sábado, 24 de octubre de 2015

Jerez de la Frontera

Tras haber hecho las etapas Huesca-Granada y Granada-Cádiz, el ir de esta última a Jerez de la Frontera fue un paseo de media hora. Muy distinto es llegar a tu destino descansado y con todo el día por delante.
 Esta vez el albergue estaba bastante alejado del centro. Además, un panel con un plano de la ciudad, que me hubiera servido para hacerme una idea de la ruta, situado junto a la estación de autobuses, estaba roto. Así que tocó preguntar. Una señora me orientó y más adelante pregunté a un hombre. Éste se mostró muy amable. Me recomendó la ruta a seguir, evitando un barrio humilde e incluso me acompañó un tramo para dejarme ya enfilado. Habiendo gente así, no entiendo por qué muchos se empeñan en descargarse aplicaciones para orientarse con el móvil.
 Ciertamente, el albergue no estaba situado en la zona noble de la ciudad. Pero se trataba de un imponente y moderno edificio con unas magníficas instalaciones, incluyendo piscina.
Piscina de enjundia en el albergue
 Había reservado una habitación compartida para dos personas, pero no apareció nadie más y esa noche la iba a pasar solo y desamparado.
 Dejé mis bártulos, y partí a explorar la ciudad. Acudí a la oficina de turismo, que en ese momento estaba cerrando. La empleada, que me vio venir, me entregó un mapa mientras cerraba el garito. Le pregunté por visitas a bodegas, y me dijo que esa tarde sólo abría Tío Pepe, y la siguiente visita era en una hora. Aproveché el lapso para comer y me dirigí a la bodega.
 Estudié con inteligencia la situación y vi que había otra visita dos horas después. Tiempo suficiente para ir al albergue, echarme una mini siesta, y pegarme un baño en la piscina (Jerez en agosto tiene "tela").
 La visita a la bodega tuvo su interés. Hubiera preferido verla en funcionamiento (deformación académica), pero las instalaciones están destinadas a mostrar la historia y curiosidades de la compañía, más que a enseñar el proceso "in situ". De hecho, imagino que el grueso de la producción de los Tío Pepe y compañía debe de estar en otro lugar.
 Había muchos barriles firmados por personajes que habían visitado la bodega. Algunos muy populares y otros un tanto olvidados (por ejemplo, los pilotos españoles de Fórmula 1, Luis Pérez Sala y Adrían Campos). A nosotros no nos pidieron firmar. Tiempo al tiempo.
Personajes ilustres dejaron su sello en la bodega
 Al final de la visita, nos llevaron a una sala de cata. La entrada incluía dos degustaciones de vino, un Tío Pepe (fino) y otro más dulce tipo "Cream". Compartí la cata con una simpática italiana que también había ido sola a la visita. Coincidimos los dos en que no nos gustaron tanto los vinos como un mosto que solicité a la empleada aprovechando que se le acababa de ofrecer una jarra a unos niños. Si Tío Pepe levantara la cabeza...
 Empleé el resto de la tarde-noche para recorrer las calles jerezanas. Aparte de la gran cantidad de bodegas que pueblan el casco urbano, no faltan los monumentos y lugares de interés. Daba la impresión de haber sido una ciudad muy rica en el pasado. Haciendo simil con su vino, Jerez me pareció una ciudad con solera.
Jerez de la Frontera
 Aproveché que estaba solo en el cuarto para dormir como un campeón, y pude disfrutar de un copioso desayuno en el albergue. Quería hacer una excursión ese día, y estuve dudando entre Ubrique (como homenaje a la etapa Loja-Ubrique de la Vuelta 90) y Arcos de la Frontera. Finalmente me decanté por esta última, ya que había mejor combinación de autobús.
 Arcos de la Frontera está entre los denominados "Pueblos Blancos", debido a que el encalado de sus casas les otorga ese característico color a las fachadas. Por si eso no le diera el suficiente empaque, Arcos está situado sobre un cerro y cuenta con una notable colección de edificios históricos.
Arcos de la Frontera
 El sol de justicia que caía sobre la ciudad hizo que la experiencia de caminar por las empinadas e inmaculadas calles fuera muy intensa.  Tras haber oteado el horizonte desde el imponente mirador de lo alto del cerro, ver los palacios e iglesias por fuera y perderme por el laberinto de callejuelas durante un par de horas, decidí volverme a Jerez.
 Tras el más que necesario baño en la piscina del albergue, mi siesta fue abruptamente interrumpida por un inesperado compañero de habitación. Se trataba de un motero asturiano que no paró mucho por la habitación. Tampoco yo, ya que, una vez que Morfeo se fue por otras latitudes, salí de exploración.
 Esa tarde recorrí la zona norte de la ciudad, con amplias avenidas y parques , no exentos de interés. Cansado de acudir en solitario a recintos de hostelería, y en un alarde de cutrez y espíritu adolescente a partes iguales, decidí cenar sentado en un banco de la calle una sabrosa bolsa de patatas fritas locales  regadas por una "Estrella del Sur". No menos propia de tinajeros fue la risita que se me escapó al encontrarme con la calle denominada "Paseo de Sementales". Algún dia maduraré (creo).
 Ya de vuelta, en la entrada del albergue, me encontré con la transalpina con la que había compartido la cata de Tío Pepe. Entonces me había dicho que se estaba alojando en una pensión del centro y no estaba muy contenta, así que le hablé bien del albergue, por lo que se ve, con el suficiente énfasis. Pero no pasé la noche con ella, como hubiera sido de esperar, sino con el motero asturiano, que se portó bien y no roncó demasiado.
 Aún apuré mi última mañana en Jerez para seguir callejeando. La verdad es que la ciudad da para bastante. Es grande y hay mucho que ver.  Aunque mi última escala de mi viaje tampoco se iba a quedar atrás.

 



 

lunes, 19 de octubre de 2015

Cádiz (y II)

Esa noche, el albergue ofrecía barra libre de sangría a los huéspedes que abonaran 5 euros. Más que por beber sangría, que no es, ni mucho menos mi bebida favorita, me apunté al evento como acto social.
 Una simpática francesa se ocupó de preparar el brebaje que, poco a poco atrajo a más huéspedes. La organización cometió el pequeño pero craso error de no comprar algo de picar, así que procuré no beber demasiada sangría, aunque fuera a costa de no rentabilizar mi inversión.
 A medianoche, se nos desalojó amablemente de la terraza donde estábamos bebiendo. A esas alturas ya habíamos formado un grupo y decidimos continuar la fiesta por las calles gaditanas. Esa noche, se celebraba en la ciudad el "Carnaval de Verano". Ello significaba que, al igual que en el Carnaval de febrero, las agrupaciones iban a interpretar disfrazadas por las calles las famosas chirigotas, canciones satíricas que, en forma de rima, suelen referirse a temas de actualidad.
 Las calles de Cádiz estaban abarrotadas y el ambiente era totalmente festivo. Las agrupaciones se dispersaban por todos los rincones de la ciudad, y junto a ellas, se arremolinaban grandes grupos de personas escuchando. Tan grandes que, en la periferia, costaba seguirlas. Y si a mi me costaba, a los extranjeros del grupo, no digamos, que además se enfrentaban a la jerga gaditana. Por ello, no estuvimos mucho tiempo rondando y nos metimos en un garito. No me motivaba mucho estar en un bar con el mismo ambiente que pueda haber en cualquier ciudad europea, mientras afuera se estaba celebrando algo totalmente genuino. Así que no tardé mucho tiempo en desmembrarme del grupo  y vagar en solitario (es un decir, dado la cantidad de gente) por las animadas calles gaditanas.
 Tras unos cuantos intentos, por fin encontré un lugar donde se escuchaban bien las chirigotas. Me gustaron mucho, y al resto de la gente también. No tanto a una vecina que no podía dormir y se asomó al balcón para pedirnos que se acabara la función.  La agrupación le dijo que "una más y nos vamos". Pero antes de que acabaran la última, salió el marido de la señora al balcón descamisado y fuera de sí, haciéndonos el mismo ruego que la señora, pero con formas mucho más primitivas y amenazadoras.
 Un espectador "espabilao" se hizo el machote y le dijo al enfurecido sujeto que bajara. Al minuto, vi como un grupo de gente que estaba en una esquina se apartaba cual encierro de San Fermín, y a modo de astado, el vecino apareció corriendo hecho una furia armado con dos palos de escoba. Mi situación era un tanto comprometida, ya era de los primeros del grupo con los que se encontró en su furiosa andanada. Se puso a jurar delante de mí mientras yo intentaba calmarlo con gestos. En ese momento,a otro "espabilao" del medio del grupo no se le ocurrió otra cosa que gritar mentando a su madre. Allí el vecino acabó de perder los papeles y lanzó los palos de escoba al tumulto. Yo aproveché el desconcierto para alejarme de la primera línea y pude ver a un chaval al que había impactado uno de los palos, con sangre en la cara. En sólo unos minutos, el ambiente festivo se había transformado en una crónica de sucesos, donde no tardó en aparecer la policía. Desaparecí de allí tan rápido como pude e intenté escuchar alguna chirigota más de los grupos que aún quedaban, pero no estaba yo para muchas coñas, así que me fui a dormir con el susto en el cuerpo.
Chirigota (esta creo que acabó mejor)
Aproveché mi última mañana en la ciudad para visitar el Museo de las Cortes de Cádiz. En 1812, en plena invasión napoleónica, el Gobierno de España se había tenido que trasladar a Cádiz, prácticamente el último reducto a salvo de los "ilustrados y civilizados" franceses.
 Allí se convocaron unas cortes que redactaron la famosa Constitución de 1812, conocida como "la Pepa", siendo la primera de nuestra historia. Para ello se congregaron  diputados de toda España, que en aquel momento también incluía los territorios americanos y las Filipinas.
 El museo en cuestión cuenta con objetos y cuadros alusivos a dicho periodo, incluyendo una enorme maqueta en madera de la ciudad.
Museo de las Cortes de Cádiz
 La verdad es que vale la pena visitar el museo, a poco que se esté interesado en la historia. Para una ciudad pequeña como Cádiz, debió ser todo un acontecimiento albergar un hecho tan importante y acoger en sus calles personajes tan notables.
 Al salir del museo, di mi último paseo por la ciudad, sin dejar de descubrir rincones plagados de historia y encanto, para dirigirme a la estación de autobuses. Mi siguiente destino no andaba muy lejos, aunque cuenta con una atmósfera muy diferente.
 A pesar de algún que otro "incidente", me llevé una gratísima impresión de Cádiz, que aúna historia, arquitectura, gastronomía, buen clima y ambiente.  Como dicen por allá, "musho Cádiz".


jueves, 15 de octubre de 2015

Cádiz (I)

 Unas cuantas horas separaban Granada de Cádiz, mi siguiente destino.
 A pesar de lo largo del trayecto, se me hizo bastante llevadero al contemplar los paisajes andaluces.  Además el autobús pasó por Sevilla, y así me ahorré emplear una noche en la ciudad, que sin duda lo vale (y unas cuantas más), pero ya estuve hace unos años, y en 8 días no se pueden hacer milagros. O se hacen al instante,o no se pueden hacer.
 Nada más llegar a Cádiz, me llamó la atención una inmensa bandera española, a la que le auguro muy poca vida, a tenor de la ideología de los actuales inquilinos del consistorio.
  Por si no hubiera tenido suficiente alegría al ver tamaña bandera, mi albergue estaba a sólo 2 minutos de la estación, y no hubo problema en encontrarlo.
  Mi primera impresión sobre el centro de Cádiz, no pudo ser más positiva. Aparte de la armonía y buena conservación de su casco histórico, abundan las placas que evocan acontecimientos y personajes que han desfilado por la Tacita de Plata en su dilatada historia. Por si eso fuera poco, la peculiar situación geográfica de la ciudad, en forma de península, con el mar casi rodeándola, le otorga aún más encanto.
Cádiz
 Aproveché la ocasión para quedar con una amiga de Huesca que se había trasladado recientemente a Puerto Real (al otro lado de la bahía). La tarde se prestaba a un baño en la playa. El tiempo que tardamos en aprovisionarnos de viandas y en conseguir la ropa necesaria fue suficiente para que la tarde se tornara en desapacible, así que desistimos de sumergirnos en las aguas atlánticas. Nada mejor para superar la decepción que degustar la afamada gastronomía local. El cazón en adobo frito resultó ser un suculento manjar, a años luz de su primo hermano británico, el popular "fish & chips".
 Nuestro escaso conocimiento del sistema de transportes de la bahía, hizo que estuviéramos casi una hora esperando al autobús que devolvió a mi amiga a Puerto Real.
 Haciendo de la necesidad una virtud, aproveché mi recobrada soledad para patearme a conciencia la parte antigua, tras lo que fui a dormir al albergue, donde compartía habitación con 3 portugueses.
 Quería aprovechar el día siguiente para conocer la provincia. Difícil decisión cuando hay tanto y tan bueno por ver.  Me tiró el recuerdo de las peripecias de Elcano y Magallanes y me decanté por visitar Sanlúcar de Barrameda, localidad costera, antiguo puerto de la ruta de las Indias y muy próximo al coto de Doñana. Como se puede ver, no le faltan encantos. Aunque yo, tras dar un paseo por el centro decidí visitar un barrio de pescadores. Craso error, que me hizo perder más de una hora caminando por las afueras para llegar a un lugar sin mucho encanto.
 No se puede decir lo mismo del centro de Sanlúcar, rico en monumentos, bodegas y calles pintorescas.
Sanlúcar de Barrameda
 Aún quedaba tarde, así que fui a la estación de autobuses para planear otra visita. Según un mapa turístico que me había agenciado, Chipiona estaba relativamente cerca, por lo que me planteé ir andando. La empleada de la estación me dijo que estaba más lejos de lo que parecía, pero me recomendó otra opción, que fue por la que me decanté (en buena hora).
 Cogí  un autobús a Costa Ballena, un complejo turístico entre Chipiona y Rota. La idea era seguir la playa hacia el sur, hasta llegar a Rota. Y así lo hice. Empecé a caminar con buen paso por un paseo marítimo bajo un sol de justicia.  Al rato, se terminó el camino y tuve que bajar a la arena. 
 Andaba, andaba, y la playa no parecía tener fin. Hasta que llegué a unas rocas que me impidieron el paso. Me interné tierra adentro hasta que encontré una carretera con un cartel que señalaba a Rota. No sabía cuánto me faltaba, pero sí que iba por el buen camino.
Costa Ballena: la playa interminable
 Caminar por el arcén con el calor de agosto fue una experiencia cercana al masoquismo. Y eso cuando había arcén. Por suerte, el tráfico era más bien escaso.  Ya con la reserva, aparecieron las primeras casas en lontananza. Pero Rota no es ningún pueblecito marinero,sino una ciudad bastante extensa y aún empleé media hora más en llegar al centro. El cansancio y las prisas por encontrar la estación para coger el último autobús del día, hicieron que no prestara mucha atención a los encantos del lugar.
 A la entrada del puerto, pregunté a un señor por la estación. Mi ánimo acabó de derrumbarse cuando me dijeron que cogiera un autobús urbano, ya que estaba muy lejos. Pero a la vez que me hundía, el simpático roteño me dio la tabla de salvación, recomendándome coger el barco. Efectivamente, había un barco de transporte público que unía Rota con Cádiz, al mismo precio que el autobús. Saqué el billete para una hora después, e invertí ese lapso para visitar Rota con un poco de calma. No es Sanlúcar, pero no está mal.
Rota

El paseo en barco hasta Cádiz, me permitió relajarme, respirar la brisa marina y descansar del día tan extenuante que había tenido. Falta me iban a hacer las fuerzas, pues la noche se presentaba movida.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Granada (y II)

 Para empezar el día, había pensado en hacer un  tour gratuito por el centro de la ciudad.
 Al llegar al punto de reunión, me encontré con dos empresas distintas que hacían exactamente lo mismo. Ya la teníamos liada. Con lo que me cuesta tomar decisiones...
 Había unas listas para apuntarse, y lo hice en la que había menos gente, por aquello de repartir la riqueza (aunque sea más bien de derechas, tengo algún tic comunista). Lo que no me había fijado es que mi tour salía media hora más tarde. Así que, aparte de tener que esperar un rato más para empezar, vi como empezaba a venir gente hasta formar un grupo de enjundia. Afortunadamente, nos dividieron en 3. No puede decirse que salir mal parado en el reparto, ya que mi guía fue presentada como "miss free tour". Además  demostró mucho conocimiento y, sobre todo una gracia natural que hizo muy amena la visita.
Tour "gratuito" por el centro de Granada
 Recorrimos el centro de Granada que, a pesar de no ser tan reconocido como la Alhambra y el Albaicín, tiene mucho que ofrecer. La única nota negativa del paseo, fue que ya,casi al final, la hasta entonces intachable guía, nos dejó en un bar durante unos 15 minutos para que "descansáramos". Con el calor reinante, era difícil evitar echarse un trago, que, para más INRI ofrecía una tapa irrisoria. Buen chico yo para caer en la trampa... Tampoco lo hizo una pareja valenciana a la que tampoco le pareció muy bien la jugada. Al final del tour me fui con ellos a echar un trago donde, esta vez sí, daban una tapa digna de tal nombre.
 Para el segundo día, ya no sólo buscaba una cama para descansar. Quería algo de interacción social en mi alojamiento. Así que fui que volví a la residencia  a coger el maletón y me dirigí a un albergue más cercano a la Alhambra y con más vidilla. El estilo sobrio y un poco retro del primer establecimiento dio lugar al colorido y estilo juvenil del segundo.
 Tocaba compartir cuarto, y en ese momento había una coreana que, para mi decepción morboso-sociológica, no era del norte.
 Había llegado el momento de visitar la Ahambra, o por lo menos acercarme todo lo posible a ella, ya que no había conseguido entrada. Hay que sacarla con muchos días de antelación.
  Probé suerte en la taquilla, pero no coló. Así que recorrí los aledaños y pude hacerme una ligera idea de lo que me había perdido. Hay que ver el lado bueno: ya tengo excusa para volver a Granada.
Poderosa tapa
 Nada mejor que una poderosa tapa para subir la moral y estar preparado para el segundo tour del día: Sacromonte.
 Empezamos internándonos por el Albaicín, auténtico laberinto de callejuelas estrechas y llenas de encanto. Según nos comentó la guía, hace unos años, esta zona estaba totalmente degradada. Pero de un tiempo a esta parte, se ha puesto de moda y las casas alcanzan precios astronómicos.
Magníficas vistas
 Conforme ascendíamos por las empinadas cuestas, las vistas sobre la Alhambra y el resto de la ciudad mejoraban. Llegamos incluso a salirnos del casco urbano subiendo una colina, en la que, al otro lado nos esperaba el barrio del Sacromonte, conocido por la presencia de cuevas excavadas en la roca a modo de viviendas y la presencia de numerosos tablaos flamencos. Sin duda, una visita que merece la pena, por ser algo totalmente original.
 Al final de la ruta, la guía, que siempre había hablado de "tour gratuito", demostró su timidez al finalizar el recorrido sin solicitar el "aguinaldo". Nos dejó un tanto desconcertados (soy niunclavelista, pero hasta un límite), hasta que un hombre exclamó: ¡Pero te podremos dar una propina!. Y así lo hicimos, ante su azoramiento que, seguramente será mucho menos cuando se foguee en el oficio.
Sacromonte
 Ya de vuelta al albergue, vi que organizaban una ruta de tapas. A pesar de que cobraban 3 euros, no dudé en apuntarme en aras de socializar un poco.  Mientras esperaba la hora, entablé conversación con una italiana que estaba merodeando mientras sus compañeros de cuarto dormían.  La convocatoria no tuvo mucho éxito y se suspendió por falta de quórum. Pero yo quería tapas, así que le propuse a la italiana que creáramos nuestra propia ruta, y junto a una inglesa que acababa de llegar al hostel, partimos al corazón de la ciudad.
 Habiendo tantos bares donde elegir, nos costaba un poco decidirnos, y anduvimos un poco errantes. Quizá hizo que la transalpina se despidiera súbitamente del grupo tras haber disfrutado de una sola tapa. ¿Acaso la "despedida a la italiana" sea un híbrido entre la convencional y la francesa? Es decir, digo adiós, pero de repente y sin dar ninguna exlicación.
 El nuevo grupo hispano-británico fue más operativo y tras la segunda tapa fuimos a un mirador situado en el Albaicín con vistas a la Alhambra, que estaba muy animado, con improvisados guitarristas y cantaores.
La conversación con Beccah fue más que interesante, y supuso un gran colofón para mi estancia en Granada. Ni siquiera lo empañó el que apenas pudiera dormir en el albergue, entre otras cosas, por el molesto ruido del ventilador con el que contaba mi habitación. ¿O será que las emociones que provoca este monumento hecho ciudad que es Granada hacen que sea difícil conciliar el sueño?

jueves, 24 de septiembre de 2015

Granada (I)

  Ahora que parece que el mercurio se está encogiendo, es hora de narrar mis viajes estivales con un poco de perspectiva.
 Como me suele pasar, y debido a uno de mis defectos, que es la procrastinación, me suele "pillar el toro" y no acabo de materializar mis proyectos más ambiciosos. Esta vez se trataba de viajar a las entrañables Islas Filipinas, pero cuando me di cuenta de que, entre otras cosas, no llegaba a vacunarme ni de casualidad, decidí cambiar de planes, aprovechando que entre mis virtudes está la capacidad de improvisación y el talento natural.
 Así que decidí montar sobre la marcha un viaje por Andalucía, tierra que he visitado un par de veces, pero que seguía siendo una gran desconocida para mí.
  Quería dejar todo cerrado, así que la noche anterior a mi partida, en un esfuerzo logístico de envergadura, reservé todo el alojamiento y los desplazamientos.
 Hábilmente, hice coincidir este viaje con el grueso de las fiestas patronales de Huesca que, aparte del mítico Chupinazo del primer día, no justifican, a mi entender, emplear una valiosa semana de vacaciones en salir de marcha todos los días, que es lo que acabo haciendo siempre.
 Mi periplo hacia el sur empezó a las 7 y media de la mañana, en un autobús que me llevó a Zaragoza en compañía de muchos jóvenes que habían "disfrutado" de la noche laurentina y volvían a sus lugares de origen (principalmente Almudévar y Zaragoza).
 En la capital del Ebro hice trasbordo cogiendo otro autobús que me llevaría a Granada, previa parada en Madrid. La primera parte del viaje es bastante anodina, con paisajes muy vistos. De Madrid para abajo, se animó un poco la cosa. Y no es que las llanuras manchegas sean muy variadas. Pero, aparte de estar menos trilladas, cuentan con el encanto de haber sido pateadas, aunque fuera en la ficción, por el Ingenioso Hidalgo Don Quijote y su escudero Sancho.
En un lugar de la Mancha
 Tras cruzar el mítico Despeñaperros, el autobús hizo una parada en un área de servicio. Algo que no tiene ningún interés, a menos que se tenga la vejiga a plena carga. Pero en este caso supuso empezar a escuchar el entrañable acento andaluz (en una de sus múltiples variantes) que me iba a acompañar durante toda la semana.
 Casi 12 horas después de haber partido de Huesca, llegaba a la estación de autobuses de Granada, que está a las afueras. No me fue fácil encontrar el albergue. A falta de GPS o plano de la ciudad, contaba con una brújula y un esquema de calles principales, que, normalmente, no sirve para mucho. Pero lo cierto es que eso le da más emoción al asunto, y además da pie a interaccionar con la gente local, que muy amablemente, me fue orientando.
 Había planeado pasar dos noches en Granada. Astuciosamente, reservé alojamiento en dos lugares distintos, que se adaptaban a mis necesidades. La primera noche, tras el madrugón y la paliza de viaje, me alojé en una residencia universitaria con habitación individual, aunque con precio de habitación compartida para 10.
 La residencia en sí, y la zona universitaria se encontraban prácticamente vacías, así que no tardé mucho en enfilar mis pasos hacia el centro, que estaba bastante más animado. Aproveché para degustar mi primer "pescaíto frito" y me dirigí a los alrededores de la Alhambra. Como por mucho que escriba, no podré ni acercarme a expresar la impresión que produjo en mí ver semejante maravilla, me limitaré a poner una foto que, aunque sea mala, será mucho más gráfica.
Sin palabras
 Me interné por el Albaicin de noche y para completar la jornada, probé una de las inmensas tapas que dan fama a la ciudad.
Tapas de enjundia
 Gastronomía aparte, la primera toma de contacto con Granada, me había causado una gran impresión. Mucho que ver ( y que comer), en un entorno privilegiado.
  Como había previsto, la residencia universitaria fue un remanso de paz, lo que me permitió dormir con contundencia, y recuperar fuerzas para mi segundo asalto a la ciudad.

miércoles, 29 de julio de 2015

XL TRAVESÍA AL PANTANO DE ARGUIS

 El pantano de Arguis está situado a unos 20 km al norte de Huesca. Más destacable para mí que la belleza de su entorno entre montañas de la Sierra de Guara, es la carretera que lleva hasta él. En mi adolescencia, la subida a Arguis en bici era una de las etapas más míticas de nuestra particular "Vuelta a Huesca", con sus 6 kilómetros de exigente (para nosotros) subida. Más de una vez me hubiera dado un chapuzón en sus aguas, pero nunca me decidí.
 Hasta que hace unos días vi un cartel en la calle anunciando una prueba de natación en el pantano. Mi único contacto con el líquido elemento (higiene personal aparte) este año han sido dos baños cerca de Salou y unos chapuzones en Benidorm. Pero mi estado cardio-vascular es bastante bueno debido a mi afición por correr. Así que lo tenía medio pensado cuando en un foro de whatsapp (sí, alguna vez tienen utilidad práctica) una chica manifestó su deseo de participar . Ello me dio el empujón que me faltaba.
 El día de antes, y para dar mayor imagen de profesionalidad, me hice con un bañador semipaquetero, un gorro y unas gafas, con los que mi parecido a David López Zubero era asombroso. Evidentemente en la actualidad, no cuando ganó la medalla en Moscú.
 Al llegar al pantano vi que mis rivales iban a ser de enjundia. La mayoría lucían distintivos de clubes y se los veía muy finos. Mi amiga no es Mireia Belmonte, pero por lo que me dijo, llevaba muchas horas de piscina este año. Así que el farolillo rojo llevaba mi nombre...si conseguía terminar.
 La prueba consistía en nadar hacia una isla situada en medio del pantano, rodearla y volver al mismo punto, lo que suponían 1200 metros de nada. La ignorancia es atrevida, así que yo estaba de lo más confiado esperando empezar la travesía.
 La salida fue un momento un poco comprometido. La temperatura del agua era agradable, pero yo no estoy acostumbrado a nadar rodeado de gente. Y hay que estar muy atento para no chocar con los brazos y piernas que aparecen por todos los lados.
Foto cortesía de radiohuesca.com
 No duró mucho ese problema, ya que, al poco tiempo, empecé a descolgarme del pelotón. Y no solo eso. Me estaba empezando a quedar sin fuerzas. Mi salida "explosiva" había sido una temeridad. Me preguntaba cómo iba a ser capaz de acabar, siendo que la isla aún se veía lejana.
 Intenté mantener un ritmo lento, pero regular. Aun así, me desfondaba por momentos. Probé a nadar de espalda, o a braza, pero apenas avanzaba. Así a lo tonto vi que la isla estaba a tiro y me motivé para seguir en mi empeño.
 Lo que parecía un islote minúsculo desde la orilla, asemejaba Gran Bretaña visto desde cerca. Con mucho sufrimiento, conseguí ganar las costas del norte de Escocia, y cual barco derrotado de la Gran y Felicísima Armada tomé rumbo sur para volver a mi origen.
 No hizo falta que me hostigaran desde las costas de Irlanda. Iba con la reserva, mis movimientos eran cada vez menos gráciles, y cada dos o tres brazadas me echaba un traguito de agua al cuerpo.
 En este tramo se me acercaba de vez en cuando una lancha con voluntarios, supongo que preparados para echarme el lazo en cuanto me hundiera sin remisión.
 Pero si algo soy, es tenaz, y es muy difícil que me rinda. No siempre es algo positivo. No tenía ninguna necesidad de acabar esta prueba que me estaba matando. Pero mi orgullo (otro que tal baila), me impedía subirme a la lancha de salvamento.
 Así que tirando de casta fui poco a poco acercándome a la orilla, hasta que vi una figura a mi izquierda. Pensaba que iba el último con diferencia, pero mi amiga, que había regulado mucho mejor que yo su esfuerzo, me estaba dando alcance y superando. En un gesto de compasión, fue a la par conmigo hasta que llegamos a la deseada orilla. Estaba totalmente exhausto y me costaba mantenerme en pie. Parece mentira que un ejercicio que parece tan ligero pueda cansar tanto. Y más si se hace sin la preparación adecuada.
 En cualquier caso, pude sobrevivir a la experiencia, aunque con unas agujetas que me duraron una semana, y la lección bien aprendida.
 Dos semanas después volví al "lugar del crimen" con un amigo. Hacía una tarde deliciosa, y el baño en el pantano de Arguis, sin competir contra nadie ni tener que demostrar nada fue maravilloso.

domingo, 12 de julio de 2015

Estambul (y III)

 Para el sábado, tenía prevista una de las actividades que más me gusta realizar en mis viajes: el contacto con la gente local. Había quedado con una chica de Estambul que había conocido en internet unos años antes. Como habíamos quedado al mediodía, aproveché la mañana para darme una buena pateada, que me condujo al barrio de Besiktas. Este distrito me evoca inevitablemente al equipo de fútbol. Quería ver si podía ser recordado por alguna otra cosa.
 Besiktas se asienta sobre unas colinas situadas junto a la línea de costa del Bósforo. Me dio la impresión de que era una de las zonas más acomodadas de la ciudad, con tiendas de las principales y más caras franquicias, además de numerosos locales y cafeterías de bastante nivel. Interesante, pero poco atractivo desde el punto de vista turístico.
 A mediodía se produjo en encuentro en la plaza Taksim. Tenía mis dudas sobre cuál sería la forma adecuada de presentarse ante una mujer musulmana. Mis "pajas mentales" se disiparon cuando Yesim me recibió con un caluroso abrazo.
 Nos dimos una buena pateada hasta llegar al barrio de Ortakoy, una zona bohemia a orillas del Bósforo repleta de terrazas y cafés. Nos sentamos en uno de ellos para tomar el clásico y enjundioso "desayuno turco". No soy mucho de desayunar fuerte, pero como dicel el refrán..."allá donde fueres, haz lo que vieres". Y al fin y al cabo era ya más de la  una de la tarde.
El mítico desayuno turco

 Con el estómago saciado de manjares otomanos, fuimos a un barco que realizaba un paseo por el Bósforo. Típica turistada que no deja de tener su encanto.
 Pero a mí el paseo en barco que más me interesaba era el que permitía pasar al lado asiático de la ciudad. Mi anfitriona se extrañó de mi interés (supongo que para ella es sólo otra parte más de Estambul y además sin demasiado encanto). Pero para mí era la puerta al mágico y misterioso continente asiático.
 Así que cogimos un ferry con menos alharajas que el anterior, y en apenas un cuarto de hora pude poner pie en Asia, emulando a grandes exploradores como Marco Polo, Legazpi o Urdaneta. El histórico acontecimiento tuvo lugar en el barrio de Üsküdar.
 Evidentemente, y a pesar de mis expectativas, no encontré ni caravanas de mercaderes, ni palacios con princesas, pero lo cierto es que la zona tenía bastante encanto.
 Destacaba un mercado de pescados con mucha variedad y frescura, amén de todo tipo de restaurantes y tiendas, entre las que me llamó la atención una dedicada en exclusiva a la venta de huevos. Ya sé que en España hay hueverías, pero venden otras cosas además. Y debía ser bastante buena, a tenor de la cola que se formaba delante de ella.
La tienda de los huevos

 Volvimos a la parte asiática cogiendo un metro que circulaba bajo el lecho marino y que había sido construido recientemente.
 Intentamos visitar la imponente Mezquita Azul, que es considerada la más importante de la ciudad. Vano intento, pues era hora de oración. Aunque a mi amiga le dejaban entrar, mi condición de cristiano viejo me impedía el acceso en ese momento. Gentilmente, mi anfitriona tampoco entró. Estuvimos un rato por las inmediaciones y nos despedimos. Yesim, cuenta con un cicerone cuando vengas a Huesca.
 Un rato después, me volví a encontrar con el compañero de Zaragoza, que empezaba a estar más que "mosca" con el conserje de su hotel. Tenía que comentarle una cosa y lo acompañé.
 El  empleado era un personaje curioso, un "pelota" y "bienquedar" profesional, que me llamo "amigo" 4 ó 5 veces, mientras no paraba de hablar bien de los españoles en general. Pero sus palabras y sus hechos no concordaban demasiado, ya que, con todas las buenas maneras del mundo, le pidió al maño que se cambiara de habitación esa noche. Parecía una jugada un tanto irregular, pero tras ver que la nueva habitación era correcta, mi compañero accedió.
 Nos despedimos de la gastonomía estambulita, con un kebab, como no podía ser de otra forma, y luego nos despedimos nosotros. Para mí, los buenos compañeros de viaje son aquellos que no lo limitan y además lo enriquecen. Fernando fue uno de ellos. Hace poco me lo encontré en la estación de Atocha de Madrid. Como dice el refrán..."Dios los cria y ellos se juntan".
 Ya de vuelta en el albergue, me encontré dos nuevas compañeras de cuarto, australianas ellas. Me contaron que habían venido a Turquía seleccionadas por su gobierno para conmemorar la batalla de Galípoli, donde británicos y australianos sufrieron una auténtica escabechina a manos del ejército turco (que tampoco se fue de rositas) en la Primera Guerra Mundial.
A la mañana siguiente me despedí del entrañable conserje luso-brasileño y dí mi último paseo por Estambul hasta la plaza Taksim. Como de costumbre, me encontré con muchos retratos de Atatürk, artífice de la modernización del país, y una figura muy venerada por la gran mayoría del país. A veces me pregunto si en España tenemos un Atatürk (o un De Gaulle, o un Churchill o un Adenauer), pero me temo que somos demasiado cainitas para que una personaje sea unánimemente (o casi) apreciado.
Atatürk: Omnipresente en la ciudad

 Afortunadamente llegué con tiempo de sobra al aeropuerto. De otra manera, hubiera tenido problemas, ya que había que pasar nada menos que tres controles: dos de maletas y uno de pasaportes.
 A pesar de que habían sido bien aprovechados, mis tres días en Estambul me dejaron con más ganas de volver. Habrá que hacerlo, pero sin perder de vista que aún queda mucho mundo por recorrer.