miércoles, 1 de enero de 2014

Isla de Fårö

El único día que tenía una habitación individual sin motosierras...y sólo dormí 4 horas. Me desvelé a las 6 de la mañana, aunque de todas formas pensaba despertarme a las 7. La idea era visitar lo que pudiera de la isla de Fåro,al noreste de Gotland. La peripecia comenzó con otra caminata hasta la estación de autobuses de Visby al punto de la mañana. Para mi estancia en la isla, había metido mis enseres en una bolsa de lona con unas cuerdas a modo de tirantes. El invento se había ido al carajo la tarde anterior, así que llevé mi equipaje en una bolsa de la compra, remedio tan  poco ergonómico como cutre. Pero al menos me sacó del apuro.
 En Visby cogí un autobús que me llevó hasta Fårösund, en el extremo nororiental de Gotland.  Una neblina que se había formado a ras de suelo, confería a los paisajes que pude ver desde el autobús un toque casi mágico.
A bordo del ferry
 En Fårösund tuve que coger un ferry gratuito que, en poco más de 10 minutos me dejó en la isla de Fårö. Precisamente en esta isla había reservado un alojamiento costero cuando decidí ir a Gotland. Pero no me había leído la letra pequeña, que decía que el albergue estaba a 25 km del lugar donde atracaba el ferry. Demasiado tute para una sola noche, sobre todo teniendo en cuenta que el transporte público en Fårö brilla por su ausencia en la temporada invernal en la que ya me encontraba. Así que tuve que cambiar la placidez y las vistas al mar por la bolera del extrarradio de Visby.
 Mi idea en la isla era visitar algún "raukar", que son formaciones rocosas que, al haber sufrido la erosión marina, tienen curiosas formas. Para ello tendría que haber seguido por la carretera principal , pero a los 5 minutos vi un desvío en el que empezaba una carretera secundaria que conducía a una reserva natural. Demasiado tentador, así que mis planes se desbarataron y lo fié todo al talento natural. No fue mala elección. Esta ruta, aparte de magníficos paisajes, no presentaba apenas tráfico, con lo cual el paseo fue realmente agradable. Durante mucho tiempo, las ovejas fueron mis únicas compañeras. De vez en cuando aparecía alguna casa típica de la zona con tejado de paja y algún molino, pero no había ningún núcleo habitado en las proximidades.
Arquitectura típica de la isla
 La idea era seguir hasta un pequeño pueblo donde había un museo dedicado al cineasta Igmar Bergman, que se retiró en esta pequeña isla. Pero lo que en el mapa parecía poca cosa, en la vida real significaba horas de caminata. Así que llegué al poblado, visité fugazmente una iglesia (donde estaban haciendo fotos un grupo de turistas portugueses) y enfilé la carretera de vuelta al ferry. En este caso, el trayecto se hacía mucho más incómodo, al tener que andar por un arcén de una ruta que contaba con un tráfico notable.Y encima tenía que darme prisa para llegar a tiempo.
 En ese momento, un coche que avanzaba en mi mismo sentido se detuvo y se ofreció a llevarme. Se trataba de un hombre de unos 40 años, que no pudo ser más oportuno. Le dije que iba a coger el ferry, y que si me podía dejar en Fårösund, donde pensaba coger un autobús a Visby. Pero casualmente iba a la capital, así que pude hacer todo el trayecto en su coche. Y esto no sólo me sirvió para ahorrar tiempo y dinero, sino que resultó ser una experiencia muy interesante. Se trataba de un chef escocés (de Glasgow) que regentaba un restaurante en la isla. Le pregunté si había estado en la isla de Skye, donde pasé un verano trabajando. No sólo había estado, sino que tenía familia allí y había trabajado en el mismo hotel donde estuve yo y haciendo la misma función. Definitivamente el mundo es un pañuelo.
 Eso sí, tener el mismo punto de partida no significa que se llegue al mismo destino. Me comentó que había trabajado en un restaurante con 3 estrellas Michelin, y yo..bueno, si he sobrevivido hasta hoy comiendo todos los días, no seré tal mal cocinero, ¿no?
 Así , en animada e interesante conversación llegué a Visby antes de lo previsto. Ello me permitió darle un repaso a la capital y hacer una ruta en la misma por los lugares que sirvieron de escenario a la inolvidable serie infantil "Pipi Calzaslargas".
Relaxing caña in Plaza Mayor de Visby
 Me tomé un merecido momento de relax saboreando una cerveza local en la plaza principal y me dirigí al embarcadero para coger el ferry de vuelta.
 Llegué a Estocolmo ya tarde y bastante cansado. Pero era mi última noche en Suecia, así que aún salí a dar una vuelta por la ciudad. Tirando de talento natural, conseguí llegar a una zona de bares, que,  a pesar de ser un día entre semana, contaba con cierta animación. En este paseo nocturno,en sólo un minuto se echó por tierra el mito mi idea de limpieza y orden que siempre he asociado a los países nórdicos en general y a Suecia en particular. Se me aparecieron dos ratas enormes, y sólo unos metros más adelante, cuando aún no me había recuperado del "shock", vi a un joven vomitando en plena calle.
 Ya había tenido bastante. Aún me quedaba una mañana en la capital sueca para mejorar la imagen que me había dejado ese minuto fatídico.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Destination Gotland

 Una de las cosas que más me gustan cuando planeo mis viajes es buscar "el culo del mundo". Es decir, lugares que parezcan muy apartados y difíciles de acceder. Claro que esta sensación es subjetiva. Porque lo que para mí es el "culo del mundo", para la gente que viva por esa zona, será de lo más común. El caso es que mientras preparaba mi viaje, vi una isla en medio del Báltico llamada Gotland, y no paré hasta averiguar si podía encajar en mi itinerario. Además de comprobar que era posible, leí comentarios muy favorables sobre la misma, así que no dudé en incluir la isla de Gotland como una escala más en mi viaje.
 Que fuese posible no significaba que fuera cómodo ni barato, pero ya que salía de casa, no me iba a parar en esas minucias.
Así, sí
 Para llegar a Gotland debía coger un autobús que salía desde la estación central de Estocolmo y que en poco más de una hora me dejó en la localidad costera de Nynäshamn.
De allí partía un gigantesco ferry hacía Gotland. En la sala de espera del puerto se veía algún turista despistado como yo, pero la mayoría eran locales. Aunque el barco llevaba unos cuantos automóviles, una gran parte del pasaje iba a pie, a diferencia de lo que me había encontrado en el trayecto de Rostock a Trelleborg. Y el ferry estaba más que preparado para ello, ya que contaba con gran número de asientos y zonas donde reposar.
 Como hacía un día magnífico, pasé la mayor parte del viaje en el exterior, observando la placidez del mar Báltico. Hasta que tras unas 3 horas, la isla de Gotland se empezó a vislumbrar en el horizonte.
 El ferry nos dejó en Visby, que con una población de poco más de 22000 habitantes, es la capital de la isla. Se trata de una ciudad medieval de gran belleza, con múltiples edificios históricos y una muralla muy bien conservada.

Visby
Afortunadamente había podido dejar mi maletón con sus no operativas ruedas en la consigna del albergue de Estocolmo, así que pude desenvolverme con cierta soltura.
 El hecho de su pequeño tamaño, su bien conservada  arquitectura medieval y su condición insular, confieren un ambiente absolutamente genuino a Visby. Parece un lugar de otro tiempo, y desde luego, me ofreció la tan buscada por mí sensación de encontrar un lugar apartado y diferente.
 Mi albergue estaba situado en las afueras de la ciudad. Tan afueras que me llevó más de media hora llegar al mismo. Se trataba de un curioso establecimiento que contaba con pub, restaurante, bolera , salón de conferencias y unas cuantas habitaciones para huéspedes. En este caso se trataba de un cuarto individual con cama doble, dotado una extraña y moderna decoración. Una vez aposentado me planteé qué hacer, ya que aún era primera hora de la tarde. Un dossier que encontré en la habitación, que explicaba generalidades del albergue y de la zona me dio la idea. Hablaba de unas maravillosas y animadas playas (Tofta) que se encontraban a sólo unos 20 minutos de la capital. Consulté los horarios de autobús y vi que había una línea que pasaba por allí, así que me puse el bañador y me di otro paseo de media hora hasta la estación de autobuses. Al montarme le dije a la conductora mi destino. Me dijo que no pasaba por allí, pero me podía dejar en una parada cercana.
 Un poco extrañado me senté, y permanecí atento a ver si el paisaje me daba alguna pista de dónde debía parar. Se sentó a mi lado una tinajera muy simpática (aparte de guapa, pero eso ya no me llamaba la atención a estas alturas del viaje) a la que pregunté por la parada más cercana a la playa de Tofta. El que no lo supiera me asustó un poco, pero afortunadamente, consultó el GPS de su móvil y me fue dando referencias, hasta que llegamos a la parada. Con mi talento natural no la hubiera reconocido ni de casualidad. Se trataba de un humilde poste con un minúsculo letrero, y la playa no se veía por ninguna parte.
 Por lo menos sabía que el mar estaba al oeste, así que, tras un buen rato de probatinas conseguí llegar a una playa. No estaba mal, pero no era ni mucho menos lo que me esperaba. La tan cacareada animación se resumía a un camping semivacío y 5 ó 6 personas paseando.  Sin tiempo para lamentaciones, ya que el sol estaba descenciendo dramáticamente, me despojé de mi camiseta y me introduje en el agua. Tenía que bañarme en el Báltico cayera quien cayera.
Prueba superada
  Debido al poco calado de la playa, la agonía provocada por las frías aguas se prolongó bastante, hasta que me zambullí sin contemplaciones. Conseguido mi objetivo, salí pitando del agua. Ahora tenía que volver al albergue y la empresa no se antojaba fácil, ya que no sabía dónde estaba la parada para coger el autobús de vuelta. Me compliqué la vida intentando coger un atajo para volver a la carretera, pero al final lo conseguí. Seguí andando un trecho rumbo a Visby hasta que vi un poste con un cartel de la compañía de autobuses. Parecía una parada, así que allí me planté, mientras el sol se empezaba a ocultar tras los bosques cercanos.
 Por suerte, no tuve que esperar mucho (unos 10 minutos) cuando apareció un autobús en el horizonte. Paró a mi señal y me llevó a la capital sin más incidencias, y sin más pasajeros, ya que yo era el único viajero en ese momento.
 Ya en Visby, me dio tiempo a llegar a la playa (por llamar de alguna forma a un conjunto de pedrolos formando la línea de costa) y presencian mi tercer atardecer sobre el mar en pocos días, que es unos de los mayores espectáculos que nos pueda ofrecer la naturaleza.
 De vuelta al albergue, me detuve en un hipermercado para comprar la cena. Además de poder curiosear muchos productos diferentes a los habituales, pude adquirir un sabroso pollo asado que me resultó sorprentemente barato, especialmente en comparación con los elevados precios que caracterizan a Suecia.
 Debido a las características y a la situación del albergue, no esperaba que hubiera muchos mochileros alojados, así que me hacía la idea de comerme el pollo en solitario. Pero al llegar a la cocina, la encontré sorprendentemente animada. Pronto me uní a una conversación que estaban entablando un hombre de mediana edad y una joven japonesa, a la que pronto se unió un hombre que aparentaba tener ya sus sesenta años. Se trataba de un sueco que estaba trabajando en las carreteras de la isla. El otro hombre era alemán llevaba unos días visitando la isla en plan exhaustivo. La japonesa era de una especie que no me era desconocida: chica que va sola por Europa y aprovecha el viaje para conocer varios países.
Atardecer en Visby
La conversación resultó de lo más interesante. Aparte de hablar de política (nuestro contertulio alemán resultó ser muy políticamente incorrecto, lo cual anima mucho un debate), descubrí por qué mi autobús no
había parado en la playa y por qué ésta estaba más desangelada que un sábado por la noche en Huesca: la escuela había comenzado, por lo que se había acabado la temporada de verano. Eso hacía que las playas estuvieran vacías de turistas y que las rutas de autobuses cambiaran. Me resultó muy curioso consultar un calendario de transportes con los vigentes horarios de invierno (foto de paisajes nevados incluida) en pleno agosto.
Había pensado en darme un voltio por Visby por la noche. Pero viendo que la temporada turística había acabado, y que la conversación resultaba de lo más estimulante, decidí quedarme en el albergue hasta que el sueño nos venció. Aún me quedaba una mañana en la isla, y a fe que la iba a aprovechar.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Estocolmo (I)

 De buena mañana me presenté en la estación de tren de Malmö con la intención de coger un tren para Estocolmo, si conseguía solucionar el problema que había tenido con la reserva. Me había sacado el billete por internet en el albergue de Dresde, pero no lo había podido imprimir. En la reserva ponía bien claro que había que mostrar el billete impreso.
 Intenté primero sacarlo en una máquina de la estación introduciendo el número de reserva pero no coló. Así que fui al mostrador de la empresa de transportes y tras trastear un rato con el ordenador, la empleada me dijo que me lo podía imprimir, previo pago de 40 coronas (algo más de 4 €). En ese momento se mezclaron en mí la sensación de alivio por poder viajar y el cabreo por tener que pagar 4 € por una simple impresión de un folio.
 El tren que me tocó en suerte contaba con los clásicos departamentos con dos filas de asientos enfrentadas, que tantas conversaciones han propiciado en viajeros de otras latitudes. Porque en estas tan meridionales, lo dudo.Como si quisieran hacer bueno el tópico de la frialdad escandinava, los pasajeros entraban al departamento sin siquiera saludar y así seguían durante todo el trayecto. Ante el poco juego que podía dar el paisaje humano del interior del tren, me volqué en el paisaje externo.
El agua, omnipresente en Estocolmo
El viaje de más de 4 horas me permitió hacerme una idea aproximada de la geografía física del sur del país, con bonitos paisajes de bosques de coníferas y abundancia de lagos. En esos momentos te das cuenta de que hace falta mucho tiempo para conocer bien un país, y que 4 días, por muy a saco que se vaya, son sólo un aperitivo.
 Estocolmo no es una ciudad donde sea fácil orientarse, por lo menos nada más llegar. Está formada por numerosas islas comunicadas por puentes, que forman un conjunto de original y espectacular belleza. Precisamente a orillas de una de esas islas estaba situado mi albergue.Éste constaba de dos partes: un edificio de tres plantas y varios siglos a sus espaldas (aunque estaba reformado y estaba en muy buen estado) y un barco anclado junto al mismo que contaba también con habitaciones.
Albergue flotante
Me di cuenta de que había cometido un craso error reservando la habitación en el edificio al ver a la gente solazándose en la cubierta del navío. Salía más barato, pero uno no tiene la oportunidad de dormir en un barco todos los días. Pregunté en recepción si podía cambiar la reserva. Esa noche estaba  completo el barco, aunque dos días después había plazas. Pero me dijo que al haber hecho la reserva mediante una página web, el cambio debía ser hecho por el mismo medio. Lo intenté, pero la página me remitía a la recepción del albergue en un bucle absurdo. No me quise complicar más la vida, más teniendo en cuenta que el último día  iba a llegar tarde al hostel y no podría disfrutar mucho del barco, así que me centré en aposentarme y explorar la ciudad.
 Me tocó una habitación inmensa en el ático, en la que debían caber unas 20 personas. Como he dicho alguna vez, suele ser mejor tener una habitación grande para muchos, que una pequeña para pocos.
 Cuando estaba de camino al albergue, había escuchado un gran algarabío en una isla cercana. Parecía una prueba deportiva. Me acerqué tras haber dejado los trastos y puede comprobar que se trataba de un triatlón de la Copa del Mundo. En ese momento los atletas estaban realizando la carrera a pie, en la que el español Gómez Moya quedó segundo, intercalado entre sus acérrimos rivales, los hermanos británicos Brownlee.
El ambiente era espectacular y resultaba ser un acontecimiento muy vistoso por la peculiaridad del lugar (se trata de la ciudad vieja, la parte más antigua y monumental de Estocolmo).
Brownlee, en pos de la victoria
 Luego di unas cuantas vueltas por la ciudad, que no cuenta con centros y edicicios de referencia desde el punto de vista turístico, pero forma un conjunto muy armónico y de original belleza.
 Durante mi estancia en Inglaterra, había frecuentado una actividad que organizaba una tienda de deportes de Windsor, que consistía en realizar un trote de unos 5 km cada lunes por la tarde. Allí había conocido a un simpático sueco llamado Johan que había vivido un tiempo en Barcelona,y que por aquel entonces residía por la zona. Ha vuelto a Suecia y ahora está viviendo en Estocolmo. Así que quedamos y fuimos a trotar un rato para recordar viejos (y buenos) tiempos. Matando dos pájaros de un tiro, Johan me hizo una ruta turística a la carrera mientras me explicaba los lugares más representativos de la capital. Fue agradable encontrarme con él en un lugar tan remoto y más tras llevar unos cuantos días solo por el mundo.
 Ya de vuelta al albergue, me encontré con tres simpáticos niños que hablaban en español y que resultaron ser de León.
 La noche en mi poblada, aunque amplia habitación fue bastante plácida. Así que pude reponer fuerzas afrontar la siguiente estación de mi periplo: la isla de Gotland.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Cruzando el Báltico

 En mi anterior entrada acabé montado en un colosal ferry (con el simpático nombre de Tom Sawyer) rumbo a Suecia. La salida a mar abierto del puerto de Rostock es Wanermünde, por lo que pude ver este bonito centro turístico desde otro punto de vista.
  El día había salido soleado, lo que me permitió hacer casi todo el trayecto (de unas 6 horas) en cubierta. Aunque dentro del barco tampoco había mucho que hacer. No está pensado para transportar pasajeros a pie. Se podían alquilar camarotes, pero eso se me salía del presupuesto.
Wanermünde desde el ferry
 Una vez en mar abierto, la monotonía de estar rodeados por el Báltico apenas se rompía cuando nos cruzábamos con algún ferry o en un breve acercamiento a las costas danesas.
 Otra vez pude contemplar un maravilloso atardecer sobre el mar. Pero observar tanta belleza tuvo su precio: a pesar de estar en agosto, en esas latitudes, las noches son frías, así que me tuve que refugiar en el supermercado del barco por un tiempo.
 Ya entrada la noche se empezaron a ver luces. Suecia se divisaba en el horizonte.
Al llegar al puerto de Trelleborg me hicieron esperar hasta que salieron todos los coches del ferry. Allí me di cuenta de que era el único pasajero que había hecho el viaje "a pelo", es decir, sin coche. Debía cantar mucho en medio del puerto mientras intentaba orientarme, porque enseguida me abordó un empleado en su coche preguntándome que a dónde iba. Amablemente me llevó hasta la salida.
Atardecer en el Báltico
 Trelleborg es una pequeña ciudad de unos 25000 habitantes situada en el extremo sur de Suecia. No tenía mala pinta, y hubiera sido un buen lugar para pasar la noche, pero no pude encontrar alojamiento, por lo que la iba a utilizar como lugar de paso hacia la más poblada Malmö.
 Mi "talento natural" no fue suficiente para encontrar la estación de tren, así que me rendí y pregunté a un joven local. Su respuesta no pudo ser más desconcertante. Me dijo que no sabía dónde estaba. Más clarificadora fue la respuesta de una chica a la que también pregunté: Trelleborg no tiene estación de tren. Sí que tiene, en cambio de autobús, y allí me dirigí un tanto desconcertado.
 El desplazamiento de Trelleborg a Malmö lo había consultado en una página de los ferrocarriles suecos. Pero allí estaba yo, a las 10 de la noche, una ciudad desconocida, sin posibilidad de alojamiento y no sabiendo si podría trasladarme a mi destino. Fueron momentos un tanto complicados. Por suerte, en la estación de autobuses vi que había uno a Malmö, que partía en 20 minutos. Por lo visto, en la página que consulté, a falta de tren, habían incluído los horarios del autobús.
 Ya había estado en Malmö, en una fugaz visita hace unos años. Aun así, entre que es una ciudad grande, y que de noche se ve muy cambiada, me costó un buen rato orientarme y llegar al albergue. Afortunadamente éste tenía recepción abierta 24 horas. Se trataba de un moderno y funcional establecimiento. Muy limpio y con unas instalaciones un punto mejores que las que se suelen encontrar en los albergues. Eso sí, salía bastante caro.

Interiorismo nórdico
En mi cuarto me encontré con un simpático joven alemán (al que, según me contó le habían robado las zapatillas la noche anterior) y un mormón sueco de mediana edad que había venido a un congreso religioso.
 No iba a pasar mucho tiempo en la ciudad, así que enseguida salí a explorar. Era sábado por la noche, por lo que se podía ver bastante ambiente por las calles.
 Mucho se ha hablado sobre la belleza de las mujeres suecas. Como no soy partidario de resaltar lo obvio, no haré ningún comentario al respecto.
 Malmö no es una ciudad especialmente monumental, aunque no carece de atractivos (aparte de los femeninos, lógicamente). Pero yo estaba cansado, la ciudad no lucía mucho de noche y mi cabeza estaba ya pensando en el viaje del día siguiente a Estocolmo, así que me retiré pronto a dormir, cosa que pude hacer, pese a los ronquidos de mi compañero mormón.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Rostock y Warnemunde

 Los dos días en Berlín habían sido exhaustivos. Pero paradójicamente, me habían revitalizado y afrontaba el resto de mi periplo con energías renovadas.
 Un trayecto de unas dos horas en autobús hacia el norte me dejó en la ciudad portuaria de Rostock. Una asumible caminata de unos 20 minutos me condujo al albergue, que en este caso disfrutaba de una céntrica posición. Mi cuarto contaba con 8 camas, pero era espacioso y bien iluminado. Esta vez, la empleada fue todo amabilidad y cortesía.
 La visita a la ciudad mostró las mismas lineas arquitéctónicas que el resto de ciudades germanoorientales (excepto Berlín, que es un mundo aparte dentro de Alemania): casco histórico reconstruido tras la guerra con edificios interesantes aislados y barrios residenciales formados por imponentes bloques de vivendas. Aunque en este caso muchas de las casas del centro tenían un aire nórdico. Sin duda se deja notar la huella hanseática.

Warnemunde: una pequeña delicia
Rostock se encuentra en la desembocadura del río Warnow, que forma una ría. Como tenía ganas de ver el mar abierto y tenía toda la tarde disponible, cogí un tren que por un precio irrisorio me dejó en Warnemunde, pequeña localidad portuaria bañada por el Báltico. Según me habían comentado, era bastante turística. Al llegar, me di cuenta el porqué. Aparte de un paseo marítimo muy pintoresco a ambos lados de un canal, cuenta con unas majestuosas playas de arena, que nada tienen que envidiar a las mediterráneas. Aunque a diferencia de éstas, no están tan edificadas ni masificadas, lo cual hace una delicia pasear por la zona. El toque simpático lo dan unos curiosos sillones hechos en mimbre y madera, típicos de las playas alemanas que, al parecer, tuvieron su origen en esta ciudad.
 Casi concluida mi visita, me di cuenta de un detalle importante. Estábamos cerca del ocaso y el Astro Rey iba a ocultarse por el mar. Dicha estampa me fue negada en mi vista a Oporto tras una caminata de dos horas hecha ex profeso para verla. Esta vez la vida me había reservado la revancha sin buscarla, que tomé tan fría como la cerveza local que adquirí para acompañar tal acontecimiento.
Maravilloso ocaso
Si Dios me hubiera llamado por el camino de la poesía, seguro que hubiera completado esta entrada con unos versos inspirados por tamaño espectáculo. Como no ha sido así, espero que una foto pueda dar una mínima idea de lo que puede inspirar un atardecer en la costa.
 A la vuelta, mientras me preparaba la cena en el albergue, escuché a dos personas que estaban en la terraza hablando en alemán. El acento de uno de ellos denotaba su origen latino, aunque no supe precisar de dónde. Luego me lo encontré en mi cuarto y me confirmó mis sospechas: era de Aranjuez. Celebramos nuestro encuentro tomándonos una cerveza en la zona de esparcimiento del albergue. Como era viernes y aún me quedaban algunas fuerzas, salí de expedición nocturna. No sé si porque no supe buscar bien o porque Rostock debe ser una ciudad un poco "paradita", a la media hora ya estaba en mi camastro.
  Esa noche dormí como un bendito gracias a la ausencia de ronquidos en el cuarto.
  A la mañana siguiente pude conocer a dos de mis compañeras de cuarto que habían venido a un congreso musical, pues eran voilinistas. Una venía de Colombia y otra de Portugal. Con esta última pude intercambiar impresiones sobre mi vista a su país ese mismo mes. Le gustó mucho el detalle de que llevara una funda de móvil con los colores y el escudo de la bandera portuguesa, cosa que si hubiera hecho en España con nuestra bandera hubiera, probablemente despertado alguna que otra antipatía.

Compañeros de viaje
Mi última mañana en Rostock la pasé con mi compañero de Aranjuez.. La verdad es que se agradece tener compañía (y más si es buena) en los viajes en solitario. Comparados con los suyos, mis viajes son de lujo. Estaba haciendo interrail con la bicicleta y más de una noche le había tocado dormir al raso. Todavía se puede vivir el espíritu de la auténtica aventura.
 En un alarde de turismo alternativo, visitamos el museo de la Stasi, situado en una antigua comisaría de la temible policía política. No llegaba al nivel del campo de concentración de Sachenhausen, pero tampoco era un sitio para alegrarte el día. Dimos un paseo por el puerto y por el centro y nos despedimos. Su siguiente destino era Berlín. Por razones de fuerza mayor, tenía que hacerlo en su bici y no tenía intención de reservar alojamiento en el trayecto. Luego me enteré de que pudo llegar sano y salvo.
 Mi periplo germano llegaba a su fin. Un gigantesco ferry me esperaba en el puerto para llevarme a la ciudad sueca de Trelleborg.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Barra libre en Berlín y cercanías

 En la primera noche en el albergue de Berlín, mi sueño no pudo ser tan plácido como hubiera deseado. Una vez más se manifestó el gran talón de Aquiles de estos lugares: los roncadores. Aunque mi sorpresa al despertarme fue mayúscula, al comprobar que el roncador era, en este caso, una roncadora, y además bastante competente.
 Aún me quedaban unos flecos pendientes de mi viaje que quise dejar zanjados visitando un cíber cercano. La dueña hablaba tanto inglés como yo alemán, lo cual hizo ardua la comunicación. Pero la buena voluntad por ambas partes posibilitó que mi empresa fuera exitosa. Ya tenía reservados todos los viajes y alojamientos hasta el final de mi peripecia. Y eso ya era un alivio.
 El día anterior había visto que las máquinas del metro vendían billetes-día por 7 euros. Por poco más de 1000 pesetas tenía Berlín y su zona de influencia a mi alcance. Demasiado tentador como para resistirlo.
 Mi primer destino fue Wannsee, una zona lacustre que, según había leído, era la zoña de baño y recreo más popular de Berlín. La verdad es que era bastante agradable, con sus barquitos y todo. Pero tampoco había mucho que hacer por allí, así que proseguí viaje.
"Mini" Puerta de Brandemburgo
 La ciudad de Postdam fue residencia de la familia real prusiana, que se encargó de dotarla de  una arquitectura majestuosa. Me llamó la atención una Puerta de Brandemburgo a semejanza de la berlinesa, más pequeña, pero construida con anterioridad a aquélla. Es una delicia pasear por esta ciudad, que en un reducido tamaño alberga gran cantidad de palacios y edificios monumentales. Aunque lo más destacado fue para mí el Palacio Sanssouci, rodeado de bellos jardines, y al que se le considera el "Versalles alemán".
 En esta ciudad se celebró la célebre y decisiva Conferencia de Postdam, donde se decidió la división de Alemania en 4 zonas de ocupación tras la Segunda Guerra Mundial. La ciudad quedó encuadrada en la zona soviética, lo cual se nota en las zonas residenciales, con los imponentes "colmenones", que desentonan bastante junto a los palacios prusianos.
Esplendor prusiano
 Así pues, gran acierto haber visitado Postdam, parada recomendable en todo viajero que pase unos días en Berlín. Y por si fuera poco atractivo el arquitectónico, el gastronómico niunclavelista no se quedó atras, permitiéndome saciar mi hambre con un fantástico bocadillo de auténtica salchicha germana al imbatible y redondo precio de 1 euro.
 Mi siguiente destino no iba a ser tan monumental, pero me iba a producir una impresión mucho mayor. Tras un largo trayecto en metro, llegué a la pequeña ciudad de Oranienburg, unos 35 km al norte de Berlín. A pesar de contar con ciertos encantos turísticos, esta población es tristemente famosa porque a sus afueras se instaló el campo de concentración de Sachsenhausen.  Aunque muchas partes no se han podido conservar la sensación de tristeza y compasión que despierta un paseo por sus instalaciones es enorme. Y se hace casi insoportable al visitar el antiguo horno crematorio. No es una visita recomendada a todo el mundo, pero mi investigación de la vida incluye lo agradable y lo desagradable, así que no me arrepiento de haber ido a Sachsenhausen. La visita es gratuita y las instalaciones no están cerradas, pudiendo acudir a cualquier hora. En mi caso ya estaba anocheciendo cuando abandoné el campo. No estaba para irme de fiesta, pero sí para seguir exprimiendo mi billete-día.
  En una arriesgada jugada elegí la estación de Pankow como mi siguiente parada. Me resultaba sugerente ese nombre y pensé que podría encontrarme con un paisjae urbano singular. Mi talento natural no funcionó esta vez y sólo perdí unos 15 minutos en los anodinos alrededores de la estación.
¿Os da tan "mal rollo" como a mí?
 El día anterior había visto un cartel que anunciaba un ciclo de cine al aire libre, junto al Checkpoint Charlie. Ese día le tocaba nada menos que a "Goodbye Lenin", una de mis películas favoritas. Tuve un pequeño problema para llegar. La parada del metro estaba en la misma calle, aunque un poco lejos. Tenía que bajar unos 100 números, pero a los 15 minutos me di cuenta que estaba subiendo. ¿La razón? En Berlín (desconozco si en el resto de Alemania sucede lo mismo), los números de los portales suben en un sentido de la calle y bajan en el opuesto. Me parece más lógico nuestro sistema, pero estos germanos no dan puntada sin hilo, así que su sentido tendrá. El caso es que llegué con la película empezada. Pero no me importó, ya que era en alemán, la he visto 3 ó 4 veces y aún se podía sacar más jugo a mi inversión de 7 euros, ergo me marché enseguida a la boca de metro más cercana.
 Ahora me apetecía un poco de arquitectura típicamente comunista. Apliqué las matemáticas pensando que cuanto más al este me fuera, más impresionantes serían los "colmenones democráticos" que me iba a encontrar. Pero las matemáticas no se pueden aplicar al urbanismo con esas alegrías. Así que lo que me encontré fue una zona residencial de viviendas unifamiliares con unas calles poco iluminadas y que carecían de aceras en algunos tramos.  Alguien con un mínimo de sentido común se habría dado la vuelta nada más
Berín de noche
llegar, pero eso hubiera sido demasiado fácil. Así que con la única compañía de la luna anduve estuve casi media hora vagando por tan desolados parajes hasta que, no sin haber pasado momentos de incertidumbre, arribé a una estación de metro salvadora. Tanto ajetreo emocional y físico debía ser repuesto, y nada mejor que un enorme kebab que devoré en los andenes mientras esperaba el metro de vuelta.
 A pesar de mi cansancio, y lo tardío de la hora, no me volví al albergue. Al fin y al cabo era mi último día en Berlín. Así que me bajé en Alexanderplatz y me di un paseo por el centro, llegando hasta Oranienburger Strasse, calle conocida por su animada vida nocturna.  Evidentemente, con todo lo que había vivido ese día, no tenía muchas ganas de marcha , así que cogí el metro y ya, por fin, volví a "casa".  Como colofón a mi ajetreada jornada, ayudé a un grupo de "tinajeros" locales cuando me di cuenta de que no dejaban de nombrar una estación que habíamos pasado hacía un buen rato. Después de tanto trajín, el metro de Berlín ya no tiene secretos para mí.


 

lunes, 4 de noviembre de 2013

Berlín al alcance de la pata

 Con la moral y las energías un poco bajas, el autobús me dejó en la estación central de autobuses de Berlín, que de central tiene más bien poco, ya que está en el extremo oeste de la ciudad.
 Según el plano, mi albergue estaba muy cerca de dicha estación. Pero en Berlín, las distacias son kilométricas, así que me llevó casi media hora llegar. El recibimiento, no fue frío, sino lo siguiente. El empleado me dio la llave y me dijo el piso donde estaba mi cuarto. Nada de explicarme los servicios del hostel y, ni mucho menos hablarme de las maravillas de Berlín. Quizá espere demasiado por 10 euros la noche, pero la amabilidad es gratis, de momento.
 En mi cuarto moraba un curioso personaje. Se trataba de un francés de unos cuarenta y tantos años con aires de rockero veterano. Tuvo la cortesía de enseñarme él mismo las instalaciones y zonas comunes y me explicó su curioso plan de vacaciones. Llevaba ya 3 ó 4 días en Berlín y aún no había visitado el centro. Cada día elegía una cuadrícula del plano de la ciudad y lo recorría minuciosamente a pie. Yo sólo contaba con dos días, así que tuve que ir más "al grano".
 En mi anterior visita a a la capital alemana, Berlín me había parecido una ciudad inabarcable caminando. Esta vez quería comprobar si esa aseveración había sido demasiado aventurada.  Así que salí del albergue, situado en el extremo oeste, rumbo al centro. Lentamente iba ganando centímetros en el plano caminando por interminables y anodinas avenidas. Tras un buen rato, se divisaba en lontananza el Tiergarten, el enorme y más conocido parque de la ciudad. Pero me desvié para pasear por lo que había sido el corazón del antiguo Berlín Oeste, recorriendo la Kurfürstenstrasse,  pasando junto al zoo y visitando los almacenes Kadewe, una especie de Harrods o Galerias Lafayette en versión berlinesa.
 En una astuciosa jugada, me compré un "currywurst" (típica salchicha de la ciudad con keptchup y curry en polvo), con lo que pude seguir caminando mientras almorzaba y no perder ni un minuto, además por un módico precio.
Memorial del Holocausto
 Al rato llegué a la impresionante Postdamer Platz, antiguo centro neurálgico de la ciudad antes de la 2ª Guerra Mundial, que quedó en tierra de nadie tras la división. En el solar que quedó tras la caída del muro, se han erigido imponentes edificios de arquitectura vanguardista.
 Antes de alcanzar la mítica Puerta de Brandemburgo, pude visitar el extraño pero conmovedor Memorial del Holocausto, un laberinto de paralelepípedos a distintas alturas a que representan tumbas y que se me había pasado por alto (y eso que se deja ver bastante) en mi anterior visita.
 La monumental avenida Unter der Linden estaba en obras, así que, aparte que no le favorecían mucho, me obligaron a dar unos cuantos rodeos para llegar a la Isla de los Museos. A estas alturas de la caminata, los pies empezaban a protestar, por lo que me tumbé un rato en una explanada junto a la Catedral de Berlín.  Dejé la visita a los museos para mejor ocasión y seguí mi avance triunfal, pasando por la mítica Alexanderplatz, centro neurálgico del antiguo Berlín Este, dominada por la imponente torre de televisión, cuya silueta sirve de punto de referencia, ya que se ve desde puntos muy alejados de la ciudad.
Descansando junto a la Catedral
  Mi siguiente objetivo era la East Side Gallery. Se trata un tramo del  muro decorado a modo de galería de arte al aire libre que discurre junto al río Spree y que se ha conservado como atracción turística. Junto a él, aprovechando un solar, se había montado una especie de lugar de ocio alternativo con cancha de baloncesto, un mercadillo y un bar, todo ello sobre  una capa de arena de playa traída para la ocasión que le daba un toque tropical al asunto. Berlín es una ciudad poco germánica, y son habituales las expresiones culturales alternativas como ésta.
  En las inmediaciones había una exposición fotográfica en la que se podían ver imágenes de otros muros que aún están en pie en otras zonas del Mundo, como Chipre, Gaza o la frontera entre México y Estados Unidos. No faltaba mi viejo conocido muro de Belfast y no pude evitar ruborizarme al ver que nuestro país también estaba representado en tan vergonzante colección, concretamente mostrando fotos de la valla que separa Melilla del resto del continente africano.
 Crucé el río Spree y me interné en el barrio de Kreuzber, también llamado "la pequeña Estambul", por la gran cantidad de vecinos de origen turco que residen allí. Aproveché dicha situación en mi favor para reponer fuerzas (a fe que las había gastado) cenando un suculento kebab. Recorrí zonas un tanto inquietantes, sobre todo teniendo en cuenta que estaba anocheciendo. Decidí que era hora de poner pies en polvorosa cuando eché mano al bolsillo y comprobé que había perdido el plano. Así que estaba perdido a unos 15 kilómetros del albergue, ya de noche, en un barrio humilde y sin saber una palabra de alemán (y mucho menos de turco).  Seguí andando con paso firme para disimular mi desamparo hasta que pude encontrar una boca de metro y volver de una pieza al albergue.
East Side Gallery
 Ya eran las 11 cuando llegué, pero había que ponerle la guinda al pastel. Así que,tras 5 minutos de descanso me fui rumbo al oeste para visitar el Estadio Olímpico, que estaba relativamente cerca.
  Así de noche no lucía mucho, aparte de que no se podía visitar.  Pero por lo menos lo había intentado. Con este intento di por bien aprovechado el día y volví al albergue. Había caminado casi sin parar durante más de 7 horas habiendo visitado, aunque fuera de pasada, los principales hitos de la ciudad. Pero Berlín es mucho Berlín, y aún me quedaba otro día para sacarle jugo.