Esta vez no me quería perder el museo de la emigración.No todos los días le dedican a uno un museo. Así que, tras coger esta vez sí, la línea correcta conseguimos llegar al sur de Manhattan a una hora más o menos decente. La idea era coger un barco que te lleva primero a la Estatua de la Libertad y luego a la isla de Elis, antes de devolverte a Manhattan (que al fin y al cabo es otra isla). Un poco antes de llegar al muelle vimos partir un barco. Pensé:5 minutos antes y lo pillamos. Nada más lejos de la realidad. Al sacar nuestro pasaje, la vendedora nos dijo que nuestro barco saldría en una hora y media. Entendí a qué se refería cuando vi la kilométrica cola de gente que había tenido la misma feliz idea que nosotros. Así que tocó esperar exactamente la hora y media prometida. Antes de subir al barco tuvimos que pasar un exhaustivo control policial, escáner incluido. Cada día nos ponen más difícil esto de atentar.
Las vistas sobre Manhattan eran aún mejores desde este barco que desde el que va a Staten Island (por algo las habíamos pagado). Y no digamos sobre la Estatua de la Libertad. La hora y media de cola nos obligaba a elegir estatua o museo, ya que no daba tiempo a visitar ambas cosas. Puesto que sólo nos dejaban subir al pedestal de la estatua y que desde el barco se veían unas colas de impresión, nos decantamos por el museo. El trayecto estuvo amenizado, no sólo por las vistas, sino por un grupo de tinajeras francesas muy simpáticas. Estaban lideradas por una de ellas que las abroncaba (cariñosamente, eso sí) cada vez que le hacían una foto y no estaba acorde al divismo que la acompañaba. Ya en la isla de Ellis empezó lo serio. El museo de la emigración está en el edificio que fue aduana de Nueva York. Aquí desembarcaban los emigrantes a la espera de que las autoridades les concedieran el permiso para entrar en el país e iniciar una nueva vida. Pasamos unas tres horas recorriendo el museo, repleto de objetos, fotografías, testimonios e información muy interesantes. Para muchos de ellos, provenientes de zonas rurales, llegar a una ciudad como Nueva York debió ser una experiencia fascinante.
Una vez debidamente culturizados volvimos a tierra firme y nos dedicamos a buscar la "hora feliz" en la que muchos garitos ofertan cervezas a buen precio a la caza del ejecutivo que sale de trabajar. Como nos suele pasar, pateamos y escaneamos mucho, pero no nos decidimos por ningún garito en especial. Ya pasada la hora feliz, entramos en un pequeño bar que no tenía mala pinta. Mi amigo abogaba por el "in&out", pero en ese momento un grupo iba a empezar una actuación. Música en vivo. Algo que en más de un año en Inglaterra sólo he podido saborear una vez (un imitador de Elvis). Así que nos quedamos y presenciamos el concierto. Se trataba de una cantante melódica llamada Aimee Bayles, acompañada de un piano, una batería y un contrabajo. En condiciones normales, tampoco me hubiera llamado la atención. Pero estábamos en Nueva York, y aquí todo es más importante. Fueron apenas 25 minutos de una música plácida que se agradecía en una semana ciertamente ajetreada. Acabada la actuación, volvimos a las calles neoyorquinas en busca de otro garito donde seguir la noche. Mi amigo no paraba de preguntar por la calle en busca del dorado en forma de bar. "Curiosamente", las personas interpeladas solían ser mujeres, generalmente de muy buen ver. Una francesa nos recomendó un garito y nos dirigió hacia una zona en la que volvimos a preguntar a otra chica, esta vez estadounidense. Mientras nos aconsejaba el local donde ya habíamos estado viendo el concierto, por el otro lado de la calle volvía a aparecer la francesa que habíamos visto media hora antes, y que nos volvió a recordar el nombre del garito que nos había recomendado anteriormente. Es decir, se nos empezaban a repetir las caras y los lugares. Definitivamente nos estábamos haciendo con la noche neoyorquina. Seguimos pateando un rato más, pero yo ya no quería llegar a ningún sitio concreto. Dar vueltas sin rumbo fijo por Nueva York con una amigo tan pototeador es de lo más divertido.
