Aquí los cocineros del restaurante, en vez de dedicarse a tocarme la moral, prefieren ayudarme en lo que pueden. Uno de ellos es húngaro y el otro indio. Este último se llama Alberto. Es de Goa, antigua colonia portuguesa, lo que explica su nombre tan ibérico. El húngaro se llama Jozsef pero se hace llamar Joe para facilitar la tarea de nombrarle a los locales y es un cachondo.
El estar tantas horas trabajando y descansando poco, hacen que mi mente no ande muy despierta. Y de ello se resiente mi nivel de inglés. Me cuesta mucho más entender a la gente y articular frases correctas en la lengua de Shakespeare. La prueba de ello es que Alberto me dijo un día, tras acabar la faena que le acompañara a la biblioteca. Allí le preguntó a la empleada si tenía libros para aprender inglés. Le dijo que no, pero podían valer libros para niños. Alberto estuvo hojeando unos cuantos, y aparte de dos enciclopedias juveniles cogió para mí un libro con el nombre : Toddler’s book of fun things to do. Toddler significa “niño que empieza a andar”. Es decir, el título del libro viene a ser: El libro para niños de cosas divertidas para hacer. En él aparecen fotos de niños de dos o tres años jugando y frases cortas que explican lo que hacen. Esos libros ya me aburrían a los 4 años, aunque alguna palabra si que he aprendido hojeándolo. Pero vi a Alberto con tanta buena voluntad, que me supo malo decirle que en estos momentos también estoy leyendo en inglés el libro “el mundo perdido del comunismo”
miércoles, 27 de mayo de 2009
Trabajo dickensiano
Como comenté en mi anterior entrada, en estos momentos resido y trabajo en un hotel. Aquí no se andan con tonterías. Hablé un par de minutos con el manager, me enseñó la habitación y me dijo que empezaba a las 6 de la tarde a trabajar. El anterior era un restaurante pequeño, y éste es un hotel con un comedor de enjundia. Por lo tanto la faena se ha multiplicado. El horario es de un hijoputismo total: De 7 a 12 ó 12.30 por la mañana y por la tarde de 18 a..fin. Ese fin bascula entre las 22.30 y las 23. Es decir, unas 10 horas diarias. Y no precisamente de ver pasar el rato. Menos mal que el ambiente de trabajo es agradable y el trato es muy correcto. Además de las comidas reglamentarias, los cocineros nos ofrecen viandas que sobran, todas ellas deliciosas.
Tantas horas de trabajo y tan intensas no me dejan tiempo para mucho más. Estoy ganando bastante dinero, ya que apenas gasto y pagan por horas. Pero no estoy practicando mucho inglés. No sé si compensa. De todas formas no me arrepiento de haberme ido del otro trabajo. Eso había que hacerlo sí, o sí. Quizá acepté este demasiado rápido. Pero alguien que está viviendo en la calle en un país extranjero no tiene muchos ases en la manga para decidir.
Tantas horas de trabajo y tan intensas no me dejan tiempo para mucho más. Estoy ganando bastante dinero, ya que apenas gasto y pagan por horas. Pero no estoy practicando mucho inglés. No sé si compensa. De todas formas no me arrepiento de haberme ido del otro trabajo. Eso había que hacerlo sí, o sí. Quizá acepté este demasiado rápido. Pero alguien que está viviendo en la calle en un país extranjero no tiene muchos ases en la manga para decidir.
jueves, 21 de mayo de 2009
Dunollie Hotel
Ya entraré en detalles en próximas entradas. En esta sólo comentaré que mi amiga del cursillo me llamó el martes por la mañana. Fui a Broadford y ese mismo día empecé a trabajar en el Dunollie Hotel como “técnico en acondicionamiento para lavado de menaje en restauración”, con lo que he solucionado de golpe la falta de trabajo y la falta de casa (el hotel me proporciona alojamiento). Ciertamente la flexibilidad del sistema laboral británico es asombrosa. Y les va bastante mejor que a nosotros.
Lo consiguieron
En mi última entrada reflejaba cierto descontento con mis jefas y dueñas del piso donde moraba. La idea de marcharme rondó por mi cabeza. Pero decidí esperar unos días a ver cómo evolucionaba el tema. No tuve que esperar mucho para comprobar cómo evolucionaba el asunto. Nada más entrar el lunes mi jefa me preguntó si yo creía que ella era idiota. Idiota no, pero otros epítetos poco halagadores sí se me ocurrieron. Me volvió a acusar, cargada de odio, de haber tocado de nuevo los radiadores del piso. También me dijo que a la próxima me echaba. En ese momento tuve claro que no podía continuar ni en ese piso ni en ese trabajo. Iban a por mí. Apenas me quedaban ganas de defenderme. Porque este personaje tiene el secreto para tener siempre razón. Si te acusa de algo y lo niegas, la estás tratando de mentirosa. Tenía claro que en cuanto plegara ese día le diría que “c’est fini”. Pero los acontecimientos se precipitaron. Al cerrar el lavavajillas se estropeó una pieza y dejó de funcionar. Me acusaron de haberlo roto, que era nuevo, que era un arreglo muy caro, y lo peor, que me lo había cargado queriendo. Me he enfrentado a todo tipo de jefes y de trabajos. Pero lo de esa mañana supera con creces todo lo vivido. Cada minuto en esa cocina me restaba días de vida. Así que le dije a la jefa que me iba. Le ofrecí quedarme unos días hasta que encontraran a otro infeliz. Pero me dijo que me fuera ya, y que tenía una hora para desalojar el piso. No me dejó ni despedirme de mi compañera finlandesa, a la que dejé sola ante las fieras.
Empaqueté mis cosas, y en un abrir y cerrar de ojos pasé a estar sin trabajo y sin casa en una isla escocesa. No suena muy tranquilizador. No tenía ni idea de qué hacer en ese momento. Así que llamé a mis amigos húngaros buscando apoyo y consejo. Vinieron prestos y recorrimos Portree en busca de trabajo. El hecho de ser un “homeless” no ayudaba mucho. En algunos sitios nos dijeron que en 2 ó 3 semanas podía salir algo. Dejé mi teléfono en un par de sitios y me preocupé de dónde iba a pasar esa noche. Afortunadamente aún no es temporada alta, y no hubo problema para conseguir habitación en un hostel, compartida con dos andarines alemanes. Procuré seguir de alguna forma con mi vida cotidiana y acudí al curso de inglés donde les comenté mi problema. Una chica me dijo que en el hotel donde trabaja, en Broadford (a unos 40 km de Portree) necesitaban una persona para el mismo puesto que ocupaba yo. Prometió que hablaría con el mánager del hotel. Aparte de eso, la profesora y los compañeros me dieron todo su apoyo. Incluso una de ellas me preguntó si necesitaba dinero me podía prestar sin problema. A la salida del curso me encontré con una pareja de españoles (Elena y Gonzalo) de los que había oído hablar, pero no había conocido. Hablamos un rato y me invitaron a cenar, cosa que siempre se agradece, y más en esas circunstancias. Llevan unos 3 años aquí y según me dijeron son los únicos españoles que viven habitualmente en la isla de Skye. Tras una cena que me supo a gloria (aceite de oliva incluido) vimos “Gran Torino” en su ordenador. Magnífica película en aún mejor compañía. Ya era la una y tocaba despedirse, pero Gonzalo aún me acompañó al hostel. En la puerta seguimos hablando de lo divino y de lo humano durante más de dos horas. Empezaba a clarear (aquí ahora amanece muy temprano) y nos despedimos. No sabía qué iba a ser de mí al día siguiente. Pero tenía confianza en la vida y además sabía que contaba con el apoyo de mucha gente.
Empaqueté mis cosas, y en un abrir y cerrar de ojos pasé a estar sin trabajo y sin casa en una isla escocesa. No suena muy tranquilizador. No tenía ni idea de qué hacer en ese momento. Así que llamé a mis amigos húngaros buscando apoyo y consejo. Vinieron prestos y recorrimos Portree en busca de trabajo. El hecho de ser un “homeless” no ayudaba mucho. En algunos sitios nos dijeron que en 2 ó 3 semanas podía salir algo. Dejé mi teléfono en un par de sitios y me preocupé de dónde iba a pasar esa noche. Afortunadamente aún no es temporada alta, y no hubo problema para conseguir habitación en un hostel, compartida con dos andarines alemanes. Procuré seguir de alguna forma con mi vida cotidiana y acudí al curso de inglés donde les comenté mi problema. Una chica me dijo que en el hotel donde trabaja, en Broadford (a unos 40 km de Portree) necesitaban una persona para el mismo puesto que ocupaba yo. Prometió que hablaría con el mánager del hotel. Aparte de eso, la profesora y los compañeros me dieron todo su apoyo. Incluso una de ellas me preguntó si necesitaba dinero me podía prestar sin problema. A la salida del curso me encontré con una pareja de españoles (Elena y Gonzalo) de los que había oído hablar, pero no había conocido. Hablamos un rato y me invitaron a cenar, cosa que siempre se agradece, y más en esas circunstancias. Llevan unos 3 años aquí y según me dijeron son los únicos españoles que viven habitualmente en la isla de Skye. Tras una cena que me supo a gloria (aceite de oliva incluido) vimos “Gran Torino” en su ordenador. Magnífica película en aún mejor compañía. Ya era la una y tocaba despedirse, pero Gonzalo aún me acompañó al hostel. En la puerta seguimos hablando de lo divino y de lo humano durante más de dos horas. Empezaba a clarear (aquí ahora amanece muy temprano) y nos despedimos. No sabía qué iba a ser de mí al día siguiente. Pero tenía confianza en la vida y además sabía que contaba con el apoyo de mucha gente.
lunes, 18 de mayo de 2009
La inquilina que vino del frío
Tras más de un mes hablando con las paredes (las reales y las metafóricas), eso sí, en inglés, por fin ha llegado mi nueva compañera. Vino ayer, pero yo estaba bebiendo Tokays y similares con mis amigos magiares. Es curiosa la sensación de estar en el piso sabiendo que hay otra persona durmiendo sin saber cómo es. Esta mañana se han disipado mis dudas. Se trata de Pia, una finlandesa de 22 años que cumple los clásicos estándares del país nórdico. Rubia, enjuta y rostro angelical. Parece un poco reservada y buena gente. Creo que nos llevaremos bien.
Más allá del tópico de pototeo, la llegada de Pia ha supuesto una bendición para mí por los siguientes motivos:
-No me siento tan solo
-Puedo hablare en inglés con una persona en vez de con una pared
-La atención de nuestra Securitate particular se va a dividir para dos
Hemos aprovechado el magnífico día para dar un paseo en barco por la bahía. Lo mejor, sin duda es el numerito que monta el patrón del barco. Saca un pescado de la nevera, lo agita con el brazo levantado como si estuviera saludando para atraer aves y lo lanza al mar. Tras varios intentos ha conseguido que acudiera un águila marina. Si este ave supiera que es la atracción principal del show seguramente exigiría mayores emolumentos que un simple pez.
Lástima que tan plácido y agradable trayecto se haya visto ensombrecido por el disgusto de mi nueva compañera. Un malentendido sin mucha importancia con la jefa, con la que tenía que hablar para ver a qué hora empezaba a trabajar el lunes fue magnificado de tal forma a través de mi celular Sagen que la finlandesa ya se veía más pronto de lo planificado rumbo al país de los mil lagos. Daba pena ver el mal rato que estaba pasando. Yo intentaba apoyarla, pero dado el arisco carácter
de mi jefa cuando se enfada (afortunadamente no sucede mucho) tampoco tenía muchos argumentos. Al llegar a puerto, una visita al restaurante de 5 minutos ha encauzado las cosas. Para celebrarlo me he ido a correr. 1 h 45’ con final poderosísimo. Estoy muy fino para la media de Skye (si estoy aqui para correrla)
Más allá del tópico de pototeo, la llegada de Pia ha supuesto una bendición para mí por los siguientes motivos:
-No me siento tan solo
-Puedo hablare en inglés con una persona en vez de con una pared
-La atención de nuestra Securitate particular se va a dividir para dos
Hemos aprovechado el magnífico día para dar un paseo en barco por la bahía. Lo mejor, sin duda es el numerito que monta el patrón del barco. Saca un pescado de la nevera, lo agita con el brazo levantado como si estuviera saludando para atraer aves y lo lanza al mar. Tras varios intentos ha conseguido que acudiera un águila marina. Si este ave supiera que es la atracción principal del show seguramente exigiría mayores emolumentos que un simple pez.
Lástima que tan plácido y agradable trayecto se haya visto ensombrecido por el disgusto de mi nueva compañera. Un malentendido sin mucha importancia con la jefa, con la que tenía que hablar para ver a qué hora empezaba a trabajar el lunes fue magnificado de tal forma a través de mi celular Sagen que la finlandesa ya se veía más pronto de lo planificado rumbo al país de los mil lagos. Daba pena ver el mal rato que estaba pasando. Yo intentaba apoyarla, pero dado el arisco carácter
Algo más que comida
Hace poco comenté que había conocido a una pequeña colonia húngara de 5 personas que trabajan en un hotel cercano a mi casa. Son muy buena gente, y ha sido una suerte para mí conocerlos. Uno de ellos es Steve, que trabaja de chef. Un día me comentó que a veces les sobra comida y que me podía dar alguna cosa. Teniendo en cuenta que mi abrelatas escocés es prácticamente inoperante y mi escasa pericia en los fogones no dudé en aceptar su propuesta.
En una semana difícil para mí, Steve me ha traido a casa 3 recipientes que contenían auténticas delicias para mi poco exigente paladar. Pero en las cajas iba algo más. Su apoyo y su interés que me han sabido aún mejor que las viandas. Gracias Steve.
En una semana difícil para mí, Steve me ha traido a casa 3 recipientes que contenían auténticas delicias para mi poco exigente paladar. Pero en las cajas iba algo más. Su apoyo y su interés que me han sabido aún mejor que las viandas. Gracias Steve.
“Big Sisters” me vigilan
Una de las frases más famosas de la historia del cine fue la que dijo Al Pacino en “El Padrino II”: “Ten cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos”. Seguramente si Pacino hubiera trabajado en mi restaurante y vivido en mi piso no la hubiera pronunciado.
Hace unos días me pegué un gran susto cuando fui a entrar al piso, vi la puerta abierta y escuché unos ruidos dentro. Se trataba de la casera y su marido haciendo unos apaños en una habitación. Además del susto no me hizo mucha gracia que presenciara la entropía que reinaba en el inmueble. Aunque pensé, por lo visto, con poco acierto que no era asunto suyo.
Esta semana vino un día al restaurante hecha una furia. Parece ser que accidentalmente cambié el funcionamiento de los radiadores y estaban operando todo el día con el consiguiente gasto energético. Digo accidentalmente porque a día de hoy no tengo ni idea de cómo funcionan, a pesar de mis intentos por descifrar su complejo mecanismo. Me acusó de haberlo hecho premeditadamente para estar calentito en el piso. Acusación muy poco oportuna para un inquilino como yo que, para evitar encender un radiador eléctrico y aumentar la factura eléctrica,duerme con 3 nórdicos y acostumbra a ir en cazadora por el piso. Aprovechando el tirón tuvo unas palabras poco edificantes sobre el estado del piso. Afortunadamente mi nivel de inglés actual no fue suficiente para entenderlas, aunque el lenguaje no verbal no auguraba nada medianamente positivo.
Con mucho esfuerzo y paciencia por mi parte logré hacerle entender que lo de los radiadores no había sido ninguna maniobra premeditada, y que pensaba dejar el piso como un pincel ante la inminente llegada de la nueva inquilina. También le hice saber la conveniencia de avisar antes de ir al piso, para evitar sorpresas desagradables tanto por su parte como por la mía. Hablar con una pared es difícil. Si encima está cabreada y habla en inglés, es casi imposible. Resumiendo, el piso es suyo y no tiene que dar ninguna explicación ni aviso.
Además de esto, últimamente, la casera y la otra jefa, hermanas ellas, han insistido en la necesidad de abrir las ventanas del piso para a ventilarlo. Lo que empezó siendo una sugerencia se ha convertido prácticamente en una orden. El problema es que el piso y el restaurante están enfocados al mismo patio, con lo cual, “La Ventana Indiscreta” se rueda un día sí y otro también. Domingos incluidos, ya que hoy ha aparecido una de ellas, ha entrado en el piso sin apenar saludar, ha abierto unas ventanas y se ha ido sin decir ni mu, ante el estupor de la nueva inquilina.
Todos estos acontecimientos, y otros que no vienen al caso han hecho que esta semana me haya sentido cual disidente controlado por la Stasi. Y lo que no han conseguido el frío, la lluvia, el granizo, la soledad, las cazuelas grasientas y el acento de Glasgow, casi lo han conseguido las “Big Sisters” en una versión escocesa de la novela de Orwell 1984.
Parecía demasiado bonito estar en un piso bastante grande, pagando muy poco y con la luz incluida. Pero todo tiene su precio. Y me estoy planteando seriamente si merece la pena pagarlo.
Hace unos días me pegué un gran susto cuando fui a entrar al piso, vi la puerta abierta y escuché unos ruidos dentro. Se trataba de la casera y su marido haciendo unos apaños en una habitación. Además del susto no me hizo mucha gracia que presenciara la entropía que reinaba en el inmueble. Aunque pensé, por lo visto, con poco acierto que no era asunto suyo.
Esta semana vino un día al restaurante hecha una furia. Parece ser que accidentalmente cambié el funcionamiento de los radiadores y estaban operando todo el día con el consiguiente gasto energético. Digo accidentalmente porque a día de hoy no tengo ni idea de cómo funcionan, a pesar de mis intentos por descifrar su complejo mecanismo. Me acusó de haberlo hecho premeditadamente para estar calentito en el piso. Acusación muy poco oportuna para un inquilino como yo que, para evitar encender un radiador eléctrico y aumentar la factura eléctrica,duerme con 3 nórdicos y acostumbra a ir en cazadora por el piso. Aprovechando el tirón tuvo unas palabras poco edificantes sobre el estado del piso. Afortunadamente mi nivel de inglés actual no fue suficiente para entenderlas, aunque el lenguaje no verbal no auguraba nada medianamente positivo.
Con mucho esfuerzo y paciencia por mi parte logré hacerle entender que lo de los radiadores no había sido ninguna maniobra premeditada, y que pensaba dejar el piso como un pincel ante la inminente llegada de la nueva inquilina. También le hice saber la conveniencia de avisar antes de ir al piso, para evitar sorpresas desagradables tanto por su parte como por la mía. Hablar con una pared es difícil. Si encima está cabreada y habla en inglés, es casi imposible. Resumiendo, el piso es suyo y no tiene que dar ninguna explicación ni aviso.
Además de esto, últimamente, la casera y la otra jefa, hermanas ellas, han insistido en la necesidad de abrir las ventanas del piso para a ventilarlo. Lo que empezó siendo una sugerencia se ha convertido prácticamente en una orden. El problema es que el piso y el restaurante están enfocados al mismo patio, con lo cual, “La Ventana Indiscreta” se rueda un día sí y otro también. Domingos incluidos, ya que hoy ha aparecido una de ellas, ha entrado en el piso sin apenar saludar, ha abierto unas ventanas y se ha ido sin decir ni mu, ante el estupor de la nueva inquilina.
Todos estos acontecimientos, y otros que no vienen al caso han hecho que esta semana me haya sentido cual disidente controlado por la Stasi. Y lo que no han conseguido el frío, la lluvia, el granizo, la soledad, las cazuelas grasientas y el acento de Glasgow, casi lo han conseguido las “Big Sisters” en una versión escocesa de la novela de Orwell 1984.
Parecía demasiado bonito estar en un piso bastante grande, pagando muy poco y con la luz incluida. Pero todo tiene su precio. Y me estoy planteando seriamente si merece la pena pagarlo.
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