domingo, 28 de octubre de 2012

10 Km Memorial Emer Casey

Este sábado por la noche pude celebrar Halloween acudiendo a una fiesta que una amiga española organizaba en su casa de Eton. Aún me acuerdo del juego que me dio la careta de Frankestein que me agencié el año pasado en Nueva York. Así que este año había que hacer lo propio, como siempre dentro de mi humildad. Así, aproveché algunas prendas que guardo de mi época de camarero, a las que añadí una máscara cutre donde las haya y una capa negra tamaño infantil (las de mayores se habían agotado). Con esos aditamentos conseguí parecerme remotamente al Conde Drácula. Al llegar a la fiesta vi con sorpresa que era el único disfrazado (aunque luego se añadieron más), pero los disfraces siempre dan juego, así que no penó mi inversión de una libra y media. La fiesta estuvo muy bien:comida, bebida y mucha gente, alguna conocida y otra que tuve el placer de conocer. Esa noche tocaba retrasar la hora para adaptarse al horario invernal. Por tanto tenía una hora más de sueño, lo cual me vino muy bien para poder correr el domingo por la mañana. En el Gran Londres hay muchísimas carreras. Normalmente hay varias para elegir cada fin de semana. El problema es en que muchas de ellas, sobre todo si se celebran en el centro, las plazas se cubren con mucha antelación. Como yo soy más de talento natural e improviso, tengo que buscar las menos masificadas. Esta vez se trataba de un 10.000 en la zona de Herne Hill, al sur de Londres, junto al barrio de Brixton, que, desgraciadamente suele ser noticia por hechos poco agradables. No voy a decir que sea una zona en la que dejaría que mis niños (de 5 y 8 años respectivamente) fueran solos por la calle de noche (suponiendo que los tuviera). Pero es justo reconocer que arquitectónicamente tiene su encanto, cuenta con una destacable actividad cultural y algunos mercadillos callejeros interesantes. Se puede decir que tiene "alma". Y además tiene muy cerca el parque Brockwell, donde había que dar 3 vueltas y media para completar los 10 km de la carrera de hoy.
Normalmente me suelo llevar sorpresas de última hora en el momento de pagar la inscripción en el día. Los organizadores acostumbran a cobrar unas cuantas libras de más para los que lo dejamos para el último momento. En este caso ocurrió lo contrario, ya que en la página web decía que se cobraban 14 libras a los no federados, pero una vez allí sólo me cobraron 12, que es precio de amigo para lo que se estila por estos lares. Ya empieza a hacer frío por aquí, así que tocaba correr de largo. En la salida no debía de haber muchas más de 100 personas. Se puede decir que esta es una prueba familiar. Ciertamente las prefiero a aquellas con miles de participantes en las que eres poco más que un número para la organización. Poco antes del pistoletazo, una participante se me quedó mirando mi camiseta de la Media Maratón de Barbastro y me sonrió. Muy extraño me resultó, pero no tuve tiempo de pensar mucho, ya que en ese momento empezaba la prueba. Comencé a un ritmo vivo, ayudado por una bajada sin miedo a la posible pájara final. Quería hacer un tiempo decente y había que arriesgar un poco. Al segundo kilómetro, o iba demasiado rápido, o la organización se había columpiado, ya que estaba rodando a 3.30 el km. Me fui calmando conforme pasaban los kilómetros y mi ritmo (o los intervalos entre kilómetros) se fueron normalizando poco a poco. El circuito no estaba cerrado al público, pero afortunadamente el parque no estaba demasiado concurrido y no hubo ningún percance. A mitad de la prueba, un auténtico angelito en forma de corredora (rubita y con gafas) se unió a mi mini grupo y pasó a ser mi referencia hasta el final. En las bajadas me iba de ella imponiendo mi poderosa zancada, pero en las subidas demostraba su buen hacer alcanzándome de nuevo. En cada una de las 3 vueltas había que subir una ligera colina que en la última se dejó notar sobremanera. Allí mi "rival" tomó una distancia que ya no pude recuperar, por mucho que mi orgullo masculino me impulsara a darlo todo en el último kilómetro. Pero por lo menos el esfuerzo no fue en vano, ya que conseguí un apreciable crono de 41'22''(a un ritmo de 4 minutos y 8 segundos cada km). No está nada mal para haber tenido una fiesta el día anterior y estar ligeramente resfriado. En la llegada no podía faltar la esperada medalla. Michael Pelphs va a parecer un aprendiz a mi lado a poco que siga haciendo carreras por aquí. En la zona de meta volvía a ver a la mujer que me se había fijado en mi camiseta en la salida y me preguntó "¿Somontano?". Ante mi asombro me explicó que había tenido un novio de Barbastro y había estado un tiempo viviendo por la provincia de Huesca. Definitivamente el Mundo se ha convertido en un lugar muy pequeño. Mientras conversábamos se acercó una participante de origen oriental y nos preguntó qué tal nos había ido. Cuando le dije mi marca mi miró admirada y me dio unos toques en las piernas para a continuación tocar las suyas explicando que lo hacía "para ver si se le pegaba algo". Muy graciosa.
Al final, aparte de la entrega de trofeos, se hizo un sorteo de regalos sacando los dorsales de una caja.A pesar de que no quedábamos muchos participantes esperando y había unos cuantos premios, no me tocó nada. Lástima, porque había un libro sobre Bradley Wiggings (último ganador del Tour de Francia y primer británico en lograrlo) que tenía muy buena pinta. Aproveché el resto de la mañana para visitar la zona de Herne Hill, en la que destacaba un mercadillo de comida muy pintoresco y alguna que otra galería de arte, que contrastaban con unos colmenones (aquí llamados "states") para devolvernos a la realidad y recordarnos que esto no es ni Kensigton ni Richmond (barrios acomodados de Londres). En resumen, ha sido una carrera muy agradable de correr, no sólo por la belleza del parque, sino, y sobre todo por el magnífico y familiar ambiente que se respiraba. Y si a eso le añado una buena marca y un poco de turismo, el resultado es magnífico.

viernes, 19 de octubre de 2012

No es lo mismo...

Allá por los años 80, circulaban por España unos chistes, no precisamente blancos, que empezaban con la coletilla:"No es lo mismo...". La gracia consistía en comparar una frase con otra que contenía las mismas palabras, pero con un sentido totalmente distinto. Así, se podía decir (con perdón):"No es lo mismo dos pelotas negras, que dos negras en pelotas".
  En una visita que hice hace poco a Bristol, me llamó la atención una heladería que contaba con un amplio surtido. Y entre las distintas variedades de helados y sorbetes, no pude evitar decidirme por uno de mango, de la variedad "Alfonso", que estaba tan bueno como era de esperar con ese nombre. Pero no sólo me conformé con saborearlo, sino que me sirvió de inspiración para agregar otro chiste a la lista que he mencionado al principio de la entrada. "No es lo mismo el Alfonso mango, que..."

domingo, 14 de octubre de 2012

¡Viva la marcha!

Hace unos años, en una de mis salidas nocturnas por Huesca, recuerdo que una adolescente, bajo un cierto estado de embriaguez, gritó convencida: "¡Viva Ramón y Cajal!". Mis dudas sobre si se refería al conocido neurólogo español se disiparon cuando posteriormente exclamó:"¡Viva la marcha!". Por tanto sus vítores no se referían a Don Santiago, sino al instituto donde estudiaba.
 Al igual que la referida tinajera, al final de mi último evento olímpico bien podría haber lanzado vivas a la marcha, pero no a la que se acostumbra a hacer regada con alcohol, sino a la atlética.
 Esta vez no me iba a tocar rascarme el bolsillo, ya que las pruebas de marcha se celebraban en un circuito urbano de libre acceso (excepto una zona de tribuna en la zona de meta).
  Por la mañana se disputaba la prueba masculina de 50 km. , y por la tarde la femenina de 20 km.
Por si no fuera suficiente exigencia física pegarse semejantes palizas, la organización había preparado un circuito de sólo 2 km, lo cual es una tortura psicológica al tener que recorrer los mismos lugares una y otra vez. Pero lo que no es bueno para los atletas, lo es para los espectadores, que pueden ver a sus ídolos muchas veces, y en un enclave tan emblemático como las proximidades del Palacio de Buckingham.
La primera vez que en una prueba de marcha vi a un atleta tambaleándose, pensé que no era para tanto. Al fin y al cabo, andar no es tan cansado como correr. Pero cuando pude comprobar que los atletas hacen mejor marca andando 50 km que yo corriendo 42, empecé a darme cuenta de lo durísima que es esta disciplina. Cuando llegué ya habían empezado los 50 km masculinos. El circuito ya estaba repleto de aficionados , pero me pude ubicar en una segunda fila con bastante visibilidad. Se había ya roto la prueba, y los marchadores estaban repartidos en numerosos grupos, por lo que me costó un tiempo averiguar dónde estaba la cabeza de carrera. En ella sólo pude identificar al francés Diniz, uno de los grandes dominadores de la marcha tras la retirada del mítico Korzenowsky. Los españoles ya iban un poco rezagados, aunque esperaba una reacción en la última parte de carrera del veterano y curtido en mil batallas García Bragado. Más de 3 horas y media dan para mucho, así que no paré de dar vueltas por el circuito intentando sacar fotos antológicas con el palacio de Buckingham al fondo. Lástima que mi cámara compacta rosa y mis habilidades como fotógrafo no den para mucho. Al final se impuso el ruso Kirdyapkin con récord olímpico. García Bragado consiguió entrar en el top 20 a pesar de pasar ya la cuarentena, y al también español Benjamín Sánchez le vino "el tío del mazo" a visitar y las pasó canutas para acabar, teniendo incluso que detenerse en varias ocasiones. Entre las dos pruebas había unas cuantas horas que aproveché para comer y recuperar fuerzas (ver una carrera también cansa). También me dio tiempo a visitar una exposición artística que había por el centro destinada a mostrar la represión a la que un movimiento espiritual-religioso estaba sometido en China. No creo que me hubiera sentado bien otra ración de 50 km.Por suerte la sesión vespertina contaba sólo (es un decir) con 20 km. No me quise mover mucho, así que me tocó escuchar los gritos que una aficionada eslovaca profería cada vez que una compatriota suya se acercaba, aunque ésta no fuera precisamente en cabeza.
No era lo mismo con las marchadoras chinas, que marcaron un ritmo infernal desde el inicio. La exposición que había vistado un rato hizo que no las viera con muy buenos ojos. Por eso no pude evitar alegrarme como las rusas (aunque habría mucho que hablar sobre el respeto a los derechos humanos, concretamente los periodísticos en ese país) acabaran como auténticos "Sputniks", copando las dos primeras plazas con récord del Mundo incluido. El trío español tuvo una meritoria actuación. María Vasco estuvo en todo momento entre las 10 primeras, pero fue superada por Beatriz Pascual que hizo una gran carrera de menos a más, acabando octava. Tras dos años de caminatas interminables, llegó mi momento de ver como otros pateaban. Los Juegos Olímpicos llegaban a su fin, y llegaba el momento de volver a la cruda realidad. Es decir, comprar un periódico y ver que el 95% de la sección de deportes se dedica al fútbol. Pero ya queda menos para Río 2016.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Peripecias olímpicas (II)

Una vez conseguido mi objetivo de presenciar un evento olímpico, ahora se trataba de hilar un poco más fino y ver algún representante español en acción. Tras unos infructuosos intentos con el kárate (la web oficial me empezaba a dar problemas), le eché el lazo a una jugosa entrada para unas finales de de piragüismo en las que podía estar el laureado David Cal. Si hay alguien que donde pone el remo pone la medalla es el gallego. Esta vez tampoco me falló y se clasificó para la final, cosa que también hizo otro español (Paco Cubelos).
Ahora sólo faltaba pedir que me dieran libre ese día en el trabajo. Se lo comenté al encargado antes de que hiciera los turnos y no me puso ningún problema, aunque tampoco puso mucha atención, ya que se lo tuve que repetir 3 ó 4 veces tras ver que en el calendario me había tocado en gracia trabajar ese miércoles. Unos días después, saboreando una pinta de sidra con un amigo húngaro, nos dimos cuenta de que ambos habíamos comprado entrada para el mismo evento. Parecía que no iba a ir solo esta vez. Aunque cuando me dijo que iba a ir en taxi me negué a secundarle. Cada día al ir a trabajar, veía unos flamantes autobuses de la organización que llevaban a los aficionados desde Windsor al campo de regatas de Eton Dorney. Ese ambientillo no me lo quería perder, y mucho más teniendo en cuenta su reducido coste (eran gratuitos). Ese día me desperté en plan forofo y a falta de una bandera de España, me enfundé una camiseta de la selección española de atletismo. Tras la tradicional pateada hasta Windsor, aunque esta vez no para trabajar, llegué a la estación de tren desde donde partían las lanzaderas. En el autobús me senté junto a una simpática húngara a la que me faltó tiempo para pototear. Por lo que me contaba (y pude comprobar después, el piragüismo es un deporte muy popular en su país). Tenía pensado encontrarme con mi colega magiar en la entrada, pero había miles de personas, así que decidimos vernos a la salida. Y entre tanto muchedumbre quiso la casualidad que en la taquilla me encontrara con mi mánager, al que no esperaba, ni mucho menos, ver por allí. Tras pasar el ferreo control militar me dirigí a mi grada. Mi asiento estaba situado a unos 250 metros de la meta, con una visión bastante buena. Para entretener al personal antes de la prueba, la organización tuvo la curiosa idea de exhibir a una esquiadora acuática arrastrada por piragüistas.
La primera final fue el K-1 masculino(hablando en plata, un piragüista que va sentado). Tras la final B, que me parece una pérdida de tiempo para los competidores, que no se juegan nada, llegó el turno del español Cubelo. Salió flojo, y aunque remontó ligeramente al final, sólo pudo ser séptimo, siendo el vencedor un noruego. Llegó el turno de David Cal en la categoría de C-1 (de rodillas, con una pierna adelantada, para los amigos). También empezó flojo, quedándose muy rezagado de los primeros puestos en la primera mitad. Pero el gallego es una auténtico maquinón e hizo una parte final demoledora, que le valió para ser segundo. La siguiente prueba era el K2 masculino (igual que el K1 pero con 2 piragüistas por embarcación),sin presencia española. En este caso el honor ibérico fue defendido brillantemente con la pareja portuguesa que se quedó a sólo 5 centésimas del oro que fue a parar a la pareja húngara. Sus compatriotas que eran mayoría en la grada ya empezaban a armar jaleo. Pero se acabaron de volver locos cuando el cuarteto femenino de K-4 se impuso brillantemente en la última final del día. Curiosamente la hinchada magiar mostró mucha mayor alegría con esta victoria que con la anterior, y eso que ésta había sido mucho más holgada.
Tras haber presenciado unos juegos olímpicos, había conseguido ver una medalla española. Lo próximo es ver un oro y escuchar la Marcha Real con la mano en el pecho. Pero eso habrá que dejarlo para el 2016(por lo menos).

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Peripecias olímpicas

Debido a cuestiones técnico-burocráticas-económicas he estado más de un mes sin internet en casa. Eso ha hecho que haya descuidado mi blog más de lo deseable. Me he ido apañando con visitas a la biblioteca o usando un ordenador en la cantina de mi trabajo con acceso a internet. Pero un purista de la ortografía como yo se niega a publicar una entrada sin tildes ni eñes. Debido a esta ausencia, las próximas entradas van a estar algo desfasadas en el tiempo. Si eso no nos importa al leer clásicos inmortales como "Los Tres Mosqueteros" o "Las Aventuras de Huckleberry Finn", espero que sea lo mismo con mis últimas aportaciones. 
 Cuando este año se acercaba el verano me di cuenta de que iba a estar muy cerca de uno de los acontecimientos más legendarios para un amante del deporte como yo:Los Juegos Olímpicos. Mi gozo se fue al pozo cuando los periódicos comentaban que las entradas habian volado en cuestión de horas. Ya me hice idea de ver alguna prueba abierta al público como la maratón o el ciclismo en ruta. 
  Un día, a dos semanas de la inaguración, se me ocurrió visitar la página oficial. Vi que aún quedaban entradas a la venta, y algunas a precios razonables. No sé si los periódicos habían exagerado o se trataba de gente que había devuelto sus localidades. El atletismo y el baloncesto estaban por las nubes, y otros deportes coincidían con mi horario laboral. Así que acabé comprando un boleto para una sesión de voleibol femenino que incluía dos partidos. No es que sea un deporte que siga mucho, pero es ciertamente muy plástico y espectacular.
 Los partidos se celebraban en Earl´s Court, un pabellón situado en el Oeste de Londres, fuera del anillo olímpico. Mejor para mí, ya que en un viaje en metro de unos 40 minutos ya estaba allí. Nada más salir de la estación pude respirar el ambiente olímpico. Numerosos carteles y voluntarios indicaban el camino al pabellón. Se formó una marea humana que sólo había visto en partidos de fútbol. La entrada al pabellón estaba custodiada por soldados que hacían exhaustivos controles de seguridad. No creo que las aficiones del balonvolea sean célebres por sus hinchas violentos, pero en estos acontecimientos es mejor prevenir que curar. Una vez dentro, pude comprobar que las instalaciones eran propias para albergar grandes acontecimientos, como los Juegos de 1948, pero no los del 2012. No en vano, el Earl´s Court Exbition Centre fue inagurado en los años 30, y aunque se le ha hecho algún parcheado, la instalación es bastante vetusta. 
 Pero no había ido allí a apreciar la arquitectura del lugar, sino a ver super remates y bloqueos de hembrones de 1'90. Como era de esperar, mi localidad no estaba precisamente a pie de pista, sino en una esquina bastante alejada de la acción. El primer partido enfrentaba a Estados Unidos frente a Turquía. Las yanquis partían como favoritas, cosa que demostraron con un claro 3-0, aunque las otomanas les hicieron sudar el primer set, teniendo incluso algún punto para hacerse con el mismo. Dado que no soy muy entendido el la materia no puedo hacer un análisis técnico muy detallado (aparte de que no creo que interese a la mayoría de mis lectores). Sólo puedo decir que la superioridad en el bloqueo de las americanas no pudo ser contrarrestada con el buen hacer en la creación turca.
La sesión contaba con otro partido entre Serbia y Brasil. Entre ambos partidos tuve una media hora que dediqué a recorrer las históricas aunque avejentadas instalaciones. Aparte de numerosos chiringuitos de comida y venta de recuerdos (esto es más negocio que otra cosa), había una televisión donde se retransmitía el atletismo. En ese momento se iba a celebrar la final de los 100 m lisos, la prueba más mediática. La gente se volvió loca al presenciar la remontada de Usain Bolt, y mostró bastante más entusiasmo del que había dedicado a las jugadoras de voleibol. Si el primer partido no tuvo mucha historia, el segundo fue un auténtico paseo militar de las brasileñas ante el endeble equipo serbio.
A pesar de que eso suponía quitarle valor a mi inversión, agradecí que en ambos partidos sólo se disputasen 3 sets. Había trabajado ese día desde una hora muy temprana y empezaba a acusar el cansancio. Aparte de que me daba igual quién ganara. Sólo quería presenciar el espectáculo. Curiosamente, la final del torneo enfrentó a Estados Unidos y Brasil, con triunfo carioca, así que se puede decir que mi elección fue acertada. Al final del partido volví a casa con la satisfacción de deber cumplido. Ya había presenciado en vivo unos juegos olímpicos.

martes, 7 de agosto de 2012

El huesquetismo no se cura viajando

Hay una frase que dice que el nacionalismo se cura viajando. Quizá sea cierta. Pero en mi caso, viendo como se va acercando el Chupinazo que da comienzo a las fiestas de Huesca, cada día estoy más triste. Así, puedo afirmar que mi huesquetismo aumenta conforme me alejo de mi ciudad y se acerca el día 9 de agosto.

miércoles, 18 de julio de 2012

Swansea

Este sábado me dijeron que empezaría a trabajar el miércoles. Se acabó la incertidumbre y me encontré con unos cuantos días que tenía que aprovechar para hacer un viajecito. Luego uno entra en la rueda del trabajo y no sabe cuándo podrá encontrar un hueco. El sábado por la tarde estuve mirando cosas y decidí que ya iba siendo hora de visitar Gales. La idea era hacer un viaje de dos días y dormir una noche fuera. El domingo por la mañana cerré todos los detalles. La destino elegido era la ciudad costera de Swansea. Reservé habitación en un hotel a través de una página web y me saqué el billete de tren. Al no cogerlo con mucha antelación no salía precisamente barato. En autobús me hubiera ahorrado algunas libras, pero tenía que ir a Londres a cogerlo, y le costaba unas 5 horas. No me molesté en mirar el parte meteorológico hasta después de haber reservado todo. Como me temía, iba a hacer mal tiempo. Pero si espero a que vaya a hacer dos días soleados seguidos por aquí, igual no me voy de vacaciones nunca. Como era de esperar, el lunes por la mañana apareció nublado. En el tren ya empezó a llover con contundencia, y el sol, ni estaba ni se le esperaba. Un poco antes del mediodía llegué a Swansea, donde llovía a conciencia. Mientras buscaba el hotel, me preguntaba qué clase de vacaciones eran esas, calado hasta los huesos, y en una ciudad que(el tiempo ayudaba bastante) aparentaba ser bastante gris. Para acabarla de fastidiar, en el hotel, mi nombre no aparecía en las reservas y estaba completo.
El dueño me ofreció una habitación en el hotel de al lado, que no solo me salía un poco más barata, sino que además tenía baño propio. Evidentemente acepté. Aunque me pregunté qué hubiera pasado si hubieran estado todos los hoteles completos. Ambos hoteles estaban en segunda linea de playa (la primera la ocupaba una carretera). Me dije."A ver si tengo suerte y me toca una habitación con vistas al mar". Lo que me encontré fue un minúsculo patio al que apenas hubiera llegado la luz del sol si hubiera tenido a bien aparecer.No tuve tiempo de lamentarme. Había que empezar a ver cosas lo antes posible. Había planeado una excursión a Rhosilli, localidad costera en el extremo de la península de Gower. Tras aprovisionarme de folletos y horarios en la oficina de turismo, compré un billete-día, que por 4 libras y media permitía hacer viajes ilimitados por el area durante ese día. Para mí estos billetes son como el buffet-libre. No basta con amortizarlos, hay que exprimirlos. El trayecto hasta Rhossili duraba una hora. Los primeros 20 minutos por los suburbios de Swansea eran bastante monótonos, pero cuando se internó en el campo, cambió la cosa. Pude apreciar el encanto rural que echo de menos en mi habitual entorno periurbano. Y al llegar a Rhossili me esperaban unos paisajes únicos.
Grandes playas de arena, agrestes acantilados y verdes colinas. Por unos momentos me vi transportado a mi amada Isla de Skye. Me di un paseo por la zona y una vez vistos los rincones más sugestivos planeé mi próximo movimiento. Que no era otro que ir en autobús a un lugar llamado Port Eynon, donde podría estar una hora antes de coger el autobús de vuelta a Swansea. El pueblecillo no tenía gran cosa, aparte de una playa bastante decente (aunque con bastantes piedras) y grandes zonas de acampada y caravanas. De vuelta a Swansea, aún quedaba luz para ver más cosas. Así que tomé otro bus urbano que me dejó al final de la bahía de Swansea. Desde allí hice una buena pateada hasta llegar a una bonita playa. Quise apurar un poco más hasta la siguiente, pero sólo conseguí llegar a un campo de golf donde ya no vi salida hacia el mar. Ya era tarde así que decidí volver recorriendo toda la bahía. Es un paseo muy agradable, con un carril bici paralelo al mar. Era tarde y la pateada había sido de enjundia, así que me retiré a descansar, previa cena estilo hippy en la playa de delante del hotel.
Al día siguiente tenía que coger el tren de vuelta a las 13.30. Quería hacer otra excursión para aprovechar la mañana. Tras un contundente desayuno en el hotel, acudí a la oficina de turismo en busca de inspiración. Las dos primeras recomendaciones de la amable empleada me remitían a los lugares que había visitado el día anterior. La tercera opción se trataba de un bosque con unas cataratas. Tenía exactamente una hora para verlo y volver. Eso suponiendo que el autobús hubiera aparecido. Como no lo hizo, tuve que improvisar. Ya no me daba tiempo a ir a ningún sitio fuera de Swansea y volver. Así que decidí visitar el estadio de fútbol y rugby. En mala hora, ya que estaba situado en una zona a las afueras muy poco atractiva y bastante lejana. Además el estadio estaba totalmente remodelado (aparte de cerrado al público) y no tenía ningún encanto para mí. Vuelta al centro con el tiempo justo para echar un bocado y coger el tren. Si el día anterior el "timing" había sido casi perfecto, el lunes dejó bastante que desear. Aunque el balance general es positivo, ya que pude ver muchas cosas en bastante poco tiempo. Tenía curiosidad por ver si existían muchas diferencias entre Gales e Inglaterra. Aparte de los letreros bilingües, y los paisajes un tanto más agrestes, no percibí ninguna diferencia significativa. Habrá que volver por aquí para investigarlo más a fondo.Pero la próxima vez a ver si es posible hacerlo en compañía. Viajar sólo tiene sus ventajas. La libertad es total. Pero echo de menos poder compartir mis descubrimientos e impresiones con alguien. ¿Os animáis para el próximo viaje?