domingo, 1 de septiembre de 2013

Coimbra

A la hora de determinar los hitos de nuestro viaje, se presentó la duda de pernoctar en Évora o ir directamente a Coimbra tras haber visitado el Algarve. Elegimos la segunda buscando un mayor equilibrio norte-sur, pero había oído muchas cosas de Évora, y no me la quería perder. Es el drama del viajero curioso que quiere verlo todo, sabiendo que no es posible. ¿O sí? El cielo se abrió ante mis ojos cuando en la estación de Albufeira comprobé las combinaciones que unían esta ciudad con Coimbra.
La expedición más convencional empleaba unas 5 horas, pasando por Lisboa y supongo que tirando de autopista. Otra más audaz, necesitaba de 9 horas, pero hacía parada en unas cuantas ciudades, entre ellas Évora y nada menos que una hora. Nuevamente surgieron las discrepancias con mi compañero. Yo se lo dejé claro. Si quieres coge el "exprés", que yo haré la ruta larga. Triunfó el sentido común (desde mi punto de vista) y acabó por acompañarme. Estas 9 horas de trayecto fueron una auténtica delicia. El autobús se internó por carreteras secundarias, atravesando numerosas localidades, a cual más pintoresca. El plato fuerte fue la parada de una hora en Évora. Dejé a mi amigo en la estación y fui a hacer una visita relámpago. Valió la pena. No en vano se dice que Évora es una ciudad-museo. Haciendo una analogía, podría decir que es una es pecie de Toledo a la portuguesa. No hubiera sido mala opción para emplear un día entero.
Proseguimos el viaje entre privilegiados paisajes hasta que, casi sin darnos cuenta, llegamos a Coimbra, ya a punto de anochecer. No es fácil orientarse en una ciudad grande, y menos si es de noche y no se lleva un mapa. Así que nos costó lo nuestro llegar al albergue, que además estaba bastante lejos de la estación. El trayecto por calles anodinas no prometía mucho. Pero el voltio que dimos tras la cena nos permitió darnos cuenta que la fama monumental de Coimbra no es inmerecida.
A plena luz del día pudimos apreciar mejor la grandiosidad del campus universitario, las intrincadas callejuelas y las pinterescas plazas que hacen una delicia pasear por la ciudad. Eso sí, habrá que volver algún día del curso para ver el ambiente que producen los numerosos estudiantes de la universidad con más solera del país vecino.
Aprovechamos la presencia de un restaurante junto a la estación de autobuses para comer a precios de risa y nos dirigimos a nuestro próximo destino, dirección norte.

viernes, 16 de agosto de 2013

Albufeira

Sólo una hora de autobús separa Lagos de Albufeira, también en la costa del Algarve. Entre ambas hicimos parada en una especie de Benidorm a la portuguesa llamado Portimão. Afortunadamente, nuestro destino tenía un mayor encanto arquitectónico, aunque las hordas de turistas eran mayores que en Lagos.
Siguiendo la tradición, tocó pateada hasta el albergue y protestas de mi compañero. La estación de autobuses está muy a las afueras.Pero no fui yo quien decidió su ubicación.
Tras unas cuantas consultas al plano de la ciudad, llegamos a una calle comercial donde estaba el hostel. Vimos el cartel, pero no la puerta. Hasta que una señorita salió de una tienda y nos dijo que entráramos. En el mostrador de la misma se recibía a los clientes del albergue. Así, mientras una empleada nos tomaba los datos y nos cobraba, otra le vendía un vestido a una turista británica. He estado en muchos hostels, pero nunca había visto nada igual.
Esta vez tocaba, por fin, compartir habitación con más gente, aunque encontramos nuestro cuarto vacío el llegar. Las instalaciones eran muy limpias y modernas. Además estaba muy cerca de la playa. Así que enseguida bajamos a darnos un chapuzón. La playa estaba bastante bien, muy grande y con arena fina. Pero no era tan característica como las que habíamos visto en Lagos.
Después del baño, salimos a recorrer la ciudad. A pesar de ser un centro turístico importante, Albufeira ha sabido mantener su encanto arquitectónico. Hay rincones realmente bellos y los rascacielos que abundaban en Portimão, brillaban aquí por su ausencia. Aprovechamos el paseo para entrar en un ciber y reservar alojamiento para el día siguiente. Lo de dejarlo todo atado antes de salir da bastante tranquilidad, pero encorseta mucho el viaje. Esta vez hicimos un poco de previsión y otro tanto de talento natural e improvisación.
Al volver al hostel nos encontramos con dos compañeras de habitación. Se trataba de dos alemanas que hablaban muy buen español, ya que habían estado de Erasmus en Jaén. En la cena también coincidimos con un grupo de españoles, que habían hecho la compra de provisiones entre las que la cerveza ocupaba la mayor parte del volumen.
Salimos a dar un voltio por la noche y ahí si que por momentos parecía estar en Benidorm. Calles atestadas de gente, letreros en inglés y música disco a tutiplén. Pero eso es para turistas que se pegan menos tute que nosotros, así que nos volvimos pronto a dormir. O a intentarlo, porque nuestro albergue estaba situado muy cerca de la acción, y la música y los gritos hacían difícil conciliar el sueño.
Eso de que la playa fuera convencional no me dejó satisfecho. Así que al punto de mañana me fui a hacer una incursión por la costa. Pasé por un puerto deportivo y me encontré con una carretera. A un lado había unas colinas y detrás el mar. Así que me metí por un camino y empecé a subir. En medio de la cuesta me encontré una estampa interesante. Delante de mi había un asentamiento chabolista con caballos y al fondo se veían bloques de apartamentos en la ladera de una loma. Ciertamente me estaba alejando de cualquier ruta turística. Al llegar arriba pude por fin ver el mar y la costa en forma de acantilados rocosos. A un par de kilómetros se veía una cala con bastante encanto, pero ya no me daba tiempo. Así que volví por donde había venido. Iba un poco apurado de tiempo, pero el paseo me había sofocado bastante. Así que me di un baño-express en la playa, una ducha aún más express en el albergue y nos marchamos a la estación de autobuses. Esta vez le hice una concesión a mi amigo y fuimos a una parada a coger un autobús que dejaba en la estación. Esperamos un buen rato y allí no aparecía nadie. Así que tomé la decisión (muy discutida) de ir a pata. No podíamos arriesgarnos a perder nuestro enlace. No fue para tanto y a los 20 minutos estábamos allí. Nos despedimos de la costa y tomamos rumbo al norte.

Lagos

Cumplidos los objetivos planteados en nuestra visita a Lisboa, tocaba cambiar de aires. En este caso, nos dirigimos al Algarve, región situada en el extremo sur de Portugal, famosa como destino turístico por sus bellas playas. Para llegar allí cogimos un autobús que nos iba a dejar en la localidad costera de Lagos.
Los primeros kilómetros del viaje fueron espectaculares. Para salir de Lisboa atravesamos un puente de 16 kilómetros(el más largo de Europa) sobre el estuario del Tajo. Lamentablemente, el resto del trayecto se desarrolló a través de una monótona autopista, que no pasó cerca de ningún núcleo de población.
A pesar de que Lagos es una ciudad bastante pequeña, también nos tocó patear un buen rato hasta llegar al albergue, bajo un sol aún más intenso que el lisboeta. No tardó mi compañero de fatigas en empezar a quejarse. Pero las únicas alternativas eran haber reservado un alojamiento mejor situado o coger un taxi. Nada de ello tiene cabida en un viaje de bajo coste que se precie. Al final, el hostel tampoco estaba tan mal situado. Cerca de una playa y a unos 10 minutos andando del centro (si se sabía el camino). El encargado nos recibió con gran amabilidad. Había vivido unos años en España, lo que no sólo ayudó en la comunicación, sino que no hubo que darle ninguna explicación cuando le dijimos que veníamos de Huesca, como suele ser habitual. Dejamos nuestra huella en forma de alfiler clavado en un mapamundi en el que se reflejaba la procedencia de los huéspedes allí alojados.
Esta vez la habitación doble contaba con dos camas. Dejamos nuestros enseres y nos acercamos al centro. Realizamos el clásico escaneo para escoger garito donde llenar la panza y tras rechazar uno donde se nos ofrecía una hambuguesa de "galhina frita", nos decantamos por el siempre resultón kebab. Despreocupados del trámite del llantar, pudimos centrarnos en apreciar la belleza intrínseca del lugar. Lagos es un pueblo encantador, con casas de fachadas blancas que combinan muy bien con el clásico empredrado portugués. Un lugar apacible, si no fuera porque está repleto de turistas. De todas formas, Lagos está lejos de la masificación tan frecuente en nuestras costas. En definitiva, un buen lugar para estar un tiempo y tomárse las cosas con relativa tranquilidad (justo lo que no hemos hecho en este viaje).
Volvimos al hostel, no sin antes parar en un supermercado para comprar viandas para la cena, y nos fuimos a dar un voltio por la costa. Visitamos un faro cercano y nos deleitamos con las playas. La clásica imagen de las playas del Algarve con las formaciones rocosas erosionadas cerca de la orilla se hacía por fin realidad. Pero no nos conformamos con el placer estético, así que nos pusimos el traje de faena y bajamos a la arena. Ya estaba atardeciendo y los acantilados ocultaban la luz del sol. Así que, aparte de que la temperatura no era ya muy agradable, no se veía ni torta a través de mis gafas recientemente adquiridas en Benidorm. Habría que esperar a la mañana siguiente para darse un baño en condiciones.
Era hora de cenar, así que aprovechamos otra de las ventajas de los albergues, que es el poder disponer de una cocina. Los raviolis de sobre con salsa de tomate de caja nos quedaron estupendos. Además hacían muy buen maridaje con las cervezas "Sagres" que nos habíamos agenciado. Aprovechamos para conversar con un par de canadienses de Montreal y esperamos a las 11 de la noche, hora a la que se supone que la gente del hostel se juntaba para salir a echar unos tragos. Por lo que contaban, la noche anterior había sido de órdago, así que la mayoría de gente se rajó. Nos quedamos hablando con una belga que tampoco iba a salir, así que mi amigo y yo nos fuimos los elegidos para defender el honor del albergue. No lo hicimos muy bien, ya que a la una se me acabaron las pilas y nos retiramos. Eso sí, se veía bastante ambientillo por los baretos.
A la mañana siguiente pude por fin darme un baño en condiciones y sacarle partido a mi humilde equipo de buceo. La estampa de la playa era totalmente mediterránea, aunque la temperatura de las aguas, nos recordaba que estábamos en el Atlántico. Ya habíamos cumplido nuestro deber, así que recogimos nuestras cosas, nos despedimos del dueño del albergue y nos dirigimos a la estación de autobuses donde sacamos un billete para nuestro siguiente destino: Albufeira. Aprovechamos el tiempo de espera para ir a un bar donde degusté un "cachorro", que es como llaman los lusos a los "perritos calientes".

martes, 13 de agosto de 2013

Lisboa

Ya había visitado una vez Lisboa hace unos años, y me había dejado un buen sabor de boca. Me había quedado pendiente escuchar unos fados en vivo, así que ese era el objetivo para el día que íbamos a pasar en la capital lusa.
Llegamos de buena mañana, tras un vuelo de apenas una hora. Cogimos el metro hasta una estación de autobuses donde aprovechamos para comprar el billete a Lagos, nuestro destino para el día siguiente. La estación estaba un poco a desmano, así que tocó una buena pateada de unos 45 minutos hasta el hotel bajo el fuerte sol lisboeta. Mi compañero de fatigas empezó a desmoralizarse y mormotear debido al complicado paisaje urbano de extrarradio al que nos enfrentábamos. Por suerte, al rato entramos en las zonas nobles de la ciudad, y el paseo se hizo más soportable.
Nuestro hotel (más bien una pensión) estaba muy céntrico, junto a la Plaza Rossio. Se ubicaba en un edifico con mucha solera(dicho así suena mejor que antiguo), pero las habitaciones (por lo menos la nuestra) estaban reformadas. Otra vez habíamos encontrado un chollo reservando la pieza por 25 euros. Además contaba con aire acondicionado y ducha propia. Aunque esta vez tenía gato encerrado: Se trataba de una cama grande en vez de dos. Bajé a recepción a ver qué se podía hacer, pero me dijeron que el hotel estaba completo y que todas las habitaciones dobles contaban con el mismo equipamiento. Dicen que la política hace extraños compañeros de cama. Lo mismo pasa con los viajes. Eso sí, esta situación me sirvió para doblegar la resistencia de mi colega a reservar habitaciones en albergues, donde por mucha gente que haya en cada cuarto, cada uno tiene su propia cama.
Era ya hora de comer, así que salimos en busca de la cuadratura del círculo: bueno, típico, barato y abundante. La búsqueda resultó infructuosa. Se estaba haciendo tarde y perdimos nuestra sangre fría entrando a comer en un garito de bocadillos súper-sanos, que ni era barato, ni bueno, ni abundante y ni mucho menos típico. Había que rehacerse de esta decepción, así que empezamos a comportarnos como auténticos turistas y fuimos a coger el tranvía típico que recorre el casco viejo de la ciudad (línea 28). Es una línea regular, pero la mayoría de los que nos montamos éramos turistas. Nada más empezar el recorrido, empezó a subir una empinadísima cuesta y se internó por barrios durísmos, que asustaban pese a ser todavía media tarde. En algunos momentos, los turistas que encontrábamos a nuestro paso nos fotografiaban, con lo cual, por primera vez en mi vida, me sentí una atracción turística.
Tras un paseo de algo más de media hora, el tranvía se detuvo y nos vimos obligados a desalojarlo. Hicimos de la necesidad una virtud y aprovechamos para patear hasta un teatro del centro, donde íbamos a asistir a un concierto de fado. Normalmente, este tipo de música se toca en restaurantes y se escucha mientras se cena, pero en ese caso se ofrecía solamente la actuación. El teatro estaba en una mezcla de edificio comercial y de oficinas, y el espectáculo era un poco "ad-hoc" para turistas, no se veía muy genuino. Pese a todo pude disfrutar de la sesión, ya que los músicos y cantantes parecían bastante competentes. No sé por qué, pero siempre me ha atraído la música tradicional lusa. Y sobre todo el sonido tan evocador de la Guitarra Portuguesa.
Aún quedaban horas de luz, así que proseguimos el pateo por la ciudad. El casco viejo lisboeta es enorme, con calles estrechas e innumerables cuestas. Algunas zonas están un poco "descojonadas", pero eso le da un aire genuino que a mí me atrae bastante (si viviera allí quizá no pensara lo mismo). El paseo por el barrio de Alfama nos regaló estampas inolvidables, con sorpresas a cada rincón. Numerosos restaurantes ofrecían cenas amenizadas con fados, lo cual, seguramente hubiera sido una mejor opción que el correcto, pero algo aséptico espectáculo que acabábamos de presenciar.
Tocaba cenar, y necesitábamos resarcirnos del craso error cometido en la comida. Mucho escaneo hasta que nos encontramos con un local que tenía muy buena pinta y ofrecía un menú por 9 euros. Además, el local estaba casi vacío, lo cual yo valoro muy positivamente (al contrario que la mayoría de la gente). Temblamos cuando nada más sentarnos, el dueño dejó sobre nuestra mesa unos canapés. Un amigo me había avisado del peligro que hay en Portugal de que te ofrezcan aperitivos y pan con mantequilla sin pedirlos y te los cobren al final. Esta vez no sólo no nos los cobraron, sino que el "bacalao a Bras" que nos pusieron fue una auténtica delicia. Con el estómago lleno y, sobre todo, nuestra moral reforzada pateamos en busca de algún sitio donde echar una cerveza. Nos costó, pero al final encontramos la zona de garitos. No sin ser abordados unas cuantas veces por individuos inquietantes ofreciéndonos marihuana y sus variantes. Nos conformamos con drogas más socialmente aceptadas y le hice mi particular homenaje a las Fiestas de San Lorenzo, pidiéndome una cerveza de marca "Laurentina".
Habíamos caminado con maletones por el arcén de una autovía, nos habíamos montado en un tranvía de madera que casi raspaba las paredes, nos habíamos internado por barrios durísimos y habíamos sido abordados por traficantes de drogas en plena calle. Pero aún quedaba lo más temible. Compartir cama con mi amigo. Como decían en la película "Amanece que no es poco", "un hombre en la cama es un hombre en la cama". Bromas aparte, tampoco fue tan terrible. De hecho, pude dormir bastante bien. Había que recuperar fuerzas después de un día tan movido, porque el día siguiente no nos lo íbamos a tomar a título de inventario. Tocaba poner rumbo al Algarve.

lunes, 12 de agosto de 2013

De Madrid al cielo

 Para mis vacaciones de este año había planeado un viaje a Portugal. La idea era ir en coche entrando por el norte del país y bajar hasta el sur, viendo la mayor cantidad de lugares posible. Al que iba a ser mi copiloto no le pareció tan buena idea, así que improvisamos un viaje en avión, más cómodo, pero que deja menos libertad de acción. Tras examinar todas las alternativas posibles, la que mejor salía de precio era hacer un vuelo de ida Madrid-Lisboa y volver una semana después a la capital de España desde Oporto.
 Para tomar el vuelo de ida, se podía hacer la machada de ir sin dormir al aeropuerto o hacer noche en Madrid. Elegimos esta última. Además de ser una opción más cómoda, permitía hacer una visita a Madrid, que siempre da juego.
A la hora de buscar alojamiento volvieron a surgir las diferencias con mi compañero de viaje. Yo soy partidario de buscar albergues, no sólo porque son más económicos, sino porque facilitan el contacto entre los huéspedes. En esta ocasión, le concedí a mi amigo el dormir en hotel, sobre todo porque el precio del alojamiento era realmente competitivo. Habitación doble por 25 € (en total). Se trataba de un hostal bastante moderno en el barrio de Salamanca. Estaba muy bien, y más a ese precio. El recepcionista nos ofreció una habitación con aire acondicionado y baño propio por 10 € más. No era mala jugada si se le hubiera ofrecido a unos no tan "niunclavelistas" como nosotros.
 Una vez asentados, quisimos aprovechar la tarde para patear Madrid. Empezamos por visitar las inmediaciones del Pirulí, que se veía desde nuestro hotel. Poco había que hacer por allí, así que tiramos para el centro pasando por la Casa de la Moneda, el Palacio de Deportes, La Cibeles y otros edificios con los que Madrid no deja de sorprender al paseante.
En la zona de Malasaña decidimos aprovechar una oferta muy tentadora: Un cubo de 5 botellines de cerveza con una ración de patatas bravas por 4 € (en algunos sitios de Huesca ya cobran más sólo por las patatas), que completamos en otro local con sendos trozos de pizza con boletus y trufa. Hasta comiendo pizza se puede ser pijo. No lo eran ni mucho menos dos personajes a los que suele catalogarse como "perroflautas" que se presentaron en el local. Uno de ellos preguntó al empleado "si tenía una pizza para Josu". El trabajador les ignoró, pero uno de los individuos, aprovechando un descuido, se subió al mostrador y se cogió un trozo de pizza, dándose a la fuga. Una de las frases preferidas por estos colectivos es: "La propiedad es un robo". En ese momento entendí su verdadero significado: Todo lo que esta gente tiene en propiedad es fruto de sus robos.
 Ya de vuelta al hostal, me di cuenta de que la plaza de toros de las Ventas no andaba lejos. Así que le rendimos vista y nos retiramos a nuestros aposentos. Nos esperaba una gran faena que brindamos a todos nuestros lectores.

viernes, 5 de julio de 2013

5 km Carrera Nocturna de Calella

Aprovechando los 3 días de puente que tengo cada semana (hace poco más de un año, mis "puentes" eran de un día), nos fuimos un amigo y yo a pasar el fin de semana en Calella, localidad costera del Maresme barcelonés. Fue un fin de semana interesante, que si las musas me visitan dará lugar a una crónica aparte. En ésta me voy a centrar en uno de los acontecimientos más destacados: Una carrera popular.
El viernes por la tarde-noche, mientras paseábamos por la populosa calle principal de Calella, me fijé en un cartel que anunciaba una serie de 3 carreras nocturnas a que se iban a celebrar en la comarca. Casualmente, la primera de ellas iba a ser en Calella al día siguiente. En ese momento descubrí cuan útil es que un amigo disponga de un Smartphone con tarifa de datos. Gracias a él y a su "Samsung" pude visitar la web de los organizadores y realizar la inscripción en línea. Se suponía que el plazo de inscripción había expirado hacía unas horas, pero el sistema me dejó hacer el pago, así que me di por apuntado.
 Un profesional del ramo se hubiera cuidado hasta el momento de la carrera. Como yo no lo soy, salí esa noche de marcha, fui a patear a la mañana siguiente, estuve unas cuantas horas en la playa, y a las 20 h (una hora antes de la prueba) me fui a echar una cerveza. Apuré tanto que no me dio tiempo a calentar. No es lo mejor para afrontar una prueba tan explosiva como un 5000. Como tampoco lo es (sobre todo estéticamente) correr con un bañador a cuadros.
A la hora de recoger el dorsal, por primera vez en mi vida atlética, me exigieron presentar el DNI. Para más INRI, no estaba en la lista de inscritos. Gracias al teléfono de mi amigo, les pude mostrar el correo de confirmación y me permitieron correr. Por lo visto, habían sacado el listado antes de cerrar el sistema de inscripción, lo que hizo que algunos nos "coláramos".
Como suele ser habitual, la gente salió en estampida. Teniendo en cuenta que no había calentado, procuré empezar suave, y aún así noté mi corazón desbocado a los pocos segundos. Mi veteranía me permitió encontrar un ritmo adecuado y mi poderosa máquinaria corazón-pulmón empezó a carburar en condiciones.
 La carrera consistía en dar dos vueltas a un bulevar que transcurre paralelo a la playa. A pesar de lo agónico del esfuerzo, pude apreciar lo agradable que es correr al atardecer junto al mar.
 Sin ninguna referencia (los kilómetros no estaban balizados), me limité a ir pasando corredores poco a poco hasta que, casi sin quererlo estaba afrontando la recta de llegada. Un esfuerzo final y pude acabar con un tiempo bastante decente, sobre todo dadas las circunstancias previas, de 21'19'' (a 4'16'' el km). En la llegada, la organización nos obsequió con agua, bebidas isotónicas y/o cerveza, además de una camiseta técnica, que, como es bastante habitual he regalado a mi padre (con las 10 ó 12 que uso habitualmente tengo bastante rotación).
En resumen, una carrera correcta, con un buen ambiente (local en su mayoría). Aunque para mí, lo mejor es haberme encontrado con ella por accidente. El "talento natural" a la hora de hacer turismo, da muchos sinsabores, pero a veces alberga gratas sorpresas.



martes, 2 de julio de 2013

Route du Sud: Menos es más

El incidente del otro día en el Tour de Francia en el que un autobús del equipo Orica se quedó bloqueado al intentar atravesar el arco del meta, es un ejemplo del gigantismo que se ha adueñado de la principal prueba por etapas del ciclismo mundial. Han sido numerosos años los que me he acercado al Pirineo francés para ver "in situ" tamaño espectáculo. Ciertamente es una experiencia grandiosa, pero al ver pasar a los ciclistas en sólo unos minutos tras estar esperando horas y horas, me pregunto si no estará el envoltorio ahogando al regalo.
El año pasado, aprovechando que había venido a Huesca en junio de vacaciones me acerqué al puerto del Aubisque a ver la Route du Sud (Ruta del Sur), una prueba de 4 etapas humilde, pero no exenta de calidad y belleza. Este año, tampoco podía faltar a la cita.
En este caso, mi hermano, un amigo y yo, planeamos ir al puerto de Balès, un coloso pirenaico, que iba a ser el último puerto del día en la etapa que acababa en Bagnères de Luchon. A diferencia de lo que se estila al ir a ver la "Grande Boucle", donde hay que hacer noche o pegarse unos madrugones de escándalo, ya que cierran la ruta con varias horas de antelación, en este caso basta con llegar unos minutos antes. De hecho, pudimos subir parte del primer puerto que afrontaban en la etapa (Peyragudes), dejar el coche a un lado, y esperar un rato a que pasaran los ciclistas. En este caso, la carrera apenas se había roto y los participantes se veían bastante enteros.
Una vez pasaron, nos dirigimos a la cima del Port de Balès, un puertaco de 19 km y casi 1200 m de desnivel. En la cima había bastante ambiente, con numerosos aficionados, en su inmensa mayoría franceses. Mi amigo se llevó una bici y se hizo el puerto enterito, mientras mi hermano y yo decidimos aprovechar el privilegiado entorno natural para correr un rato. Impresionaba ver nieve a los lados del camino en pleno mes de junio. Y aparte de impresionarnos, nos impidió correr todo lo que hubiéramos querido. La senda que pretendíamos seguir estaba bloqueada. Intentamos buscar otras subiéndonos a unas colinas y no las encontramos, pero las maravillosas vistas que pudimos presenciar desde allí compensaron todo. Un rato después pasó la caravana publicitaria. Más modesta que su "hermana mayor", pero con la ventaja de tener mucha menos competencia a la hora de competir por los regalos (la mayoría de las veces con poca o casi nula utilidad) que arrojan a los espectadores.
Ya quedaba poco para que los protagonistas hicieran su aparición. Nos pusimos en una curva a unos 500 metros de la cima, y esperamos. Nuestro amigo llegó de entre la niebla tras haber subido el puerto y se unió a nosotros. Al poco rato, apareció un terceto en el que destacaba el siempre combativo Thomas Voeckler, que al final se acabaría llevando la etapa y la general de la prueba. Tras ellos, la el pelotón que habíamos visto muy entero al principio del día en Peyragudes, estaba roto en mil pedazos. A la Ruta del Sur no suelen venir "primeros espadas", sino que son en su mayoría corredores en formación. Eso hace que las diferencias sean muy grandes entre los primeros (normalmente un grupo de veteranos o jóvenes que ya destacan) y los últimos.
Una vez que pasó el coche escoba, no tuvimos que esperar mucho tiempo hasta que pudimos coger el coche e ir rumbo a Bagneres de Luchon. Allí hicimos parada en un hipermercado para aprovisionarnos de alimentos franceses. Me gusta mucho la experiencia de visitar un supermercado cuando visito un país extranjero. Aunque parece que las multinacionales vayan a homogeneizar todo, siempre se pueden ver multitud de productos diferentes. En este caso se había agotado la leche cruda, una delicia casi imposible de encontrar en España, pero bastante habitual en el país vecino. Tras haber llenado el maletero de "especialités" francesas, nos dirigimos al centro de la ciudad en busca de un restaurante donde saciar nuestra hambre. Eran ya las 18h y nos habíamos saltado la comida del mediodía. Mala hora, ya que era muy tarde para comer, pero muy pronto para cenar hasta para los franceses. Así que, tras preguntar en unos cuantos restaurantes, encontramos uno donde nos pudieron servir. Se trataba de un garito de comida rápida bastante humilde. Los crêpes y paninis no eran una maravilla, pero nuestra hambre los convirtió en deliciosos. A la hora de pagar, nos sucedió algo ya recurrente. Es la tercera vez este año que se olvidan incluir algo en la cuenta y me intentan cobrar de menos. Digo que intentan, porque las tres veces he "reclamado". Es curiosa la reacción que ha coincidido en los tres casos. El mesonero o mesonera, lo niega primero, se sorprende después, y por último lo agradece.
Con la conciencia tranquila y el estómago lleno, dimos un voltio por la ciudad. Es pequeña y muy agradable, al pie de la estación de esquí de Superbagneres, y con unos baños termales en la misma población. El viaje de vuelta nos llevó a orillas del Garona, que bajaba con un caudal impresionante. De hecho, en un pueblo estaban haciendo unos diques en previsión de una crecida que, finalmente, se produjo unos días después. Si los paisajes pirenaicos franceses habían sido privilegiados, no se puede decir menos de los españoles. No recordaba haber transitado por la carretera de Bonansa a Graus. Esos paisajes que derrochaban quietud y belleza a partes iguales, ayudados por la luz del atardecer eran un espectáculo que suponía el postre perfecto a un día para recordar. La Ruta del Sur nos enseña que para ser bueno, no hace falta ser grande.