lunes, 26 de diciembre de 2011

Si no puedes con el enemigo, únete a él.


Cuando uno vive en un país extranjero, se supone que va a aprender el idioma del país de acogida muy rápidamente. Ciertamente las posibilidades son mucho mayores. Pero el entorno condiciona mucho. Y Slough no es el mejor sitio del mundo para aprender inglés. Mis compañeros polacos utilizan su lengua materna la mayor parte del tiempo y la mayoría de canales de nuestra televisión se escuchan en el idioma de Jaruzelski. En mi fábrica, el panorama no mejora demasiado.Aparte de una gran cantidad de polacos, la colonia asiática es muy numerosa con representantes de Pakistán, Sri Lanka e India. Suelen hablar en sus lenguas de origen entre ellos, con lo cual no me entero de nada. La situación no mejora mucho cuando se pasan al inglés, compitiendo con el acento de Glasgow en la lucha por ser más ininteligible. A falta de una fiesta organizada por la empresa,parte de esta gente, que pertenece al departamento de producción (mayormente operarios y algún supervisor) se monta una fiesta por su cuenta en fechas navideñas. Mi mánager me comentó la jugada y me animó a apuntarme. En realidad no tengo mucha relación con la gente que iba a ir, pero viendo que me esperaba una Navidad tan triste o más que la pasada, le pregunté all organizador si me podía apuntar. Aceptó de muy buen grado e incluso me puso en contacto con un par de operarios que viven en mi zona para que me llevaran.
Así, esa tarde me recogieron en coche y fuimos a Slough a buscar a otro compañero. Mientras esperábamos por él, uno de ellos nos hizo pasar a su casa donde esperamos en el salón. Con esta persona apenas había hablado y ahora me franqueaba la puerta de su casa y me invitaba a sentarme en su salón rodeado de su familia. Bonito detalle. Al rato nos montamos en el coche y fuimos rumbo a Southall al son de una atronadora música india. Southall es una zona del Oeste de Londres copada por gente del subcontinente indio. No en vano algunos la conocen como "Little India" e incluso el rótulo de la estación de tren es bilingüe.
El lugar elegido para el fiestorro era un local que parecía sacado de una película de "Bollywood". Me senté a la mesa junto a un compañero pakistaní que tiene familia en Barcelona y chapurrea el español, lo cual facilitó bastante la comunicación. Al rato empezaron a aparecer camareros con bandejas de comida. Dejaban unas fuentes en la mesa y casa uno se servía lo que quería. Evidentemente quise probarlas todas y la verdad es que estaban deliciosas. Las bebidas alcohólicas no iban incluidas en el menú, pero los mánagers que habían montado el tinglado insistieron en invitarme a todo el alcohol que quisiera beber. Fueron sólo dos pintas de cerveza, más por lo lleno que estaba que por no abusar del ofrecimiento. Una vez acabada la comida,un voluntarioso Dj emepzó a pinchar los últimos éxitos que más pegan en las pistas de baile de Bombay o Calcuta. La pista se empezó a llenar y una vez asentada la comilona, también me animé a mover el esqueleto para sorpresa de algunos compañeros ante los que, hasta entonces, había sido todo seriedad. La mayoría de mujeres presentes en la fiesta iban ataviadas con los trajes típicos indios, que a todas mis compañeras les sentaba infinitamente mejor que la bata y el gorro preceptivo en la fábrica. Aunque generalmente las indias son muy dispares en cuanto a belleza, las muy guapas son auténticos monumentos. No me faltaron las ganas de intentar algún frotamiento, pero, a pesar de encontrarnos en el corazón de Inglaterra, el ambiente no era precisamente muy anglosajón, así que me contuve. Un par de horas después se empezó a formar una cola bastante larga en el centro del restaurante. Se trataba de la recena o resopón versión india. Había que pasar con un plato delante de unas fuentes donde los camareros servían arroz, pollo al curry, pan de pita, garbanzos y ensalada. Aquí también piqué de todo, además de un postre bastante bueno, aunque ya al final era casi por vicio. No me cabía ni un átomo de hidrógeno en el estómago. Un rato después la pista de baile fue tomada por un grupo de bailarines profesionales ejecutando llamativos números musicales. Nos dejaron paso a los amateurs al acabar su coreografía, pero no me dio tiempo a hacer mucho ya que los compañeros que me habían traido se retiraban y me tenía que volver con ellos. Me despedí de la gente y volvimos a casa. La experiencia había valido la pena. No sólo por lo bien que me lo pasé, y la comilona que me pegué. Después de haber compartido esta fiesta con mis compañeros los veo de otra manera. Y para ellos soy ya algo más que el "QC".

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Éramos jovenes e inconscientes


Una de mis tradiciones estivales favoritas es ir a ver el Tour de Francia en vivo a los Pirineos. Suelen ser viajes largos e incómodos. El clima puede ir desde el calor extremo al frío y la lluvia, que se soportan durmiendo poco y mal en una tienda de campaña. A pesar de ello, el ambiente es excepcional y es algo que merece la pena.
  Eso a pesar de algunos fracasos en mis pinitos como reportero gráfico. Un año se nos veló el carrete y no salió nada. Y en el Tour 91, en Val Louron, allá donde Miguel Indurain empezó a escribir su leyenda, el panorama que ofrecían mis instantáneas una vez reveladas no podía ser más desolador. Cuando la foto no estaba borrosa, apenas aparecía un brazo o un cuarto de cabeza del ciclista. Sólo una foto me salió centrada y nítida. Se trataba de un ciclista francés que apuraba sus últimos años como profesional. En esa maratoniana y durísima etapa, fuera de los focos que apuntaban a Chiapucci e Indurain, el aguerrido corredor galo se marcó una etapa soberbia, yendo de menos a más y acabando pletórico en el último puerto. Y esa expresión en su cara, dejando claro que está dando el 100 %, aunque ya no pueda ganar es lo que más me gusta y hace que guarde esa foto como un tesoro (tan guardada que no he podido acceder a ella para escanearla e ilustrar la entrada como hubiera sido mi deseo).
 Este verano, atrapado en la isla, no pude ir a Francia. Para matar el gusanillo me compré un pack oficial del Tour que incluía una revista con el recorrido y entrevistas, un DVD resumen del Tour 2010, un mapa de carreteras de Francia con el recorrido (el objeto más preciado para mí de los que se pueden conseguir de la caravana publicitaria) y un pequeño libro que incluía tres relatos de ciclismo. Uno de ellos estaba extraído del libro "Éramos jóvenes e inconscientes", biografía del ex-ciclista francés Laurent Fignon. En él contaba cómo perdió el Tour '89 ante Greg Lemond por sólo 8 segundos. Este relato era "canela fina". Por eso, cuando unos meses después vi el libro en una tienda con un brutal descuento (de 13 a 3 libras), tiempo me faltó para comprármelo. Y para leérmelo, porque me enganchó totalmente.
 El bueno de Fignon empieza por lo más doloroso. Cómo vivió el Tour 89 y cómo lo perdió en la última contrarreloj. En los siguientes capítulos cuenta su vida desde de que era un tierno infante en una pequeña ciudad del extrarradio de París, hasta sus pinitos como organizador de carreras ciclistas tras su retirada. Entre estos dos hitos, Laurent Fignon aparte de contar su vida, intenta darnos su visión del mundo. Y fiel al estilo que marcó su trayectoria, lo hace de forma nada complaciente. Fignon nunca se caracterizó por decir lo que la gente esperaba oír ni actuar de cara a la galería. Por eso fue una figura muy criticada. Sin ir más lejos, cuando estaba en activo, nunca fue santo de mi devoción. Claro que mis criterios entonces para valorar a un deportista, era, por este orden, la nacionalidad y la simpatía personal. Como buen francés y antipático, el ciclista parisino tenía todos los papeles para generar mi rechazo. Por eso me alegré enormemente cuando el simpático Greg Lemond le birló el Tour por 8 segundos. Y tampoco lo echaba de menos cuando las lesiones y percances le impedían ser el ciclista dominador que fue en sus comienzos.
 Sin embargo, pasados los años, he aprendido a valorar su figura en la medida que merece. Porque Laurent Fignon era un ciclista rebelde y valiente, que daba la cara de principio a fin de la temporada. Y fuera de las carreteras siempre fue una persona íntegra y poco manejable.
 Por eso me hubiera gustado que hubiera ganado el Tour 89, ya que hizo muchos más méritos (aparte de manillares de triatlón y molestos forúnculos) que Greg Lemond, siempre a remolque y exponiendo lo justo.
 Y también me hubiera gustado que las lesiones y la mala suerte le hubieran dado algo de tregua. Nunca me lo había planteado qué pasa por la cabeza de una persona que, habiendo ganado dos tours (el segundo de calle) en sus primeros años, deja de repente de estar en primera línea. La respuesta es un sufrimiento enorme, que se transmite muy bien en el libro, y nos permite ver al Fignon persona, más allá del personaje.
 Además de esto, se cuentan sus relaciones no siempre fáciles con su mentor Guimard, su maestro al que pronto superó, Bernard Hinault, su visión nada idílica de España a principios de los 80, sus coqueteos con el doping o los amaños de Torriani que le impidieron ganar su primer Giro de Italia. En definitiva, un documento imprescindible para todo amante del ciclismo en general, y de los 80 en particular.
 Laurent Fignon murió el año pasado con sólo 50 años aquejado de un cáncer de páncreas. Se le echa de menos fuera de las carreteras tanto o más que en ellas.
 Hace poco leí un comentario en un foro de internet que resume mis sentimientos hacia el corredor parisino. "Un ciclista al que amé tanto como odié. Y lo odié mucho."
 Descanse en paz.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Me tocó el gordo


Todo lo bueno llega a su fin. Lo malo también, claro. En este caso hubo mucho de lo primero y casi nada de lo segundo. Concluían mis vacaciones y tocaba coger el vuelo de vuelta. Siguiendo mi política de austeridad, había elegido el trayecto más barato dentro de lo razonable, es decir, sin escalas ni llegadas de madrugada. Ello implicaba volver desde otro aeropuerto distinto al de mi ida, que había sido Newark. En este caso, tenía que coger el vuelo en el JFK. En principio esto es una desventaja, ya que en la ida te puedes hacer una composición de lugar que te sirve a la vuelta para no perderte. Tras haberme pateado los 5 distritos neoyorquinos no me asustaba nada, así que este cambio no fue ningún problema. Tampoco era muy complicado. Una línea de metro me llevaba directo a una estación de tren que enlazaba con el aeropuerto JFK. Aproveché las vistas del tren para conocer un poco más de Queens, la zona menos pateada en este viaje y para contemplar un bonito amanecer, espectáculo que no había podido (ni querido) presenciar los días anteriores.
En la cola de seguridad pude ser sometido por primera vez a un escáner de cuerpo entero. Algo debieron ver, porque me separaron de la fila, y vino un "Shaquille O´Neal" en segurata a cachearme. Di gracias al cielo por no haber sido drogadicto ni traficante, porque no me hubiera gustado nada tener que rendirle cuentas a semejante "morlaco". Tras ver que era inofensivo, me dejó marchar sin más. No entiendo tanta minuciosidad en el registro para salir de Estados Unidos. Al fin y al cabo, si llevo armas, las saco del país, con lo que se convierte en un lugar más seguro.
El vuelo transcurrió sin novedad, con la única pega de la ubicación: el centro de la fila central. Es decir, ni podía ver el paisaje ni estirar una pierna hacia el pasillo. Por lo menos las películas que ofrecía el avión y las tertulias políticas de mi mp3 hicieron más llevaderas las 7 horas hasta llegar a Heathrow. Por supuesto, volví andando a casa como mandan mis cánones.
Al día siguiente me tocaba volver a mi oscuro, fabril y monótono trabajo. Pero al fin y al cabo, el dinero que gano a cambio es lo que me permite hacer viajes como éste.

martes, 29 de noviembre de 2011

¡Jo, qué día!

La película "After Hours", dirigida por Martin Scorsese, es una de mis favoritas. Cuenta la historia de un oficinista que sale una noche a pototear por el Soho neoyorquino y al que le pasa de todo. En España, el título se tradujo como "¡Jo, qué noche!", que suena un poco ridículo (y lo es). Pero he de reconocer que refleja bien los agobios del protagonista. Salvando las distancias, y en versión diurna y vespertina, mi último día en Nueva York también fue bastante movido.
Por la mañana había quedado con Theresa la psicóloga para correr en Central Park. Este parque es uno de los templos para todo corredor popular que se precie, y correr en él era, por tanto, uno de los pilares de mi viaje. Ya puestos, ¡qué mejor que hacerlo en buena compañía!
Mientras mi amigo se recuperaba de los esfuerzos pre-halloweenianos, me vestí de "romano" y bajé corriendo hasta Central Park. Eran sólo 15 o 20 minutos, que me servían de calentamiento. También, ¿como no?, para ahorrarme el billete de metro. Aún quedaba algo de nieve y mucho del frío del día anterior. En la esquina del parque estaba ya Teresa esperándome perfectamente ataviada para la ocasión. Como la temperatura, por mucho que en Farenheit parezca más, era bastante baja, empezamos a correr sin muchos preámbulos. A todo esto, tenía "in mente" que Colleen, mi amiga que me había ido a visitar, me había invitado a comer a su casa (con su familia, no seáis tan bien pensados) por la tarde. Estaba pendiente de que me dijera a qué hora para cuadrar todo. Eso sí, en mis cálculos no confiaba mucho en las capacidades atléticas de Teresa, y preveía que en media hora ya estaría agitando la bandera blanca. No contaba con que fuera de España correr es algo mucho más igualitario. Así que, a la vez que manteníamos una muy interesante conversación, los minutos pasaban sin que mi acompañante diera muestras de fatiga.
Todo mito tiene algo de mentira. Central Park, no es, para mí, uno de los mejores lugares para correr. Eso no quita para que reconozca su belleza, tamaño y variedad. La verdad es que era un auténtico espectáculo en algunos momentos, con el añadido de la nieve que aún quedaba en bastantes zonas. Pero hay dos factores que hacen que no sea perfecto. La mayoría de caminos son de asfalto, auténtico enemigo de las articulaciones. Además, está muy masificado. No sólo de corredores, que no sería mayor problema, sino de turistas, que tienen todo el derecho del mundo a estar allí, pero a los que hay que sortear continuamente.
Nada menos que 1h 40' estuvimos corriendo. ¡Chapeau por Teresa! Como aún le sobraba algo de tiempo, me enseñó los lugares más interesantes del parque. En esas me llegó un mensaje de Colleen diciéndome la hora en la que teníamos que quedar para la comida. Como no me había contestado en toda la mañana, la había dado por "desaparecida". Eran sobre las dos de la tarde y debía coger un tren en Manhattan Sur a las 3 y media. Tenía una hora y media para volver a casa, ducharme, cambiarme, comer algo (apenas había desayunado) y bajar en metro hasta Penn Station. Como Murphy andaba juguetón, el sms me llegó cuando estábamos casi en la zona del parque más alejada del apartamento. Así que me despedí apresuradamente de Teresa y eché a correr hacia el norte. 80 ó 90 calles de nada que se me hicieron muy cuesta arriba. Las piernas acusaban la paliza que les había dado. Apenas paré 15 minutos en el apartamento y salí pitando al metro. Al ir a comprar el billete en la máquina, un letrero inoportuno me decía que no aceptaba billetes. Lo mismo me pasó en la siguiente boca de metro, y a la tercera fue la vencida. Pude llegar justo a tiempo para ver cómo se iba el metro. Mi escaso margen iba menguando por momentos. Afortunadamente el siguiente metro era exprés, así que pude llegar a Penn Station con 5 minutos de margen. Gracias a que acompañé a Colleen el día anterior fui corriendo directo a la máquina que vendía el billete para esta línea (la estación es enorme). Me costó un poco encontrar el andén, pero aún así pude llegar al tren un minuto antes de que saliera. El trayecto hasta Trenton me permitió tomar algo de resuello y contemplar unas bonitas vistas de paisajes nevados. En Trenton me esperaba mi amiga Colleen, que me llevó en coche a su casa, cerca de Filadelfia. Típica casa americana de suburbios de dos plantas, con gran cantidad de espacio vital per cápita. La acogida fue muy cálida y enseguida me sentí como en casa. La cena (empezó a las 6 pero era cena) no fue todo lo plácida que hubiéramos deseado. A un hermano de Colleen no le sentó muy bien el pollo "Tikka Masala" con espinacas y se retiró en los primeros compases. En cambio a mi, después de una semana a dieta de pizzas de 1 dólar me supo a gloria. Al padre le llamaron un par de veces para que fuera a reparar coches averiados en la carretera y se tuvo que ausentar. Por lo visto, le pueden llamar a cualquier hora del día, los 7 días a la semana y tiene que acudir. Ahí me gustaría ver a los sindicatos, pero ni están ni se les espera.
La conversación pasó pronto de lo humano a lo divino. No en vano se trata de una familia profundamente religiosa.
Mi intención era estar de vuelta en Nueva York a eso de las 10. Mi anfitriona me dijo que con irnos 20 minutos antes de que saliera el tren, llegábamos de sobra. En la ida me había dado la impresión de que el trayecto era un poco más largo. Le insistí para salir antes, y me dijo que llegábamos sin problema, pero que me concedía 5 minutos más. Hubieran tenido que ser 7, porque perdí el tren por 2 minutos. La pachorra caribeña con la que iniciamos el desplazamiento y los "tranquilo que llegamos", se conviertieron en conducción casi suicida y maneras bruscas al volante conforme nos acercábamos a la estación de Trenton. Sólo el haber estado en un ambiente tan cristiano me libró de soltar alguna blasfemia cuando bajé al andén y vi que mi tren había partido. Por suerte, aún tenía otro una hora más tarde y mi amiga tuvo el detalle de acompañarme durante ese rato. Esta vez sí, tuvimos una despedida en condiciones y cogí el tren camino de mi última noche en Nueva York, donde llegué pasadas las 11 y media. Me junté con mi amigo cerca de la estación e hicimos un rastreo por la zona en busca de algún garito donde pototear. En uno de ellos, había una fiesta privada, pero el portero, casi parecía que haciéndonos un favor nos ofrecía una mesa por la que había que pagar 200 dólares. Hay gente que paga eso y mucho más por sentarse en una mesa privada en una discoteca y que le traigan un par de botellas de champagne. Como a nosotros nos va más la cerveza, declinamos la invitación y nos metimos en un bar cercano, dónde sólo había que cotizar los 4 dólares del guardarropa. El garito estaba bastante animado, con bastante gente disfrazada. Lamentablemente no llevábamos con nosotros las máscara que tan buen resultado nos habían dado el día anterior. La música, una mezcla de latina y árabe, no es que nos entusiamara. Y yo tampoco estaba para muchos trotes después un día tan movido. Así que nos retiramos a una hora prudencial. Aún así, entre preparar la maleta y el madrugón apenas pude acostarme una hora. Pero eso no es mayor problema en "la ciudad que nunca duerme".

domingo, 27 de noviembre de 2011

Doctor Frankenstein, supongo



Esta vez los pronósticos meteorológicos no fallaron. Esa noche había caído (y seguía cayendo) una nevada de aúpa. La ventana del apartamento daba a un angosto patio que no permitía hacerse una idea de cómo estaba la ciudad. Así que había que salir de inspección. Esta vez tocaba Bronx. La idea era ir andando y ver un poco la parte sureste. Nos pusimos unas cuantas capas de ropa y salimos a la calle. El cambio respecto a la noche era total. Las aceras y gran parte de la calzada estaban nevadas. Aparte del cambio estético, se notaba el climático. Hacía un frío que pelaba. A pesar de que llevábamos nuestra ropa más abrigada, pronto empezamos a acusar las bajas temperaturas. Cual Aquiles, habíamos dejado un punto débil al descubierto: nuestras manos. Rápidamente solventamos el problema en una tienda de gangas. Unas manoplas de leopardo nos permitieron salir del paso por 2 humildes dólares. Aún así, el frío, la nieve y la ventisca, hacían que nuestro paseo no fuera precisamente plácido. Conseguimos llegar a una zona de calles comerciales llamada "The Hub", pomposamente conocido como "El Broadway del Bronx". No es lo mismo, pero por lo menos lo intenta. No pudimos apreciar mucho el "glamour" de la zona. Mis ideas y otras partes más tangibles estaban empezando a congelarse, así que nos rendimos y decidimos volver (para más INRI en metro). Pero había que complicarse un poco la vida y bajamos hasta las calle 125 donde presuntamente había unas chupas de cuero a 5 dólares. Al llegar a la tienda, dichas prendas brillaban por su ausencia, y el resto del género no nos llamó la atención. Ahora tocaba subir 25 calles mientras la nevada continuaba. Tuvimos que parar dos veces a reponer calorías en forma de hamburguesas y pasteles estilo sureño, pero logramos llegar al apartamento. Era sábado y la ciudad ofrecía bastantes fiestas pre-Halloween (que se celebraba el martes siguiente). Así que nos apuntamos a una que ofrecía Meetup, una red social que facilita las quedadas para hacer diversas actividades. En este caso se trataba de una fiesta en un local de Manhattan Sur que no tenía mala pinta. Nos presentamos ataviados con dos humildes máscaras, la mía de Frankestein y la de mi amigo, una calavera que daba más risa que miedo. Teníamos un "plan B". Si la fiesta no cubicaba mucho, iríamos a la discoteca "Amnesia", a la que fuimos el día anterior. Pero esta vez antes de las 12 para evitar el serruchazo de 30 dólares. El ambiente no estaba mal, pero no se veía mucha gente y el bar no era muy grande. Nos extrañó, ya que en la web decía que se habían inscrito más de 200 personas. A eso de las 11.20 nos acercábamos al punto de no-retorno. Decidí que había que darle una oportunidad al garito. Al fin y al cabo, era algo más entrañable que una impersonal discoteca. Pronto nos dimos cuenta de nuestro acierto. En mi primera visita al baño pude ver unas escaleras. Bajando por ellas, se accedía a otra planta del bar, donde había una pista de baile, y lo que es mejor, mucha gente, casi toda disfrazada. El ambiente me recordaba a los mejores carnavales que he vivido en Huesca (ya sé que no es Río ni Cádiz, pero no está mal). Nuestras caretas de 2 dólares hacían furor, aunque sólo fuera por lo cutres que eran.Entre la gente que conocimos destacó una conejita playboy coreana o una chica de Búfalo vestida de tiburón. Por supuesto se veían los ya clásicos frotamientos que ganaban mucho con el aditamiento de los disfraces. A eso de las 3 y media se empezaron a encender las luces. Ya no quedaba mucha gente y la fiesta llegaba a su fin. Apuramos incluso la recogida de abrigos y la "salida de los toros" para seguir pototeando, pero ya no se pudo hacer mucho más.Por mí la fiesta podría haber seguido 2 ó 3 horas más. Es, sin duda, una señal de que me lo había pasado en grande.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Sí hay marcha en Nueva York.¡Pero a qué precio!



Hace unos años, en una página web de intercambio de idiomas conocí a una chica muy maja de Filadelfia. Como suele ser habitual cuando conoces a alguien de tan lejos, pensé que nunca la vería en persona. El año pasado fui a Kansas a ver un amigo y mi vuelo hacía escala en Filadelfia. Nada menos que 7 horas, que fueron aprovechados para visitar la capital de Pensilvania y, como no, conocer a mi amiga Colleen.(Para más información de esta visita ver anteriores entradas de mi blog)
Dado que Filadelfia no dista mucho de Nueva York, hemos repetido la jugada, pero esta vez en la Gran Manzana.Quedamos en una estación en Manhattan Sur. Como tenía tiempo de sobra, dejé a mi amigo durmiendo la pateada del día anterior, y bajé andando. Aproveché para hacer mi primera visita al mítico Central Park. Muy bonito, pero al ver la gente corriendo me entró el mono. Al final acabé corriendo, pero no en el parque, sino por las calles de Manhattan, ya que llegaba tarde a Penn Station, donde se produjo el reencuentro con mi amiga. Fuimos a dar un voltio por la zona hasta que se hizo la hora de comer. Yo tengo el estómago a prueba de bombas. No era el caso de Colleen, por lo que nos pusimos a andar hacia el norte en busca de algún carito que le cubicara. Volvimos a Harlem (de donde había salido esta mañana) y visitamos la prestigiosa Universidad Columbia y el Barnard College. Por fin vimos un restaurante que cumplía sus expectativas (no económicas como suele ser habitual sino dietéticas). Se trataba de una franquicia japonesa bastante popular por la zona. La comida fue más que correcta, destacando dos detalles para mí muy importantes: casi no me pude acabar el plato y sin pedirlos, nos sirvieron dos vasos de agua a coste cero. Tras la comida, otra vez hacia el sur. Habíamos quedado con mi amigo en el MOMA (Museo de Arte Moderno). Los viernes por la tarde es gratis, por lo que estaba realmente animado. A diferencia de la Tate Gallery de Londres, donde no vi el arte por ningún sitio, el MOMA vale la pena. Soy un poco clásico en este sentido, y no sé ver la belleza en la mayoría de las expresiones artísticas contemporáneas. En el MOMA el arte es moderno, pero no tanto como para dejar de ser arte. Destacan algunos cuadros de Picasso, como "Las Señoritas de Avignon" o "Los Tres Músicos". Tras ponernos al día en las últimas tendencias cubistas de los años 20, Colleen se tenía que volver a casa. Pero contábamos con un recambio: Theresa la psicóloga, que se había traido una amiga de refuerzo. Este refuerzo le duró poco. Una cerveza y se fue a cuidar a sus perros. Teresa nos llevó a un garito donde iban a celebrar un cumpleaños con unas amigas. No se veía mucho pototeo y teníamos "in mente" acudir a un discotecón de los buenos, mientras que Teresa se quedaba con sus amigas. En el garito del cumpleaños perdimos poco tiempo, pero el suficiente para que al llegar a la discoteca "Amnesia", hubieran pasado las 12. Si a Cenicienta eso le supuso que sus lujosos vestidos volvieran a ser humildes, en nuestro caso nos obligó a pagar 30 dólares por entrar. 10 minutos antes nos hubiera salido gratis. Y aún tuvimos que añadir 4 dólares más por dejar el abrigo en el guardarropa. Claro que intentamos colarnos con él, pero el segurata-armario no estaba muy por la labor.
Nos "vengamos" no pidiendo nada en la discoteca (seguro que el negocio lo ha acusado). Se empezaban a ver disfraces de Halloween, que ya se acercaba. Y también, como no, los clásicos frotamientos marca de la casa. Las pateadas que me había pegado me empezaron a pasar factura. Así que a eso de las 3 y media nos retiramos. Al día siguiente, los pronósticos auguraban nieve. Como el canal del tiempo fallaba más que una escopeta de feria y la noche no era tan fría no nos lo creimos y nos fuimos a dormir tan contentos.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Punto de inflexión



Tras el pototeo improvisado y aventurero del día anterior, esta vez íbamos a ir a tiro hecho. Mi amigo había quedado con una neoyorquina que había conocido unos días antes en plena calle. Se trataba de una psicóloga que trabajaba en un centro social en Brooklyn. A mí eso de ir a comer con una psicóloga neoyorquina me sonaba de lo más interesante. Y la verdad es que estuvo bastante bien, a pesar de que Teresa apenas tenía un descanso de 30 minutos para comer y como decía mi amigo, "se ansiaba".Como está estudiando español, la idea era hablar un poco en los dos idiomas. Pero comer rápido apurando el reloj y hablar en español era demasiado para ella, así que casi todo el rato la conversación transcurrió en inglés. Terminado el piscolabis, dejamos a Teresa en su trabajo y estudiamos el plan a seguir. Propuse ir a Queens, ya que era el único distrito que nos faltaba por visitar. Podríamos haber cogido el metro y llegar en media hora. Pero aún era pronto y nuestro espíritu indomable nos empujó a patear. No es fácil orientarse en una ciudad tan grande y menos con nuestros modernos pero poco eficaces métodos. Hacíamos fotos de los planos de metro y los veíamos en la pantalla de la cámara.Además, mi amigo podía consultar un plano de la ciudad en el móvil, y gracias al cual, casi siempre nos columpiábamos y teníamos que volver o recalcular la ruta.
Apenas comenzar el paseo, hubo un detalle que me dio muchísima vida. En las farolas de una calle colgaban unas pancartas que decían "Marathon route". Estábamos pasando por las mismas calles en las que se iba a celebrar la mítica Maratón de Nueva York. Sólo lo poco adecuado de mi vestimenta y el respeto a mi amigo me impidieron ponerme a correr allí mismo y no parar hasta Central Park.
Patea que te patea, con algún que otro rodeo involuntario recorrimos el corazón de Brooklyn, con algunas calles un tanto "escojonadas", pero con cierto encanto. Al rato, nuestra aventura se hizo un punto más épica al comenzar a llover. Un par de horas después, al incipiente cansancio se unía el aterimiento por el frío. Una visita a un "Taco Bell" nos permitió recuperar energías, entrar en calor, y un detalle nada menor en Nueva York...ir al baño. Parece una tontería, pero los baños públicos brillan por su ausencia y viendo lo que me pasó en Kansas por mear en un arcén, ha habido días en los que el nivel de orina embalsada superaba con creces el 90%. Con la moral renovada seguimos pateando hasta llegar al puente Pulaski, que separa Brooklyn de Queens. Las vistas que ofrecían los edificios de Manhattan desde allí entre la neblina eran notables, aunque lejos de lo que aún me esperaba ese día. Apenas entrar en Queens nos encontramos con una auténtica mole: el edifico Citicorp, que por lo que pude leer es el edificio más alto de Nueva York fuera de Manhattan. Poco más ofrecía esa zona, cruzada por vías de tren y con una cuantas industrias abandonadas. La pateada que nos habíamos metido era de enjundia, no paraba de llover y ya era de noche. Si a eso le sumamos que el entorno no acompañaba, decidimos rendirnos e ir a coger el metro. Una vez en la estación vimos que para llegar a casa había que hacer unos cuantos transbordos. En cambio, con una pateada de nada (una media hora), podíamos llegar a Manhattan y coger metro más directo. No dije que no, más que nada porque me apetecía cruzar el puente Queensboro, que pasa sobre la isla Roosvelt, situada entre Queens y Manhattan. Nos pusimos en marcha y al avanzar en el puente y perder la protección que nos proporcionaban los edificios, el viento y la lluvia hicieron nuestra ruta aún más penosa. Cuando nuestro animo más flaqueaba, una imagen nos devolvió a la vida. Los edificios iluminados de Manhattan vistos desde el puente formaban un paisaje absolutamente maravilloso. Entre ellos pude reconocer a mi favorito (el elegante edificio Chrysler). En ese momento me di cuenta de que echaría de menos girar la vista y tomar como referencia los rascacielos de Manhattan. Nueva York había pasado a ser una de las ciudades que ha dejado huella en mi vida.