En principio, en el siguiente fin de semana a mi excursión a Liverpool y Manchester tenía libre sábado y domingo. Luego me endosaron a traición el viernes, cuando ya era tarde para hacer planes. Al tener previstos sólo dos días, sólo había tiempo para ir a una ciudad. Había pensado en Cardiff. Tenía curiosidad por visitar Gales. Pero la oferta de alojamiento era escasa. Sólo un hostel a más de media hora del centro. Así que me decidí por York. Intenté aprovechar el viernes libre lo mejor que pude yendo al cine, y el sábado partí rumbo al norte. Mi cálculo para coger el autobús en la Estación de Victoria fue tremendamente ajustado. Llegué un minuto antes de la salida. El conductor me echó una ligera reprimenda que no supe distinguir si era en serio o en broma. Da igual. York me esperaba. En el trayecto pasamos cerca de Nottingham y un cartel llamó mi atención. Señalaba la ruta al "Bosque de Robin Hood". Eso habrá que visitarlo algún día. A lo que sí pude echar un vistazo fue a Leeds, ya que el autobús paró allí 45 minutos. Pude ver algún edificio interesante, pero lo que más destacó fue, como suele ser habitual por estos lares, la zona comercial. De hecho, en un alarde de honestidad, la principal calle de tiendas se llama Comercial Street.
El albergue que había reservado en York era de auténtico lujo. He estado en bastantes hoteles mucho más cutres que este hostal. Magníficamente decorado y totalmete restaurado, aunque manteniendo una esencia antigua. Iba a compartir habitación (que no cama) con 3 jovencitas de Leicester que habían estudiado en la ciudad y venían a una fiesta de ex-alumnos. Para mí la fiesta consistía en visitar una nueva ciudad. Y así lo hice. Me adentré por las calles de York para encontrarme con unos rincones que guardaban un brillante pasado medieval. El empedrado de la calzada, las fachadas, la catedral, los puentes sobre el río y sobre todo, la muralla. Realmente es un lugar que merece la pena visitar. Pero no había ido allí sólo a hacer turismo. Las primeras hordas alcoholizadas empezaban a tomar las calles. Así que volví al albergue, cambié el traje de faena y salté a los ruedos nocturnos. Aparte de los rasgos comunes que caracterizan el mundo anglosajón (taconazos, minifaldas y escotes), observé una gran cantidad de individuos que se me ocurrió calificar como de "potenciales pendencieros". Grupos masculinos formados por individuos fornidos, en mangas de camisa, calvos o rapados al cero, alcoholizados y con gran propensión a gritar requiebros a toda mujer que se cruzara en su camino. Afortunadamente no repararon en mí y pude tener una noche tranquila. Pasé la mayor parte del tiempo en un bareto con pista de baile, con la suficiente afluencia para no sentirme incómodo a pesar de no haber salido con otra compañía que la mía. Abundaban los hembrones, como suele ser habitual por estos lares. Comparándolo con España, se puede decir que en nuestro país abunda la clase media alta, mientras que en Inglaterra, hay más polarización, y conviven la clase alta y la clase baja. Para mi gusto , la balanza se inclina del lado británico. Los vestiditos que se marcan impactan más, los tacones les hacen parecer más altas y hay más variedad que en España. El problema viene a la hora de intentar entablar conversación. Si en una discoteca española es difícil entender a alguien, en el extranjero es misión harto complicada. Por ello hay que aprovechar las zonas de fumadores o la "salida de los toros".
Tras estas sesudas reflexiones volví al hostel a dormir. Un desayuno bastante variado y copioso me cargó de fuerzas para visitar la ciudad de día. Con los luxes que proporciona la luz natural, York lucía mucho más que la noche anterior. Una vez recorridas sus principales calles, me decidí a visitar el Museo de Historia. En él destacaba una reproducción de una calle de estilo Victoriano, con sus tiendas, farolas y fachadas. Y lo mejor, había un tío vestido de policía, y en las tiendas había dependientas ataviadas de la época con las que se podía hablar. Tampoco podía faltar la sección dedicada a la Segunda Guerra Mundial, centrada en la vida cotidiana de la gente de York durante ese periodo. Me gustó mucho el museo. Muy alejado de aquellos que se limitan a exhibir ánforas, ropas y espadas, sin permitir ningún tipo de interactividad. Esta visita fue mi última actividad en la ciudad. Mis mini-vacaciones habían llegado a su fin.
miércoles, 20 de abril de 2011
lunes, 11 de abril de 2011
Manchester
Mi primer contacto con la ciudad de Manchester no fue todo lo plácido que hubiera deseado. A los 5 minutos de patear sus calles, eché la mano al bolsillo para inmortalizar la ciudad y no encontraba la cámara. Me hice un cacheo exhaustivo, pero no aparecía. Mis últimas fotos las hice en Liverpool poco antes de montar en el autobús, así que la cámara debía estar allí.Volví corriendo a la estación, y allí estaba el autobús a punto de salir para Londres. Le comenté mi percance al conductor y me dejó echar un vistazo. Se había llenado de gente con bolsas y maletones.Así que inspeccioné un poco la zona por donde había estado y me fui. Debía de estar por allí, pero una búsqueda exhaustiva con la expedición a punto de partir y el autobús lleno hubiera sido demasiado engorrosa. Este es el motivo por el que esta y otras entradas están huérfanas de fotos, lo cual espero compensar con descripciones lo más gráficas posible.
Asumida la pérdida, me dirigí al hostel, que distaba apenas 10 minutos de la estación.A diferencia del albergue de Liverpool, en este caso se trataba de un establecimiento moderno y funcional. Las instalaciones eran mucho mejores. Aunque para mi gusto le faltaba "alma". Mi habitación era de 4 camas, pero la encontré vacía al llegar. Así que supuse que iba a dormir solo esa noche. Dejé la bolsa y me lancé a explorar la ciudad, que no cuenta con grandes referencias monumentales. Aún así, me parececió una ciudad interesante. Combina edificios clásicos, con otros modernos manteniendo el buenh gusto. El centro lo ocupa una gran plaza llamada Picadilly con jardines para el solaz de los locales, y donde confluyen las principales lineas de tranvía. No pueden faltar, como en cualquier ciudad anglosajona, las calles y centros comerciales en abundancia. Pasé junto a lo que en tiempos fue el mítico club nocturno "The Haçienda", convertido ahora en un edificio de apartamentos. La pateada me había abierto el apetito. En busca de la cantidad, más que de la calidad, di buena cuenta de un buffet libre chino que resultó bastante correcto por su ajustado precio y abundante variedad. A pesar de que era domingo, quise echarle un vistazo a la marcha nocturna. No tenía ni idea de dónde estaba la zona de baretos, así que tiré de talento natural. Tras un rato de búsqueda, llegué a una calle con unos cuantos garitos. La zona estaba muy bien, situada junto a un río. Unas banderas multicolores ondeando en las fachadas me confirmaron que la zona no era de ambiente nocturno, sino de ambiente a secas. No estaba yo ese día para probatinas, así que me volví al hostel. Cuando estaba leyendo en la cama, un individuo con aspecto de seminarista irrumpió en la habitación. No iba a dormir solo. Se trataba de un dublinés que trabajaba de profesor en una universidad inglesa. Me hizo gracia que, al comentarle que yo vivía en Slough me preguntó:¿Es tan horrible como dicen? Y cuando ya estábamos los dos durmiendo, una pareja de rubiones entró en la habitación y ocuparon las dos camas libres.
Al despertar el día siguiente, mi compañero se había marchado, y las compañeras estaban desperezándose. Hablé un poco con ellas, pero no les saqué su origen. No entendía ni papa cuando hablaban entre ellas, así que deduje que debían ser nórdicas o bálticas. Cuando se lo iba a preguntar, se marcharon al baño a acicalarse. Nunca se sabe cuánto puede tardar una mujer en esos menesteres, así que me quedé con la duda y partí a explorar Manchester. Mi primer destino fue el Museo de la Guerra. Estaba a las afueras, cerca del estadio del Manchester United. Tras la correspondiente pateada de más de una hora llegué a Old Trattford y visité la tienda, sin, por supuesto comprar nada.Soy "ni un clavel", el fútbol no me interesa y no tengo sitio en casa para meter nada más. Cerca estaba el Museo de la Guerra donde sí que lo di todo. Destacaba el apartado de las guerras navales, pero lo que más me llamó la atención fue la parte dedicada a la Primera Guerra Mundial. Hacía especial hincapié en la vida en las trincheras, ofreciendo la posibilidad de percibir los olores (nada agradables en general) que se podían percibir en ellas.
Pasé más tiempo del previsto en el museo (lo merecía), así que tuve que volver en tranvía.
Mi última visita fue a una especie de ciudad deportiva que contaba con el estadio del Manchester City, un velódromo y una pista de atletismo. En las proximidades de ésta, destacaba una placa conmemorativa de los Juegos de la Commonwealth de 2002, disputados en Manchester. Volví al centro ya pensando en llenar la panza. El día anterior le había echado el ojo a un "Pizza Hut" con un tentador buffet libre. Cometí un pequeño y craso error, ya que la oferta expiraba a las 3 de la tarde. Así que me tuve que conformar con un humilde plato de pasta, que tampoco estaba mal, pero no es lo mismo. Con este ágape di por concluida mi estancia en la ciudad de Manchester, y la primera parte de mis "minivacaciones".La semana siguiente contaba con otros 3 días libres que habría que aprovechar como fuere.
Asumida la pérdida, me dirigí al hostel, que distaba apenas 10 minutos de la estación.A diferencia del albergue de Liverpool, en este caso se trataba de un establecimiento moderno y funcional. Las instalaciones eran mucho mejores. Aunque para mi gusto le faltaba "alma". Mi habitación era de 4 camas, pero la encontré vacía al llegar. Así que supuse que iba a dormir solo esa noche. Dejé la bolsa y me lancé a explorar la ciudad, que no cuenta con grandes referencias monumentales. Aún así, me parececió una ciudad interesante. Combina edificios clásicos, con otros modernos manteniendo el buenh gusto. El centro lo ocupa una gran plaza llamada Picadilly con jardines para el solaz de los locales, y donde confluyen las principales lineas de tranvía. No pueden faltar, como en cualquier ciudad anglosajona, las calles y centros comerciales en abundancia. Pasé junto a lo que en tiempos fue el mítico club nocturno "The Haçienda", convertido ahora en un edificio de apartamentos. La pateada me había abierto el apetito. En busca de la cantidad, más que de la calidad, di buena cuenta de un buffet libre chino que resultó bastante correcto por su ajustado precio y abundante variedad. A pesar de que era domingo, quise echarle un vistazo a la marcha nocturna. No tenía ni idea de dónde estaba la zona de baretos, así que tiré de talento natural. Tras un rato de búsqueda, llegué a una calle con unos cuantos garitos. La zona estaba muy bien, situada junto a un río. Unas banderas multicolores ondeando en las fachadas me confirmaron que la zona no era de ambiente nocturno, sino de ambiente a secas. No estaba yo ese día para probatinas, así que me volví al hostel. Cuando estaba leyendo en la cama, un individuo con aspecto de seminarista irrumpió en la habitación. No iba a dormir solo. Se trataba de un dublinés que trabajaba de profesor en una universidad inglesa. Me hizo gracia que, al comentarle que yo vivía en Slough me preguntó:¿Es tan horrible como dicen? Y cuando ya estábamos los dos durmiendo, una pareja de rubiones entró en la habitación y ocuparon las dos camas libres.
Al despertar el día siguiente, mi compañero se había marchado, y las compañeras estaban desperezándose. Hablé un poco con ellas, pero no les saqué su origen. No entendía ni papa cuando hablaban entre ellas, así que deduje que debían ser nórdicas o bálticas. Cuando se lo iba a preguntar, se marcharon al baño a acicalarse. Nunca se sabe cuánto puede tardar una mujer en esos menesteres, así que me quedé con la duda y partí a explorar Manchester. Mi primer destino fue el Museo de la Guerra. Estaba a las afueras, cerca del estadio del Manchester United. Tras la correspondiente pateada de más de una hora llegué a Old Trattford y visité la tienda, sin, por supuesto comprar nada.Soy "ni un clavel", el fútbol no me interesa y no tengo sitio en casa para meter nada más. Cerca estaba el Museo de la Guerra donde sí que lo di todo. Destacaba el apartado de las guerras navales, pero lo que más me llamó la atención fue la parte dedicada a la Primera Guerra Mundial. Hacía especial hincapié en la vida en las trincheras, ofreciendo la posibilidad de percibir los olores (nada agradables en general) que se podían percibir en ellas.
Pasé más tiempo del previsto en el museo (lo merecía), así que tuve que volver en tranvía.
Mi última visita fue a una especie de ciudad deportiva que contaba con el estadio del Manchester City, un velódromo y una pista de atletismo. En las proximidades de ésta, destacaba una placa conmemorativa de los Juegos de la Commonwealth de 2002, disputados en Manchester. Volví al centro ya pensando en llenar la panza. El día anterior le había echado el ojo a un "Pizza Hut" con un tentador buffet libre. Cometí un pequeño y craso error, ya que la oferta expiraba a las 3 de la tarde. Así que me tuve que conformar con un humilde plato de pasta, que tampoco estaba mal, pero no es lo mismo. Con este ágape di por concluida mi estancia en la ciudad de Manchester, y la primera parte de mis "minivacaciones".La semana siguiente contaba con otros 3 días libres que habría que aprovechar como fuere.
viernes, 1 de abril de 2011
Liverpool
La perspectiva de pasar 3 días seguidos en un habitáculo de escasos 4 metros cuadrados, en una zona rodeada de nudos de carreteras y de nulo encanto no me atraía en absoluto. Otra era montarme un viaje, aunque tenía que hacerlo en solitario. No es la manera ideal de viajar, pero ante la otra altenativa, no había dudas. Ahora sólo faltaba elegir destino. Quería alejarme bastante de Londres, y pasar dos noches fuera. Vi en el mapa que Liverpool y Manchester están bastante cerca, así que me decidí por visitar estas dos ciudades. Me reservé los billetes de autobús, dos noches de albergue, y por cuatro perras ya tenía montadas mis vacaciones.
El sábado por la mañana monté en el autobús dispuesto a internarme en la "verdadera Inglaterra". Porque Londres es una ciudad internacional. Y Slough es una mezcla pakistaní-polaco-india. Eran unas 5 horas de viaje. Ningún problema. Me encanta hacer viajes largos en autobús, y más cuando puedo ver paisajes nuevos. La vida es fácil durante el viaje. Puedes leer, escuchar música o tertulias, dormir, ver el paisaje... No tienes que tomar ninguna decisión trascendente. El autobús lo hace todo.
El paisaje era muy verde, aunque bastante monótono. El circular por autopista no ayudaba mucho. Paramos en Stoke-on-Trent y me pude hacer una ligera idea de la ciudad. No para echar cohetes, pero diferente a lo que tengo más que visto por aquí.
A eso de las 5 de la tarde, arribamos a Liverpool. Me había hecho unas anotaciones para encontrar el albergue, pero me costó un buen rato llegar. Una vez allí, el recibimiento fue de lo más cordial. En la recepción había unas cuantas personas en torno a una mesa y un hombre de unos 60 años cantando y tocando la guitarra. Me dio la mano y haciendo gala de un fino humor británico me dijo que lo podía contratar para bodas o celebraciones. Se trataba del padre de la propietaria, que fue la que me tomó los datos y me explicó los pormenores de mi estancia. Este recibimiento, junto a la atmósfera del local, me produjo la sensación de estar como en casa. Ciertamente, el hostel era bastante antiguo, y sus instalaciones eran más bien humildes. Pero tenía "alma". Algo que no se suele encontrar en los hoteles.
Al entrar en mi habitación vi que en una cama había un hombre durmiendo pese a que eran las 6 de la tarde. Estaba rodeado de maletas y de perchas con chaquetas y trajes. El resto de las camas estaban ocupadas por un grupo de veinteañeros ingleses que, por lo visto, habían venido a Liverpool a pototear lo que se pudiera.
Tras dejar mi mochila, salí a patearme Liverpool.Lo primero que me llamó la atención (llamarme racista si así os quedáis más tranquilos) es la ausencia de indios, pakistaníes e incluso negros en las calles. Liverpool es una ciudad british-british. Luego me enteré de la razón. Por lo visto, la ciudad cuenta con unos de los mayores índices de desempleo del país. Y claro, sin trabajo, no hay inmigración. Como muestra de ello, sólo vi dos ofertas de empleo en sus calles. Y en una de ellas había que saber chino. A pesar de ello, Liverpool tuvo un pasado boyante, siendo uno de los principales puertos del mundo en tráfico de mercancías y, desgraciadamente, en tráfico de esclavos. Eso se reflejaba en unos cuantos edicificios auténticamente grandiosos y espectaculares en las cercanías del puerto. No podían faltar los centros comerciales por el centro y la zona de marcha donde está el mítico pub "the Cavern", donde se dieron a conocer los Beatles. También está muy bien la zona de los muelles. Una vez convenientemente pateada la ciudad, me volví al albergue y me preparé para hacer una inspección del ambiente nocturno. No pude evitarlo y pasé por el aro visitando "The Cavern". 3 libras son asumibles. Había un grupo imitando a los Beatles y mucho turista. Aparte de ésto, la decoración me recordaba mucho a una bar de Huesca llamado "Dylan", que no era precisamente de mis favoritos. Así que me fui y busqué otra zona con más nativos. No tardé en encontrarla y allí pude deleitarme con los tradicionales desfiles de escotes, minifaldas y taconazos. Me sorprendió el precio de los tragos. Una pinta de sidra por 2,25 libras es una invitación al alcoholismo y un tirón de orejas a los precios españoles (que por otra parte pagan menos impuestos sobre el alcohol). A eso de las 2 decidí irme a dormir. Para salir solo hay que tener mucha moral y cuesta mantener el ánimo incólume.
Al día siguiente dejé el hostel con mi compañero de habitación (el hombre rodeado de trajes) aún durmiendo y aproveché la mañana para ver la ciudad de día y visitar una catedral moderna y un par de museos. En el de la ciencia pude ver algunas cosas interesantes, aunque lo que más me llamó la atención fue la parte dedicada a los insectos. Luego visité el de la navegación, con un apartado especial para la esclavitud. No es que sea algo de lo que presumir, pero ya que ha pasado, ¿por qué no explicarlo en profundidad? En España, en cambio, nos gusta esconder el pasado, como si al hacerlo no hubiera sucedido.
Mi parte de "turismo alternativo" consistió en meterme por los bajos fondos del puerto, donde, en un edificio totalmente escojonado, me encontré con una mercadillo muy curioso donde se podía encontrar de todo un poco. Con esto di por terminada mi visita a Liverpool. Ahora tocaba Manchester...
El sábado por la mañana monté en el autobús dispuesto a internarme en la "verdadera Inglaterra". Porque Londres es una ciudad internacional. Y Slough es una mezcla pakistaní-polaco-india. Eran unas 5 horas de viaje. Ningún problema. Me encanta hacer viajes largos en autobús, y más cuando puedo ver paisajes nuevos. La vida es fácil durante el viaje. Puedes leer, escuchar música o tertulias, dormir, ver el paisaje... No tienes que tomar ninguna decisión trascendente. El autobús lo hace todo.
El paisaje era muy verde, aunque bastante monótono. El circular por autopista no ayudaba mucho. Paramos en Stoke-on-Trent y me pude hacer una ligera idea de la ciudad. No para echar cohetes, pero diferente a lo que tengo más que visto por aquí.
A eso de las 5 de la tarde, arribamos a Liverpool. Me había hecho unas anotaciones para encontrar el albergue, pero me costó un buen rato llegar. Una vez allí, el recibimiento fue de lo más cordial. En la recepción había unas cuantas personas en torno a una mesa y un hombre de unos 60 años cantando y tocando la guitarra. Me dio la mano y haciendo gala de un fino humor británico me dijo que lo podía contratar para bodas o celebraciones. Se trataba del padre de la propietaria, que fue la que me tomó los datos y me explicó los pormenores de mi estancia. Este recibimiento, junto a la atmósfera del local, me produjo la sensación de estar como en casa. Ciertamente, el hostel era bastante antiguo, y sus instalaciones eran más bien humildes. Pero tenía "alma". Algo que no se suele encontrar en los hoteles.
Al entrar en mi habitación vi que en una cama había un hombre durmiendo pese a que eran las 6 de la tarde. Estaba rodeado de maletas y de perchas con chaquetas y trajes. El resto de las camas estaban ocupadas por un grupo de veinteañeros ingleses que, por lo visto, habían venido a Liverpool a pototear lo que se pudiera.
Tras dejar mi mochila, salí a patearme Liverpool.Lo primero que me llamó la atención (llamarme racista si así os quedáis más tranquilos) es la ausencia de indios, pakistaníes e incluso negros en las calles. Liverpool es una ciudad british-british. Luego me enteré de la razón. Por lo visto, la ciudad cuenta con unos de los mayores índices de desempleo del país. Y claro, sin trabajo, no hay inmigración. Como muestra de ello, sólo vi dos ofertas de empleo en sus calles. Y en una de ellas había que saber chino. A pesar de ello, Liverpool tuvo un pasado boyante, siendo uno de los principales puertos del mundo en tráfico de mercancías y, desgraciadamente, en tráfico de esclavos. Eso se reflejaba en unos cuantos edicificios auténticamente grandiosos y espectaculares en las cercanías del puerto. No podían faltar los centros comerciales por el centro y la zona de marcha donde está el mítico pub "the Cavern", donde se dieron a conocer los Beatles. También está muy bien la zona de los muelles. Una vez convenientemente pateada la ciudad, me volví al albergue y me preparé para hacer una inspección del ambiente nocturno. No pude evitarlo y pasé por el aro visitando "The Cavern". 3 libras son asumibles. Había un grupo imitando a los Beatles y mucho turista. Aparte de ésto, la decoración me recordaba mucho a una bar de Huesca llamado "Dylan", que no era precisamente de mis favoritos. Así que me fui y busqué otra zona con más nativos. No tardé en encontrarla y allí pude deleitarme con los tradicionales desfiles de escotes, minifaldas y taconazos. Me sorprendió el precio de los tragos. Una pinta de sidra por 2,25 libras es una invitación al alcoholismo y un tirón de orejas a los precios españoles (que por otra parte pagan menos impuestos sobre el alcohol). A eso de las 2 decidí irme a dormir. Para salir solo hay que tener mucha moral y cuesta mantener el ánimo incólume.
Al día siguiente dejé el hostel con mi compañero de habitación (el hombre rodeado de trajes) aún durmiendo y aproveché la mañana para ver la ciudad de día y visitar una catedral moderna y un par de museos. En el de la ciencia pude ver algunas cosas interesantes, aunque lo que más me llamó la atención fue la parte dedicada a los insectos. Luego visité el de la navegación, con un apartado especial para la esclavitud. No es que sea algo de lo que presumir, pero ya que ha pasado, ¿por qué no explicarlo en profundidad? En España, en cambio, nos gusta esconder el pasado, como si al hacerlo no hubiera sucedido.
Mi parte de "turismo alternativo" consistió en meterme por los bajos fondos del puerto, donde, en un edificio totalmente escojonado, me encontré con una mercadillo muy curioso donde se podía encontrar de todo un poco. Con esto di por terminada mi visita a Liverpool. Ahora tocaba Manchester...
Vacaciones kafkianas
Una de las normas de mi actual empresa, obliga a los trabajadores a tomarse todos los días de vacaciones acumulados antes del final de marzo. Según mis cuentas, me correspondían 5 días. Pero en recursos humanos sólo me daban 4. Una norma, aún más cutre que la anterior, hacía que mis 13 días trabajados en enero, no contaran para las vacaciones. Aún así me salían 4'66 días. Así que en un gesto de "generosidad", y ante mis protestas,la empresa me acabó dando 4 días y medio. Mi idea fue usarlos para hacerme un viaje a la Madre Patria, huérfana de mí desde octubre. El hijoputismo continuó cuando mi jefe me dijo que no me podían dar los días seguidos debido a que marzo iba a ser un mes muy ajetreado. Me pareció lamentable que, por un lado, la empresa me obligara a coger las vacaciones en marzo, y por el otro, que al ser un mes "busy" no me dejara cogerlas seguidas. No dejé de protestar a mi jefe implorándole una solución durante una semana. Pero parece mi problema siempre era "para mañana". Al final, viendo que no iba a sacar nada, le pregunté que cuándo me los podía coger."Ya te lo diré",fue su esperada respuesta. Tras más días de incertidumbre y darle una especie de ultimatum me dio dos domingos, un lunes y un sábado. Aparte de no dejarme elegir cuales, tuvo la "generosidad" de darme un sábado como vacación, siendo éste mi único día libre. Menos mal que mi supervisora es bastante más eficaz. Se lo comenté y me cambió ese sábado por un lunes inmediatamente. Con lo cual me quedaban dos fines de semana seguidos con sábado, domingo y lunes. No acabó de quedar mal la cosa. Eso sí, la puntilla la pusieron cuando el jueves de la segunda semana me dijeron que había habido un cambio. Y en vez de el lunes, me daban el viernes. Es decir, el día siguiente. Como para planificar algo. El medio día restante lo empleé este jueves para entrar a las 10 en vez de a las 6 de la mañana. ¿Y qué hice con los otros 4? La respuesta está en las siguientes entradas.
lunes, 28 de marzo de 2011
Regata Oxford-Cambridge
Siguiendo con mi política de presenciar el máximo número de acontecimientos deportivos que se celebran en Londres, no podía despreciar la oportunidad de acudir a ver la mítica regata que enfrenta a las universidades de Cambridge y Oxford. Me enteré unos días antes de casualidad navegando por internet. Esto no es como Huesca, donde oportunos carteles pegados en las fachadas nos avisan de los eventos.
Me informé del recorrido y decidí ir a ver la prueba a la zona de Hammersmith. Nada más bajar del metro, una marea humana se dirigió al puente y sus proximidades.Me metí por un paseo paralelo al río donde había un ambiente impresionante. Estaba abarrotada de gente esperando a los remeros pinta en mano. Al final del paseo se encontraba un parquecillo donde la organización había instalado una pantalla gigante. Había además, numerosos puestos de bebida y comida, amén de una banda de música. La gente hacía botellones en el césped, recordándome la entrañable y alcoholizada celebración de San Jorge en Huesca. Ciertamente era un ambiente muy propicio para el pototeo, y además a plena luz del día. Me llamó la atención que la gente se venía arriba cuando presentaban a los remeros en la televisión, cual si fueran ídolos.Quizá en cierta manera lo sean.
A pesar del ambiente, en esa zona, la visibilidad sobre el Támesis era pobre. Así que me fui al puente de Hammersmith, que estaba también a rebosar. Cuando un helicóptero de televisión pasó sobre nuestras cabezas, tuve una sensación parecida a la de estar esperando a los ciclistas en el Tour de Francia. Mucha gente esperando un buen rato para ver unos segundos a unos deportistas. No parece que cubique mucho. Pero ese ambiente previo es una experiencia fascinante.
Al rato, se empezaron a escuchar gritos de los aficionados y un enjambre de barcas se divisaron en el horizonte. Los remeros llevaban una nutrida comitiva, entre organizadores y policías. Al paso por el puente, los remeros de Oxford llevaban una ligera ventaja. Nada más perderlos de vista, me acerqué al parque a ver el final. Oxford se llevó esta vez la regata, a pesar de las previsiones que daban como favoritos a sus rivales. Y luego siguió la fiesta...
La experiencia resultó muy interesante. Como amante del deporte, me encanta ver como en otros países se mantienen tradiciones centenarias y se presta atención a otros eventos deportivos aparte del fútbol. Como prueba, un cartel colocado en la pantalla gigante que rezaba:"En esta pantalla no se va a transmitir ningún partido de fútbol".
Me informé del recorrido y decidí ir a ver la prueba a la zona de Hammersmith. Nada más bajar del metro, una marea humana se dirigió al puente y sus proximidades.Me metí por un paseo paralelo al río donde había un ambiente impresionante. Estaba abarrotada de gente esperando a los remeros pinta en mano. Al final del paseo se encontraba un parquecillo donde la organización había instalado una pantalla gigante. Había además, numerosos puestos de bebida y comida, amén de una banda de música. La gente hacía botellones en el césped, recordándome la entrañable y alcoholizada celebración de San Jorge en Huesca. Ciertamente era un ambiente muy propicio para el pototeo, y además a plena luz del día. Me llamó la atención que la gente se venía arriba cuando presentaban a los remeros en la televisión, cual si fueran ídolos.Quizá en cierta manera lo sean.
A pesar del ambiente, en esa zona, la visibilidad sobre el Támesis era pobre. Así que me fui al puente de Hammersmith, que estaba también a rebosar. Cuando un helicóptero de televisión pasó sobre nuestras cabezas, tuve una sensación parecida a la de estar esperando a los ciclistas en el Tour de Francia. Mucha gente esperando un buen rato para ver unos segundos a unos deportistas. No parece que cubique mucho. Pero ese ambiente previo es una experiencia fascinante.
Al rato, se empezaron a escuchar gritos de los aficionados y un enjambre de barcas se divisaron en el horizonte. Los remeros llevaban una nutrida comitiva, entre organizadores y policías. Al paso por el puente, los remeros de Oxford llevaban una ligera ventaja. Nada más perderlos de vista, me acerqué al parque a ver el final. Oxford se llevó esta vez la regata, a pesar de las previsiones que daban como favoritos a sus rivales. Y luego siguió la fiesta...
La experiencia resultó muy interesante. Como amante del deporte, me encanta ver como en otros países se mantienen tradiciones centenarias y se presta atención a otros eventos deportivos aparte del fútbol. Como prueba, un cartel colocado en la pantalla gigante que rezaba:"En esta pantalla no se va a transmitir ningún partido de fútbol".
lunes, 21 de marzo de 2011
New Jersey Nets 137-Toronto Raptors 136
Este año, la NBA decidió, por primera vez, jugar dos partidos de la liga regular en Europa. El destino elegido fue Londres. Y yo, que andaba por allí cerca, no pude resistir a la tentación. En principio no son los dos equipos más atractivos de la liga. Pero teniendo en cuenta que en Toronto juega Calderón, y que tampoco podía elegir, me hice con la entrada. Quién sabe cuándo iba a tener otra oportunidad de ver en vivo un espectáculo de tal calibre.
El "día-D" cogí el metro, y al intentar coger la linea "Jubilee" me encontré con una puerta vallada. Había un cartel que decía que estaba en obras. Esta linea era la única que accedía al estadio, por lo que vi que peligraba el espectáculo. Afortunadamente el corte era parcial, y puede coger esta linea en otro punto más avanzado. En el metro se respiraba ambiente de baloncesto. Es una sensación que nunca había tenido en el Reino Unido. El evento se disputaba en el O2 Arena, un monumental pabellón que será sede de los Juegos Olímpicos. El edificio alberga numerosas salas de ocio y restaurantes, que servían cenas a precio de oro. A un "ni un clavel" como yo, no le pillan de sorpresa estas cosas, y ya fui convenientemente alimentado.
Al entrar al pabellón, empecé a subir y subir escaleras hasta llegar a mi zona. Mi política de austeridad me había enviado a una localidad en la que casi hacían falta prismáticos para ver a los jugadores. Una pantalla gigante sobre la pista me iba a facilitar las cosas. Tras las presentaciones y espectáculos al más puro estilo americano, empezó el partido. Llevo muchos años siguiendo la NBA. Es una competicióm mítica que acoge a los mejores jugadores del mundo.La verdad es que una cosa es ver un resumen con los mejores momentos o un partido de la final y otra es tragarte un partido entero en la cancha. Las jugadas de Toronto eran tal que así: Calderón subía la pelota, la pasaba y se retiraba a una esquina. Recibían la pelota DeRozan o Bargnani, aclarado para ellos y jugada individual. Por parte de New Jersey, se lo curraban un poco más, pero tampoco eran el "show time". Eso sí, en cada tiempo muerto o descanso no faltaban "cheer leaders", mascotas, o gente haciendo el payaso cuando les enfocaban las cámaras y salían por la pantalla gigante. Es decir, mucho espectáculo, pero poco baloncesto. Por lo menos estuvo emocionante. Tanto que se disputaron 3 prórrogas. Buena noticia para amortizar la entrada, pero al final no compensó. Más de 3 horas y media que se hicieron interminables. Porque en cada prórroga había 3 ó 4 tiempos muertos. Total, para que le hicieran un aclarado a Bargnani y fallara (Hicieron la misma jugada al final del partido y al final de la tercera prórroga, y el italiano falló ambas). Se pudieron ver algunos detalles de calidad, como Vujavic cosiendo a triples el aro canadiense,Brook Lopez siendo un coloso bajo los aros, Leandro Barbosa haciendo de las suyas o Deron Williams(uno de los mejores bases de la NBA), rompiéndole la cintura a Calderón. Pero yo me lo paso mejor viendo al Peñas en LEB Plata. Por lo menos le veo el careto a los jugadores, se juega en equipo, y no hay un tiempo muerto cada medio minuto. Al salir, era tan tarde que habían cerrado el metro. Tuve que improvisar y coger un par de autobuses, aparte de darme una pateada de enjundia para volver a casa. Aunque la experiencia me decepcionó bastante, era una de esas cosas que tenía que hacer. Por que si no..¿qué sentido tiene trabajar 6 días a la semana en una fábrica y vivir en una casa con 11 personas en mitad de la nada, a cientos de kilómetros de mi familia y amigos?
lunes, 14 de febrero de 2011
Inglaterra 59- Italia 13
Hace unos meses, en una de mis incursiones por el "Gran Londres", llegué hasta el barrio de Twickenham. Evidentemente, no paré hasta localizar el mítico estadio de rugby. Una vez allí me vino a la cabeza un viejo sueño que había tenido desde niño: Ver en vivo un partido del "V Naciones". Recuerdo haber visto algunos partidos en la tele, sin conocer las reglas ni entender exactamente lo que estaba pasando. Pero esos partidos tenían una tradición y una historia que me llamaban la atención.
De vuelta a la realidad, pensé que, habida cuenta de que sólo se juegan 2 ó 3 partidos al año del torneo (ahora VI Naciones), conseguir una entrada sería poco menos que imposible. Hasta que el otro día, curioseando por la página web de la federación inglesa de rugby, vi que quedaban entradas para el Inglaterra-Italia. No era, en principio, el partido más interesante. Además las entradas no eran baratas. Pero oportunidades como éstas no hay que dejarlas escapar. Así que hice el intento de comprar la localidad, pero el sistema de seguridad de mi tarjeta funcionó demasiado bien. Queda claro que nadie podrá comprar nada en esa página con mi tarjeta. Lo malo es que en ese "nadie" entro yo. Pasé un par de días intentando burlar los sistemas de seguridad, pero no había manera. Hasta que caí en otra página web de venta de entradas. Aquí salían aún más caras, pero conseguí pagar y adquirir el valioso boleto. Me lo tenían que mandar a casa, lo cual me generaba bastante inquietud. Ningún problema, ya que a los dos días me llegó un paquetito con el tesoro en forma de entrada. A efectos prácticos, el día del partido yo iba a ser Mr. Paul Gordon, ya que la entrada venía a ese nombre.
El sábado por la mañana me empapé a base de bien las reglas del rugby y cogí el autobús 81 que me deja en Hounslow. Lo que suele costar una media hora, en este caso, y atasco de tráfico mediante, me ocupó casi hora y media. Menos mal que iba sobrado de tiempo, aunque a ratos me temía lo peor encerrado en el autobús. Desde Hounslow tenía un paseo de una media hora hasta el estadio. No me sabía muy bien el camino, pero confié en mi talento natural, y sobre todo en seguir a las hordas de aficionados que se dejaban notar bastante portando banderas o enfundadas en camisetas de rugby.
Cuando por fin apareció Twickenham en el horizonte, el espectáculo fue impresionante. Miles de personas congregadas en los aledaños comiendo y bebiendo en numeros puestos situados para la ocasión. Me hubiera echado unas cuantas pintas, pero no era plan yendo solo. Así que, haciendome pasar por Mr. Gordon accedí al estadio. Como aún quedaba un rato, visité el museo del rugby, situado en las dependencias de Twickenham. Es interesante, sobre todo para los fanáticos. Como yo no lo soy tanto, estuve una rato y subí a mi localidad. Mucho me tocó subir, ya que estaba arriba del todo. Sin duda, ello me daba una perspectiva ideal para seguir el juego. Y claro, también era la entrada más barata que pude encontrar.
La ceremonia de los himnos fue sublime, con una banda tocando en el centro del campo. Me sentí medio inglés cuando el abarrotado estadio (más de 80.000 personas) coreó el "God save the Queen".
El partido en sí, no tuvo mucha historia. A los dos minutos, Inglaterra ya consiguió un ensayo. Italia pudo, a base de golpes de castigo, no perder mucha comba. Pero poco a poco, la linea de tres cuartos inglesa impuso su superioridad acribillando a ensayos a los transalpinos, para regocijo del público asistente. Se palpa en el ambiente que este año el trofeo puede volver a Twickenham después de 8 años. La cita clave es el partido ante Francia dentro de dos semana. Evidentemente me gustaría ir, pero teniendo en cuenta que las entradas superan las 300 libras, y que ya he "matado el gusanillo", lo dejaremos para mejor ocasión.
Al final, y como era de esperar, "paliza" de Inglaterra a Italia. Estos últimos no acaban de ser competitivos en el torneo, siendo hasta ahora su único objetivo, burlar la "cuchara de madera".
Sabido es, que en rugby, el tercer tiempo es casi tan importante como los otros dos. En los pubs próximos al estadio, cientos de personas celebraban la victoria entre pintas. Coincidía en ese momento la emisión del Escocia-Gales. Me hubiera quedado en cualquiera de los baretos empapándome de ambiente rugbístico. Pero con eso de ir sólo a los pubs todavía no puedo. Tiempo al tiempo.
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