico y solidario del evento. Con la medición real, mi ritmo había sido de 3' 55''/km., que no está nada mal.
 Tras haber corrido todo tipo de pruebas, desde unos pocos kilómetros hasta una maratón, y en todo tipo de terrenos, me doy cuenta de que mi filosofía de vida, que dice que me crezco ante las facilidades, sirve también para mis prestaciones atléticas. Cuanto más llana, corta y de buen piso sea una carrera, mejor es mi rendimiento en ella respecto al nivel general. La prueba es que en este caso ocupé la 10ª posición. Y en las carreras de montaña hay que empezar a buscarme por abajo.
 Una vez recuperado el resuello, pude ver cómo llegaba la gente, y la plaza se llenaba de sonrientes atletas con camisetas rosas, que eran todo un alegato de esperanza y ánimo en favor de los enfermos de cáncer. El radiante sol y la agradable temperatura contribuyeron a que la jornada fuera un éxito en todos los sentidos.
 Es de destacar el gran número de corredoras/andadoras participantes. A ver si se convierte en tendencia y se igualan las ratios. En todo caso, la organización demostró que no es necesario hacer carreras exclusivas para mujeres para que se animen a participar. Un liberal como yo, no acaba de ver bien esas distinciones a la hora de permitir participar en una carrera.
 Como he dicho al principio, mis motivos para participar en esta prueba han sido más competitivos que altruistas. Pero quiero aprovechar la ocasión que me brinda el Blog Heterodoso para manifestar  todo mi apoyo a las víctimas de cáncer y sus familiares y amigos. ¡Ánimo!



martes, 14 de octubre de 2014

Morskie Oko

 La noche anterior había intimado bastante con la amiga polaca (todo lo que se puede intimar en un par de horas con una ferviente católica), por lo que habíamos quedado en hacer una excursión juntos al Morskie Oko. Se trata de un lago de montaña situado en el parque nacional Tatra, y es uno de los lugares más visitados de Polonia.
 De buena mañana, tras mi desayuno a base de zumo de remolacha, cogimos un microbús que, tras un trayecto de unos 10 km nos dejó en un gigantesco aparcamiento a la entrada del parque.
 Allí nos esperaba un sendero muy amplio y de buen piso que iba ascendiendo poco a poco. Había bastante gente subiendo, aunque la cosa se iba a animar todavía más en las siguientes horas.
 Los paisajes de alta montaña que nos íbamos encontrando eran una auténtica delicia, aunque la gran cantidad de gente que nos acompañaba hacía que la experiencia no fuera todo lo idílica que era de esperar en ese entorno.
Morskie Oko
 La caminata duraba unas dos horas, pero para los menos avezados se ofrecía la posibilidad de subir en coche de caballos.
 Si los paisajes eran sublimes durante la subida, el presenciar el lago Morski Oko y las montañas de sus alrededores casi me llevó al éxtasis (muy apropiado en una tierra tan católica).
 Mi amiga polaca se despidió, ya que quería hacer una ruta más larga por el parque y me quedé "solo" a orillas del lago. Es un decir, porque las hordas de turistas se empezaban a apoderar del lugar.
 Aún había otro lago más pequeño (el Zarny Staw), situado a mayor altitud que el Morskie Oko, al que pude acceder tras andar una media hora más salvando un camino rocoso de considerable pendiente. Pero no tanta como para impedir que dos recién casados con sus uniformes reglamentarios se hicieran unas fotos en sus orillas. Definitivamente, no era éste un lugar ni recóndito ni inhóspito.
Hora punta
 Desde el Zarny Staw se podía ver a un lado el Rysy (la montaña más alta de Polonia) y hacia el otro el Morskie Oko visto desde arriba. La pateada había valido la pena.
 Las orillas del Morskie Oko a la vuelta recordaban más a Benidorm o Salou en temporada alta que a un lago de alta montaña.
 La bajada se hizo menos amena en solitario, así que procuré hacerla rápido sin recrearme mucho en el paisaje, que a la vuelta ofrecía peores vistas.
La muerte no es el final
 Ya en Zakopane quise aprovechar mis últimos momentos para visitar un curioso cementerio con unas bonitas lápidas de estilo local (mucho menos tétricas que las habituales por nuestros lares) y probar una de las delicias de la gastronomía local que estaba  ala venta en numerosos puestos callejeros. Se trataba de un cilindro de color amarillo oscuro cuya superficie ofrecía bonitas formas geométricas en relieve. Yo pensaba que se trataba de un panecillo, pero al hincarle el diente, pude comprobar que era un queso ahumado. Estaba bastante bueno, pero al poco rato se me empezó a hacer un poco pesado. Es que comerse un queso de una sentada es demasiado, por mucha hambre que se haya acumulado.
 Habiendo sacado a Zakopane todo el jugo posible, recogí mi maleta del albergue y cogí un autobús (esta vez menos concurrido que en el viaje de ida) rumbo al norte.
 Zakopane y su entorno habían sido una grata sorpresa. El aire puro de las montañas me habían dado la energía que tanto iba a necesitar en las jornadas siguientes.

domingo, 12 de octubre de 2014

Zakopane

 En mis viajes acostumbro a hacer muchos kilómetros de "senderismo urbano".  Casi tanto o más que este tipo de senderismo me gusta el que se hace por la montaña. Así que decidí incluir la ciudad de Zakopane en mi ruta, ya que se encuentra en una situación privilegiada, al pie de los Montes Tatras, cadena montañosa que hace de frontera entre Eslovaquia y Polonia.
  Tras comprar el billete de autobús en la taquilla de la estación me dirigí a la dársena, donde se acumulaba una gran cantidad de gente. El conductor les iba dando paso poco a poco, mientras iba vendiendo billetes a los que no lo habían adquirido previamente. Iba entrando gente y no veía claro que fuese a quedar plaza para mí. Ya con el vehículo casi a tope, salió el conductor , preguntó quiénes teníamos billete y nos dejó entrar, quedando bastante gente fuera. Avancé por el pasillo hasta que encontré un sitio libre. Lo ocupé y una mujer me dijo que estaba reservado para su marido. Seguí hasta el final y estaba todo ocupado. Empecé a ver la cosa un poco negra, hasta que la mujer de antes me dijo que su marido y su hijo iban a ocupar un único asiento, así que dejaban uno libre, que ocupé de inmediato. No tuvieron tanta suerte unas 10 personas, que se vieron obligadas a ir de pie todo el trayecto, en una escena que me recordaba a los peores tiempos de "Automóviles la Oscense".
Calle principal de Zakopane
 Los paisajes iban ganando en belleza conforme nos acercábamos a la cordillera. Eso (y el ir sentado) hizo que las más de dos horas de viaje no se hicieran en absoluto pesadas.
 A pesar de su pequeño tamaño, Zakopane está considerara como la capital de invierno de Polonia, siendo también un concurrido centro turístico en verano, como tuve ocasión de comprobar.
 Mi albergue estaba apenas a 5 minutos de la estación. Casi me costó más tiempo identificarlo que llegar hasta él, ya que se encontraba en un sótano de un edificio de viviendas y oficinas, el último lugar donde me hubiera esperado encontrar un albergue de montaña.
  Dejé mis bártulos y me lancé a explorar la ciudad, que resulta muy agradable, sobre todo las casas de madera construidas al estilo local.
 La calle principal estaba abarrotada de turistas, en un 99 % polacos. Además de los numerosos comercios habituales, había un mercadillo con numerosos puestos donde se vendían recuerdos, comida, ropa,etc.
Montes Tatras
 A la hora de comer, me decidí por un local que ofrecía comida preparada al peso. Por poco más de 4 euros me zampé casi medio kilo de buena comida polaca.
 No podía permitir que tamaña ingesta calórica se quedara en mi organismo, así que me puse a andar rumbo al parque nacional de los Tatras, cuyas estribaciones se encuentran apenas se sale de la ciudad.
 Me adentré en el bosque y seguí un camino que iba ascendiendo poco a poco. En 10 minutos pasé de callejear por Zakopane a caminar por estrechos senderos rodeados de arbolado que discurrían junto a típicos arroyos de montaña.
 Tras un par de horas de subida, llegué a una cresta desde donde se tenía una vista privilegiada sobre el valle donde se ubica Zakopane. Era hora de volver, pero decidí hacerlo por otra ruta, donde pude presenciar una curiosa estampa: un grupo de tres monjas tomando un tentempié junto a un refugio de montaña.
A Dios rogando, y pateando
 Ya en Zakopane me volví al albergue, previo paso por un supermercado local, para cenar. En la cocina me encontré con un par de compatriotas (un navarro y un catalán) que estaban haciendo montañismo por la zona. En mi línea habitual de probar las delicias de la gastronomía local, había comprado zumo de remolacha, al que me costó un poco cogerle el gusto, pero luego no pude dejar de beber. Como curioso efecto secundario del mismo, mi orina se tornó roja al día siguiente, lo cual, en otras circunstancias, hubiera sido bastante preocupante.
 Tras la cena, me acerqué a la sala común del albergue donde se encontraban la pareja de españoles junto a una joven polaca. En la muy interesante conversación, los escaladores revelaron sus planes (entre los que se encontraba ascender al día siguiente al pico Rysy, el más alto de Polonia) y la polaca nos explicó que estaba allí para asistir a un congreso católico. La conversación derivó a lo espiritual, terreno donde también me siento cómodo. Ciertamente ese albergue no era sólamente distinto a los habituales en su ubicación, sino también en su ambiente.
Me fui a dormir pronto. Aún había que aprovechar la mañana siguiente en ese entorno tan privilegiado.


 

jueves, 2 de octubre de 2014

Cracovia

 Tras mi periplo centroeuropeo y unos días de "descanso" en Huesca, si es que se puede encontrar reposo en medio de las fiestas, tenía un par de semanas libres que había que aprovechar.
 Los precios de viajes de última hora a destinos exóticos estaban por las nubes, así que centré mi búsqueda en Europa. Tras hacer un cribado de países donde no había estado y quería visitar, me quedé con Rumanía y Polonia. Ya sólo faltaba buscar un vuelo asequible y liarme la manta a la cabeza.
 La primera ciudad de mi ruta iba a ser Cracovia. A la espera de que el controvertido aeropuerto Huesca-Pirineos prospere, me vi obligado a salir desde el aeropuerto de Barcelona.
 Para amenizar mis largos desplazamientos me llevé un libro de viajes. No fue muy acertada mi decisión, no por la falta de interés del mismo, sino porque ya me lo leí entero en el viaje en autobús de Huesca a Barcelona. Además me había olvidado los cascos del móvil que uso a modo de mp3 para escuchar música, tertulias políticas y podcasts. Así que me iba a tener que tragar todos los viajes "a pelo".
 El viaje en avión transcurrió sin novedad hasta que arribé al coqueto aeropuerto Juan Pablo II. Nunca había visto un aeropuerto tan parado (Huesca-Pirineos aparte). Había muy poca gente y todas las tiendas, excepto una oficina de cambio, estaban cerradas.  Salí a coger el autobús que lleva al centro de Cracovia y empezó el choque cultural.  Intenté comprarle un billete al conductor que hablaba tanto inglés como yo polaco. Me dio a entender que él no los vendía, así que me dirigí a una máquina que los expedía en el mismo autobús. Sólo aceptaba monedas, de las que carecía. Así que volví al aeropuerto en busca de calderilla.
 La única opción era la oficina de cambio. Cambié 10 € con una ratio muy poco competitiva, pero por lo menos obtuve zlotys en monedas. No debí emplear más de 3 minutos en la operación. Suficientes para que el autobús hubiera zarpado sin piedad rumbo a Cracovia. Me tocó esperar una hora más hasta el siguiente en un aeropuerto desolado y pasada la medianoche.
Polonia no me estaba recibiendo como me merecía.
 La segunda intentona fue más fructífera y pude recorrer sin sobresaltos los 10 km que me separaban de las bonitas y a esa hora más bien solitarias calles de Cracovia.
 Sólo iba a estar unas horas en el albergue. Así que no me había matado mucho la cabeza a la hora de reservar. Escogí el que estaba más cerca de la parada de autobús. Y además me salió muy bien de precio (poco más de 8 euros). Aparte de la situación y el precio, el alojamiento era más que correcto.
 Llegar de noche a un albergue tiene el inconveniente de tener que hacerse la cama a oscuras. Eso o encender la luz y despertar a todo el mundo. Preferí la primera opción.
 Mis compañeros de cuarto se portaron bien y pude dormir sin incidentes.
 El desayuno no estaba incluido en el precio (hubiera sido ya demasiado), pero ofrecían la posibilidad de tomarlo en un bar anexo por unos 2 euros. Me estaba empezando a gustar Polonia. Estos precios eran más que interesantes.
 Di un breve paseo por el centro, donde pude cambiar moneda, esta vez con tasas razonables, y me dirigí a la estación de autobuses. Cracovia sólo había sido parada y fonda. Ahora me tocaba ir camino del sur.

jueves, 18 de septiembre de 2014

II Carrera Reino de los Mallos

 Después de mi última carrera de montaña (Subida al Tozal de Guara) me habían quedado sensaciones encontradas. Por un lado, fue un placer poder presenciar unos paisajes impresionantes mientras corría. Pero por otro lado, acabé absolutamente reventado. Así que se trataba de repetir una experiencia similar, pero, a ser posible, que fuese un poco más accesible.
 Cuando vi que había una carrera que subía a los Mallos de Riglos (auténtica maravilla de la naturaleza), poco me costó decidirme en apuntarme a la ruta corta (de 13,5 km y 635 m de desnivel) en vez de la larga (22'7 km y 1270 m de desnivel). Mis piernas me tienen que durar toda la vida.
 La prueba partía de Murillo de Gállego, localidad de la provincia de Zaragoza, aunque curiosamente, estaba organizada por la Hoya de Huesca.
 A las 9.30 salían los participantes de la prueba larga, y media hora después hacíamos lo propio los de la corta, además de los que iban a hacer esta mismo recorrido andando.
 La primera parte consistía en una bajada hasta alcanzar el nivel del río Gállego, que había que atravesar sobre un puente que debía ser cruzado  andando. Apenas puse el pie sobre el mismo entendí el porqué. Se movía bastante. Creo que su estabilidad hubiera estado seriamente comprometida con un grupo de atletas trotando sobre él.
Grandiosos paisajes
 Al pasar el puente, empezaba "lo bueno". El terreno se empezó a empinar a través de un camino que nos condujo al pintoresco pueblo de Riglos, al que pareció no impresionarle mucho nuestra llegada. Apenas 3 ó 4 personas presenciaron nuestro paso.
 Nada más salir del pueblo, la cosa se empezó a poner seria con un camino estrecho de empinada pendiente. Al principio intenté seguir corriendo, pero me di cuenta que avanzaba lo mismo que los atletas que me precedían caminando, y me cansaba el doble. Así que me rendí y me puse a andar, que tampoco era un esfuerzo desdeñable teniendo en cuenta los grandes porcentajes a los que nos enfrentábamos.
 Conforme ascendíamos, las vistas sobre el valle del Gállego, con la parte trasera de los Mallos, eran más impresionantes. Eso hizo el esfuerzo más llevadero hasta que pudimos coronar y llegó el esperado descenso. El primer tramo permitía lanzarse a tumba abierta. Pero pronto empezaron a aparecer curvas de herradura que hacían que la bajada fuera muy técnica. No soy muy ducho en estas lides ni paso muy buen rato al afrontarlas. Y mucho menos si tengo a alguien pisándome los talones como era el caso. Tenía la sensación de que estaba haciendo de tapón, teoría confirmada cuando dejé pasar al atleta que me seguía y lo perdí de vista en un abrir y cerrar de ojos.

Poderosa zancada
Un rato después, en las inmediaciones de Riglos (que también se pasaba a la vuelta), el camino se hizo más ancho y el firme menos pedregoso. Por fin pude desplegar mi poderosa zancada y disfrutar de la carrera, cosa que apenas había hecho hasta entonces. De ahí al final fui bastante bien, aunque en los últimos kilómetros se me encendió la reserva. Definitivamente había hecho una buena elección escogiendo la ruta corta.
  En el último tramo me superaron dos atletas. Me pareció un poco extraño que no lo hubieran hecho cuando bajaba en la parte pedregosa con mucha precaución y lo hicieran al final cuando iba a "tumba abierta". Por lo visto, eran los primeros corredores de la ruta larga. Que conste que les había dejado salir media hora antes...
 A la llegada se nos obsequió con la tradicional bolsa del corredor (camiseta técnica incluida), un vale por un refresco a canjear en el bar de las piscinas y la posibilidad de usar las mismas. Me gustó el detalle, así que, tras la ducha, me lancé a la piscina, aunque en ese momento estaba vacía y la temperatura era bastante otoñal..
Llegada triunfal
 Me podía haber ido ya a casa con la satisfacción del deber cumplido. Pero en la inscripción también incluía una comida. Lo malo es que estaba anunciada "entre 2 y 2 y media"(locutor de la carrera dixit), y eran las 12. Aproveché ese "impasse" para visitar a unos amigos que viven en la zona y recorrer un poco el pueblo.
 A las 2 estaba ya merodeando por la Plaza Mayor, donde habían colocado una carpa para albergar el ágape. Pero el tiempo pasaba y aquello no tenía visos de empezar. Al hambre canina se le unía un sol de justicia, y para rematar la faena, la atronadora música discotequera expelida por unos altavoces que la organización había puesto en la plaza para amansar a las fieras hambrientas.
 Ya pasadas las 3, cuando parecía que las mesas estaban preparadas, se celebró la entrega de trofeos. Hábil jugada de la organización, porque si hubieran sido después. no se hubiera quedado ni el tato.
 No me pareció muy buena idea que dieran una copa al primer y primera senderistas en concluir la prueba. De hecho, escuché a unos atletas que comentaban que los habían visto correr. Como puede comprobar después sus tiempos fueron inferiores a algunos participantes que habían hecho la ruta corriendo.  Para mí, eso desvirtúa totalmente la esencia de una ruta senderista.
 La ensalada de pasta, el pollo guisado y el helado supieron muy ricos y dejaron un buen sabor de boca. Eso sí, mi compañero de mesa también se quejaba de haberse colado en un desvío, lo que le costó el tercer puesto.
 La espera para comer, la selección musical discutible y los desvíos no del todo bien señalizados se vieron compensados con la belleza de los paisajes, el baño en la piscina y la más que correcta comida.
Así que si la organización pule un poco algunos detalles, tendremos una carrera de enjundia en años sucesivos.

P.D: Las fotos están sacadas de la página del organizador.
https://plus.google.com/110949641503857302982/posts



martes, 16 de septiembre de 2014

Budapest

 El autobús que nos llevó de Bratislava a Budapest fue una auténtica delicia. Aparte de tener asientos anchos y confortables, contaba con azafata, pantalla interactiva con música y películas, además de invitarnos a una bebida caliente. Sin olvidar mi favorito: el mensaje de bienvenida apenas arranca el autobús. Es algo que echo mucho de menos en mis viajes a Zaragoza.
 Nada más salir de Bratislava, nos adentramos en tierras magiares. No en vano, la capital eslovaca es fronteriza con Austria y Hungría, lo cual hace que sus habitantes lo tengan "chupao" para hacer viajes internacionales cuando les apetece.
 Tras un recorrido de algo más de dos horas por las verdes llanuras húngaras, una gran cantidad de enormes "colmenones" nos indicaron que habíamos entrado en Budapest.
 El autobús nos dejó un poco a las afueras (nadie es perfecto), así que tomamos el metro y aparecimos en una plaza octogonal (no por casualidad llamada Oktogon) donde nos costó orientarnos. Recurrimos a un panel con un plano de la zona donde nos encontramos a la pívot australiana que habíamos conocido en la estación de Bratislava. Se dirigía al mismo albergue que nosotros (y en Budapest hay unos cuantos...). Una vez instalados en el mismo, salimos a inspeccionar la ciudad, acompañados de nuestra "vieja" conocida aussie.  Nuestra idea era ir hasta el Danubio, cruzarlo y echarle un vistazo al castillo y al parlamento.
Vista desde el castillo de Buda
 Consulté en un plano la calle que había que tomar y nos adentramos en la noche de Budapest. Tras un rato de pateada amenizada por una agradable conversación, llegamos a una espectacular plaza flanqueada por estatuas de reyes húngaros. Junto a ella había un puente que cruzaba sobre el Danubio. Bueno, eso me creía yo. Tras el puente llegamos a un parque que contaba con un majestuoso palacio.
 Ya era tarde, así que decidimos volver, planeando visitar el parlamento a la vuelta. Tras mucho patear y no verlo, lo dejamos estar y nos planteamos volver al hostel. A la hora de buscar la ruta más corta nos encontramos con el problema de que no sabíamos dónde estábamos exactamente, por más que mirábamos el plano. Hasta que nuestra amiga australiana se dio cuenta de que estábamos en la otra punta del mapa. Efectivamente, al empezar nuestra excursión, habíamos cogido la calle correcta, pero en sentido contrario. Nos lo tomamos con humor y nos fuimos a dormir, eso sí, sin dejar de mirar el plano cada vez que cambiábamos de calle.
 Nuestro compañero de pieza no era ni mucho menos un "idem". Se trataba de un discreto asiático que no supuso ningún problema a la hora de dormir.
 A la mañana siguiente, mi amigo y yo analizamos exhaustivamente el plano, y esta vez sí, tomamos el rumbo correcto. El Danubio apareció ante nosotros mucho más imponente que el canal que habíamos visto la noche anterior. Lo cruzamos y nos encontramos una cola que esperaba a un teleférico que subía al castillo de Buda. Como no teníamos tiempo (ni florines) que perder, subimos la cuesta andando. El castillo es en realidad un conjunto arquitectónico formado por palacios, museos y estrechas callejuelas con mucho encanto. Además, al estar sobre una colina, se tiene una panorámica excepcional sobre el resto de la ciudad.
El mítico Nepstadium
Bajamos del castillo, y visitamos las inmediaciones del parlamento, al otro lado del Danubio. Se trata de un impresionante edificio que muestra el poderío que tuvo antaño la ciudad.
 Tocaba ruta no turística, así que dejé a mi amigo por la zona y cogí el metro para dirigirme al Nepstadium, o estadio Ferenc Puskas, lugar de míticos y emotivos acontecimientos.
 En ese momento me vinieron a la memoria tres: el ascenso a primera división de la selección española de atletismo en la Copa de Europa en 1985, el concierto de Queen en su gira del 86 (único en un país comunista) y los Europeos de Atletismo de 1998. A pesar de tan poderosas razones, el estadio no es centro de peregrinaje. De hecho, me costó bastante dar con la entrada al complejo deportivo. Luego intenté entrar al estadio pero un funcionario me lo impidió sin dar muchas explicaciones.
 Volví al centro a tiempo para sumarme a un "free tour". Se trata de un tour por la ciudad en el que se paga la voluntad al final del mismo. Suelen estar muy bien y es algo que recomiendo a todo turista con un mínimo de curiosidad por el lugar que se visita. En este caso elegí el tour comunista, que nos hizo un recorrido por los puntos más representativos de la ciudad durante el periodo en el que Hungría fue un país satélite de la URSS. Los dos guías hicieron muy bien su trabajo, no sólo porque se les escuchaba muy bien, poderosos gritos mediante, a pesar de que éramos un grupo numeroso,
Tour comunista
sino porque contaron numerosas anécdotas de cómo era el día a día en esa época, añorada por unos y vilipendiada por otros.
 Mi siguiente evento me condujo a un tiempo aún más pretérito. Se trataba de un concierto de música tradicional húngara, que alternaba bailes folclóricos con composiciones de música clásica. La interpretación de todas ellas rayó a gran altura, aunque mi favorita fue "Czardas de Monti", la pieza que más me evoca al país magiar, aunque curiosamente esté compuesta por un napolitano.
 De vuelta al albergue, me encontré de nuevo con la australiana, que estaba reclutando un grupo para salir esa noche de fiesta. Era mi última noche, así que podía echar el resto sin temor.Nos dirigimos a un garito que nos recomendaron en el albergue y en el camino intenté hablar con una rusa. Lo de "intenté" no quiere decir que no me hiciera ni caso, sino que su inglés era muy primario. Aun así pudimos entendernos. Está claro que la buena voluntad es clave para la comunicación. A veces estamos con gente cercana y parece que hablamos un idioma distinto.
 El bar se trataba de un "ruin pub". Así se llaman unos locales muy característicos de la ciudad, con bastantes años a sus espaldas, que no sólo no ocultan sus desconchones y mobiliario anticuado, sino que lo exponen como parte de su decoración. Además, éste en concreto contaba con un gran patio interior al aire libre, además de múltiples pasillos y escaleras, que hacían que estar allí fuera una experiencia cuando menos curiosa.
Budapest "la nuit"
  Al final de la noche se fueron perdiendo unidades y sólo quedaba la australiana, que estaba siendo pototeada por un par de húngaros que, astuciosamente, estaban situados junto a la puerta del baño femenino. Pensaba que eran los clásicos depredadores, especie extendida por todo el mundo, hasta
que me los presentó mi amiga y se ofrecieron a invitarnos a un trago. Hablando con uno de ellos  me pareció que mi primera impresión no había sido muy atinada. Apreciaban el ambiente internacional del bar ya que les gusta conocer gente de todo el mundo. Según me comentaron, en los bares de locales, los grupos son más cerrados. Y acabé de descartar su inclusión en el grupo de depredadores nocturnos cuando uno nos enseñó una foto de su novia. La verdad es que me cuesta imaginar una situación así en España, el la que dos chicos se pongan a hablar contigo simplemente por la curiosidad de conocer a otra persona.
 A la salida, la pareja de húngaros nos acompañó un trecho hasta las cercanías del albergue y nos despedimos. Ya en el albergue hice lo propio con la australiana y me fui a dormir las 3 ó 4 horas que tenía de tiempo antes de hacer el "chek-out". Poco más quedaba por hacer en Budapest, ya que el vuelo de vuelta a España nos salía por la mañana.
 A pesar de que fue intenso, un día y medio no es, ni mucho menos suficiente para aprovechar todo lo que la capital húngara puede ofrecer. Así que habrá que volver a ella, y si es posible, visitar el resto del país.
 Esta es la grandeza y la miseria de mis viajes. Hago muchas cosas, visito muchos sitios y conozco mucha gente, pero no puedo profundizar en nada. Ya llegará la época de asentarse y sentar la cabeza.

 

lunes, 8 de septiembre de 2014

Bratislava

 Para abandonar Viena, elegimos hacerlo a lo grande, así que en vez de tomar el tren o el autobús, decidimos surcar las aguas del Danubio en barco, con destino Bratislava.
 Nada más salir del puerto, el transbordador estuvo parado unos 30 minutos. No nos dieron ninguna explicación y la verdad es que era un poco desesperante estar allí parados sin saber por qué. Hasta que me di cuenta de que, poco a poco, el nivel de la orilla iba ascendiendo. O mejor dicho, nosotros estábamos descendiendo.  El barco no podía pasar a través de un puente, y por medio de unas exclusas, fuimos bajando de nivel y continuamos el trayecto.
Surcardo el Danubio
 No pude aguantar mucho tiempo en el interior, y salí a la cubierta, que era un estrecho pasillo donde había que estar de pie y soportar un fuerte viento. Gracias a ello pude presenciar bonitos paisajes, "visitar" alguna ciudad desde el río o admirar un bonito castillo encaramado en una colina.
  Tras una hora y media de trayecto, se empezaron a divisar los primeros edificios de la capital eslovaca, a la que no íbamos a dedicar mucho tiempo. Habíamos pensado dedicarle un día entero, pero eso hubiera apretado demasiado nuestro calendario. Así que sólo estuvimos unas pocas horas en ella. Tiempo suficiente para hacerse una idea de la ciudad, pero no para conocerla a fondo.
 Nada más bajar del puerto me encontré con unos cuantos edificios de estética "socialista". La cosa se ponía interesante. Poco a poco nos adentramos en el casco histórico, muy bien conservado y bastante agradable para pasear. A pesar de ser una ciudad notable, es bastante modesta en comparación con la mayoría de capitales europeas. Quizá poco más de 20 años como capital de estado no sean suficientes para imprimir ese carácter.
 Mientras mi amigo se quedó descansando en la plaza mayor, yo me fui a hacer una fugaz visita al
Viajero bohemio
castillo que domina la ciudad .Desde allí se veían claramente las diferencias entre las dos márgenes del Danubio. En la margen izquierda, que era donde me encontraba, se halla el casco antiguo, los edificios históricos, y con ellos los turistas. Al otro lado está el barrio de Petržalka, zona residencial dominada por colmenones comunistas. De alguna forma, el Danubio era una alegoría del "Telón de Acero".
 Lamentablemente no disponíamos de mucho tiempo, y no pude visitar la margen derecha (un poco confuso que la margen derecha sea la de arquitectura comunista, eso debían haberlo pensado antes de construir).
 Nada mejor que una buena comida para superar mi decepción. En el casco antiguo encontramos un buffet libre donde vengamos todos los ágapes de medio pelo, que habían sido la tónica en nuestro viaje.
Petržalka
 Nuestro tiempo en Bratislava tocaba a su fin. Nos dirigimos a la estación de autobuses donde pasamos unos momentos de incertidumbre. No había ningún panel que mostrara las salidas. Al dirigirnos al andén que nos indicaba la reserva del billete, no había ninguna mención al autobús que teníamos que coger. Para añadir más confusión, a mi amigo le llegó un mensaje de la compañía de autobuses en eslovaco. Gracias al traductor de Google, dedujimos que ese mensaje nos avisaba de que el autobús se iba a retrasar 20 minutos. Le preguntamos a una pívot que estaba esperando en el mismo andén. Parecía estar tan despistada como nosotros, pero por lo menos iba a coger el mismo autobús, y eso da una cierta tranquilidad. Aprovechamos para entablar conversación con ella. Era autraliana y daría que hablar en el futuro.
 Con puntualidad eslovaca, el autobús se presentó con los 20 minutos de retraso prometidos y nos despedimos de Bratislava. Espero volver algún día y poder conocerla con más calma.