Nuestra entrada en tierras portuguesas se hizo por Lisboa, pero el viaje de vuelta partía del aeropuerto de Oporto. Esta hábil jugada nos permitió, no sólo ahorrarnos unos cuantos euretes, sino también visitar otra ciudad. Y no una cualquiera, ya que Oporto es una auténtica joya.
Estábamos un poco temerosos, ya que no sabíamos dónde nos iba a dejar el autobús que habíamos cogido en Braga, y preveíamos una compleja búsqueda del alberge en una ciudad tan populosa. Tras unos minutos de desconcierto, nos pudimos situar para darnos cuenta de que el alojamiento no andaba lejos. A los 15 minutos ya estábamos enfrente de un edificio antiguo, pero bien restaurado.
Una amable recepcionista nos atendió en español (así cualquiera) y pudimos comprobar que nuestras habitaciones (compartidas) contaban con muchos métros cúbicos per cápita. Pero Oporto nos esperaba, así que no pudimos emplear mucho tiempo en comprobar las bondades del albergue.
Tras visitar un museo (por supuesto gratuito) de la historia de las monedas portuguesas y alguna calle céntrica, buscamos un lugar donde comer. Nos habían avisado que en los restaurantes lusos, como no vayas con cuidado, te las meten dobladas. Pero ni siquiera avisados y con nuestro "niunclavelismo" a cuestas pudimos evitar el momento más crítico de nuestra estancia en el país hermano.
Elegimos una pastelería-restaurante (fórmula muy común por estos lares) que ofertaba unos suculentos platos combinados por 3 euros y medio. Como moscas a la miel acudimos al reclamo, pero tan apetitoso manjar se convirtió en un campo minado. Nada más sentarnos nos sacaron un plato de aperitivos y una bandeja con pan. Allí ya tendríamos que haber puesto pie con pared y rechazarlo, pero teníamos un hambre canina. A la hora de pedir, el camarero nos fue presionando sutilmente. Así, al solicitar el plato de 3,5 euros, nos preguntó si lo queríamos grande. También intentó convertir dos copas de vinho verde en una botella. Buenos chicos nosotros, que andamos media hora con maletas para ahorrarnos un par de euros, para caer en tan burdas trampas. La verdad es que el plato combinado estaba muy bien, sobre todo por ese precio. Para el postre pedí uno de mis favoritos, la "baba do camelo". Ante su ausencia nos pedimos un "Molotov",que resultó ser un merengue de descomunales proporciones. Después de todo esto, no me quedaba sitio para la sopa que había pedido, pero no me habían traído.
Las cuentas de la lechera al entrar eran: dos platos de 3,5 €= 7 euros. Pero si le sumábamos el postre y la bebida, el montante teórico frisaba los 14 euros. Aunque la atmósfera del lugar me hacía temer la encerrona que nos prepararon: 21 euros y medio. Dicho así no parece una gran clavada (realmente tampoco lo es), pero cobrar 21 en vez de 14 supone un 50% más. Antes de que mi amigo pagara le eché un repaso a la nota. Voilà! Nos habían cobrado la sopa que no nos habían traído. Se lo expliqué al empleado y, supongo que sabiendo que aún así nos la seguían colando, no rechistó y nos cobró 20 justos. Pagamos y salimos. Aún me quedé rumiando y estudié el ticket a fondo. Todo parecía correcto, hasta que vi un concepto que no entendí por el que habían cargado 6 euros. Volví a preguntar y me dijeron que eso eran los aperitivos, que por cierto, no habíamos pedido. Ya no me quedaron fuerzas para seguir rascando y nos fuimos. En media hora se había derrumbado la gran imagen que me había formado de Portugal y sus gentes en una semana.
Ser "ni un clavel" tiene indudables ventajas. Pero hace que, habiendo comido bien por 10 euros acabes con un gran disgusto. En realidad no nos gustó la estrategia del lugar, que cobra cosas a precios de risa (el Molotov sólo valía 2 euros), pero compensa endosándote extras abusivos.
Afortunadamente, la belleza, un tanto anárquica de la ciudad, nos hizo resarcirnos rápidamente de este disgusto. Nos dirigimos al río Duero atravesando callejuelas estrechas y destartaladas, aunque de indudable encanto. Un espectacular puente metálico, diseñado por Gustave Eiffel une las dos orillas. En la margen izquierda se encuentran numerosas bodegas que producen el famoso vino Oporto. Visitamos una (la única gratuita, según nos comentaron en el hostel), pero no nos quedamos a catar. Yo soy más de sidra, cerveza o vinos jóvenes.
Se acercaba la hora del ocaso y se me ocurrió una idea. Según el plano de la ciudad, en la zona de la desembocadura del Duero, había unas playas. Pero lo mejor de todo es que estaban en dirección oeste, lo cual quiere decir que el astro rey iba a ocultarse en el mar. Tamaño espectáculo es algo que no estoy acostumbrado a presenciar. En Salou el atardecer se produce a espaldas del mar.
Se trataba de una caminata considerable, así que mi amigo se lo pensó. Al final, el poder presenciar tamaño espectáculo se impuso al cansancio y me acompañó. El paseo resultó muy agradable, siempre a orillas del río presenciando bellos paisajes a caballo entre lo fluvial y lo urbano. Tras un par de horas, conseguimos llegar a mar abierto. Me sentí poco más o menos como Núñez de Balboa cuando llegó al Pacífico. Cuando quedaban sólo unos minutos para el momento cumbre, unas traicioneras nubes se instalaron en el horizonte para abortar el espectáculo. En ese momento le dije a mi amigo una frase de la que, un tiempo más tarde me desdeciría: "Las personas humildes no podemos tener sueños".
Para volver al centro, segumos rumbo norte hasta el barrio Matosinhos, donde cogimos el metro, no sin antes emplear un buen rato en encontrar la estación. Es lo que tiene hacer turismo en zonas no turísticas.
Esa noche volvimos a acercarnos al Duero. La imagen de las casas iluminadas desde el puente es impresionante. Con ella nos fuimos a dormir a nuestra séptima cama en siete días (dicho así parece que seamos unos Casanovas).
Nuestro viaje casi llegaba a su fin. A la mañana siguiente nos despedíamos de Portugal.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
martes, 3 de septiembre de 2013
Braga
La tentación de visitar una ciudad con un nombre que, por razones obvias, siempre me ha llamado la atención, era demasiado fuerte. Además siempre podía escudarme en la certeza de que Braga es una hermosa ciudad, digna de ser visitada mas allá de su curiosa denominación.
En el trayecto en autobús desde Coimbra, se empezaron a aparecer los primeros hórreos, que tanto me recuerdan a mi amada Galicia. Mientras viajaba de sur a norte, iba viendo cómo cambiaba el paisaje, recordándome en cada momento a las zonas españolas limítrofes con las portuguesas. Así, los pueblos blancos del Algarve como Lagos o Albufeira me evocaban a los andaluces. Los bosques de alcornoques del Alentejo guardan gran semejanza con los paisajes extremeños, siguiendo una zona de transición que bien pudiera ser una comarca del antiguo Reino de León. Hasta llegar al norte, que tiene muchos elementos comunes con Galicia.
El tradicional drama de encontrar el albergue no fue tal esta vez. Al lado de la estación pudimos consultar un mapa de una marquesina que nos indicaba que sólo distábamos unos 5 minutos de nuestro hogar por un día. Por ello no nos importó en absoluto tener que subir a pie 3 pisos con las maletas. Una simpática empleada, que además hablaba español, nos dio una cálida bienvenida. El albergue era ciertamente acogedor y estaba dotado de un estilo propio que se dejaba ver en todo tipo de detalles. No nos hizo tanta gracia que nuestra habitación, al igual que nos sucedió en Lisboa, contara con una sola cama, a pesar de que al reservar nos habíamos asegurado de leer la palabra "twin"(literalmente gemelos,es decir:dos camas). Se lo comenté a la empleada, pero me comentó que sólo disponían de camas dobles en las habitaciones privadas. Nos resignamos y salimos a conocer la ciudad. Con su amplio centro histórico perfectamente conservado, Braga nos demostró que es algo más que una ciudad con un nombre curioso.
Al volver al hostel, la empleada nos recibió con una agradable sorpresa. Una habitación de 4 literas iba a quedar libre, por lo que nos permitió dormir allí,en lugar de en la cama de matrimonio. Buen detalle que hace que un establecimiento marque la diferencia. Además nos ofreció una excursión al parque nacional Peneda-Gerês, situado unos kilómetros al norte de la ciudad, que alcanza hasta el límite de la provincia de Orense. No niego que me tentara, pero la actividad finalizaba a las 7 de la tarde, lo cual arruinaba nuestro apretado "timing". Otra vez será.
Tras cenar en el albergue, salimos a dar un voltio. Empezamos visitando un centro cultural donde se celebraba un concierto de rock. La gran mayoría del público lo presenciaba sentado en una especie de anfiteatro natural, excepto un personaje que bailaba dando llamativas cabriolas. Me quedó la duda de si era un "faltao" o un bailarín de enjundia.
Las calles de Braga también lucían de noche, pero me había dejado el plato fuerte para la mañana siguiente. Se trataba del santuario de Bom Jesus, situado en una colina a unos 5 kilómetros de la ciudad.
En el albergue nos habían comentado que para acceder había que coger un autobús. Pero no sabían con quién estaban hablando. Me calcé mis zapatillas de correr y enfilé la carretera, justo cuando empezaba a llover. Eso no frenó mi motivación. Más al contrario le dio un toque épico a la excursión. Llegado al pie del santuario me di cuenta que aún quedaba lo más duro. Cientos de escalones me separaban del objetivo. Había un tranvía que los eludía, pero a estas alturas no me iba a rendir, por muy mojado y exhausto que estuviera. Por fin coroné la empinada subida y pude visitar la iglesia. No me dijo mucho, quizá porque estaba pensando en la vuelta y en que me iba a tener que dar prisa para llegar antes del "check-out". Aproveché mi poderosa zancada para lanzarme a tumba abierta en el descenso, pudiendo llegar al albergue antes de las 12. Una ducha, cambio de ropa y como nuevo para afrontar la última etapa de mi viaje por tierras lusas.
En el trayecto en autobús desde Coimbra, se empezaron a aparecer los primeros hórreos, que tanto me recuerdan a mi amada Galicia. Mientras viajaba de sur a norte, iba viendo cómo cambiaba el paisaje, recordándome en cada momento a las zonas españolas limítrofes con las portuguesas. Así, los pueblos blancos del Algarve como Lagos o Albufeira me evocaban a los andaluces. Los bosques de alcornoques del Alentejo guardan gran semejanza con los paisajes extremeños, siguiendo una zona de transición que bien pudiera ser una comarca del antiguo Reino de León. Hasta llegar al norte, que tiene muchos elementos comunes con Galicia.
El tradicional drama de encontrar el albergue no fue tal esta vez. Al lado de la estación pudimos consultar un mapa de una marquesina que nos indicaba que sólo distábamos unos 5 minutos de nuestro hogar por un día. Por ello no nos importó en absoluto tener que subir a pie 3 pisos con las maletas. Una simpática empleada, que además hablaba español, nos dio una cálida bienvenida. El albergue era ciertamente acogedor y estaba dotado de un estilo propio que se dejaba ver en todo tipo de detalles. No nos hizo tanta gracia que nuestra habitación, al igual que nos sucedió en Lisboa, contara con una sola cama, a pesar de que al reservar nos habíamos asegurado de leer la palabra "twin"(literalmente gemelos,es decir:dos camas). Se lo comenté a la empleada, pero me comentó que sólo disponían de camas dobles en las habitaciones privadas. Nos resignamos y salimos a conocer la ciudad. Con su amplio centro histórico perfectamente conservado, Braga nos demostró que es algo más que una ciudad con un nombre curioso.
Al volver al hostel, la empleada nos recibió con una agradable sorpresa. Una habitación de 4 literas iba a quedar libre, por lo que nos permitió dormir allí,en lugar de en la cama de matrimonio. Buen detalle que hace que un establecimiento marque la diferencia. Además nos ofreció una excursión al parque nacional Peneda-Gerês, situado unos kilómetros al norte de la ciudad, que alcanza hasta el límite de la provincia de Orense. No niego que me tentara, pero la actividad finalizaba a las 7 de la tarde, lo cual arruinaba nuestro apretado "timing". Otra vez será.
Tras cenar en el albergue, salimos a dar un voltio. Empezamos visitando un centro cultural donde se celebraba un concierto de rock. La gran mayoría del público lo presenciaba sentado en una especie de anfiteatro natural, excepto un personaje que bailaba dando llamativas cabriolas. Me quedó la duda de si era un "faltao" o un bailarín de enjundia.
Las calles de Braga también lucían de noche, pero me había dejado el plato fuerte para la mañana siguiente. Se trataba del santuario de Bom Jesus, situado en una colina a unos 5 kilómetros de la ciudad.
En el albergue nos habían comentado que para acceder había que coger un autobús. Pero no sabían con quién estaban hablando. Me calcé mis zapatillas de correr y enfilé la carretera, justo cuando empezaba a llover. Eso no frenó mi motivación. Más al contrario le dio un toque épico a la excursión. Llegado al pie del santuario me di cuenta que aún quedaba lo más duro. Cientos de escalones me separaban del objetivo. Había un tranvía que los eludía, pero a estas alturas no me iba a rendir, por muy mojado y exhausto que estuviera. Por fin coroné la empinada subida y pude visitar la iglesia. No me dijo mucho, quizá porque estaba pensando en la vuelta y en que me iba a tener que dar prisa para llegar antes del "check-out". Aproveché mi poderosa zancada para lanzarme a tumba abierta en el descenso, pudiendo llegar al albergue antes de las 12. Una ducha, cambio de ropa y como nuevo para afrontar la última etapa de mi viaje por tierras lusas.
domingo, 1 de septiembre de 2013
Coimbra
A la hora de determinar los hitos de nuestro viaje, se presentó la duda de pernoctar en Évora o ir directamente a Coimbra tras haber visitado el Algarve. Elegimos la segunda buscando un mayor equilibrio norte-sur, pero había oído muchas cosas de Évora, y no me la quería perder. Es el drama del viajero curioso que quiere verlo todo, sabiendo que no es posible. ¿O sí? El cielo se abrió ante mis ojos cuando en la estación de Albufeira comprobé las combinaciones que unían esta ciudad con Coimbra.La expedición más convencional empleaba unas 5 horas, pasando por Lisboa y supongo que tirando de autopista. Otra más audaz, necesitaba de 9 horas, pero hacía parada en unas cuantas ciudades, entre ellas Évora y nada menos que una hora. Nuevamente surgieron las discrepancias con mi compañero. Yo se lo dejé claro. Si quieres coge el "exprés", que yo haré la ruta larga. Triunfó el sentido común (desde mi punto de vista) y acabó por acompañarme. Estas 9 horas de trayecto fueron una auténtica delicia. El autobús se internó por carreteras secundarias, atravesando numerosas localidades, a cual más pintoresca. El plato fuerte fue la parada de una hora en Évora. Dejé a mi amigo en la estación y fui a hacer una visita relámpago. Valió la pena. No en vano se dice que Évora es una ciudad-museo. Haciendo una analogía, podría decir que es una es pecie de Toledo a la portuguesa. No hubiera sido mala opción para emplear un día entero.
Proseguimos el viaje entre privilegiados paisajes hasta que, casi sin darnos cuenta, llegamos a Coimbra, ya a punto de anochecer. No es fácil orientarse en una ciudad grande, y menos si es de noche y no se lleva un mapa. Así que nos costó lo nuestro llegar al albergue, que además estaba bastante lejos de la estación. El trayecto por calles anodinas no prometía mucho. Pero el voltio que dimos tras la cena nos permitió darnos cuenta que la fama monumental de Coimbra no es inmerecida.A plena luz del día pudimos apreciar mejor la grandiosidad del campus universitario, las intrincadas callejuelas y las pinterescas plazas que hacen una delicia pasear por la ciudad. Eso sí, habrá que volver algún día del curso para ver el ambiente que producen los numerosos estudiantes de la universidad con más solera del país vecino.
Aprovechamos la presencia de un restaurante junto a la estación de autobuses para comer a precios de risa y nos dirigimos a nuestro próximo destino, dirección norte.
Proseguimos el viaje entre privilegiados paisajes hasta que, casi sin darnos cuenta, llegamos a Coimbra, ya a punto de anochecer. No es fácil orientarse en una ciudad grande, y menos si es de noche y no se lleva un mapa. Así que nos costó lo nuestro llegar al albergue, que además estaba bastante lejos de la estación. El trayecto por calles anodinas no prometía mucho. Pero el voltio que dimos tras la cena nos permitió darnos cuenta que la fama monumental de Coimbra no es inmerecida.A plena luz del día pudimos apreciar mejor la grandiosidad del campus universitario, las intrincadas callejuelas y las pinterescas plazas que hacen una delicia pasear por la ciudad. Eso sí, habrá que volver algún día del curso para ver el ambiente que producen los numerosos estudiantes de la universidad con más solera del país vecino.
Aprovechamos la presencia de un restaurante junto a la estación de autobuses para comer a precios de risa y nos dirigimos a nuestro próximo destino, dirección norte.
viernes, 16 de agosto de 2013
Albufeira
Sólo una hora de autobús separa Lagos de Albufeira, también en la costa del Algarve. Entre ambas hicimos parada en una especie de Benidorm a la portuguesa llamado Portimão. Afortunadamente, nuestro destino tenía un mayor encanto arquitectónico, aunque las hordas de turistas eran mayores que en Lagos.
Siguiendo la tradición, tocó pateada hasta el albergue y protestas de mi compañero. La estación de autobuses está muy a las afueras.Pero no fui yo quien decidió su ubicación.
Tras unas cuantas consultas al plano de la ciudad, llegamos a una calle comercial donde estaba el hostel. Vimos el cartel, pero no la puerta. Hasta que una señorita salió de una tienda y nos dijo que entráramos. En el mostrador de la misma se recibía a los clientes del albergue. Así, mientras una empleada nos tomaba los datos y nos cobraba, otra le vendía un vestido a una turista británica. He estado en muchos hostels, pero nunca había visto nada igual.
Esta vez tocaba, por fin, compartir habitación con más gente, aunque encontramos nuestro cuarto vacío el llegar. Las instalaciones eran muy limpias y modernas. Además estaba muy cerca de la playa. Así que enseguida bajamos a darnos un chapuzón. La playa estaba bastante bien, muy grande y con arena fina. Pero no era tan característica como las que habíamos visto en Lagos.
Después del baño, salimos a recorrer la ciudad. A pesar de ser un centro turístico importante, Albufeira ha sabido mantener su encanto arquitectónico. Hay rincones realmente bellos y los rascacielos que abundaban en Portimão, brillaban aquí por su ausencia. Aprovechamos el paseo para entrar en un ciber y reservar alojamiento para el día siguiente. Lo de dejarlo todo atado antes de salir da bastante tranquilidad, pero encorseta mucho el viaje. Esta vez hicimos un poco de previsión y otro tanto de talento natural e improvisación.
Al volver al hostel nos encontramos con dos compañeras de habitación. Se trataba de dos alemanas que hablaban muy buen español, ya que habían estado de Erasmus en Jaén. En la cena también coincidimos con un grupo de españoles, que habían hecho la compra de provisiones entre las que la cerveza ocupaba la mayor parte del volumen.
Salimos a dar un voltio por la noche y ahí si que por momentos parecía estar en Benidorm. Calles atestadas de gente, letreros en inglés y música disco a tutiplén. Pero eso es para turistas que se pegan menos tute que nosotros, así que nos volvimos pronto a dormir. O a intentarlo, porque nuestro albergue estaba situado muy cerca de la acción, y la música y los gritos hacían difícil conciliar el sueño.
Eso de que la playa fuera convencional no me dejó satisfecho. Así que al punto de mañana me fui a hacer una incursión por la costa. Pasé por un puerto deportivo y me encontré con una carretera. A un lado había unas colinas y detrás el mar. Así que me metí por un camino y empecé a subir. En medio de la cuesta me encontré una estampa interesante. Delante de mi había un asentamiento chabolista con caballos y al fondo se veían bloques de apartamentos en la ladera de una loma. Ciertamente me estaba alejando de cualquier ruta turística. Al llegar arriba pude por fin ver el mar y la costa en forma de acantilados rocosos. A un par de kilómetros se veía una cala con bastante encanto, pero ya no me daba tiempo. Así que volví por donde había venido. Iba un poco apurado de tiempo, pero el paseo me había sofocado bastante. Así que me di un baño-express en la playa, una ducha aún más express en el albergue y nos marchamos a la estación de autobuses. Esta vez le hice una concesión a mi amigo y fuimos a una parada a coger un autobús que dejaba en la estación. Esperamos un buen rato y allí no aparecía nadie. Así que tomé la decisión (muy discutida) de ir a pata. No podíamos arriesgarnos a perder nuestro enlace. No fue para tanto y a los 20 minutos estábamos allí. Nos despedimos de la costa y tomamos rumbo al norte.
Siguiendo la tradición, tocó pateada hasta el albergue y protestas de mi compañero. La estación de autobuses está muy a las afueras.Pero no fui yo quien decidió su ubicación.
Tras unas cuantas consultas al plano de la ciudad, llegamos a una calle comercial donde estaba el hostel. Vimos el cartel, pero no la puerta. Hasta que una señorita salió de una tienda y nos dijo que entráramos. En el mostrador de la misma se recibía a los clientes del albergue. Así, mientras una empleada nos tomaba los datos y nos cobraba, otra le vendía un vestido a una turista británica. He estado en muchos hostels, pero nunca había visto nada igual.
Esta vez tocaba, por fin, compartir habitación con más gente, aunque encontramos nuestro cuarto vacío el llegar. Las instalaciones eran muy limpias y modernas. Además estaba muy cerca de la playa. Así que enseguida bajamos a darnos un chapuzón. La playa estaba bastante bien, muy grande y con arena fina. Pero no era tan característica como las que habíamos visto en Lagos.
Después del baño, salimos a recorrer la ciudad. A pesar de ser un centro turístico importante, Albufeira ha sabido mantener su encanto arquitectónico. Hay rincones realmente bellos y los rascacielos que abundaban en Portimão, brillaban aquí por su ausencia. Aprovechamos el paseo para entrar en un ciber y reservar alojamiento para el día siguiente. Lo de dejarlo todo atado antes de salir da bastante tranquilidad, pero encorseta mucho el viaje. Esta vez hicimos un poco de previsión y otro tanto de talento natural e improvisación.
Al volver al hostel nos encontramos con dos compañeras de habitación. Se trataba de dos alemanas que hablaban muy buen español, ya que habían estado de Erasmus en Jaén. En la cena también coincidimos con un grupo de españoles, que habían hecho la compra de provisiones entre las que la cerveza ocupaba la mayor parte del volumen.
Salimos a dar un voltio por la noche y ahí si que por momentos parecía estar en Benidorm. Calles atestadas de gente, letreros en inglés y música disco a tutiplén. Pero eso es para turistas que se pegan menos tute que nosotros, así que nos volvimos pronto a dormir. O a intentarlo, porque nuestro albergue estaba situado muy cerca de la acción, y la música y los gritos hacían difícil conciliar el sueño.
Eso de que la playa fuera convencional no me dejó satisfecho. Así que al punto de mañana me fui a hacer una incursión por la costa. Pasé por un puerto deportivo y me encontré con una carretera. A un lado había unas colinas y detrás el mar. Así que me metí por un camino y empecé a subir. En medio de la cuesta me encontré una estampa interesante. Delante de mi había un asentamiento chabolista con caballos y al fondo se veían bloques de apartamentos en la ladera de una loma. Ciertamente me estaba alejando de cualquier ruta turística. Al llegar arriba pude por fin ver el mar y la costa en forma de acantilados rocosos. A un par de kilómetros se veía una cala con bastante encanto, pero ya no me daba tiempo. Así que volví por donde había venido. Iba un poco apurado de tiempo, pero el paseo me había sofocado bastante. Así que me di un baño-express en la playa, una ducha aún más express en el albergue y nos marchamos a la estación de autobuses. Esta vez le hice una concesión a mi amigo y fuimos a una parada a coger un autobús que dejaba en la estación. Esperamos un buen rato y allí no aparecía nadie. Así que tomé la decisión (muy discutida) de ir a pata. No podíamos arriesgarnos a perder nuestro enlace. No fue para tanto y a los 20 minutos estábamos allí. Nos despedimos de la costa y tomamos rumbo al norte.
Lagos
Cumplidos los objetivos planteados en nuestra visita a Lisboa, tocaba cambiar de aires. En este caso, nos dirigimos al Algarve, región situada en el extremo sur de Portugal, famosa como destino turístico por sus bellas playas. Para llegar allí cogimos un autobús que nos iba a dejar en la localidad costera de Lagos.
Los primeros kilómetros del viaje fueron espectaculares. Para salir de Lisboa atravesamos un puente de 16 kilómetros(el más largo de Europa) sobre el estuario del Tajo. Lamentablemente, el resto del trayecto se desarrolló a través de una monótona autopista, que no pasó cerca de ningún núcleo de población.
A pesar de que Lagos es una ciudad bastante pequeña, también nos tocó patear un buen rato hasta llegar al albergue, bajo un sol aún más intenso que el lisboeta. No tardó mi compañero de fatigas en empezar a quejarse. Pero las únicas alternativas eran haber reservado un alojamiento mejor situado o coger un taxi. Nada de ello tiene cabida en un viaje de bajo coste que se precie. Al final, el hostel tampoco estaba tan mal situado. Cerca de una playa y a unos 10 minutos andando del centro (si se sabía el camino). El encargado nos recibió con gran amabilidad. Había vivido unos años en España, lo que no sólo ayudó en la comunicación, sino que no hubo que darle ninguna explicación cuando le dijimos que veníamos de Huesca, como suele ser habitual. Dejamos nuestra huella en forma de alfiler clavado en un mapamundi en el que se reflejaba la procedencia de los huéspedes allí alojados.Esta vez la habitación doble contaba con dos camas. Dejamos nuestros enseres y nos acercamos al centro. Realizamos el clásico escaneo para escoger garito donde llenar la panza y tras rechazar uno donde se nos ofrecía una hambuguesa de "galhina frita", nos decantamos por el siempre resultón kebab. Despreocupados del trámite del llantar, pudimos centrarnos en apreciar la belleza intrínseca del lugar. Lagos es un pueblo encantador, con casas de fachadas blancas que combinan muy bien con el clásico empredrado portugués. Un lugar apacible, si no fuera porque está repleto de turistas. De todas formas, Lagos está lejos de la masificación tan frecuente en nuestras costas. En definitiva, un buen lugar para estar un tiempo y tomárse las cosas con relativa tranquilidad (justo lo que no hemos hecho en este viaje). Volvimos al hostel, no sin antes parar en un supermercado para comprar viandas para la cena, y nos fuimos a dar un voltio por la costa. Visitamos un faro cercano y nos deleitamos con las playas. La clásica imagen de las playas del Algarve con las formaciones rocosas erosionadas cerca de la orilla se hacía por fin realidad. Pero no nos conformamos con el placer estético, así que nos pusimos el traje de faena y bajamos a la arena. Ya estaba atardeciendo y los acantilados ocultaban la luz del sol. Así que, aparte de que la temperatura no era ya muy agradable, no se veía ni torta a través de mis gafas recientemente adquiridas en Benidorm. Habría que esperar a la mañana siguiente para darse un baño en condiciones.
Era hora de cenar, así que aprovechamos otra de las ventajas de los albergues, que es el poder disponer de una cocina. Los raviolis de sobre con salsa de tomate de caja nos quedaron estupendos. Además hacían muy buen maridaje con las cervezas "Sagres" que nos habíamos agenciado. Aprovechamos para conversar con un par de canadienses de Montreal y esperamos a las 11 de la noche, hora a la que se supone que la gente del hostel se juntaba para salir a echar unos tragos. Por lo que contaban, la noche anterior había sido de órdago, así que la mayoría de gente se rajó. Nos quedamos hablando con una belga que tampoco iba a salir, así que mi amigo y yo nos fuimos los elegidos para defender el honor del albergue. No lo hicimos muy bien, ya que a la una se me acabaron las pilas y nos retiramos. Eso sí, se veía bastante ambientillo por los baretos.A la mañana siguiente pude por fin darme un baño en condiciones y sacarle partido a mi humilde equipo de buceo. La estampa de la playa era totalmente mediterránea, aunque la temperatura de las aguas, nos recordaba que estábamos en el Atlántico. Ya habíamos cumplido nuestro deber, así que recogimos nuestras cosas, nos despedimos del dueño del albergue y nos dirigimos a la estación de autobuses donde sacamos un billete para nuestro siguiente destino: Albufeira. Aprovechamos el tiempo de espera para ir a un bar donde degusté un "cachorro", que es como llaman los lusos a los "perritos calientes".
Los primeros kilómetros del viaje fueron espectaculares. Para salir de Lisboa atravesamos un puente de 16 kilómetros(el más largo de Europa) sobre el estuario del Tajo. Lamentablemente, el resto del trayecto se desarrolló a través de una monótona autopista, que no pasó cerca de ningún núcleo de población.
A pesar de que Lagos es una ciudad bastante pequeña, también nos tocó patear un buen rato hasta llegar al albergue, bajo un sol aún más intenso que el lisboeta. No tardó mi compañero de fatigas en empezar a quejarse. Pero las únicas alternativas eran haber reservado un alojamiento mejor situado o coger un taxi. Nada de ello tiene cabida en un viaje de bajo coste que se precie. Al final, el hostel tampoco estaba tan mal situado. Cerca de una playa y a unos 10 minutos andando del centro (si se sabía el camino). El encargado nos recibió con gran amabilidad. Había vivido unos años en España, lo que no sólo ayudó en la comunicación, sino que no hubo que darle ninguna explicación cuando le dijimos que veníamos de Huesca, como suele ser habitual. Dejamos nuestra huella en forma de alfiler clavado en un mapamundi en el que se reflejaba la procedencia de los huéspedes allí alojados.Esta vez la habitación doble contaba con dos camas. Dejamos nuestros enseres y nos acercamos al centro. Realizamos el clásico escaneo para escoger garito donde llenar la panza y tras rechazar uno donde se nos ofrecía una hambuguesa de "galhina frita", nos decantamos por el siempre resultón kebab. Despreocupados del trámite del llantar, pudimos centrarnos en apreciar la belleza intrínseca del lugar. Lagos es un pueblo encantador, con casas de fachadas blancas que combinan muy bien con el clásico empredrado portugués. Un lugar apacible, si no fuera porque está repleto de turistas. De todas formas, Lagos está lejos de la masificación tan frecuente en nuestras costas. En definitiva, un buen lugar para estar un tiempo y tomárse las cosas con relativa tranquilidad (justo lo que no hemos hecho en este viaje). Volvimos al hostel, no sin antes parar en un supermercado para comprar viandas para la cena, y nos fuimos a dar un voltio por la costa. Visitamos un faro cercano y nos deleitamos con las playas. La clásica imagen de las playas del Algarve con las formaciones rocosas erosionadas cerca de la orilla se hacía por fin realidad. Pero no nos conformamos con el placer estético, así que nos pusimos el traje de faena y bajamos a la arena. Ya estaba atardeciendo y los acantilados ocultaban la luz del sol. Así que, aparte de que la temperatura no era ya muy agradable, no se veía ni torta a través de mis gafas recientemente adquiridas en Benidorm. Habría que esperar a la mañana siguiente para darse un baño en condiciones.
Era hora de cenar, así que aprovechamos otra de las ventajas de los albergues, que es el poder disponer de una cocina. Los raviolis de sobre con salsa de tomate de caja nos quedaron estupendos. Además hacían muy buen maridaje con las cervezas "Sagres" que nos habíamos agenciado. Aprovechamos para conversar con un par de canadienses de Montreal y esperamos a las 11 de la noche, hora a la que se supone que la gente del hostel se juntaba para salir a echar unos tragos. Por lo que contaban, la noche anterior había sido de órdago, así que la mayoría de gente se rajó. Nos quedamos hablando con una belga que tampoco iba a salir, así que mi amigo y yo nos fuimos los elegidos para defender el honor del albergue. No lo hicimos muy bien, ya que a la una se me acabaron las pilas y nos retiramos. Eso sí, se veía bastante ambientillo por los baretos.A la mañana siguiente pude por fin darme un baño en condiciones y sacarle partido a mi humilde equipo de buceo. La estampa de la playa era totalmente mediterránea, aunque la temperatura de las aguas, nos recordaba que estábamos en el Atlántico. Ya habíamos cumplido nuestro deber, así que recogimos nuestras cosas, nos despedimos del dueño del albergue y nos dirigimos a la estación de autobuses donde sacamos un billete para nuestro siguiente destino: Albufeira. Aprovechamos el tiempo de espera para ir a un bar donde degusté un "cachorro", que es como llaman los lusos a los "perritos calientes".
martes, 13 de agosto de 2013
Lisboa
Ya había visitado una vez Lisboa hace unos años, y me había dejado un buen sabor de boca. Me había quedado pendiente escuchar unos fados en vivo, así que ese era el objetivo para el día que íbamos a pasar en la capital lusa.
Llegamos de buena mañana, tras un vuelo de apenas una hora. Cogimos el metro hasta una estación de autobuses donde aprovechamos para comprar el billete a Lagos, nuestro destino para el día siguiente. La estación estaba un poco a desmano, así que tocó una buena pateada de unos 45 minutos hasta el hotel bajo el fuerte sol lisboeta. Mi compañero de fatigas empezó a desmoralizarse y mormotear debido al complicado paisaje urbano de extrarradio al que nos enfrentábamos. Por suerte, al rato entramos en las zonas nobles de la ciudad, y el paseo se hizo más soportable.
Nuestro hotel (más bien una pensión) estaba muy céntrico, junto a la Plaza Rossio. Se ubicaba en un edifico con mucha solera(dicho así suena mejor que antiguo), pero las habitaciones (por lo menos la nuestra) estaban reformadas. Otra vez habíamos encontrado un chollo reservando la pieza por 25 euros. Además contaba con aire acondicionado y ducha propia. Aunque esta vez tenía gato encerrado: Se trataba de una cama grande en vez de dos. Bajé a recepción a ver qué se podía hacer, pero me dijeron que el hotel estaba completo y que todas las habitaciones dobles contaban con el mismo equipamiento. Dicen que la política hace extraños compañeros de cama. Lo mismo pasa con los viajes. Eso sí, esta situación me sirvió para doblegar la resistencia de mi colega a reservar habitaciones en albergues, donde por mucha gente que haya en cada cuarto, cada uno tiene su propia cama.Era ya hora de comer, así que salimos en busca de la cuadratura del círculo: bueno, típico, barato y abundante. La búsqueda resultó infructuosa. Se estaba haciendo tarde y perdimos nuestra sangre fría entrando a comer en un garito de bocadillos súper-sanos, que ni era barato, ni bueno, ni abundante y ni mucho menos típico. Había que rehacerse de esta decepción, así que empezamos a comportarnos como auténticos turistas y fuimos a coger el tranvía típico que recorre el casco viejo de la ciudad (línea 28). Es una línea regular, pero la mayoría de los que nos montamos éramos turistas. Nada más empezar el recorrido, empezó a subir una empinadísima cuesta y se internó por barrios durísmos, que asustaban pese a ser todavía media tarde. En algunos momentos, los turistas que encontrábamos a nuestro paso nos fotografiaban, con lo cual, por primera vez en mi vida, me sentí una atracción turística. Tras un paseo de algo más de media hora, el tranvía se detuvo y nos vimos obligados a desalojarlo. Hicimos de la necesidad una virtud y aprovechamos para patear hasta un teatro del centro, donde íbamos a asistir a un concierto de fado. Normalmente, este tipo de música se toca en restaurantes y se escucha mientras se cena, pero en ese caso se ofrecía solamente la actuación. El teatro estaba en una mezcla de edificio comercial y de oficinas, y el espectáculo era un poco "ad-hoc" para turistas, no se veía muy genuino. Pese a todo pude disfrutar de la sesión, ya que los músicos y cantantes parecían bastante competentes. No sé por qué, pero siempre me ha atraído la música tradicional lusa. Y sobre todo el sonido tan evocador de la Guitarra Portuguesa.Aún quedaban horas de luz, así que proseguimos el pateo por la ciudad. El casco viejo lisboeta es enorme, con calles estrechas e innumerables cuestas. Algunas zonas están un poco "descojonadas", pero eso le da un aire genuino que a mí me atrae bastante (si viviera allí quizá no pensara lo mismo). El paseo por el barrio de Alfama nos regaló estampas inolvidables, con sorpresas a cada rincón. Numerosos restaurantes ofrecían cenas amenizadas con fados, lo cual, seguramente hubiera sido una mejor opción que el correcto, pero algo aséptico espectáculo que acabábamos de presenciar.
Tocaba cenar, y necesitábamos resarcirnos del craso error cometido en la comida. Mucho escaneo hasta que nos encontramos con un local que tenía muy buena pinta y ofrecía un menú por 9 euros. Además, el local estaba casi vacío, lo cual yo valoro muy positivamente (al contrario que la mayoría de la gente). Temblamos cuando nada más sentarnos, el dueño dejó sobre nuestra mesa unos canapés. Un amigo me había avisado del peligro que hay en Portugal de que te ofrezcan aperitivos y pan con mantequilla sin pedirlos y te los cobren al final. Esta vez no sólo no nos los cobraron, sino que el "bacalao a Bras" que nos pusieron fue una auténtica delicia. Con el estómago lleno y, sobre todo, nuestra moral reforzada pateamos en busca de algún sitio donde echar una cerveza. Nos costó, pero al final encontramos la zona de garitos. No sin ser abordados unas cuantas veces por individuos inquietantes ofreciéndonos marihuana y sus variantes. Nos conformamos con drogas más socialmente aceptadas y le hice mi particular homenaje a las Fiestas de San Lorenzo, pidiéndome una cerveza de marca "Laurentina".Habíamos caminado con maletones por el arcén de una autovía, nos habíamos montado en un tranvía de madera que casi raspaba las paredes, nos habíamos internado por barrios durísimos y habíamos sido abordados por traficantes de drogas en plena calle. Pero aún quedaba lo más temible. Compartir cama con mi amigo. Como decían en la película "Amanece que no es poco", "un hombre en la cama es un hombre en la cama". Bromas aparte, tampoco fue tan terrible. De hecho, pude dormir bastante bien. Había que recuperar fuerzas después de un día tan movido, porque el día siguiente no nos lo íbamos a tomar a título de inventario. Tocaba poner rumbo al Algarve.
Llegamos de buena mañana, tras un vuelo de apenas una hora. Cogimos el metro hasta una estación de autobuses donde aprovechamos para comprar el billete a Lagos, nuestro destino para el día siguiente. La estación estaba un poco a desmano, así que tocó una buena pateada de unos 45 minutos hasta el hotel bajo el fuerte sol lisboeta. Mi compañero de fatigas empezó a desmoralizarse y mormotear debido al complicado paisaje urbano de extrarradio al que nos enfrentábamos. Por suerte, al rato entramos en las zonas nobles de la ciudad, y el paseo se hizo más soportable.
Nuestro hotel (más bien una pensión) estaba muy céntrico, junto a la Plaza Rossio. Se ubicaba en un edifico con mucha solera(dicho así suena mejor que antiguo), pero las habitaciones (por lo menos la nuestra) estaban reformadas. Otra vez habíamos encontrado un chollo reservando la pieza por 25 euros. Además contaba con aire acondicionado y ducha propia. Aunque esta vez tenía gato encerrado: Se trataba de una cama grande en vez de dos. Bajé a recepción a ver qué se podía hacer, pero me dijeron que el hotel estaba completo y que todas las habitaciones dobles contaban con el mismo equipamiento. Dicen que la política hace extraños compañeros de cama. Lo mismo pasa con los viajes. Eso sí, esta situación me sirvió para doblegar la resistencia de mi colega a reservar habitaciones en albergues, donde por mucha gente que haya en cada cuarto, cada uno tiene su propia cama.Era ya hora de comer, así que salimos en busca de la cuadratura del círculo: bueno, típico, barato y abundante. La búsqueda resultó infructuosa. Se estaba haciendo tarde y perdimos nuestra sangre fría entrando a comer en un garito de bocadillos súper-sanos, que ni era barato, ni bueno, ni abundante y ni mucho menos típico. Había que rehacerse de esta decepción, así que empezamos a comportarnos como auténticos turistas y fuimos a coger el tranvía típico que recorre el casco viejo de la ciudad (línea 28). Es una línea regular, pero la mayoría de los que nos montamos éramos turistas. Nada más empezar el recorrido, empezó a subir una empinadísima cuesta y se internó por barrios durísmos, que asustaban pese a ser todavía media tarde. En algunos momentos, los turistas que encontrábamos a nuestro paso nos fotografiaban, con lo cual, por primera vez en mi vida, me sentí una atracción turística. Tras un paseo de algo más de media hora, el tranvía se detuvo y nos vimos obligados a desalojarlo. Hicimos de la necesidad una virtud y aprovechamos para patear hasta un teatro del centro, donde íbamos a asistir a un concierto de fado. Normalmente, este tipo de música se toca en restaurantes y se escucha mientras se cena, pero en ese caso se ofrecía solamente la actuación. El teatro estaba en una mezcla de edificio comercial y de oficinas, y el espectáculo era un poco "ad-hoc" para turistas, no se veía muy genuino. Pese a todo pude disfrutar de la sesión, ya que los músicos y cantantes parecían bastante competentes. No sé por qué, pero siempre me ha atraído la música tradicional lusa. Y sobre todo el sonido tan evocador de la Guitarra Portuguesa.Aún quedaban horas de luz, así que proseguimos el pateo por la ciudad. El casco viejo lisboeta es enorme, con calles estrechas e innumerables cuestas. Algunas zonas están un poco "descojonadas", pero eso le da un aire genuino que a mí me atrae bastante (si viviera allí quizá no pensara lo mismo). El paseo por el barrio de Alfama nos regaló estampas inolvidables, con sorpresas a cada rincón. Numerosos restaurantes ofrecían cenas amenizadas con fados, lo cual, seguramente hubiera sido una mejor opción que el correcto, pero algo aséptico espectáculo que acabábamos de presenciar.
Tocaba cenar, y necesitábamos resarcirnos del craso error cometido en la comida. Mucho escaneo hasta que nos encontramos con un local que tenía muy buena pinta y ofrecía un menú por 9 euros. Además, el local estaba casi vacío, lo cual yo valoro muy positivamente (al contrario que la mayoría de la gente). Temblamos cuando nada más sentarnos, el dueño dejó sobre nuestra mesa unos canapés. Un amigo me había avisado del peligro que hay en Portugal de que te ofrezcan aperitivos y pan con mantequilla sin pedirlos y te los cobren al final. Esta vez no sólo no nos los cobraron, sino que el "bacalao a Bras" que nos pusieron fue una auténtica delicia. Con el estómago lleno y, sobre todo, nuestra moral reforzada pateamos en busca de algún sitio donde echar una cerveza. Nos costó, pero al final encontramos la zona de garitos. No sin ser abordados unas cuantas veces por individuos inquietantes ofreciéndonos marihuana y sus variantes. Nos conformamos con drogas más socialmente aceptadas y le hice mi particular homenaje a las Fiestas de San Lorenzo, pidiéndome una cerveza de marca "Laurentina".Habíamos caminado con maletones por el arcén de una autovía, nos habíamos montado en un tranvía de madera que casi raspaba las paredes, nos habíamos internado por barrios durísimos y habíamos sido abordados por traficantes de drogas en plena calle. Pero aún quedaba lo más temible. Compartir cama con mi amigo. Como decían en la película "Amanece que no es poco", "un hombre en la cama es un hombre en la cama". Bromas aparte, tampoco fue tan terrible. De hecho, pude dormir bastante bien. Había que recuperar fuerzas después de un día tan movido, porque el día siguiente no nos lo íbamos a tomar a título de inventario. Tocaba poner rumbo al Algarve.
lunes, 12 de agosto de 2013
De Madrid al cielo
Para mis vacaciones de este año había planeado un viaje a Portugal. La idea era ir en coche entrando por el norte del país y bajar hasta el sur, viendo la mayor cantidad de lugares posible. Al que iba a ser mi copiloto no le pareció tan buena idea, así que improvisamos un viaje en avión, más cómodo, pero que deja menos libertad de acción. Tras examinar todas las alternativas posibles, la que mejor salía de precio era hacer un vuelo de ida Madrid-Lisboa y volver una semana después a la capital de España desde Oporto.
Para tomar el vuelo de ida, se podía hacer la machada de ir sin dormir al aeropuerto o hacer noche en Madrid. Elegimos esta última. Además de ser una opción más cómoda, permitía hacer una visita a Madrid, que siempre da juego. A la hora de buscar alojamiento volvieron a surgir las diferencias con mi compañero de viaje. Yo soy partidario de buscar albergues, no sólo porque son más económicos, sino porque facilitan el contacto entre los huéspedes. En esta ocasión, le concedí a mi amigo el dormir en hotel, sobre todo porque el precio del alojamiento era realmente competitivo. Habitación doble por 25 € (en total). Se trataba de un hostal bastante moderno en el barrio de Salamanca. Estaba muy bien, y más a ese precio. El recepcionista nos ofreció una habitación con aire acondicionado y baño propio por 10 € más. No era mala jugada si se le hubiera ofrecido a unos no tan "niunclavelistas" como nosotros.
Una vez asentados, quisimos aprovechar la tarde para patear Madrid. Empezamos por visitar las inmediaciones del Pirulí, que se veía desde nuestro hotel. Poco había que hacer por allí, así que tiramos para el centro pasando por la Casa de la Moneda, el Palacio de Deportes, La Cibeles y otros edificios con los que Madrid no deja de sorprender al paseante.En la zona de Malasaña decidimos aprovechar una oferta muy tentadora: Un cubo de 5 botellines de cerveza con una ración de patatas bravas por 4 € (en algunos sitios de Huesca ya cobran más sólo por las patatas), que completamos en otro local con sendos trozos de pizza con boletus y trufa. Hasta comiendo pizza se puede ser pijo. No lo eran ni mucho menos dos personajes a los que suele catalogarse como "perroflautas" que se presentaron en el local. Uno de ellos preguntó al empleado "si tenía una pizza para Josu". El trabajador les ignoró, pero uno de los individuos, aprovechando un descuido, se subió al mostrador y se cogió un trozo de pizza, dándose a la fuga. Una de las frases preferidas por estos colectivos es: "La propiedad es un robo". En ese momento entendí su verdadero significado: Todo lo que esta gente tiene en propiedad es fruto de sus robos.
Ya de vuelta al hostal, me di cuenta de que la plaza de toros de las Ventas no andaba lejos. Así que le rendimos vista y nos retiramos a nuestros aposentos. Nos esperaba una gran faena que brindamos a todos nuestros lectores.
Para tomar el vuelo de ida, se podía hacer la machada de ir sin dormir al aeropuerto o hacer noche en Madrid. Elegimos esta última. Además de ser una opción más cómoda, permitía hacer una visita a Madrid, que siempre da juego. A la hora de buscar alojamiento volvieron a surgir las diferencias con mi compañero de viaje. Yo soy partidario de buscar albergues, no sólo porque son más económicos, sino porque facilitan el contacto entre los huéspedes. En esta ocasión, le concedí a mi amigo el dormir en hotel, sobre todo porque el precio del alojamiento era realmente competitivo. Habitación doble por 25 € (en total). Se trataba de un hostal bastante moderno en el barrio de Salamanca. Estaba muy bien, y más a ese precio. El recepcionista nos ofreció una habitación con aire acondicionado y baño propio por 10 € más. No era mala jugada si se le hubiera ofrecido a unos no tan "niunclavelistas" como nosotros.
Una vez asentados, quisimos aprovechar la tarde para patear Madrid. Empezamos por visitar las inmediaciones del Pirulí, que se veía desde nuestro hotel. Poco había que hacer por allí, así que tiramos para el centro pasando por la Casa de la Moneda, el Palacio de Deportes, La Cibeles y otros edificios con los que Madrid no deja de sorprender al paseante.En la zona de Malasaña decidimos aprovechar una oferta muy tentadora: Un cubo de 5 botellines de cerveza con una ración de patatas bravas por 4 € (en algunos sitios de Huesca ya cobran más sólo por las patatas), que completamos en otro local con sendos trozos de pizza con boletus y trufa. Hasta comiendo pizza se puede ser pijo. No lo eran ni mucho menos dos personajes a los que suele catalogarse como "perroflautas" que se presentaron en el local. Uno de ellos preguntó al empleado "si tenía una pizza para Josu". El trabajador les ignoró, pero uno de los individuos, aprovechando un descuido, se subió al mostrador y se cogió un trozo de pizza, dándose a la fuga. Una de las frases preferidas por estos colectivos es: "La propiedad es un robo". En ese momento entendí su verdadero significado: Todo lo que esta gente tiene en propiedad es fruto de sus robos.
Ya de vuelta al hostal, me di cuenta de que la plaza de toros de las Ventas no andaba lejos. Así que le rendimos vista y nos retiramos a nuestros aposentos. Nos esperaba una gran faena que brindamos a todos nuestros lectores.
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