Hace unos días me llamó la agencia que me había ofrecido algún trabajo como camarero. Esta vez se trataba de una oferta no muy tentadora. Limpiar en un gimnasio con el durísimo horario de 5 de la mañana a 1 de la tarde. Además la idea era entrar en la rotación de la empresa, es decir, no era para unos días o un par de semanas. Mi situación no era para echar cohetes, pero tenía algunos trabajillos en el horizonte. La idea de levantarme todos los días a las 4 y media para ir a limpiar no me convenció en absoluto. Así que les comenté a los de la agencia que semejante tortura no la podría soportar indefinidamente. A lo sumo, 2 semanas.
No debieron encontrar muchos candidatos para cubrir algo tan poco tentador, ya que el domingo por la tarde me preguntaron si podría hacer el trabajo por dos semanas. Tenía curiosidad por ver cómo era el gimnasio. Además estaba muy cerca de mi casa, y pensé que no me vendría mal el dinerito de trabajar 2 semanas. Así que acepté. Eso sí, no pude evitar preguntarles en plan de coña si tendría que llevar chaleco o corbata para el trabajo. Me dijeron que no, pero que llevara camisa blanca y pantalones negros. Me sonó un poco raro, pero por si acaso los metí en la mochila.
A una hora en la que debería estar prohibido o muy bien pagado trabajar, me presenté en el “Leisure Club”, del hotel Marriot, donde me esperaba el mánager. Se trataba de un portugués bastante joven con un cierto pasado futbolístico en Inglaterra que no acabé de entender bien. Como suele ser habitual por estos lares, resultó bastante simpático y educado. Muy alejado del modelo “fierica”, ya descrito en el blog. Me explicó mis tareas, que consistían en mantener limpio y en orden el gimnasio, los vestuarios y la piscina. También dijo que tendría que ir hecho un pincel, con camisa blanca, pantalones negros y bien afeitado, ya que se trata de un hotel con elevados estándares de calidad.
El gimnasio abre a las 6. Y aunque parezca increíble, a las 6 menos 10 de la mañana, siempre hay dos o tres personas esperando para entrar. El trabajo en sí, no es muy lucido, pero es bastante llevadero. No se trata de limpiar habitaciones de un hotel, ni de adecentar los baños de un parque público. Básicamente consiste en dar vueltas por las instalaciones vigilando que todo esté en orden y limpio. Me llevo muy bien con los compañeros. Tanto que algunos ya están enseñándome jerga londinense. El hotel me ofrece el desayuno y la comida. El jefe me da las gracias muchos días por el trabajo y no está encima de mí dando la brasa. Y lo de madrugar no es que me guste, pero no es tan terrible. Así que he decidido continuar, más allá de las dos semanas previstas. Se supone que este trabajo no es de “lo mío”. Pero si “lo mío” es trabajar 50 o 60 horas a la semana sin que me paguen horas extra ni me lo agradezcan, rezar para que el jefe no tenga el día cruzado, no poder planear ninguna actividad personal porque no sé a qué hora voy a salir del trabajo y encima tener que estar agradecido, prefiero trabajar de “lo suyo”.
domingo, 5 de diciembre de 2010
martes, 9 de noviembre de 2010
Curiosa entrevista
Un día que me levanté con ganas de caminata, se me ocurrió ir a Maidenhead. Se trata de una ciudad cercana a Slough. De hecho, en el mapa aparecen casi pegadas. Lo malo es que el municipio de Slough es inmenso. Así que me costó más de dos horas llegar a mi destino, dejando varios polígonos industriales a los lados. Vamos, que no fue un paseo bucólico para llevar a la novia y declararse. La ciudad de Maidenhead no es gran cosa. Unas cuantas calles comerciales, y el resto, zona residencial. Además, en el Reino Unido, todas las calles comerciales cuentan con los mismos establecimientos: Mark´s & Spencer, Subway, McDonald´s, FMV, Primark… amén de las tiendas “todo a una libra”. En este caso, lo que me llamó la atención fue una oferta de trabajo colocada en el escaparate de una oficina de Adecco. Buscaban hablantes de diversas lenguas (entre ellas el español) para probar y traducir juegos de consola. Sonaba bien. Entré a preguntar y me dieron una dirección de correo para mandarles el CV. Así lo hice, y en unos días me llamaron para hacerme una entrevista. Volví a Maidenhead, esta vez en tren, y me presenté en la oficina. Allí me atendió un hombre joven muy simpático que, por lo que me contó, había vivido un año entre España y México. Me comentó que había olvidado bastante nuestra lengua, limitándose a repetirme varias veces “muy bueno, mi amigo”. Tras tomarme los datos me pasó a un cuarto interior donde me esperaba una consola Xbox360. La “entrevista” consistía en jugar a 3 juegos de la consola y anotar los tiempos y las puntuaciones. A mí me encantan los videojuegos. Pero suelo jugar en PC, usando teclado. No estoy muy habituado al mando de la consola, aunque algunas “matacías”, partidos de fútbol y competiciones atléticas jalonan mi currículum consolero. El empleado me dejó solo con la consola, los juegos y un cronómetro. El primer juego era de guerra en primera persona. Se trataba de hacer una misión en la II Guerra Mundial, enfrentándose a soldados alemanes. Los primeros 5 minutos fueron de cogerle el truco al mando. Eso sí, no conseguí averiguar cómo se podía agachar. El resultado es que mi táctica de ataque a pecho descubierto fue un auténtico fracaso. La Wertmach me aniquilaba una vez tras otra. Tras más de media hora, pude llegar a un “checkpoint”, que me servía para que cada vezs que me mataban (es decir, cada 30 segundos), no empezara de cero. Tras más de 40 minutos de agonía, volvió en simpático empleado y me dijo que el límite eran 20 minutos. La verdad es que había pasado un mal rato. No porque me mataran los alemanes, que ya sé que al final perdieron la guerra. Sino porque me daba la impresión de que no valía ni para jugar a videojuegos. Viendo mi abatimiento, el hombre me dijo que no me preocupara. Que no iba a probar los juegos sino a traducirlos. Probarlos se paga a 6 libras/hora, y traducirlos, a 8. Me comentó que para traducir no hacía falta tener tanto dominio de la consola. En todo caso, tenía que rellenar su formulario de inscripción vía internet. Fui a hacerlo a la biblioteca de Maidenhead, donde me encontré a una españolita sentada a mi lado. Me pintó el tema laboral muy negro. Yo creo que no es para tanto. Será porque estoy acostumbrado a los parámetros españoles. Volví a la oficina donde me esperaba un curioso contrato. Nosotros no tenemos obligación de darte trabajo, ni tú de trabajar con nosotros. Más liberal imposible.
Así que si algún día estáis jugando a la Xbox360 y veis un mojón en la traducción, quizá haya sido cortesía de un servidor
Así que si algún día estáis jugando a la Xbox360 y veis un mojón en la traducción, quizá haya sido cortesía de un servidor
viernes, 5 de noviembre de 2010
Presunción de culpabilidad
Hasta ahora me he podido conectar a internet yendo a la biblioteca, en ciber cafés, o gracias al wifi de Ronnie McDonald´s. No son opciones muy cómodas, amén de que la privacidad está muy al descubierto. Animado por un repunte de mis ingresos, me decidí a adquirir un servicio de internet “pay as you go”. Se trata de un lápiz USB que permite obtener 3 GB de información, tras lo cual se puede recargar. La ventaja de este sistema es que no está sujeto a ningún tipo de contrato. Fui a una tienda de telefonía y el vendedor me recomendó la opción de Vodafone. Todas ofrecían básicamente lo mismo, pero ésta era más económica. Ya dicen bien que lo barato sale caro. El vendedor me comentó que había que llamar a un número para acceder a contenidos reservados a mayores de 18 años. Me pareció algo tan descabellado que no me preocupé y fui a casa para probar el invento. Tras unos minutos, el milagro se produjo: podía navegar en mi propia casa, sin necesidad de interminables caminatas o atentados a mi estómago tales como el Happy Meal de Mc Donald´s. Todo se torció cuando, iluso de mí, pretendí entrar en una web y me apareció un mensaje en el que me decía que el controlador de contenidos no me dejaba acceder y que si quería deshabilitarlo me tenía que poner en contacto con el servicio al cliente. Eso sí, no ponía ningún número de teléfono ni dirección web. Para los bienpensantes, advierto de que no se trataba de ninguna página pornográfica. Y aunque lo hubiera sido, me parece lamentable que los señores de Vodafone UK decidan dónde puedo entrar y dónde no. Si en algunas cosas tiro más bien para la izquierda (reparto del trabajo), en otras soy más de derechas que nadie, y para mí la libertad indivual es cuasi-sagrada. Me puse manos a la obra, y comencé a buscar la manera de revertir tan deplorable situación. Tras unos minutos de exhaustiva búsqueda, logré localizar en las bodegas de la página de Vodafone UK, un número de atención al cliente. Llamé y me sentí tan desolado como el protagonista de “El Proceso”. Una maraña de menús y submenús eran cantados por una voz grabada. Tras navegar unos minutos por tan tortuosas aguas y no llegar a buen puerto, descarté la vía telefónica. ¿Es tan difícil que una persona te coja el teléfono, le expliques lo que te pasa y te lo solucione? Parece que sí. Seguí mirando la web y encontré otra vía. Se trataba de registrase como usuario de Vodafone y cancelar el control de contenidos on-line. Me puse a ello y lo primero que me pedía era mi número de teléfono Vodafone UK. Quiero registrarme como usuario del servicio de internet Vodafone y me piden mi número de teléfono Vodafone. ¿Estos tíos son idiotas? Probé a poner mi número Lebara, mi número Vodafone español, y casi lo intento con el fijo de mi casa a ver si colaba. Seguí navegando y en las profundidades de la página comentaba que el lápiz USB contaba con un número Vodafone propio. No aparecía en la caja ni en el lápiz, sino que había que mirarlo buscando entre los menús y submenús de un programa que se instalaba al conectar el lápiz. Vamos, algo que se cae de maduro.
Una vez conseguido el número, me registré como usuario. Ya se olía la victoria. Una vez en mi cuenta de usuario había una opción para desactivar el insidioso control de contenidos. Allí me fui de cabeza para recibir el escueto mensaje de que esa opción no funcionaba en ese momento, sin más explicación. Otro en mi lugar habría desistido, no sin antes hacer trizas el maldito aparato. Seguí navegando por las profundidades de la web, accediendo a contenidos que supongo vírgenes para el género humano. Allí había un email de atención al cliente. Les expuse mi caso, y unos minutos después (lo único eficaz en toda la noche), un atento empleado me pedía disculpas (evidentemente, no les echaba muchas flores en mi correo) y me daba la solución a mis problemas. A saber: mandarle mi dirección, mi fecha de nacimiento, la fecha de mi última recarga ¿? , y una copia escaneada de una prueba de mi mayoría de edad (Pasaporte, carnet de conducir…) Evidentemente no tengo escáner aquí, pero recordaba haber mandado mi DNI escaneado por correo electrónico a algún sitio. Rebusqué entre mis correos enviados y lo hallé. Les mandé todo y confié en que su respuesta fuera tan rápida como la que me dieron a mi primer correo. No se tomaron tanta prisa, y unas 14 horas después de enviarles los documentos (en realidad me apetecía más bien mandarles a la m…) he tenido el privilegio de poder acceder a páginas para mayores de 18 años.
No sé quién habrá sido el lumbreras de idear ese control de contenidos. Quizá sea una norma que las compañías tienen que cumplir. Si así fuera, lo menos que podía hacer el operador es dar facilidades para solucionarlo. Por aquí he visto en algunas marquesinas algún anuncio muy original de una compañía telefónica. Se trata de un bólido de Fórmula 1 esponsorizado por la marca TescoMobile. Encima del coche dice: Como no hacemos esto (patrocinar la escudería), tenemos dinero para esto (ofrece ciertas ventajas a los clientes de sus compañía). Y no les falta razón. Porque para que el Señor Hamilton lleve su coche con los colores de Vodafone, me cuesta 10 veces más llamar desde España a un teléfono español que llamar con la compañía Lebara desde el Reino Unido al mismo teléfono español. Eso, a parte de cercenar mi libertad y darme un servicio lamentable.
Una vez conseguido el número, me registré como usuario. Ya se olía la victoria. Una vez en mi cuenta de usuario había una opción para desactivar el insidioso control de contenidos. Allí me fui de cabeza para recibir el escueto mensaje de que esa opción no funcionaba en ese momento, sin más explicación. Otro en mi lugar habría desistido, no sin antes hacer trizas el maldito aparato. Seguí navegando por las profundidades de la web, accediendo a contenidos que supongo vírgenes para el género humano. Allí había un email de atención al cliente. Les expuse mi caso, y unos minutos después (lo único eficaz en toda la noche), un atento empleado me pedía disculpas (evidentemente, no les echaba muchas flores en mi correo) y me daba la solución a mis problemas. A saber: mandarle mi dirección, mi fecha de nacimiento, la fecha de mi última recarga ¿? , y una copia escaneada de una prueba de mi mayoría de edad (Pasaporte, carnet de conducir…) Evidentemente no tengo escáner aquí, pero recordaba haber mandado mi DNI escaneado por correo electrónico a algún sitio. Rebusqué entre mis correos enviados y lo hallé. Les mandé todo y confié en que su respuesta fuera tan rápida como la que me dieron a mi primer correo. No se tomaron tanta prisa, y unas 14 horas después de enviarles los documentos (en realidad me apetecía más bien mandarles a la m…) he tenido el privilegio de poder acceder a páginas para mayores de 18 años.
No sé quién habrá sido el lumbreras de idear ese control de contenidos. Quizá sea una norma que las compañías tienen que cumplir. Si así fuera, lo menos que podía hacer el operador es dar facilidades para solucionarlo. Por aquí he visto en algunas marquesinas algún anuncio muy original de una compañía telefónica. Se trata de un bólido de Fórmula 1 esponsorizado por la marca TescoMobile. Encima del coche dice: Como no hacemos esto (patrocinar la escudería), tenemos dinero para esto (ofrece ciertas ventajas a los clientes de sus compañía). Y no les falta razón. Porque para que el Señor Hamilton lleve su coche con los colores de Vodafone, me cuesta 10 veces más llamar desde España a un teléfono español que llamar con la compañía Lebara desde el Reino Unido al mismo teléfono español. Eso, a parte de cercenar mi libertad y darme un servicio lamentable.
martes, 19 de octubre de 2010
II Media Maratón Ciudad de Huesca
Cual si fuera un atleta de élite, la semana pasada cogí un vuelo desde Londres para estar presente en la media maratón que se celebraba en Huesca el domingo. Lástima que todavía no tenga un caché reconocido, y la organización no me facilitara ni el transporte, ni el alojamiento, ni siquiera un fijo por correr.
El año pasado nacía esta prueba que contaba con una gran demanda en la ciudad. La carrera se organizó deprisa y corriendo (nunca mejor dicho), pero aún así, fue un éxito. Este año tampoco parece que hayan cambiado el método, quizá por aquello de no cambiar las cosas que salen bien. La difusión ha sido bastante escasa. En Slough nadie estaba al cabo de la calle, y yo me tuve que enterar a través de familiares y amigos.
Aún así, más de 500 atletas nos presentamos en la linea de salida. El día amaneció fresco, pero soleado, invitando a participar, ya fuera corriendo o animando.
En mi estancia en tierras británicas apenas he ido dos o tres veces a correr. Las pateadas no me han dejado mucho margen. Pero estoy muy fino, y eso compensa bastante. Salí muy atrás y empecé pronto a remontar gente. La primera vuelta fue bien, pero las piernas se empezaban a cargar. Me di cuenta de que me iba a faltar fondo, y que mi plusmarca personal iba a ser una quimera. Así que me junté con un amigo y con él fuimos casi todo el trayecto hablando y haciendo humores. Cambia mucho la cosa de correr así o hacerlo a tope para batir marca. Los kilómetros caían como churros, aunque las piernas cada vez estaban más rígidas. Tampoco fue mucho problema, ya que no contaba con la presión del cronómetro. Sin forzar mucho, ya que no iba muy sobrado, conseguí llegar a meta con una marca aceptable de 1h 38' 52". Lejos de mi 1h 31', pero bastante correcta. En la llegada nos encontramos con un cuello de botella en la recogida de la bolsa del corredor. No es nada bueno acabar una media maratón y tener que esperar 5 minutos parado para devolver el chip y recoger la bolsa. Otra cosa que eché en falta fue una charanga o similar que animara el cotarro en algún lugar del recorrido. Espero que estos detalles se vayan limando para que haya más gente que, como yo, recorran miles de kilómetros para correr en Huesca.
El año pasado nacía esta prueba que contaba con una gran demanda en la ciudad. La carrera se organizó deprisa y corriendo (nunca mejor dicho), pero aún así, fue un éxito. Este año tampoco parece que hayan cambiado el método, quizá por aquello de no cambiar las cosas que salen bien. La difusión ha sido bastante escasa. En Slough nadie estaba al cabo de la calle, y yo me tuve que enterar a través de familiares y amigos.
Aún así, más de 500 atletas nos presentamos en la linea de salida. El día amaneció fresco, pero soleado, invitando a participar, ya fuera corriendo o animando.
En mi estancia en tierras británicas apenas he ido dos o tres veces a correr. Las pateadas no me han dejado mucho margen. Pero estoy muy fino, y eso compensa bastante. Salí muy atrás y empecé pronto a remontar gente. La primera vuelta fue bien, pero las piernas se empezaban a cargar. Me di cuenta de que me iba a faltar fondo, y que mi plusmarca personal iba a ser una quimera. Así que me junté con un amigo y con él fuimos casi todo el trayecto hablando y haciendo humores. Cambia mucho la cosa de correr así o hacerlo a tope para batir marca. Los kilómetros caían como churros, aunque las piernas cada vez estaban más rígidas. Tampoco fue mucho problema, ya que no contaba con la presión del cronómetro. Sin forzar mucho, ya que no iba muy sobrado, conseguí llegar a meta con una marca aceptable de 1h 38' 52". Lejos de mi 1h 31', pero bastante correcta. En la llegada nos encontramos con un cuello de botella en la recogida de la bolsa del corredor. No es nada bueno acabar una media maratón y tener que esperar 5 minutos parado para devolver el chip y recoger la bolsa. Otra cosa que eché en falta fue una charanga o similar que animara el cotarro en algún lugar del recorrido. Espero que estos detalles se vayan limando para que haya más gente que, como yo, recorran miles de kilómetros para correr en Huesca.
lunes, 11 de octubre de 2010
Media Maratón Royal Parks
Este domingo había una media maratón en el centro de Londres. Evidentemente, la hubiera corrido. Pero cuando me enteré de su existencia, la inscripción estaba cerrada. A pesar de ello , me acerqué a verla. La salida y la meta se situaban en el Hyde Park. Apenas llegué al parque, empezaron a desfilar corredores. Y no pararon, porque estuvo más de media hora pasando gente. Algunos de ellos con disfraces bastante originales, como uno caracterizado como Son-Woku o un par que iban cubiertos con una coraza en forma de pez. Una de las participantes cayó justo delante de mí (yo no hice nada)nada más empezar. Estuvo unos minutos parada con mareos mientras le dábamos ánimos, pero pudo continuar. Como aún quedaba un rato hasta que volvieran al parque, fui a dar una vuelta por la zona de meta. Es habitual que en las carreras importantes haya una zona con casetas de patrocinadores. En este caso la había, y resultó ser una auténtica mina. Algunas casetas vendían productos, pero la mayoría los regalaban. Patatas fritas, refrescos, chocolatinas, barras energéticas, pasta, el Sunday Thelegraph,queso, galletas y hasta pedazos de hamburguesa de ternera de Gales. Por unos momentos, tamaña catarata de obsequios me hizo olvidar la pena por no haber podido correr. Con el estómago y la mochila colmados de viandas, di varias vueltas por el parque para ver la prueba. Me llamó la atención que había muchos puestos de miembros de asociaciones caritativas, que fieles a sus principios de ayudar al necesitado, animaban con gran entusiasmo a los participantes.
Como suele ser habitual allende de nuestras fronteras, destacaba el elevado porcentaje de mujeres, que calculo que frisaba el 40% (En España, apenas alcanza el 10%) También se notaba un carácter menos competitivo que en España. Mucha gente hacía los últimos kilómetros andando, y el cierre de control estaba fijado en 3 horas.
El día soleado y la temperatura muy agradable redondearon una mañana casi perfecta. La próxima prueba que se corra por aquí no se me puede escapar viva.
sábado, 9 de octubre de 2010
Back to the light
Al poco tiempo de llegar a Inglaterra, me apunté a una agencia de trabajo temporal de Windsor, especializada en restauración. Hace unas semanas me llamaron para hacer una entrevista. Me hicieron un cursillo acelerado y me dijeron que me irían llamando para trabajos de camarero.
Este jueves tenía el día libre (desde que he llegado aquí, sólo he tenido dos días no-libres), así que planeé una caminata hasta Maidenhead, localidad cercana a Slough. Aprovechando que no tengo muchos compromisos sociales, me recorté un poco la barba, dejando el bigote intacto. Cogí el autobús para Slough y a las 11 y cuarto me sonó el teléfono. Era una empleada de la agencia que me preguntó si me interesaba trabajar ese día. Le dije que sí, lógicamente, y me dijo que tenía que llevar camisa blanca, pantalones negros y zapatos. Además de una pajarita que me suministraban ellos. De esa guisa tenía que aparecer a las 12 en la oficina de Windsor. Por supuesto, yo iba en vaqueros, zapatillas y jersey, además de estar a varios kilómetros de Windsor. Les llamé y pedí una prórroga de media hora, ya que estaba en el autobús y no tenía la ropa. Me dijeron que me podían dejar una camisa y que sí, que si me daba prisa llegaba. Y tanto que me di prisa. Nada más llegar a Slough fui a una zapatería y les pedí zapatos baratos de mi talla. No tenían, así que fui a otra. Por 9.99 libras había unos que me iban como anillo al dedo. Mientras el dependiente les colocaba los cordones fui a una tienda de ropa y adquirí unos pantalones negros sin poder probármelos, además de unos calcetines. Recogí los zapatos y fui a una droguería donde compré unas maquinillas desechables y espuma de afeitar, por si acaso no colaba mi poco convencional afeitado. Eran ya las 11.45, y aún tenía que ir a Windsor. Corriendo con las bolsas y la mochila, aún me llamaron dos veces para ver por dónde andaba. A las 12.10 conseguí llegar, un tanto sofocado, a la agencia. Me dieron una camisa blanca y una pajarita, me cambié en el baño y aparecí hecho un pincel. Nada que ver con el desastrado personaje que había entrado en la agencia 5 minutos antes. Incluso una empleada exclamó: Lovely!, al verme salir. Afortunadamente, no me dijeron nada de mi afeitado. Bien mirado, este bigote con la sombra de barba no me queda tan mal. Yo creo que hasta me da más aire de camarero.
Un coche me estaba esperando a la salida. En él estaban mis nuevos compañeros por un día. Nuestro cometido era servir las bebidas y los canapés en un picoteo que se iba a celebrar en la pequeña localidad de Pangbourne, cercana a Reading. Siempre he sido un asiduo a este tipo de actos. Para mí era toda una experiencia vivirlo desde otro punto de vista.
Tras preparar el local y las bebidas, empezó a llegar la gente. Se trataba de un grupo de unas 100 personas de mediana edad. No estábamos en el multicultural Londres ni en el cuasi monocultural (islámico) Slough. El grupo era genuinamente británico. No sólo en su aspecto, sino también en su exquisita educación. Daba gusto servir a gente tan correcta y amable. Para mí, que he pasado por el infierno de las cocinas, estar allí, en un recinto con vistas al exterior, viendo las caras de la gente y pensando que sería otra persona quien se ocupara de la vajilla, era como ver la luz después de un periodo de oscuridad. Parecida sensación debió sentir el genial guitarrista Brian May cuando, tras un periodo complicado de su vida, volvió a la actividad con su trabajo: “Back to the light”. Por eso he titulado esta entrada así. Como testimonio de que más allá de las tinieblas, siempre se encuentra la luz.
Este jueves tenía el día libre (desde que he llegado aquí, sólo he tenido dos días no-libres), así que planeé una caminata hasta Maidenhead, localidad cercana a Slough. Aprovechando que no tengo muchos compromisos sociales, me recorté un poco la barba, dejando el bigote intacto. Cogí el autobús para Slough y a las 11 y cuarto me sonó el teléfono. Era una empleada de la agencia que me preguntó si me interesaba trabajar ese día. Le dije que sí, lógicamente, y me dijo que tenía que llevar camisa blanca, pantalones negros y zapatos. Además de una pajarita que me suministraban ellos. De esa guisa tenía que aparecer a las 12 en la oficina de Windsor. Por supuesto, yo iba en vaqueros, zapatillas y jersey, además de estar a varios kilómetros de Windsor. Les llamé y pedí una prórroga de media hora, ya que estaba en el autobús y no tenía la ropa. Me dijeron que me podían dejar una camisa y que sí, que si me daba prisa llegaba. Y tanto que me di prisa. Nada más llegar a Slough fui a una zapatería y les pedí zapatos baratos de mi talla. No tenían, así que fui a otra. Por 9.99 libras había unos que me iban como anillo al dedo. Mientras el dependiente les colocaba los cordones fui a una tienda de ropa y adquirí unos pantalones negros sin poder probármelos, además de unos calcetines. Recogí los zapatos y fui a una droguería donde compré unas maquinillas desechables y espuma de afeitar, por si acaso no colaba mi poco convencional afeitado. Eran ya las 11.45, y aún tenía que ir a Windsor. Corriendo con las bolsas y la mochila, aún me llamaron dos veces para ver por dónde andaba. A las 12.10 conseguí llegar, un tanto sofocado, a la agencia. Me dieron una camisa blanca y una pajarita, me cambié en el baño y aparecí hecho un pincel. Nada que ver con el desastrado personaje que había entrado en la agencia 5 minutos antes. Incluso una empleada exclamó: Lovely!, al verme salir. Afortunadamente, no me dijeron nada de mi afeitado. Bien mirado, este bigote con la sombra de barba no me queda tan mal. Yo creo que hasta me da más aire de camarero.
Un coche me estaba esperando a la salida. En él estaban mis nuevos compañeros por un día. Nuestro cometido era servir las bebidas y los canapés en un picoteo que se iba a celebrar en la pequeña localidad de Pangbourne, cercana a Reading. Siempre he sido un asiduo a este tipo de actos. Para mí era toda una experiencia vivirlo desde otro punto de vista.
Tras preparar el local y las bebidas, empezó a llegar la gente. Se trataba de un grupo de unas 100 personas de mediana edad. No estábamos en el multicultural Londres ni en el cuasi monocultural (islámico) Slough. El grupo era genuinamente británico. No sólo en su aspecto, sino también en su exquisita educación. Daba gusto servir a gente tan correcta y amable. Para mí, que he pasado por el infierno de las cocinas, estar allí, en un recinto con vistas al exterior, viendo las caras de la gente y pensando que sería otra persona quien se ocupara de la vajilla, era como ver la luz después de un periodo de oscuridad. Parecida sensación debió sentir el genial guitarrista Brian May cuando, tras un periodo complicado de su vida, volvió a la actividad con su trabajo: “Back to the light”. Por eso he titulado esta entrada así. Como testimonio de que más allá de las tinieblas, siempre se encuentra la luz.
lunes, 4 de octubre de 2010
Restaurante Los Rosales
Mi ajustada política de gasto, sumada a una cierta aversión a pasar mucho tiempo en la cocina, por motivos ya comentados, ha acabado por afectar de forma negativa a la calidad de mi dieta.
No quiero echar la culpa al tópico de que en Inglaterra “se come mal”. En el supermercado hay de todo y en Londres hay restaurantes de todas las nacionalidades, amén de bastantes cocineros de renombre. Pero es inevitable echar la vista atrás y recordar las comidas de la mejor cocinera del mundo que es siempre nuestra madre. También es buen momento para hacer una crítica gastronómica que los acontecimientos me empujaron a dejar de lado en su momento. Me refiero a un restaurante que frecuenté en mis últimos meses en España por motivos de trabajo, y que responde al nombre de “Los Rosales”.
El local, en un ejemplo de atinada estrategia, se sitúa en el municipio de Angüés, a medio camino de la muy transitada carretera que une Huesca y Barbastro. A la gran cantidad de coches que circulan por dicho tramo, se le suman los excursionistas que acuden a hacer barrancos por el Río Vero. La reciente inauguración de la autovía que evita Angüés, abre una nueva etapa en el establecimiento. Eso que suena tan bien, supone que el número de comensales se va a ver, seguramente, sensiblemente disminuido. ¿Tiene armas en restaurante para aguantar el envite? Yo creo que sí.
Que nadie espere llegar aquí y que un botones le aparque el coche y otro le cuelgue el abrigo. El menú jamás tendrá nombres tan rimbombantes como “virutas de foie gascón con espuma de vieras sobre un lecho de huevas de salmón fumé en salsa de echalotes caramelizados”. No usaremos vajilla de Sèvres ni cubertería de plata. No servirá a la Familia Real, ni aparecerá nunca en guías gourmet.
Nos espera un menú del día compuesto por productos tan corrientes como verduras salteadas, pollo al horno o natillas, servido sobre mantel de papel y regado con vino cosechero. Lo que puede parecer un defecto, se convierte en su mayor virtud. Porque aquí no vienen a comer la nobleza escocesa o los jeques dubaitís. La clientela habitual está formada por familias que están de viaje y pasan por allí, obreros que están haciendo de las suyas por la zona o agricultores de los pueblos cercanos. Es decir, gente que quiere comer algo digno sin sufrir un desfalco en sus cuentas corrientes. Teniendo en cuenta que una gran parte de la clientela es asidua, es de esperar una variedad suficiente, y que las comidas entren más por la boca que por los ojos. Tras una semana en un sitio, los fuegos de artificio ya no impresionan. Y en este aspecto, Los Rosales cumple su cometido a la perfección. Comida variada, adaptable a una dieta equilibrada, a un precio razonable. Hace unos años me enseñaron que la calidad es la adecuación de los servicios ofertados respecto a las expectativas del cliente. En este caso, puedo afirmar que el restaurante Los Rosales, es un establecimiento de calidad.
No quiero echar la culpa al tópico de que en Inglaterra “se come mal”. En el supermercado hay de todo y en Londres hay restaurantes de todas las nacionalidades, amén de bastantes cocineros de renombre. Pero es inevitable echar la vista atrás y recordar las comidas de la mejor cocinera del mundo que es siempre nuestra madre. También es buen momento para hacer una crítica gastronómica que los acontecimientos me empujaron a dejar de lado en su momento. Me refiero a un restaurante que frecuenté en mis últimos meses en España por motivos de trabajo, y que responde al nombre de “Los Rosales”.
El local, en un ejemplo de atinada estrategia, se sitúa en el municipio de Angüés, a medio camino de la muy transitada carretera que une Huesca y Barbastro. A la gran cantidad de coches que circulan por dicho tramo, se le suman los excursionistas que acuden a hacer barrancos por el Río Vero. La reciente inauguración de la autovía que evita Angüés, abre una nueva etapa en el establecimiento. Eso que suena tan bien, supone que el número de comensales se va a ver, seguramente, sensiblemente disminuido. ¿Tiene armas en restaurante para aguantar el envite? Yo creo que sí.
Que nadie espere llegar aquí y que un botones le aparque el coche y otro le cuelgue el abrigo. El menú jamás tendrá nombres tan rimbombantes como “virutas de foie gascón con espuma de vieras sobre un lecho de huevas de salmón fumé en salsa de echalotes caramelizados”. No usaremos vajilla de Sèvres ni cubertería de plata. No servirá a la Familia Real, ni aparecerá nunca en guías gourmet.
Nos espera un menú del día compuesto por productos tan corrientes como verduras salteadas, pollo al horno o natillas, servido sobre mantel de papel y regado con vino cosechero. Lo que puede parecer un defecto, se convierte en su mayor virtud. Porque aquí no vienen a comer la nobleza escocesa o los jeques dubaitís. La clientela habitual está formada por familias que están de viaje y pasan por allí, obreros que están haciendo de las suyas por la zona o agricultores de los pueblos cercanos. Es decir, gente que quiere comer algo digno sin sufrir un desfalco en sus cuentas corrientes. Teniendo en cuenta que una gran parte de la clientela es asidua, es de esperar una variedad suficiente, y que las comidas entren más por la boca que por los ojos. Tras una semana en un sitio, los fuegos de artificio ya no impresionan. Y en este aspecto, Los Rosales cumple su cometido a la perfección. Comida variada, adaptable a una dieta equilibrada, a un precio razonable. Hace unos años me enseñaron que la calidad es la adecuación de los servicios ofertados respecto a las expectativas del cliente. En este caso, puedo afirmar que el restaurante Los Rosales, es un establecimiento de calidad.
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